La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

viernes, 20 de febrero de 2026

Miércoles de Ceniza – 2026

 

Miércoles de Ceniza – 2026

Mt 6, 1 - 6. 16 – 18

Convertir el corazón al bien común

Queridos hermanos y hermanas:

            Iniciamos el tiempo de Cuaresma con la celebración de esta Eucaristía y con el rito de la imposición de la ceniza.

Sabemos que “la Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia (…) nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.”[1]

Sí, la Cuaresma, es el tiempo de convertir el corazón hacia Dios; es la oportunidad convertir nuestro corazón desde el egoísmo hacia el amor. Como dice la Escritura: «este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Cor 6, 2).

            En el Paraguay, a través del Año dedicado al Bien Común, la Iglesia nos llama a convertir nuestros corazones hacia el bien común, hacia el bien de todos nosotros.

Convertir el corazón

            Dice el libro del profeta Joel: «Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios» (Jl 2, 12 – 13).

            Al leer este texto bíblico siempre me impresiona la fuerza de la imagen: «desgarren su corazón y no sus vestiduras». Se trata de la llamada apremiante a volver al propio corazón, a la propia interioridad. Podríamos decir que la primera conversión necesaria es la conversión hacia el corazón, hacia la propia interioridad.

           

Esta conversión hacia nuestro mundo interior no busca ser un intimismo cómodo ni una indiferencia ante el prójimo. Al contrario, es una peregrinación hacia lo profundo, con la certeza de que allí nos encontraremos con nuestro ser más auténtico y con Dios, que siempre dirige su Palabra al corazón.

San Agustín expresa la experiencia de la presencia de Dios en el propio corazón en sus Confesiones al decirle al Señor: “Tú me eras más íntimo que mi propia intimidad.”[2]

De allí la necesidad de volver al propio corazón. Se trata de la conversión hacia la interioridad; pasar de la superficialidad, de la indiferencia y de la negligencia espiritual al cultivo de nuestra interioridad, para desde allí, volver a encaminarnos hacia Dios, volver a convertirnos a Él.   

El bien común, el bien de todos nosotros

            Esta conversión no es un simple deseo, una buena intención o un sentimiento. Se trata de pasos concretos, de decisiones, de actitudes. Se trata de responder a una llamada.

            Y Dios -el Dios de la vida y de la providencia- nos llama hoy a convertirnos hacia el bien común. ¿Pero qué es el bien común? Lo intuimos. Entendemos que se trata de un bien que abarca a todos y que desafía a la tendencia egoísta de buscar solamente el propio bien, la propia realización sin referencia alguna a los demás.

“Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social.”[3]

Sí, el bien común es el bien de todos nosotros. Ese «nosotros» formado no solamente por mi familia o mis amigos y seres queridos; ese «nosotros» formado no solamente por los de mi grupo social o partido político. Si no, ese «nosotros» formado por todos los hombres y mujeres; por toda la humanidad. Y en nuestro caso concreto, el «nosotros» formado por todos los paraguayos y por todos los que habitamos esta tierra guaraní en el corazón de América.

Por lo tanto, se trata de un «nosotros» que no excluye ni rechaza a nadie, se trata de un «nosotros» que no olvida a nadie ni lo deja desamparado. Es un «nosotros» amplio como el corazón de Jesús «que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mt 20, 28). Es un «nosotros» amplio como el corazón de nuestra querida Mater, en cuyo santuario nos sentimos en casa, ya que “en un santuario los hijos nos encontramos con nuestra Madre y entre nosotros recordamos que somos hermanos.”[4]

Es un «nosotros» que nace de la conversión del corazón, fruto del amor de Jesús por cada uno y por todos. Es en nuestro corazón donde día a día podemos decidirnos, no solo por nuestro propio bien, sino por el bien común, el bien de todos nosotros. Es en nuestro corazón donde –con ayuda de la gracia- podemos decidirnos a convertirnos desde el egoísmo hacia el bien común.

