La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

jueves, 31 de marzo de 2022

«Es justo que haya fiesta y alegría»

 Domingo 4° de Cuaresma – Ciclo C – 2022

Lc 15, 1-3. 11-32

«Es justo que haya fiesta y alegría»

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos viviendo todavía el tiempo litúrgico de la Cuaresma, tiempo que quiere prepararnos, que quiere disponernos, para vivir intensamente la celebración de la Pascua del Señor: su muerte y resurrección. En ese sentido la Cuaresma es un camino que quiere ayudar al corazón a participar de la Pascua de resurrección de Jesús, de la alegría de la resurrección.  

Por ello este tiempo cuaresmal tiene un domingo especialmente dedicado a la alegría. Hoy el sacerdote no usa la vestimenta litúrgica de color morado, sino una vestimenta de tono más claro, rosado;  porque si bien estamos todavía en este tiempo de preparación, en este tiempo penitencial, queremos ya pregustar la alegría de la resurrección del Señor.

El nombre litúrgico de este: Domingo Laetare, proviene de la antífona de entrada de la Misa, formulada en latín: Laetare Ierusalem – Alégrese Jerusalem. Dicha antífona está tomada del Profeta Isaías (cf. Is 66, 10-11). Esta invitación profética a la alegría es una invitación dirigida también a nosotros hoy.

Y por eso creo que precisamente hoy estamos llamados a meditar en la alegría, a meditar en torno a este bien más tan preciado para el tiempo actual, este bien de tan difícil acceso. ¿Cuáles son las fuentes de nuestra alegría?

Al iniciar esta meditación les invito a que contemplemos la hermosa parábola del hijo pródigo o del Padre misericordioso (Lc 15,11-32) a la luz de esta búsqueda tan humana, tan nuestra de la alegría.

«Padre, dame la parte de herencia que me corresponde»

                Al adentrarnos en la parábola, notamos con cierta sorpresa tal vez la actitud del hijo menor. Pareciera ser que casi de la nada le reclama a su padre los bienes que él espera recibir luego de la muerte del padre. En la cultura judía de ese entonces y en nuestra cultura y tiempo actual, se trata no sólo de una falta de respeto, sino también de una falta de amor. Ya que en realidad el hijo menor está matando en vida a su padre, y así  reclama los bienes que él espera recibir cuando su padre muera. El texto no nos trasmite la reacción del padre, y simplemente nos dice que efectivamente el mismo dividió sus bienes entre ambos hijos y entregó al hijo menor lo que le correspondía, lo que le pedía.

            ¿Por qué el hijo menor hace este pedido? ¿Por qué esta actitud y esta acción de este hijo para con su padre? A la luz del tema de la alegría, creo que este joven buscaba fuentes de alegría, fuentes de felicidad, fuentes de realización. Y en su inmadurez llegó a pensar que la felicidad, la alegría y la realización que él buscaba, las lograría apropiándose de los bienes de su padre y alejándose de él y de su familia. En efecto, el texto evangélico nos dice que el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano.

           

Domingo 4° de Cuaresma
Domingo Laetare
Iglesia Santa María de la Trinidad 
La actitud del hijo menor, si bien nos sorprende y tal vez incluso nos escandaliza, no es muy distinta muchas veces de nuestra propia actitud  para con nuestros padres, nuestros mayores, nuestros hijos, nuestros hermanos y hermanas, o para con nuestra comunidad. A veces, también nosotros tenemos esos momentos no solamente de egoísmo, sino de egocentrismo, donde pensamos solamente en nuestra propia felicidad,  sola y exclusivamente en nuestra propia realización, sola y exclusivamente en nuestra propia alegría. Buscamos la realización y la alegría cortando vínculos con nuestro hogar, cortando vínculos con nuestros ideales, con los anhelos del corazón; y todo por una equivocada búsqueda de alegría.

