La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

miércoles, 10 de octubre de 2012

Autoridad, participación y poder en la Iglesia


Autoridad, participación y poder en la Iglesia

Encuentro de estudiantes de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile

Una cuestión eclesiológica

            Autoridad, participación y poder en la Iglesia… Confieso que me llama la atención el tema que nos convocan hoy. A 50 años de la apertura del concilio Vaticano II, como estudiantes de Teología hemos elegido reflexionar en torno a una cuestión eclesiológica. Queremos poner al centro de nuestra reflexión y de nuestro debate a la Iglesia. Queremos preguntarnos por la Iglesia… O más en concreto, pareciera, que quisiéramos preguntarnos por “la manera de ser Iglesia”.

            ¿Cómo somos Iglesia hoy? Ésta pareciera ser la pregunta de fondo cuando miramos a las temáticas de la autoridad,  la participación y el poder en la Iglesia. Me parece importante que tomemos conciencia de que queremos abordar una cuestión eclesiológica. La Iglesia no es el centro del mensaje cristiano, y, sin embargo, la concepción que tengamos de ella, delata –en parte- nuestra propia interpretación del mensaje cristiano.

            Una cuestión eclesiológica, ¿cómo tratar esta cuestión? ¿Desde dónde partir? La pregunta por la autoridad, la participación y el poder remite sin duda a la temática del gobierno de la Iglesia; y, actualmente, a esta temática le acompaña la pregunta por la democracia. De repente parece que nos encontramos de lleno en el campo social y político. Entonces, la cuestión eclesiológica ¿debe formularse desde la Sociología y la Ciencia Política o desde la Teología?

Sin duda, que la Sociología y la Ciencia Política nos brindarán herramientas de observación y consideración, pero no pueden tener una palabra exclusiva sobre la Iglesia, como tampoco, la Teología puede cerrarse al aporte de las ciencias sociales y humanas actuales.

Sin embargo, sin dejar de lado estas consideraciones, me parece que la pregunta por la autoridad, la participación y el poder en la Iglesia, es en el fondo, una pregunta teológica. La pregunta central –que no podemos olvidar- es ¿qué es la Iglesia? En mi opinión, aquí radica –en parte- la crisis eclesiológica.  De acuerdo a la respuesta que demos a esta interrogante, abordaremos las temáticas de autoridad, participación y poder.

Y me parece que todavía hay que dar un paso previo. Necesitamos clarificar ¿qué entendemos por autoridad, participación y poder? Al mirar estas temáticas ¿tenemos una perspectiva teológica, que implique el Evangelio, la Tradición viva de la Iglesia, el Magisterio y la vida espiritual, o partimos exclusivamente desde una perspectiva política y estructural?

Una propuesta desde el pensamiento kentenijiano

            No tenga ya tiempo para extenderme sobre las cuestiones previamente mencionadas. Pero insisto, no las podemos olvidar en nuestra reflexión.


            Quisiera ahora proponerles, desde la espiritualidad y el pensamiento de J. Kentenich, un principio, que yo llamaría eclesiológico, desde el cual se pueden desprender propuestas para responder a las preguntas por la autoridad, la participación y el poder en la Iglesia.

            El mencionado principio se formula de la siguiente manera:

            “Vínculos (tan sólo, pero también tantos) cuantos sean necesarios; libertad cuanto sea posible; pero, cultivo del espíritu, siempre, en forma perfecta y asegurada.”[1]

            Por vínculos, en este caso, J. Kentenich entiende vínculos jurídicos o institucionales[2]. Estos vínculos deben ser al interior de la Iglesia, por un lado, sólo los necesarios, y por otro lado, tantos cuantos sean necesarios. Frente a los vínculos institucionales, se ubica, en tensión creadora de vida, la libertad, y ésta, cuanto sea posible. Se intuye así, que la vida en comunidad, la vida eclesial, siempre va a tener este juego, esta tensión entre vínculos y libertad, entre autoridad y libertad, entre autoridad y participación.