Cultura de alianza, cultura de solidaridad

            Y esa conversión del corazón hacia el bien común puede generar una verdadera cultura de alianza y solidaridad. Pero inicia en el propio corazón. Para que una sociedad cambie –para que un país llegue a ser una Nación de Dios-, son las personas las que deben cambiar primero. Son los corazones los que deben convertirse para generar nuevas relaciones personales y sociales.

Por ello, al iniciar esta Cuaresma, queremos acoger en nuestros corazones la llamada de Dios. Queremos volver al propio corazón para renovar nuestro encuentro personal con Dios, y así hacernos instrumentos del bien común, del bien de ese «nosotros» conformado por todos los hombres y mujeres de nuestra tierra. Que nadie sea excluido en nuestro corazón de ese «nosotros».

Siempre podemos hacer el bien a los demás, incluso a aquellos que nos han lastimado; siempre podemos orar por ellos y dejar que Jesús toque y sane los corazones. Siempre podemos encauzar nuestras fuerzas y capacidades en el servicio sincero y concreto de los demás, sean cercanos o lejanos. Siempre podemos hacer el bien, por pequeño que sea, y así, cooperar al bien común, al bien de todos.

María, Madre de todos nosotros

            A María, que al pie de la Cruz fue constituida Madre de todos nosotros (cf. Jn 19, 26 - 27), le pedimos que en esta Cuaresma nos ayude a dar los pasos necesarios para volver a nuestro interior. Que, desde el corazón, sepamos ponernos al servicio del bien común y de ese amor que no excluye a nadie, sino que a todos acoge. Amén.           

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

18 de febrero de 2026



[1] LEÓN XIV, Mensaje para la Cuaresma de 2026

[2] SAN AGUSTÍN, Confesiones 3. 6. 11

[3] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 7

[4] FRANCISCO, Homilía, Explanada del santuario mariano de Caacupé, Paraguay, 11 de julio de 2015.

martes, 9 de diciembre de 2025

El bien común, el bien de todos nosotros - Caacupé 2025

 La Inmaculada Concepción de la Virgen María – Solemnidad - 2025

Lc 1, 26 – 38

El bien común, el bien de todos nosotros

 

Fiesta de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé

«Denles ustedes mismos de comer» (Mt 14, 16)

La Virgen María testigo de la Salvación - «Hágase en mí según tu palabra»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, festividad de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé. Al hacerlo recordamos que vamos concluyendo el Jubileo de la esperanza, tiempo de gracia donde quisimos renovar nuestra vocación de peregrinos de esperanza.

Sin embargo, seguimos peregrinando como Pueblo de Dios que camina en el Paraguay; seguimos caminando y María camina con nosotros, desde Caacupé, y desde tantos otros santuarios marianos a lo largo de nuestra patria, “lugares santos de acogida y espacios privilegiados para generar esperanza.”[1]

«Denles ustedes mismo de comer»

            En el Paraguay, desde el año de la esperanza nos encaminamos hacia el año dedicado al bien común. Y no podía ser de otra manera, ya que “en el corazón de toda persona anida la esperanza como deseo y expectativa del bien”[2].

Al dar este paso como Iglesia, recordamos que “nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza?”[3]

            Si Jesús es nuestra esperanza (cf. 1Tim 1, 1), no podemos guardarnos esa esperanza sólo para nosotros mismos con una actitud intimista e indiferente. En efecto, el que ha experimentado el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús siente la necesidad de compartir y comunicar ese amor a los demás. No puede guardarse ese amor y esa esperanza sólo para sí mismo.

            Pues “estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser “para todos”, hace que este sea nuestro modo de ser. Nos compromete a favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos.”[4]

            Así resuena en nuestros oídos y corazones la palabra del Señor: «Denles ustedes mismos de comer» (Mt 14, 16), no como un mandato exterior, sino como dinámica intrínseca del amor de Dios que hemos recibido en Jesús. “Puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro.”[5]

            Porque hemos sido alimentados con el amor de Cristo, podemos también nosotros alimentar a nuestros hermanos con ese mismo amor.

