La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

viernes, 14 de octubre de 2016

Jesucristo, el buen samaritano

Novenario en preparación al 18 de octubre de 2016 – Santuario de Tupãrenda

4° día: Jesucristo, el buen samaritano

Queridos hermanos y hermanas:

            Con la celebración eucarística en la memoria de la Virgen María, Nuestra Señora del Pilar, estamos viviendo el cuarto día de nuestra novena en preparación a la fiesta del 18 de octubre en Tupãrenda.

            Sin duda que nuestro camino hacia el 18 de octubre está marcado por la gran corriente de vida eclesial que es el Año Santo de la Misericordia. Así lo expresamos en el lema de nuestro novenario: “María, Madre de Misericordia, acércanos al Padre”.

Jesucristo, el buen samaritano

            Nos dice el Papa Francisco: “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación.”[1]

           
            En el texto del evangelio que hemos escuchado hoy (Lc 10, 25-37) contemplamos de una forma muy gráfica y accesible a  nosotros el misterio de la misericordia de Dios.

            Al contemplar al Samaritano, ¿no contemplamos acaso al mismo Jesucristo que se ha puesto en camino para salir al encuentro de la humanidad que yace herida en el camino de la historia? “Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vino nuestras heridas (…) y nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear los cuidados.”[2]

¿Quién es mi prójimo?

            Y si Jesucristo es buen samaritano para nosotros, también nosotros estamos llamados a ser buenos samaritanos para los demás, para nuestros prójimos.

            De hecho, si prestamos atención al texto evangélico nos daremos cuenta que en su respuesta al doctor de la Ley Jesús ha cambiado la perspectiva de la cuestión planteada, y con ello ha dado plenitud a la Ley.

            Luego de que Jesús responda a la pregunta por la Vida eterna uniendo dos preceptos de la Ley –Dt 6,5 y Lv 19,18- diciendo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo» (Lc 10,22); el doctor de la Ley le pregunta: «“¿Y quién es mi prójimo?”»; es decir, ¿a quién debo amar como me manda la Ley de Dios?

            Jesús no entra en la discusión de si hay que amar o no a los que no pertenecen al pueblo de Israel. Jesús no reduce el horizonte del amor como muchas veces nosotros sí lo hacemos. A veces pensamos en nuestros adentros: “amo a los que son como yo; a los que piensan, sienten y hablan como yo”; “estoy dispuesto a amar, pero hasta un límite, no sea que se aprovechen de mí”, o, “me hago amigo de aquellos que me convienen, por prestigio o posición social”. No, este no es el camino de Jesús.

            Jesús cambia la perspectiva de la cuestión y no define quién es el prójimo. Sino que nos invita a transformarnos nosotros en prójimos de los demás. Es el sentido de la pregunta final de Jesús: «“¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por 
ladrones?”. “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor.»

            Sí, Jesús se hizo prójimo de cada uno de nosotros para que nosotros nos hagamos prójimos de los demás: de nuestros familiares y amigos; de los que piensan como nosotros y de los que piensan distinto; de los cercanos y lejanos.

            Hacernos prójimos los unos de los otros es el camino del cristiano y es el camino de la vida plena para la humanidad.

¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

El evangelio sobre el cual estamos meditando todavía nos presenta una dimensión más sobre la cual vale la pena reflexionar. Hemos descubierto con Jesús que nuestro camino de vida es hacernos prójimos los de los otros a partir de una pregunta: «“Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”».

Ante esta pregunta, el camino que Jesús señala es el del amor: el del amor a Dios, al prójimo y a uno mismo. Y señala ese camino porque en el fondo la Vida eterna es amor: es continua relación de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. Es participar en la constante relación de amor que es la Trinidad.

