La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 6 de abril de 2026

Vigilia Pascual 2026

 

Vigilia Pascual en la Noche Santa – Ciclo A – 2026

Mt 28, 1 – 10

«Jesús salió a su encuentro»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Luego de haber vivido los intensos días de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, celebramos esta Vigilia Pascual en la Noche Santa. En ella, a través de palabras y símbolos nos adentramos en el misterio de la resurrección de Jesús. Tal como lo canta el solemne Pregón Pascual: “¡Noche verdaderamente feliz! Sólo ella mereció saber el tiempo y la hora en que Cristo resucitó del abismo de la muerte.”[1]

            Si bien es cierto que no podemos ser testigos del acontecimiento único, inaudito e íntimo de la resurrección del Señor; sí podemos ser –y lo somos- testigos del Resucitado; testigos del efecto que su resurrección tiene en la historia universal y en nuestra historia personal. Testigos de cómo la luz del bien, y la búsqueda sincera del mismo, triunfan sobre la oscuridad del egoísmo, de la indiferencia y de la corrupción.    

«Buscan a Jesús, el Crucificado»

            En el texto evangélico proclamado hoy hemos escuchado que «María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro.» Sin duda se trata de un acto de amor y de fidelidad hacia el Maestro que vieron morir crucificado. Se trata del amor que busca hacer el bien a la persona amada incluso en medio de dificultades; incluso en medio de la muerte.

            Este gesto de las mujeres del evangelio nos muestra que se trata de personas inquietas en el amor; con la capacidad de dejar de lado la propia comodidad para ponerse al servicio del otro. Mujeres inquietas que buscan; que anhelan; que aman.

            ¿Tenemos nosotros esa misma actitud? ¿Somos todavía hombres y mujeres inquietos que anhelan y buscan? ¿O nuestro corazón se ha adormecido y hemos dejado de buscar? “Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”[2]  

«Jesús salió a su encuentro»

            En esa búsqueda de hacer el bien al otro, estas mujeres del «amanecer del primer día de la semana» fueron sorprendidas por el anuncio de la resurrección y luego por el mismo Resucitado.

            «El Ángel dijo a las mujeres: “No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho.”»

            Las palabras del Ángel contienen la clave de la actitud de las mujeres, y la clave que nos permite encontrar –o más bien dejarnos encontrar- por el Resucitado.

            «Ustedes buscan a Jesús». Esta es la clave. Cuando sinceramente nos ponernos al servicio de los demás dejamos de buscarnos a nosotros mismos, y nos ponemos en camino de buscar y encontrar a Jesús en cada hermano y hermana; en cada situación de vida.

            Al ponernos sinceramente al servicio del otro se cumplen en nosotros las bellas palabras del salmista: «Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.» (Salmo 27, 8 – 9).

            En cambio, cuando solamente nos buscamos a nosotros mismos buscando exclusivamente nuestro bien, nuestra comodidad, nos perdemos. Así dejamos de ser hombres y mujeres que buscan y anhelan y nos convertimos en “errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte.”[3]

            Nosotros no queremos perdernos en el camino de la vida; no queremos ser errantes, sino constantes buscadores del bien y por eso del mismo Cristo Resucitado.

«No teman»

            Habiendo escuchado el anuncio de la resurrección las mujeres «llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos».

            En el servicio, en la búsqueda del bien, reciben el anuncio de la resurrección y no se lo guardan para sí, sino que salen a compartirlo, salen a anunciar la buena noticia de la resurrección.

           

Y es en ese anunciar a otros, en ese hacer el bien a otros, el mismo Resucitado sale a su encuentro y les dice: «Alégrense».

            Y no puede ser de otra manera; cuando nos ponemos al servicio de los demás; cuando nos animamos a compartir nuestra fe, somos nosotros mismo los que recibimos “la alegría del Evangelio [que] llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.”[4]

            Es lo que simbólicamente nos muestra el Cirio Pascual, el cual, “aunque distribuye su luz no disminuye su claridad al repartirla.”[5] También nosotros debemos distribuir la luz y la alegría de la resurrección en el servicio a los demás, en la búsqueda sincera del bien común de todos, sin excluir a nadie.

            Solo así participaremos plenamente de la resurrección de Cristo, auténtico bien común de toda la humanidad.

