La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

martes, 31 de marzo de 2026

Domingo de Ramos - 2026

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo A – 2026

Mt 21, 1 – 11

Mt 26, 3 – 5. 14 – 27, 66

El Señor los necesita – El Señor nos necesita

Queridos hermanos y hermanas:

            Con la Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y la solemne proclamación de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo hemos iniciado la gran semana de nuestra fe, la Semana Santa.

            Durante estos días santos queremos adentrarnos en el Misterio Pascual de Cristo Jesús -en su pasión, muerte y resurrección-; se trata del acontecimiento central de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Este es el centro de nuestra fe, el fundamento de nuestra esperanza y la fuente de nuestro amor.

            Como dice san Pablo: «Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados. Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos.» (1 Cor 15, 17. 19 – 20).

            Sí, verdaderamente Cristo murió y resucitó para salvarnos y liberarnos “del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento.”[1]

Camino de liberación

            Precisamente al conmemorar la entrada del Señor en Jerusalén contemplamos el inicio de lo que podríamos llamar un camino de liberación. Es cierto que el camino de Jesús hacia Jerusalén inició ya en los comienzos de su vida pública y su ministerio, cuando anunciaba: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4, 17).

            Sí, la liberación que nos quiere traer Jesús inicia con la escucha de su palabra y con la acogida sincera de la llamada a la conversión. De eso se trató la Cuaresma, de eso se trata la vida cristiana: de convertirnos hacia el Señor Jesús; de dejarnos convertir hacia Él y su amor. Convertirnos desde nuestros egoísmos y pecados hacia su amor, ternura y misericordia.

            Toda conversión es siempre un camino. Y muchas veces en el camino de la conversión daremos pasos confiados hacia adelante, y luego, retrocederemos con tristeza y frustración. Pero no debemos perder la esperanza. A todos el Señor nos llama siempre de nuevo a convertirnos hacia Él, a caminar con Él hacia el Reino que está cerca: en medio de nosotros, en medio de la comunidad y en nuestro propio corazón cuando con sinceridad nos abrimos al amor de Dios y de nuestros hermanos.

            Pero este camino de conversión que iniciamos hoy tiene un horizonte que no podemos eludir: la Pasión. La misma asamblea que hoy aclama «¡Hosanna al Hijo de David!» es la que, pocos días después, gritará «¡Crucifícalo!» (cf. Mt 27, 22). Este contraste no es un accidente del relato; es el corazón de este domingo. Jesús entra en Jerusalén sabiendo lo que le espera. Entra libremente, en paz, montado sobre una humilde asna. La conversión que Él nos propone no nos ahorra el paso por la cruz; nos acompaña en él.

            Así todo camino de conversión, para que pueda ser constante y auténtico –además de ser sostenido por la gracia de Dios- debe ir acompañado del servicio sincero a los demás. Pues ahí se manifiesta concretamente la conversión: en el paso que damos desde el egoísmo de buscar sólo nuestro propio bien hacia el amor generoso y creativo que busca el bien de los demás.

Ahí se manifiesta la cruz y la resurrección en nuestra vida cotidiana: morir al egoísmo y vivir con Jesús para los demás.   

El Señor los necesita – El Señor nos necesita

            Con este anhelo de convertirnos hacia el amor que hace el bien a los demás, volvamos nuestra mirada hacia el texto evangélico que se proclamó en la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén (Mt  21, 1 - 11) y fijémonos en un personaje al cual no solemos prestarle mucha atención y que sin embargo cumple una importante misión el día de los Ramos: el burrito; o como dice el texto, la «asna atada» (Mt 21, 2).

            Jesús da instrucciones a sus discípulos para que desaten a la asna y su cría y los traigan junto a Él, y agrega: «si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a devolver enseguida”.» (Mt 21, 3).

            Sabemos que Jesús quiso necesitar de ese sencillo animal para realizar su entrada mesiánica en Jerusalén y así cumplir la profecía:

            «Digan a la hija de Sion:

            Mira que tu rey viene hacia ti,

            humilde y montado sobre un asna,

            sobre la cría de un animal de carga.» (Mt 21, 5).

           

El Señor de las Palmas
Tup
ãrenda, Marzo 2026

¡Cuán sencillo el instrumento que el Señor se escogió! ¡Cuán pequeño y cuán grande fue su misión! «El Señor los necesita». Esta es la frase clave sobre la cual quisiera que meditemos.

