La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!
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lunes, 6 de abril de 2026

Vigilia Pascual 2026

 

Vigilia Pascual en la Noche Santa – Ciclo A – 2026

Mt 28, 1 – 10

«Jesús salió a su encuentro»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Luego de haber vivido los intensos días de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, celebramos esta Vigilia Pascual en la Noche Santa. En ella, a través de palabras y símbolos nos adentramos en el misterio de la resurrección de Jesús. Tal como lo canta el solemne Pregón Pascual: “¡Noche verdaderamente feliz! Sólo ella mereció saber el tiempo y la hora en que Cristo resucitó del abismo de la muerte.”[1]

            Si bien es cierto que no podemos ser testigos del acontecimiento único, inaudito e íntimo de la resurrección del Señor; sí podemos ser –y lo somos- testigos del Resucitado; testigos del efecto que su resurrección tiene en la historia universal y en nuestra historia personal. Testigos de cómo la luz del bien, y la búsqueda sincera del mismo, triunfan sobre la oscuridad del egoísmo, de la indiferencia y de la corrupción.    

«Buscan a Jesús, el Crucificado»

            En el texto evangélico proclamado hoy hemos escuchado que «María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro.» Sin duda se trata de un acto de amor y de fidelidad hacia el Maestro que vieron morir crucificado. Se trata del amor que busca hacer el bien a la persona amada incluso en medio de dificultades; incluso en medio de la muerte.

            Este gesto de las mujeres del evangelio nos muestra que se trata de personas inquietas en el amor; con la capacidad de dejar de lado la propia comodidad para ponerse al servicio del otro. Mujeres inquietas que buscan; que anhelan; que aman.

            ¿Tenemos nosotros esa misma actitud? ¿Somos todavía hombres y mujeres inquietos que anhelan y buscan? ¿O nuestro corazón se ha adormecido y hemos dejado de buscar? “Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”[2]  

«Jesús salió a su encuentro»

            En esa búsqueda de hacer el bien al otro, estas mujeres del «amanecer del primer día de la semana» fueron sorprendidas por el anuncio de la resurrección y luego por el mismo Resucitado.

            «El Ángel dijo a las mujeres: “No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho.”»

            Las palabras del Ángel contienen la clave de la actitud de las mujeres, y la clave que nos permite encontrar –o más bien dejarnos encontrar- por el Resucitado.

            «Ustedes buscan a Jesús». Esta es la clave. Cuando sinceramente nos ponernos al servicio de los demás dejamos de buscarnos a nosotros mismos, y nos ponemos en camino de buscar y encontrar a Jesús en cada hermano y hermana; en cada situación de vida.

            Al ponernos sinceramente al servicio del otro se cumplen en nosotros las bellas palabras del salmista: «Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.» (Salmo 27, 8 – 9).

            En cambio, cuando solamente nos buscamos a nosotros mismos buscando exclusivamente nuestro bien, nuestra comodidad, nos perdemos. Así dejamos de ser hombres y mujeres que buscan y anhelan y nos convertimos en “errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte.”[3]

            Nosotros no queremos perdernos en el camino de la vida; no queremos ser errantes, sino constantes buscadores del bien y por eso del mismo Cristo Resucitado.

«No teman»

            Habiendo escuchado el anuncio de la resurrección las mujeres «llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos».

            En el servicio, en la búsqueda del bien, reciben el anuncio de la resurrección y no se lo guardan para sí, sino que salen a compartirlo, salen a anunciar la buena noticia de la resurrección.

           

Y es en ese anunciar a otros, en ese hacer el bien a otros, el mismo Resucitado sale a su encuentro y les dice: «Alégrense».

            Y no puede ser de otra manera; cuando nos ponemos al servicio de los demás; cuando nos animamos a compartir nuestra fe, somos nosotros mismo los que recibimos “la alegría del Evangelio [que] llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.”[4]

            Es lo que simbólicamente nos muestra el Cirio Pascual, el cual, “aunque distribuye su luz no disminuye su claridad al repartirla.”[5] También nosotros debemos distribuir la luz y la alegría de la resurrección en el servicio a los demás, en la búsqueda sincera del bien común de todos, sin excluir a nadie.

