La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 18 de febrero de 2019

«¡Felices ustedes!»


Domingo 6° del tiempo durante el año – Ciclo C

Lc 6, 12-13. 17. 20-26

«¡Felices ustedes!»

Queridos hermanos y hermanas:

            El evangelio de hoy (Lc 6, 12-13. 17. 20-26) nos permite tomar consciencia de la relación entre Jesús, los discípulos y los apóstoles. En los primeros versículos de la perícopa proclamada hoy se nos dice que «Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles» (Lc 6, 12-13).

            Me gustaría resaltar en primer lugar que Jesús elige a sus apóstoles de entre sus discípulos. En el origen etimológico de la palabra discípulo se encuentra la expresión “joven o niño, que se encuentra bajo la palabra de un maestro”. Por lo tanto, antes de ser apóstoles, antes de ser “enviados como testigos”, los apóstoles han sido discípulos, han sido como niños bajo la palabra del Maestro.

            Un punto relevante es también el hecho que los apóstoles fueron elegidos por Jesús en oración. Pero volvamos a la relación entre discípulos y apóstoles. Esta relación nos enseña que hay un proceso de formación, un proceso de maduración para llegar a ser apóstoles. Nadie puede ser apóstol sin antes ser discípulos, nadie puede ser enviado como testigo si antes no estuvo bajo la palabra del Maestro.

            El camino del discípulo hacia la misión de apóstol nos habla de la necesidad de madurar en la fe; de la necesidad de crecer en nuestra experiencia cristiana, en nuestra experiencia de Cristo. También nosotros debemos llegar a ser auténticos apóstoles desde nuestra vocación de discípulos de Jesús.

«¡Felices ustedes!»

            ¿Y en qué consiste esta maduración cristiana? ¿En qué consiste este crecer en la fe y en la experiencia de Cristo? El Evangelio nos da la respuesta. Consiste en asumir libre y conscientemente el estilo de vida de Jesús, la propuesta de vida de Jesús: las Bienaventuranzas.

           
El sermón de la montaña, 1895 - 1897.
James Tissot.
Acuarela opaca sobre grafito en papel vitela gris.
Museo de Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos.
Wikimedia Commons. 
La Liturgia de la Palabra nos presenta hoy la versión de las Bienaventuranzas contenida en el Evangelio según san Lucas (Lc 6, 20-23). Probablemente estemos más familiarizados con la versión que se encuentra en el Evangelio según san Mateo (Mt 5, 1-12), sin embargo, esta versión sintetizada de Lucas nos permite meditar en torno a los puntos centrales del estilo de vida que nos propone Jesús.

            El texto dice que «Jesús, fijando la mirada en sus discípulos» (Lc 6, 20a) comenzó a proclamar como bienaventurados, como felices, a los pobres, a los que tienen hambre, a los que ahora lloran y a los excluidos por causa de su nombre (cf. Lc 6, 20b-22).

            Si escuchamos con atención las palabras de Jesús y dejamos que ellas calen en nuestro interior nos daremos cuenta que esta propuesta va contracorriente de la cultura y sociedad actuales; incluso, si somos sinceros, diremos que esta propuesta va contracorriente de nuestros propios deseos, ideas y caprichos.

            Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué es lo que nos propone Jesús cuando proclama las Bienaventuranzas? Cuando Jesús proclama la felicidad de la pobreza (cf. Lc 6, 20b), proclama en el fondo la felicidad que otorga la libertad interior. Un corazón libre de ataduras a bienes, al prestigio y al poder, es un corazón “donde puede entrar el Señor con su constante novedad”.[1] Es un corazón abierto a Dios porque es capaz de vivir sereno tanto en la abundancia como en la austeridad sabiendo que la providencia de Dios nunca lo abandonará. Vivir de esta manera la pobreza evangélica –por elección y siguiendo a Cristo- nos hace disponibles para Dios y para los demás, y por ellos nos hace verdaderamente felices.