Estoy convencido de que cuando nosotros tenemos este tipo de actitudes, o incluso cuando pecamos, lo hacemos por buscar equivocadamente fuentes de alegría. Ninguno peca por el pecado mismo, sino que muchas veces, pecamos pensando que haciendo eso u omitiendo esto otro, vamos a encontrar alegría, vamos a encontrar felicidad. En ese sentido, el pecado siempre es la búsqueda equivocada de la alegría o dicho de otra manera, es una alegría parcial y pasajera, que luego se revela en el fondo como tristeza y vacío interior.

«Comenzó a sufrir privaciones»

Precisamente esa es la experiencia que va a hacer el hijo menor. Tal vez encontró una alegría parcial en los bienes, en el dinero, en el prestigio; tal vez encontró alegrías pasajeras en este país lejano del cual habla el evangelio. Así mismo, encontró una alegría pasajera en el placer superficial. Pero el placer superficial y sin compromiso es siempre alegría pasajera. En el momento nos proporciona un contento y casi que nos llena de energía; pero al pasar, vuelve a demostrarse como algo vacío y sin sentido.

Las alegrías pasajeras y superficiales en el fondo no llenan el alma, no sacian el corazón, y por eso este hijo menor vuelve a experimentar, no solamente el hambre física -es lo que nos dice el texto cuando señala que deseaba llenarse con el alimento que recibían los cerdos- sino que experimenta el hambre existencial y el hambre espiritual. Allí recapacita y piensa en  volver a casa de su padre y pedirle que lo trate ya no como hijo, sino simplemente como un jornalero, como un funcionario de su campo.

Lo que nos enseña hoy este hijo pródigo, este hijo menor hoy es que en el fondo también nosotros muchas veces buscamos alegrías y la felicidad en lugares equivocados,  y por eso esa alegrías detrás de las cuales nos afanamos no sacian nuestro corazón, sino que nos dejan en soledad y vacíos por dentro.

Por eso, la primera pregunta de esta mañana tal vez nos pueda ayudar a tomar conciencia ¿de dónde he buscado yo equivocadamente  la alegría que no ha saciado mi corazón? ¿En qué situaciones, en qué acciones u omisiones he buscado esa alegría que se ha mostrado como pasajera? Y que no ha saciado mi corazón, sino que me ha dejado vacío interiormente.

Los pecados y las faltas son esas alegrías aparentes y pasajeras. Y por eso nos hace bien, en este tiempo de Cuaresma, reconocer que sí, que  hemos pecado -como dice el texto- contra el Cielo; es decir, contra Dios, y también contra nuestros hermanos e incluso contra nosotros mismos, cuando nos hemos conformado con esas alegrías pasajeras que no llenan el corazón y el alma.

¿Qué es lo que hace el hijo menor? Por un lado tiene la valentía, y también la gracia, de volver a la Casa del Padre. Sin embargo el desea  volver no como hijo, sino que pide ser admitido como jornalero, como funcionario. Sin embargo,  el padre de la parábola, que es imagen del Padre bueno y misericordioso, lo sorprende. Porque en primer lugar lo estaba esperando, en segundo lugar sale a su encuentro, y En tercer lugar, le devuelve la dignidad de hijo entregándole nuevamente un anillo, calzado y vestimenta. Y ahí se da esa alegría auténtica,  ahí se da la alegría plena.

«Es justo que haya fiesta y alegría»

            ¿Cuál es entonces la fuente más auténtica de alegría? Nuestro corazón comienza a saciarse de alegría cuando hacemos el camino de retorno, cuando hacemos el camino de retorno hacia los nuestros, hacia nuestra comunidad, hacia nuestros ideales, en el fondo hacia nuestra propia identidad más auténtica: cuando volvemos a la Casa del Padre. En segundo lugar, la segunda fuente de alegría es la reconciliación con los hermanos. El corazón se sacia de alegría también cuando perdonamos a otros y nos dejamos perdonar por otros. La reconciliación es siempre fuente de auténtica alegría, mientras que mantener el rencor, mantener la distancia es siempre una fuente de tristeza. Finalmente la tercera fuente alegría es el compartir de la fiesta, del re-encuentro.