“Jesús, que dijo de sí mismo que había venido para que tengamos vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. Jn 10,10), nos explicó también qué significa “vida”: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación.”[3]

Comprendemos ahora que la misericordia es el camino hacia la Vida eterna, la vida plena. Comprendemos ahora que el hacernos prójimos los unos de los otros nos prepara para la vida del mundo futuro. Y comprendemos finalmente que la misericordia “es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad” y que “es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida.”[4]

            A María, Madre de Misericordia, que se hace prójima nuestra en el Santuario le pedimos que con Cristo nos cobije, nos transforme y nos envíe como buenos samaritanos que acercan la misericordia de Dios a todos los hombres. Amén.


[1] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 2.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007), 242.
[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi 27.
[4] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 2.

domingo, 9 de octubre de 2016

Adorar al Señor con un canto nuevo

Domingo 28° durante el año – Ciclo C

Adorar al Señor con un canto nuevo

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta textos que nos llevan a meditar en torno a la gratitud para con Dios. Tanto el relato de la curación de Naamán (cf. 2Rey 5, 10. 14-17) como el relato de la curación de los diez leprosos en el evangelio (cf. Lc 17, 11-19) apuntan en esa dirección.

Ahora reconozco a Dios

            Iniciemos nuestra meditación a partir del texto de la primera lectura, tomada del Segundo libro de los Reyes (2Rey 5, 10. 14-17). Allí se nos muestra cómo Naamán, que era «jefe del ejército del rey de Aram» (2Rey 5,1), acude al profeta Eliseo buscando ser curado de su lepra. El profeta lo envía a bañarse en el río Jordán y como resultado de ello «su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio» (2Rey 5,14b).

           
Ante esta situación, Naamán el sirio (cf. Lc 4,27), vuelve a la presencia del profeta Eliseo para reconocer la acción de Dios: «”Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel.”» (2Rey 5,15). Pero todavía Naamán da un paso más. El reconocer la acción de Dios en su vida lo lleva a ofrecerle culto: «Tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses, fuera del Señor» (2Rey 5,17).

            Me parece importante que nos detengamos a reflexionar en esto. El texto del Segundo libro de los Reyes nos presenta a un extranjero, es decir, a alguien que no es miembro del pueblo de Israel reconociendo al Señor como Dios. Y por ello, se compromete a ofrecerle culto exclusivo a Él. En el mundo de la antigüedad, el politeísmo era corriente. Cada pueblo, cada nación tenía su propia divinidad a la cual rendía culto.

            Sin embargo, aquí nos encontramos con un extranjero, que al recibir una bendición del Dios de Israel lo reconoce como verdadero Dios y se compromete a rendirle culto de forma exclusiva. ¿A qué se refiere Naamán con ofrecer holocaustos y sacrificios solo al Señor?

El culto litúrgico

            Sin duda podemos pensar que Naamán se refiere al culto litúrgico propiamente tal; es decir al culto que se ofrece por medio de la oración y de las acciones y gestos rituales. De hecho, si seguimos leyendo en el Segundo libro de los Reyes encontraremos que Naamán dice al profeta Eliseo: «Que el Señor Dios perdone a su siervo por esto: cuando mi señor entra en el templo de Rimón para postrarse allí en adoración, se apoya en mi brazo de manera que yo tengo que postrarme en el templo de Rimón. Así que, cuando me postro en el templo de Rimón, que el Señor Dios perdone a su siervo por ello.» (2Rey 5,18).

Naamán tendrá que seguir a acompañando a su rey en el culto a sus deidades nacionales, pero sabe que no son Dios, ya que ha conocido que no existe Dios fuera del Dios de Israel (cf. 2Rey 5,15). Por más que se postre en el templo de Rimón su actitud interior no será la de dar culto a los ídolos, porque el culto corresponde solo al Dios vivo.

Lo cual nos lleva a preguntarnos: ¿Qué significa ofrecer culto a Dios? ¿Qué significa adorar al Señor?

