La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 11 de abril de 2020

Meditación en el Sábado Santo 2020


Meditación en el Sábado Santo 2020 – Monte Sion, Schönstatt

P. Oscar Iván Saldívar F.

Queridos hermanos y hermanas:

            El fragmento de la “antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado” que acabamos de escuchar inicia diciendo:

“¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad.”

            Los gestos y las acciones litúrgicas que hemos vivido desde el inicio del Triduo Pascual quieren comunicarnos de alguna manera esa experiencia, esa vivencia. “Un gran silencio y una gran soledad.”

            Podríamos decir que el “gran silencio” ha iniciado al final de la celebración de la Misa vespertina de la Cena del Señor. Luego de recordar el lavatorio de los pies y de celebrar la Eucaristía del Señor, nos retiramos en silencio, para luego, en silencio nuevamente, reunirnos para la Celebración de la Pasión del Señor.

            Es cierto que múltiples situaciones globales, familiares y personales han querido irrumpir en este gran silencio. Pero aún en medio de estos múltiples sonidos y ruidos permanece el gran silencio. Aquel que el prólogo del Evangelio según san Juan designa como la Palabra que existía al principio, que estaba junto a Dios y que era Dios (cf. Jn 1,1), ha callado. La Palabra entró en el silencio de la muerte. Y entrando en ese silencio, solicita también nuestro propio silencio.

            Como hombres consagrados sabemos que la práctica del silencio exterior quiere favorecer ese silencio interior. Como hombres consagrados, a inicios del siglo XXI, sabemos cuánto cuesta precisamente ese silencio interior. Nuestro corazón, solicitado por tantas cosas, por tantos estímulos, por tantas informaciones, por tantas imágenes, sonidos y conexiones, ya no conoce el camino hacia el silencio. Y sin embargo lo anhela.

            En estos días del Triduo Pascual; en estos días de vida familiar poco habitual; en estos días de cuarentena; la Palabra nos invita a adentrarnos en el gran silencio.

            Si observamos –con mirada retrospectiva- los acontecimientos globales, familiares y personales del último tiempo, sin duda que nos sentiremos interpelados a adentrarnos en el gran silencio de la Palabra encarnada que padeció y murió.

            La sobreabundancia de estímulos y ruidos, el desvalimiento del propio corazón y el anhelo de sentido, nos puede llevar a “recuperar el valor del silencio”[1] para meditar lo que en su elocuente silencio nos dice la Palabra.

            Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio se cierne hoy sobre nosotros. ¿Qué descubro en ese silencio al que me introduce hoy la Palabra que “se ha dormido y ha despertado a los que dormían hace siglos”? ¿Qué cosas, qué realidades –que sentimientos, pensamientos y recuerdos- se despiertan en medio del gran silencio?

“¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad.”

También la experiencia de soledad quiere ser comunicada por la Liturgia. En especial con el gesto de cubrir las imágenes sagradas en los templos y con la acción de retirar el Santísimo Sacramento del sagrario. Ante las puertas abiertas del sagrario vacio el creyente experimenta la gran soledad. Si no está en el sagrario, ¿dónde encontrar a aquel que nos dijo «yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)? ¿Acaso tendremos que preguntarnos con el salmista: «¿Se ha agotado ya su misericordia, se ha terminado para siempre su promesa?» (Salmo 76[77], 9).

“¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad.”

            Este maravilloso texto continúa hablándonos con imágenes y con ellas describe lo que confesamos en el Símbolo de los Apóstoles sobre Jesucristo, Nuestro Señor: “descendió a los infiernos”. Es decir, descendió –por decirlo de alguna manera- al sheol, nombre “con el que los hebreos designaban el estado de ultratumba”[2]. Por lo tanto, la frase en su sentido originario significa simple y profundamente que Jesús murió.[3]

            Así, con las imágenes de la antigua homilía y la palabra del Símbolo de los Apóstoles, se nos presenta el desafío de hablar sobre una realidad de la cual no tenemos experiencia directa: la muerte. Y sin embargo, intuimos con docta ignorancia que la muerte es silencio y soledad. El lugar, el estado, donde aparentemente ya no puede llegar el sonido de las palabras humanas ni la calidez de la compañía.