            Esa es la verdadera alegría cristiana, estas son las fuentes de alegría que están al alcance de cada uno de nosotros: retornar siempre de nuevo a la Casa del Padre, a nuestros ideales y anhelos; reconciliarnos los unos con los otros, y compartir con los demás.

El texto nos cuenta también del hermano mayor que no supo participar de la alegría de su Padre, que no supo ver en el retorno, en la reconciliación y en el compartir con su hermano menor, una fuente de alegría.

Esta parábola, como dicen los estudiosos de la Sagrada Escritura, tiene un final abierto, es decir, no sabemos cómo siguió el diálogo entre el padre y sus hijos, entre el hijo menor y el hijo mayor. Los estudios dicen que la parábola tiene un final abierto porque está llamada a interpelarnos a cada uno de nosotros para que nos identifiquemos con alguno de los protagonistas. A veces nos va a tocar ser como el Padre, esperar el retorno, salir al encuentro, perdonar y abrazar. Otras veces nos sentiremos como el hijo menor, buscando egoístamente sólo nuestra felicidad y cortando todo vínculo con los demás. Otras veces vamos a identificarnos con el hijo mayor: sentimos que cumplimos día a día con todas  nuestras obligaciones, pero que no somos reconocidos por los demás.

La parábola está abierta, nos toca a nosotros decidir cómo a terminar la misma en nuestras vidas, en nuestra situación espiritual, existencial y vital. ¿Terminará en la fuente de la auténtica alegría, la de la reconciliación y del compartir? o ¿va a terminar en la fuente de tristeza que es el rencor y el aislarse de los demás y él no saber perdonar?

Todos nosotros anhelamos ser felices, anhelamos la auténtica alegría. Por eso pidámosle con fe a Jesús que Él nos enseña a participar de su alegría, esa alegría que proviene de la conversión, esa alegría que proviene de la reconciliación, del perdonar y dejarse perdonar, esa alegría que proviene de compartir la nueva vida.

A María, nuestra querida Mater, Madre de la misericordia, Refugio de los pecadores y Madre de la alegría, le pedimos que desde el Santuario nos siga acompañando en este camino cuaresmal y que Ella nos ayude a beber de las fuentes de la auténtica alegría, esa alegría que sacia nuestro corazón y que se irradia hacia los demás. Que así sea.

 

P. Óscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

Domingo 4° de Cuaresma, Domingo Laetare - 2022

«Belén de Judea, la ciudad de David» - Natividad del Señor 2021

 

La Natividad del Señor – 2021

Misa de la Noche

Lc 2, 1 – 14

«Belén de Judea, la ciudad de David»

Hermanos y hermanas:

            “«En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero» (2, 1). Lucas introduce con estas palabras su relato sobre el nacimiento de Jesús, y explica por qué ha tenido lugar en Belén. Un censo cuyo objeto era determinar y recaudar los impuestos es la razón por la cual José, con María, su esposa encinta, van de Nazaret a Belén. (…) Y así, aparentemente por casualidad, el Niño Jesús nacerá en el lugar de la promesa.”[1]

«Belén de Judea, la ciudad de David»

            Belén de Judea era una pequeña ciudad, aparentemente sin importancia ni relevancia política o religiosa. Es cierto que era «la ciudad de David» (Lc 2, 4); pero para el tiempo del nacimiento de Jesús ya no había un descendiente de David en el trono de Israel, sino un rey idumeo, es decir, extranjero, sostenido por el poder romano: Herodes.

            Y en ese lugar signado por la pequeñez, brota «una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.» (Lc 2, 10 – 11). Una gran alegría brota en un lugar pequeño, «una gran luz» (Is 9, 1) que serenamente se irá difundiendo por todos los lugares y tiempos de la humanidad.

            No debemos dejar de notar esta paradoja: cómo lo grande brota de lo pequeño. Pareciera ser que se trata de una constante del Reino de Dios; por lo tanto, esta paradoja debe convertirse para nosotros en un criterio de orientación y de discernimiento. En lo pequeño se ha manifestado la gracia de Dios (cf. Tit 2, 11).

