La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 8 de abril de 2012

Meditación Pascual 2012

Sion Trinitatis, Santiago de Chile, 8 de abril de 2012
Queridos amigos:
A lo largo de la Cuaresma, en comunión con toda la Iglesia, hemos intentado acompañar a Jesús en su “subida” a Jerusalén, en su peregrinar desde Galilea a Jerusalén, en su peregrinar hacia su Pascua.
“La última meta de esta «subida» de Jesús es la entrega de sí mismo en la cruz, una entrega que reemplaza los sacrificios antiguos; es la subida que la Carta a los Hebreos califica como un ascender, no ya a una tienda hecha por mano de hombre, sino al cielo mismo, es decir, a la presencia de Dios (9,24). Esta ascensión hasta la presencia de Dios pasa por la cruz, es la subida hacia el «amor hasta el extremo» (cf. Jn 13,1), que es el verdadero monte de Dios.”[1]
Si bien sabemos que la Cuaresma “es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario”[2], quisiera volver a resaltar el sentido profundo de este tiempo “marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno en espera de vivir la alegría pascual.”[3]
Cuaresma: camino de disponibilidad y entrega
La Iglesia nos propone vivir más intensamente en la Cuaresma el ayuno, la limosna y la oración, como expresión de nuestro camino de conversión. Estas prácticas cuaresmales tienen el sentido profundo de hacernos más disponibles para Dios y para nuestros hermanos. En los tres casos se trata de un verdadero “éxodo” desde nuestro propio yo hacia el Tú de Dios y el tú de nuestros hermanos.
Sabemos que el ayuno tiene que ver sin dudas con el abstenerse de los alimentos. Se trata de la renuncia voluntaria a los alimentos. Pero, detrás de esta renuncia se esconde un sentido espiritual profundo que vale la pena recordar. Cuando ayunamos hacemos la misma experiencia que Jesús hizo cuando fue conducido en el desierto por el Espíritu (cf. Lc 4, 1-13). El Evangelio nos relata que en el desierto Jesús fue  tentado por el diablo. Cuando Jesús siente hambre –cuando siente la consecuencia del ayuno- aparece el diablo y le tienta diciéndole: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”; y Jesús le responde: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre” (cf. Lc 4, 3-4).
            La tentación del hambre hace referencia a la preocupación por el sustento vital, ¿de qué viviremos? “No sólo de pan vive el hombre”, dice Jesús. Lo cual nos recuerda que nosotros no vivimos solamente de pan, nosotros no nos alimentamos exclusivamente de pan. Para vivir necesitamos de algo más, necesitamos del encuentro con los otros, necesitamos del encuentro con Jesucristo, necesitamos del encuentro con el Dios vivo. “No sólo de pan vive el hombre”. En el fondo el ayuno apunta a que hagamos la experiencia de la “primacía de Dios” en nuestras vidas[4]. Apunta a que comprendamos que en lo más profundo nuestra vida se alimenta del encuentro con el Dios vivo. Por eso, el ayuno cuaresmal no es solamente ayuno de alimentos, sino más profundamente es ayuno de nuestro ego, ayuno de nuestro egoísmo.
De la misma manera la limosna y la oración vividas en el tiempo de Cuaresma apuntan a que hagamos esta experiencia de la “primacía de Dios” en nuestras vidas. La limosna nos permite desprendernos de nuestros bienes –y muchas veces de nuestro tiempo y de nuestros intereses- para compartirlos con los demás. Sin embargo, tampoco la limosna se agota en el compartir nuestros bienes, en el entregar nuestros bienes. Más bien, la limosna apunta a que nos entreguemos nosotros mismos a los demás, que seamos nosotros quienes nos “compartirnos” con los demás. Cuando vivimos en esta dinámica experimentamos que el bien más profundo que “poseemos” es Dios mismo, y así hacemos nuestros los sentimientos y las palabras del salmista: “yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.» El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.” (cf. Salmo 15 (16), 2.5-6).  
La oración, cuando es un verdadero diálogo con Dios, y sobre todo cuando es oración en favor de otros –y no sólo en favor de mis propios intereses- se hace también un camino hacia el Tú de Dios y hacia el tú de nuestros hermanos.
  En este sentido, la imagen del Éxodo, como camino, como salida de la esclavitud hacia la liberación, es una imagen sugerente para la Cuaresma (cf. Ex 14, 15-31). El ayuno, la limosna y la oración pueden ser vividos como verdaderos caminos de liberación del egoísmo, como verdaderos caminos de salida desde el yo hacia el tú. Sin embargo, como cristianos, debemos saber que este camino de salir de nosotros mismos hacia el encuentro de los otros, es un camino que debemos hacer toda la vida, un camino que debemos recorrer siempre de nuevo.
