La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 16 de junio de 2019

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones»


La Santísima Trinidad – Ciclo C

Jn 16, 12 – 15

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones»

Queridos hermanos y hermanas:

            Al leer el pasaje evangélico que la Liturgia de nuestra fe presenta en esta solemnidad de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12 – 15), me parece interesante que en el momento de la Última Cena, Jesús diga a sus discípulos: «Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.» (Jn 16, 12).

            Jesús, que es la “Palabra de verdad”[1], la Palabra del Padre que se hizo carne y habitó entre nosotros (cf. Jn 1, 14); tiene todavía, muchas palabras que comunicar a sus discípulos. Él que pasó enseñándoles por medio de palabras y obras, aún tiene palabras que entregar a los suyos.

«Todavía tengo muchas cosas que decirles»

            Esta frase del Señor durante la Última Cena nos permite volver a tomar consciencia de que Él es la Palabra del Padre pronunciada para toda la humanidad y para cada uno de nosotros. Una Palabra dirigida a nosotros, destinada a nosotros. Como dice el inicio de la Carta a los Hebreos: «Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo.» (Hb 1, 1 – 2).

            «Dios nos habló por medio de su Hijo». Y tan elocuente es el lenguaje de Dios que su Palabra se hizo carne, se hizo hombre, se hizo persona: Jesús de Nazaret, muerto y resucitado por nosotros. La Palabra del Padre es una persona viva, presente y actuante; Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12).

            «Tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora». Claro, como la Palabra es una persona viva, una persona divina, nunca agotaremos su realidad y siempre de nuevo estaremos comprendiéndola y acogiéndola. Siempre de nuevo estaremos conociéndola y entrando en relación con ella, porque la Palabra del Padre es la verdad y la “belleza tan antigua y tan nueva”[2].

«Cuando venga el Espíritu de la Verdad»

            Considerando la identidad del Hijo como Palabra del Padre, se nos hace también clara la identidad y misión del Espíritu Santo: «Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad.» (Jn 16, 13).

            El Espíritu Santo «que nos ha sido dado» (Rm 5, 5) es el que nos permite comprender las palabras de la Sagrada Escritura porque nos pone en relación con la Palabra que es Jesucristo, y así, somos introducidos auténtica y vivencialmente «en toda la verdad» de la salvación.

            Más aún, en estas palabras de Jesús durante la Última Cena se nos revela algo de la íntima comunión trinitaria. Cuando habla del Espíritu el Hijo dice: «no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo» (Jn 16, 13b).

            ¿Qué es lo que ha oído el Espíritu? La Palabra pronunciada por el Padre en la eternidad. Desde siempre el Padre pronuncia al Hijo y el Espíritu lo recibe y comunica. Las personas divinas son relaciones eternas. El Padre constantemente engendra al Hijo; el Hijo es constantemente engendrado por el Padre y el Espíritu constantemente procede de ambos para su continua efusión sobre la Iglesia y la humanidad.[3]

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones»

            Y la revelación de esta verdad de fe no es mera transmisión de información o conocimiento intelectual. Si el Hijo nos abre la intimidad de la vida con el Padre y promete la asistencia del Espíritu en la comprensión de esta realidad, es para que nosotros participemos de ella, para que nos adentremos en la vida de comunión y amor trinitario, en la vida de la continua relación de amor.

           
María de la Trinidad. Detalle.
Óleo sobre tela.
Emmanuel Fretes Roy, 2019. Paraguay.
Es el «amor de Dios [el que] ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5, 5); es decir, es la capacidad de relación con Dios lo que se nos ha otorgado. Hemos sido hechos capaces para entrar en una alianza de amor con cada una de las personas divinas: con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Y entrando en relación con cada una de ellas y aprendiendo a descubrirlas en nuestra vida cotidiana –a la luz de la fe- estaremos entrando en comunión con el único y verdadero Dios.