“Antes que una serie de prácticas y de fórmulas”, antes que una serie de actos o de palabras y oraciones; rendir culto a Dios implica reconocerlo como Señor, Creador y Padre; implica reconocer su presencia y acción en mi vida y en la realidad toda; implica un aprender a ponerme en su presencia amorosa. Se trata en primer lugar de una actitud interior y de “un modo de estar frente a Dios”.[1]

Así, esta actitud interior se manifiesta en los actos del culto litúrgico pero implica también el rendirle culto con nuestra vida cotidiana, con nuestras opciones y decisiones cotidianas, con nuestro estilo de vida. Lo que celebramos en el culto litúrgico, debemos vivirlo en la vida cotidiana.

Sí, rendimos culto a Dios, adoramos a Dios cuando lo alabamos en la asamblea litúrgica y cuando lo testimoniamos en la vida cotidiana: “a esta adoración pertenece el culto, la liturgia en sentido propio; pero a ella pertenece también una  vida según la voluntad de Dios, que es una parte imprescindible de la verdadera adoración.”[2]

No en vano dice el salmista: «Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas… …Aclame al Señor toda la tierra, prorrumpan en cantos jubilosos» (Sal 97, 1. 4). Sí, el «canto nuevo» es el canto de la alabanza litúrgica, pero es sobre todo el canto de una vida nueva, el canto de una vida conforme a su voluntad.

Gratitud para con Dios

En el mismo sentido se expresa el evangelio de hoy (Lc 17, 11-19). Diez leprosos se acercan a Jesús implorando el don de su sanación, «al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados.» (Lc 17,14). También ellos experimentaron la presencia y la acción de Dios en sus vidas, pero solo «uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias.» (Lc 17, 15-16).

Se  nos muestran aquí dos aspectos más que pertenecen al culto verdadero. El culto es fundamentalmente alabanza, es decir, reconocimiento de la acción misericordiosa de Dios en favor de su pueblo, y por eso es testimonio. Alabar a Dios en voz alta, significa dar testimonio de su acción salvífica. Y el culto es también gratitud. Gratitud no solamente por el don recibido, sino gratitud por la vida con Dios, gratitud por lo que Él es: nuestro Padre.

Cuando Jesús pregunta «”¿cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”» (Lc 17, 17-18); no reclama reconocimiento para sí mismo; sino reclama aquello que todo hombre, en justicia, debe a Dios: el reconocerlo como Dios y así reconocerse como creatura que vive de su bondad.

Así, cuando el culto y la oración se vuelven gratitud, el hombre se ubica en la relación justa con Dios y con la realidad. La gratitud nos ayuda a reconocer a Dios como fuente bondadosa de todo don, y nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos como beneficiarios de tantos dones y de tanto amor. Así reconocemos a Dios como Padre bueno y misericordioso, y nos reconocemos a nosotros mismos como hijos amados del Padre.

Ahora comprendemos el verdadero sentido del culto a Dios: el culto orienta nuestra vida, nos da nuestra verdadera identidad y con ello el verdadero sentido de nuestra vida. Y así comprendemos el gran don que es para el cristiano el culto litúrgico celebrado en la Eucaristía.

A la Santísima Virgen María, que en su Magníficat (Lc 1, 46-55) entonó un canto nuevo al Señor, le pedimos que  nos enseñe a reconocer a Dios en nuestras vidas y ofrecerle de corazón el culto filial de una vida según su querer. A la Mater le dirigimos nuestra súplica diciendo:

“Haz que la luz del cielo me ilumine,

y mire con fe

cómo el amor del Padre

me acompañó en mi vida.

Fidelidad a la misión

sea mi agradecimiento por sus innumerables dones.”[3] Amén.
           




[1] Cf. PAPA BENEDICTO XVI, Audiencia general del 11 de mayo de 2011, Plaza de San Pedro [en línea]. [fecha de consulta: 8 de octubre de 2016]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20110511.html>
[2] J. RATZINGER, Obras Completas. Tomo XI: Teología de la Liturgia (BAC, Madrid 2014), 9s.
[3] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 214.

sábado, 1 de octubre de 2016

Aumenta mi fe para perdonar de corazón

Domingo 27° durante el año – Ciclo C

Aumenta mi fe para perdonar de corazón

Queridos hermanos y hermanas:

            La perícopa evangélica de hoy (Lc 17, 3b-10) inicia con una enseñanza sobre el perdón: «Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo.» (Lc 17, 3b-4).