            Solo así participaremos plenamente de la resurrección de Cristo, auténtico bien común de toda la humanidad.

María, Madre del bien común

            A María, a quien hoy invocamos con alegría y luminosidad como Regina Coeli – Reina del Cielo, le pedimos que como Madre y Educadora del bien común nos siga formando en sus manos como instrumentos de bien para nuestros hermanos, de modo que con nuestro servicio compartamos la luz que proviene de “Jesucristo, que resucitado de entre los muertos brilla sereno para el género humano, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.”[6]

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

4/04/2026


[1] MISAL ROMANO, Pregón Pascual

[2] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2

[3] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 170

[4] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1

[5] MISAL ROMANO, Pregón Pascual

[6] Ibídem

domingo, 5 de abril de 2026

Jueves Santo - 2026

 Misa Vespertina de la Cena del Señor – Ciclo A – 2026

1 Cor 11, 23 – 26

Jn 13, 1 – 15

«Para que hagan lo mismo que yo»

Queridos hermanos y hermanas:

            Con esta celebración vespertina iniciamos el Sagrado Triduo Pascual. Y al hacerlo vale la pena recalcar que con ella nos adentramos en el núcleo de nuestra fe, en el fundamento de nuestra esperanza y en la fuente de nuestro amor. Aquí está el centro de nuestra vida cristiana.

            Y de alguna manera esto se sintetiza en lo que hoy celebramos: la Eucaristía. En este misterio, Jesús se nos revela como Aquel que se dona totalmente: en el pan y el vino convertidos –por obra del Espíritu Santo- en su Cuerpo y Sangre; y en el gesto humilde del lavatorio de los pies. Donación y servicio: dos dimensiones de un mismo amor; del «amor hasta el fin.» (cf. Jn 13, 1).  

«Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes»

            San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios (1 Cor  11, 23 – 26) nos pone directamente ante el misterio eucarístico: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes».

No se trata de un gesto vacío ni de un simple recuerdo. Estamos ante una realidad profunda y misteriosa: el pan y el vino se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En cada Eucaristía el Señor Jesús actualiza su entrega. No es algo del pasado; se trata de una realidad presente y actuante en nuestro hoy. Y esta entrega eucarística es por todos. Por cada uno de nosotros, sin excluir a nadie.  

            Cada vez que celebramos la Eucaristía, Cristo se ofrece al Padre por nosotros, y al mismo tiempo se nos da como alimento. Nos hace partícipes de su amor, nos introduce en su entrega.

«Denles ustedes mismos de comer»

            La entrega eucarística de Cristo Jesús no solamente nos alimenta, sino  que nos implica en su ofrecimiento al Padre y nos capacita, para con Él entregarnos a los demás; entregarnos a nuestros hermanos.

            La Iglesia en el Paraguay está viviendo un año pastoral dedicado al bien común, inspirada por el lema: «Denles ustedes mismos de comer» (Mt 14, 16). Estas palabras provienen de un relato considerado eucarístico: la primera multiplicación de los panes en el Evangelio según san Mateo (cf. Mt 14, 13 – 21).

            Conocemos el relato. Los discípulos preocupados por la cantidad de gente que seguía a Jesús, proponen dispersar a la muchedumbre y que cada quien se consiga su propio alimento. Pero el Señor responde: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos» (Mt 14, 16).

            Los discípulos tenían poco: cinco panes y dos pescados. Pero eso poco, puesto en manos del Señor se convierte en alimento para todos. Jesús los multiplica para que los discípulos los repartan y así den de comer a la multitud (cf. Mt 14, 17 – 19).

Una vez más la presencia y la acción del Señor posibilita el alimentar a los demás, el colaborar para el bien común y salir de la dinámica de pensar solamente en el bien individual. Jesús rompe la lógica del individualismo.

Así también ocurre con nosotros. Cuando ponemos lo poco que tenemos en manos de Cristo, Él lo transforma y lo multiplica. Y nos hace capaces de colaborar en el bien de los demás, de salir de la lógica del individualismo para entrar en la lógica del bien común.

«Para que hagan lo mismo que yo»

            Tanto el relato de la multiplicación de los panes, como el relato joánico de la institución de la Eucaristía (cf. Jn 13, 1 – 15) nos muestran que la entrega del Señor por nosotros nos capacita para con Él y como Él entregarnos a los demás.