            Así comprenderemos vitalmente que “Uno es Dios […] y Padre de quien proceden todas las cosas; Uno el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y Uno el Espíritu Santo en quien son todas las cosas.”[4]

            A la Santísima Virgen María, Mujer trinitaria, quien como ningún otro se adentró en el misterio de la Trinidad, y lo comprendió y amó; le pedimos en ferviente oración:

            “María de la Trinidad,

            remolino de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo;

            lleva mi corazón consagrado hasta el corazón mismo de Dios Trino

            para que nazca Cristo de nuevo en todos los paraguayos. Amén.”[5]


[1] MISAL ROMANO, La Santísima Trinidad. Solemnidad, Oración colecta.
[2] SAN AGUSTÍN, Confesiones, Libro X, 38.
[3] Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n° 254.
[4] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n° 258.
[5] Oración María de la Trinidad, redactada para la conquista espiritual de la Iglesia de peregrinos en el Santuario de Tupãrenda, Paraguay.

domingo, 9 de junio de 2019

«Proclamar las maravillas de Dios»


Pentecostés – Ciclo C

Jn 20, 19 – 23

«Proclamar las maravillas de Dios»

Queridos hermanos y hermanas:

            Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, en la cual “se nos invita a profesar nuestra fe en la presencia y en la acción del Espíritu Santo y a invocar su efusión sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero.”[1]

            La primera lectura de este día, “tomada de los Hechos de los Apóstoles, cuenta el evento de Pentecostés, mientras el Evangelio ofrece la narración de lo que sucede la tarde del Domingo de Pascua.”[2]

            ¿Por qué se nos ofrece esta doble perspectiva que a primera vista puede aparecer incompatible?

            En realidad la perspectiva lucana y la perspectiva joánica sobre Pentecostés se complementan, y ambas nos ayudan a comprender en profundidad este misterio salvífico, ya que “Pascua es Pentecostés. Pascua ya es el don del Espíritu Santo. Pentecostés, no obstante, es la convincente manifestación de la Pascua a todas las gentes.”[3]

«Reciban el Espíritu Santo»

            Para el Evangelio según san Juan, Pentecostés, es decir, la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, ocurre «al atardecer del primer día de la semana» (Jn 20, 19).

            En ese momento en que «los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos» (Jn 20, 19), ocurre los inesperado y lo inaudito: «llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”» (Jn 20, 19). Cuando lo reconocieron, por «sus manos y su costado» (Jn 20, 20) que llevan los signos de la Pasión aún en su condición de resucitado, «los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor» (Jn 20, 20).

            Al encontrarse con el Resucitado los discípulos reciben los frutos de todo el proceso pascual que Jesús realizó por nosotros en su Pasión, Muerte y Resurrección. ¿Cuáles son estos frutos pascuales? La paz que otorga Cristo; paz que proviene de aceptar la cruz y transformarla en entrega de amor. El envío apostólico por el cual participamos en la misión que el Padre encomendó al Hijo. Y finalmente, el fruto más espléndido, el Espíritu Santo que realiza la íntima comunión con Dios y por eso opera el perdón de los pecados.

            Paz en el corazón; envío misionero y la reconciliación obrada por el Espíritu Santo son los dones pascuales. Y el recibir estos dones pascuales y ponerlos por obra en la vida es lo que constituye el acontecimiento de Pentecostés. 

«Jesús es el Señor»

            Por esta razón cada encuentro con el Resucitado es una actualización del acontecimiento de Pentecostés. Cada vez que en los sacramentos –en especial en la Eucaristía- nos encontramos auténticamente con Jesús resucitado, recibimos paz, envío y reconciliación en el Espíritu. Comprendemos ahora qué significa que Pascua sea Pentecostés.

            Y por esta razón Pentecostés no es un recuerdo del ayer sino un acontecimiento de nuestro hoy.

            También hoy, impulsados por el Espíritu Santo los cristianos decimos con palabras y obras: «Jesús es el Señor» (1 Cor 12, 3b). También hoy «en cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. (…) Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo, (…), y todos hemos bebido de un mismo Espíritu» (1 Cor 12, 7. 13).

«Proclamar las maravillas de Dios»

            Y lo que ocurrió «al atardecer del primer día de la semana» y lo que ocurre hoy en cada encuentro con el Resucitado debe testimoniarse, debe manifestarse. Es lo que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles y a lo que nos exhorta la Liturgia de hoy.

            También hoy muchos hombres y mujeres esperan anhelantes el testimonio auténtico y convincente de la Resurrección de Jesús y su presencia y acción actuales por medio del Espíritu.

