La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

viernes, 24 de febrero de 2017

«No se inquieten»

Domingo 8° durante el año – Ciclo A

«No se inquieten»

Queridos hermanos y hermanas:

            El evangelio de este domingo (Mt 6, 24-34) sigue desarrollando el tema de la «justicia superior» que Jesús propone a sus discípulos (cf. Mt 5,20), la “justicia del corazón”. Y lo hace desde la perspectiva del servicio a Dios y de la confianza plena en Él.

Nadie puede servir a dos señores

            En el primer versículo del texto evangélico Jesús nos dice: «Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24).

            Las palabras de Jesús son claras. «Nadie puede servir a dos señores. No se puede servir a Dios y al Dinero.» Si queremos participar plenamente del Reino de los cielos –en este tiempo y en el tiempo futuro-; si queremos vivir esa «justicia superior» que procede de un corazón totalmente entregado a Dios, entonces tenemos que decidirnos.

            Y precisamente Jesús nos llama a decidirnos cuando nos advierte: «Nadie puede servir a dos señores». Y nadie puede hacerlo porque nadie puede entregar totalmente su corazón a dos señores al mismo tiempo. Tenemos que decidirnos.

            Con esto Jesús nos señala una profunda verdad humana y existencial: solamente a una persona, a un sueño, a un ideal, o a una realidad podemos entregar el corazón. Porque el corazón humano está hecho para entregarse de forma indivisa.

            Cuando tratamos de repartir pedazos de nuestro corazón aquí y allá, entonces tropezamos con la mediocridad y la frustración. Lo experimentamos en el día a día: en nuestras relaciones personales, en nuestras decisiones laborales y en nuestras más profundas opciones de vida.

            También en la vida espiritual necesitamos decidirnos. Si queremos seguir a Cristo tiene que ser con todo el corazón, no a medias. Como dice el Hacia el Padre: “El Señor, que dio todo por nosotros, no se contenta con recibir la mitad de nuestra vida: quiere enteros alma y corazón, y no le basta el resplandor pálido de una mediocre entrega” (Hacia el Padre 411).

No se inquieten por su vida

           
El Sermón en la montaña. Carl Bloch, 1890.
Wikimedia Commons.
Si nos hemos decidido por servir plenamente a Dios, por entregarle a Él nuestro corazón de forma indivisa, entonces no debemos inquietarnos por nuestra vida (cf. Mt 6,25).

            En el texto evangélico que hemos escuchado hoy el término “inquietar” aparece cinco veces: «no se inquieten por su vida»; «¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?»; «¿por qué se inquietan por el vestido?»; «no se inquieten»; «No se inquieten por el día de mañana».

            Jesús no desconoce el hecho de que necesitamos comida y vestido, y que esto muchas veces puede preocuparnos; pero nos enseña que la búsqueda de estos bienes debe ir enmarcada en la búsqueda del Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6,33). Jesús no quiere que caigamos en “la solicitud excesiva por las cosas terrenas, el esfuerzo febril y el celo angustioso, el afán egoísta en los que Dios no desempeña ningún papel ni es tenido en consideración”.[1]

            Quien vive su vida orientado exclusivamente a la obtención de bienes materiales y a la satisfacción egoísta de sus propias necesidades, no puede ser verdadero discípulo de Jesús. Quien no comparte sus planes y proyectos con Dios, ni busca con fe su querer en el día a día, o ya no espera su intervención providente en la vida cotidiana, es un hombre de poco fe (cf. Mt 6,30), o un hombre que no ha experimentado en su vida que Dios es «el Padre que está en el cielo» y que cada uno de nosotros es verdaderamente valioso a sus ojos (cf. Mt 6,26).

             El hombre de fe –discípulo de Jesús e hijo del Padre providente- escucha en su corazón la reconfortante palabra de Dios: «¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvida, yo no te olvidaré!» (Is 49,15). Y cuando las preocupaciones le pesan en el alma, desahoga su corazón en Dios porque Él es su refugio (cf. Salmo 61,9).

Santidad de la vida diaria

            Jesús nos invita a buscar primero «el Reino de Dios y su justicia», diciéndonos que todo lo necesario se nos dará por añadidura. ¿Cómo podemos responder concretamente a este llamado del Señor?

            El P. José Kentenich nos propone el camino de la “santidad de la vida diaria” para responder concretamente a este llamado de Jesús. ¿En qué consiste esta “santidad de la vida diaria”?

