La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 27 de marzo de 2016

Triduo de Misericordia - Meditación Pascual 2016

Domingo de Pascua 2016

Triduo de Misericordia

Queridos hermanos y hermanas:

“El Señor resucitó verdaderamente, aleluia”[1]. Con esta antífona, inspirada en las palabras de los discípulos: « ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34), la Liturgia de nuestra fe nos invita a celebrar y vivir la Resurrección de Cristo, inicio de nuestra propia resurrección.

Todavía no habían comprendido…

            El Evangelio que hemos proclamado en esta celebración (Jn 20, 1-9) nos relata los primeros momentos de aquel «primer día de la semana» en que María Magdalena y lo discípulos encontraron el sepulcro vacío.

            Pedro y Juan vieron «las vendas en el suelo, y también el sudario» que había cubierto la cabeza de Jesús (Jn 20, 6-7). Ante sus ojos se encontraban los signos de que efectivamente el Crucificado había resucitado: el sepulcro vacío y las vendas y el sudario enrollados. Sin embargo «todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20, 9).

            En realidad, para los discípulos de Jesús, todos los acontecimientos que se desarrollaron en torno a su Maestro desde la “cena pascual” resultaban difíciles de asimilar y comprender en toda su profundidad. Era difícil comprender que Aquél que «pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio» (Hch 10,38) había sido colgado en un madero. Era difícil comprender que Aquél que había regalado misericordia a los hombres no recibiera misericordia en el momento de su pasión y muerte en cruz. Sí, «todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20, 9).

Triduo de misericordia

            También a nosotros muchas veces se nos hace difícil comprender el Misterio Pascual de Cristo. En estos días santos hemos celebrado el Sagrado Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

            Si hacemos memoria de las celebraciones que hemos vivido, recordaremos cómo el Jueves Santo vimos a Jesús pasar en medio de nosotros lavando nuestros pies y nuestras heridas, recordaremos cómo Jesús quiso quedarse en medio de nosotros, y de nuestra vida, en el Pan y el Vino consagrados: «es la Pascua del Señor», Pascua de misericordia (Ex 12,11b).

            El Viernes Santo tomamos conciencia de que en la cruz «Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias» (Is 53,4), y al hacerlo nos ha liberado, nos ha sanado, nos ha salvado. «Por sus heridas fuimos sanados» (Is 53,5). Así, la Cruz de Cristo volvió a brillar ante nuestros ojos con toda su luz y se nos manifestó como lo que realmente es: signo de misericordia que sana, misericordia que es amor hasta el fin (cf. Jn 13,1), misericordia que es capaz de asumir la muerte.

            Pero precisamente, asumiendo nuestra muerte Jesús nos ha mostrado el alcance de la misericordia de Dios: se trata de “una potencia especial del amor, que prevalece sobre el pecado”[2] y la muerte. “El Hijo de Dios en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte.”[3] Sí, la misericordia que Jesús nos ha donado a nosotros al entregar su vida en la cruz, la ha recibido de vuelta de manos del Padre en la resurrección.

            A la luz del Misterio Pascual de Jesucristo cobran un nuevo sentido las palabras del sermón de la montaña: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). Felices los que entregan su vida por los demás, porque recibirán  “la plenitud de la vida en la resurrección.”[4] Así todo este Triduo Pascual que hemos vivido se nos revela como Triduo de misericordia y la Pascua como plenitud de la misericordia divina.

Testigos de la resurrección, testigos de la misericordia

            Solamente creyendo en la misericordia comprenderemos el Misterio Pascual de Jesucristo y podremos ser testigos de su resurrección, testigos de su misericordia. Solamente creyendo en la misericordia podremos entregar nuestras vidas en el día a día a pesar de todos los cansancios y de todos los obstáculos, sabiendo que quien entrega su vida en el amor la recuperará plenamente en la resurrección. Solamente creyendo en la misericordia podremos siempre de nuevo volver a empezar, sabiendo que la resurrección de Jesús nos permite siempre un nuevo inicio. Solamente creyendo en la misericordia podremos vencer al rencor con el perdón, sabiendo que la misericordia es amor que prevalece sobre el pecado y la infidelidad.