           

Comprendemos entonces que la Eucaristía verdaderamente es realización del bien común. En primer lugar porque actualiza y realiza la redención de los hombres –de todos y de cada uno- y en segundo lugar porque nos implica en la realización del bien común en nuestras familias, nuestras comunidades y en la sociedad toda.

            Con razón el Señor nos dice también a nosotros hoy: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (cf. Jn 13, 15). Cada Misa nos envía. Cada comunión nos compromete. Cada encuentro con Cristo nos transforma en servidores.

            Hoy el Señor nos vuelve a decir: «hagan lo mismo que yo». Que no resuene simplemente como una frase bonita. Que esta palabra evangélica se transforme para cada uno de nosotros en un programa de vida. «Hagan lo mismo que yo».

María de Tupãrenda, Madre del bien común

            A María, Madre del bien común, que en Tupãrenda nos educa y nos envía a construir la Nación de Dios, le pedimos que nos ayude a vivir cada celebración eucarística de tal manera que, alimentándonos de la entrega de Cristo, seamos capaces de entregarnos a los demás con gestos concretos de amor y servicio, haciendo lo mismo que Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

2/04/2026

martes, 31 de marzo de 2026

Domingo de Ramos - 2026

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo A – 2026

Mt 21, 1 – 11

Mt 26, 3 – 5. 14 – 27, 66

El Señor los necesita – El Señor nos necesita

Queridos hermanos y hermanas:

            Con la Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y la solemne proclamación de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo hemos iniciado la gran semana de nuestra fe, la Semana Santa.

            Durante estos días santos queremos adentrarnos en el Misterio Pascual de Cristo Jesús -en su pasión, muerte y resurrección-; se trata del acontecimiento central de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Este es el centro de nuestra fe, el fundamento de nuestra esperanza y la fuente de nuestro amor.

            Como dice san Pablo: «Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados. Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos.» (1 Cor 15, 17. 19 – 20).

            Sí, verdaderamente Cristo murió y resucitó para salvarnos y liberarnos “del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento.”[1]

Camino de liberación

            Precisamente al conmemorar la entrada del Señor en Jerusalén contemplamos el inicio de lo que podríamos llamar un camino de liberación. Es cierto que el camino de Jesús hacia Jerusalén inició ya en los comienzos de su vida pública y su ministerio, cuando anunciaba: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4, 17).

            Sí, la liberación que nos quiere traer Jesús inicia con la escucha de su palabra y con la acogida sincera de la llamada a la conversión. De eso se trató la Cuaresma, de eso se trata la vida cristiana: de convertirnos hacia el Señor Jesús; de dejarnos convertir hacia Él y su amor. Convertirnos desde nuestros egoísmos y pecados hacia su amor, ternura y misericordia.

            Toda conversión es siempre un camino. Y muchas veces en el camino de la conversión daremos pasos confiados hacia adelante, y luego, retrocederemos con tristeza y frustración. Pero no debemos perder la esperanza. A todos el Señor nos llama siempre de nuevo a convertirnos hacia Él, a caminar con Él hacia el Reino que está cerca: en medio de nosotros, en medio de la comunidad y en nuestro propio corazón cuando con sinceridad nos abrimos al amor de Dios y de nuestros hermanos.

            Pero este camino de conversión que iniciamos hoy tiene un horizonte que no podemos eludir: la Pasión. La misma asamblea que hoy aclama «¡Hosanna al Hijo de David!» es la que, pocos días después, gritará «¡Crucifícalo!» (cf. Mt 27, 22). Este contraste no es un accidente del relato; es el corazón de este domingo. Jesús entra en Jerusalén sabiendo lo que le espera. Entra libremente, en paz, montado sobre una humilde asna. La conversión que Él nos propone no nos ahorra el paso por la cruz; nos acompaña en él.

            Así todo camino de conversión, para que pueda ser constante y auténtico –además de ser sostenido por la gracia de Dios- debe ir acompañado del servicio sincero a los demás. Pues ahí se manifiesta concretamente la conversión: en el paso que damos desde el egoísmo de buscar sólo nuestro propio bien hacia el amor generoso y creativo que busca el bien de los demás.