            “La santidad de la vida diría es la armonía agradable a Dios entre la vinculación hondamente afectiva a él, al trabajo y al prójimo en todas las circunstancias de la vida.”[2]

            Así como Jesús, el P. Kentenich nos enseña a vivir una intensa vida con Dios, vida de santidad, en medio de nuestros quehaceres y afanes, pero de tal forma que la vinculación a Dios, al trabajo y a nuestros hermanos se desarrolle en una armonía agradable a Dios. Ahí está el secreto de la santidad cotidiana. No en huir de nuestros compromisos y preocupaciones; sino en ponerlos siempre en contacto con Dios; integrarlos a nuestra vida espiritual. Y que nuestro amor a Dios, nuestra vida con Dios, vaya dando su justo lugar a cada relación, a cada tarea y a cada preocupación. «No se inquieten».

            Se nos invita no al afán y la inquietud, sino al trabajo sereno y a la armonía de corazón que nace de una honda vinculación a Dios en todas las circunstancias de la vida. Buscando a Dios en todo lo que hacemos, recibiremos lo necesario para nuestra subsistencia y una paz de corazón que nada ni nadie nos podrá arrebatar.

            A María, Madre de la serenidad, le pedimos que nos enseñe a buscar en todo «el Reino de Dios y su justicia», para que así seamos verdaderos discípulos de Jesús en la vida cotidiana. Amén.



[1] W. TRILLING, El Nuevo Testamento y su mensaje. El Evangelio según san Mateo. Tomo I (Herder, Barcelona 1980), 159s.
[2] J. NIEHAUS (ED), Santidad, ¡Ahora! Santidad de la vida diaria. Textos del P. José Kentenich (Editorial Patris, Santiago de Chile 2005), 31.

domingo, 19 de febrero de 2017

Hijos del Padre que está en el cielo

7° Domingo durante el año – Ciclo A

Hijos del Padre que está en el cielo

Queridos hermanos y hermanas:

            El domingo pasado hemos meditado en torno a la «justicia superior» a la que Jesús llama a sus discípulos (cf. Mt 5,20), la “justicia del corazón”. Esa meditación la hicimos a partir del capítulo V del Evangelio según san Mateo.

            Los estudiosos de la Biblia nos dicen que los capítulos V, VI y VII del Evangelio según san Mateo contienen las enseñanzas de Jesús sobre el nuevo espíritu del Reino de Dios, el nuevo estilo de vida que Él vino a proponer.[1]

            Y el texto evangélico que la Liturgia de la Palabra nos presenta hoy (Mt 5, 38-48) se enmarca en ese contexto. Se trata del estilo de vida propio del Reino de los Cielos, del estilo de vida de los «hijos del Padre que está en el cielo» (Mt 5,48).

Ojo por ojo

            Jesús inicia su enseñanza diciendo: «Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal» (Mt 5, 38-39a).

«Ojo por ojo…». Se trata de la llamada “ley del talión”  que se recoge en textos del Antiguo Testamento (Ex 21, 21-25). Esta ley intentaba poner un límite a los excesos de la venganza. Según este principio, a cada daño recibido correspondía una respuesta proporcional a ese daño. Para el mundo antiguo esto suponía un avance, pues limitaba la venganza en la búsqueda de la justicia.

Sin embargo, Jesús propone algo nuevo: renunciar a la dinámica del «ojo por ojo»; más aún, «no hagan frente al que les hace mal». Se trata de la renuncia total al rencor y la venganza. La renuncia a responder al mal recibido con mal, por más “proporcional” que sea la respuesta.

Jesús no solo propone la renuncia a la venganza, la renuncia a realizar el mal; sino, que propone la magnanimidad en la práctica del bien:

«Al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacer un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él» (Mt 5, 39-41).

En la misma línea –la de la magnanimidad y la generosidad-, Jesús amplía la interpretación del mandamiento del amor al prójimo: «Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre buenos y malos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5, 43-45).

Hijos del Padre

            Y aquí fundamenta Jesús la magnanimidad y generosidad del cristiano: «así serán hijos del Padre que está en el cielo». Renunciamos a la venganza –por más proporcional y atractiva que sea-, renunciamos al rencor, renunciamos a la mediocridad, renunciamos a la exclusión y la indiferencia ante los demás, porque queremos ser «hijos del Padre que está en el cielo», hijos de ese Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos.

            En el fondo Jesús nos invita a aplicar a los demás el mismo amor y misericordia que recibimos del Padre celestial. Aquel que verdaderamente experimenta el amor de Dios no puede sino comunicar ese amor. Sí, porque el que conoce a Dios, actúa como Dios, ama como Dios, perdona como Dios y es magnánimo como Dios (cf. 1Jn 4,7).

            Así, una vez más, en el Evangelio de Jesús se da cumplimiento a la Escritura; lo que dice el libro del Levítico: «Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lev 19,2), se cumple en la vida y en la palabra de Jesús: «sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo» (Mt 5,48).

