La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 16 de marzo de 2025

«Busquen mi rostro»

 

Domingo 2° de Cuaresma – Ciclo C - 2025

Lc 9, 28b – 36

«Busquen mi rostro»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Celebramos el Domingo 2° de Cuaresma; y al iniciar la segunda semana de este tiempo cuaresmal, la Liturgia de la Palabra pone ante nuestros ojos y nuestros corazones el relato de la transfiguración del Señor según san Lucas (Lc 9, 28b – 36).

            En el camino cuaresmal se nos muestra –de forma anticipada- la gloria del Señor Jesús: «Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante» (Lc 9, 29).

            Podríamos decir que iniciando el tiempo penitencial, la Liturgia quiere animarnos mostrándonos la gloria del Hijo. ¿Por qué se nos muestra esta gloria? ¿Por qué la manifiesta Jesús ante Pedro, Juan y Santiago?

«Sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante»

            Se nos muestra esta gloria para despertar nuestro anhelo por la misma; se nos muestra la gloria del Hijo para anhelarla, desearla y esperarla activamente. Se nos muestra la plena condición filial para despertar nuestra esperanza.

Procesión del Santísimo Sacramento
18 de octubre de 2024
Santuario de Tuparenda

        Ver el rostro luminoso de Jesús nos recuerda el sentido del camino y de la penitencia cuaresmal. Nos recuerda el sentido del camino de toda nuestra vida. La transfiguración del Hijo es también la meta de todos los hijos e hijas de Dios que peregrinamos en esta vida. La plenitud filial es nuestra meta, es nuestro anhelo, es nuestra esperanza.

            Por eso, en estos días cuaresmales, en los cuales estamos llamados a una oración más intensa y más fervorosa, preguntémonos: ¿Qué anhelo en mi vida? ¿A qué aspiro? ¿Hacia qué meta me dirijo día a día? ¿Anhelamos la gloria de Jesús? ¿O nos conformamos con las pequeñas glorias de este mundo?

            Como nos recuerda el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium – La Alegría del Evangelio: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada.”[1]

            ¿Qué anhelamos? ¿Qué anhela mi corazón? ¿Está mi corazón abierto a la voz de Dios; busco su rostro, su luz (cf. Sal 26)? ¿O mi corazón «no aprecia sino las cosas de la tierra» (cf. Flp 3, 19)?

«Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño»

            El texto de san Lucas nos señala que en medio de la experiencia de la transfiguración «Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño» (Lc 9, 32). No conocemos las razones de esto; ¿el cansancio de la subida a la montaña? ¿El cansancio de la vida cotidiana? El texto no lo señala.

            Lo que sí podemos suponer es que los discípulos deben luchar contra su propio cansancio, contra el sueño, para así permanecer despiertos y ver la gloria de Jesús.

            También nosotros, discípulos de hoy debemos luchar por permanecer despiertos, por permanecer atentos, vigilantes y en movimiento. Volvamos a preguntarnos, a cuestionarnos: “¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort?”[2] El sueño es imagen de la dispersión del corazón, de la distracción; de una conciencia dormida, cerrada, indiferente; “clausurada en los propios intereses”.[3]

            ¿Cómo ocurre esto? ¿Cómo se adormece nuestra conciencia? La respuesta está en el texto de la Carta a los Filipenses: «Hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la predicción, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra.» (Flp 3, 18 – 19).

            El Apóstol usa la expresión “su dios es el vientre”; es decir, nuestro propio vientre, nuestros propios instintos se convierten en dioses para nosotros cuando nos dejamos dominar por ellos; cuando nos dejamos dominar  por nuestros caprichos e impulsos. Así vamos adormeciendo nuestra conciencia; vamos clausurando el acceso a nuestra propia interioridad, a nuestro propio corazón. Con ello vamos desordenando nuestra vida y nuestras vinculaciones.

            Para permanecer despiertos, y ser capaces de ver el rostro luminoso de Jesús, también nosotros debemos luchar por no dejarnos dominar por nuestros instintos y egoísmos. La Cuaresma nos ofrece las armas con las cuales hemos de luchar: oración, ayuno y limosna.