           
                Así, para nosotros los cristianos, “el Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente”[5] y su fuente. Y luego de estos días santos estamos llamados a ser testigos de su resurrección, testigos de su misericordia. Lo que hemos celebrado debemos ahora vivirlo con alegría y confianza.

            A María, Mater Misericordiae, le pedimos que la misericordia que hemos experimentado en la Pascua de Jesucristo nos dé las gracias necesarias para que en nuestra vida cotidiana podamos ser «misericordiosos como el Padre» (Lc 6,36). Amén.
              
           
              




[1] Antífona inicial de la Misa del Domingo de Pascua
[2] JUAN PABLO II, Dives in misericordia 4.
[3] JUAN PABLO II, Dives in misericordia 8.
[4] MISA ROMANO, Plegaria Eucarística para diversas circunstancias I.
[5] JUAN PABLO II, Dives in misericordia 8.

jueves, 24 de marzo de 2016

La cruz: misericordia que sana - Viernes Santo 2016

La cruz: misericordia que sana

Viernes Santo 2016 - Ciclo C

Queridos hermanos y hermanas:

            El texto tomado del libro del profeta Isaías (Is 52,13-53,12) nos ayuda a interpretar y comprender el alcance de los hechos que Jesús vivió por nosotros. En efecto, hecho y palabra se necesitan mutuamente para transmitir con profundidad el misterio salvífico que estamos celebrando y recordando en esta Acción Litúrgica de la Pasión del Señor.

«Todo se ha cumplido»

            Por un lado, Jesús cumple la Sagrada Escritura, vive de ella y desde ella: «Todo se ha cumplido» (Jn 19,30) dice, precisamente en el culmen de su obra mesiánica en la cruz y antes de entregar su espíritu. Por otro lado, la Sagrada Escritura encuentra su cumplimiento en Jesús. En la vida, pasión y muerte de Jesucristo, la Escritura cobra vida y se hace comprensible su sentido salvífico: «Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias… Él fue traspasado y triturado por nuestras iniquidades» (Is 53, 4.5).

Si miramos con ojos de fe la Pasión del Señor, si miramos con detenimiento al Crucificado en la cruz, comprenderemos que «Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias» (Is 53,4). De eso se trata la Pasión de Jesús, de eso se trata su cruz, que en realidad es nuestra cruz. La cruz de cada uno y de todos.

En este día santo queremos mirar con ojos de fe la Pasión del Señor, no por un afán masoquista o por una curiosidad morbosa ante el sufrimiento de un inocente; sino, para tomar conciencia de que Jesús, “que es el único Justo, se entregó a sí mismo a la muerte, aceptando ser clavado en la cruz por nosotros”.[1] Para tomar conciencia de que Él ha soportado nuestros sufrimientos y dolencias. Para tomar conciencia de que Él ha cargado sobre sí nuestro pecado y nuestro dolor. Y al hacerlo nos ha liberado, nos ha sanado, nos ha salvado. «Por sus heridas fuimos sanados» (Is 53,5).

Éste es el sentido salvífico de la cruz, y en realidad, de toda la vida de Jesucristo: cargar sobre sí nuestras dolencias, nuestras heridas, nuestros pecados, nuestras cruces. Comprendemos así que la cruz es la misericordia más grande que Jesucristo ha hecho con nosotros.

Sus heridas me han sanado, su misericordia me ha sanado

Y esa misericordia de Jesús en la cruz continúa hoy, pues, “la Pasión de Jesús dura hasta el fin del mundo, porque es una historia de compartir los sufrimientos de toda la humanidad y una permanente presencia en las vicisitudes de la vida personal de cada uno de nosotros.”[2]

Así, la cruz, la que veneraremos solemnemente; la cruz, que llevamos sobre el pecho cerca del corazón; y los crucifijos, que silenciosamente cuelgan en nuestros hogares, no son meros adornos religiosos, recuerdos o amuletos; son más bien signo de la misericordia de Jesús. La Cruz es el signo de la misericordia de Jesús.