La disponibilidad y la entrega de Jesús   
            Nuestro camino cuaresmal está inspirado en el mismo camino de Jesús, en su subida hacia Jerusalén para su Pascua (cf. Lc 20, 17-19). Este camino de Jesús llega a un momento culmen en su oración en el huerto de Getsemaní (Mc 14, 32-42). Allí vemos a Jesús orar al Padre diciendo: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36). El mismo Evangelio nos relata que Jesús hacía esta súplica con el rostro en tierra (Lc 26,39); es decir, hacía esta oración postrado en tierra.
            El gesto de postrarse en tierra para orar significa la total disponibilidad para con Dios, la total entrega a Él. Nunca estamos más vulnerables que cuando nos postramos en tierra, nunca somos tan pequeños como cuando nos encontramos así. Aquel que se postra en tierra –pensemos en el gesto realizado en las ordenaciones sacerdotales- expresa su total confianza, su total entrega y disponibilidad para con Dios.
Aquello que nosotros anhelamos vivir en el tiempo de Cuaresma, Jesús lo vive plenamente en Getsemaní. Se trata de la total disponibilidad para con Dios, se trata de la total apertura hacia el Padre, de la total entrega a Él. Nunca Jesús se ha mostrado tan Hijo como en su oración de Getsemaní. En una impresionante lucha consigo mismo, Jesús logra salir de sí mismo para ponerse totalmente en manos del Padre: “no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. Es la lucha que él ha hecho para rescatarnos de nuestro propio egoísmo. Es el éxodo desde el yo hacia el Tú del Padre.
            Esta total disponibilidad y entrega de Jesús en Getsemaní tiene un paralelo impresionante con aquel “sí” de María en Nazaret. Al final de la escena de la “Anunciación”, María responde al ángel: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). También en la vida de María se trata de la total entrega a Dios y de la total disponibilidad para sus planes: “hágase en mí según tu palabra”.
            En este sentido, Getsemaní y Nazaret están unidos por la misma paradoja. La paradoja de que el yo encuentra su plena realización no encerrado en sí mismo, sino en la entrega llena de fe al Tú del Padre Dios. “Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22).”[5]      
El don de la Resurrección
            Si bien sabemos que luego de Getsemaní vino la Crucifixión (Lc 23, 33-43) y la Muerte de Jesús (Lc 23,44-46); la entrega de Jesús no es estéril, como tampoco lo es la entrega de cada uno en la vida cotidiana. A esa total disponibilidad para con nuestros hermanos, que nace de la total disponibilidad y entrega a Dios; el Padre siempre responde con un amor sobreabundante, un amor que sobrepasa siempre nuestros méritos, un amor que es don[6].  Así lo experimentamos cada vez que salimos al encuentro de nuestros hermanos. Cuántas veces no hemos experimentado que cuando nos dimos nosotros mismos a un hermano; cuando nos dimos el tiempo para encontrarnos y regalarnos mutuamente, algo sucedió allí, algo que es más grande que la simple suma de nuestras capacidades y voluntades. Se trata del don del Espíritu del Resucitado, el don de la presencia del Espíritu, que nos regala más de lo que nosotros mismos podemos.
            Por eso a la disponibilidad y entrega del Hijo, el Padre responde con el don sobreabundante de la resurrección. Y así lo hemos experimentado también nosotros en estos días santos. Somos testigos del don del Espíritu, del don de la resurrección. Y ese don que se nos ha entregado queremos compartirlo con todos aquellos que nos rodean.
            Por eso queridos amigos en esta Pascua de la Resurrección del Señor les saludo a cada uno con gran alegría y esperanza.
Así como la Iglesia canta a María con la hermosa antífona de la oración Regina Coeli:
Gaude et latere, Virgo Maria, Alleluia,         Gózate y alégrate, Virgen María, Aleluya,
Quia surrexit Dominus vere, Alleluia            Porque el Señor resucitó verdaderamente, Aleluya.
Así también a cada uno de nosotros la Iglesia nos dice: “Gózate y alégrate, porque el Señor Jesús resucitó verdaderamente, y tú también has recibido el don sobreabundante de la resurrección”.
            ¡Feliz Pascua de Resurrección!
Oscar Iván Saldivar F. - PMSCP