El bien común, el bien de todos nosotros

            Por lo tanto, si “el amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro”[6], comprendemos entonces que como discípulos de Jesús e hijos y aliados de María, Tupãsy Caacupé, estamos llamados a buscar el bien común de nuestros hermanos y hermanas, de nuestra sociedad. Comprendemos que “desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad”[7] cristiana.

            Pero antes de seguir avanzando en nuestra meditación, preguntémonos qué es el bien común del que estamos hablando y con el cual queremos comprometernos siguiendo las palabras de Jesús.

“Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo eficaz.”[8]

Sí, el bien común es el bien de todos nosotros. Ese «nosotros» formado no solamente por mi familia o mis amigos y seres queridos; ese «nosotros» formado no solamente por los de mi grupo social o partido político. Si no, ese «nosotros» formado por todos los hombres y mujeres; por toda la humanidad. Y en nuestro caso concreto, el «nosotros» formado por todos los paraguayos y por todos los que habitamos esta tierra guaraní en el corazón de América.

Por lo tanto, se trata de un «nosotros» que no excluye ni rechaza a nadie, se trata de un «nosotros» que no olvida a nadie ni lo deja desamparado. Es un «nosotros» amplio como el corazón de Jesús «que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mt 20, 28). Es un «nosotros» amplio como el corazón de Tupãsy Caacupé, en cuyo santuario nos sentimos en casa, porque “en un santuario los hijos nos encontramos con nuestra Madre y entre nosotros recordamos que somos hermanos.”[9]

Es un «nosotros» que nace de la conversión del corazón, fruto del amor de Jesús por cada uno y por todos. Es en nuestro corazón donde día a día podemos decidirnos, no solo por nuestro propio bien, sino por el bien común, el bien de todos nosotros. Nuestra “fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que con ello le confiere una dignidad infinita”[10].  

«Hágase en mí según tu palabra»

            Solamente necesitamos -como María en Nazaret- abrir los oídos y el corazón a la palabra de Dios que se nos dirige cada día a través de la Sagrada Escritura y de los acontecimientos de nuestra vida cotidiana.

            En cada acontecimiento, en cada hombre y mujer, de diversas maneras Dios sale a nuestro encuentro y también a nosotros nos saluda diciendo: «Alégrate, estoy contigo» (cf, Lc 1, 28). Ese saludo, que es siempre acontecimiento de fe y salvación que se da en la vida de cada uno, nos llena de alegría y esperanza. Y por ello nos mueve a hacer nuestras las palabras y la actitud de María: «que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1, 38).

           


Al acoger el plan de Dios en su vida, María no sólo cooperó para la realización de su bien individual, sino que, respondiendo fielmente a su vocación se hizo instrumento del bien común, del bien de todos nosotros, de toda la Iglesia, de toda la humanidad.

Acogiendo en su seno al Salvador, al Hijo de Dios hecho carne, María acogió a Aquél que entregando su vida en la cruz y resucitando, abriría el camino del auténtico bien común para todos los hombres y para todo el hombre.

Por ello, también nosotros queremos volver a acoger en nuestros corazones la palabra de Dios, para así hacernos instrumentos del bien común, del bien de ese «nosotros» conformado por todos los hombres y mujeres de nuestra tierra. Que nadie sea excluido en nuestro corazón de ese «nosotros».

Siempre podemos hacer el bien a los demás, incluso a aquellos que nos han lastimado; siempre podemos orar por ellos y dejar que Jesús toque y sane los corazones. Siempre podemos encauzar nuestras fuerzas y capacidades en el servicio sincero y concreto de los demás, sean cercanos o lejanos. Siempre podemos hacer el bien, por pequeño que sea, y así, cooperar al bien común, al bien de todos.