            Desde el inicio de su vida en medio de nosotros, Jesús nos muestra que lo pequeño puede ser el inicio de lo auténticamente grande. ¿Logramos comprender este mensaje? ¿Nos animamos a creer en ello y vivir según este criterio?

«Acampaban unos pastores»

            El nacimiento de Jesús no solamente ocurre en un lugar pequeño, sino que es anunciado en primer lugar a los pequeños: «En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. El ángel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un salvador, que es el Mesías, el Señor”.» (Lc 2, 8 – 11).

            Los pastores “formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a las que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios (cf. Lc 10, 21s). Ellos representan a los pobres de Israel, a los pobres en general: los predilectos del amor de Dios.”[2]

            Esta pequeñez, esta pobreza de los pastores, nos recuerda además que “cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios (…). Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad.”[3]

            La pequeñez que está abierta al anuncio de la salvación se manifiesta también como mansedumbre ya que esta “es otra expresión de la pobreza interior, de quien deposita su confianza en Dios”[4] y por ello “no necesita maltratar a otros para sentirse importante”[5], al contrario, mira a los demás –y sus defectos- con ternura y sin sentirse más que ellos, dispuesto a dar una mano, pues sabe, que también él necesita de ayuda, de paciencia y ternura.[6]

            No olvidemos que la palabra ternura –en las enseñanzas del Papa Francisco- hace referencia al “modo para tocar lo que es frágil en nosotros”[7] y en los demás.

            Sí, la pequeñez que es pobreza espiritual, austeridad material y tierna mansedumbre ante la fragilidad humana, es la pequeñez abierta a recibir el anuncio de la gran alegría, el anuncio del nacimiento del Salvador.

Nuestra pequeñez

            Por lo tanto, Jesús puede y quiere nacer también en nuestra propia pequeñez: en nuestros límites y miserias; en nuestras debilidades y defectos; en nuestras inseguridades y soledades; en nuestro desvalimiento. La única condición que hace posible este nacimiento, esta gran alegría, es el reconocimiento y aceptación de nuestra pequeñez.

            Cuando le damos un sí sincero a nuestra pequeñez, brota allí una gran alegría para cada uno de nosotros y para todos los que nos rodean. Brota allí la paz que proviene de la certeza de ser amados en nuestra pequeñez, en nuestra verdad. Se cumplen entonces la alabanza del ejército celestial: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» (Lc 2, 14).

            Darle un sí sincero a la propia pequeñez nos capacita también para reconocer todos los pequeños inicios del Reino de Dios en medio de nosotros; ¡cuántas veces el Reino de Dios se ha manifestado en pequeños inicios! En un gesto de ternura, en una mirada de misericordia, en un perdón otorgado o recibido, en un diálogo esperanzador, en una oración sincera, en un encuentro, en un abrazo, en un momento compartido, en un sencillo gozo interior. Sí, en lo pequeño nace el Salvador, en lo pequeño inicia el Reino de Dios, inicia la alegría y la paz como en Belén.

            Aún en medio de los desafíos y exigencias del tiempo actual no dejemos de creer en la grandeza de la pequeñez entregada a Dios. No dejemos de creer en los pequeños inicios del Reino de Dios en nuestra vida. No olvidemos que “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”[8]  

            Que María, Madre de los pequeños a quienes el Padre ha querido revelar los misterios del Reino, nos conceda un corazón pobre y manso para contemplar con los pastores al «al niño recién nacido envuelto en pañales» (Lc 2, 12) alegría para toda la humanidad. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

24/12/2021     



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La Infancia de Jesús, 65.

[2] Ídem, 79.

[3] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 68.

[4] Ídem, 74.

[5] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 288.

[6] Cf. PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 72.

[7] PAPA FRANCISCO, Patris Corde, 2.