            No se tratan de meras prácticas externas y aisladas, sino de verdaderos remedios para nuestros excesos. Verdaderos elementos de nuestra auto-educación diaria. Gracias a estas prácticas –cuando las vivimos auténticamente- vamos ordenando nuestra vida hacia Dios; vamos abriendo nuevamente nuestra interioridad a la Palabra y la voz de Dios; vamos orientando nuestra vida toda hacia el Padre, vamos buscando su rostro (cf. Salmo 26).   

«Busquen mi rostro»

            El salmista lo ha expresado bellamente:

            «Mi corazón sabe que dijiste:

Busquen mi rostro.

Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí» (Salmo 26 [27], 8 – 9).

Una vez más dejémonos cuestionar por la Palabra de Dios: ¿Qué buscamos? ¿Qué anhelamos en la vida? ¿Buscamos el rostro de Jesús o buscamos en las pequeñas glorias del mundo ver nuestro propio rostro?

Como bautizados y aliados estoy seguro que buscamos y anhelamos en los profundo de nuestro corazón el rostro de Jesús. Ese rostro que es reflejo del rostro bondadoso del Padre; en efecto, “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre.”[4]

Así el rostro de Cristo nos revela la misericordia del Padre, pero al mismo tiempo, nos muestra la dignidad de hijos a la que todos estamos llamados. Por ello, el rostro de Jesús es también esperanza de nuestra propia condición filial plena; esperanza de la plenitud de nuestro Bautismo.

Madre de la esperanza pascual

            Que María, Madre de la esperanza pascual, nos eduque en el auténtico espíritu penitencial –en la constante, perseverante y esperanzada auto-educación-, que nos prepara a la luminosa alegría pascual, que nos prepara para participar de «la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8, 21). Que así sea. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

16/03/2025



[1] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 1

[2] FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2025: Caminemos juntos en la esperanza

[3] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 1

[4] FRANCISCO, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, Misericordiae vultus, 1

domingo, 29 de diciembre de 2024

La Natividad del Señor - La luz de la esperanza

La Natividad del Señor – Ciclo C – 2024

Misa de la Noche

Is 9, 1 – 6

Lc 2, 1 – 14

La luz de la esperanza

 

Queridos hermanos y hermanas:

Esta santísima noche está iluminada por la claridad de Cristo[1], por la claridad de su nacimiento entre nosotros. Por medio del misterio de su encarnación y de su nacimiento en el tiempo, Cristo se hace para nosotros luz de esperanza que «ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9).

Una luz clara y serena, una luz fuerte y al mismo tiempo frágil; una luz que se ha de recibir, acoger y hacer crecer, como el Niño de Belén, como la luz que hemos recibido en el día de nuestro Bautismo.

«El pueblo ha visto una gran luz»

            El profeta Isaías expresa de forma poética y hermosa cómo el Niño de Belén es esa luz tan esperada y anhelada que tiene la capacidad de iluminar a todo hombre y a toda mujer:

            «El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz. (…) Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado» (Is 9, 1. 5).

Sí, la gran luz que ha visto el pueblo, la gran luz, cuya claridad recibimos nosotros, es el Niño que nos ha nacido.

            Lo experimentamos en el ámbito natural, en el ámbito de nuestras comunidades y familias. Cuando un niño nos nace, cuando un niño llega a la vida familiar y comunitaria, trae consigo una luz de alegría, ternura y renovación. Una luz que renueva los corazones y la vida familiar. Una luz cuya claridad vuelve a mostrarnos la ternura y la esperanza presentes en el día a día.

            Si esto experimentamos cuando nacen nuestros niños y niñas; ¡cuánto más lo experimentaremos al celebrar y vivir con fe el nacimiento de Jesús Salvador!

«Has multiplicado la alegría»

            Al dirigirse a Dios, dice el profeta: «Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo» (Is 9, 2). Sí, cuando recibimos el don de un niño, cuando nos abrimos al don del Niño de Belén, se multiplica la alegría, pues la luz de la esperanza es capaz de alumbrar las pequeñas y las grandes alegrías de la vida cotidiana.