Tupãsy Caacupé, Madre de todos nosotros

Contemplemos a María, Tupãsy Caacupé; a Ella que al dar su sí al ángel de Dios se hizo instrumento del auténtico bien de todos los hombres y mujeres (cf. Lc 1, 38); a Ella que al pie de la cruz se hizo Madre del «nosotros» de la Iglesia y de la humanidad (cf. Jn 19, 26 - 27); a Ella que elevada a los cielos brilla como Estrella de la esperanza[11]; y pidámosle en este  su santuario:

 

Tupãsy Caacupé,

Madre de Dios y Madre de todos nosotros,

enséñanos a escuchar la Palabra de Dios,

para que nuestro corazón sea amplio en el amor

y generoso en el servicio sincero a los demás.

 

Que como hijos y aliados tuyos seamos instrumentos

en la realización del bien en favor de todos los hijos e hijas de esta tierra.

 

Que por la palabra de Cristo Jesús;

y por nuestra colaboración en su obra de redención,

Paraguay llegue a ser una Nación de Dios

en la cual todos encuentren las condiciones necesarias

para llegar a desarrollar plenamente su vocación humana y cristiana,

a imagen de Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

8 de diciembre de 2025   



[1] FRANCISCO, Spes non confundit, 24

[2] FRANCISCO, Spes non confundit, 1

[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 48

[4] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 28

[5] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 1

[6] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 28

[7] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 7

[8] Ibídem

[9] FRANCISCO, Homilía, Explanada del santuario mariano de Caacupé, Paraguay, 11 de julio de 2015.

[10] FRANCISCO, Fratelli tutti, 84

[11] Cf. MISAL ROMANO, Prefacio de la Santísima Virgen María III. María, signo de consuelo y de esperanza.

miércoles, 6 de agosto de 2025

«Que nuestro corazón alcance la sabiduría»

Domingo 18° del tiempo durante el año – Ciclo C

Lc 12, 13 – 21

Sal 89, 3-6. 12-14. 17

«Que nuestro corazón alcance la sabiduría»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra de este domingo inicia con un texto tomado de la literatura sapiencial bíblica: el Libro del Eclesiastés o Cohélet. Así, la Palabra hoy nos invita a adentrarnos en la sabiduría bíblica, en la concepción de sabiduría según la Biblia.

            ¿Quién es el hombre sabio de acuerdo con la Biblia? Si recorremos sus páginas con atención nos daremos cuenta de que para la Biblia el sabio no es el erudito, el hombre que posee mucho conocimiento intelectual o maneja mucha información. En realidad, según el criterio bíblico, el hombre sabio es aquel que vive su vida a la luz de la Palabra de Dios; el que vive su vida en una relación viva con Dios y así va adquiriendo –en la experiencia de esa relación viva- la sabiduría, el auténtico sabor de la vida.

«¡Vanidad, pura vanidad!»

            Dice el sabio Cohélet:

«¡Vanidad, pura vanidad! (…) Porque un hombre que ha trabajado con sabiduría, con ciencia y eficacia, tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo. También esto es vanidad y una gran desgracia.» (Ecl 1, 2).

            Aparentemente el sabio se queja por los esfuerzos que demanda la vida; aparentemente experimenta la frustración de no ver el fruto de sus esfuerzos, o experimenta la desazón de no ver cumplidas sus expectativas o realizados sus proyectos. Ante tal perspectiva surge la reflexión resignada: «¡Vanidad, pura vanidad!».

         También nosotros, a veces, en determinados momentos de nuestra vida, experimentamos la vanidad de nuestros esfuerzos; la vanidad de nuestras propias ideas y proyectos, la vanidad –es decir, la vaciedad- de nuestro estilo de vida y de todo aquello en los cual pusimos nuestros esfuerzos y nuestro corazón esperando encontrar la felicidad.

            A veces, en momentos de frustración y desazón nos decimos a nosotros mismo: “me esfuerzo y no lo consigo”; “trato y no puedo”; “trabajo y nadie lo nota ni me reconoce”; “busco atención y no la encuentro”. «¡Vanidad, pura vanidad!». ¿De qué sirve todo lo que hemos hecho? ¿Toda la energía, tiempo atención que le hemos dedicado a algo o a alguien? «¡Vanidad, pura vanidad!».