[8] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Domingo del gozo en la espera

 

Domingo 3° de Adviento – Ciclo C – 2021

Domingo del gozo en la espera

Lc 3, 2b-3. 10-18

Queridos hermanos y hermanas:

            En medio del tiempo del Adviento, la Liturgia de nuestra fe nos propone vivir un domingo del gozo en la espera. Y con ello nos enseña que en la espera paciente, vigilante y anhelante hay un gozo, una alegría por descubrir.

            Cuando la espera es auténtica hay una alegría interior, serena y constante que se irradia a toda la vida. Se trata de la alegría de lo que está por venir, la alegría de lo que se anhela, la alegría de lo que se espera.

            En el fondo, en la espera auténtica el corazón de alguna manera ya posee lo que anhela. Sí, cuando la fe cristiana espera, “ya están presentes en nosotros las realidades que se esperan: el todo, la vida verdadera.”[1]

            Por ello, esta espera se convierte en gozo y en fuerza que nos pone en movimiento hacia Aquel que viene.

«Alégrense siempre en el Señor»

              Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento nos exhortan a la alegría. Dice el profeta Sofonías: «¡Grita de alegría, hija de Sión! (…) ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! (…) Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso!» (Sof 3, 14. 16a. 17a).

            Por su parte san Pablo en Filipenses nos dice: «Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense. El Señor está cerca.» (Flp 4, 4. 5b).

            En ambos casos el motivo de la alegría es la cercanía del Señor. En el Antiguo Testamento se trata de una promesa: «Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡El Señor está en medio de ti!». En el Nuevo Testamento se trata de ya de una certeza: «El Señor está cerca». Para san Pablo está claro que la promesa veterotestamentaria se cumple plenamente en Cristo Jesús.

            Por ello esta espera es gozo, es alegría interior que moviliza: «No se angustien por nada y, en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.» (Flp 4, 6).

            El que espera en el Señor no se deja dominar ni paralizar por la angustia. Al contrario, la fe y la esperanza mueven a la voluntad –y con ella a los afectos- a la oración que es al mismo tiempo súplica y acción de gracias.

           

Domingo 3° de Adviento
Domingo del gozo en la espera
Corona de Adviento. Cathopic. 

Súplica para pedir los dones que necesitamos de la bondad de Dios, y acción de gracias para agradecer la fe y la certeza de ser escuchados y acompañados. “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con nadie, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar-, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad…, el que reza nunca está totalmente solo.”[2]

«¿Qué debemos hacer entonces?»

            La espera gozosa del Señor nos moviliza a la oración y también a la acción, ya que “toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto.”[3] Así lo demuestra el texto evangélico en el diálogo entre Juan el Bautista y la gente que acudía a él para recibir un bautismo de conversión: «“¿Qué debemos hacer entonces?”. Él les respondía: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga que comer, haga otro tanto”.» (Lc 3, 10 – 11).

            Esperar al Señor implica oración y acción misericordiosa: «Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres» (Flp 4, 5a). Oración y acción que brotan del gozo de la auténtica espera, de la auténtica esperanza de que «viene uno que es más poderoso que yo» (Lc 3, 16).

            A María, Madre del gozo del Adviento, le pedimos que nos eduque, que nos enseñe la espera auténtica en medio de un mundo apresurado que yo no sabe esperar. Que Ella nos ayude a descubrir el auténtico y sereno gozo de los que esperan en el Señor vigilantes en la oración y activos en la misericordia. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario Tupãrenda – Schoenstatt



[1] BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, 7.

[2] BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, 32.

[3] BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, 35.

lunes, 1 de noviembre de 2021

«¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

 

Domingo 31° del tiempo durante el año – Ciclo B – 2021

Mc 12, 28b – 34

«¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            “El Evangelio de hoy (Mc 12, 28-34) nos vuelve a proponer la enseñanza de Jesús sobre el mandamiento más grande: el mandamiento del amor, que es doble: amar a Dios y amar al prójimo.”[1] El texto evangélico inicia con la pregunta de un escriba a Jesús: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?» (Mc 12, 28).

Comentaristas de la Sagrada Escritura señalan que había “613 preceptos de la ley del AT”[2]; probablemente estos preceptos pretendían ayudar al cumplimiento fiel de los mandamientos de Dios codificados en la Ley de Moisés.