            Esto nos permite comprender que la santidad, antes que perfección ética, es perfección en el amor, perfección del amor. En la medida en que amamos concretamente a los demás, en esa medida, crecemos en santidad porque nos vamos haciendo semejantes a Dios que es «bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia» (Salmo 102, 8).

            El cumplimiento pleno de la Ley de Dios es el vivir como hijos del Padre que está en  el cielo. Hijos de este Dios bueno y compasivo, y por eso, buenos y compasivos con los demás.

            A María, Madre de misericordia, le pedimos que nos eduque a semejanza de su hijo Jesucristo para llegar a ser perfectos en el amor, para llegar a ser hijos del Padre que está en el cielo. Amén.  





[1] Cf. NUEVA BIBLIA DE JERUSALÉN (DESCLÉE DE BROUWER, Bilbao 1999), nota al pie de página al Capítulo V del Evangelio según san Mateo.

jueves, 9 de febrero de 2017

La justicia del corazón

Domingo 6° durante el año – Ciclo A

La justicia del corazón

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de hoy (Mt 5, 17-37), Jesús nos llama a una justicia «superior a la de los escribas y fariseos». Solo esa justicia superior nos permitirá entrar en el Reino de los Cielos y participar plenamente de él.

Una justicia superior

            Pero, ¿qué significa esta justicia superior? ¿En qué consiste vivirla? En el texto proclamado, Jesús dice a sus discípulos: «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: Yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no quedarán ni una “i” ni una coma de la Ley sin cumplirse, antes que desaparezcan el cielo y la tierra» (Mt 5, 17-18).

            Se trata de dar cumplimiento a la Ley de Dios, pero un cumplimiento superior al que pregonaban escribas y fariseos. Sabemos que la secta de los fariseos cuidaba el puntilloso cumplimiento de la Ley de Moisés, y para ello, había agregado a la Ley, una serie de prescripciones y observancias que hacían ardua la situación del creyente israelita. Con tanta atención al detalle y al cumplimiento externo, se olvidaba el sentido interno y originario de la Ley de Dios.

            Jesús quiere volver al sentido originario de la Ley de Dios, quiere mostrar su dinámica interna y su sentido original y pleno. Como buen educador, para comunicar su enseñanza y hacerla comprensible, Jesús ejemplifica esta justicia superior concretándola en las relaciones fraternas.

            Dice el Señor: «Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: “No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal”. Pero Yo les digo que todo aquél que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquél que lo insulta, merece ser castigado por el Tribunal. Y el que lo maldice, merece el infierno» (Mt 5, 21-22).

            Jesús inicia su explicación citando el mandamiento de Dios «No matarás», contenido en el libro del Éxodo (Ex 20,13); seguidamente menciona la enseñanza tradicional: «y el que mata debe ser llevado ante el tribunal» (Mt 5,21). Sin duda, que el acto de matar a una persona constituye un pecado y un crimen. Sin embargo, Jesús nos señala dónde se origina ese acto externo, ese pecado y crimen: «Pero Yo les digo, que todo aquél que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquél que lo insulta, merece ser castigado por el Tribunal. Y el que lo maldice, merece el infierno» (Mt 5,22).

Un proceso interior

            En las palabras de Jesús podemos ver, por decirlo así, el proceso interior que se da en el corazón humano: partiendo de la irritación o enojo se llega hasta la maldición.

            El corazón irritado, encolerizado o enojado, con facilidad propende al insulto, a la descalificación y luego a la maldición. Lo sabemos por propia experiencia. ¡Cuántas veces nos irritamos con las personas con las cuales convivimos! Y cuántas veces ese enojo o malestar nos lleva a evitar la compañía de estas personas. Pasamos el día gastando nuestras energías en vanos pensamientos o sentimientos de aversión. Y si no sabemos elaborar estos pensamientos, si no sabemos reconciliarnos con nuestros hermanos y aceptarlos, esa irritación se transforma en rencor que sutilmente se expresa en crítica denigrante, y con ello, en insulto. El último paso es la maldición; el desearle mal a nuestro prójimo.

            Siguiendo la enseñanza de Jesús, podemos confrontarnos a nosotros mismos y cuestionarnos: “No he matado a mi hermano… Pero con mi actitud de rechazo y rencor, ¿acaso no he matado la comunión con él y con Jesús?”. Y allí nos damos cuenta del sentido de las palabras de Jesús: «Yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento».

            Para vivir la justicia superior a la que nos llama Jesús, no basta con evitar actos malos o incorrectos; se trata de ir a la profundidad, se trata de ir a la raíz de nuestro actuar; se trata de nuestro corazón y sus procesos interiores.