            Por más humilde, por más sencillo que sea el instrumento: «El Señor lo necesita». Y así como Jesús quiso necesitar de la humilde asna y de su cría; así también, el Señor nos necesita a cada uno de nosotros para llevarlo a Él, su Palabra y su testimonio a otros.

Pensando en esto, viene a mi mente el Siervo de Dios João Luiz Pozzobon, “diácono permanente y padre de familia brasileño, conocido como el “burrito de la Mater” por su incansable labor de evangelización con la imagen de la Virgen Peregrina.”[2]

            Sí, en su sencillez Pozzobon se consideraba a sí mismo como un “burrito de la Mater”, un pequeño instrumento con una gran misión de evangelización, una misión original que llevó a cabo con sus capacidades y límites. Él comprendió que el Señor nos necesita. Él comprendió que “para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad.”[3]

El bien común

            Así, a través del apostolado y del servicio, nuestro camino de conversión se va haciendo un camino de santidad; un camino único y original donde volvemos a creer –una y otra vez- que el Señor Jesús nos ama, nos llama, y nos necesita para caminar con Él y llevarlo a los demás.

            No debemos pasar por alto que cuando la pequeña asna cumplió su misión, no lo hizo para sí misma. Lo que cargó sobre su lomo benefició a toda Jerusalén y más allá: «toda la ciudad se conmovió» (Mt 21, 10). El servicio auténtico nunca es privado. Tiene siempre una dimensión comunitaria, social, que los teólogos llaman bien común.  

       No importa cuán pequeñas sean nuestras capacidades; no importa cuánto experimentemos nuestra propia fragilidad y limitación. Lo importante es dejarnos liberar por el Señor Jesús y creyendo en su llamado, ponernos en camino para servir a los demás.

            Y este camino de conversión –que es camino de santidad- nos pondrá al servicio del bien común, ese bien que no buscamos sólo para nosotros mismos, sino para los demás, para toda nuestra comunidad, para toda nuestra sociedad, para “todos nosotros” sin excluir a nadie.[4]

            Iniciemos hoy –una vez más- un camino de conversión y santidad. Sigamos a Jesús, quien entregando su vida en la cruz y resucitando, abrió el camino del auténtico bien común para todos los hombres y para todo el hombre.

En este camino no estamos solos: María estuvo al pie de la cruz cuando todos habían huido (cf. Jn 19, 25); Ella conoce el peso del camino y nos acompaña en él.

            Como pequeños instrumentos de María, portemos en el día a día al Salvador, a quien aclamamos con nuestros labios y nuestras vidas:

            «¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!».

A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

29/03/2026



[1] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1

[2] ADN CELAM, João Luiz Pozzobon, “burrito de la Mater”, más cerca de los altares [en línea]. [Fecha de consulta: 28 de marzo de 2026]. Disponible en: < Brasil: João Luiz Pozzobon, “burrito de la Mater”, más cerca de los altares - ADN Celam>

[3] FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 19

[4] Cf. BENEDICTO XVI, Caritas in Veirtate, 7

viernes, 20 de febrero de 2026

Miércoles de Ceniza – 2026

 

Miércoles de Ceniza – 2026

Mt 6, 1 - 6. 16 – 18

Convertir el corazón al bien común

Queridos hermanos y hermanas:

            Iniciamos el tiempo de Cuaresma con la celebración de esta Eucaristía y con el rito de la imposición de la ceniza.

Sabemos que “la Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia (…) nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.”[1]

Sí, la Cuaresma, es el tiempo de convertir el corazón hacia Dios; es la oportunidad convertir nuestro corazón desde el egoísmo hacia el amor. Como dice la Escritura: «este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Cor 6, 2).

            En el Paraguay, a través del Año dedicado al Bien Común, la Iglesia nos llama a convertir nuestros corazones hacia el bien común, hacia el bien de todos nosotros.

Convertir el corazón

            Dice el libro del profeta Joel: «Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios» (Jl 2, 12 – 13).

            Al leer este texto bíblico siempre me impresiona la fuerza de la imagen: «desgarren su corazón y no sus vestiduras». Se trata de la llamada apremiante a volver al propio corazón, a la propia interioridad. Podríamos decir que la primera conversión necesaria es la conversión hacia el corazón, hacia la propia interioridad.

