La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 29 de marzo de 2020

«Desde lo más profundo te invoco, Señor»


Domingo V de Cuaresma – Ciclo A

Salmo 130 (129), 1-2.3-4ab.4c-6.7-8

Jn 11, 1 – 45

«Desde lo más profundo te invoco, Señor»

Queridos hermanos y hermanas:

            Al escuchar los textos de la Liturgia de la Palabra  de este Domingo V de Cuaresma, nos damos cuenta que la imagen dominante en los mismos es la del sepulcro y todo lo que un lugar así implica.

            Tanto el texto del profeta Ezequiel (Ez 37, 12 – 14) como el del Evangelio según san Juan (Jn 11, 1 – 45) se refieren a la tumba o sepulcro. Pero a pesar de ello, o precisamente por ello, son textos que nos hablan de esperanza y nos invitan a confiar en la presencia y acción de Dios en medio de la oscuridad.

            En este sentido, el Salmo 130 (129) puede interpretarse en este contexto como la oración de aquel que se encuentra en la oscuridad del sepulcro, o, en la oscuridad de la incertidumbre y el temor ante las circunstancias actuales.

            Meditemos juntos, y guiados por la Palabra de Dios hagamos el camino desde la oscuridad del temor hacia la aurora del anhelo y la esperanza.

«Desde lo más profundo te invoco, Señor»

A través de la Liturgia de la Palabra, nos llega a nosotros el testimonio de la oración del salmista, y de alguna manera, gracias a la Liturgia, podemos unirnos a esa oración y hacerla nuestra: «Desde lo más profundo te invoco, Señor. ¡Señor, oye mi voz!» (Salmo 130, 1 – 2).

Lo profundo es una referencia al lugar de los muertos o incluso, una imagen de la muerte misma. Se trata de lo profundo de la fosa; de lo profundo de los miedos e inseguridades; de lo profundo de la incertidumbre y la soledad.

Sin embargo, aún en esta situación, aún «desde lo más profundo», el salmista invoca al Señor y así se nos hace patente –una vez más- que “el comienzo de la fe es saber que necesitamos salvación.”[1]

El salmista “invoca” al Señor, invoca a Dios; es decir, lo llama desde adentro, desde su interior, desde lo profundo de su corazón.

En la situación actual en la que nos encontramos debido a la emergencia sanitaria producida por la pandemia del “Coronavirus”, también nosotros podemos experimentar que la profundidad de la dificultad nos lleva a la profundidad de nuestra propia interioridad. Y allí, en la profundidad de nuestra interioridad pareciera ser que logramos ver con mayor claridad.

Lo decía el Papa Francisco al dirigirse en oración al Señor: “No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo de elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.”[2]

Paradojalmente, la oscuridad de la noche profunda y solitaria; la oscuridad de la dificultad  y la prueba, nos permite ver con mayor claridad y así anhelar con todo el corazón la aurora: «Mi alma espera al Señor, más que el centinela la aurora. Como el centinela espera la aurora, espere Israel al Señor.» (Salmo 130, 6 – 7a).

Tiempo de prueba, momento de elección

            Este tiempo de prueba, que el Papa nos invita a vivir “como un momento de elección”[3], se nos revela como tiempo de oscuridad de todo aquello que nos distrae; se nos revela como tiempo en que tantas luces artificiales, superfluas y pasajeras pierden su brillo.

            Sin duda que esta oscuridad nos inquieta y atemoriza. Pero a medida que nos vamos dando cuenta de que tantas cosas aparentemente luminosas y necesarias, son en realidad opacas y pasajeras, el corazón va aprendiendo a anhelar la auténtica luz. Vamos recuperando nuestra capacidad de percibir la Luz verdadera (cf. Jn 1, 9) y así comenzamos a anhelar la auténtica aurora.

            Un conocido canto de la Comunidad de Taizé dice: “De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra, sólo la sed nos alumbra.” Sí, en la oscuridad del tiempo de prueba, sólo el anhelo de la auténtica aurora puede iluminar nuestro camino.