            Lo comprendemos ahora. La Liturgia quiere ayudarnos a pre-gustar la muerte a través del silencio y la soledad. Pero, ¿por qué quiere la Liturgia  que pre-gustemos la muerte? ¿Hay acaso algo extraño o enfermizo en todo esto?

            En realidad la Liturgia, antes que pre-gustar nuestra propia muerte -parte inherente de nuestra condición humana- quiere que hagamos memoria de que hay alguien que ha gustado la muerte antes que nosotros y en favor de nosotros y de los hombres de todo tiempo y lugar: Jesucristo.

            Jesucristo se nos presenta hoy como aquel que ha entrado en el silencio y la soledad de la muerte para realizar como buen Pastor el camino que todos nosotros realizaremos alguna vez. “La liturgia aplica las palabras del Salmo 23 [24] a la bajada de Jesús en la noche de la muerte: “¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas.” Las puertas de la muerte están cerradas, nadie puede volver atrás desde allí. No hay una llave para estas puertas de hierro. Cristo, en cambio, tiene esta llave. Su Cruz abre las puertas de la muerte, las puertas irrevocables. Éstas ahora ya no son insuperables. Su Cruz, la radicalidad de su amor es la llave que abre estas puertas. El amor de Cristo que, siendo Dios, se ha hecho hombre para poder morir; este amor tiene la fuerza para abrir las puertas. Este amor es más fuerte que la muerte.”[4]

            Sí, Jesucristo ha descendido al gran silencio y la gran soledad que es la muerte. Y desde que él descendió a los infiernos, todo gran silencio está en realidad habitado por una Palabra de amor y toda soledad es Presencia de amor y consolación.

            Verdaderamente Jesucristo ha recorrido todo el camino humano. Y también nosotros debemos recorrerlo. Volvamos a la dimensión pedagógica y existencial de la Liturgia.

           
Mater Dolorosa,
Madre del silencio y la soledad.
Habiendo hecho memoria del descenso del Señor a los infiernos, debemos nosotros mismos animarnos descender a nuestros silencios y soledades. Debemos nosotros mismos animarnos a descender a los silencios y soledades de nuestros hermanos. Porque allí, donde la sola palabra humana no basta, donde la compañía no puede penetrar la íntima soledad de cada hombre, experimentamos que «los dioses y señores de la tierra no me satisfacen» (Salmo 15 [16], 3).

Y en esa no satisfacción, en ese no saciarse, se abre el espacio, se abre la puerta luminosa por la que entra el Señor que ha descendido a nuestro silencio y soledad para tomarnos de la mano y decirnos: “Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.”

Sólo aceptando el descenso al silencio y la soledad podremos ser rescatados y salvados por Jesús; sólo entonces su Pascua se habrá hecho Pascua en nuestra existencia; y entonces, ante cada situación de silencio y soledad podremos renovar nuestra esperanza –y con ello nuestra fe y amor- diciendo: «Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Salmo 15 [16], 11).

       Con María, Madre del silencio y la soledad, nos adentramos en este santo y grandioso Sábado, nos adentramos en nuestros silencios y soledades, esperando anhelantes a Aquel que desciende hasta nosotros para hacerse hermano y llevarnos al Monte luminoso de la vida plena. Amén.