           

Esta conversión hacia nuestro mundo interior no busca ser un intimismo cómodo ni una indiferencia ante el prójimo. Al contrario, es una peregrinación hacia lo profundo, con la certeza de que allí nos encontraremos con nuestro ser más auténtico y con Dios, que siempre dirige su Palabra al corazón.

San Agustín expresa la experiencia de la presencia de Dios en el propio corazón en sus Confesiones al decirle al Señor: “Tú me eras más íntimo que mi propia intimidad.”[2]

De allí la necesidad de volver al propio corazón. Se trata de la conversión hacia la interioridad; pasar de la superficialidad, de la indiferencia y de la negligencia espiritual al cultivo de nuestra interioridad, para desde allí, volver a encaminarnos hacia Dios, volver a convertirnos a Él.   

El bien común, el bien de todos nosotros

            Esta conversión no es un simple deseo, una buena intención o un sentimiento. Se trata de pasos concretos, de decisiones, de actitudes. Se trata de responder a una llamada.

            Y Dios -el Dios de la vida y de la providencia- nos llama hoy a convertirnos hacia el bien común. ¿Pero qué es el bien común? Lo intuimos. Entendemos que se trata de un bien que abarca a todos y que desafía a la tendencia egoísta de buscar solamente el propio bien, la propia realización sin referencia alguna a los demás.

“Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social.”[3]

Sí, el bien común es el bien de todos nosotros. Ese «nosotros» formado no solamente por mi familia o mis amigos y seres queridos; ese «nosotros» formado no solamente por los de mi grupo social o partido político. Si no, ese «nosotros» formado por todos los hombres y mujeres; por toda la humanidad. Y en nuestro caso concreto, el «nosotros» formado por todos los paraguayos y por todos los que habitamos esta tierra guaraní en el corazón de América.

Por lo tanto, se trata de un «nosotros» que no excluye ni rechaza a nadie, se trata de un «nosotros» que no olvida a nadie ni lo deja desamparado. Es un «nosotros» amplio como el corazón de Jesús «que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mt 20, 28). Es un «nosotros» amplio como el corazón de nuestra querida Mater, en cuyo santuario nos sentimos en casa, ya que “en un santuario los hijos nos encontramos con nuestra Madre y entre nosotros recordamos que somos hermanos.”[4]

Es un «nosotros» que nace de la conversión del corazón, fruto del amor de Jesús por cada uno y por todos. Es en nuestro corazón donde día a día podemos decidirnos, no solo por nuestro propio bien, sino por el bien común, el bien de todos nosotros. Es en nuestro corazón donde –con ayuda de la gracia- podemos decidirnos a convertirnos desde el egoísmo hacia el bien común.

Cultura de alianza, cultura de solidaridad

            Y esa conversión del corazón hacia el bien común puede generar una verdadera cultura de alianza y solidaridad. Pero inicia en el propio corazón. Para que una sociedad cambie –para que un país llegue a ser una Nación de Dios-, son las personas las que deben cambiar primero. Son los corazones los que deben convertirse para generar nuevas relaciones personales y sociales.

Por ello, al iniciar esta Cuaresma, queremos acoger en nuestros corazones la llamada de Dios. Queremos volver al propio corazón para renovar nuestro encuentro personal con Dios, y así hacernos instrumentos del bien común, del bien de ese «nosotros» conformado por todos los hombres y mujeres de nuestra tierra. Que nadie sea excluido en nuestro corazón de ese «nosotros».

Siempre podemos hacer el bien a los demás, incluso a aquellos que nos han lastimado; siempre podemos orar por ellos y dejar que Jesús toque y sane los corazones. Siempre podemos encauzar nuestras fuerzas y capacidades en el servicio sincero y concreto de los demás, sean cercanos o lejanos. Siempre podemos hacer el bien, por pequeño que sea, y así, cooperar al bien común, al bien de todos.

María, Madre de todos nosotros

            A María, que al pie de la Cruz fue constituida Madre de todos nosotros (cf. Jn 19, 26 - 27), le pedimos que en esta Cuaresma nos ayude a dar los pasos necesarios para volver a nuestro interior. Que, desde el corazón, sepamos ponernos al servicio del bien común y de ese amor que no excluye a nadie, sino que a todos acoge. Amén.           