            Cuando Jesús proclama felices a «los que ahora tiene hambre» (Lc 6, 21), dirige su mirada “a las personas que no se conforman con la realidad existente ni sofocan la inquietud del corazón, esa inquietud que remite al hombre a algo más grande y lo impulsa a emprender un camino interior”[2] de búsqueda y superación. Se trata, no primeramente del hambre de alimento sino del hambre de sentido, de verdad, de amor. Un hambre que no se sacia con la rutina y la opinión dominante, sino que mueve a la búsqueda del Dios vivo y por eso –paradojalmente- es un hambre dichosa.

            La felicidad de «los que ahora lloran» (Lc 6, 21b) radica en que han renunciado a los aparentes consuelos que ofrecen el egoísmo y la comodidad mundanas que huyen del dolor y del sufrimiento de los demás. Los que ahora lloran son personas que en su corazón están abiertas al consuelo de Jesús y por eso se atreven a “compartir el sufrimiento ajeno y dejan de huir de situaciones dolorosas. De ese modo encuentran que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás.”[3] Y así, en el camino de maduración que ofrece el dolor asumido, encuentran la auténtica felicidad.

            Finalmente los excluidos por causa de Jesús (cf. Lc 6, 22) son aquellos cristianos –hombres y mujeres, sacerdotes, consagrados y laicos- que por su fidelidad al Señor y al Evangelio experimentan en el día a día la cruz en  la incomprensión y el rechazo de los demás. Muchas veces las opciones radicales del cristiano son incomprendidas, incluso por los de su propia casa y familia. Muchas veces la coherencia de vida acarrea burlas y exclusión. Esto nos recuerda que “las Bienaventuranzas son la trasposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo”[4]; es decir, parte integral de nuestro camino de maduración en Cristo es morir y resucitar cada día hasta llegar a la bienaventuranza plena y eterna.

¿Qué significa ser cristiano?

            Habiendo recorrido sucintamente el camino de maduración cristiana que nos propone Jesús en las Bienaventuranzas, podemos preguntarnos ahora: ¿qué significa ser cristianos? ¿En qué consiste existencialmente seguir a Jesús como discípulo y apóstol?

            Dice el Papa Francisco: “Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-12; Lc 6, 20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno se pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas.”[5]

            Cada uno a su modo; cada uno según su estado de vida, según su realidad y circunstancias. Cada uno según su vocación en Cristo, según su misión en Cristo, según su ideal en Cristo. Ahí radica la riqueza, belleza y exigencia del ideal cristiano. Cada uno en oración debe preguntarle a Jesús: “¿cómo quieres que viva la pobreza para que se feliz?”; “¿cómo quieres que acompañe a mis hermanos para compartir con ellos tu consuelo?”; “¿de qué mediocridades debo liberarme para saciarme auténticamente de tu felicidad, Señor?”.

            Lo contrapuesto a las Bienaventuranzas es la mediocridad. Por eso, ser cristiano hoy –ya sea como adulto o como joven- es seguir a Jesús y realizar su vida en nosotros de modo auténtico y original. Es aspirar a más, es no conformarse con la mediocridad o con lo que ofrecen la moda y la masa. Es tener la capacidad de volver a empezar siempre de nuevo. Es volver a encender en el corazón el fuego del amor de Cristo.

            Con el anhelo de ser auténticos cristianos, con el anhelo de ser plenamente felices, le pedimos a María, quien “vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”[6], que nos enseñe el camino de la madurez cristiana y que nos acompañe, motive y guíe hacia la felicidad plena. Amén.


[1] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 68.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007) ,120.
[3] Cf. PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 76.
[4] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007) ,101.
[5] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 63.
[6] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 176.

sábado, 19 de enero de 2019

«Llenen de agua estas tinajas»

Domingo 2° del tiempo durante el año – Ciclo C

Jn 2, 1 – 11

«Llenen de agua estas tinajas»

Queridos hermanos y hermanas:

            Hemos escuchado, en la proclamación del Evangelio, el conocido relato de la presencia de Jesús y sus discípulos en las bodas de Caná (Jn 2, 1 – 11). Pienso que para comprender el mensaje que hoy Dios quiere regalarnos mediante la Liturgia de la Palabra debemos mirar el contexto litúrgico en el cual se proclama este texto evangélico.