María, Madre del bien común

            A María, a quien hoy invocamos con alegría y luminosidad como Regina Coeli – Reina del Cielo, le pedimos que como Madre y Educadora del bien común nos siga formando en sus manos como instrumentos de bien para nuestros hermanos, de modo que con nuestro servicio compartamos la luz que proviene de “Jesucristo, que resucitado de entre los muertos brilla sereno para el género humano, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.”[6]

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

4/04/2026


[1] MISAL ROMANO, Pregón Pascual

[2] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2

[3] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 170

[4] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1

[5] MISAL ROMANO, Pregón Pascual

[6] Ibídem

domingo, 5 de abril de 2026

Jueves Santo - 2026

 Misa Vespertina de la Cena del Señor – Ciclo A – 2026

1 Cor 11, 23 – 26

Jn 13, 1 – 15

«Para que hagan lo mismo que yo»

Queridos hermanos y hermanas:

            Con esta celebración vespertina iniciamos el Sagrado Triduo Pascual. Y al hacerlo vale la pena recalcar que con ella nos adentramos en el núcleo de nuestra fe, en el fundamento de nuestra esperanza y en la fuente de nuestro amor. Aquí está el centro de nuestra vida cristiana.

            Y de alguna manera esto se sintetiza en lo que hoy celebramos: la Eucaristía. En este misterio, Jesús se nos revela como Aquel que se dona totalmente: en el pan y el vino convertidos –por obra del Espíritu Santo- en su Cuerpo y Sangre; y en el gesto humilde del lavatorio de los pies. Donación y servicio: dos dimensiones de un mismo amor; del «amor hasta el fin.» (cf. Jn 13, 1).  

«Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes»

            San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios (1 Cor  11, 23 – 26) nos pone directamente ante el misterio eucarístico: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes».

No se trata de un gesto vacío ni de un simple recuerdo. Estamos ante una realidad profunda y misteriosa: el pan y el vino se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En cada Eucaristía el Señor Jesús actualiza su entrega. No es algo del pasado; se trata de una realidad presente y actuante en nuestro hoy. Y esta entrega eucarística es por todos. Por cada uno de nosotros, sin excluir a nadie.  

            Cada vez que celebramos la Eucaristía, Cristo se ofrece al Padre por nosotros, y al mismo tiempo se nos da como alimento. Nos hace partícipes de su amor, nos introduce en su entrega.

«Denles ustedes mismos de comer»

            La entrega eucarística de Cristo Jesús no solamente nos alimenta, sino  que nos implica en su ofrecimiento al Padre y nos capacita, para con Él entregarnos a los demás; entregarnos a nuestros hermanos.

            La Iglesia en el Paraguay está viviendo un año pastoral dedicado al bien común, inspirada por el lema: «Denles ustedes mismos de comer» (Mt 14, 16). Estas palabras provienen de un relato considerado eucarístico: la primera multiplicación de los panes en el Evangelio según san Mateo (cf. Mt 14, 13 – 21).

            Conocemos el relato. Los discípulos preocupados por la cantidad de gente que seguía a Jesús, proponen dispersar a la muchedumbre y que cada quien se consiga su propio alimento. Pero el Señor responde: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos» (Mt 14, 16).

            Los discípulos tenían poco: cinco panes y dos pescados. Pero eso poco, puesto en manos del Señor se convierte en alimento para todos. Jesús los multiplica para que los discípulos los repartan y así den de comer a la multitud (cf. Mt 14, 17 – 19).

Una vez más la presencia y la acción del Señor posibilita el alimentar a los demás, el colaborar para el bien común y salir de la dinámica de pensar solamente en el bien individual. Jesús rompe la lógica del individualismo.

Así también ocurre con nosotros. Cuando ponemos lo poco que tenemos en manos de Cristo, Él lo transforma y lo multiplica. Y nos hace capaces de colaborar en el bien de los demás, de salir de la lógica del individualismo para entrar en la lógica del bien común.

«Para que hagan lo mismo que yo»

            Tanto el relato de la multiplicación de los panes, como el relato joánico de la institución de la Eucaristía (cf. Jn 13, 1 – 15) nos muestran que la entrega del Señor por nosotros nos capacita para con Él y como Él entregarnos a los demás.

           

Comprendemos entonces que la Eucaristía verdaderamente es realización del bien común. En primer lugar porque actualiza y realiza la redención de los hombres –de todos y de cada uno- y en segundo lugar porque nos implica en la realización del bien común en nuestras familias, nuestras comunidades y en la sociedad toda.

            Con razón el Señor nos dice también a nosotros hoy: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (cf. Jn 13, 15). Cada Misa nos envía. Cada comunión nos compromete. Cada encuentro con Cristo nos transforma en servidores.

            Hoy el Señor nos vuelve a decir: «hagan lo mismo que yo». Que no resuene simplemente como una frase bonita. Que esta palabra evangélica se transforme para cada uno de nosotros en un programa de vida. «Hagan lo mismo que yo».