            En aquel entonces los discípulos –por obra del Espíritu Santo y por su anhelante apertura de corazón- fueron capaces de expresar en diversidad de lenguas «las maravillas de Dios» (Hch 2, 11).

            También nosotros estamos llamados a experimentar en nuestras vidas «las maravillas de Dios» y proclamarlas, compartirlas con los demás.

           
Vas Spirituale - Vaso Espiritual
Grabado. Pinterest.
Y «proclamar las maravillas de Dios» significa animarse a reconocer lo que Jesucristo ha obrado y obra en mí y compartirlo. Compartir no para llamar la atención de los demás sobre nosotros, sino sobre Aquel que obra grandes cosas en los humildes (cf. Lc 1, 49). Compartir para que otros se animen a abrir sus corazones a Jesús resucitado.

           Pero ese compartir es sobre todo proclamar con alegría, autenticidad y creatividad «las maravillas de Dios». Cuando comparto o hablo sobre Dios, ¿cómo lo hago? ¿Hablo sobre lo que Él obra o sobre lo que yo hago? ¿Hablo sobre sus maravillas o más bien sobre mis supuestos méritos y los aparentes límites de los demás? ¿Presente a Dios desde la alegría y la misericordia o desde el temor y el castigo?

            La presencia del Espíritu en nuestros corazones nos lleva a hablar de Dios con alegría y mostrando a los demás lo hermosos que es el proyecto de vida que Dios tiene para cada uno. Y así, atraídos por esa alegría y hermosura, muchos se acercarán al Señor, recibirán sus dones pascuales y se comprometerán a vivir una vida nueva: la vida en Cristo, la vida del Espíritu, la vida de los hijos de Dios y de los hermanos en la Iglesia.

             En el Pentecostés que acontece hoy, volvemos a reunirnos anhelantes en torno a María, Vas spirituale - Vaso espiritual, y le decimos suplicantes:

            “Abre nuestras almas al Espíritu de Dios,

            y que Él nuevamente arrebate

           
al mundo desde sus cimientos.”[4] Amén.




[1] BENEDICTO XVI, Homilía [en línea]. [fecha de consulta: 8 de junio de 2019]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2010/documents/hf_ben-xvi_hom_20100523_pentecoste.html >
[2] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio homilético (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2015), 59.
[3] Ibídem
[4] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 353.

domingo, 2 de junio de 2019

«Serán mis testigos hasta los confines de la tierra»


La Ascensión del Señor – Ciclo C

Lc 24, 46 – 53

Hch 1, 1 – 11  

«Serán mis testigos hasta los confines de la tierra»

Queridos hermanos y hermanas:

            En el libro de los Hechos de los Apóstoles –en el pasaje que hemos leído hoy- se nos dice que: «Después de su Pasión, Jesús se manifestó a los Apóstoles dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios» (cf. Hch 1, 3).

            Por lo tanto, el Resucitado se manifestó varias veces a los Apóstoles y los instruyó. Sin embargo, en una de esas ocasiones, cuando les hablaba de la «promesa del Padre», es decir, del envío del Espíritu Santo, ellos todavía le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» (Hch 1, 6).

«¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

            Pareciera ser que a pesar de que están en contacto con el Resucitado todavía tienen categorías muy mundanas al pensar la realidad. Pareciera ser que todavía siguen con la expectativa de un Mesías de liderazgo político que restaure el reino de Israel.

            Sin embargo, la resurrección y la ascensión superan todas las categorías intra-mundanas de espacio y tiempo, y todas las fronteras políticas y culturales. El Mesías resucitado no restaura el reino político de Israel sino que instaura el Reino de Dios, es decir, la soberanía de Dios, la cual consiste en “asumir su voluntad como criterio”[1] último de la vida. Por lo tanto, este Reino de Dios que se manifiesta plenamente en la resurrección de Jesucristo es necesariamente universal, “abarca toda la tierra”[2].

            Lo cual nos permite comprender la profundidad de las palabras siguiente de Jesús y todo lo que ellas implican para nosotros: «Recibirán la fuerza el Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

«Serán mis testigos hasta los confines de la tierra»

           
La Ascensión de Cristo. 1510 - 1520.
Benvenuto Tisi. Óleo sobre panel.
Galleria Nazionale d´Arte Antica. Roma, Italia.
Wikimedia Commons.
Precisamente porque Jesucristo ha resucitado y “subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”[3] puede Él enviar constantemente a su Iglesia y a la humanidad el Espíritu Santo, «la fuerza que viene de lo alto» (Lc 24, 49).