            Así como hay un proceso interior de odio que lleva al rechazo e incluso a la muerte del hermano; hay también un proceso interior que nos lleva a la aceptación del otro, a la reconciliación con el hermano y a la comunión con Dios.

La justicia del corazón

           
La justicia superior de la que habla Jesús, el dar cumplimiento a la Ley que enseña Jesús, se trata de la justicia del corazón; se trata de la religiosidad que brota, no de las apariencias y el cumplimiento externo, sino de la decisión íntima que cada hombre y mujer toma en su corazón. De esa decisión interior que lleva a elegir un estilo de vida según la Ley de Dios, según el Evangelio de Jesús.

            A eso se refiere el Libro del Eclesiástico  cuando dice: «Si quieres, puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que agrada al Señor. El puso ante ti el fuego y el agua: hacia lo que quieras extenderás la mano. Ante los hombres están la vida y la muerte: a cada uno se le dará lo que prefiera» (Ecli 15, 15-17).
  
          «Si quieres». El texto de la Sagrada Escritura apunta a la voluntad libre del hombre. A esa facultad interior que radica en nuestro corazón, centro de nuestra personalidad. Es allí donde tomamos nuestras decisiones. Es allí desde donde nace esa justicia superior, ese dar cumplimiento pleno a la Ley de Dios. Por eso dice el evangelio: «Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo les digo: el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 27-28).

            El seguimiento al que Jesús nos llama es tan pleno y hermoso, que no admite mediocridades. Puede que no cometamos actos externos de pecado; pero, a veces, nuestro corazón es infiel a ese llamado de Jesús y guarda en su interior “reservas ocultas que nos cansan y enfrían; malas pasiones que menguan la fuerza de nuestro amor” (cf. Hacia el Padre 368). Verdaderamente se nos anuncia un camino, una sabiduría que es para «personas espiritualmente maduras» ( 1Cor 2,6).

            Y la madurez espiritual y humana implica el reconocimiento de nuestras capacidades y límites. Y porque reconocemos con humildad que muchas veces no sabemos seguir a Jesús en el cumplimiento pleno de la Ley de Dios, confiadamente le decimos con las palabras del salmo de hoy: «Instrúyeme, para que observe tu ley y la cumpla de todo corazón» (Salmo 118,34).

A la larga, es la humildad ante Dios y la sinceridad ante nuestros hermanos, lo que nos ayuda a vivir plenamente el camino de Jesús, la justicia superior a la que nos llama. La sinceridad y la humildad nos ayudan a madurar, y con ello a vivir plenamente nuestra vocación cristiana. Así, la justicia superior es justicia del corazón, justicia del corazón humilde y sincero.

            Que María, Madre y Educadora a quien le entregamos el corazón, implore para nosotros la gracia de la madurez espiritual, y nos ayude a educar nuestro corazón para que llegue a ser humilde y sincero; y que así, podamos vivir la justicia superior a la que nos llama Jesús, la justicia del corazón. Amén.  
             

            

sábado, 31 de diciembre de 2016

Familia: don y tarea - Sagrada Familia 2016

Sagrada Familia 2016

Familia: don y tarea

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de nuestra fe nos presenta en la Fiesta de la Sagrada Familia, el evangelio de la “huida a Egipto y retorno a Nazaret” (Mt 2, 13-15. 19-23). En este texto evangélico, José aparece como cabeza de la Sagrada Familia: a Él se dirige el Ángel del Señor (cf. Mt 2,13. 19-20. 22); es Él quien “toma al niño y a su madre”, tanto para huir a Egipto como para volver a Israel; es Él quien decide establecer la residencia de la Sagrada Familia en Nazaret (cf. Mt 2,23).
           
           Contemplando a san José en el ámbito de la Sagrada Familia, comprendemos mejor lo que san Pablo dice en la Carta a los Efesios: «el marido es la cabeza de la mujer, como Cristo es la cabeza de la Iglesia» (Ef 5,23).

            Por lo tanto, ser “cabeza de la familia” es una vocación y un servicio de amor. Es vocación, porque José fue llamado por el Ángel del Señor para asumir este servicio de amor como misión de vida. Es servicio, porque todo lo que José realiza en el Evangelio está orientado al bienestar del niño Jesús y su madre María. Podríamos decir que José encuentra su vocación y plenitud de vida en el ámbito de la Sagrada Familia.



Ámbito familiar

            En realidad, cada persona, cada uno de nosotros, encuentra su vocación de vida en el ámbito de la familia. Vocación que por un lado es don, y, por otro lado es tarea.