Empezamos a tocar así el tema de la autoridad y la participación en la Iglesia. Ya desde una perspectiva antropológica y comunitaria se hace evidente la necesidad de la autoridad y el rol de servicio a la comunidad que ésta está llamada a cumplir. No me parece necesario demostrar aquí, a partir de los Evangelios y de la Tradición viva, la institución del ministerio apostólico en la Iglesia por Jesucristo y su posterior decantación en los tres grados del sacramento del Orden, a cuyos dos primeros grados, actualmente está unida la potestad de gobierno en la Iglesia[3]. Tomo esto por conocido.

Sí quisiera decir una palabra sobre el ejercicio de esta autoridad y el ejercicio de la participación en la Iglesia a partir del “máximo cultivo del espíritu”.

En mi opinión, tenemos que ver en la autoridad ejercida en la Iglesia a través del sacerdocio ministerial un don del mismo Jesucristo. Comparto la opinión del entonces cardenal Ratzinger cuando al referirse a la jerarquía dice: “yo cuestiono la traducción, muy extendida, de que jerarquía signifique «poder sagrado». Estoy convencido de que el vocablo significa «origen sagrado». Quiere decir que la Iglesia no puede nacer de acuerdos propios, sino únicamente del Señor, del sacramento. Visto así, obtenemos enseguida otra visión del sacerdocio. (…) El sacerdocio es la vinculación de la Iglesia al Señor. Es la autosuperación de la Iglesia, que no surge mediante asambleas, acuerdos, erudición o fuerza organizativa, sino que se debe siempre a Cristo.”[4]

Ahora, así entendida la autoridad, como don, es también una tarea, que no está exenta del peligro de degenerar en autoritarismo. Vuelvo al principio eclesiológico que enuncié al inicio, la autoridad debe tener los vínculos necesarios para ejercer su servicio, pero sólo los necesarios, no más.

Y frente a la autoridad se presenta la libertad de las personas y de las comunidades. Una libertad, -y quisiera vincular a esta libertad, es decir, a la iniciativa, la temática de la participación- que tampoco puede degenerar en libertinaje. Pero, ¿cómo sucede esto? ¿Cómo encuentran su equilibrio autoridad y participación?

Ambas encuentran su equilibrio, no en estructuras u organizaciones eficaces, sino en el “máximo cultivo del espíritu”; es decir, en la vida cristiana vivida plenamente, en el encuentro –personal y comunitario- con Jesucristo, en dejarse modelar y conducir por el Espíritu que nos hace clamar ¡Abbá, Padre! (cf. Rm 8,15) y que nos introduce en la fraternidad cristiana. Sin un máximo cultivo del espíritu, sin una renovada vida cristiana, sin estar referidos a Jesucristo, sin atrevernos a anhelar la santidad, todos nuestros esfuerzos por una Iglesia comunión, serán vanos. Porque no podemos “crear” la comunión sólo por nosotros mismos, sino en Cristo.

Si autoridad y participación en la Iglesia están sostenidas por la generosidad de los hombres y mujeres a la vida del Espíritu, entonces podremos sin temor plantearnos la cuestión del poder, porque entonces descubriremos que no es un fin en sí mismo, sino un servicio, el de aquel que realmente se hace el último y el servidor de sus hermanos (cf. Mt 20,25-28).

Oscar Iván Saldivar, Padres de Schoenstatt            


[1] J. KENTENICH, El secreto de la vitalidad de Schoenstatt, 1º parte. Espíritu y forma (Editorial Nueva Patris S.A., Santiago, Chile 32012), 27.
[2] H. KING (Ed.), José Kentenich: una presentación de su pensamiento en textos, Tomo I. En libertad, ser plenamente hombres (Editorial Patris S.A., Santiago, Chile 2003), 131.
[3] Cf. Código de Derecho Canónico, cánones 1008 y 1009 (con la modificación establecida por el Motu proprio Omnium in Mentem de Benedicto XVI).
[4] J. RATZINGER – P. SEEWALD, Dios y el mundo: creer y vivir en nuestra época (Sudamericana, Buenos Aires 12005), 366.

viernes, 14 de septiembre de 2012

La Iglesia en la sociedad y ante la sociedad


La Iglesia en la sociedad y ante la sociedad

Si bien ya han pasado casi tres meses desde el juicio político que destituyera a Fernando Lugo como presidente de la República del Paraguay, recién ahora tengo tiempo de volver a escribir algunas reflexiones más a partir de la situación política del Paraguay[1].