Cada vez que contemplemos la cruz susurremos en nuestros corazones: “sus heridas me han sanado; su misericordia me ha sanado”. Cada vez que nuestra propia cruz se haga pesada: “su misericordia me ha sanado”. Cuando tropezamos con nuestras heridas y pecados: “su misericordia me ha sanado”. Cuando me cueste perdonarme a mí mismo: “su misericordia me ha sanado”. Cuando el rencor quiera apoderarse de mi corazón: “su misericordia me ha sanado”. Cuando la soledad y la incomprensión me visiten: “su misericordia me ha sanado”. Cuando me cueste volver a empezar el camino de la conversión: “su misericordia me ha sanado”. Cuando veo la fragilidad de la Iglesia: “su misericordia me ha sanado”. Cuando el sin sentido y la violencia golpean a la humanidad: “su misericordia me ha sanado”.

Solo quien vive de la misericordia que brota de la Cruz de Jesús puede sobrellevar su propia cruz y ayudar a los demás a cargar con la suya. Solo quien vive de la misericordia de la Cruz de Jesús descubre en todas las circunstancias de la vida el sentido salvífico de cada acontecimiento. Solo quien vive de la misericordia de la Cruz de Jesús puede, como Él, entregar confiadamente su vida en manos del Padre (cf. Jn 19,30; Lc 23,46).

Creer en la Cruz de Jesús, “creer en el Hijo crucificado (…) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia.”[3]

Creamos en la misericordia que brota de la Cruz de Jesús; creamos en la presencia maternal de María al pie de la Cruz; y que esta fe nos ayude a vivir la Cruz de Cristo, y nuestras propias cruces, como misericordia que sana. Amén.
             



[1] MISAL ROMANO, Plegaría Eucarística de la Reconciliación I.
[2] PAPA FRANCISCO, El Triduo Pascual en el Jubileo de la Misericordia. Audiencia general del miércoles 23 de marzo de 2016 [en línea]. [fecha de consulta: 23 de marzo de 2016]. Disponible en: <http://www.news.va/es/news/catequesis-del-papa-el-triduo-pascual-en-el-jubile>
[3] JUAN PABLO II, Carta encíclica Dives in misericordia sobre la misericordia divina, 7.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Pascua del Señor, Pascua de misericordia - Jueves Santo 2016

Pascua del Señor, Pascua de misericordia

Jueves Santo 2016 –Ciclo B
Queridos hermanos y hermanas:

            Con la celebración de la Misa vespertina de la Cena del Señor iniciamos el Sagrado Triduo Pascual, “en el que Cristo padece, reposa en el sepulcro y resucita”.[1] Así, esta celebración del Jueves Santo es una introducción, simbólica y efectiva, al misterio pascual de Jesucristo, y por ello, a nuestra propia pascua también.

La Pascua del Señor

            En la Liturgia de la Palabra el libro del Éxodo nos relata los preparativos del pueblo de Israel para «la Pascua del Señor». Luego de dar con precisión las indicaciones para la cena ritual –elección del animal a sacrificar, características del mismo, signación de las puertas, manera de comer la carne, los panes sin levadura y las verduras amargas-, el texto insiste con firmeza: «Es la Pascua del Señor. Esa noche yo pasaré por el país de Egipto… …Yo soy el Señor» (Ex 12, 11b-12).

            Es la Pascua del Señor. Se trata de su paso salvador en medio de su pueblo.[2] Su paso es salvación y liberación para los que creen en Él.

            Israel debe estar preparado para ese “paso” del Señor, y debe estar preparado para ir tras Él, tras sus pasos, tras sus huellas. El comer «ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano» (Ex 12,11) demuestra la actitud de los hombres y mujeres que están dispuestos para partir, para seguir a su Señor, para ser “pueblo en salida”, “pueblo peregrino” que sigue la Pascua de su Señor.

La Pascua del Señor en nuestras vidas

            Así como Israel debía estar preparado para la Pascua del Señor, también la Iglesia –nuevo Israel- debe estar preparada para el paso del Señor. Sí, cada uno de nosotros debe estar preparado para percibir el paso del Señor por su vida.

            En la Primera Carta a los Corintios, Pablo nos recuerda: «siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva» (1 Cor 11,26).

            También los cristianos recordamos y celebramos la Pascua de Cristo: su paso por medio de la muerte en cruz hacia la vida plena de la resurrección. La Pascua definitiva, el paso definitivo. Proclamamos su muerte y resurrección esperando su venida gloriosa.