            Al recibir en esta santa noche la luz del Niño Jesús dejemos que su claridad multiplique nuestra alegría. Pensemos en todas las pequeñas y grandes alegrías que hemos tenido a lo largo de este año: la vida familiar –con sus gozos y desafíos-, el encuentro con los amigos y seres queridos; los pequeños y grandes logros en el ámbito laboral o académico; el conservar la salud o haberla recuperado; el avanzar en proyectos personales o comunitarios; el reencuentro con una persona significativa; el perdón recibido o donado; la vida de oración y fe en la Iglesia.

            Sí, la luz del Niño Jesús, que es luz de esperanza, alumbra nuestra vida toda, y nos muestra que siempre hay razones para volver a creer, para volver a amar, para volver a esperar.

            Al alumbrar nuestras pequeñas y grandes alegrías del día a día, la luz de Jesús nos permite vivir nuestra vida presente llena de sentido y propósito, «con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús» (Tit 2, 12 - 13).

            Es cierto que “necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar.”[2]

            Sí, nuestras pequeñas y grandes alegrías, nuestras pequeñas y grandes esperanzas, en el fondo son manifestación y preparación a la gran esperanza, la feliz esperanza que no es otra que Cristo mismo, Él es nuestra esperanza.[3]

«La gloria del Señor los envolvió con su luz»

            Y siendo Cristo la gran esperanza de nuestra vida, con su nacimiento en medio de nosotros, Él ha querido alcanzarnos y envolvernos con la luz de su esperanza; tal como lo experimentaron los pastores que recibieron el anuncio del nacimiento del Salvador: «se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz» (Lc 2, 9).

           

Pesebre
Iglesia Santa María de la Trinidad.
En esta Noche Buena, dejémonos envolver por la luz del pequeño Niño de Belén, dejémonos envolver por la luz de la esperanza. Que esa luz ilumine todas las dimensiones de nuestra vida y de nuestro corazón. Que esa luz nos muestre que siempre es posible volver a empezar; que siempre es posible volver a creer en lo bueno que hay en el propio corazón y en el corazón de los demás. Que el bien, por pequeño que aparezca, si lo acogemos, crece, madura y fructifica.

            Que la luz que nos trae el pequeño Niño de Belén encienda en nuestros corazones la esperanza; y que así, cada uno de nosotros, se convierta también en un signo, en una luz de esperanza para los demás. De modo que, iluminados por la claridad de Jesucristo, compartamos esa claridad con aquellos que nos rodean y especialmente con aquellos que más necesitan de la luz de la esperanza.

María, Madre de la esperanza

            “En el pobre y pequeño establo de Belén, María muestra al Niño a postores y reyes”[4]; y en esta noche, también nos lo muestra y entrega a nosotros para que lo acojamos en nuestros corazones y en nuestras vidas.

            Al confiarnos a Jesús, María se muestra como Madre de la esperanza, porque hoy Ella vuelve a creer y a esperar en lo bueno que hay en cada uno de nosotros; Ella vuelve a creer y a esperar en nuestra disponibilidad para llevar la luz de la esperanza, la luz de su hijo Jesús a cuantos la anhelan y la necesitan.

Desde Belén, Ella nos envía como peregrinos de la esperanza, para comunicar a todos la buena notica del nacimiento del Salvador, y con ello, la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5), la esperanza que es el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda - Schoenstatt



[1] Cf. MISAL ROMANO, Natividad del Señor, Misa de la Noche, Oración colecta

[2] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 31

[3] Cf. MISAL ROMANO, Domingo de Pascua, Secuencia

[4] Cf. P. J. KENTENICH, Hacia el Padre, 343

lunes, 23 de diciembre de 2024

«María partió y fue sin demora»

Domingo 4° de Adviento – Ciclo C – 2024

María, peregrina de la esperanza

«María partió y fue sin demora»

Lc 1, 39 – 45

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos ya el 4° domingo de Adviento; muy cercanos a la Noche Buena y a la Navidad; muy cercanos a la celebración del Nacimiento del Salvador.

Cercanos también al inicio del Año Santo. En Roma, el Santo Padre dará inicio al Año Santo con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro del Vaticano el 24 de diciembre; en el resto de las diócesis del mundo iniciaremos el año jubilar el domingo 29 de diciembre con una solmene Eucaristía, inspirados por el lema de este jubileo: “Peregrinos de la Esperanza”.