Sin embargo no es tanto la situación política misma la que me interesa reflexionar, sino, más bien el rol de la Iglesia Católica en la sociedad y sus conflictos políticos. El tema en sí es bastante complejo y amerita ser tratado con mayor seriedad y tal vez en un escrito de mayor envergadura. Sin embargo creo que es posible hacer un análisis serio de la situación política paraguaya y observar cómo la Iglesia ha respondido a esto, y, sobre todo, preguntarnos qué nos dice de la Iglesia esta situación.

La Iglesia cumple su misión evangelizadora inserta en el “mundo”, y este “mundo” no es otro que las sociedades y países en los que ella se encuentra peregrinando.

La situación política generada en el Paraguay y la reacción de la sociedad ante la misma, me parece que es una gran oportunidad para reflexionar profundamente en torno a la situación del país y en torno al rol de la Iglesia en la sociedad actual.

El actuar de la Iglesia

El actuar de la Iglesia se ha manifestado de muchas maneras en esta situación política que afecta a la sociedad paraguaya. Tal vez lo que más resonancia mediática tuvo fue la petición de renuncia a Fernando Lugo formulada por los integrantes de la comisión permanente de la Conferencia Episcopal Paraguaya, y la visita que el nuncio apostólico hizo a Federico Franco una vez instalado como presidente de la República[2].

Me parece importante distinguir las dimensiones implicadas en este actuar de la Iglesia. En varias declaraciones, los obispos paraguayos han insistido en que su actuar respondía a su oficio de pastores de la Iglesia, y que en esta acción en concreto, les guiaba su interés por evitar la violencia y “para poner paños fríos a la candente situación de crisis política que vive el país”[3]. Por otro lado hay que señalar que el nuncio apostólico actúa en su carácter de representante diplomático de la Santa Sede.

Por lo tanto hay que distinguir lo político –es decir, lo relacionado a la polis, a la sociedad y su gobierno- de lo pastoral. No se trata de separar estas actuaciones en concreto, pero sí de distinguir sus dimensiones respectivas. Lo importante es siempre la dimensión pastoral. La dimensión política del actuar eclesiástico está al servicio de su actuar pastoral, está al servicio de la comunicación del designio salvífico de Dios para con todos los hombres, comunicación que se realiza en un tiempo y espacio determinados, en una sociedad concreta con sus desafíos concretos.

Esta distinción debiera ya mostrarnos la complejidad del actuar de la Iglesia en la sociedad, y por  lo mismo, debería ayudarnos a matizar y sopesar nuestros juicios al respecto. Si la Iglesia ha de comunicar el Evangelio a todos los hombres, en todo pueblo y nación, ha de hacerlo tanto en su labor pastoral como en su labor político-social. Por lo mismo la Iglesia nunca puede quedar indiferente ante los problemas de la sociedad.

¿Cuál es el rol de la Iglesia?

Cabe entonces la pregunta de ¿cuál es el rol de la Iglesia en la sociedad y ante la sociedad?

Para responder a esta pregunta, debemos todavía considerar un aspecto fundamental: la relación Iglesia-sociedad. Ésta es una relación multifacética, porque, tanto la Iglesia como la sociedad son realidades multifacéticas; es más la Iglesia misma se encuentra en la sociedad, pero su actuar muchas veces la manifiesta ante la sociedad.