            Así mismo la Eucaristía es el paso de Jesús en medio de nosotros, en medio de nuestra vida. Como bellamente lo expresa una oración del P. José Kentenich: “Padre, has enviado al Hijo como prenda de tu amor. (…) Por amor se entrega como ofrenda y alimento sobre el altar. Allí quiere reinar siempre entre nosotros y habitar en nuestra cercanía.”[3] Sí, en la Eucaristía Jesús pasa en medio de nosotros, habita en nuestra cercanía e incluso en nuestro corazón.[4] «Es la Pascua del Señor».

Pascua de misericordia

           
         Finalmente en «su hora de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1), Jesús nos muestra que la Pascua del Señor es Pascua de misericordia. Sacándose el manto y lavando los pies a sus discípulos (cf. Jn 13, 4-5), Jesús nos muestra que su paso por nuestras vidas es siempre un paso de misericordia. Él se despoja de sí mismo, se inclina ante nosotros y lava nuestros pies.

            Por eso, al iniciar el Triduo Pascual nos hará bien recordar todas las veces que el Señor Jesús pasó por nuestras vidas haciéndonos misericordia. En tantas personas y acontecimientos de nuestra vida ha estado Jesús arrodillado ante nosotros lavando nuestros pies y sanando nuestras heridas: en el sacramento de la Reconciliación; en la visita de un amigo; en una corrección fraterna; en el amor silencioso y cotidiano de nuestros seres queridos; en una palabra del Evangelio; en una moción interior del Espíritu que me trajo paz y misericordia. Cada uno rememore ese momento de misericordia y diga en su corazón: «Es la Pascua del Señor».

            Y si el Señor ha pasado en medio de nuestras vidas con su misericordia, es para que con los pies limpios y el corazón renovado lo sigamos a Él en su Pascua haciendo el bien a los demás: «Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13, 14-15).

            Sí, haciendo lo mismo que hizo Jesús –en esta celebración y sobre todo en nuestra vida cotidiana- vamos siguiendo sus huellas, sus pasos, y caminamos detrás de Él hacia la Pascua definitiva, la Resurrección.

            Que María, Mater Misericordiae, aliente nuestro caminar detrás de su hijo, para que nuestro paso por la vida de nuestros hermanos sea también Pascua del Señor, Pascua de misericordia. Amén.



[1] CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Misal Romano Cotidiano (CEA, Oficina del Libro, Buenos Aires 2011), 470.
[2] X. LÉON-DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, «Pascua» (Herder, Barcelona 1993), 647.
[3] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, estrofas 50-51.
[4] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, estrofa 143.

sábado, 19 de marzo de 2016

Testigos y misioneros de la misericordia

Testigos y misioneros de la misericordia

Domingo de Ramos 2016 – Ciclo C

Queridos hermanos y hermanas:

            Con la bendición de las palmas y los ramos, y con la procesión del Domingo de Ramos, hemos conmemorado la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén. Podríamos decir que por medio de esta procesión de los ramos es como si también nosotros nos uniéramos al “grupo creciente de peregrinos”[1] que seguía a Jesús en su camino desde Galilea hacia Jerusalén.

¿Quiénes son los que siguen a Jesús?

            Los evangelios de “Mateo y Marcos nos dicen que, ya al salir de Jericó, había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (Mt 20,29; cf. Mc 10,46)”.[2] Pero ¿quiénes eran estos hombres y mujeres que seguían a Jesús? ¿Por quiénes está conformada esta muchedumbre que grita jubilosa: «¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!» (Lc 19,38)?

           
          Por los evangelios sabemos que se trata en primer lugar de los apóstoles y los discípulos; pero a medida que Jesús camina entre los hombres y mujeres de su tiempo y de su tierra haciéndoles el bien, muchos de ellos se unen a su peregrinación. Entre ellos Bartimeo, el ciego que por su fe recobró la vista «y le seguía por el camino» (cf. Mc 10, 46-52).