María de Tupãrenda, Madre del bien común

            A María, Madre del bien común, que en Tupãrenda nos educa y nos envía a construir la Nación de Dios, le pedimos que nos ayude a vivir cada celebración eucarística de tal manera que, alimentándonos de la entrega de Cristo, seamos capaces de entregarnos a los demás con gestos concretos de amor y servicio, haciendo lo mismo que Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

2/04/2026

martes, 31 de marzo de 2026

Domingo de Ramos - 2026

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo A – 2026

Mt 21, 1 – 11

Mt 26, 3 – 5. 14 – 27, 66

El Señor los necesita – El Señor nos necesita

Queridos hermanos y hermanas:

            Con la Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y la solemne proclamación de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo hemos iniciado la gran semana de nuestra fe, la Semana Santa.

            Durante estos días santos queremos adentrarnos en el Misterio Pascual de Cristo Jesús -en su pasión, muerte y resurrección-; se trata del acontecimiento central de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Este es el centro de nuestra fe, el fundamento de nuestra esperanza y la fuente de nuestro amor.

            Como dice san Pablo: «Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados. Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos.» (1 Cor 15, 17. 19 – 20).

            Sí, verdaderamente Cristo murió y resucitó para salvarnos y liberarnos “del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento.”[1]

Camino de liberación

            Precisamente al conmemorar la entrada del Señor en Jerusalén contemplamos el inicio de lo que podríamos llamar un camino de liberación. Es cierto que el camino de Jesús hacia Jerusalén inició ya en los comienzos de su vida pública y su ministerio, cuando anunciaba: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4, 17).

            Sí, la liberación que nos quiere traer Jesús inicia con la escucha de su palabra y con la acogida sincera de la llamada a la conversión. De eso se trató la Cuaresma, de eso se trata la vida cristiana: de convertirnos hacia el Señor Jesús; de dejarnos convertir hacia Él y su amor. Convertirnos desde nuestros egoísmos y pecados hacia su amor, ternura y misericordia.

            Toda conversión es siempre un camino. Y muchas veces en el camino de la conversión daremos pasos confiados hacia adelante, y luego, retrocederemos con tristeza y frustración. Pero no debemos perder la esperanza. A todos el Señor nos llama siempre de nuevo a convertirnos hacia Él, a caminar con Él hacia el Reino que está cerca: en medio de nosotros, en medio de la comunidad y en nuestro propio corazón cuando con sinceridad nos abrimos al amor de Dios y de nuestros hermanos.

            Pero este camino de conversión que iniciamos hoy tiene un horizonte que no podemos eludir: la Pasión. La misma asamblea que hoy aclama «¡Hosanna al Hijo de David!» es la que, pocos días después, gritará «¡Crucifícalo!» (cf. Mt 27, 22). Este contraste no es un accidente del relato; es el corazón de este domingo. Jesús entra en Jerusalén sabiendo lo que le espera. Entra libremente, en paz, montado sobre una humilde asna. La conversión que Él nos propone no nos ahorra el paso por la cruz; nos acompaña en él.

            Así todo camino de conversión, para que pueda ser constante y auténtico –además de ser sostenido por la gracia de Dios- debe ir acompañado del servicio sincero a los demás. Pues ahí se manifiesta concretamente la conversión: en el paso que damos desde el egoísmo de buscar sólo nuestro propio bien hacia el amor generoso y creativo que busca el bien de los demás.

Ahí se manifiesta la cruz y la resurrección en nuestra vida cotidiana: morir al egoísmo y vivir con Jesús para los demás.   

El Señor los necesita – El Señor nos necesita

            Con este anhelo de convertirnos hacia el amor que hace el bien a los demás, volvamos nuestra mirada hacia el texto evangélico que se proclamó en la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén (Mt  21, 1 - 11) y fijémonos en un personaje al cual no solemos prestarle mucha atención y que sin embargo cumple una importante misión el día de los Ramos: el burrito; o como dice el texto, la «asna atada» (Mt 21, 2).

            Jesús da instrucciones a sus discípulos para que desaten a la asna y su cría y los traigan junto a Él, y agrega: «si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a devolver enseguida”.» (Mt 21, 3).

            Sabemos que Jesús quiso necesitar de ese sencillo animal para realizar su entrada mesiánica en Jerusalén y así cumplir la profecía:

            «Digan a la hija de Sion:

            Mira que tu rey viene hacia ti,

            humilde y montado sobre un asna,

            sobre la cría de un animal de carga.» (Mt 21, 5).