            Así ese anhelo se convierte en criterio de discernimiento, en criterio que nos permite valorar lo que realmente importa en la vida.

            Este anhelo de la aurora nos ayuda a tomar consciencia de cuán luminosa es la vida humana, la de cada persona, especialmente la de los más frágiles: los enfermos, los niños y los ancianos. Este anhelo de la aurora nos hace ver cuán luminosa es la vida familiar, y cuánta luz y calor encontramos en nuestras familias. Este anhelo de aurora ha encendido en los corazones de tantos el servicio y el sacrificio, ¡cuán luminosa es la sociedad humana cuando se descubre unida en una profunda solidaridad de destinos! Cuán luminosa es la Iglesia cuando calladamente, en cada Eucaristía -celebrada, vivida y compartida-, en cada momento de oración, adoración  y servicio, testimonia “la claridad de Cristo, que resplandece sobre su rostro.”[4]

            Por todo ello, este tiempo de prueba vivido en la esperanza y la confianza cristianas, más que tiempo de oscuridad, es tiempo de aurora, es tiempo de la luz nueva que irrumpirá en medio de la oscuridad.

            Es tiempo de dejarnos animar y guiar por «el Espíritu de Dios que habita» en nosotros (cf. Rm 8, 9) para que desde dentro nos mueva y habite el anhelo, la esperanza y la luz. No cedamos ante la oscuridad del pesimismo, del sinsentido, de la impaciencia, del egoísmo y de la irresponsabilidad indiferente.

«El que camina de día no tropieza»

            Viviendo este tiempo con esta actitud y animados por el Espíritu de Dios, caminaremos como auténticos discípulos de Jesús, ya que «el que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo» (Jn 11, 9); es decir, es capaz de ver a Jesucristo, «luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9).

           
Stella Maris - Estrella del Mar
Detalle del retablo de la Iglesia Stella Maris,
Norderney, Baja Sajonia, Alemania.
Foto de Nicol Zimmermann,
Düsseldorf, Alemania. 
Caminando en la luz de Jesús escucharemos su voz que nos sacará de nuestros sepulcros, de nuestros encierros y oscuridades. Y así, caminando como centinelas anhelantes de la luz (cf. Salmo 130, 7) colaboraremos con el Dios vivo, que en esta hora de la historia, quiere sacar a la humanidad de la oscuridad de la superficialidad, del egoísmo y de la indiferencia. Una nueva aurora se acerca. Allí está el Señor, diciéndonos a todos y a cada uno: «¡Lázaro, ven afuera!» (Jn 11, 43), ven a la luz, ven a la aurora de la vida nueva.

            A María, Estrella matutina que precedía a Cristo, nos encomendamos en este tiempo de prueba, para que Ella nos eduque y nos ayude a caminar desde la oscuridad del temor hacia la aurora del nuevo día que es Cristo mismo:

            “Madre del Redentor, Virgen fecunda,

            Puerta del Cielo siempre abierta,

            Estrella del mar,

            ven a librar al pueblo que tropieza

            y se quiere levantar.


            Ante la admiración de cielo y tierra,

            engendraste a tu santo Creador,

            y permaneces siempre Virgen.

            Recibe el saludo del ángel Gabriel

            y ten piedad de nosotros, pecadores. Amén.”[5]

P. Oscar Iván Saldívar F., I.Sch.P.

29 de marzo de 2020, Berg Sion, Alemania




[1] PAPA FRANCISCO, Homilía, Momento extraordinario de oración y bendición Urbi et Orbi, 27 de marzo de 2020 [en línea]. [fecha de consulta: 28 de marzo de 20202]. Disponible en: <https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2020-03/homilia-completa-oracionextraordinaria-papafrancisco-coronavirus.html>
[2] Ibídem
[3] Ibídem
[4] Cf. CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium, 1.
[5] Antífona Mariana Madre del Redentor - Alma Redemptoris Mater. Se trata de una de las cuatro Antífonas Marianas que se cantan al final de la Liturgia de las Hioras.