            Se trata de una enseñanza para la vida comunitaria, es más, se trata de “una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano”.[1] Siguiendo a su Maestro y creyendo en el Dios “que no se cansa nunca de perdonar”[2], el cristiano sabe reconocer el arrepentimiento sincero de su hermano y otorga de corazón el perdón con el cual él mismo ha sido perdonado por Cristo (cf. Mt 18,33).

«Auméntanos la fe»

           
          Las palabras de Jesús nos ofrecen “una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. (…) Estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia.”[3]

            Sin embargo, por nuestra experiencia sabemos que es difícil perdonar de corazón. Sobre todo cuando hemos sido ofendidos por personas en quienes confiamos o cuando hemos sido heridos en nuestros sentimientos más íntimos. También los apóstoles lo saben. Por eso, confrontados con el estilo de vida cristiano, el estilo de la misericordia y el perdón, responden: «Auméntanos la fe» (Lc 17,5).

            Sí, necesitamos que el Señor aumente en nosotros el don de la fe para poder mirar con sus ojos la realidad humana y comprenderla según su corazón. Necesitamos los ojos y el corazón de Jesús para poder perdonar a los demás como Él nos perdona.

            Así la fe en Cristo Jesús es “una luz que ilumina todo el trayecto del camino”[4] humano, del camino de la vida. Esta fe que se expresa tan bellamente en las palabras de la Primera Carta de san Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1Jn 4,16), debe convertirse en el criterio fundamental de nuestra vida y de nuestras relaciones humanas.

¿Qué es la fe?

            Todo esto nos lleva a preguntarnos con sinceridad: ¿qué es la fe? ¿La comprendemos en toda su amplitud? ¿La vivimos en todas sus dimensiones?

            Llamativamente, luego de la petición de los apóstoles y de la sentencia referida a la fe del tamaño de un grano de mostaza (cf. Lc 17,6), el Señor Jesús pronuncia una pequeña parábola que podríamos llamar la parábola de los servidores humildes (cf. Lc 17, 7-10).

            En ella Jesús describe la tarea cotidiana de los servidores en el campo: arar, cuidar del ganado y servir la mesa de sus amos. Luego de todo este trabajo, el amo «¿deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?» (Lc 17,9). La respuesta a esta pregunta es no. Simplemente ha hecho lo que debía hacer: su tarea.

           
        No se trata de una falta de cortesía, sino simplemente del hecho que los servidores no han hecho nada extraordinario. Han cumplido con su tarea, con su cometido, con lo que les corresponde.

            Y esto Jesús lo aplica a sus discípulos: «Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.» (Lc 17,10).

«Somos simples servidores»

            No estamos acostumbrados a concebir nuestra vida de fe como una vida de servicios al Señor. Muchas veces entendemos la fe como el asentimiento dado a un conjunto de verdades, como se expresan en el Credo, por ejemplo (fe en la cual creemos). Otras veces, acentuamos en la fe la dimensión de entrega y confianza en Cristo Jesús (fe que cree), pero no alcanzamos a deducir sus consecuencias para nuestra vida.

            Sin duda que la dimensión principal de la fe cristiana es fe en una persona, se trata de un creo en ti. Pero si creemos y confiamos en Cristo Jesús y sus palabras, entonces tenemos que aprender a obedecerle, tenemos que aprender a servirle con nuestra vida.