¿Qué significa ser peregrinos de la esperanza? ¿Cómo ser peregrinos de la esperanza en el día a día? Contemplemos a María, para aprender de Ella a caminar por la vida como peregrinos de la esperanza.

Peregrina de la esperanza

            En el evangelio que hemos escuchado hoy (Lc 1, 39 – 45) vemos a María, precisamente, como peregrina de la esperanza: «María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá» (Lc 1, 39).

Recordemos que el pasaje evangélico proclamado hoy es conocido como “la Visitación”; hemos escuchado la primera parte de dicho relato. Este pasaje viene a continuación del relato de “la Anunciación” (Lc 1, 26 – 38). Por lo tanto, María inicia su peregrinación luego de haber escuchado el anuncio del Ángel: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1, 28. 31).

Por lo tanto, es el anuncio, la Buena Noticia, la que pone en movimiento a María. Se trata de la dinámica de la esperanza. Al recibir esta Buena Noticia el corazón se alegra, la inteligencia se ilumina y la voluntad se pone en movimiento. Porque ese anuncio: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo»; «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1, 28. 30 - 31), genera esperanza; la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5), la esperanza que viene de Dios.

Al contemplar hoy a María, tomamos consciencia de que es la esperanza lo que nos pone en movimiento; es la esperanza la que nos moviliza y tiene la capacidad de ponernos en camino, de sacarnos de nuestras parálisis, encierros y tristezas.

Por lo tanto, para ser peregrinos de la esperanza debemos primero volver a escuchar el anuncio de la salvación, volver a escuchar el Evangelio –la Buena Noticia- de que Dios está con nosotros.

Peregrina de la misericordia

Nuestra Señora de los Milagros,
la Virgen de Caacupé.
Basílica Santuario de Caacupé, Paraguay. 
María, peregrina de la esperanza se convierte en peregrina de la misericordia. Ella se pone en camino con prontitud para acompañar y ayudar a su anciana pariente Isabel (cf. Lc 1,7) que lleva ya seis meses de embarazo. Con ello nos muestra que la misericordia “se identifica con tener un corazón solidario con aquellos que tienen necesidad”[1]; pero sobre todo, nos muestra que la misericordia se identifica con la acción concreta en favor de los demás. Sí, la misericordia siempre es concreta, como el amor de una madre.

            Así, con sus obras y palabras, María testimonia la misericordia de Dios que se derrama sobre los hombres «de generación en generación» (Lc 1, 50). Pero al realizar la misericordia con Isabel, María misma recibe a su vez misericordia. María se pone en camino para ayudar y acompañar a Isabel; e Isabel la proclama «bendita entre todas las mujeres» y «feliz por haber creído» en el Señor (Lc 1, 42. 45). Es entonces cuando María entona su cántico de alabanza: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él  miró con bondad la pequeñez de su servidora» (Lc 1, 46b-48).

          Las dos realidades van unidas: realizar misericordia y recibir misericordia. Así lo enseña el mismo Jesús: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). Así lo experimentamos nosotros cuando realizamos la misericordia ayudando con sinceridad: al dar un don, o al dar de nuestro propio tiempo y capacidades, aunque recibamos apenas una sonrisa como muestra de gratitud, experimentamos que como seres humanos necesitamos de esa sonrisa, de esa muestra de cariño y humanidad; y así, también nosotros recibimos misericordia.

            Por ello, a lo largo del Año Santo, queremos ser peregrinos de la esperanza caminando con pasos de misericordia; es decir, realizando concretamente obras de misericordia a favor de nuestros hermanos. Cuando la esperanza cristiana es auténtica, ella se manifiesta en obras de misericordia en favor de los necesitados; obras de misericordia que son signos de esperanza: “Las obras de misericordia son igualmente obras de esperanza, que despiertan en los corazones sentimientos de gratitud.”[2]

Peregrina de la alegría y la alabanza

            Precisamente, es la gratitud de Isabel la que llena de gozo y alegría a María. Isabel proclama: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1, 42. 45).

            En ese momento, María se transforma en peregrina de la alegría y la alabanza, al responder con su propio cántico a la bienaventuranza que Isabel le dedica: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora» (Lc 1, 46 – 48a).