[1] JOSEPH RATZINGER – BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 12.
[2] BENEDICTO XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012
[3] Ídem
[4] Cf. JOSEPH RATZINGER, El camino pascual. Ejercicios espirituales dados  en el Vaticano en presencia de S.S. Juan Pablo II, 19-23.
[5] BENEDICTO XVI, Caritas in Veritate 1.
[6] Cf. BENEDICTO XVI, Caritas in Veritate 34.

domingo, 11 de marzo de 2012

Tiempo de ayuno, tiempo de Alianza


Tiempo de ayuno, tiempo de Alianza

La oración colecta de la misa del tercer domingo de Cuaresma, dice que Dios nos otorga “un remedio para nuestros pecados por el ayuno, la oración y la limosna”. Esta oración –que el sacerdote reza al inicio de la misa luego del rito penitencial- retoma las prácticas clásicas de la Cuaresma: el ayuno, la oración y la limosna. Estas tres prácticas tienen en común que nos sacan de nosotros mismos; nos ayudan a salir de nosotros mismos y de nuestros intereses. En el fondo se trata de salir del propio yo hacia el encuentro del tú de nuestros hermanos y de Cristo, se trata de la conversión.

Ayuno y Alianza

           Quisiera invitarlos a reflexionar brevemente hoy sobre el ayuno que se nos propone con especial insistencia durante este tiempo cuaresmal.

            ¿Cuál es el sentido del ayuno? El ayuno tiene que ver sin dudas con el abstenerse de los alimentos. Se trata de la renuncia voluntaria a los alimentos. Pero, ¿qué quiere expresar esta renuncia?

            Se trata en el fondo de hacer la misma experiencia que Jesús hizo cuando fue conducido al desierto por el Espíritu (cfr. Lc 4, 1-13). El Evangelio nos dice que en el desierto Jesús fue  tentado por el diablo. Cuando Jesús siente hambre –cuando siente la consecuencia del ayuno- aparece el diablo y le tienta diciéndole: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”; Jesús le responde: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre” (cfr. Lc 4, 3-4).

            Quisiera detenerme en la tentación del hambre. El ayuno hace referencia a la tentación del hambre, a la preocupación por el sustento vital. “No sólo de pan vive el hombre”, dice Jesús. Y aquí cabe la pregunta para nosotros: ¿de qué vivimos nosotros? ¿Sólo del pan, sólo del alimento material? No se trata de negar esta necesidad elemental. Necesitamos el pan, necesitamos alimentarnos –y muchos hermanos nuestros carecen del alimento cotidiano, hecho ante el cual no podemos permanecer indiferentes-.

Pero nosotros no nos alimentamos solamente de pan, nosotros no nos alimentamos exclusivamente de pan. Para vivir necesitamos de algo más, necesitamos del encuentro con los demás, necesitamos del encuentro con Jesucristo, necesitamos del encuentro con el Dios vivo. “No sólo de pan vive el hombre”. En el fondo el ayuno apunta a que hagamos la experiencia de la “primacía de Dios” en nuestras vidas[1].

Pero hay un paso más que quisiera dar con el tema del ayuno. La Cuaresma nos invita al ayuno corporal –y es un buen tiempo para hacer esta experiencia concreta, y así tomar conciencia de que no vivimos sólo de pan, vivimos de algo más, vivimos desde Alguien-, pero también nos invita al ayuno espiritual. Es decir, a ayunar de nuestro propio yo, a ayunar de nuestro ego.

La Cuaresma puede ser también un tiempo donde ayunemos de nuestras preocupaciones, de nuestros intereses egoístas, de nuestros deseos, de nuestro girar en torno a nuestro propio yo. Ayunemos de nuestro propio yo, animémonos a alimentarnos de la vida de los otros, de la vida de aquellos que nos rodean, de sus preocupaciones e intereses, de sus alegrías y tristezas. Que la vida de los demás alimente nuestro corazón y nuestra oración. Ese es tal vez el ayuno más agradable a Dios, el ayuno que convierte mi mirada desde mi propio yo hacia el tú de mis hermanos. El ayuno que sirve también como camino para vivir en Alianza.
 