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

18 de febrero de 2026



[1] LEÓN XIV, Mensaje para la Cuaresma de 2026

[2] SAN AGUSTÍN, Confesiones 3. 6. 11

[3] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 7

[4] FRANCISCO, Homilía, Explanada del santuario mariano de Caacupé, Paraguay, 11 de julio de 2015.

martes, 9 de diciembre de 2025

El bien común, el bien de todos nosotros - Caacupé 2025

 La Inmaculada Concepción de la Virgen María – Solemnidad - 2025

Lc 1, 26 – 38

El bien común, el bien de todos nosotros

 

Fiesta de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé

«Denles ustedes mismos de comer» (Mt 14, 16)

La Virgen María testigo de la Salvación - «Hágase en mí según tu palabra»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, festividad de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé. Al hacerlo recordamos que vamos concluyendo el Jubileo de la esperanza, tiempo de gracia donde quisimos renovar nuestra vocación de peregrinos de esperanza.

Sin embargo, seguimos peregrinando como Pueblo de Dios que camina en el Paraguay; seguimos caminando y María camina con nosotros, desde Caacupé, y desde tantos otros santuarios marianos a lo largo de nuestra patria, “lugares santos de acogida y espacios privilegiados para generar esperanza.”[1]

«Denles ustedes mismo de comer»

            En el Paraguay, desde el año de la esperanza nos encaminamos hacia el año dedicado al bien común. Y no podía ser de otra manera, ya que “en el corazón de toda persona anida la esperanza como deseo y expectativa del bien”[2].

Al dar este paso como Iglesia, recordamos que “nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza?”[3]

            Si Jesús es nuestra esperanza (cf. 1Tim 1, 1), no podemos guardarnos esa esperanza sólo para nosotros mismos con una actitud intimista e indiferente. En efecto, el que ha experimentado el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús siente la necesidad de compartir y comunicar ese amor a los demás. No puede guardarse ese amor y esa esperanza sólo para sí mismo.

            Pues “estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser “para todos”, hace que este sea nuestro modo de ser. Nos compromete a favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos.”[4]

            Así resuena en nuestros oídos y corazones la palabra del Señor: «Denles ustedes mismos de comer» (Mt 14, 16), no como un mandato exterior, sino como dinámica intrínseca del amor de Dios que hemos recibido en Jesús. “Puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro.”[5]

            Porque hemos sido alimentados con el amor de Cristo, podemos también nosotros alimentar a nuestros hermanos con ese mismo amor.

El bien común, el bien de todos nosotros

            Por lo tanto, si “el amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro”[6], comprendemos entonces que como discípulos de Jesús e hijos y aliados de María, Tupãsy Caacupé, estamos llamados a buscar el bien común de nuestros hermanos y hermanas, de nuestra sociedad. Comprendemos que “desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad”[7] cristiana.

            Pero antes de seguir avanzando en nuestra meditación, preguntémonos qué es el bien común del que estamos hablando y con el cual queremos comprometernos siguiendo las palabras de Jesús.

“Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo eficaz.”[8]

Sí, el bien común es el bien de todos nosotros. Ese «nosotros» formado no solamente por mi familia o mis amigos y seres queridos; ese «nosotros» formado no solamente por los de mi grupo social o partido político. Si no, ese «nosotros» formado por todos los hombres y mujeres; por toda la humanidad. Y en nuestro caso concreto, el «nosotros» formado por todos los paraguayos y por todos los que habitamos esta tierra guaraní en el corazón de América.

Por lo tanto, se trata de un «nosotros» que no excluye ni rechaza a nadie, se trata de un «nosotros» que no olvida a nadie ni lo deja desamparado. Es un «nosotros» amplio como el corazón de Jesús «que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mt 20, 28). Es un «nosotros» amplio como el corazón de Tupãsy Caacupé, en cuyo santuario nos sentimos en casa, porque “en un santuario los hijos nos encontramos con nuestra Madre y entre nosotros recordamos que somos hermanos.”[9]

Es un «nosotros» que nace de la conversión del corazón, fruto del amor de Jesús por cada uno y por todos. Es en nuestro corazón donde día a día podemos decidirnos, no solo por nuestro propio bien, sino por el bien común, el bien de todos nosotros. Nuestra “fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que con ello le confiere una dignidad infinita”[10].  

«Hágase en mí según tu palabra»

            Solamente necesitamos -como María en Nazaret- abrir los oídos y el corazón a la palabra de Dios que se nos dirige cada día a través de la Sagrada Escritura y de los acontecimientos de nuestra vida cotidiana.