Ahí se manifiesta la cruz y la resurrección en nuestra vida cotidiana: morir al egoísmo y vivir con Jesús para los demás.   

El Señor los necesita – El Señor nos necesita

            Con este anhelo de convertirnos hacia el amor que hace el bien a los demás, volvamos nuestra mirada hacia el texto evangélico que se proclamó en la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén (Mt  21, 1 - 11) y fijémonos en un personaje al cual no solemos prestarle mucha atención y que sin embargo cumple una importante misión el día de los Ramos: el burrito; o como dice el texto, la «asna atada» (Mt 21, 2).

            Jesús da instrucciones a sus discípulos para que desaten a la asna y su cría y los traigan junto a Él, y agrega: «si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a devolver enseguida”.» (Mt 21, 3).

            Sabemos que Jesús quiso necesitar de ese sencillo animal para realizar su entrada mesiánica en Jerusalén y así cumplir la profecía:

            «Digan a la hija de Sion:

            Mira que tu rey viene hacia ti,

            humilde y montado sobre un asna,

            sobre la cría de un animal de carga.» (Mt 21, 5).

           

El Señor de las Palmas
Tup
ãrenda, Marzo 2026

¡Cuán sencillo el instrumento que el Señor se escogió! ¡Cuán pequeño y cuán grande fue su misión! «El Señor los necesita». Esta es la frase clave sobre la cual quisiera que meditemos.

            Por más humilde, por más sencillo que sea el instrumento: «El Señor lo necesita». Y así como Jesús quiso necesitar de la humilde asna y de su cría; así también, el Señor nos necesita a cada uno de nosotros para llevarlo a Él, su Palabra y su testimonio a otros.

Pensando en esto, viene a mi mente el Siervo de Dios João Luiz Pozzobon, “diácono permanente y padre de familia brasileño, conocido como el “burrito de la Mater” por su incansable labor de evangelización con la imagen de la Virgen Peregrina.”[2]

            Sí, en su sencillez Pozzobon se consideraba a sí mismo como un “burrito de la Mater”, un pequeño instrumento con una gran misión de evangelización, una misión original que llevó a cabo con sus capacidades y límites. Él comprendió que el Señor nos necesita. Él comprendió que “para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad.”[3]

El bien común

            Así, a través del apostolado y del servicio, nuestro camino de conversión se va haciendo un camino de santidad; un camino único y original donde volvemos a creer –una y otra vez- que el Señor Jesús nos ama, nos llama, y nos necesita para caminar con Él y llevarlo a los demás.

            No debemos pasar por alto que cuando la pequeña asna cumplió su misión, no lo hizo para sí misma. Lo que cargó sobre su lomo benefició a toda Jerusalén y más allá: «toda la ciudad se conmovió» (Mt 21, 10). El servicio auténtico nunca es privado. Tiene siempre una dimensión comunitaria, social, que los teólogos llaman bien común.  

       No importa cuán pequeñas sean nuestras capacidades; no importa cuánto experimentemos nuestra propia fragilidad y limitación. Lo importante es dejarnos liberar por el Señor Jesús y creyendo en su llamado, ponernos en camino para servir a los demás.

            Y este camino de conversión –que es camino de santidad- nos pondrá al servicio del bien común, ese bien que no buscamos sólo para nosotros mismos, sino para los demás, para toda nuestra comunidad, para toda nuestra sociedad, para “todos nosotros” sin excluir a nadie.[4]

            Iniciemos hoy –una vez más- un camino de conversión y santidad. Sigamos a Jesús, quien entregando su vida en la cruz y resucitando, abrió el camino del auténtico bien común para todos los hombres y para todo el hombre.

En este camino no estamos solos: María estuvo al pie de la cruz cuando todos habían huido (cf. Jn 19, 25); Ella conoce el peso del camino y nos acompaña en él.

            Como pequeños instrumentos de María, portemos en el día a día al Salvador, a quien aclamamos con nuestros labios y nuestras vidas:

            «¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!».