            De eso se trata la Cuaresma, y de eso se tratan el ayuno, la oración, y la limosna; de salir de nuestro propio yo y así aprender a vivir en Alianza con nuestros hermanos, en Alianza con Cristo y María. No sólo de pan vivimos, sino de la Alianza de Amor. 


[1] Cfr., RATZINGER, J., El camino pascual. Ejercicios espirituales dados  en el Vaticano en presencia de S.S. Juan Pablo II (Madrid, 1990), 19-23.

viernes, 24 de febrero de 2012

Cuaresma: conversión y Alianza

Cuaresma: conversión y Alianza
Queridos amigos:

Al inicio de este tiempo de Cuaresma quiero compartir con ustedes una breve reflexión. Al hacerlo espero poder motivarlos -y motivarme- a vivir este tiempo litúrgico como un tiempo de Alianza.

Conviértete y cree en el Evangelio

En la celebración del Miércoles de Ceniza hemos realizado el gesto de la imposición de la ceniza. Cada uno de nosotros fue signado con la cruz de ceniza en la frente, y al recibir este signo cuaresmal el sacerdote nos dijo: “conviértete y cree en el Evangelio”.

Puede ser que no hayamos prestado mucha atención al signo y las palabras que lo acompañan. Puede ser que lo hayamos hecho simplemente por costumbre, o puede ser simplemente, que no sepamos qué significan, a qué nos invitan a vivir.

Más que en el signo mismo -la ceniza- quisiera detenerme ahora en las palabras que acompañan este signo cuaresmal: “conviértete y cree en el Evangelio”.

Conviértete. El convertirse implica un movimiento, implica un moverse desde un lugar a otro, desde una situación vital a otra; implica sobre todo salir de uno mismo; implica sobre todo un convertirse hacia alguien, hacia una persona: hacia Jesucristo.

Muchas veces experimentamos que estamos saturados por nuestras actividades, por nuestras preocupaciones, por nuestras propias inquietudes. Tal es así que muchas veces experimentamos que la oración en lugar de ser un diálogo con Dios es un monólogo sobre uno mismo... En lugar de salir renovado de ella, salimos como más cansados, más preocupados e inquietos. ¿Por qué sucede esto?

Creo que muchas veces sucede esto porque estamos muy centrados en nosotros mismos, en lo que queremos, en lo que necesitamos, en lo que nos preocupa. Al mirarnos sólo a nosotros mismos -y nuestros intereses- nos hacemos ciegos a los demás y al mismo Cristo. Nos hacemos sobre todo ciegos a la belleza de la vida y del cristianismo.

Por eso Jesús nos hace a cada uno esta invitación: “conviértete”; es decir, deja de mirarte sólo a ti mismo, deja de mirar tus propias heridas y a atrévete a “convertir” tu mirada desde tus heridas hacia el rostro de tus hermanos... Haz tuyas las palabras -y la experiencia- del salmista: “Digo para mis adentros: «Busca su rostro». Sí, Señor, tu rostro busco: no me ocultes tu rostro” (Sal 26,8).

Cuando convertimos nuestra mirada hacia el rostro de los que nos rodean y hacia el rostro de Cristo, entonces en nuestro corazón se despierta la fe en el Evangelio; entonces podemos creer en el Evangelio, podemos creer en el amor incondicional de Jesucristo.

Fijémonos los unos en los otros

Por eso el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma 2012[1] nos invita precisamente a “fijarnos” los unos en los otros. Lo hace a partir de una cita bíblica tomada de la Carta a los Hebreos: “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras” (Hb 10,24).

Dice el Papa: “El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. (...) Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos.”[2]

Este tiempo de Cuaresma es la oportunidad para eso queridos amigos. La oportunidad para convertir nuestra mirada desde nosotros mismos hacia los demás y así hacia Cristo Jesús. Donde pongamos nuestros ojos, allí también estará nuestro corazón. Por eso es que una mirada fraterna, una mirada que busca el rostro del otro, puede ser el inicio del amor fraterno en el corazón de cada uno.