            Los que siguen a Jesús son aquellos que ha experimentado su misericordia de forma personal: los ciegos que recobraron la vista, los enfermos que han sido sanados, los pecadores que han sido perdonados, las adúlteras que no han sido condenadas, los marginados que han sido incluidos, los angustiados que han sido consolados y los pobres que han sido saciados… Todos los que han experimentado la misericordia de Dios en Jesús; todos los que han experimentado en Jesús que «el Reino de Dios está cerca» (Mc 1,15).

            Son ellos los que «llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto» (Lc 19,37).

Peregrinos de la misericordia

           
        Así, los hombres y mujeres que caminan hacia Jerusalén siguiendo a Jesús y aclamándolo como Rey y Mesías, se convierten en “peregrinos de la misericordia”. Porque han recibido misericordia en sus vidas están de nuevo en pie, llenos de alegría, caminando con Jesús y como Jesús.

            Sí, también nosotros estamos aquí porque hemos experimentado la misericordia de Jesús en  nuestras vidas. También nosotros, gracias a Jesús volvimos a mirar nuestra vida con fe, también nosotros hemos sido sanados, perdonados, liberados y saciados en lo más profundo de nuestro corazón. También nosotros hemos sido salvados de la tristeza y el aislamiento al haber sido incorporados a la Iglesia de Jesús.

            Cada uno de nosotros ha experimentado esa misericordia en algún momento de su vida, por eso está aquí aclamando al «Rey que viene en nombre del Señor». Sí, también nosotros somos peregrinos de la misericordia de Jesús. También nosotros creemos en su amor y en su entrega.

Misioneros de la misericordia

            Y si somos peregrinos de la misericordia de Jesús, si nos unimos a su peregrinar, al peregrinar de su Iglesia a través de todos los tiempos y espacios de la humanidad, es para convertirnos en “testigos de la misericordia”, en “misioneros de la misericordia”.

            También hoy los hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitan testigos y misioneros de la misericordia que con sus palabras y sus obras proclamen: «¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!».

            Testigos y misioneros de la misericordia que con sus vidas nos ayuden a comprender que Jesucristo «se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombre» (Flp 2,7).

            Queridos hermanos y hermanas, hemos recibido misericordia, y la hemos recibido para regalarla. En la medida en que testimoniemos esta misericordia de Jesús siendo misericordiosos con los demás –con todos, sin fronteras, sin condiciones, sin excepciones-, en esa medida estaremos reconociendo a Jesús como Rey y Mesías de nuestras vidas. Y así, muchos otros reconocerán en nuestra misericordia a Jesús misericordioso.

            Que María, Madre de Misericordia, nos ayude a adentrarnos en estos días santos como peregrinos de la misericordia de Jesús. Amén.  




[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2011), 12.
[2] Ibídem

viernes, 11 de marzo de 2016

Misericordia: un nuevo camino de vida

Misericordia: un nuevo camino de vida

Domingo V de Cuaresma – Ciclo C

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra de hoy nos ofrece el evangelio de la “mujer adúltera” (Jn 8, 1-11). Los estudiosos de la Sagrada Escritura dicen que se trata de una “perícopa errática”[1]; es decir, un texto que no pertenece originalmente al corpus del Evangelio según San Juan. Probablemente, en su origen se tratara de una historia oral independiente “que se divulgó entre las comunidades cristianas, pero que durante largo tiempo no encontró un puesto en ninguno de los evangelios canónicos.”[2]

            Sin embargo “su canonicidad, carácter inspirado y valor histórico están fuera de discusión”[3], y por eso finalmente este texto encuentra un lugar en el Evangelio según San Juan al inicio del capítulo 8.

            ¿Por qué menciono este hecho relativo a la historia de la tradición del texto? Porque “refleja la tensión entre fidelidad  a la tradición de Jesús y los intereses de la disciplina de la Iglesia”[4]. Se trata de la tensión entre misericordia y disciplina eclesiástica. Tensión que todo creyente experimente en la Iglesia pero también en su propia vida.

Conviértanse y crean en la Buena Noticia

               Para comprender del todo la tensión aquí planteada debemos volver nuestra mirada hacia el inicio de la predicación de Jesús. En el Evangelio según San Marcos leemos: «Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”» (Mc 1,14-15).