            Si somos sinceros reconoceremos que muchas veces tratamos de servirnos de nuestra fe, tratamos de hacer de Dios mismo nuestro siervo. Como dice una oración del Hacia el Padre:
            “Hasta ahora tuve yo el timón en las manos;
            en el barco de la vida tan a menudo te olvidé;
            me volvía desvalido hacia ti [Padre], de vez en cuando,
            para que la barquilla navegara según mis planes.”[5]

            En mi vida de fe, en mi oración, ¿cómo me posiciono ante Dios? ¿Trato de ser un “simple servidor” o me presento como señor? ¿Me abro a la voluntad de Dios o rezo para que se haga mi voluntad?

            «Somos simples servidores» dice el Evangelio. Y la fe que nos entrega y enseña Cristo tiene que ver con esa conciencia de ser servidores de Dios. Servidores obedientes y generosos, y por eso hijos.

            Por ello, cuando percibimos el querer de Dios le ofrecemos “la obediencia de la fe”, por la cual nos confiamos libre y totalmente a Él entregándole nuestro entendimiento y nuestra voluntad.[6] Es decir, porque creemos en Dios, nos entregamos a Él con amor y le obedecemos por amor.

            «Hemos creído en el amor» (cf. 1Jn 4,16) y por eso estamos llamados a vivir el amor viviendo el perdón. «Hemos creído en el amor» y por eso estamos llamados a ser simples y sencillos servidores de Dios en el día a día.

            A María, Madre de la misericordia y de la fe, le pedimos que nos enseñe a creer en Dios y a entregarle  nuestra obediencia filial. Con Ella, que ante el ángel de Dios se presentó como «la servidora del Señor» (Lc 1,38), le suplicamos a Jesús: “Señor, aumenta mi fe en ti para que pueda perdonar de corazón a mis hermanos”. Amén.



[1] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 9.
[2] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 3.
[3] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 9.
[4] PAPA FRANCISCO, Lumen Fidei 1.
[5] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 398.
[6] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Divina Revelación, 5.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Construir un puente o cavar un foso

Domingo 26° durante el año – Ciclo C

Construir un puente o cavar un foso

Queridos hermanos y hermanas:

            Un vez más nos encontramos ante una parábola tomada del Evangelio según san Lucas; se trata de la conocida parábola del “rico Epulón y el pobre Lázaro” (Lc 16, 19-31). En ella se nos presentan “dos figuras contrastantes: el rico, que lleva una vida disipada llena de placeres, y el pobre, que ni siquiera puede tomar las migajas que los comensales tiran de la mesa, siguiendo la costumbre de la época de limpiarse las manos con trozos de pan y luego arrojarlos al suelo.”[1]

Jesús dijo a los fariseos

            Esta vez la parábola, que es un relato construido con situaciones e imágenes de la vida cotidiana, parece estar dirigida a los fariseos, en el Leccionario el texto evangélico inicia diciendo: «Jesús dijo a los fariseos»[2]. Este aparente detalle puede llevarnos a pensar que Jesús dirige su enseñanza –y su crítica- a un tipo determinado de persona religiosa; un prototipo de persona, presente en el aquel tiempo y en el de hoy.

            Sabemos que el fariseísmo era un grupo religioso al interior del judaísmo del siglo I. Formaban parte de este grupo los escribas y doctores de la Ley. Es decir, se trataba de personas con conocimientos religiosos –con capacidad de leer y escribir-, que se esforzaban por una observancia fervorosa de la Ley de Moisés. Todo esto hace suponer que tenían un cierto nivel cultural, social y económico.

           
        Según la parábola, el rico –cuyo nombre desconocemos, pero que ha recibido el nombre de Epulón, término que deriva del latín epulabatur, es decir “el que banqueteaba”- «vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes» (Lc 16, 19), mientras que «a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico» (Lc 16,20).

A diferencia de lo que sucede con el hombre rico, el texto evangélico sí nos proporciona el nombre del hombre pobre, se llama “Lázaro, abreviatura de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente «Dios le ayuda». A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor.”[3]

¿Qué se le reprocha al hombre rico de la parábola? Su indiferencia e indolencia ante la situación de su prójimo. Su indiferencia e indolencia ante una situación tan cercana: mientras él banqueteaba «a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre».