Mirar al otro con amor es el camino para el encuentro con Jesucristo, y es el camino para salir de la propia soledad que muchas veces hastía y enreda; mirar al otro con amor, es el camino también para vivir esta Cuaresma como un tiempo de Alianza.

Cuaresma: tiempo de Alianza y tiempo de Esperanza

La Cuaresma así vivida puede entonces, ser para nosotros un tiempo de Alianza, un tiempo donde renovamos nuestro Bautismo y nuestra Alianza de Amor con María, un tiempo donde renovamos -o a veces conquistamos- nuestro amor a los que nos rodean -y experimentamos así lo que significa una cultura de Alianza-. Y sobre todo no olvidemos que la Cuaresma es un tiempo de Esperanza, pues la Cuaresma “se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual”[3]; esperamos la Pascua -esperamos esa gran alegría y la anhelamos-, esperamos la Resurrección de Cristo -y la de cada uno-, y por eso nos atrevemos a vivir este tiempo de conversión como un tiempo de Alianza.



[2] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012
[3] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012

miércoles, 1 de febrero de 2012

A propósito de la conversión de San Pablo

Queridos amigos:

La Iglesia celebra hoy (25.I.2012) la conversión de San Pablo... Sin duda nos unimos a toda la Iglesia y celebramos a este gran apóstol del cristianismo, a este gran hombre. Pero sobre todo celebramos la gran experiencia de su vida: su conversión.

Desde qué y hacia quién se convirtió Pablo?

La gran experiencia de Pablo nos plantea una primera pregunta para nosotros, cristianos de hoy: desde qué y hacia quién se convirtió Pablo?

Desde qué. Pablo se convierte desde la Ley, la Torá judía, que había sido pensada como un camino pedagógico de encuentro con Dios, había sido pensada como un medio y no como un fin en sí misma. Con el tiempo, para muchos israelitas, La Ley se había convertido en un fin en sí misma, se había convertido en un "ídolo" cuya praxis ya no conducía el encuentro con el Dios vivo sino con el propio orgullo.

No debemos olvidar que Pablo era fariseo, tal como él mismo lo señala en sus escritos (cf. Gal 1,14 y Flp 3, 4-6), y como tal, un celoso cumplidor de la Ley. Sin embargo el problema no es que Pablo haya sido fariseo. Los fariseos eran una corriente dentro del judaísmo del siglo I que propugnaba la celosa observancia de la Ley mosaica, lo cual en sí no tenía nada de malo. El problema se hallaba en creer que por el solo cumplimiento de ritos exteriores, Dios debía otorgar su amor y su salvación al fiel. Entonces el amor de Dios ya no es gratuito, sino más bien debido al hombre que cumple los preceptos de la Ley. El hombre termina pretendiendo salvarse a sí mismo por medio de sus méritos y su autosuficiencia.

Hacia quién. Pablo se convierte entonces desde el mérito, desde la autosuficiencia y desde la Ley -que es un algo-, hacia un alguien: hacia Cristo Jesús. Pablo, en el camino a Damasco, y sobre todo en el proceso vital que vive luego de esa experiencia (cf. Gal 1,15-24), se convierte a Jesús, a su gracia, a su amor. En el fondo Pablo comprende que no es un algo lo que nos puede salvar, no son nuestros propios méritos, sino una persona: Cristo Jesús.

Qué significa la conversión? Qué significa convertirse?

Entonces, qué significa la conversión? Qué significa convertirse? Responder a esta pregunta es esencial para nuestra vida, para nuestro camino cristiano. Creo que el Papa Benedicto XVI, en su carta encíclica Deus caritas est, nos hace un aporte para responder a esta pregunta. Dice el Papa: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva".

Convertirse no es en primer lugar algo ético o moral. Convertirse no es en primer lugar una acción intelectual. Sin duda que la conversión involucra las dimensiones ética, moral e intelectual de la persona. Pero no se limita a esas dimensiones. Como bien lo señalan las palabras de Benedicto XVI, la conversión acontece cuando nos encontramos con Cristo, y sobre todo, cuando nos dejamos encontrar por Él. Tal como le sucedió a Pablo camino a Damasco.

Cuando nos encontramos con Jesús, dejamos de lado nuestros méritos, nuestro cumplir y simplemente nos abrimos a su amistad. En el fondo, la conversión consiste en hacerse niños frente a Dios.

Cómo vivimos la conversión?