            Celebramos hoy el Domingo 2° del tiempo durante el año; es decir, estamos al inicio del llamado tiempo ordinario en la Liturgia. Por eso, en el texto evangélico también se nos presenta un pasaje de los inicios de la actividad pública de Jesús. De hecho, al final de la perícopa evangélica se nos dice que «este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.» (Jn 2, 11).

            Se trata de un primer signo. ¿En qué consiste este signo? ¿Qué significa y qué nos dice este signo hoy a nosotros?

«Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea»

            Este primer signo de Jesús se realiza en medio de la celebración de «unas bodas en Caná de Galilea» (Jn 2, 1). No es casual que esto suceda así. Se nos dice además que «la madre de Jesús estaba allí» lo mismo que los discípulos de Jesús (cf. Jn 2, 1). El contexto nupcial es importante para comprender en profundidad las palabras y acciones de Jesús.

            De hecho, en la primera lectura -tomada del libro del profeta Isaías- se nos dice que la ciudad de Jerusalén –imagen de todo el pueblo de Israel- ya no será llamada “abandonada” ni devastada”, sino que la ciudad será llamada “Mi deleite” y su tierra “Desposada” (cf. Is 62, 4). Y todo esto «porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo» (Is 62, 4); más aún, «como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios» (Is 62, 5).

            Las bodas, el banquete nupcial, la misma alianza matrimonial, es imagen de la íntima y tierna relación entre Dios y su pueblo; es imagen del amor fiel de Dios por su pueblo y por cada uno de sus hijos. En varios pasajes del Antiguo Testamento se utiliza la imagen de la relación esponsalicia para hablar del amor de Dios por su pueblo elegido.

            En la antigüedad se comprendía que el esposo otorgaba a su esposa la misma dignidad y título que él poseyera. Por la alianza matrimonial la esposa era elevada a la dignidad del esposo. Israel así lo entiende. Como pueblo ha sido elevado por el amor esponsalicio de Dios. Así mismo la imagen matrimonial, con toda su belleza y ternura, expresa también la exigencia de la fidelidad y exclusividad del matrimonio.   

«No tienen vino»

            Si Israel ha sido agraciado con esta alianza esponsalicia, con este amor de elección, es comprensible que la imagen de las bodas sea utilizada para expresar la alegría de la vida en alianza con Dios. La vida en alianza con Dios es un permanente entrar y estar en comunión con Él.

            Pero esta vida de comunión –que es siempre don- se ha de cuidar y cultivar. Y en el contexto de las bodas celebradas en Caná de Galilea ocurre lo inesperado e indeseado: «No tienen vino» (Jn 2, 3). El vino es “signo y don de la alegría nupcial”.[1] Por lo tanto, si se ha acabo el vino significa que de alguna manera hemos perdido el don de la comunión con Dios, el don de la alianza con Dios, el don de la amistad con Dios. Y por ello, hemos perdido también la alegría.

            ¡Cuántas veces experimentamos esa falta de alegría en nosotros mismos! Cuántas veces, aún en medio de la aparente fiesta de la vida sentimos tristeza, soledad y vacío interior. A pesar de la “múltiple y abrumadora oferta de consumo”[2] de la sociedad actual, nuestro corazón no termina nunca de saciarse. El vino del consumismo, del hedonismo y del egoísmo embriaga momentáneamente pero no sacia ni alegra. Ante esta situación, ¿qué podemos hacer?

            En primer lugar, reconocer que ya no tenemos el vino de la comunión con Dios. Reconocer que lo hemos descuidado y que la vasija de nuestro corazón está agrietada y seca.

            Pero junto con este reconocer nuestra carencia de vino debemos también, desde ahora, disponernos a hacer lo que Jesús nos diga (cf. Jn 2, 5). En el fondo se trata de la auténtica purificación, de la auténtica conversión  que no es otra cosa que la escucha atenta a Jesús y la obediencia a su Palabra.