            Así vemos en qué consiste ser peregrinos de la esperanza; vemos que la fe nos lleva a la esperanza; ella a su vez se manifiesta en el amor y la misericordia, y llega a transformarse en cántico de alegría y alabanza «porque el Todopoderoso he hecho grandes cosas» (cf. Lc 1, 49).

            De eso se trata la peregrinación de la esperanza, el camino de la esperanza: fe y esperanza; misericordia y amor; alegría y alabanza. He aquí la síntesis de lo que queremos vivir desde la Navidad durante todo el Jubileo de la Esperanza. Con María queremos ser peregrinos de la esperanza, la misericordia y alegría.

A Ella, la Madre de la Esperanza, le pedimos en oración:

Madre, muéstranos el camino

para que lleguemos a ser auténticos peregrinos de la esperanza;

peregrinos de aquella esperanza que no defrauda,

la de Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda - Schoenstatt



[1] PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PROMOCIÓN DE LA  NUEVA EVANGELIZACIÓN, Las obras de misericordia corporales y espirituales (San Pablo, Buenos Aires 2015), 17

[2] FRANCISCO, Spes non confundit. Bula de convocación del Jubileo Ordinario del año 2025, 11

martes, 22 de octubre de 2024

Madre, en tu Santuario, enséñanos a orar - Tupãrenda 2024

 Fiesta del 18 de Octubre de 2024

Santuario de Tupãrenda

Jn 2, 1 - 11

Madre, en tu Santuario, enséñanos a orar

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos nuevamente un 18 de Octubre; celebramos el día de la Alianza de Amor con María, el día de la Madre Tres Veces Admirable de Schoenstatt  -nuestra querida Mater-, el día del Santuario de Tupãrenda. Y lo hacemos en el contexto del Año de la Oración; por eso, este año en Tupãrenda decimos con fe: “Madre, en tu Santuario, enséñanos a orar.”

«Aquí tienes a tu madre»

El mismo lema de nuestra fiesta es una pequeña oración, es una pequeña jaculatoria en la cual invocamos a María como Madre.

Misa del 18 de Octubre de 2024
Iglesia Santa María de la Trinidad
Santuario de Tup
ãrenda
El llamar a María con el título de Madre, con nuestros labios y nuestros corazones, es ya una oración. Al invocar a María como Madre hacemos nuestro el deseo y la voluntad del mismo Jesús, quien en la cruz, al ver al discípulo amado, le dijo a él y a cada uno de nosotros: «Aquí tienes a tu madre» (Jn 19, 27).

El mismo Señor nos ha entregado a María como Madre, y así, nos ha puesto bajo su cuidado y educación maternal. En el momento de la cruz, es Jesús, quien nos enseña a invocarla como Madre.

Y al hacerlo nos señala precisamente que la oración ha de ser realizada en todo momento y en todo lugar, sea en la alegría como en el dolor. La Iglesia “no ha de abandonar la plegaria en las dificultades ni la acción de gracias en la alegría”.[1]

Invocar a María como Madre es verdadera oración porque vuelve a ubicar a cada bautizado en su realidad e identidad más auténtica: somos hijos e hijas en el Hijo. Al invocar a la Madre volvemos a reconocer nuestra pequeñez, nuestra necesidad de ayuda y así volvemos a hacernos niños ante María y ante Dios. Y al hacernos niños, nos abrimos a recibir el Reino de Dios en nuestras vidas: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». (Lc 18, 16 - 17).

Hay toda una pedagogía, hay toda una sabiduría divina, en invocar a María como Madre en la oración.

La oración, antes que palabras o gestos de culto, es fundamental una actitud.[2] La actitud de ponerse en la presencia de Dios Padre, la actitud de ponerse en la presencia de María como Madre. Esa actitud nos ayuda a tomar consciencia de nuestro ser creaturas ante el Creador, nuestro ser hijos ante el Padre. Y con ello, recobramos la actitud correcta ante la vida y así recibimos la orientación fundamental para nuestra existencia.

La oración se vuelve entonces actitud filial ante Dios, diálogo filial con el Padre, en el cual abrimos el corazón para entregar nuestra vida y para recibir la Palabra que oriente nuestro caminar, nuestra existencia.