Una manera de considerar esta relación multifacética entre Iglesia y sociedad es hacerla a partir del rol de los obispos y sacerdotes, de los fieles laicos y de los religiosos en ambas realidades. Todos ellos son miembros de la Iglesia, pero cada uno con una particularidad vocacional y sacramental, y por ello existencial. Al mismo tiempo, todos ellos son también ciudadanos y por ello actores en la sociedad civil, están en la sociedad y ante la sociedad.

Dicho esto, me parece importante recordar las palabras del Papa Benedicto XVI con respecto a la ayuda que puede ofrecer la Iglesia a la sociedad: «La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende “de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados” (Pablo VI, Populorum progressio 13). No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación. Sin verdad se cae en una visión empirista y escéptica de la vida, incapaz de elevarse sobre la praxis, porque no está interesada en tomar en consideración los valores –a veces ni siquiera el significado- con los cuales juzgarla y orientarla. La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad (cf. Jn  8, 32) y de la posibilidad de un desarrollo humano integral.»[4]

Entonces, la Iglesia al actuar en la sociedad y ante la sociedad no trata de ofrecer “soluciones técnicas”, sino de ofrecer una acción pastoral a favor de la dignidad humana y de una sociedad verdaderamente humana; se trata muchas veces, de llamar al diálogo y a la reflexión por más que no se posean las soluciones concretas, por más que en este esfuerzo puedan cometerse errores.

Pienso que ésta ha sido la intención de los obispos del Paraguay al actuar en medio de la crisis política. La tarea es compleja. Los obispos, quienes al interior de la Iglesia tienen la tarea de conservar “constantemente íntegro y vivo” el Evangelio de Jesucristo y han sucedido a los apóstoles en el magisterio[5], tienen un oficio pastoral, que es más claro y articulado al interior de la Iglesia; sin embargo, este oficio pastoral alcanza también a la sociedad en su conjunto, pues “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” y “nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.”[6]  

Cuando esta tarea pastoral alcanza a la sociedad en su conjunto, la misma se hace más exigente y difícil de articular, pues las situaciones sociales no son siempre claras y el juicio sobre las mismas requiere de información completa y precisa, de discernimiento y de decisiones en favor del bien común.

Me parece que en su actuar en la sociedad y ante la sociedad, los obispos del Paraguay han tratado de “meditar e interpretar” las “circunstancias, los signos de los tiempos en nuestro país y en nuestra Iglesia en el Paraguay”[7] y en la percepción de algunos han acertado en su actuar y en la de otros han errado. Los mismos obispos señalan que “podemos discrepar con opiniones y acciones que no conciernen directamente a la doctrina y moral cristiana, pero evitando que éstas puedan generar divisiones y discordias en la comunidad”[8]. Y de hecho podemos hacerlo porque la situación política en toda sociedad es una situación contingente, es decir, es una situación en proceso, una situación dinámica que se genera a partir de la situación dada en una sociedad en particular. A lo que los cristianos no podemos renunciar es observar esta contingencia desde los valores del Evangelio y a proponer principios de actuación conformes al mismo.

Esto supone grandes desafíos para toda la Iglesia, y no sólo para los obispos. Se trata de adquirir una capacidad para discernir la actuación de la Iglesia y sus dimensiones, y las situaciones políticas concretas que se presentan en una sociedad dada. A esta capacidad de discernimiento hay que unir sobre todo una capacidad de diálogo maduro, tanto al interior de la Iglesia, como en la sociedad. Sin un sincero diálogo no podremos encontrarnos en la sociedad y ciertamente no podremos aportar como Iglesia al crecimiento de la misma.

Madurez cristiana

Sin embargo, y desde una mirada de fe, me parece que los cristianos católicos estamos llamados particularmente a unir al discernimiento y a la capacidad de diálogo, una madurez cristiana, una madurez en nuestra fe.