A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

29/03/2026



[1] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1

[2] ADN CELAM, João Luiz Pozzobon, “burrito de la Mater”, más cerca de los altares [en línea]. [Fecha de consulta: 28 de marzo de 2026]. Disponible en: < Brasil: João Luiz Pozzobon, “burrito de la Mater”, más cerca de los altares - ADN Celam>

[3] FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 19

[4] Cf. BENEDICTO XVI, Caritas in Veirtate, 7

viernes, 9 de mayo de 2025

Ha resucitado Cristo, mi esperanza - Vigilia Pascual 2025

 

Vigilia Pascual en la Noche Santa – Ciclo C – 2025

Lc 24, 1 – 12

Ha resucitado Cristo, mi esperanza

Queridos hermanos y hermanas:

            Surrexit Christus spes mea – Ha resucitado Cristo, mi esperanza; son las palabras que la Liturgia cristiana pone en boca de María Magdalena al entonar la Secuencia Pascual en la Misa del día del Domingo de Pascua. Son las palabras que la fe cristiana quiere poner en nuestros labios y en nuestros corazones: Ha resucitado Cristo, mi esperanza.

            Al reunirnos para celebrar esta solemne Vigilia Pascual en la Noche Santa, volvemos a recordar, asumir y manifestar que “Jesús muerto y resucitado es el centro de nuestra fe”[1] y es la razón de nuestra esperanza. Sin embargo, cabe preguntarnos con sinceridad y responsabilidad si todavía esperamos la venida del Resucitado y la vida definitiva con Él.

            ¿Está nuestro corazón abierto a esta esperanza o tal vez la existencia terrena se ha convertido en nuestro único horizonte?

«Las mujeres fueron al sepulcro»

            Esta pregunta, este cuestionamiento al núcleo de nuestra personalidad sigue siendo vigente hoy, como lo era también en tiempos de los discípulos de Jesús. Si prestamos atención al texto evangélico proclamado hoy, notaremos que «el primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado» (Lc 24, 1).

            Esto significa que en un primer momento, tanto las mujeres que acompañaron a Jesús durante su ministerio público, como los discípulos que fueron llamados para estar con Él y luego ser enviados; no esperaban la resurrección del Maestro.

            ¿Qué esperaban los discípulos? ¿Qué esperaban los apóstoles y tantos hombres y mujeres que siguieron a Jesús –y sus signos- en su peregrinación desde Galilea a Jerusalén?

            Los Evangelios dan cuenta de las diversas expectativas –y con ello de las diversas esperanzas- que las personas de su tiempo tenían sobre Jesús. Mencionemos simplemente dos ejemplos.

«Han comido pan hasta saciarse»

            Por un lado, se nos menciona en el Evangelio según san Juan, que luego del signo de la multiplicación de los panes (cf. Jn 6, 1 – 15), Jesús dice a la multitud que lo busca: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse» (Jn 6, 26). Así mismo se menciona, que inmediatamente después del signo de los panes,  la multitud, viendo el signo que realizó, quería hacerlo rey (cf. Jn 6, 15).

            Se trata de la esperanza meramente mundana; la esperanza de saciar únicamente el hambre física o material. Por supuesto que es necesario saciar el hambre material, es necesario atender a las necesidades concretas y urgentes de los hombres; pero no es suficiente. “El hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. El don que alimenta al hombre debe ser superior, estar a otro nivel.”[2] La esperanza que sacia al corazón humano debe ser superior.

            Otro pasaje que demuestra la diversidad de esperanzas puestas sobre Jesús y su misión, aún entre sus propios discípulos, es el conocido pasaje de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13 – 35).

            En el mismo se nos dice con toda claridad, qué esperaban los discípulos de su Maestro; con semblante triste, en el camino, responden al Resucitado –a quien todavía no reconocen-, diciendo: «Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas» (Lc 24, 21).

            Se trata de la esperanza en el mesianismo político. Del mesianismo que simplemente quiere hacer de Israel un reino político entre los reinos y naciones del mundo. El horizonte se hace pequeño, se circunscribe solamente a los terrenal y mundano. Sin embargo, lo hemos escuchado en el relato de la Pasión del Señor: «Mi realeza no es de este mundo» (Jn 18, 36).