            En cada acontecimiento, en cada hombre y mujer, de diversas maneras Dios sale a nuestro encuentro y también a nosotros nos saluda diciendo: «Alégrate, estoy contigo» (cf, Lc 1, 28). Ese saludo, que es siempre acontecimiento de fe y salvación que se da en la vida de cada uno, nos llena de alegría y esperanza. Y por ello nos mueve a hacer nuestras las palabras y la actitud de María: «que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1, 38).

           


Al acoger el plan de Dios en su vida, María no sólo cooperó para la realización de su bien individual, sino que, respondiendo fielmente a su vocación se hizo instrumento del bien común, del bien de todos nosotros, de toda la Iglesia, de toda la humanidad.

Acogiendo en su seno al Salvador, al Hijo de Dios hecho carne, María acogió a Aquél que entregando su vida en la cruz y resucitando, abriría el camino del auténtico bien común para todos los hombres y para todo el hombre.

Por ello, también nosotros queremos volver a acoger en nuestros corazones la palabra de Dios, para así hacernos instrumentos del bien común, del bien de ese «nosotros» conformado por todos los hombres y mujeres de nuestra tierra. Que nadie sea excluido en nuestro corazón de ese «nosotros».

Siempre podemos hacer el bien a los demás, incluso a aquellos que nos han lastimado; siempre podemos orar por ellos y dejar que Jesús toque y sane los corazones. Siempre podemos encauzar nuestras fuerzas y capacidades en el servicio sincero y concreto de los demás, sean cercanos o lejanos. Siempre podemos hacer el bien, por pequeño que sea, y así, cooperar al bien común, al bien de todos.

Tupãsy Caacupé, Madre de todos nosotros

Contemplemos a María, Tupãsy Caacupé; a Ella que al dar su sí al ángel de Dios se hizo instrumento del auténtico bien de todos los hombres y mujeres (cf. Lc 1, 38); a Ella que al pie de la cruz se hizo Madre del «nosotros» de la Iglesia y de la humanidad (cf. Jn 19, 26 - 27); a Ella que elevada a los cielos brilla como Estrella de la esperanza[11]; y pidámosle en este  su santuario:

 

Tupãsy Caacupé,

Madre de Dios y Madre de todos nosotros,

enséñanos a escuchar la Palabra de Dios,

para que nuestro corazón sea amplio en el amor

y generoso en el servicio sincero a los demás.

 

Que como hijos y aliados tuyos seamos instrumentos

en la realización del bien en favor de todos los hijos e hijas de esta tierra.

 

Que por la palabra de Cristo Jesús;

y por nuestra colaboración en su obra de redención,

Paraguay llegue a ser una Nación de Dios

en la cual todos encuentren las condiciones necesarias

para llegar a desarrollar plenamente su vocación humana y cristiana,

a imagen de Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

8 de diciembre de 2025   



[1] FRANCISCO, Spes non confundit, 24

[2] FRANCISCO, Spes non confundit, 1

[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 48

[4] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 28

[5] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 1

[6] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 28

[7] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 7

[8] Ibídem

[9] FRANCISCO, Homilía, Explanada del santuario mariano de Caacupé, Paraguay, 11 de julio de 2015.

[10] FRANCISCO, Fratelli tutti, 84

[11] Cf. MISAL ROMANO, Prefacio de la Santísima Virgen María III. María, signo de consuelo y de esperanza.

miércoles, 6 de agosto de 2025

«Que nuestro corazón alcance la sabiduría»

Domingo 18° del tiempo durante el año – Ciclo C

Lc 12, 13 – 21

Sal 89, 3-6. 12-14. 17

«Que nuestro corazón alcance la sabiduría»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra de este domingo inicia con un texto tomado de la literatura sapiencial bíblica: el Libro del Eclesiastés o Cohélet. Así, la Palabra hoy nos invita a adentrarnos en la sabiduría bíblica, en la concepción de sabiduría según la Biblia.

            ¿Quién es el hombre sabio de acuerdo con la Biblia? Si recorremos sus páginas con atención nos daremos cuenta de que para la Biblia el sabio no es el erudito, el hombre que posee mucho conocimiento intelectual o maneja mucha información. En realidad, según el criterio bíblico, el hombre sabio es aquel que vive su vida a la luz de la Palabra de Dios; el que vive su vida en una relación viva con Dios y así va adquiriendo –en la experiencia de esa relación viva- la sabiduría, el auténtico sabor de la vida.