            Desde el comienzo de su predicación Jesús anuncia la “proximidad salvadora del reino de Dios”[5], ese reino de Dios que se hace presente y actuante en su propia vida y en sus gestos para con todos, y en especial para con los pecadores y marginados. Y justamente a los pecadores, Jesús llama a la conversión y a creer en la Buena Noticia: a creer que Dios está cerca para salvar, sanar y perdonar.

            Como enviado de Dios, Jesús es consciente de que precisamente a los pecadores “puede otorgarles el perdón de los pecados y posibilitarles una nueva vida”[6], un nuevo comienzo. Con Jesús siempre podemos volver a empezar.

        Así se nos muestra Jesús en el evangelio de la “mujer adúltera”. Con libertad soberana y con autoridad Jesús sale al encuentro de esta mujer «sorprendida en flagrante adulterio» (Jn 8,4); sale a su encuentro más allá de las palabras y reclamos de sus acusadores, más allá de los prejuicios y normas.

            Jesús sale al encuentro de esta mujer y la rescata de las piedras de sus acusadores (cf. Jn 8,5) otorgándole su perdón de forma incondicional: «”Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante”» (Jn 8,10-11).

            “Jesús confía en que el perdón de los pecados puede tocar al hombre en lo más íntimo, a fin de moverle de esa manera a la conversión. El perdón de los pecados que Jesús otorga provoca la conversión; es la secuela del perdón, no su condición previa.”[7]  

Crean en la Buena Noticia

            La Buena Noticia –el Evangelio- que trae Jesús es el perdón incondicional de los pecados. ¿En qué consiste entonces la conversión? Tendemos a pensar que la conversión pasa en primer lugar por la ética y la moral. Así ponemos la conversión como requisito de la comunión con Dios. Sin embargo, a lo largo de su Evangelio Jesús nos ofrece la comunión con Dios que nos lleva a la conversión de vida.

            Como dice el Papa Francisco: “No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[8]

            La conversión –siempre necesaria- se inicia entonces creyendo en la Buena Noticia, creyendo en el amor, creyendo en la misericordia. “Hemos creído en el amor: así puede expresar el cristiano su opción fundamental de vida.”[9] Creyendo nos convertimos hacia Dios.

            Se trata de creer en esa salvación que nos ofrece Jesús, creer en su misericordia, creer en su perdón. ¿Qué implica esto? Implica a toda la persona humana. Implica el afecto: sentirnos perdonados, en paz, serenos. Implica el intelecto: sabernos perdonados. Implica la voluntad: vivir como perdonados, como redimidos. «Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante» (Jn 8,11). Estas palabras de Jesús marcan el inicio de un nuevo camino de vida.

Misericordia: un nuevo camino de vida

            Así el cristianismo, que es una “religión del perdón de los pecados y de la conversión”[10], se nos presenta como un don y una tarea. En su misericordia Jesús nos hace el don de su perdón incondicional: «Yo tampoco te condeno»; pero con este mismo perdón incondicional posibilita una nueva vida y con ello nos entrega una tarea: «Vete, no peques más en adelante».

            Por eso la  misericordia de Dios en Cristo Jesús se nos presenta como un nuevo camino de vida, ella nos habilita  “a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado”.[11]  Sí, se trata de un nuevo comienzo, un nuevo inicio, tal como lo señala el profeta Isaías: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?» (Is 43,19).


            La tensión entre misericordia y disciplina se resuelve recibiendo como don la misericordia y comprometiéndose a asumir un nuevo camino de vida, a vivir no ya desde el egoísmo sino desde el amor y la libertad. «Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta» (Flp 3,13-14).

            Lanzarnos hacia adelante es lanzarnos hacia la misericordia de Dios viviendo comprometidos con el amor. Dejar atrás el pecado que nos ata, dejar atrás las piedras de la tristeza y la desconfianza, y mirar hacia adelante, hacia la misericordia, viviendo la vida nueva en Cristo Jesús.

            Que María, Madre de Misericordia, escuche el clamor de nuestros corazones y con esos sus ojos misericordiosos nos levante de la tristeza y el temor del pecado, y nos ayude a caminar en  la misericordia de Cristo Jesús. Amén.