            Esta efusión del Espíritu que se anuncia en el día de la Ascensión del Señor es lo que capacita a los Apóstoles, a los discípulos, a la Iglesia toda y a cada bautizado a ser testigos del Resucitado.

            Por eso, esta solemnidad litúrgica no se trata solamente de intentar penetrar el misterio de la Ascensión del Señor al Cielo, sino de tomar consciencia del nuevo orden de cosas que Jesús inaugura con su resurrección y ascensión. Por eso los ángeles preguntan a los Apóstoles –y a nosotros- : «¿ por qué siguen mirando al cielo?» (Hch 1, 11). La Ascensión marca el inicio del tiempo del apostolado y la misión, el tiempo de dar testimonio alegre y fervoroso de Jesús resucitado y la vida nueva que nos otorga por medio del Espíritu Santo.

            Por supuesto que cada tanto necesitamos mirar hacia el Cielo en la oración y la meditación del Evangelio, en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos; pero lo hacemos para ser «revestidos con la fuerza que viene de lo alto» (Lc 24, 49) y así, siempre de nuevo, ser enviados para ser sus «testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

«Recibirán la fuerza del Espíritu Santo»

            Digamos todavía algo más sobre el Espíritu Santo. En esta solemnidad litúrgica de la Ascensión del Señor y en el texto evangélico que se ha proclamado, el Espíritu Santo se nos revela no solamente como la «promesa del Padre» y la «fuerza que viene de lo alto» y nos capacita para ser testigos del Resucitado.

            Sino también y sobre todo, el Espíritu Santo se revela como vínculo vivo y permanente entre el Jesús glorificado a la derecha del Padre y su Iglesia que, misionando y dando testimonio de Él, peregrina hacia el Cielo, hacia el Padre.

            Ahora comprendemos plenamente el misterio salvífico de la Ascensión: el mismo consiste en la glorificación de Jesús resucitado que asciende al Padre y así causa la perpetua efusión del Espíritu que anima interiormente a la Iglesia obrando la íntima comunión con el Resucitado, el testimonio auténtico y creíble y la predicación con palabras y obras. Ascensión del Señor; efusión del Espíritu y misión de la Iglesia. He ahí las tres dimensiones del misterio que hoy celebramos.

            Jesús está en tu corazón precisamente porque ha ascendido al Padre y por la fuerza del Espíritu Santo habita en ti. ¿Dónde te envía hoy a dar testimonio de su presencia en tu vida? ¿A qué confines existenciales te envía hoy? ¿Qué fronteras te invita a traspasar?

            A María, Madre del Resucitado, a quien la felicidad de su Hijo en la ascensión a su Padre la hace dichosa, le pedimos que nos enseñe a ser auténticos testigos de Jesús resucitado llevando a todos los confines de nuestra patria y de nuestra existencia la alegría de su presencia constante en nuestros corazones y en nuestras vidas. Que así sea. Amén.

P. Oscar Iván Saldívar F., I.Sch.



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007), 180s.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 109.
[3] MISAL ROMANO, Símbolo de los Apóstoles.

domingo, 26 de mayo de 2019

«El que me ama será fiel a mi palabra»


Domingo 6° de Pascua – Ciclo C

Jn 14, 23 – 29

«El que me ama será fiel a mi palabra»

Queridos hermanos y hermanas:

            Una vez más Jesús nos habla del amor; nos habla de lo que implica amarlo a Él y de lo que este amor realiza en nosotros.

            Pareciera ser que Jesús es consciente del desafío de hablar del amor. Entendemos cosas y realidades tan diversas al escuchar o pronunciar la palabra amor. “El término «amor» se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes.”[1]

            Sin embargo, para el cristiano, para el discípulo de Jesús, lo que es el amor y cómo vivirlo está siempre determinado por la palabra y la vida de Jesucristo, aquél «que habiendo amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13, 1); aquél que dijo a sus amigos: «Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15, 12 – 13).

«El que me ama será fiel a mi palabra»
            Por lo tanto, cuando Jesús dice: «el que me ama será fiel a mi palabra», le está dando un objeto y una orientación muy concretos al amor del discípulo, al amor del cristiano.