[1] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus, 13.
[2] J. RATZINGER, Introducción al Cristianismo, «Descendió a los infiernos».
[3] Cf. Ibídem
[4] BENEDICTO XVI, Vigilia Pascual en la Noche Santa, sábado 7 de abril de 2007.

domingo, 29 de marzo de 2020

«Desde lo más profundo te invoco, Señor»


Domingo V de Cuaresma – Ciclo A

Salmo 130 (129), 1-2.3-4ab.4c-6.7-8

Jn 11, 1 – 45

«Desde lo más profundo te invoco, Señor»

Queridos hermanos y hermanas:

            Al escuchar los textos de la Liturgia de la Palabra  de este Domingo V de Cuaresma, nos damos cuenta que la imagen dominante en los mismos es la del sepulcro y todo lo que un lugar así implica.

            Tanto el texto del profeta Ezequiel (Ez 37, 12 – 14) como el del Evangelio según san Juan (Jn 11, 1 – 45) se refieren a la tumba o sepulcro. Pero a pesar de ello, o precisamente por ello, son textos que nos hablan de esperanza y nos invitan a confiar en la presencia y acción de Dios en medio de la oscuridad.

            En este sentido, el Salmo 130 (129) puede interpretarse en este contexto como la oración de aquel que se encuentra en la oscuridad del sepulcro, o, en la oscuridad de la incertidumbre y el temor ante las circunstancias actuales.

            Meditemos juntos, y guiados por la Palabra de Dios hagamos el camino desde la oscuridad del temor hacia la aurora del anhelo y la esperanza.

«Desde lo más profundo te invoco, Señor»

A través de la Liturgia de la Palabra, nos llega a nosotros el testimonio de la oración del salmista, y de alguna manera, gracias a la Liturgia, podemos unirnos a esa oración y hacerla nuestra: «Desde lo más profundo te invoco, Señor. ¡Señor, oye mi voz!» (Salmo 130, 1 – 2).

Lo profundo es una referencia al lugar de los muertos o incluso, una imagen de la muerte misma. Se trata de lo profundo de la fosa; de lo profundo de los miedos e inseguridades; de lo profundo de la incertidumbre y la soledad.

Sin embargo, aún en esta situación, aún «desde lo más profundo», el salmista invoca al Señor y así se nos hace patente –una vez más- que “el comienzo de la fe es saber que necesitamos salvación.”[1]

El salmista “invoca” al Señor, invoca a Dios; es decir, lo llama desde adentro, desde su interior, desde lo profundo de su corazón.

En la situación actual en la que nos encontramos debido a la emergencia sanitaria producida por la pandemia del “Coronavirus”, también nosotros podemos experimentar que la profundidad de la dificultad nos lleva a la profundidad de nuestra propia interioridad. Y allí, en la profundidad de nuestra interioridad pareciera ser que logramos ver con mayor claridad.

Lo decía el Papa Francisco al dirigirse en oración al Señor: “No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo de elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.”[2]

Paradojalmente, la oscuridad de la noche profunda y solitaria; la oscuridad de la dificultad  y la prueba, nos permite ver con mayor claridad y así anhelar con todo el corazón la aurora: «Mi alma espera al Señor, más que el centinela la aurora. Como el centinela espera la aurora, espere Israel al Señor.» (Salmo 130, 6 – 7a).

Tiempo de prueba, momento de elección

            Este tiempo de prueba, que el Papa nos invita a vivir “como un momento de elección”[3], se nos revela como tiempo de oscuridad de todo aquello que nos distrae; se nos revela como tiempo en que tantas luces artificiales, superfluas y pasajeras pierden su brillo.

            Sin duda que esta oscuridad nos inquieta y atemoriza. Pero a medida que nos vamos dando cuenta de que tantas cosas aparentemente luminosas y necesarias, son en realidad opacas y pasajeras, el corazón va aprendiendo a anhelar la auténtica luz. Vamos recuperando nuestra capacidad de percibir la Luz verdadera (cf. Jn 1, 9) y así comenzamos a anhelar la auténtica aurora.

            Un conocido canto de la Comunidad de Taizé dice: “De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra, sólo la sed nos alumbra.” Sí, en la oscuridad del tiempo de prueba, sólo el anhelo de la auténtica aurora puede iluminar nuestro camino.