            La misma familia es un don: allí somos “tomados”, somos recibidos, acogidos y cuidados; en ella encontramos el lugar existencial en el cual “establecernos”; en el cual arraigarnos para poder crecer, desarrollarnos, fructificar y florecer.

            Pero también es cierto que la familia es una tarea. Una tarea cotidiana, exigente y concreta. A eso se refiere san Pablo en la Carta a los Colosenses cuando dice: «Mujeres, respeten a su marido, como corresponde a los discípulos del Señor. Maridos, amen a su mujer, y no le amarguen la vida. Hijos, obedezcan a sus padres, porque esto es agradable al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, para que ellos no se desanimen» (Col 3, 18-21).

La familia como tarea

Sí, en el ámbito familiar cada miembro tiene una tarea. Un don que entregar y una tarea que realizar. El marido, la mujer, los hijos y los padres. Todos tienen una tarea. Y esta tarea está siempre en relación a los otros miembros de la familia. Es por ello una tarea de amor, de amor concreto y efectivo.

            Según la Sagrada Escritura, la tarea concreta del esposo es amar a su mujer. En la Carta a los Efesios, san Pablo incluso dice: «maridos, amen a sus mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a la muerte por ella para santificarla» (Ef 5, 25-26a).

            Si soy esposo: ¿estoy viviendo mi vocación, mi tarea concreta? ¿Amo a mi esposa, muriendo a mí mismo por ella? ¿Mi amor la hace santa? Si es así, entonces se cumple la otra petición de san Pablo: «no le amarguen la vida» (Col 3,19).

            La tarea concreta de la mujer es el respeto al esposo. Es decir, otorgarle valoración y reconocimiento, y con ello, dignidad. El hombre que es amado, a su vez, puede amar.

            En este sentido, es hermoso el ejemplo de María en el Evangelio. Si bien, ella es la Madre del Hijo de Dios, sabe darle a José un lugar de autoridad y respeto: así José puede tomar la iniciativa y asumir responsabilidades. Si soy esposa: ¿confío en mi esposo y sus capacidades? ¿Dejo que tome iniciativa y asuma responsabilidad? ¿Me comporto como su compañera o como su niñera?

           
            Ambos, el marido y la mujer, viven su vocación matrimonial y familiar en relación a sus hijos. Y san Pablo les da un consejo muy sabio: «Padres, no exasperen a sus hijos, para que ellos no se desanimen» (Col 3,21).

            A veces, hay padres o madres de familia que creen que educar a los hijos consiste en denigrarlos: constantemente les reprochan sus errores o los comparan consigo mismos sin brindarles reconocimiento alguno. Lo único que consiguen es desanimarlos y minar su autoestima.

            Sin duda que la educación de los hijos implica ejercer autoridad y corregir. Pero, ser padre, ser madre, es fundamentalmente corregir entregando confianza a los hijos. Haciéndoles saber que si hay algo que se proponen en serio pueden conseguirlo, y que estaremos allí para acompañar.

            Finalmente, a los hijos corresponde obedecer. Se trata de la obediencia filial. Aquella obediencia que a través de los padres llega a Dios mismo. Y el fruto de la obediencia a Dios es la vida plena. Nuevamente san Pablo en su Carta a los Efesios nos dice: «hijos, obedezcan a sus padres, como lo quiere el Señor, pues esto es justo: «Honra a tu padre y a tu madre». Éste es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: «Para que te vaya bien y vivas muchos años sobre la tierra»» (Ef 6, 1-3).

Ambiente familiar

            Y toda esta tarea de vida que se realiza en el ámbito familiar, debe hacerse cultivando un ambiente familiar: «Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: Hagan ustedes lo mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones… Y vivan en acción de gracias. Que la Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza» (Col 3, 12-15a. 16a).

            Al celebrar hoy la Fiesta de la Sagrada Familia, renovemos cada uno nuestra vocación y tarea al interior de nuestras familias; y, por intercesión de Jesús, María y José, digámosle a Dios:

            “Concede Padre,
            una mesa y un hogar,
            amor para trabajar,
            padres a quienes querer
            y una sonrisa que dar. Amén.”[1]  



[1] Cf. LITURGIA DE LAS HORAS, Himno de Laudes de La Sagrada Familia de Jesús, María y José.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado

Solemnidad de la Natividad del Señor – 2016

Misa del día de Navidad

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado

Queridos hermanos y hermanas:
            
        Con esta eucaristía dominical celebramos la Solemnidad de la Natividad del Señor; celebramos el hecho de que «un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5). El niño que nos ha nacido es el niño de María, «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). El hijo que se nos ha dado es el Hijo de Dios, «que está en el seno del Padre» (Jn 1,18).

