La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 6 de abril de 2026

Vigilia Pascual 2026

 

Vigilia Pascual en la Noche Santa – Ciclo A – 2026

Mt 28, 1 – 10

«Jesús salió a su encuentro»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Luego de haber vivido los intensos días de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, celebramos esta Vigilia Pascual en la Noche Santa. En ella, a través de palabras y símbolos nos adentramos en el misterio de la resurrección de Jesús. Tal como lo canta el solemne Pregón Pascual: “¡Noche verdaderamente feliz! Sólo ella mereció saber el tiempo y la hora en que Cristo resucitó del abismo de la muerte.”[1]

            Si bien es cierto que no podemos ser testigos del acontecimiento único, inaudito e íntimo de la resurrección del Señor; sí podemos ser –y lo somos- testigos del Resucitado; testigos del efecto que su resurrección tiene en la historia universal y en nuestra historia personal. Testigos de cómo la luz del bien, y la búsqueda sincera del mismo, triunfan sobre la oscuridad del egoísmo, de la indiferencia y de la corrupción.    

«Buscan a Jesús, el Crucificado»

            En el texto evangélico proclamado hoy hemos escuchado que «María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro.» Sin duda se trata de un acto de amor y de fidelidad hacia el Maestro que vieron morir crucificado. Se trata del amor que busca hacer el bien a la persona amada incluso en medio de dificultades; incluso en medio de la muerte.

            Este gesto de las mujeres del evangelio nos muestra que se trata de personas inquietas en el amor; con la capacidad de dejar de lado la propia comodidad para ponerse al servicio del otro. Mujeres inquietas que buscan; que anhelan; que aman.

            ¿Tenemos nosotros esa misma actitud? ¿Somos todavía hombres y mujeres inquietos que anhelan y buscan? ¿O nuestro corazón se ha adormecido y hemos dejado de buscar? “Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”[2]  

«Jesús salió a su encuentro»

            En esa búsqueda de hacer el bien al otro, estas mujeres del «amanecer del primer día de la semana» fueron sorprendidas por el anuncio de la resurrección y luego por el mismo Resucitado.

            «El Ángel dijo a las mujeres: “No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho.”»

            Las palabras del Ángel contienen la clave de la actitud de las mujeres, y la clave que nos permite encontrar –o más bien dejarnos encontrar- por el Resucitado.

            «Ustedes buscan a Jesús». Esta es la clave. Cuando sinceramente nos ponernos al servicio de los demás dejamos de buscarnos a nosotros mismos, y nos ponemos en camino de buscar y encontrar a Jesús en cada hermano y hermana; en cada situación de vida.

            Al ponernos sinceramente al servicio del otro se cumplen en nosotros las bellas palabras del salmista: «Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.» (Salmo 27, 8 – 9).

            En cambio, cuando solamente nos buscamos a nosotros mismos buscando exclusivamente nuestro bien, nuestra comodidad, nos perdemos. Así dejamos de ser hombres y mujeres que buscan y anhelan y nos convertimos en “errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte.”[3]

            Nosotros no queremos perdernos en el camino de la vida; no queremos ser errantes, sino constantes buscadores del bien y por eso del mismo Cristo Resucitado.

«No teman»

            Habiendo escuchado el anuncio de la resurrección las mujeres «llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos».

            En el servicio, en la búsqueda del bien, reciben el anuncio de la resurrección y no se lo guardan para sí, sino que salen a compartirlo, salen a anunciar la buena noticia de la resurrección.

           

Y es en ese anunciar a otros, en ese hacer el bien a otros, el mismo Resucitado sale a su encuentro y les dice: «Alégrense».

            Y no puede ser de otra manera; cuando nos ponemos al servicio de los demás; cuando nos animamos a compartir nuestra fe, somos nosotros mismo los que recibimos “la alegría del Evangelio [que] llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.”[4]

            Es lo que simbólicamente nos muestra el Cirio Pascual, el cual, “aunque distribuye su luz no disminuye su claridad al repartirla.”[5] También nosotros debemos distribuir la luz y la alegría de la resurrección en el servicio a los demás, en la búsqueda sincera del bien común de todos, sin excluir a nadie.

            Solo así participaremos plenamente de la resurrección de Cristo, auténtico bien común de toda la humanidad.