            Así ese anhelo se convierte en criterio de discernimiento, en criterio que nos permite valorar lo que realmente importa en la vida.

            Este anhelo de la aurora nos ayuda a tomar consciencia de cuán luminosa es la vida humana, la de cada persona, especialmente la de los más frágiles: los enfermos, los niños y los ancianos. Este anhelo de la aurora nos hace ver cuán luminosa es la vida familiar, y cuánta luz y calor encontramos en nuestras familias. Este anhelo de aurora ha encendido en los corazones de tantos el servicio y el sacrificio, ¡cuán luminosa es la sociedad humana cuando se descubre unida en una profunda solidaridad de destinos! Cuán luminosa es la Iglesia cuando calladamente, en cada Eucaristía -celebrada, vivida y compartida-, en cada momento de oración, adoración  y servicio, testimonia “la claridad de Cristo, que resplandece sobre su rostro.”[4]

            Por todo ello, este tiempo de prueba vivido en la esperanza y la confianza cristianas, más que tiempo de oscuridad, es tiempo de aurora, es tiempo de la luz nueva que irrumpirá en medio de la oscuridad.

            Es tiempo de dejarnos animar y guiar por «el Espíritu de Dios que habita» en nosotros (cf. Rm 8, 9) para que desde dentro nos mueva y habite el anhelo, la esperanza y la luz. No cedamos ante la oscuridad del pesimismo, del sinsentido, de la impaciencia, del egoísmo y de la irresponsabilidad indiferente.

«El que camina de día no tropieza»

            Viviendo este tiempo con esta actitud y animados por el Espíritu de Dios, caminaremos como auténticos discípulos de Jesús, ya que «el que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo» (Jn 11, 9); es decir, es capaz de ver a Jesucristo, «luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9).

           
Stella Maris - Estrella del Mar
Detalle del retablo de la Iglesia Stella Maris,
Norderney, Baja Sajonia, Alemania.
Foto de Nicol Zimmermann,
Düsseldorf, Alemania. 
Caminando en la luz de Jesús escucharemos su voz que nos sacará de nuestros sepulcros, de nuestros encierros y oscuridades. Y así, caminando como centinelas anhelantes de la luz (cf. Salmo 130, 7) colaboraremos con el Dios vivo, que en esta hora de la historia, quiere sacar a la humanidad de la oscuridad de la superficialidad, del egoísmo y de la indiferencia. Una nueva aurora se acerca. Allí está el Señor, diciéndonos a todos y a cada uno: «¡Lázaro, ven afuera!» (Jn 11, 43), ven a la luz, ven a la aurora de la vida nueva.

            A María, Estrella matutina que precedía a Cristo, nos encomendamos en este tiempo de prueba, para que Ella nos eduque y nos ayude a caminar desde la oscuridad del temor hacia la aurora del nuevo día que es Cristo mismo:

            “Madre del Redentor, Virgen fecunda,

            Puerta del Cielo siempre abierta,

            Estrella del mar,

            ven a librar al pueblo que tropieza

            y se quiere levantar.


            Ante la admiración de cielo y tierra,

            engendraste a tu santo Creador,

            y permaneces siempre Virgen.

            Recibe el saludo del ángel Gabriel

            y ten piedad de nosotros, pecadores. Amén.”[5]

P. Oscar Iván Saldívar F., I.Sch.P.

29 de marzo de 2020, Berg Sion, Alemania




[1] PAPA FRANCISCO, Homilía, Momento extraordinario de oración y bendición Urbi et Orbi, 27 de marzo de 2020 [en línea]. [fecha de consulta: 28 de marzo de 20202]. Disponible en: <https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2020-03/homilia-completa-oracionextraordinaria-papafrancisco-coronavirus.html>
[2] Ibídem
[3] Ibídem
[4] Cf. CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium, 1.
[5] Antífona Mariana Madre del Redentor - Alma Redemptoris Mater. Se trata de una de las cuatro Antífonas Marianas que se cantan al final de la Liturgia de las Hioras.