Ciertamente el tiempo de hoy nos exige esta madurez y la situación del Paraguay es un llamado a ello. Un compromiso social serio y verdadero, supone un verdadero y profundo encuentro con Jesucristo. Sólo desde ese encuentro con Jesucristo -que por ser encuentro personal es siempre eclesial- es posible dar respuestas a los desafíos de nuestra sociedad. Un compromiso social sin fe a la larga puede volverse activismo ideológico que carece del sustrato más profundo de dicho compromiso: el amor al prójimo en Jesucristo. Ésta es la raíz del trabajo por el bien común, por el bien de la sociedad. «Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis.»[9]

No podemos olvidar que «la “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo.»[10]     


[1] Una primera reflexión la compartí ya en una entrada anterior en este mismo blog. Disponible en: http://www.vidaescamino.blogspot.com/2012/07/proposito-de-la-situacion-en-paraguay.html
[2] [en línea]. [fecha de consulta: 14 de septiembre de 2012]. Disponible en: http://www.ultimahora.com/notas/539395-Nuncio-apostolico-brinda-respaldo-al-nuevo-Gobierno-y-aboga-por-la-paz
[3] [en línea]. [fecha de consulta: 14 de septiembre de 2012]. Disponible en: http://www.ultimahora.com/notas/538637-Iglesia-Catolica-recomienda-a-Lugo-renunciar-para-evitar-violencia
[4] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate 9.
[5] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum sobre la Divina revelación, 7.
[6] CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.
[7][en línea]. [fecha de consulta: 14 de septiembre de 2012]. Disponible en: http://www.episcopal.org.py/contenido/856/carta-de-los-obispos-del-paraguay.html
[8][en línea]. [fecha de consulta: 14 de septiembre de 2012]. Disponible en: http://www.episcopal.org.py/contenido/856/carta-de-los-obispos-del-paraguay.html
[9] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate 7.
[10] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate 6.

lunes, 2 de julio de 2012

A propósito de la situación en Paraguay

A propósito de la situación en Paraguay
            
Al iniciar esta reflexión sobre la situación del Paraguay a partir del juicio político a Fernando Lugo y su posterior destitución como Presidente de la República, debo confesar, que para mí, todavía no son claros todos los hechos que en este último tiempo se han vivido en Paraguay. Confieso, que me falta claridad en torno al procedimiento con el cual se llevó a cabo el juicio político, y en torno a la interpretación que se ha hecho del mismo y de sus consecuencias. Sin embargo, sí tengo claridad, de que es un hecho que no me puede dejar indiferente, ni como ciudadano, ni como consagrado. Por eso me aventuro a observar este momento clave de la historia paraguaya, e intento articular una reflexión coherente desde una mirada a la realidad que quiere ser también una mirada de fe.

El hecho y sus interpretaciones

El hecho en cuestión es a estas alturas bastante conocido. Se trata del juicio político y posterior destitución de Fernando Lugo como Presidente de la República del Paraguay. El juicio político, impulsado por la Cámara de Diputados y realizado en la Cámara de Senadores, en un tiempo bastante corto –hecho que genera preguntas en torno a la legitimidad de todo el proceso-, está contemplado en la Constitución Nacional paraguaya en su artículo 225. Una lectura del citado artículo demuestra que el Congreso Nacional actuó de acuerdo a las formalidades requeridas por la Constitución. Sin embargo, dicho artículo no regula tiempos ni procedimientos de dicho juicio. En mi opinión, es certero señalar que dicho procedimiento –tal y como actualmente se encuentra en la Constitución Nacional- es “una herramienta absolutamente discrecional”[1].

Las interpretaciones del juicio político, sus causas y su desarrollo son bastante variadas. Basta con recorrer los artículos y editoriales de los mismos periódicos paraguayos y sudamericanos, como las opiniones que circulan en las redes sociales y blogs.