           

El Señor de las Palmas
Tup
ãrenda, Marzo 2026

¡Cuán sencillo el instrumento que el Señor se escogió! ¡Cuán pequeño y cuán grande fue su misión! «El Señor los necesita». Esta es la frase clave sobre la cual quisiera que meditemos.

            Por más humilde, por más sencillo que sea el instrumento: «El Señor lo necesita». Y así como Jesús quiso necesitar de la humilde asna y de su cría; así también, el Señor nos necesita a cada uno de nosotros para llevarlo a Él, su Palabra y su testimonio a otros.

Pensando en esto, viene a mi mente el Siervo de Dios João Luiz Pozzobon, “diácono permanente y padre de familia brasileño, conocido como el “burrito de la Mater” por su incansable labor de evangelización con la imagen de la Virgen Peregrina.”[2]

            Sí, en su sencillez Pozzobon se consideraba a sí mismo como un “burrito de la Mater”, un pequeño instrumento con una gran misión de evangelización, una misión original que llevó a cabo con sus capacidades y límites. Él comprendió que el Señor nos necesita. Él comprendió que “para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad.”[3]

El bien común

            Así, a través del apostolado y del servicio, nuestro camino de conversión se va haciendo un camino de santidad; un camino único y original donde volvemos a creer –una y otra vez- que el Señor Jesús nos ama, nos llama, y nos necesita para caminar con Él y llevarlo a los demás.

            No debemos pasar por alto que cuando la pequeña asna cumplió su misión, no lo hizo para sí misma. Lo que cargó sobre su lomo benefició a toda Jerusalén y más allá: «toda la ciudad se conmovió» (Mt 21, 10). El servicio auténtico nunca es privado. Tiene siempre una dimensión comunitaria, social, que los teólogos llaman bien común.  

       No importa cuán pequeñas sean nuestras capacidades; no importa cuánto experimentemos nuestra propia fragilidad y limitación. Lo importante es dejarnos liberar por el Señor Jesús y creyendo en su llamado, ponernos en camino para servir a los demás.

            Y este camino de conversión –que es camino de santidad- nos pondrá al servicio del bien común, ese bien que no buscamos sólo para nosotros mismos, sino para los demás, para toda nuestra comunidad, para toda nuestra sociedad, para “todos nosotros” sin excluir a nadie.[4]

            Iniciemos hoy –una vez más- un camino de conversión y santidad. Sigamos a Jesús, quien entregando su vida en la cruz y resucitando, abrió el camino del auténtico bien común para todos los hombres y para todo el hombre.

En este camino no estamos solos: María estuvo al pie de la cruz cuando todos habían huido (cf. Jn 19, 25); Ella conoce el peso del camino y nos acompaña en él.

            Como pequeños instrumentos de María, portemos en el día a día al Salvador, a quien aclamamos con nuestros labios y nuestras vidas:

            «¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!».

A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

29/03/2026



[1] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1

[2] ADN CELAM, João Luiz Pozzobon, “burrito de la Mater”, más cerca de los altares [en línea]. [Fecha de consulta: 28 de marzo de 2026]. Disponible en: < Brasil: João Luiz Pozzobon, “burrito de la Mater”, más cerca de los altares - ADN Celam>

[3] FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 19

[4] Cf. BENEDICTO XVI, Caritas in Veirtate, 7

viernes, 20 de febrero de 2026

Miércoles de Ceniza – 2026

 

Miércoles de Ceniza – 2026

Mt 6, 1 - 6. 16 – 18

Convertir el corazón al bien común

Queridos hermanos y hermanas:

            Iniciamos el tiempo de Cuaresma con la celebración de esta Eucaristía y con el rito de la imposición de la ceniza.

Sabemos que “la Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia (…) nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.”[1]

Sí, la Cuaresma, es el tiempo de convertir el corazón hacia Dios; es la oportunidad convertir nuestro corazón desde el egoísmo hacia el amor. Como dice la Escritura: «este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Cor 6, 2).

            En el Paraguay, a través del Año dedicado al Bien Común, la Iglesia nos llama a convertir nuestros corazones hacia el bien común, hacia el bien de todos nosotros.

Convertir el corazón

            Dice el libro del profeta Joel: «Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios» (Jl 2, 12 – 13).

            Al leer este texto bíblico siempre me impresiona la fuerza de la imagen: «desgarren su corazón y no sus vestiduras». Se trata de la llamada apremiante a volver al propio corazón, a la propia interioridad. Podríamos decir que la primera conversión necesaria es la conversión hacia el corazón, hacia la propia interioridad.