miércoles, 25 de diciembre de 2019

El hermoso signo del pesebre - Noche Buena 2019


Misa de la noche de la Natividad del Señor – Ciclo A – 2019


Lc 2, 1 – 14

El hermoso signo del pesebre

Queridos hermanos y hermanas:

            En esta “noche santa”[1] vuelve a resonar el anuncio profético de Isaías: «un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado» (Is 9, 5); vuelve a resonar el anuncio del Ángel del Señor: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.» (Lc 2, 10 – 11).

            En la noche de los pastores y en la noche de nuestras vidas, Dios anuncia su presencia y cercanía.[2] Los pastores recibieron el anuncio mientras «vigilaban por turnos sus rebaños». Y nosotros, ¿en qué situación existencial recibimos esta alegre noticia?

«Vigilaban por turnos sus rebaños»

            Puede que el anuncio también nos encuentre cuidando de los nuestros: de nuestras familias y comunidades; puede que nos encuentre velando por los pobres, enfermos y ancianos o acompañando a los encarcelados. Puede que el anuncio nos encuentre ocupados en un sinnúmero de tareas, obligaciones y compromisos.

            Pero también puede suceder que este anuncio nos encuentre dispersos y distraídos en la oscuridad de nuestro egoísmo y pecado. En la oscuridad de la superficialidad, la apariencia y la inmediatez.

            Pero aún en esos momentos en que “la noche envuelve nuestras vidas”[3] y nuestra fe; “incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia. (…) Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1, 79).”[4]

            Sí, «el pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.» (Is 9, 1).

«Un niño recién nacido envuelto en pañales»

            ¿Y en qué consiste esta luz que ilumina nuestras oscuridades y orienta nuestras vidas? Se trata de «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 12). Se trata de Jesús, en quien “el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.”[5]

            Sí, Jesús es la luz “que ilumina todo el trayecto del camino”[6] de nuestra vida porque Él es el hermano, el amigo y el Hijo Salvador que todos anhelamos en el corazón.

            Es el hermano que constantemente nos busca; que se ha unido a nosotros para siempre y nunca nos rechaza ni niega. El hermano que conoce nuestras capacidades y límites, nuestras virtudes y defectos. Y aún así sigue creyendo en lo bueno que hay en cada uno de nosotros y nos anima a compartirlo y así crecer. Es el hermano que nos mira con ojos de misericordia y ternura, y sabe enjugar nuestras lágrimas.

            Es el amigo fiel que siempre nos acompaña y nunca nos deja solos. Aquel cuya ternura y presencia sacia nuestra sed de amor y comparte su vida con nosotros. El amigo que con paciencia y constancia «nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad» (Tit 2, 12); es decir, para vivir como hombres y mujeres nuevos y libres, para vivir según nuestra vocación bautismal y nuestros ideales más auténticos.

            Es el Hijo Salvador que nos redime, el que «se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien» (Tit 2, 14). El Hijo en quien y con quien aprendemos a ser hijos del Padre y para el Padre. En definitiva, el Hijo en quien aprendemos lo que significa ser persona humana y en quien recibimos la paz de los que son amados por Dios (cf. Lc 2, 14).

El hermoso signo del pesebre

            Sea cual sea el lugar vital en el cual nos encuentre el anuncio del nacimiento del Salvador, queremos ser como los pastores, quienes “a diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, (…) se convirtieron en testigos de los esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece.”[7]

Procesión de entrada a la Misa de la noche
de la Natividad del Señor, 2019.
Santuario de Tuparenda, Paraguay.
            Sí, queremos ponernos en camino hacia “Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús”[8]. Lo encontraremos saliendo de nuestro egoísmo y comodidad; lo encontraremos en las personas que nos rodean –especialmente en los frágiles, pobres y necesitados-; lo encontraremos en el servicio generoso; lo encontraremos en la vida de oración cotidiana; lo encontraremos en el Evangelio leído, meditado y vivido; lo encontraremos en la Santa Misa, ya que hay un vínculo especial entre el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía[9]; lo encontraremos en el silencio e intimidad de nuestro santuario corazón.