            “A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar.”[3]

Ha resucitado Cristo, mi esperanza

            Todos esperamos algo en nuestro corazón. Todos somos movidos día a día por esa esperanza que no sabemos formular bien  del todo. Pero que la anhelamos: anhelamos la plenitud, anhelamos la felicidad auténtica; el amor auténtico.

            A pesar de sus desilusiones ante la muerte en cruz de Jesús, los discípulos -en su desesperanza ante el no cumplimiento de sus expectativas mundanas-, siguen abiertos a la auténtica esperanza, aquella que no defrauda (cf. Rm 5, 5).

           

Vigilia Pascual en Noche Santa
19/04/2025

Es por ello que en lo inesperado del acontecimiento de la Resurrección se abre para ellos –y para nosotros- el horizonte de la esperanza que no defrauda. De la esperanza que sacia todos los anhelos del corazón humano. Digámoslo con toda claridad y convicción junto con María Magdalena: Ha resucitado Cristo, mi esperanza.

            “La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento» (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida». Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera la «vida eterna», la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud.”[4]

            En esta Noche Santa “renovemos nuestra esperanza en la vida eterna fundada realmente en la muerte y resurrección de Cristo. "He resucitado y ahora estoy siempre contigo", nos dice el Señor, y mi mano te sostiene. Dondequiera que puedas caer, caerás entre mis manos, y estaré presente incluso a las puertas de la muerte. A donde ya nadie puede acompañarte y a donde no puedes llevar nada, allí te espero para transformar para ti las tinieblas en luz.”[5]

            María, a quien saludamos como Regina Coeli – Reina del Cielo, brille para nosotros como Estrella de esperanza en nuestra peregrinación diaria, de modo que, luego de estos días santos, cada uno de nosotros –como el Cirio Pascual- distribuya entre todos los hombres y mujeres de este tiempo, la luz de la esperanza que proviene de Jesucristo resucitado “que brilla sereno para el género humano, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.”

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

19/04/2025

Jubileo de la Esperanza



[1] FRANCISCO, Spes non confundit, 20

[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta, Chile2007), 315.

[3] BENDICTO XVI, Spe salvi, 30

[4] BENDICTO XVI, Spe salvi, 27

[5] BENEDICTO XVI, Ángelus, Conmemoración de los fieles difuntos, 2 de noviembre de 2008

miércoles, 16 de abril de 2025

Domingo de Ramos 2025 - «Señor, estoy dispuesto a ir contigo»

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Ciclo C – 2025

Lc 19, 28 – 40

Lc 22, 7. 14 – 23, 56

«Señor, estoy dispuesto a ir contigo»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            En este día tan especial para la Liturgia de nuestra fe y para el sentir religioso del Pueblo de Dios, se proclaman dos textos evangélicos. En primer lugar el texto propio de la Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén (Lc 19, 28 – 40); y luego, la Pasión de nuestro Señor Jesucristo (Lc 22, 7. 14 – 23, 56).

            De este modo se nos presentan las dos dimensiones de la celebración de este día: el jubiloso peregrinar a Jerusalén para proclamar a Jesús como rey-mesías; y el significado profundo de la realeza de Cristo y de su misión mesiánica, manifestado en su pasión y muerte redentora.

«Iba camino a Jerusalén»

            En el texto proclamado al inicio de la procesión del Domingo de Ramos se nos dice que «Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino a Jerusalén» (cf. Lc 19, 28). También nosotros queremos acompañar a Jesús en su camino a Jerusalén, en su peregrinación hacia el cumplimiento del Misterio Pascual.

            De alguna manera, por la fe y la devoción, nosotros nos hemos hecho contemporáneos a esta peregrinación de Jesús hacia Jerusalén, y nos unimos a la gente y a los discípulos del Evangelio alabando a Dios llenos de alegría y reconociendo a Jesús como «Rey que viene en nombre del Señor» (Lc 19, 38). La alegría y la emoción se apoderaron de nuestros corazones.

            ¡Qué hermoso es creer! ¡Qué hermoso poder expresar juntos nuestra fe! ¡Qué hermoso es ser Pueblo de Dios que camina detrás de su Señor!

