La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 19 de enero de 2019

«Llenen de agua estas tinajas»

Domingo 2° del tiempo durante el año – Ciclo C

Jn 2, 1 – 11

«Llenen de agua estas tinajas»

Queridos hermanos y hermanas:

            Hemos escuchado, en la proclamación del Evangelio, el conocido relato de la presencia de Jesús y sus discípulos en las bodas de Caná (Jn 2, 1 – 11). Pienso que para comprender el mensaje que hoy Dios quiere regalarnos mediante la Liturgia de la Palabra debemos mirar el contexto litúrgico en el cual se proclama este texto evangélico.

            Celebramos hoy el Domingo 2° del tiempo durante el año; es decir, estamos al inicio del llamado tiempo ordinario en la Liturgia. Por eso, en el texto evangélico también se nos presenta un pasaje de los inicios de la actividad pública de Jesús. De hecho, al final de la perícopa evangélica se nos dice que «este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.» (Jn 2, 11).

            Se trata de un primer signo. ¿En qué consiste este signo? ¿Qué significa y qué nos dice este signo hoy a nosotros?

«Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea»

            Este primer signo de Jesús se realiza en medio de la celebración de «unas bodas en Caná de Galilea» (Jn 2, 1). No es casual que esto suceda así. Se nos dice además que «la madre de Jesús estaba allí» lo mismo que los discípulos de Jesús (cf. Jn 2, 1). El contexto nupcial es importante para comprender en profundidad las palabras y acciones de Jesús.

            De hecho, en la primera lectura -tomada del libro del profeta Isaías- se nos dice que la ciudad de Jerusalén –imagen de todo el pueblo de Israel- ya no será llamada “abandonada” ni devastada”, sino que la ciudad será llamada “Mi deleite” y su tierra “Desposada” (cf. Is 62, 4). Y todo esto «porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo» (Is 62, 4); más aún, «como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios» (Is 62, 5).

            Las bodas, el banquete nupcial, la misma alianza matrimonial, es imagen de la íntima y tierna relación entre Dios y su pueblo; es imagen del amor fiel de Dios por su pueblo y por cada uno de sus hijos. En varios pasajes del Antiguo Testamento se utiliza la imagen de la relación esponsalicia para hablar del amor de Dios por su pueblo elegido.

            En la antigüedad se comprendía que el esposo otorgaba a su esposa la misma dignidad y título que él poseyera. Por la alianza matrimonial la esposa era elevada a la dignidad del esposo. Israel así lo entiende. Como pueblo ha sido elevado por el amor esponsalicio de Dios. Así mismo la imagen matrimonial, con toda su belleza y ternura, expresa también la exigencia de la fidelidad y exclusividad del matrimonio.   

«No tienen vino»

            Si Israel ha sido agraciado con esta alianza esponsalicia, con este amor de elección, es comprensible que la imagen de las bodas sea utilizada para expresar la alegría de la vida en alianza con Dios. La vida en alianza con Dios es un permanente entrar y estar en comunión con Él.

            Pero esta vida de comunión –que es siempre don- se ha de cuidar y cultivar. Y en el contexto de las bodas celebradas en Caná de Galilea ocurre lo inesperado e indeseado: «No tienen vino» (Jn 2, 3). El vino es “signo y don de la alegría nupcial”.[1] Por lo tanto, si se ha acabo el vino significa que de alguna manera hemos perdido el don de la comunión con Dios, el don de la alianza con Dios, el don de la amistad con Dios. Y por ello, hemos perdido también la alegría.

            ¡Cuántas veces experimentamos esa falta de alegría en nosotros mismos! Cuántas veces, aún en medio de la aparente fiesta de la vida sentimos tristeza, soledad y vacío interior. A pesar de la “múltiple y abrumadora oferta de consumo”[2] de la sociedad actual, nuestro corazón no termina nunca de saciarse. El vino del consumismo, del hedonismo y del egoísmo embriaga momentáneamente pero no sacia ni alegra. Ante esta situación, ¿qué podemos hacer?

            En primer lugar, reconocer que ya no tenemos el vino de la comunión con Dios. Reconocer que lo hemos descuidado y que la vasija de nuestro corazón está agrietada y seca.

            Pero junto con este reconocer nuestra carencia de vino debemos también, desde ahora, disponernos a hacer lo que Jesús nos diga (cf. Jn 2, 5). En el fondo se trata de la auténtica purificación, de la auténtica conversión  que no es otra cosa que la escucha atenta a Jesús y la obediencia a su Palabra.

            La verdadera purificación del corazón –a la que hacen alusión las «seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos» (Jn 2, 6)- no es otra cosa que vaciar el propio corazón del egoísmo y de las aparentes alegrías que no son sino vino de inferior calidad. Vaciar el corazón de egoísmo y de distracciones para permitir que el agua –el Espíritu Santo- vuelva a llenarnos y rebosar en nuestro interior.

«Llenen de agua estas tinajas»

            Llenar el corazón de agua es la tarea constante y paciente de todo cristiano, como los sirvientes del evangelio, esperando y anhelando que el Señor actúe para manifestar su gloria. Llenamos el corazón del agua del Espíritu mediante la constante y perseverante auto-educación. Mediante el constante y paciente cultivo de la relación con Dios en la oración, en la celebración de los sacramentos, en la lectura del Evangelio y en el servicio apostólico a los demás.

           
Las bodas de Caná.
Óleo sobre lienzo. Bartolomé Esteban Murillo, hacia 1670 - 1675.
The Barber Institute, Birmigham, Reino Unido.
Wikimedia Commons.
¿Con qué actividades, palabras, acciones y decisiones lleno mi corazón? ¿Con aquellas que me llenan del agua fresca del Espíritu, dispuesta para ser vino del Señor; o con el vino de inferior calidad que luego me dejará vacío? La opción es nuestra queridos hermanos y hermanas.

            Si perseveramos día a día en llenar nuestros corazones con el agua del Espíritu, también nosotros escucharemos en nuestro interior, de labios del Señor: «has guardado el buen vino» (Jn 2, 10); es decir, lo has conservado para celebrar las bodas en este tiempo –como ocurre en cada Eucaristía[3]- y en la eternidad.

            A María, a quien la Iglesia invoca como Vaso Espiritual[4], le pedimos que nos enseñe a recibir anhelantes y fervorosos cuanto brota de los labios y del corazón de Jesús, para que conservando en nuestro interior el buen vino de la comunión con Dios lo compartamos con nuestros hermanos y testimonios así la alegría de las bodas eternas. Amén.  



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007), 299.
[2] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2.
[3] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 298.
[4] Letanías de la Virgen.

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