            Y hoy especialmente, lo buscaremos y encontraremos en el pesebre de nuestros hogares e Iglesias. Y allí, ante el pesebre “la mente irá espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo”[10], y recordaremos que encontraremos al Niño, haciéndonos nosotros mismos, pequeños, humildes y esperanzados como niños.

            A María, Madre del Pesebre, nos encomendamos en esta Noche Buena para que nos enseñe a buscar al Niño, para que nos enseñe a contemplarlo en cada hombre y acontecimiento con ojos de ternura y de fe, de modo que en el día a día veamos “el hermosos signo del pesebre”, el hermoso signo del Dios-con-nosotros. Amén.


[1] MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística II, «Acuérdate Señor» propio en la Natividad del Señor y durante su octava.
[2] Cf. PAPA FRANCISCO, Admirabile Signum, 4.
[3] PAPA FRANCISCO, Admirabile Signum, 4.
[4] Ibídem
[5] PAPA FRANCISCO, Admirabile Signum, 3.
[6] PAPA FRANCISCO, Lumen Fidei, 1.
[7] PAPA FRANCISCO, Admirabile Signum, 5.
[8] Ibídem
[9] Cf. PAPA FRANCISCO, Admirabile Signum, 2.
[10] PAPA FRANCISCO, Admirabile Signum, 10.


sábado, 14 de diciembre de 2019

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven» - Domingo Gaudete 2019


Domingo 3° de Adviento – Ciclo A – 2019

Mt 11, 2 – 11

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven»

Queridos hermanos y hermanas:

            En esta víspera de la octava de las festividades de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, celebramos ya el Domingo 3° de Adviento, el Domingo Gaudete o del Gozo de la espera. Por lo tanto, es una ocasión propicia para meditar en torno a la alegría y la esperanza cristianas.

            Así, como María, Tupãsy Caacupé, queremos meditar a partir de la Palabra de Dios y renovar nuestro corazón en la alegría que proviene del Señor. En esta celebración queremos, con Ella, escuchar en nuestros corazones el saludo del ángel: «¡Alégrate! El Señor está contigo.» (cf. Lc 1, 28).

«Alégrense siempre en el Señor»

            La antífona de entrada para esta Misa dice: «Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense, pues el Señor está cerca.» Tomada de la Carta a los Filipenses (cf. Flp 4, 4.5), esta exhortación paulina nos invita a cultivar siempre la alegría en el Señor, y sobre todo en este tiempo de Adviento en que «el Señor está cerca».

            Alegrarse, vivir en alegría es una decisión. Y los cristianos tenemos una razón muy concreta para decidirnos por la alegría todos los días: «el Señor está cerca». Se trata de nuestra fe y de nuestra esperanza.

            A veces olvidamos la certeza de esta fe y de esta esperanza. A veces olvidamos la certeza del amor personal e incondicional de Jesús, y nos dejamos llevar por la preocupación, la angustia y la tristeza. A veces ponemos nuestra alegría no en las manos de Jesús y su amor, sino en las manos de los demás: en su opinión, en sus acciones para con nosotros o en sus estados de ánimo.

A veces, nuestra alegría la hacemos depender de circunstancias externas a nosotros que no podemos controlar o dirigir. Esperamos las condiciones ideales o perfectas para ser felices y así estar alegres. Y como nunca se cumplen del todo esas condiciones, dejamos que la insatisfacción y el mal humor nos ganen.