Así mismo, invocar a la Madre con el rezo del Santo Rosario, verdadera oración cristocéntrica en la cual contemplamos la vida de Jesús con los ojos de María[3], es encontrar cobijamiento espiritual en el corazón de María y por medio de Ella, en el corazón de Dios. Avemaría tras Avemaría, Ella nos va cobijando y al mismo tiempo nos va transformando. Por la auténtica oración cristiana, nuestro corazón se transforma en un santuario vivo donde María ejerce su acción maternal y educadora. Y así volvemos a experimentar que el que reza nunca está solo[4]. El que reza, constantemente es cobijado, transformado y enviado.

«Hagan todo lo que Él les diga»

En la vivencia de la oración  -sea en el Santuario de Tupãrenda, en el santuario hogar o en el santuario del corazón-, experimentamos no sólo que María nos cobija sino que también nos educa. En una renovado Caná, Ella nos dice: «Hagan todo lo que Él les diga» (Jn 2, 5).

Sí, ante cada petición, ante cada necesidad que presentamos a María en oración, Ella nos señala hacia Jesús, Ella nos invita a escuchar y a seguir sus palabras. Así, en un movimiento orgánico, propio de la vida de la gracia y del Espíritu, nuestra oración de petición a María se convierte en oración de escucha a Cristo Jesús. Pedir a la Madre se transforma, de a poco, en obedecer al Hijo. Es por ello que la auténtica oración mariana es al mismo tiempo auténtica oración cristiana.

Ante nuestras peticiones y necesidades, Jesús nos pide llenar con agua las tinajas (cf. Jn 2, 7), llenar con el agua de la oración nuestros corazones. Es decir, purificar nuestro mundo interior a través de la oración, para que así Él pueda obrar el milagro de nuestra transformación. El agua de la oración se transformará en el vino de la presencia del Espíritu Santo en nuestro corazón. Y con ello nuestra vida volverá a ser una constante boda de Caná, es decir, un constante desposorio entre nuestra pequeñez humana y la misericordia de Dios, un constante unir todas las dimensiones de nuestra vida con el amor de Dios. El que reza nunca está solo.

Y esto es así porque va uniendo todas las dimensiones de su vida, todos los misterios de su vida -gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos- con el Misterio mismo de Dios Uno y Trino. Pero también va uniendo su vida a la vida de los demás. “Rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad. El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás.”[5] El que reza nunca está solo.

El que reza, el que ora, está constantemente con Dios y con los hermanos. El que reza auténticamente es siempre hijo para Dios y hermano para todos los hombres y mujeres. Ese es el sentido más profundo del pasaje de los Hechos de los Apóstoles: «Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1, 14). Íntimamente unidos.

Madre, en tu Santuario, enséñanos a orar

En este día de gracia, en este lugar de gracia, invoquemos una vez más a María como Madre y Educadora. Y dejemos que Ella, en la oración, nos cobije, nos transforme y nos envíe a testimoniar que el que reza nunca está solo, el que cree nunca está solo.

Cada bautizado, cada aliado,  cada orante, está siempre unido a Cristo y a María, está siempre unido a toda la Iglesia.

Hagamos un momento de silencio, y peregrinemos al santuario de nuestro corazón.  Allí, invoquemos una vez más a María:

Madre, en tu  Santuario, enséñanos a orar.

Madre, cobíjanos en tu corazón maternal, para que experimentemos verdaderamente que no estamos solos.

Madre, transformamos con tu corazón educador. Con ternura, aseméjanos a Ti para que escuchemos a tu hijo Jesús y hagamos lo que Él nos diga.

Madre, envíanos a testimoniar la belleza de la fe y de la oración, para que íntimamente unidos a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, caminemos esperanzados hacia el Padre.

Madre, en tu Santuario, enséñanos a orar. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

18 de Octubre de 2024



[1] Cf. MISAL ROMANO, Prefacio de los domingos durante el año X. Prefacio del Espíritu Santo II

[2] Cf. BENEDICTO XVI, Audiencia general, 11 de mayo de 2011

[3] Cf. BENEDICTO XVI, Regina Caeli, 1 de mayo de 2005

[4] Cf, BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 32

[5] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 33