            Sí, la emoción, la alegría y la esperanza nos colman el corazón, y eso nos vuelve a poner en movimiento, nos vuelve a encender el corazón para caminar, para peregrinar detrás de Jesús, el «Rey que viene [a nuestras vidas] en nombre del Señor».

            Pero, ¿qué significa peregrinar, qué significa caminar detrás de Jesús?¿Cuál es la meta de esta peregrinación?

«Señor, estoy dispuesto a ir contigo»

            “La peregrinación (…) es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada.”[1]

            Sí, cada uno de nosotros es un peregrino; o más bien, está llamado a ser un peregrino, que transita por los senderos de la vida siguiendo a «Cristo Jesús, nuestra esperanza» (1Tim 1, 1).

            Sin embargo, no siempre caminamos detrás de Jesús. Muchas veces, como Pedro le decimos al Señor: «estoy dispuesto a ir contigo» (Lc 22, 33), pero con nuestros pasos y nuestra indiferencia o dejadez espiritual negamos conocer a Jesús, negamos nuestra condición y vocación de peregrinos, y así nos convertimos en vagabundos errantes “que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte.”[2]

            ¡No permitas Señor que perdamos nuestra vocación de peregrinos! ¡No permitas Señor que perdamos nuestra vocación de discípulos tuyos!

           No permitamos que el pecado, la tristeza, el vacío interior y el aislamiento nos paralicen y detengan nuestro caminar, nuestro peregrinar.

           


Al iniciar hoy al Semana Santa caminando detrás de Jesús y aclamándolo como «el que viene en nombre del Señor», preguntémonos qué detiene nuestro caminar en el día a día: ¿qué situaciones, qué actitudes, qué egoísmos, rencores y pecados detienen mi caminar detrás de Jesús?

            Dejemos atrás aquello que nos detiene, aquello que distrae nuestro caminar y desvía nuestros pasos –y nuestro corazón- del seguimiento de Jesús.

            Caminar detrás de Jesús –en la procesión del Domingo de Ramos y en la vida cotidiana- es permanecer con Él en el bullicio y alegría de la emoción, pero también, permanecer con Él en el silencio y la soledad de la cruz. Caminar detrás de Él es seguir sus pasos, sus actitudes, sus gestos; su modo de ser y de actuar, tanto en la alegría como en la dificultad. Caminar detrás de Él es reconocerle todos los días como rey de nuestras vidas y de nuestros corazones; y así, entregarle el propio corazón con toda su capacidad de amar y con toda su fragilidad.

            Solo así venceremos lo que nos paraliza, lo que muchas veces desvía nuestros pasos y nos impide caminar detrás de Jesús. Solo así seremos, con Él, peregrinos de la esperanza.

«Hoy estarás conmigo»

            Y solo así, llegaremos a la meta de nuestra peregrinación. “La meta inmediata de la peregrinación de Jesús es Jerusalén, la Ciudad Santa con su templo.”[3] Pero “la última meta de esta «subida» de Jesús es la entrega de sí mismo en la cruz (…), es la subida hacia el «amor hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1)”[4], que es la verdadera meta de Cristo y de todo cristiano.

            Caminamos con Jesús, caminamos detrás de Jesús hacia el «amor hasta el extremo», porque solo muriendo con Cristo es que resucitamos a una  vida nueva, a una vida plena. Esa es nuestra gran esperanza.

            María, que como Madre Dolorosa se hace con nosotros peregrina de la esperanza, acompaña nuestro caminar. Aún en medio del dolor y de la incertidumbre, Ella brilla ante nosotros como estrella de la esperanza.

            Y su presencia luminosa nos recuerda que podemos levantarnos de nuestras caídas y volver a caminar, no porque podamos solos; sino, porque Ella está con nosotros, porque nuestros hermanos están con nosotros. “El que cree nunca está solo”[5]; el que cree nunca camina solo, sino que camina en la gran peregrinación de la esperanza hacia el «amor hasta el extremo», hacia la promesa de Jesús: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Que así sea. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

13/04/2025 


[1] FRANCISCO, Misericordiae vultus, 14

[2] FRANCISCO, Evangelii gaudium, 170

[3] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 12

[4] Ibídem

[5] BENEDICTO XVI, Homilía en la Santa Misa en la explanada de Isling, 12 de septiembre de 2006