            Es cierto, como dice el Papa Francisco, que “hay personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias.”[1] Pues la alegría cristiana “se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo.”[2]

«Fortalezcan los brazos débiles…»

            Por eso, los profetas de Dios, aún en medio de grandes dificultades, anunciaron llenos de fe el gozo de la esperanza. Así lo hemos escuchado en la primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías:

            «¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa! ¡Sí, florezca como el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! (…) Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.» (Is 35, 1).

            No se niega la situación de desierto, de tierra reseca, pero se llama con fuerza y seguridad a la alegría, pues veremos «la gloria del Señor». Y la esperanza de esa visión hace florecer la realidad, transforma el desierto en jardín.

            Lo mismo ocurre con nuestro corazón, con  nuestra vida. Las preocupaciones y dificultades resecan nuestro corazón y la angustia transforma nuestro interior en un desierto vacío. Sin embargo, por medio de su palabra, el Señor nos llama a la alegría y nos recuerda la razón de nuestra alegría y esperanza: veremos –por medio de los ojos de la fe- la gloria del Señor en nuestras vidas.

            Junto con este anuncio profético, se nos entrega también una tarea profética: «Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! (…) Él mismo viene a salvarlos”.» (Is 35, 3 – 4).

            Sí, escuchar con fe la Palabra de Dios que nos anuncia esperanza y alegría, significa acogerla en nuestros corazones y en nuestras vidas, y dejar que ella nos transforme, también a nosotros, en anunciadores de esperanza y alegría. La palabra profética acogida y meditada auténticamente nos transforma en profetas de esperanza para nuestros hermanos.

            Dar esperanza a nuestros hermanos –y por ello dar razón de alegría- significa darnos esperanza mutuamente, acompañarnos y acogernos los unos a los otros, escucharnos mutuamente, aconsejarnos y contenernos. Como dice san Pablo: «Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios.» (2 Co 1, 3 – 4).

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven»

            Por esta razón, Jesús invita a los enviados de Juan el Bautista a dar testimonio de lo que oyen y ven:

            «“Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.”» (Mt 11, 4 – 5).

            Para anunciar la esperanza y la alegría cristianas, los discípulos de Juan deben aprender a discernir las obras que Jesús realiza. También nosotros debemos hacerlo. Se trata de “ver señales e interpretarlas debidamente. Concebir las obras que hace Jesús como obras del Mesías. Es el camino de la fe, que arranca de los resultados visibles y conduce al conocimiento de Jesús.”[3]

           
Ante la imagen de la Virgen de los Milagros de Caacupé.
Basílica Santuario de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé.
Caacupé, Cordillera, Paraguay. 2019.
Por eso, también nosotros tenemos la tarea cotidiana de descubrir la presencia y acción de Jesús en nuestras vidas. Ante cada situación que vivimos debemos preguntarnos con fe: ¿Qué está obrando Jesús en mi vida? Ante cada circunstancia de la vida, ante cada logro y ante cada fracaso, ante cada situación y ante cada persona: ¿Qué está obrando Jesús en mi vida? ¿Qué quiere obrar, realizar conmigo?

            Entonces la presencia y acción del Señor en nuestras vidas se transformará en nuestra fuente de esperanza y de alegría; entonces podremos animar y consolar a los que nos rodean; entonces podremos vivir lo que nos pide la Palabra de Dios: «Alégrense siempre en el Señor (…), pues el Señor está cerca».

            A la Santísima Virgen María, Tupãsy Caacupé, Madre de la esperanza y de la alegría, le pedimos que nos enseñe a descubrir la presencia y acción salvadora de su Hijo en nuestras vidas; y que así, dando testimonio de lo que vemos y oímos en el Evangelio y en nuestra experiencia, nos transformemos en profetas de esperanza y alegría para nuestra patria. Que así sea. Amén.

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.P.


Rector del Santuario de Tupãrenda, Itauguá - Paraguay




[1] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 6.
[2] Ibídem
[3] W. TRILLING, El Evangelio según San Mateo. Tomo Primero (Editorial Herder, Barcelona 1980), 245.