[1] J. BLANK, El Evangelio según San Juan. Tomo Primero b. Cap. V y VII-XII (Editorial Herder, Barcelona 1991), 123.
[2] Ibídem
[3] BIBLIA DE JERUSALÉN, nota a Jn 7,53-8,11.
[4] J. BLANK, J. BLANK, El Evangelio según San Juan…, 123.
[5] J. BLANK, J. BLANK, El Evangelio según San Juan…, 130.
[6] Ibídem
[7] Ibídem
[8] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 7, citando a BENEDICTO XVI, Deus Caritas est 1.
[9] BENEDICTO XVI, Desus Caritas est 1.
[10] J. BLANK, El Evangelio según San Juan…, 129.
[11] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 22.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Llamados a una renovación radical - Recensión

Llamados a una renovación radical

Mensaje de los Obispos del Paraguay – Noviembre de 2015

            Como resultado de su 207a Asamblea Plenaria Ordinaria, los Obispos católicos del Paraguay nos ofrecen un mensaje titulado “Llamados a una renovación radical”.[1] Este documento nos invita a recoger las experiencias vividas durante la visita del Papa Francisco al Paraguay (Julio de 2015) y a profundizar en ellas, para iniciar un necesario proceso discernimiento: “¿Qué nos deja esta visita? ¿Cómo continuar el camino? ¿A qué nos llama Dios después de esta visita?”.[2]

Sin este discernimiento, la visita papal quedará como un acontecimiento histórico, cargado de significado y afecto, pero sin producir los frutos de conversión personal y eclesial que todos anhelamos.

Luego de una breve Introducción, los Obispos dan cuenta del Mensaje del Papa, señalando que el mismo es “claro y profético, nos despierta e interpela, y su lenguaje sencillo y concreto llega a nuestra cultura.”[3] Así mismo nos dicen que “antes de recorrer los ejes principales del mensaje del Papa es importante recalcar el simple pero profundo hecho de que a través de sus homilías, de sus gestos, de los principales documentos ya publicados (Evangelii Gaudium, Misericordiae Vultus, Laudato Si´), de sus discursos, de todo su ministerio y su persona, el Papa Francisco llama a la Iglesia a una renovación radical. Sus intervenciones apuntan menos a contenidos doctrinales y más a urgencias pastorales.”[4]
 
La tónica fundamental del mensaje episcopal está en recoger este llamado a la renovación eclesial que nos hace el Papa Francisco. “Debemos meditar sobre este simple y significativo llamado. Renovar significa hacer “nuevo”, no al estilo de los productos de consumo que siempre son “nuevos” porque se modifica un poco su aspecto o su presentación, sino con lo novedad transformadora y vivificante del Evangelio.”[5]

“Esta renovación es un “deber de radicalidad”. Debe ir a las raíces. El Evangelio nos invita a tener sabor, a fermentar la masa, a comunicar vida, a vivir por los demás, a amar.”[6]

Del Mensaje del Papa, los Obispos señalan “algunos ejes principales que, como Iglesia en el Paraguay, debemos tener en cuenta”[7]: Conocer a Dios; Salir a compartir: la misión-hospitalidad; Humildad y misericordia; Ser pueblo: diálogo social y bien común. Será provechoso para el creyente –y para aquél que busca entender más al Papa Francisco- leer este apartado con detenimiento para encontrar las concreciones de este mensaje en su propio ámbito. En particular, en este documento se comprende la expresión ser pueblo. Se trata de asumir, con todas sus consecuencias, la conciencia de que nos pertenecemos los unos a los otros. Ser pueblo es pertenecerse mutuamente, y por eso buscar la integración de todos, especialmente de los más pobres y marginados. El bien del pueblo –de la comunidad- está por encima del bienestar individual.