Una comodidad indiferente

¿Será que Jesús reprocha a los fariseos de entonces y de hoy el hecho de llevar una vida cómoda, material y espiritualmente, sin interesarse por la vida de los demás?

Pienso que a veces, puede suceder que llevemos una vida cómoda materialmente y que nos desentendamos de los que pasan necesidad ante nuestras puertas, ante nuestros ojos. Pero también, a veces, puede suceder que llevemos una vida espiritual cómoda y nos desentendamos de los demás.

Llevamos una vida espiritual cómoda e indiferente a los demás cuando reducimos la vida espiritual a momentos de búsqueda de nuestro propio confort o bienestar. Así transformamos la vida espiritual en “consumismo religioso”. Y confundimos vida interior con algunos momentos de auto-complacencia, de búsqueda de sensaciones espirituales o interiores sin referencia alguna al prójimo o a Cristo y su Evangelio.

Cuando eso nos sucede, entonces para nosotros también vale el reproche que se hace al rico de la parábola. A él se le reprocha en primer lugar su egocentrismo; el culto al propio yo. Y en segundo lugar la indiferencia y la indolencia ante el prójimo. Esa cerrazón ante el prójimo que deviene en cerrazón ante Dios mismo.

Y aquí se muestra el drama del fariseo como prototipo religioso: mientras se ocupa sólo de sí mismo, de cuidarse a sí mismo corporal y espiritualmente; mientras se ocupa de cumplir preceptos olvidando el sentido de los mismos; mientras realiza ritos sin alma y sin referencia alguna hacia los demás, piensa que va construyendo su camino hacia la vida eterna, cuando en realidad lo que hace es cavar «un gran abismo» (cf. Lc 16,26).

Ese «gran abismo» que separa el «seno de Abraham» de la «morada de los muertos», es el foso que el mismo hombre rico ha cavado en vida, “un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed ardiente ya irremediable.”[4]

El Papa Francisco también nos advierte del riesgo del encerrase cómodamente en uno mismo: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya  no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”[5]

Despertar nuestra conciencia

            Queridos hermanos y hermanas, esta parábola “no se trata de una condena mezquina de la riqueza y de los ricos nacida de la envidia”[6]; sino de un despertar nuestra conciencia, nuestro corazón.

            Muchas veces nuestra conciencia se aísla, se cierra a la vida y a las necesidades de los demás. Y esto suele suceder cuando obsesivamente miro mis propias heridas y necesidades  no satisfechas. Otras veces, nuestra conciencia se adormece o se acostumbra a la pobreza material y espiritual. Ya no nos sobresalta la miseria de los demás. Es una noticia más entre otras.

            Aunque sea fiel cumplidor de mis prácticas religiosas, si mi conciencia es ciega a mis hermanos y sus necesidades, se hará ciega también ante Dios mismo. Hoy, Jesús quiere despertar nuestra conciencia, nuestro corazón, nuestro amor.

            Despertar nuestra conciencia, despertar nuestro corazón, pasa por cuestionarnos a nosotros mismos, cuestionar nuestra vida cristiana, nuestra vida de oración y de amor al prójimo. Despertémonos a nosotros mismos y preguntémonos: ¿Qué bienes materiales y espirituales poseo? ¿Cómo uso esos bienes materiales y espirituales? ¿Los uso para construir puentes o fosos? ¿Puentes de alianza, encuentro y solidaridad? ¿O fosos de egoísmo, aislamiento e indiferencia?

            Hagamos nuestra la súplica del salmo: «El Señor abre los ojos de los ciegos y endereza a los que están encorvados. El Señor ama a los justos» (Salmo 145,8). Sí, pidámosle sinceramente al Señor Jesús que abra nuestros ojos y nuestro corazón a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas; que abra nuestros ojos y nuestro corazón para reconocerlo presente en nuestros hermanos y sus necesidades, así él enderezará nuestro camino, y en alianza con Él, con María y con nuestros hermanos, construiremos un puente hacia el Cielo, un puente hacia la vida eterna. Amén.


