Domingo 2° de
Cuaresma – Ciclo C - 2025
Lc 9, 28b – 36
«Busquen mi
rostro»
Queridos
hermanos y hermanas:
Celebramos el Domingo 2° de Cuaresma;
y al iniciar la segunda semana de este tiempo cuaresmal, la Liturgia de la Palabra pone ante nuestros
ojos y nuestros corazones el relato de la transfiguración del Señor según san
Lucas (Lc 9, 28b – 36).
En el camino cuaresmal se nos
muestra –de forma anticipada- la gloria del Señor Jesús: «Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se
volvieron de una blancura deslumbrante» (Lc 9, 29).
Podríamos decir que iniciando el
tiempo penitencial, la Liturgia
quiere animarnos mostrándonos la gloria del Hijo. ¿Por qué se nos muestra esta
gloria? ¿Por qué la manifiesta Jesús ante Pedro, Juan y Santiago?
«Sus vestiduras
se volvieron de una blancura deslumbrante»
Se nos muestra esta gloria para despertar nuestro anhelo por la misma; se nos muestra la gloria del Hijo para anhelarla, desearla y esperarla activamente. Se nos muestra la plena condición filial para despertar nuestra esperanza.
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Procesión del Santísimo Sacramento 18 de octubre de 2024 Santuario de Tuparenda |
Ver el rostro luminoso de Jesús nos recuerda el sentido del camino y de la penitencia cuaresmal. Nos recuerda el sentido del camino de toda nuestra vida. La transfiguración del Hijo es también la meta de todos los hijos e hijas de Dios que peregrinamos en esta vida. La plenitud filial es nuestra meta, es nuestro anhelo, es nuestra esperanza.
Por eso, en estos días cuaresmales,
en los cuales estamos llamados a una oración más intensa y más fervorosa,
preguntémonos: ¿Qué anhelo en mi vida? ¿A qué aspiro? ¿Hacia qué meta me dirijo
día a día? ¿Anhelamos la gloria de Jesús? ¿O nos conformamos con las pequeñas
glorias de este mundo?
Como nos recuerda el Papa Francisco
en su Exhortación Apostólica Evangelii
Gaudium – La Alegría del Evangelio: “El gran riesgo del mundo actual, con
su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que
brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres
superficiales, de la conciencia aislada.”[1]
¿Qué anhelamos? ¿Qué anhela mi corazón? ¿Está mi corazón
abierto a la voz de Dios; busco su rostro, su luz (cf. Sal 26)? ¿O mi corazón «no
aprecia sino las cosas de la tierra» (cf. Flp 3, 19)?
«Pedro y sus compañeros
tenían mucho sueño»
El texto de san Lucas nos señala que en medio de la
experiencia de la transfiguración «Pedro
y sus compañeros tenían mucho sueño» (Lc
9, 32). No conocemos las razones de esto; ¿el cansancio de la subida a la
montaña? ¿El cansancio de la vida cotidiana? El texto no lo señala.
Lo que sí podemos suponer es que los discípulos deben
luchar contra su propio cansancio, contra el sueño, para así permanecer
despiertos y ver la gloria de Jesús.
También nosotros, discípulos de hoy debemos luchar por
permanecer despiertos, por permanecer atentos, vigilantes y en movimiento. Volvamos
a preguntarnos, a cuestionarnos: “¿Estoy realmente en camino o un poco
paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona
de confort?”[2] El sueño es imagen de la
dispersión del corazón, de la distracción; de una conciencia dormida, cerrada,
indiferente; “clausurada en los propios intereses”.[3]
¿Cómo ocurre esto? ¿Cómo se adormece nuestra conciencia?
La respuesta está en el texto de la Carta
a los Filipenses: «Hay muchos que
se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la predicción, su dios es el vientre, su
gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas
de la tierra.» (Flp 3, 18 – 19).
El Apóstol usa la expresión “su dios es el vientre”; es
decir, nuestro propio vientre, nuestros propios instintos se convierten en
dioses para nosotros cuando nos dejamos dominar por ellos; cuando nos dejamos
dominar por nuestros caprichos e
impulsos. Así vamos adormeciendo nuestra conciencia; vamos clausurando el
acceso a nuestra propia interioridad, a nuestro propio corazón. Con ello vamos
desordenando nuestra vida y nuestras vinculaciones.
Para permanecer despiertos, y ser capaces de ver el
rostro luminoso de Jesús, también nosotros debemos luchar por no dejarnos
dominar por nuestros instintos y egoísmos. La Cuaresma nos ofrece las armas con las cuales hemos de luchar: oración, ayuno y limosna.
No se tratan de meras prácticas externas y aisladas, sino
de verdaderos remedios para nuestros excesos. Verdaderos elementos de nuestra auto-educación
diaria. Gracias a estas prácticas –cuando las vivimos auténticamente- vamos ordenando
nuestra vida hacia Dios; vamos abriendo nuevamente nuestra interioridad a la Palabra
y la voz de Dios; vamos orientando nuestra vida toda hacia el Padre, vamos buscando
su rostro (cf. Salmo 26).
«Busquen mi rostro»
El salmista lo ha expresado bellamente:
«Mi corazón sabe que
dijiste:
Busquen mi rostro.
Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí» (Salmo 26 [27], 8 – 9).
Una vez más dejémonos
cuestionar por la Palabra de Dios: ¿Qué buscamos? ¿Qué anhelamos en la vida? ¿Buscamos
el rostro de Jesús o buscamos en las pequeñas glorias del mundo ver nuestro propio
rostro?
Como bautizados
y aliados estoy seguro que buscamos y anhelamos en los profundo de nuestro corazón
el rostro de Jesús. Ese rostro que es reflejo del rostro bondadoso del Padre; en
efecto, “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre.”[4]
Así el rostro de
Cristo nos revela la misericordia del Padre, pero al mismo tiempo, nos muestra la
dignidad de hijos a la que todos estamos llamados. Por ello, el rostro de Jesús
es también esperanza de nuestra propia condición filial plena; esperanza de la plenitud
de nuestro Bautismo.
Madre de la esperanza
pascual
Que María, Madre de
la esperanza pascual, nos eduque en el auténtico espíritu penitencial –en
la constante, perseverante y esperanzada auto-educación-, que nos prepara a la luminosa
alegría pascual, que nos prepara para participar de «la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8, 21). Que así sea. Amén.
P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.
Rector del
Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt
16/03/2025
[1] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 1
[2]
FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2025:
Caminemos juntos en la esperanza
[3] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 1
[4] FRANCISCO,
Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, Misericordiae vultus, 1