            La verdadera purificación del corazón –a la que hacen alusión las «seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos» (Jn 2, 6)- no es otra cosa que vaciar el propio corazón del egoísmo y de las aparentes alegrías que no son sino vino de inferior calidad. Vaciar el corazón de egoísmo y de distracciones para permitir que el agua –el Espíritu Santo- vuelva a llenarnos y rebosar en nuestro interior.

«Llenen de agua estas tinajas»

            Llenar el corazón de agua es la tarea constante y paciente de todo cristiano, como los sirvientes del evangelio, esperando y anhelando que el Señor actúe para manifestar su gloria. Llenamos el corazón del agua del Espíritu mediante la constante y perseverante auto-educación. Mediante el constante y paciente cultivo de la relación con Dios en la oración, en la celebración de los sacramentos, en la lectura del Evangelio y en el servicio apostólico a los demás.

           
Las bodas de Caná.
Óleo sobre lienzo. Bartolomé Esteban Murillo, hacia 1670 - 1675.
The Barber Institute, Birmigham, Reino Unido.
Wikimedia Commons.
¿Con qué actividades, palabras, acciones y decisiones lleno mi corazón? ¿Con aquellas que me llenan del agua fresca del Espíritu, dispuesta para ser vino del Señor; o con el vino de inferior calidad que luego me dejará vacío? La opción es nuestra queridos hermanos y hermanas.

            Si perseveramos día a día en llenar nuestros corazones con el agua del Espíritu, también nosotros escucharemos en nuestro interior, de labios del Señor: «has guardado el buen vino» (Jn 2, 10); es decir, lo has conservado para celebrar las bodas en este tiempo –como ocurre en cada Eucaristía[3]- y en la eternidad.

            A María, a quien la Iglesia invoca como Vaso Espiritual[4], le pedimos que nos enseñe a recibir anhelantes y fervorosos cuanto brota de los labios y del corazón de Jesús, para que conservando en nuestro interior el buen vino de la comunión con Dios lo compartamos con nuestros hermanos y testimonios así la alegría de las bodas eternas. Amén.  



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007), 299.
[2] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2.
[3] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 298.
[4] Letanías de la Virgen.

lunes, 31 de diciembre de 2018

«Tu padre y yo te buscábamos»


Sagrada Familia de Jesús, María y José – Fiesta – Ciclo C

Lc 2, 41 – 52

«Tu padre y yo te buscábamos»

Queridos hermanos y hermanas:

            En el marco de la octava de Navidad, celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. El evangelio de hoy (Lc 2, 41 – 52) nos presenta el pasaje que conocemos por la oración del Rosario como el misterio gozoso de la “pérdida y hallazgo del Niño en el Templo”.

            Al contemplar este pasaje evangélico quisiera invitarlos a que nos preguntemos ¿qué nos dice este relato sobre la vida cotidiana de la Sagrada Familia?

            Es como si descorriéramos un velo, o una cortina, y lográsemos entrar en el día a día de la Sagrada Familiar para contemplar –con los ojos de la fe- algo de la vida familiar y doméstica de Jesús, María y José.

«Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua»

            El texto evangélico inicia diciéndonos que «los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de Pascua.» Se trata la peregrinación al Templo de Jerusalén con ocasión de la Pascua judía. “La Torá prescribía que todo israelita debía presentarse en el templo para las tres grandes fiestas: Pascua, la fiesta de las Semanas y la fiesta de las Tiendas (cf. Ex 23,17; 34,23s; Dt 16,16s).”[1]

            Por lo tanto, vemos que “la familia de Jesús era piadosa, observaba la Ley.”[2] Se trata de una costumbre religiosa pero también de un verdadero acto de fe, pues, “la decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor.”[3] ¡Cuánto habrá aprendido Jesús niño en estas peregrinaciones, en estas experiencias a la vez religiosas y familiares!