[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007), 253s.
[2] En la Biblia, esta parábola está situada luego de unos dichos dirigidos a los fariseos. Lc 16,14 dice: «Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que son amigos del dinero y se burlaban de él». Probablemente por esta razón el Leccionario agrega al inicio de esta parábola: «Jesús dijo a los fariseos».
[3] BENEDICTO XVI, Ángelus del domingo 30 de septiembre de 2007. [en línea]. [fecha de consulta: 25 de septiembre de 2016]. Disponible en: < http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2007/documents/hf_ben-xvi_ang_20070930.html>
[4] BENEDICTO XVI, Spe Salvi 44.
[5] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 2.
[6] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 257.

viernes, 16 de septiembre de 2016

¿A quién le entrego mi corazón?

Domingo 25° del tiempo durante el año – Ciclo C

¿A quién le entrego mi corazón?

Queridos hermanos y hermanas:

            En la Liturgia de la Palabra de hoy encontramos la parábola del administrador infiel (Lc 16, 1-8). Una parábola que “suscita en nosotros cierta sorpresa porque en ella se habla de un administrador injusto, al que se alaba”[1]. Sin embargo, debemos leer y reflexionar atentamente este texto evangélico para comprender la enseñanza que Jesús quiere entregarnos.

El administrador infiel

            Como sabemos, las parábolas son relatos que Jesús va construyendo con imágenes y situaciones de la vida cotidiana de su tiempo. Al escuchar esta parábola, nos damos cuenta de que también en tiempos de Jesús existía la corrupción; el abuso de confianza y el mal uso de las propias capacidades y de los bienes confiados. Es lo que se desprende del texto evangélico: «Había un hombre rico que tenía una administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto”» (Lc 16, 1-2).

           
           Ante esta situación el administrador infiel se ve en apuros y debe pensar en cómo prever su futuro: «”¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza.”» (Lc 16,3). Es entonces cuando este hombre infiel demuestra toda su capacidad y astucia: «”¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!”. Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”. “Veinte barriles de aceite”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez”.» (Lc 16, 4-6).

            ¿Qué hizo el administrador astuto? En tiempos de Jesús, era costumbre que los administradores tuvieran la facultad de aumentar los préstamos de sus señores, de modo que, en la devolución del préstamo, ellos recibieran la parte aumentada como pago por su trabajo administrativo.[2] Sería lo que hoy conocemos como “gastos administrativos”.

            Por lo tanto, lo que el administrador astuto hizo, no fue disminuir el monto del préstamo debido a su señor, sino renunciar a la parte que le correspondía como ganancia personal. Renunciando a esta ganancia quedaría en buenos términos con los deudores de su señor. Por eso la parábola concluye diciendo: «Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente.» (Lc 16,8).

            En el fondo se alaba no la corrupción por la cual ha sido despedido este administrador, sino su astucia para salir al paso de la nueva situación que se ha creado como resultado de su infidelidad. Se reconoce su astucia, su inteligencia, sus capacidades.

            También hoy podríamos reconocer la astucia e inteligencia de tantas personas que ponen todos sus esfuerzos y capacidades en lograr beneficios de forma corrupta. ¡Cuánta gente tan astuta para hacer el mal! ¡Cuánta gente tan inteligente y hábil para la corrupción y para la consecución de intereses mezquinos!