           

Esta conversión hacia nuestro mundo interior no busca ser un intimismo cómodo ni una indiferencia ante el prójimo. Al contrario, es una peregrinación hacia lo profundo, con la certeza de que allí nos encontraremos con nuestro ser más auténtico y con Dios, que siempre dirige su Palabra al corazón.

San Agustín expresa la experiencia de la presencia de Dios en el propio corazón en sus Confesiones al decirle al Señor: “Tú me eras más íntimo que mi propia intimidad.”[2]

De allí la necesidad de volver al propio corazón. Se trata de la conversión hacia la interioridad; pasar de la superficialidad, de la indiferencia y de la negligencia espiritual al cultivo de nuestra interioridad, para desde allí, volver a encaminarnos hacia Dios, volver a convertirnos a Él.   

El bien común, el bien de todos nosotros

            Esta conversión no es un simple deseo, una buena intención o un sentimiento. Se trata de pasos concretos, de decisiones, de actitudes. Se trata de responder a una llamada.

            Y Dios -el Dios de la vida y de la providencia- nos llama hoy a convertirnos hacia el bien común. ¿Pero qué es el bien común? Lo intuimos. Entendemos que se trata de un bien que abarca a todos y que desafía a la tendencia egoísta de buscar solamente el propio bien, la propia realización sin referencia alguna a los demás.

“Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social.”[3]

Sí, el bien común es el bien de todos nosotros. Ese «nosotros» formado no solamente por mi familia o mis amigos y seres queridos; ese «nosotros» formado no solamente por los de mi grupo social o partido político. Si no, ese «nosotros» formado por todos los hombres y mujeres; por toda la humanidad. Y en nuestro caso concreto, el «nosotros» formado por todos los paraguayos y por todos los que habitamos esta tierra guaraní en el corazón de América.

Por lo tanto, se trata de un «nosotros» que no excluye ni rechaza a nadie, se trata de un «nosotros» que no olvida a nadie ni lo deja desamparado. Es un «nosotros» amplio como el corazón de Jesús «que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mt 20, 28). Es un «nosotros» amplio como el corazón de nuestra querida Mater, en cuyo santuario nos sentimos en casa, ya que “en un santuario los hijos nos encontramos con nuestra Madre y entre nosotros recordamos que somos hermanos.”[4]

Es un «nosotros» que nace de la conversión del corazón, fruto del amor de Jesús por cada uno y por todos. Es en nuestro corazón donde día a día podemos decidirnos, no solo por nuestro propio bien, sino por el bien común, el bien de todos nosotros. Es en nuestro corazón donde –con ayuda de la gracia- podemos decidirnos a convertirnos desde el egoísmo hacia el bien común.

Cultura de alianza, cultura de solidaridad

            Y esa conversión del corazón hacia el bien común puede generar una verdadera cultura de alianza y solidaridad. Pero inicia en el propio corazón. Para que una sociedad cambie –para que un país llegue a ser una Nación de Dios-, son las personas las que deben cambiar primero. Son los corazones los que deben convertirse para generar nuevas relaciones personales y sociales.

Por ello, al iniciar esta Cuaresma, queremos acoger en nuestros corazones la llamada de Dios. Queremos volver al propio corazón para renovar nuestro encuentro personal con Dios, y así hacernos instrumentos del bien común, del bien de ese «nosotros» conformado por todos los hombres y mujeres de nuestra tierra. Que nadie sea excluido en nuestro corazón de ese «nosotros».

Siempre podemos hacer el bien a los demás, incluso a aquellos que nos han lastimado; siempre podemos orar por ellos y dejar que Jesús toque y sane los corazones. Siempre podemos encauzar nuestras fuerzas y capacidades en el servicio sincero y concreto de los demás, sean cercanos o lejanos. Siempre podemos hacer el bien, por pequeño que sea, y así, cooperar al bien común, al bien de todos.

María, Madre de todos nosotros

            A María, que al pie de la Cruz fue constituida Madre de todos nosotros (cf. Jn 19, 26 - 27), le pedimos que en esta Cuaresma nos ayude a dar los pasos necesarios para volver a nuestro interior. Que, desde el corazón, sepamos ponernos al servicio del bien común y de ese amor que no excluye a nadie, sino que a todos acoge. Amén.           

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

18 de febrero de 2026



[1] LEÓN XIV, Mensaje para la Cuaresma de 2026

[2] SAN AGUSTÍN, Confesiones 3. 6. 11

[3] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 7

[4] FRANCISCO, Homilía, Explanada del santuario mariano de Caacupé, Paraguay, 11 de julio de 2015.