María, Madre del bien común

            A María, a quien hoy invocamos con alegría y luminosidad como Regina Coeli – Reina del Cielo, le pedimos que como Madre y Educadora del bien común nos siga formando en sus manos como instrumentos de bien para nuestros hermanos, de modo que con nuestro servicio compartamos la luz que proviene de “Jesucristo, que resucitado de entre los muertos brilla sereno para el género humano, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.”[6]

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

4/04/2026


[1] MISAL ROMANO, Pregón Pascual

[2] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2

[3] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 170

[4] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1

[5] MISAL ROMANO, Pregón Pascual

[6] Ibídem

domingo, 5 de abril de 2026

Jueves Santo - 2026

 Misa Vespertina de la Cena del Señor – Ciclo A – 2026

1 Cor 11, 23 – 26

Jn 13, 1 – 15

«Para que hagan lo mismo que yo»

Queridos hermanos y hermanas:

            Con esta celebración vespertina iniciamos el Sagrado Triduo Pascual. Y al hacerlo vale la pena recalcar que con ella nos adentramos en el núcleo de nuestra fe, en el fundamento de nuestra esperanza y en la fuente de nuestro amor. Aquí está el centro de nuestra vida cristiana.

            Y de alguna manera esto se sintetiza en lo que hoy celebramos: la Eucaristía. En este misterio, Jesús se nos revela como Aquel que se dona totalmente: en el pan y el vino convertidos –por obra del Espíritu Santo- en su Cuerpo y Sangre; y en el gesto humilde del lavatorio de los pies. Donación y servicio: dos dimensiones de un mismo amor; del «amor hasta el fin.» (cf. Jn 13, 1).  

«Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes»

            San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios (1 Cor  11, 23 – 26) nos pone directamente ante el misterio eucarístico: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes».

No se trata de un gesto vacío ni de un simple recuerdo. Estamos ante una realidad profunda y misteriosa: el pan y el vino se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En cada Eucaristía el Señor Jesús actualiza su entrega. No es algo del pasado; se trata de una realidad presente y actuante en nuestro hoy. Y esta entrega eucarística es por todos. Por cada uno de nosotros, sin excluir a nadie.  

            Cada vez que celebramos la Eucaristía, Cristo se ofrece al Padre por nosotros, y al mismo tiempo se nos da como alimento. Nos hace partícipes de su amor, nos introduce en su entrega.

«Denles ustedes mismos de comer»

            La entrega eucarística de Cristo Jesús no solamente nos alimenta, sino  que nos implica en su ofrecimiento al Padre y nos capacita, para con Él entregarnos a los demás; entregarnos a nuestros hermanos.

            La Iglesia en el Paraguay está viviendo un año pastoral dedicado al bien común, inspirada por el lema: «Denles ustedes mismos de comer» (Mt 14, 16). Estas palabras provienen de un relato considerado eucarístico: la primera multiplicación de los panes en el Evangelio según san Mateo (cf. Mt 14, 13 – 21).

            Conocemos el relato. Los discípulos preocupados por la cantidad de gente que seguía a Jesús, proponen dispersar a la muchedumbre y que cada quien se consiga su propio alimento. Pero el Señor responde: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos» (Mt 14, 16).

            Los discípulos tenían poco: cinco panes y dos pescados. Pero eso poco, puesto en manos del Señor se convierte en alimento para todos. Jesús los multiplica para que los discípulos los repartan y así den de comer a la multitud (cf. Mt 14, 17 – 19).

Una vez más la presencia y la acción del Señor posibilita el alimentar a los demás, el colaborar para el bien común y salir de la dinámica de pensar solamente en el bien individual. Jesús rompe la lógica del individualismo.

Así también ocurre con nosotros. Cuando ponemos lo poco que tenemos en manos de Cristo, Él lo transforma y lo multiplica. Y nos hace capaces de colaborar en el bien de los demás, de salir de la lógica del individualismo para entrar en la lógica del bien común.

«Para que hagan lo mismo que yo»

            Tanto el relato de la multiplicación de los panes, como el relato joánico de la institución de la Eucaristía (cf. Jn 13, 1 – 15) nos muestran que la entrega del Señor por nosotros nos capacita para con Él y como Él entregarnos a los demás.

           

Comprendemos entonces que la Eucaristía verdaderamente es realización del bien común. En primer lugar porque actualiza y realiza la redención de los hombres –de todos y de cada uno- y en segundo lugar porque nos implica en la realización del bien común en nuestras familias, nuestras comunidades y en la sociedad toda.

            Con razón el Señor nos dice también a nosotros hoy: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (cf. Jn 13, 15). Cada Misa nos envía. Cada comunión nos compromete. Cada encuentro con Cristo nos transforma en servidores.

            Hoy el Señor nos vuelve a decir: «hagan lo mismo que yo». Que no resuene simplemente como una frase bonita. Que esta palabra evangélica se transforme para cada uno de nosotros en un programa de vida. «Hagan lo mismo que yo».

María de Tupãrenda, Madre del bien común

            A María, Madre del bien común, que en Tupãrenda nos educa y nos envía a construir la Nación de Dios, le pedimos que nos ayude a vivir cada celebración eucarística de tal manera que, alimentándonos de la entrega de Cristo, seamos capaces de entregarnos a los demás con gestos concretos de amor y servicio, haciendo lo mismo que Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

2/04/2026