¿Qué celebramos en la Navidad?

            Al aplicar las palabras del profeta Isaías al nacimiento de Jesús en Belén, tomamos conciencia de lo que celebramos en la Navidad: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado».

            Por un lado, «un niño nos ha nacido»; es decir, Dios se nos regala en este pequeño, frágil y necesitado niño recién nacido. “Precisamente así Dios se ha hecho realmente “Enmanuel”, Dios-con-nosotros, de quien no nos separa ninguna barrera de excelencia o lejanía: siendo niño se ha hecho tan cercano que podemos hablarle tranquilamente de tú y acceder directamente a su corazón infantil”.[1]

            Siendo niño se ha hecho tan cercano. Sí. La cercanía de Dios en este Niño es lo que celebramos en la Navidad. Parte del gran misterio de la Navidad consiste en que Dios, a quien «nadie ha visto jamás» (Jn 1,18), se muestra ahora como niño.

            Pero debemos ahondar en nuestra meditación, en nuestra oración y reflexión. ¿Qué significa que Dios se nos da como niño? No podemos quedarnos en el sentimentalismo momentáneo. El sentimiento de ternura que nos embarga en estos días de Navidad, debe volverse admiración y contemplación de este Dios que se hace Niño y nace para nosotros.

           
           Que Dios haya elegido hacerse niño y darse como niño pequeño, frágil y necesitado nos lleva a replantear nuestra imagen de Dios y nuestra relación con Él. Muchas veces imaginamos un Dios majestuoso y lejano; tan lejano que pareciera no tener tiempo para las pequeñeces de nuestra vida; tan majestuoso, que pareciera que no somos dignos de ponernos en su presencia y abrirle el corazón.

            Sin embargo, el nacimiento de Jesús en Belén, su manifestarse como «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre»; corrige nuestra imagen de Dios. Sin dudas que Dios es un Dios todo poderoso y majestuoso. Dios es Dios, y no hay otro Dios fuera de Él (cf. Is 45,5). Sin embargo, el  misterio de la Navidad nos muestra en qué consisten su poder y majestad.

            El poder de Dios consiste en su capacidad de renunciar al poder; en su capacidad de asumir la fragilidad, pequeñez y necesidad humanas. La majestad de Dios consiste en su capacidad de sencillez y humildad. Como lo expresa la Carta a los Hebreos, Jesús «es el resplandor de su gloria», de la gloria de Dios (Heb 1,3). Sí, en el pequeño Niño resplandece la gloria de Dios.

            Por lo tanto, podemos acercarnos con confianza a Dios. Él se ha acercado a nosotros con entera confianza. Tanto confía Dios en nosotros, en la humanidad, que como niño se pone en manos de dos humanos: María y José. Tanto confía Dios en la humanidad, que como niño se pone en nuestras manos. Él se hace pequeño, frágil y necesitado, para que nosotros podamos hacernos ante Él, pequeños, frágiles y necesitados.

“En el Niño Jesús se evidencia al máximo el amor indefenso de Dios: Él viene sin armas, porque no pretende conquistar desde fuera sino ganar y transformar desde dentro.”[2] No en vano dice Jesús: «Les aseguro que si ustedes no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3).

Un hijo se nos ha dado

            Y este Niño recién nacido es «el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre» (Jn 1,18). El misterio de la Navidad, alcanza toda su plenitud cuando comprendemos que el Niño nacido en Belén es el mismo del cual dice el evangelista Juan: «Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1,1).

            «Un hijo se nos ha dado» para que aprendamos nosotros mismos a ser hijos de Dios. “No olvidemos que el máximo título de Jesucristo es el de “Hijo”, Hijo de Dios. La dignidad divina viene indicada con un término que presenta a Jesús como el niño perenne. Su condición de niño corresponde de manera única a su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”. Por eso ahí hallamos una indicación de cómo llegar hasta Dios, a ser divinizados.”[3]

            De eso se trata la Navidad. Recibir al Niño para hacernos niños y así llegar a ser hijos. Ambas cosas van unidas: la filialidad y la filiación divina. Por eso, el hermoso y profundo prólogo del Evangelio según san Juan dice: «La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre… …a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios» (Jn 1, 9. 12-13).

            Cada vez que con Jesús nos hacemos niños, llegamos a ser plenamente hijos de Dios con Cristo. Este es el misterio de la Navidad, este es el camino del cristiano: hacerse niño para llegar a ser plenamente hijo. Este es el corazón de la celebración navideña. No lo olvidemos.