«¡Vanidad, pura vanidad!»

            Dice el sabio Cohélet:

«¡Vanidad, pura vanidad! (…) Porque un hombre que ha trabajado con sabiduría, con ciencia y eficacia, tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo. También esto es vanidad y una gran desgracia.» (Ecl 1, 2).

            Aparentemente el sabio se queja por los esfuerzos que demanda la vida; aparentemente experimenta la frustración de no ver el fruto de sus esfuerzos, o experimenta la desazón de no ver cumplidas sus expectativas o realizados sus proyectos. Ante tal perspectiva surge la reflexión resignada: «¡Vanidad, pura vanidad!».

         También nosotros, a veces, en determinados momentos de nuestra vida, experimentamos la vanidad de nuestros esfuerzos; la vanidad de nuestras propias ideas y proyectos, la vanidad –es decir, la vaciedad- de nuestro estilo de vida y de todo aquello en los cual pusimos nuestros esfuerzos y nuestro corazón esperando encontrar la felicidad.

            A veces, en momentos de frustración y desazón nos decimos a nosotros mismo: “me esfuerzo y no lo consigo”; “trato y no puedo”; “trabajo y nadie lo nota ni me reconoce”; “busco atención y no la encuentro”. «¡Vanidad, pura vanidad!». ¿De qué sirve todo lo que hemos hecho? ¿Toda la energía, tiempo atención que le hemos dedicado a algo o a alguien? «¡Vanidad, pura vanidad!».

            Cuando nuestro corazón se frustra de esta manera, es necesario, parar un momento, y preguntarnos, cuestionarnos: ¿por qué la vida se nos ha vuelto vana, vacía, sin sentido? ¿Cuál es la fuente de esa angustia, de esa tristeza, de ese sin sentido? 

«Insensato»

            La respuesta a estos interrogantes la encontramos en el Evangelio, en las palabras de Jesús. Dice el Señor:

«Insensato (…) Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y nos es rico a los ojos de Dios.» (Lc 12, 20. 21).

            La vida se nos vuelve un sin sentido cuando acumulamos sólo para nosotros mismos; cuando nos buscamos sólo a nosotros mismos y olvidamos a Dios y a los demás. Cuando nos dedicamos solamente a acumular bienes, tiempo, comodidades y placeres; la vida pierde su sentido, pierde su sabor, pierde su alegría y belleza.

            “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida.”[1]

            «Cuídense de la avaricia»; es decir, de ese constante querer para uno, de ese constante consumir que nunca se sacia; que nunca sacia el corazón.

« Que nuestro corazón alcance la sabiduría »

            Nosotros no queremos ser insensatos, no queremos llevar una vida vana, sin sentido. Al contrario, tal y como lo dice el salmista, anhelamos un «corazón [que] alcance la sabiduría» (Sal 89, 12), un corazón que sepa vivir la vida con sentido y con propósito.

            Y por ello volvemos a acudir a Jesús, tal y como lo hacen los discípulos:

            «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna» (Jn 6, 68).

            “Jesús que dijo de sí mismo que había venido para que nosotros tengamos la vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. Jn 10,10), nos explicó también qué significa «vida»: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación.”[2]

           

Ofertorio de la Misa
Iglesia Santa María de la Trinidad
Cuando vivimos en relación con Dios y con los demás; cuando vivimos en alianza con Dios y con los demás; entonces vivimos. Entonces nuestra vida adquiere sentido, incluso en medio de la dificultad y del sufrimiento. Porque descubrimos que viviendo nuestra vida con amor –con propósito, en servicio a los demás, y en comunión con los demás-, nuestra vida se hace plena y nuestro corazón se sacia de aquello que tanto busca: sentido y amor.

            Con María, Madre de la Sabiduría, le pedimos al Señor:

            «Enséñanos a calcular nuestros años,

para que nuestro corazón alcance la sabiduría»;

esa sabiduría que da sentido a nuestras alegrías y penas;

esa sabiduría que nos llena de esperanza y

nos permite seguir peregrinando día a día,

con la certeza de que llegaremos a la Casa del Padre,

donde Él saciará el anhelo de nuestro corazón. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda - Schoenstatt



[1] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2

[2] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 27