Si la conversión se trata de un encuentro, un encontrar y un dejarse encontrar; entonces la conversión es un proceso de vida. Y como todo proceso de vida debemos vivirlo una y otra vez, y aprender a hacerlo una y otra vez. En particular cuando se trata de nuestros límites y pecados. Si los vivimos de la manera correcta, éstos nos pueden ayudar en nuestro proceso de conversión.

El P. José Kentenich nos enseña qué es lo que NO debemos hacer frente a nuestras debilidades y pecados, y qué es lo que SI debemos hacer frente a nuestras debilidades y pecados.

En primer lugar frente al pecado no debemos asombrarnos, no debemos confundirnos, no debemos desanimarnos y no debemos acostumbrarnos. A veces ante nuestros propios pecados no solo nos asombramos sino que nos asustamos. Y este susto muchas veces deriva en la confusión -"tal vez este camino no es para mí"- en el desánimo y la tristeza. La tristeza a su vez nos paraliza y hace que las mejores fuerzas de nuestra personalidad se desvanezcan.

Entonces, qué es lo qué si debemos hacer frente a nuestros pecados y debilidades? Debemos llegar a ser un milagro de humildad, de confianza, de paciencia y sobre todo de amor. Humildad para reconocer aquello en lo que nos hemos equivocado, aquello en lo cual hemos lastimado a nuestros hermanos y a nosotros mismos... Confianza para volver a acercarnos a Dios con nuestras debilidades en las manos, y para ponerlas en sus manos. Y paciencia y esperanza para saber esperar de Él la salvación. Finalmente el amor es clave, porque se trata del amor que nos saca de nosotros mismos, de ese camino que nos lleva del yo hacia el encuentro con el tu de nuestros hermanos y sus vidas.


En último término queridos amigos, la conversión consiste en convertirnos de nuestro autosuficiencia a la infancia espiritual, al ser niños ante Dios. Pidámosle a María el poder hacer este camino de conversión, este camino de filialidad, este camino de encuentro con Cristo en nuestras propias vidas. Amén. 

domingo, 25 de diciembre de 2011

Navidad acontece en nuestra cotidianeidad

El Evangelio según San Lucas nos narra que "José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba en cinta." (Lc 2, 4-5).

José, María y el Niño en su vientre, se pusieron en camino, desde Nazaret a Belén; y en medio del camino, en medio del trajín de la llegada a Belén, a María "se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue" (Lc 2, 6-7). En medio del trajín de lo cotidiano aconteció para ellos la Navidad.

De forma similar ha llegado para nosotros el tiempo de Navidad. En medio de este intenso fin del 2011 el nacimiento de Jesús nos encuentra en lo cotidiano, con sus alegrías y sus penas, con sus anhelos y cansancios. En medio de nuestra cotidianeidad Navidad acontece.

Y es que no puede ser de otra manera. El Dios que en el Hijo se encarnó entra en nuestra historia -en nuestra cotidianeidad- y consiente con ello el pasar desapercibido en medio de lo cotidiano, consiente el hacerse presente en nuestros corazones compartiendo su lugar con nuestras preocupaciones y cansancios.

Y sin embargo notamos su presencia, su acontecer en nuestra historia, su ser "Dios-con-nosotros" (Mt 1,23). Si recorremos en nuestro corazón el camino que cada uno realizó a lo largo de este año que concluye, seguro podremos encontrar rastros de la presencia de Dios en  medio de nosotros: personas con las que nos hemos encontrado, grandes alegrías que han tocado el corazón, tristezas que nos han puesto en contacto con nuestra humanidad, desafíos superados, esperanzas que brotan y momentos de oración íntima con Dios... En esa cotidianeidad Dios se hace presente, en esa cotidianeidad acontece nuevamente Navidad, acontece nuevamente Belén.

Con el P. José Kentenich le decimos a María en oración: "Tu Santuario es nuestro Belén, en cuya aurora Dios se regocija. Allí diste a luz virginalmente al Señor, quien te eligió por Madre y Compañera" (Hacia el Padre 186s). De manera similar, hoy ante el Pesebre también nosotros podemos rezar: "Nuestra vida -nuestras alegrías, preocupaciones y necesidades- es nuestro Belén, en cuya aurora Dios se regocija. Allí María, tú das a luz virginalmente al Señor, al Niño, quien te eligió por Madre y Compañera, y quien nos eligió para vivir con Él en Alianza. Amén." 