            El niño debe ir aprendiendo, de la mano de sus padres, a entrar y vivir en la fe del Pueblo de Dios. Debe ir conociendo, aprendiendo y  haciendo propia esta experiencia. Esto sólo es posible si es introducido en ella por sus propios padres, no sólo con palabras, sino sobre todo con su ejemplo y testimonio.

            Así vemos que lo han hecho José y María con Jesús, ¿cómo lo hacemos nosotros? ¿Qué enseñamos hoy a nuestros niños y jóvenes? ¿Qué experiencias de vida les brindamos?

«Creyendo que estaba en la caravana…»

            Sin duda que esta experiencia familiar es al mismo tiempo una profunda experiencia religiosa y de pertenencia a su pueblo. En la peregrinación nunca se camino solo, siempre vamos acompañados por una multitud de hombres y mujeres hermanados por la fe. Es también la experiencia de la Sagrada Familia. “La Sagrada Familia se inserta en esta gran comunidad en el camino hacia el templo y hacia Dios.”[4]

            Por el hecho de que José y María, al retornar de la peregrinación a Jerusalén suponían que Jesús estaba en medio de la caravana y entre sus parientes y conocidos (cf. Lc 2, 44), podemos ver que se trata de una familia plenamente inserta en su comunidad, en su historia, en su pueblo.

            Pertenecer a una familia es siempre –al mismo tiempo- pertenecer a un pueblo, es identidad, es vínculos y por ello es sentido de vida. Normalmente, perdemos identidad y sentimos un vacío existencial cuando no cultivamos esa pertenencia a nuestra familia y a nuestra comunidad. El arraigo, el compromiso, es lo que nos da libertad; la aparente libertad de nunca comprometerse y de nunca pertenecer a otros, sólo nos esclaviza en nuestro propio yo cerrado y en una búsqueda incesante de placer que nunca nos sacia.

            ¿Cuidamos hoy nuestros vínculos familiares y sociales? ¿Sentimos que nos pertenecemos los unos a los otros? ¿Sentimos que somos responsables los unos por los otros, y juntos, por el todo?

En esta línea de reflexiones, espero que aquellos que optan por la objeción de consciencia ante el servicio militar obligatorio, no se desentiendan de su responsabilidad social para con el país. Que la objeción no sea una excusa, sino una oportunidad. Todos juntos debemos aprender a hacernos cargo de nuestra vida en sociedad. Si no hacemos nuestro aporte personal al todo, todos perdemos.

«Tu padre y yo te buscábamos»

La Sagrada Familia con un pajarito.
Óleo sobre tela. Bartolomé Esteban Murillo, c. 1650.
Museo del Prado, Madrid, España.
Wikimedia Commons.
            Finalmente vemos que la Sagrada Familia es una familia donde los miembros se preocupan los unos por los otros, y por ello, se ocupan de cuidarse mutuamente. Así interpreto las palabras de la Virgen María a Jesús niño: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» (Lc 2,48).

            En este sentido, el ocuparse los unos de los otros, el cuidarse mutuamente, es una concreción de lo que el P. José Kentenich llama la “comunidad nueva”. Esta comunidad nueva “lucha por lograr una vinculación profunda que cale hasta en lo hondo del alma: un estar el uno en el otro, con el otro, para el otro; se empeña por alcanzar una conciencia de responsabilidad por el prójimo.”[5] También cada una de nuestras familias está llamada a ser una comunidad nueva en la cual vivimos una profunda comunión interior.

            Como Movimiento de Schoenstatt en Paraguay hemos formulado un objetivo que queremos trabajar concretamente durante el bienio 2019 – 2020: “Vivir con coherencia como apóstoles del Padre cuidando la vida y la familia.”

            Cuidar la vida y la familia significa cuidar a cada miembro de nuestra familia nuclear y de nuestra familia extendida. Cuidar con pequeños gestos cotidianos y con decisiones a favor de los demás que perduren en el tiempo.

            ¿Cuido yo de los míos de forma concreta? ¿Les demuestro afecto e interés? ¿Les doy de mi tiempo o me encierro en mí mismo y en mis distracciones?