            Ante el pesebre volvamos a mirar con los ojos y el corazón a este Niño que nos ha nacido, a este Hijo que se nos ha dado. Volvamos a hacernos niños ante Él para llegar a ser hijos de Dios con Él. Entonces habremos comprendido el misterio de la Navidad, entonces lo habremos celebrado y vivido.

            Ante María, Madre del Niño, nos ponemos con nuestras propias pequeñeces, fragilidades y necesidades, para que Ella nos eduque; para que Ella nos envuelva en los pañales de la ternura y nos recueste en el pesebre de la misericordia de Dios. Que por su intercesión nos transformemos desde dentro en niños e hijos. Amén.



[1] BENEDICTO XVI/JOSEPH RATZINGER, El amor se aprende. Las etapas de la familia (Librería Editrice Vaticana – Romana Editorial, Madrid 2012), 133.
[2] Ídem, 133s.
[3] Ibídem

domingo, 13 de noviembre de 2016

Vivir en esperanza

33° Domingo durante el año – Ciclo C

Clausura del Año Santo de la Misericordia en Tupãrenda

Vivir en esperanza

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra orienta nuestra mirada hacia el final del tiempo litúrgico. El próximo domingo, con la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, concluye el año litúrgico, y, en Roma, el Papa Francisco clausurará solemnemente el Año Santo de la Misericordia.

También nosotros, en este día, clausuramos el Año Santo aquí en Tupãrenda. Todo nos habla del tiempo final; y por eso, queremos dejarnos guiar por la Palabra de Dios para comprender el significado de ese tiempo final y así aprender cuál es la actitud adecuada para afrontarlo.
  
El día del Señor

            El profeta Malaquías nos dice: «Llega el día abrasador como un horno» (Mal 3,19a). Se trata del “día del Señor”, día de Juicio. Día en que se descubren las acciones e intenciones de los hombres, las acciones e intenciones del corazón. La profecía nos ayuda a mirar hacia adelante, hacia el momento escatológico en que el Señor juzgará a su pueblo y a toda la creación. Se trata del día del Juicio.

Normalmente, ante la perspectiva del Juicio tememos. En la cultura popular se ha instalado una visión pesimista, lúgubre y caótica del Juicio: el llamado “fin del mundo”.

Sin embargo este texto profético nos dice otra cosa. Es cierto que para «los arrogantes y los que hacen el mal (…); el día que llega los consumirá» (Mal 3,19). Pero, para aquellos que han sido fieles al Señor, para aquellos que temen su Nombre, es decir, lo respetan y viven invocándolo con sus labios, corazón y obras; para ellos, ese día «brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos» (Mal 3,20).

            Así, el día del Juicio, el día del Señor, es día de esperanza para los que creen en Él. La Sagrada Escritura nos presenta el Juicio de Dios fundamentalmente como un acontecimiento de esperanza para sus fieles.

Juicio como lugar de esperanza

Esta esperanza del Antiguo Testamento fue asumida por la fe cristiana. En concordancia con esto, Benedicto XVI nos dice que “ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios” (Spe Salvi 41).

Pienso que podemos comprender que el Juicio final –tal como lo expresamos cada domingo en el Credo diciendo: “ha de venir a juzgar a vivos y muertos”- sea criterio que ordena nuestra vida y llamada que despierta nuestra conciencia. Pero, ¿comprendemos por qué el Juicio es esperanza para nosotros?

            En primer lugar no debemos olvidar que el Juicio es de Dios. Es Dios quien  juzgará nuestra vida. Él, que nos conoce y nos ama personalmente, es el que nos juzgará. Él, que comprende las acciones de nuestro corazón, es el que nos juzgará. Es Dios quien nos juzgará en Cristo; por lo tanto, seremos juzgados por el Amor. No debemos temer, sino confiar.

            En segundo lugar, el Juicio es encuentro cara a cara con el Señor, con Cristo que nuestro Salvador y Juez. “El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mimos” (Spe Salvi 47).

            Sí, seremos juzgados por el Amor y ese juicio será encuentro decisivo con Él. Y en ese encuentro todo lo que sea falso o malsano se consumirá. Nuestra falsedad se consumirá, en eso consiste el Juicio. Pero gracias a ese Juicio, brotará en nuestro ser la autenticidad. Llegaremos a ser plenamente quienes estamos llamados a ser. Llegaremos a ser plenamente lo que hemos tratado de ser en nuestra peregrinación terrena. En ello consiste el Juicio. Seremos “por fin totalmente nosotros mismos y con ello, totalmente de Dios” (Spe Salvi 47).