Cuando hacemos de nuestra cotidianeidad oración, entonces acontece Navidad, entonces el Niño vuelve a nacer en nuestras vidas.

Feliz Navidad!

Con cariño, Oscar Iván

domingo, 27 de noviembre de 2011

Vida en Alianza, cultura de Alianza


Vida en Alianza, cultura de Alianza

El 18 de octubre hemos celebrado un aniversario más de la Alianza de Amor con María, esa primera Alianza que sellaron el P. Kentenich y los primeros con María en la “pequeña capillita” -¡el aniversario número 97!- y hemos, sin duda, celebrado también nuestra propia Alianza de Amor con María, esa Alianza que en un día de gracias sellamos con Ella.

¿Qué celebramos cuando celebramos la Alianza de Amor con María? Celebramos esa experiencia fundamental en la cual cada uno de nosotros se entrega totalmente a María, y Ella nos acoge, nos cobija. Esa es la experiencia fundamental de cada uno: nos entregamos y Ella nos acoge. Entrega y cobijamiento. Sin duda que este 18 de octubre muchos recordamos nuestras propias  alianzas... Recordamos esa fecha especial, el Santuario donde la sellamos, las personas que nos prepararon y que en ese día nos acompañaron. Sin duda recordamos también algún gesto especial que nos hizo la Mater ese día, un saludo de su parte a través de una persona, una palabra o un hecho que a la luz de la fe significó para nosotros un saludo especial de María y de Dios.

Pero la Alianza de Amor con María no se queda solamente en eso... No se trata solamente de “sellar” una Alianza con María, no se trata solamente de “tener” una Alianza con María, sino que se trata de vivir en Alianza.

Vivir en Alianza
Vivir en Alianza con María es un aprendizaje constante... Aquello que realizamos en esa hora de gracias -esa entrega total- lo debemos renovar una y otra vez. Y no me refiero a renovar una oración o un rito, sino sobre todo a renovar una actitud, una manera de vivir. Nuestra oración de Alianza está llamada a hacerse vida.

Vivir en Alianza significa aprender a entregar confiado mis cruces, mis limitaciones y debilidades; entregar también mis capacidades y anhelos; y porque entrego entonces soy capaz de asumir la misión de María. Porque me entrego a Ella, puedo asumir su misión: la cultura de Alianza. Como verán se trata de una nueva manera de vivir. Se trata de renunciar a nuestra autosuficiencia, a nuestro querer poder hacer solos las cosas... La Alianza implica esa debilidad nuestra, nuestra limitación; y esa limitación entregada se convierte en oportunidad para una relación hermosa y dinámica: la Alianza de Amor con María. Ella nos regala la experiencia de que podemos, no porque podemos solos, sino porque Ella está con nosotros.

Cultura de Alianza
Y así en todas las dimensiones de nuestra vida: la vida personal, la vida de oración, la vida familiar, el estudio, el trabajo, la vida en sociedad, la vida del país. De esa relación personal, hermosa y dinámica con María, surge una nueva dinámica: “puedo, no porque pueda solo, sino porque Tú estás conmigo”.

Y esa misma dinámica es la que estamos llamados a vivir con las personas que nos rodean. Desde la Alianza de Amor con María se trata de aprender a vivir en Alianza con los que nos rodean: con nuestros familiares, compañeros de trabajo y de estudio, con los vecinos, e incluso con los que tienen la responsabilidad de conducir nuestro país. Vivir en Alianza con otros implica aprender a confiar, entregar confianza, entregar capacidades y límites, estar dispuestos a comprometernos con otros, sabiendo que de la alianza con los demás puede surgir una dinámica nueva que genere una nueva vida para todos.

Nos cuesta aprender a vivir en Alianza, nos cuesta aprender a vivir en lo cotidiano aquello que con tanta fe vivimos con María. Y la verdad es que, para que sea fecunda nuestra Alianza de Amor con María, para que sea fecundo nuestro vivir en Alianza, se debe plasmar en una cultura de Alianza, una cultura de la confianza, la apertura y el trabajo en equipo. Sólo en Alianza lograremos vivir nuestra misión: Nación de Dios, corazón de América (ideal nacional de la Familia de Schoenstatt de Paraguay).