            Lo vemos a diario en nuestro medio: personas que hábilmente se aprovechan de los recursos del Estado; personas que montan sutiles esquemas para defraudar o para percibir beneficios a costa del bien común; personas que ponen todas sus capacidades para manipular a otros y utilizar las instancias de decisión común en favor del interés personal. ¡Cuánta astucia! ¡Cuánta inteligencia! ¡Cuánta capacidad! Pero todo puesto al servicio del egoísmo, del mal y del crecimiento de “ese cáncer social que es la corrupción”.[3]

            Queridos hermanos y hermanas: todas nuestras capacidades y bienes humanos, de los cuales somos meros administradores (cf. Lc 16,1), deberíamos ponerlos al servicio del bien común, al servicio de los demás, al servicio del Reino de Dios. Es decir, al servicio del verdadero Bien y no de bienes aparentes. Si este administrador infiel se ha mostrado astuto en el mal, ¡cuánto más podrían fructificar sus capacidades obrando rectamente el bien!

Tu tesoro y tu corazón

¿Qué debemos hacer para poner todas nuestras capacidades al servicio del bien? ¿Cómo hacer para decidirnos a poner toda nuestra inteligencia, astucia y creatividad al servicio del Reino de Dios?

La respuesta es sencilla pero profunda y contundente: entregarle nuestro corazón a Jesús. Entregarle a Él el núcleo de nuestra personalidad. Ese lugar íntimo desde donde brotan nuestras decisiones y amores más auténticos. Nuestra vida se juega en a quién le entregamos nuestro corazón. Nuestra vida se pierde o se salva dependiendo de a quién le entreguemos el corazón, porque «allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón» (Mt 6,21).

Y aquí vale la pena que nos preguntemos: ¿dónde está mi tesoro? ¿Dónde está realmente mi corazón? ¿Por qué o por quién late mi corazón? ¿Por qué o por quién me apasiono con todo mi ser? ¿Mi corazón está apasionado por los bienes perecederos o por el Bien mismo que es Jesús?

Entregar el corazón entero

            Pero todavía hay una dimensión más del texto evangélico de hoy. Cuando entregamos el corazón debemos hacerlo por entero, no podemos hacerlo a medias: «Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13).

            Jesús, como maestro de vida y de vida plena (cf. Jn 10,10), nos enseña que nuestro corazón está hecho para entregarse por entero, no a medias. No podemos vivir interiormente divididos. Cuando tratamos de vivir una entrega a medias vivimos mediocremente. Y la mediocridad nos lleva a la frustración, y la frustración a la hipocresía.

            Se trata de tomar una decisión, de hacer una opción sincera y radical. “En verdad, la vida es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. (…). En definitiva —dice Jesús— hay que decidirse.”[4]

           
       Cuando nos decidimos por Jesús, cuando nos decidimos de corazón por responder a su amor con nuestro amor, entonces ponemos todas nuestras capacidades y bienes al servicio del Reino de Dios, al servicio del bien de nuestros hermanos y hermanas, y así encontramos nuestro propio bien.

            No temamos entregarnos por entero. Jesús se ha entregado por entero en la cruz por nosotros y así nos abrió el camino hacia la resurrección. El que se entrega por entero en el amor se encamina también hacia la resurrección de Jesús. “El Señor, que dio todo por nosotros, no se contenta con recibir la mitad de nuestra vida: quiere enteros alma y corazón, y no le basta el resplandor pálido de una mediocre entrega.”[5]

            Pidámosle a la Santísima Virgen María, en cuyo sí no había reservas ni amargas quejas, que nos enseñe a entregarle totalmente nuestro corazón a su hijo Jesús y que podamos experimentar en nuestra vida que “quien ofrece entera la vida por causa del Señor, experimenta la bendición y el gozo de la vida verdadera.”[6] Amén.




[1] BENEDICTO XVI, Celebración eucarística en la plaza delante de la catedral de Velletri, 23 de septiembre de 2007 [en línea]. [fecha de consulta: 16 de septiembre de 2016]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2007/documents/hf_ben-xvi_hom_20070923_velletri.html>
[2] Cf. Nueva Biblia de Jerusalén, nota al pie de Lc 16,8.
[3] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 60.
[4] BENEDICTO XVI, Ibídem
[5] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 411.
[6] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 415.