En el apartado Llamado a la renovación, nuestros Obispos dan gracias por el testimonio de radicalidad evangélica que brinda el Papa y anhelan dar respuesta a este testimonio. “Cada persona, comunidad, organización eclesial, consejo pastoral, y cada equipo de trabajo, puede y debe encontrar algo en estos mensajes para renovar su fe y su misión. ¡Leamos los mensajes!, recordemos esta visita histórica y meditemos. Ésta es la tarea que nos queda después de esta visita tan intensa y profunda.”[8]

Seguidamente los Obispos presentan los Desafíos de nuestra realidad eclesial y social, desafíos en los cuales está presente la llamada del Papa Francisco a la Iglesia paraguaya. Entre los desafíos sociales enumeran: al inicio del “Año de la Misericordia” la necesidad de sanación, paz, reconciliación y perdón en muchas situaciones sociales y domésticas; la juventud en Paraguay y su testimonio de compromiso  y civismo; la necesidad del diálogo social para mejorar el ámbito político; el mundo rural, parte esencial de nuestra identidad nacional, para el cual urge una propuesta de arraigo en el campo con una vida plena y digna; el cuidado de los recursos naturales de nuestro país.

A nivel eclesial los desafíos son: promover en la misma Iglesia la “cultura del encuentro”; intensificar la Pastoral Familiar asumiendo el acompañamiento espiritual y pastoral de las personas separadas en nueva unión; asumir la dimensión social del Evangelio en la Pastoral Social; dar mayor realce a la Pastoral Vocacional y orar al Señor para que envíe operarios a su campo; madurar en la fe a través de la Catequesis y la Liturgia para llegar a ser verdaderos discípulos-misioneros; en nuestro servicio a la Iglesia preguntarnos: ¿mi servicio es promoción personal o servicio a la comunidad?; expresar nuestro testimonio de vida cristiana en la convivencia fraterna y en el compartir la alegría de la fe.

Al final de estos desafíos los Obispos nos invitan a reflexionar: “¿Qué desafíos sociales y eclesiales experimentamos más de cerca?”.

Como quinto apartado del mensaje nos invitan a Discernir para responder a los desafíos. “Sentimos la necesidad de un tiempo de “discernimiento” para recoger mejor el mensaje que nos dejó el Papa.” El discernimiento consiste en crear “un ambiente de oración, de escucha, de compartir y de decisión, para responder a la voluntad de Dios que queremos “conocer, amar y hacer”. (…) La meta es la de dejar una pastoral de mera conservación para asumir la conversión pastoral desde una renovación misionera más viva y alegre en nuestra vida eclesial.”[9]

Finalmente los Obispos del Paraguay ofrecen una Conclusión a este mensaje asumiendo algunos compromisos. Entre ellos cabe resaltar la propuesta de un trienio dedicado a la Juventud y el compromiso de “organizar una mejor asesoría para la CEP”, de manera a “agilizar la respuesta de los Obispos a la situación eclesial y social siempre cambiante”. En este sentido reconocen los Obispos: “también como episcopado necesitamos de una formación permanente”.[10]

Como sintetizando este Llamado a una renovación radical, nuestros Obispos nos recuerdan que “el Papa nos llama a vivir plenamente “la alegría del Evangelio” y de renovar radicalmente  nuestra Iglesia. Más que darnos líneas de acción precisas, nos invita a vivir intensamente nuestra relación con Dios, en comunidad, como pueblo; a mirar a nuestro entorno, y responder con misericordia, con generosidad, con pasión, a los llamados que sentimos en nuestra realidad personal, familiar, eclesial y social.”[11]

 Depende de nosotros escuchar este llamado y poner de nuestra parte para renovar, con la novedad del Evangelio, nuestra vida eclesial. La propuesta está hecha.

P. Oscar Iván Saldivar F., I.Sch.


[1] CONFERENCIA EPISCOPAL PARAGUAYA, Mensaje de los Obispos del Paraguay. Llamados a una renovación radical [en línea].  [fecha de consulta: 9 de marzo de 2016]. Disponible en: <http://episcopal.org.py/news-item/llamados-a-una-renovacion-radical/>
[2] CONFERENCIA EPISCOPAL PARAGUAYA, Mensaje de los Obispos del Paraguay. Llamados a una renovación radical, 1.
[3] Ídem, 2.
[4] Ibídem
[5] Ibídem
[6] Ibídem
[7] Cf. Ibídem
[8] CONFERENCIA EPISCOPAL PARAGUAYA, Mensaje…, 3.
[9] CONFERENCIA EPISCOPAL PARAGUAYA, Mensaje…, 5.
[10]Ídem, 6.
[11] Ibídem