            Cuando nuestro corazón se frustra de esta manera, es necesario, parar un momento, y preguntarnos, cuestionarnos: ¿por qué la vida se nos ha vuelto vana, vacía, sin sentido? ¿Cuál es la fuente de esa angustia, de esa tristeza, de ese sin sentido? 

«Insensato»

            La respuesta a estos interrogantes la encontramos en el Evangelio, en las palabras de Jesús. Dice el Señor:

«Insensato (…) Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y nos es rico a los ojos de Dios.» (Lc 12, 20. 21).

            La vida se nos vuelve un sin sentido cuando acumulamos sólo para nosotros mismos; cuando nos buscamos sólo a nosotros mismos y olvidamos a Dios y a los demás. Cuando nos dedicamos solamente a acumular bienes, tiempo, comodidades y placeres; la vida pierde su sentido, pierde su sabor, pierde su alegría y belleza.

            “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida.”[1]

            «Cuídense de la avaricia»; es decir, de ese constante querer para uno, de ese constante consumir que nunca se sacia; que nunca sacia el corazón.

« Que nuestro corazón alcance la sabiduría »

            Nosotros no queremos ser insensatos, no queremos llevar una vida vana, sin sentido. Al contrario, tal y como lo dice el salmista, anhelamos un «corazón [que] alcance la sabiduría» (Sal 89, 12), un corazón que sepa vivir la vida con sentido y con propósito.

            Y por ello volvemos a acudir a Jesús, tal y como lo hacen los discípulos:

            «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna» (Jn 6, 68).

            “Jesús que dijo de sí mismo que había venido para que nosotros tengamos la vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. Jn 10,10), nos explicó también qué significa «vida»: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación.”[2]

           

Ofertorio de la Misa
Iglesia Santa María de la Trinidad
Cuando vivimos en relación con Dios y con los demás; cuando vivimos en alianza con Dios y con los demás; entonces vivimos. Entonces nuestra vida adquiere sentido, incluso en medio de la dificultad y del sufrimiento. Porque descubrimos que viviendo nuestra vida con amor –con propósito, en servicio a los demás, y en comunión con los demás-, nuestra vida se hace plena y nuestro corazón se sacia de aquello que tanto busca: sentido y amor.

            Con María, Madre de la Sabiduría, le pedimos al Señor:

            «Enséñanos a calcular nuestros años,

para que nuestro corazón alcance la sabiduría»;

esa sabiduría que da sentido a nuestras alegrías y penas;

esa sabiduría que nos llena de esperanza y

nos permite seguir peregrinando día a día,

con la certeza de que llegaremos a la Casa del Padre,

donde Él saciará el anhelo de nuestro corazón. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda - Schoenstatt



[1] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2

[2] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 27

domingo, 11 de mayo de 2025

Habemus Papam 2025

Habemus Papam 2025

Elección del Papa León XIV


            Eran alrededor de las 13:10 horas del jueves 8 de mayo de 2025 cuando a través de un mensaje de WhatsApp me enteré de la “fumata blanca”; la esperada señal desde la chimenea instalada en el techo de la Capilla Sixtina.

Desde el inicio del Cónclave 2025 –el 7 de mayo- los ojos del mundo estaban puestos en esa chimenea: cámaras fotográficas; cámaras de televisión y por supuesto redes sociales y medios de comunicación a través de Internet. Todos esperábamos la señal de que un nuevo Papa, un nuevo Obispo de Roma, había sido elegido.

Los anteriores anuncios papales

            Al tratar de poner por escrito mis primeras impresiones de estos días de cónclave, elección y anuncio, no puedo evitar recordar los anteriores anuncios papales que me tocó vivir.

            El primero para mí fue el del 2005. El 19 de abril de 2005, fue elegido papa el cardenal Joseph Ratzinger, quien tomó el nombre de Benedicto XVI.