           
Prólogo del Evangelio según san Juan.
Lengua latina.
Novum Testamentum Graece et Latine,
D. Eberhard Nestle. 15° Edición.
Stuttgart, 1951.
El objeto de este amor es la palabra de Jesús y por lo tanto el Evangelio se vuelve la orientación decisiva del amor cristiano. De allí que el amor a Jesús se manifieste como fidelidad a su palabra.

            Es decir, amar a Jesús significa amar su palabra. Y como nadie ama lo que no conoce, para amar auténticamente la palabra de Jesús debemos conocerla, acogerla y vivirla.

            ¿Cuánto conocemos, acogemos y vivimos el Evangelio? ¿Cuánto tiempo dedicamos a la lectura orante de la Palabra? ¿Cuánto permitimos que esa Palabra habite en nuestro interior y nos oriente?

            Amar es conocer; amar es acoger en nuestro interior; amar es vivir lo conocido; amar es ser fiel como «Jesucristo, el Testigo fiel» (Apoc 1,5) de Dios.

«El Espíritu Santo les enseñará y les recordará»

            El Señor, que nos conoce y nos ama personalmente, sabe que amar como  Él no amó es una experiencia que no podremos realizar sólo con nuestras propias fuerzas y capacidades. Por eso Él nos promete un Paráclito, «el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre –dice el Señor-, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho» (Jn 14, 26).

            Sí, junto con el don de sus palabras, Jesús nos promete el don del Espíritu Santo. Es este Espíritu el que, a medida vayamos leyendo y acogiendo el Evangelio de Jesús, nos enseñará todo lo necesario y nos recordará la palabra justa en el momento oportuno.

            Hay una relación entre Evangelio y Espíritu. Por eso la lectura orante de los evangelios nunca es mero ejercicio intelectual o actividad informativa; se trata, sobre todo, de una feliz experiencia del Espíritu. Porque si aprendemos a buscar en medio de las palabras del Evangelio al que es la Palabra hecha carne (Jn 1, 14), entonces experimentaremos la acción del Espíritu que es Maestro de amor y Memoria de amor.

            Maestro de amor porque nos enseñará, en el contacto con los evangelios, a amar a Jesús y como Jesús. Memoria de amor porque en las distintas situaciones de nuestra vida nos hará presente la vida y la palabra de Jesús.

«Iremos a él y habitaremos en él»

            Así, conociendo vitalmente la palabra de Jesús, y acogiéndola para vivirla por la acción del Espíritu Santo en nosotros, experimentaremos lo que obra el amor de Cristo en nosotros: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él» (Jn 14, 23).

            El auténtico amor a Cristo –expresado en el conocimiento amoroso y la vivencia del Evangelio- obra en nosotros el don de la inhabitación de Dios en nuestra alma. “Quien ama al Señor Jesús y observa su palabra experimenta ya en este mundo la misteriosa presencia de Dios uno y trino.”[2]

            Y no puede ser de otra manera ya que irradiamos lo que amamos, irradiamos lo que llevamos en el corazón. Y si llevamos el Evangelio en el corazón, el mismo Dios que es amor (cf. 1 Jn 4, 16) pondrá su morada en nuestro interior y nos concederá la auténtica paz, aquella que no procede del mundo (cf. Jn 14, 27) sino de ese amor más grande que es capaz de dar la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13).

            A María, Mater Verbi – Madre del Verbo, que supo acoger en sus entrañas a la Palabra del Padre y permanecer fiel al sí que pronunció, le pedimos que nos eduque para conocer y vivir el Evangelio de su hijo y que implore para nosotros “la prometida irrupción del Espíritu Santo”[3] que nos enseñará y recordará las palabras de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.




[1] BENEDICTO XVI, Deus Caritas est, 2.
[2] BENEDICTO XVI, Homilía, VI Domingo de Pascua, 13 de mayo de 2007 [en línea]. [fecha de consulta: 26 de mayo de 2019]. Disponible en: <https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2007/documents/hf_ben-xvi_hom_20070513_conference-brazil.html>
[3] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 353.
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Audio de esta homilía disponible en: <https://drive.google.com/open?id=117qq8hhFNpxI2mP9FCHd2k1BK2KG8Abd>