Sin embargo, se trataba de una gran cantidad de preceptos, y en la multitud de los mismos se corría el peligro de olvidar el sentido profundo de los mandamientos de Dios. Por lo tanto, es comprensible la pregunta del escriba. De hecho, el intercambio que se desarrolla en la perícopa evangélica pareciera ser un auténtico diálogo entre maestros sobre la cuestión del «mandamiento más grande» (Mc 12, 31).

«¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

            Ante la pregunta del escriba y su sincero deseo de aprender, Jesús responde uniendo en una respuesta dos citas del Antiguo Testamento, Deuteronomio 6, 4 – 5: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas»; y, Levítico, 19, 18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

            Por lo tanto, la novedad de Cristo consiste en señalar lo que podríamos llamar la “organicidad del amor”; es decir, la íntima unión y correlación entre el amor a Dios y el amor al prójimo.

           

Visita de la Virgen de Caacupé
31 de octubre de 2021
Foto: Equipo de Comunicaciones del Santuario 

En efecto, el amor a Dios brota del amor que Dios nos tiene a nosotros. “Puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro.”[3]  

Es decir, el amor que Dios nos tiene –al amor que Dios nos ha mostrado en Jesús- es la fuente de todo amor. Y esta fuente nos lleva a responder al amor de Dios con amor: amor a Él, manifestado en la vida de oración y en la Liturgia; amor al prójimo, manifestado en la misericordia y en la ternura; amor a nuestras tareas y ocupaciones, manifestado en el fiel cumplimiento de nuestros deberes de estado; amor  a uno mismo, expresado en una sana autoestima y valoración.

Así contemplado el mandamiento del amor, su fuente y su alcance, podríamos decir que se trata de la santidad de la vida diaria, es decir, de “la armonía agradable a Dios entre la vinculación hondamente afectiva a él, al trabajo y al prójimo en todas las circunstancias de la vida.”[4]

Por lo tanto, la tarea de nuestra vida es aprender a amar. Pero el secreto está en percibir primeramente el amor que Dios nos tiene. Sólo quien se cree y se sabe amado, puede a su vez amar, puede responder al amor recibido, donando amor a su vez.

Cada día deberíamos examinarnos en el amor, en dos sentidos: en primer lugar preguntándonos en oración: “¿Dónde me amó Dios hoy? ¿En qué persona o circunstancia de la vida, Dios me manifestó su amor?”; y, en segundo lugar, preguntándonos: “¿Dónde amé hoy? ¿En qué circunstancia concreta, a qué persona concreta amé? ¿Dónde puedo amar más y mejor?”.

Pero no olvidemos que este “examen del amor” parte del tomar conciencia de que Dios nos ama, y que por ello queremos amarle en el corazón y en nuestros hermanos.

Así, el gran mandamiento del amor se convertirá para nosotros, en primer lugar en una experiencia de amor, y por ello, en segundo lugar, en una constante que nos impulsa a amar siempre, en todo y en todos a Dios, que en Cristo Jesús nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1).

A María, que hoy nos visita como Tupãsy Caacupé, a Ella que es la Madre del amor hermoso, le pedimos que nos enseñe percibir el amor de Dios en nuestras vidas, de tal modo que en todo y en todos, respondamos con amor al amor que nos ha sido dado en Cristo, Nuestro Señor. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.P.

Rector del Santuario Tupãrenda – Schoenstatt

 

 



[1] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 4 de noviembre de 2012.

[2] R. E. BROWN, Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo (Editorial Verbo Divino, Navarra, España 2010), pág. 55.

[3] BENDICTO XVI, Deus caritas est, 1.