            En ese entonces yo era novicio de los Padres de Schoenstatt y estaba realizando mi práctica social en el Hospital Interzonal General de Agudos de la ciudad de Mar del Plata, Argentina.

Es el alemán

            En medio de las tareas de auxiliar de enfermería que me habían asignado a mí y a otros dos hermanos de comunidad, uno de los pacientes nos dice: “ya tienen nuevo jefe; es el alemán”. Enseguida nos dimos cuenta de que se trataba  del cardenal Ratzinger.

            En ese entonces todavía no había redes sociales, y las noticias no tenían la inmediatez actual. Recuerdo que compramos diarios y allí nos fuimos enterando del Habemus Papam y de las primeras palabras y bendición del papa Benedicto XVI.

            Debo admitir que Ratzinger tenía bastante mala prensa como el “cardenal de la inquisición”; y algo de esa mala prensa permeó mi primera impresión. Después de tantos años de papado de Juan Pablo II, era extraño escuchar en Misa un nombre tan poco común en ese entonces: Benedicto.

            Sin embargo, con el tiempo, y sobre todo con su primera encíclica, Deus caritas est, lo fui descubriendo, apreciando y admirando. Él había puesto palabras a mi propia experiencia de fe con Schoenstatt: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[1]

            Imposible para mí olvidar su histórica renuncia al papado. Escuché esa noticia siendo estudiante y preparando el examen para el Bachillerato en Teología en la Pontifica Universidad Católica de Chile, en Santiago, el 11 de febrero de 2013.

Georgium Marium

            Lo que me lleva al cónclave del 2013 y el anuncio de la elección del papa Francisco. El 13 de marzo de 2013, estando en el Colegio Mayor Padre José Kentenich, nos enteramos de la “fumata blanca”. Todos los seminaristas nos dirigimos apresuradamente a la sala de la televisión para escuchar el anuncio, y luego ver al nuevo Papa.

            Recuerdo que fui de los primeros en comprender que el Cardenal Bergoglio, entonces Arzobispo de Buenos Aires, Argentina, había sido elegido Papa. Al escuchar los nombres Georgium Marium, pronunciados por el cardenal protodiácono, supe que era Él. Pero la sorpresa mayor vino con la elección del nombre papal: Francisco.

            Y mayor fue mi sorpresa al verlo solamente con la sotana papal blanca, sin muceta ni estola –la cual se la puso posteriormente para impartir su primera bendición Urbi et Orbi-.

            Sin embargo, de ese día recuerdo el momento de silencio y oración que vivimos todos –tanto los que estaban en la Plaza de San Pedro como los que seguíamos desde lejos los acontecimientos- cuando el papa Francisco pidió la oración del pueblo de Dios por el Obispo de Roma.

¡Prevost!

             Finalmente llegamos al 8 de mayo de 2025. Una vez más el annuntio vobis gaudium magnum, me agarra inesperadamente fuera de Paraguay. Estoy en Argentina, cursando presencialmente una Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Católica Argentina.

            Y de hecho, a través de un mensaje de WhatsApp, en el grupo de la Facultad de Derecho Canónico, me enteré de la “fumata blanca”. ¡Los cardenales eligieron Papa! ¡Un nuevo Obispo de Roma!

            Debo decir que me sorprendió la relativa rapidez de la elección. Por alguna razón imaginé un cónclave un poco más largo. Tal vez la prensa contribuyó a eso. Eran varios los artículos en Internet que aseguraban una cierta división en el colegio de cardenales sobre cuál debería ser el perfil del nuevo Sucesor de san Pedro. Más de uno se preguntaba: ¿será progresista o conservador? ¿Será europeo, asiático o africano? ¿Seguirá la línea de Francisco o no?

            Todo eso hacía imaginar un cónclave un poco más largo. Además de la lista de “papables” según los distintos medios de comunicación y los vaticanistas ad hoc.  