Ante la pregunta de ¿por qué un juicio político? He recogido al menos tres líneas de respuestas. Un periodista paraguayo señala que la causa del juicio hay que buscarla en la pérdida de apoyo político que sufrió el gobierno de F. Lugo en el Congreso paraguayo: “Fernando Lugo cayó porque se quedó sin respaldo político en el Congreso, es así de simple.”[2] Otro columnista busca una causa más profunda en la misma sociedad paraguaya, y apunta al “conservadurismo paraguayo”: “Fue la resolución dramática de una extraña singularidad nacional: un presidente que se decía socialista, al frente de un país con una matriz social y política extremadamente conservadora.”[3] El juicio sería la reacción de la clase política paraguaya tradicional ante las aperturas progresistas de F. Lugo. La causa sería política, pero motivada por razones ideológicas[4].

Una tercera opinión –o teoría- apunta a preguntarse por los intereses que estaría defendiendo la clase política en el Congreso. Esta opinión, presenta a la clase política como un amplio espectro de partidarios de la derecha política al servicio de empresas transnacionales ligadas a la agroindustria[5].

En medio de todas estas interpretaciones surgen también las más variadas opiniones ciudadanas. Para unos se trata de un “golpe de Estado parlamentario”, para otros, de un “proceso institucional”. Afloran así una serie de epítetos que pretenden descalificar a uno y otro grupo, hacen su aparición –por primera vez desde 1989- las divisiones entre “izquierda” y “derecha”. Me pregunto si muchos de los que utilizan estos adjetivos realmente comprenden lo que estas ideologías pretenden significar y proponer tanto en el campo político y social como económico.

Signos contradictorios

En mi opinión, en este último tiempo, los hechos en Paraguay han estado marcados por una multitud de signos contradictorios. Por un lado el mismo proceso del juicio político: una figura legal, pero cuya concreción pareciera carecer de legitimidad; por otro lado, el mismo Fernando Lugo, quien en un primer momento dijo someterse a la decisión del Congreso, para luego desconocerla y proclamarse como el “legítimo” presidente del Paraguay.

Tal vez el signo contradictorio más indignante provenga de la actuación del MERCOSUR y de la UNASUR ante todo esto. Por un lado el MERCOSUR ha reclamado que se ha faltado al debido proceso durante el juicio político, y por ello, ha decidido suspender al Paraguay hasta las elecciones generales del 2013; y, por otro lado, no ha escuchado al gobierno de Federico Franco y ha propiciado la entrada de Venezuela al bloque.

En lo personal, tan poco me merecen confianza las expresiones de los exponentes de la UNASUR. Gobiernos como el de Venezuela y Ecuador, donde la vigencia de la libertad de expresión y de prensa es seriamente cuestionada, ¿pueden presentar credenciales democráticas? Parecieran notarse aquí contradicciones y “discrepancias (…) entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración de los pueblos a la paz y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de la propia ideología”[6].

A toda la problemática de la legalidad/legitimidad del juicio político y de la pérdida de confianza del pueblo paraguayo en su Congreso, se suma la temática de la soberanía nacional, lo cual hace más complicado el panorama.

El intento de una mirada de fe

La situación descrita presenta numerosas y complejas aristas, por lo cual hay que dejar de lado simplificaciones y reacciones viscerales ante el presente estado de cosas. Me parece que se nos hace patente que la realidad es más compleja que simplemente “blanco o negro”. Más que nunca debemos reconocer que en la realidad hay trigo y cizaña (cf. Mt 13,24-30), por lo cual necesitamos tiempo para sopesar responsablemente los hechos y tomar las decisiones correspondientes.

Debemos comprender sincera y profundamente lo procesual de nuestra realidad, la historia nuestra –configurada por nuestras acciones, por nuestras elecciones con sus aciertos y desaciertos- es una historia abierta y por lo mismo una llamada a nuestro compromiso y nuestra responsabilidad. Como cristianos no podemos delegar nuestra responsabilidad en otros, ni siquiera en el mismo  Dios.