            Dice el Papa Francisco: “el pequeño núcleo familiar no debería aislarse de la familia ampliada donde están los padres, los tíos, los primos e incluso los vecinos. En esa familia ampliada puede haber algunos necesitados de ayuda, o al menos de compañía y de gestos de afecto, o puede haber grandes sufrimientos que necesitan consuelo.”[6]

            Queridos hermanos y hermanas, hemos contemplado a la Sagrada Familia, y hemos descubierto que ella es una familia religiosa, llena de fe; una familia que se siente parte de un pueblo, de una comunidad, de una historia; una familia en la cual sus miembros se cuidan los unos a los otros. Y es en esa familia donde «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52).

            También nosotros queremos crecer en sabiduría y en gracia; también nosotros queremos que nuestros hijos crezcan en sabiduría y en gracia hasta alcanzar la plena madurez humana en Cristo. Para ello, ayudados por la gracia de Dios, hagamos de nuestras familias, familias llenas de fe, familias solidarias comprometidas con la sociedad, familias donde aprendemos a cuidarnos los nos a los otros.

            Entonces también en nuestras familias –con sus historias de gozo y dolor- experimentaremos la alegría del amor, y así, en nuestra vida cotidiana nos sentiremos siempre en la Casa del Padre y podremos decirle a Dios en oración: «¡Felices los que habitan en tu Casa y te alaban sin cesar!» (Salmo, 84 [83], 5).

           
A María, Madre del Niño – Mater Pueri, y a san José, Custodio del Redentor – Remptoris Custos, les pedimos que acojan y custodien en sus corazones a cada una de nuestras familias. Amén.


[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La Infancia de Jesús (Editorial Planeta, Buenos Aires 2012), 126.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La Infancia de Jesús…, 125.
[3] CELAM, Aparecida. Documento conclusivo, 259.
[4] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La Infancia de Jesús…, 127.
[5] P. JOSÉ KENTENICH, Clave para comprender Schoenstatt (Editorial Patris Argentina, Córdoba 2017), 16.
[6] PAPA FRANCISCO, Amoris Laetitia, 187.

lunes, 24 de diciembre de 2018

«Les traigo una buena noticia»


Natividad del Señor – Ciclo C

Misa de la Noche

Lc 2, 1- 14

«Les traigo una buena noticia»

Queridos hermanos y hermanas:

Mediante el Evangelio (Lc 2, 1-14) somos testigos del anuncio del Ángel a los pastores: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.»

«Les traigo una buena noticia»

Tratemos de imaginar la escena tan bien descrita por el evangelista Lucas: luego de lo acontecido en «Belén de Judea, la ciudad de David», el Ángel se manifiesta a un grupo de sencillos y desconocidos pastores para comunicarles una buena noticia, un “evangelio”, una gran alegría. En efecto, el texto latino pone en boca del Ángel las siguientes palabras: “evangelizo vobis gaudium magnum”. La frase puede resultarnos familiar por la fórmula usada para anunciar la elección de un nuevo Obispo de Roma. Gaudium magnum. Una gran alegría.

El texto de Lucas en los versículos siguientes nos dice que los pastores se dijeron unos a otros: «Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado» (Lc 2, 15). Sin embargo no nos dice ¿qué habrá significado para ellos esta gran alegría? ¿Qué esperaban de ella?

También a nosotros hoy se nos vuelve a anunciar esta gran alegría: «Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor». ¿Qué significa para nosotros este anuncio hoy? ¿Es el nacimiento de Jesús, el anuncio de un Salvador, motivo de alegría para nosotros? ¿Qué esperamos de este anuncio, de esta gran alegría?

«Apareció un decreto del emperador Augusto»

            Como contrapunto a los pastores, en el inicio del texto evangélico se menciona al emperador romano Augusto. Esta mención busca datar el acontecimiento del nacimiento de Jesús en el marco de la historia humana; se trata de un acontecimiento ocurrido en la historia, ocurrido en el tiempo y en el espacio.