            Y sin embargo, Dios que siempre nos excede, que siempre nos “primerea” –a decir del papa Francisco-, una vez más nos sorprendió. El segundo día del cónclave, en la cuarta ronda de votaciones, el cardenal Robert Francis Prevost, fue elegido Sucesor de san Pedro.

            Con mis hermanos de comunidad seguimos la transmisión a través de la página web Vatican Media. Quisimos asegurarnos de seguir un buen recuento de los acontecimientos que se estaban viviendo en la Plaza de san Pedro. Pero esta vez, sí que el Habemus Papam se da en el contexto de la inmediatez de las redes sociales.

            Por un momento la señal de Vatican Media se retrasó, y por medio de un mensaje de WhatsApp un hermano de comunidad escribía: “¡Prevost! Dios es grande y nos quiere”.

            Mi primera impresión fue; ¡un estadounidense! Pero luego de que la señal de Vatican Media retomó su conexión –entre medio nos perdimos al anuncio del cardenal protodiácono- y pudimos ver ya al nuevo papa, León XIV, mi primera impresión cambió.

            Admito que me alegró verlo vestir el hábito coral completo del Papa. Pero sobre todo su rostro me transmitió paz y una serena alegría. En el balcón central de la fachada de la Basílica de San Pedro, se veía a este hombre sereno que contemplaba a gran parte del pueblo que Dios le confió. Serenidad, contenida emoción y alegría.

La paz esté con todos ustedes

            Y todo esto se confirmó al escuchar sus primeras palabras a Roma y al mundo: “¡La paz esté con todos ustedes! Este es el primer saludo de Cristo resucitado, el Buen Pastor, que ha dado la vida por la grey de Dios. También yo quisiera que este saludo de paz entre en sus corazones, llegue a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz esté con ustedes!”[2]

            Su llamado tan claro a la paz me tocó, y estoy seguro tocó el corazón de muchos hombres y mujeres. Con una voz serena pero fuerte, el Vicario de Cristo, nos llamaba y nos marcaba el camino: el camino de la paz.

           

Paz para tantos conflictos internacionales y globales; pero paz también para tantos pequeños grandes conflictos en las comunidades, en las familias, y en el corazón de cada uno de nosotros. La paz que proviene de Cristo Resucitado, “una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente.”[3] 

            En el resto de su primer discurso es claro que asume las grandes líneas del papa Francisco –hoy en día, líneas de toda la Iglesia-: sinodalidad, misión y misericordia. León XIV, desde su originalidad agustiniana y americana –tanto por su proveniencia norteamericana como por su experiencia peruana- asume el legado de Francisco, y lo lleva hacia adelante -también con la referencia a León XIII y su Rerum novarum-: “Sin miedo, unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros sigamos adelante. Somos discípulos de Cristo. Cristo nos precede.”[4] 

            Sí, Cristo nos precede. Y una vez más nos ha regalado un Pastor, nos ha regalado a Pedro, nos ha regalado a León XIV. Caminemos juntos; caminos con nuestro Papa detrás de Jesucristo y con María, Madre de la Iglesia; Madre de la Paz; Madre de la Esperanza.

            El Papa León me llena de alegría y esperanza. La vida es un camino. Caminemos con el Papa, llenos de esperanza; somos peregrinos de esperanza. Muchos peregrinos, que en el único Cristo, nos hacemos uno: In Illo uno unum; es decir, en el único Cristo nos hacemos uno.[5]

 

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

9 de mayo de 2025

Facultad de Derecho Canónico, UC Argentina



[1] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 1

[2] LEÓN XIV, Primera bendición «Urbi et Orbi» del Santo Padre León XIV, 08.05.2025 [en línea]. [fecha de consulta: 11 de mayo de 2025]. Disponible en: <https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/05/08/080525a.html>

[3] Ibídem

[4] Ibídem

[5] Cf. VATICAN NEWS, Fue publicado el escudo y el lema del Papa León XIV [en línea]. [fecha de consulta: 11 de mayo de 2025]. Disponible en:< https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-05/fue-publicado-el-escudo-y-el-lema-del-papa-leon-xiv.html>