Sinceramente creo que esta situación nos interpela y nos invita –o más bien nos reclama- dar una respuesta como creyentes. No podemos olvidar que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.”[7] En este momento particular, las esperanzas, las tristezas y angustias del Paraguay, de tantos paraguayos, deben ser nuestras propias esperanzas, tristezas y angustias. La primera respuesta es dejarse tocar sinceramente por lo que ha acontecido y por lo que acontece. Dejarse afectar, interpelar, pues, “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.”[8]

Dejarse tocar por la realidad es también el paso previo para “escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio”[9], se trata de, muy sinceramente, tratar de escuchar la voz de Dios –que espera una respuesta- en los acontecimientos del tiempo. Esa voz de Dios espera una respuesta de parte de cada uno de nosotros y de toda la sociedad. Una respuesta en Alianza, en alianza con el Dios vivo y con todos los hombres y mujeres que sinceramente buscan el bien común.

Creo que los hechos acontecidos en Paraguay –y que se siguen desarrollando- marcan el momento de un compromiso cívico serio. “El curso de la historia presente es un desafío al hombre, que le obliga a responder.”[10] Me parece que es ésta una oportunidad que no podemos dejar pasar. Es el momento de hacer una seria reflexión en torno a nuestras instituciones democráticas y en torno a los presupuestos de una democracia: educación, participación responsable y seria en los procesos cívicos, y justicia social, entre otros. Se trata de interrogarnos –y respondernos a nosotros mismos- seriamente sobre ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo? ¿Qué país queremos construir y legar a los que vendrán después de nosotros? ¿Cuáles son los valores que queremos que rijan nuestra vida en sociedad? A esta reflexión debe seguir la acción constante y perseverante, confiando en que es posible construir una sociedad mejor. “Todo actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto.”[11]

El actuar a su vez debe suponer necesariamente la verdad. En estos días en que he pensado constantemente sobre Paraguay, han venido a mi mente las palabras de Benedicto XVI en Cuba: “Cuba y el mundo necesitan cambios, pero éstos se darán si cada uno está en condiciones de preguntarse por la verdad y se decide a tomar el camino del amor, sembrando reconciliación y fraternidad”[12]. Creo que lo mismo podemos decir de Paraguay. Paraguay necesita de un sincero cambio, pero esto sólo será posible si estamos dispuestos a abrirnos a la verdad: a la verdad de los hechos, a la verdad de las necesidades de nuestro pueblo, a la verdad del estado de derecho, a la verdad que antepone el bien común a la ganancia personal de la corrupción, a la verdad que es capaz de sacarnos de nuestros fanatismos, y finalmente a la verdad que es Jesucristo, quien “en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.”[13]

Finalmente, como creyentes, a la par del actuar no debemos olvidar la oración, a nuestros cotidianos esfuerzos debemos unir la súplica a Dios Padre por Cristo y con María, para que Paraguay sea una tierra donde “siempre allí reinen amor, verdad y justicia, y esa unión que no masifica, que no conduce al espíritu de esclavo.”[14]


[1] LUIS BAREIRO, Perjuicio político [en línea]. [fecha de consulta: 2 de julio de 2012]. Disponible en: ˂http://blogs.ultimahora.com/post/5782/94/perjuicio-politico.html˃
[2] Ibídem
[3] ALFREDO BOCCIA, El conservadurismo paraguayo [en línea]. [fecha de consulta: 2 de julio de 2012]. Disponible en: ˂http://blogs.ultimahora.com/post/5826/50/el-conservadurismo-paraguayo.html˃
[4] Cf. Ibídem
[5] Cf. IDILIO MENDEZ GRIMALDI, Monsanto golpea en Paraguay: los muertos de Curuguaty y el juicio político a Lugo [en línea]. [fecha de consulta: 2 de julio de 2012]. Disponible en: ˂http://ea.com.py/monsanto-golpea-en-paraguay-los-muertos-de-curuguaty-y-el-juicio-politico-a-lugo/˃
[6] CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 8.
[7] Ibídem, 1.
[8] Ibídem, 34.
[9] Ibídem, 4.
[10] Ibídem, 4.
[11] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 35.
[13] CONCILIO VATICNO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
[14] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 496.