            Sin embargo, los grandes de la tierra – representados por el emperador y el gobernador- no son los destinatarios primordiales del anuncio del Ángel. Uno podría preguntarse si el nacimiento de un pequeño niño, el nacimiento de un Salvador, sería de importancia para estos hombres y si sería verdaderamente un motivo de alegría.

             Y esta reflexión nos lleva precisamente a responder a la pregunta de si para nosotros hoy el nacimiento de Jesús es motivo de auténtica alegría.

           
La adoración de los pastores.
Óleo sobre lienzo. Bartolomé Esteban Murillo, c. 1650.
Museo del Prado, Madrid, España.
Wikimedia Commons.
El anuncio alegre de la salvación se hace en primer lugar a un grupo de pastores, hombres sencillos, desconocidos e incluso tal vez rudos. No son importantes a los ojos del mundo. Probablemente el emperador nada sepa de ellos. Y sin embargo, ellos son los primeros destinatarios de este anuncio. Así, desde las primeras páginas del Evangelio se cumple la bienaventuranza: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3).

            Comentando esta bienaventuranza el Papa Francisco dice: “cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad.”[1]

            Comprendemos entonces que para que el nacimiento de Jesús sea motivo de auténtica alegría para nosotros, necesitamos vaciar nuestro corazón de alegrías aparentes, de riquezas pasajeras.

            Si nuestro corazón está lleno de riquezas pasajeras, lleno de ansias de poder, sediento de placer y obsesionado con el poseer; el nacimiento de Jesús será para nosotros apenas un dato de la historia de las religiones, apenas un acontecimiento social y tal vez familiar. Un corazón cómodo y avaro es un corazón que ha perdido la capacidad para la alegría, un corazón que ha perdido la consciencia de la necesidad de un Salvador.

            Tal vez, si el anuncio del nacimiento del Salvador no es un motivo de sincera alegría para nosotros, se debe a que hemos dejado que nuestro corazón se llene de alegrías pasajeras y de riquezas aparentes.   

«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por él!»

            Sin embargo, siempre es posible reconocer nuestra propia pequeñez y nuestra sed de auténtica alegría. Siempre es posible vaciar nuestros corazones de las apariencias, del rencor, del egoísmo y del pecado; y así, hacer espacio en nuestro interior para el Señor. Siempre es posible dejarnos salvar y redimir por Jesús y experimentar que “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”[2]

            Al acercarnos hoy al pesebre pidamos la gracia de un corazón renovado, la gracia de un corazón humilde y manso capaz de estar abierto al anuncio siempre nuevo del nacimiento del Salvador. Un corazón humilde y manso será capaz de descubrir en cada circunstancia de la vida la presencia de Dios y su anuncio de salvación. Un corazón humilde y manso será capaz de acercarse a los demás con ternura y misericordia para descubrir en cada hombre y en cada mujer al «niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

Un corazón manso y humilde será capaz de descubrir innumerables razones de alegría y así será fuente de alegría para otros. Un corazón manso y humilde será capaz de unirse a los coros celestiales que en esta Noche Santa cantan: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por él!».

Al contemplar hoy a María, Mater Pueri Iesu – Madre del Niño Jesús, le pedimos en oración:

Madre del Pesebre, Madre de los humildes y mansos,
concédenos un corazón renovado,
un corazón humilde y manso,
un corazón abierto a la gran alegría del nacimiento del Salvador.

Madre del Pesebre, Madre de los humildes y mansos,
enséñanos a encaminarnos hacia tu hijo Jesús
para recibir de Él la salvación y la redención,
para recibir de Él la alegría y la ternura.

Madre del Pesebre, Madre de los humildes y mansos,
utilízanos como instrumentos de alegría,
para que el anuncio gozoso de esta Noche Santa
llegue a todos los confines de la tierra,
y a todos los hombres y mujeres de este mundo,
           especialmente a aquellos que más necesitan de la alegría y de la misericordia de Dios manifestadas en Cristo Salvador. Amén.



[1] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 68.
[2] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1.