[4] P. JOSÉ KENTENCIH en J. NIEHAUS (Ed), Santidad, ¡Ahora! (Editorial Patris S.A., Santiago de Chile 2005), pág. 31.

sábado, 23 de octubre de 2021

Víspera de la Fiesta de Tupãrenda 2021

 

Domingo 29° del tiempo durante el año – Ciclo B – 2021

Novenario Tupãrenda 2021

9° día: La Eucaristía y la Nación de Dios

 

Queridos hermanos y hermanas:

            El inicio del evangelio que acabamos de escuchar (Mc 10, 35 – 45) nos presenta un particular pedido de los hijos de Zebedeo a Jesús: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria».

«Concédenos sentarnos...»

            «Uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Se trata de la tentación siempre presente de buscar los primeros puestos, de buscar posiciones de poder, prestigio y privilegio. Se trata de ese impulso tan arraigado de pensar sólo en uno mismo: la conciencia que se aísla de los demás, “la vida interior que se clausura en los propios intereses, y ya no tiene espacio para los demás”.[1]

            Ante tal pretensión el Señor responde: «no saben lo que piden». Sí, ni los discípulos de ese entonces, ni nosotros, discípulos de hoy, sabemos lo que pedimos cuando obsesivamente buscamos poder, prestigio y privilegio.

            No sabemos porque no tomamos conciencia de que la búsqueda enfermiza del propio yo y sus caprichos a la larga genera una “tristeza individualista”[2] que deja vacío nuestro corazón. Y sobre todo, no terminamos de comprender que las dinámicas del Evangelio y del Reino de Dios son muy distintas de las dinámicas egoístas de la búsqueda de poder a cualquier precio.

            Jesús lo vuelve a decir claramente: «aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así.»

            Los cristianos, aún cuando estemos en posiciones de gobierno o autoridad, no debemos ni podemos comportarnos como dueños de nuestros hermanos ni como dominadores de los mismos.

            La autoridad, el gobierno y el poder están llamados a ser un servicio, no un atributo que nos pertenece y del cual podemos simplemente usar y abusar en beneficio propio. La auténtica autoridad es siempre servicio a los demás; en cambio, la autoridad y poder corrompidos, consisten en servirse de los demás. «Entre ustedes no debe suceder así».

La Eucaristía y la Nación de Dios

            El camino que Jesús nos traza para salir de la dinámica del egoísmo y la corrupción comienza con nosotros mismos, con nuestra conversión, con nuestra transformación interior: «el que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos».

            La verdadera grandeza está en el servicio a los demás, en el servicio auténtico al bien común; es decir, al bien que abarca a todos y no a unos pocos: a un grupo, a un partido, a un clan familiar.

            Jesús nos llama a servir a todos, sin distinción, porque Él mismo vino «para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

           

Misa del 17 de octubre de 2021
Iglesia Santa María de la Trinidad
Transmitida por C9N
Este es el camino, la actitud y el estilo de vida que tenemos que asumir si en verdad queremos ser forjadores de la Nación de Dios en Paraguay. Si en verdad queremos desde nuestra fe, desde nuestro encuentro con Jesús Eucaristía, plasmar una sociedad más humana, más fraterna, más solidaria.

            La justicia, la verdad y el amor –los pilares de la Nación de Dios- reinarán en Paraguay el día en que cada uno de nosotros se decida por vivir estos valores de forma concreta, constante y coherente en todas las dimensiones de la vida: personal, familiar, laboral, social y política.

            Dejemos de lado los sectarismos y abracemos juntos el ideal y el proyecto de hacer de Paraguay una Nación de Dios. Sólo así la Nación de Dios se irá manifestando en lo cotidiano, e irá creciendo y fortaleciéndose, para hacer frente a esa otra nación, a ese otro proyecto que constantemente nos amenaza a todos: la nación de la corrupción, la violencia, el secuestro y el narcotráfico.

            Que Jesucristo, buen Pastor, y María, Madre y Reina de la Nación de Dios, nos tomen como sus instrumentos y nos ayuden a ponernos al servicio de todos nuestros hermanos, de modo que gastemos nuestra vida forjando la Nación de Dios en nuestra patria. Que así sea. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario Tupãrenda – Schoenstatt

17 de Octubre de 2021    



[1] Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2

[2] Ibídem