            Vemos así cómo, en el Juicio de Dios, justicia y misericordia se unen y se realizan plenamente. Comprendemos entonces por qué para el cristiano el Juicio de Dios es fundamentalmente esperanza. Y se nos hacen claras las palabras del profeta Malaquías: «para ustedes, los que temen mi nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos». Sí, brillará el Sol de Justicia que es Cristo mismo.

            Por esa razón la Liturgia hoy nos invita a rezar y a cantar jubilosos con el salmo: «Griten de gozo delante del Señor, porque él viene a gobernar la tierra; él gobernará el mundo con justicia y a los pueblos con rectitud» (Sal 97,9).

Vivir en esperanza

            También el evangelio (Lc 21, 5-19) desarrolla el tema del “día del Señor”, aunque con una imagen distinta: la de la destrucción del Templo de Jerusalén (Lc 21, 5-6).

Ante la pregunta: «“Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto y cuál será la señal de que va a suceder?”» (Lc 21,7); Jesús no responde dando una datación o tiempo preciso de cuándo sucederá el “día del Señor”. Más bien, Jesús enseña a vivir el tiempo presente orientados por la certeza de que el Señor volverá y transformará la realidad presente. No se trata de saber cuándo ocurrirá, sino de cómo vivir el tiempo presente esperando el día del Señor.

            Si seguimos el discurso de Jesús nos daremos cuenta de que el “día del Señor” está precedido por varios procesos. Guerra y revoluciones, señalan la crisis de la sociedad humana; terremotos y señales en el cielo, nos hablan de la crisis del cosmos; y las persecuciones nos hablan de la crisis de fe. Toda la realidad humana entra en crisis, y al entrar en crisis demuestra su provisionalidad, y por ello, su apertura a la plenitud definitiva que solo Cristo puede darle.

            Pero todavía debemos desarrollar cuáles son las actitudes que Jesús enseña a sus discípulos para afrontar los tiempos de crisis con esperanza. Primeramente el Señor nos dice: «No se dejen engañar» (Lc 21,8). «Muchos se presentarán en mi nombre diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan» (Lc 21,8).

            Impresiona cómo tantos hombres y mujeres se dejan engañar y atemorizar por personas o, incluso, por simples mensajes anónimos, que anuncian que «el tiempo está cerca», que ya llega el fin del mundo, el final de los tiempos. Los que anuncian solamente temor y no señalan un camino de esperanza, no provienen de Cristo Jesús.

No nos dejemos engañar, no nos dejemos atemorizar. Si nos dejamos llevar por estas cosas, en el fondo, es señal de que nuestra fe es débil y de que no vivimos en un constante diálogo con el Señor. No olvidemos que Él es el Resucitado que nos dice: «No teman» (Mt 28,10).

La segunda actitud a la que nos invita Jesús para vivir en esperanza, es el tomar conciencia de que todo tiempo de crisis tiene un sentido. ¿Y cuál es ese sentido? «Esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí» (Lc 21, 13). Sí, sea que experimentemos la crisis social, sea que experimentemos la crisis del cosmos, sea que experimentemos la crisis de fe; ello es oportunidad para dar testimonio de nuestra confianza en el Señor Jesús.

Ante las crisis e inseguridades del tiempo actual, estamos llamados a dar testimonio, con nuestras palabras y obras, de nuestra fe y confianza en Cristo Jesús.

Finalmente Jesús nos invita a la constancia: «Gracias a la constancia salvarán sus vidas» (Lc 21,19). El Señor nos invita a ser constantes en nuestra fe, en nuestra relación personal y comunitaria con Él. Solo la constancia en medio de la crisis y de la adversidad nos permite mirar con esperanza hacia adelante, hacia la venida del Señor.

No dejarse engañar, dar testimonio de Cristo y ser constantes. Tres actitudes características del cristiano. Tres actitudes para vivir momentos de crisis personal, familiar o social. Tres actitudes que transforman el tiempo presente en tiempo de esperanza, y nos abren a anhelar el encuentro con el Señor que viene.

Al clausurar el Año de la Misericordia, miramos con gratitud todo lo que hemos vivido y experimentado en este tiempo de gracia; y, sobre todo, miramos con esperanza el tiempo que viene. Es el Señor de la Misericordia el que volverá; es el Señor de la Misericordia el que nos invita a perseverar en el amor. Es el Señor de la Misericordia el que nos envía a seguir practicando misericordia con nuestros hermanos.


A María, Madre de la esperanza y de la misericordia, confiamos el peregrinar de la Iglesia en este nuevo tiempo; y le pedimos, que nos ayude a caminar hacia el encuentro con Jesucristo, Sol de Justicia, que con sus rayos de luz nos sana y nos llena de esperanza. Amén.