La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

viernes, 26 de agosto de 2011

Meditación Pascual 2011

Sion Trinitatis, Santiago de Chile, 24 de abril 2011
“El Bautismo, (…), no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.”
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011
Queridos amigos:
Al terminar el Triduo Pascual y al iniciarse este tiempo de Pascua que se inaugura con la Resurrección de Jesucristo, nuestro hermano y Señor, quisiera compartir con ustedes una breve reflexión en torno a la que hemos vivido en estos días santos y su significado profundo para nuestra existencia.
Cuaresma: tiempo de conversión y de bautismo
            El Triduo Pascual que hemos celebrado en estos días estuvo precedido por el tiempo de la Cuaresma, un tiempo “en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, (…), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida”.[1] Tradicionalmente hemos comprendido el tiempo de la Cuaresma como un tiempo de penitencia, pero muchas veces nos ha faltado profundizar en el sentido de la penitencia… Se trata de una penitencia encaminada hacia la conversión del corazón, hacia la conversión de lo más propio e íntimo de cada hombre y mujer.
            En la Iglesia de Santiago de Chile, el tiempo de Cuaresma ha sido sin duda un tiempo de cruz, un tiempo de dolor y vergüenza por el “espantoso pecado” de los abusos sexuales por parte de “personas consagradas a Jesucristo, de quienes se espera un testimonio coherente de amor y servicio”.[2] Muchos somos los que estamos dolidos con estos hechos y que en la oración, en la reflexión y en el diálogo hemos intentado interpretar estos hechos a la luz de la fe.
            Personalmente creo que se trata realmente de una vivencia cuaresmal, una vivencia que nos llama a una profunda conversión eclesial y personal. Los abusos de autoridad y de confianza –que han desembocado en abusos sexuales- por parte de algunos consagrados, me han llevado a reflexionar en torno al sacerdocio ministerial y su ejercicio en la Iglesia.
Creo que estas dolorosas situaciones pueden también interpretarse a la luz de la categoría bíblica de la “idolatría”. Cuando absolutizamos personas, valores e ideas, sin referencia alguna a Jesucristo, terminamos por reemplazar al Dios vivo con estas realidades. Aquello que estaba llamado a ser un camino de encuentro con Dios se convierte en obstáculo y termina por convertirse en un ídolo, en aquella “obra de manos humanas” que en el corazón del hombre toma el lugar de Dios (cf. Sb 13,10).
            Cuando se absolutiza en sí mismo el sacerdocio, el valor de la autoridad o el prestigio de la Iglesia, estas realidades terminan por convertirse en “ídolos”, terminan por reclamar para sí la totalidad del corazón humano, algo que sólo pertenece a Dios mismo. Por eso el doloroso camino de conversión que implica el reconocimiento de los pecados eclesiales -y de nuestros propios límites-, nos tiene que llevar a ubicar de nuevo las cosas en su lugar. El sacerdocio, la autoridad como servicio y la Iglesia nunca son un fin en sí mismos, sino que son un medio, un camino de encuentro con el Dios vivo. Por eso frente al absolutismo que convierte estas realidades en ídolos, debemos contraponer la relacionalidad que siempre integra estas realidades en el horizonte humano y divino. El sacerdocio y la Iglesia deben siempre estar en viva relación con su fundamento que es Jesucristo y al servicio de los hombres, de las personas concretas que Dios pone en nuestro camino.
            Así el tiempo de Cuaresma se nos revela como un tiempo de penitencia, de renunciar a los pequeños o grandes ídolos que tenemos en nuestra propia vida y que desfiguran el rostro humano, y por ello mismo, desfiguran el rostro del Dios vivo revelado en Jesucristo. Se trata de decirle con sinceridad al Señor: “Quítame lo que tengo y lo que soy, te lo entrego todo; úsalo para salvación de los hombres, aunque deba sufrir por ello (Hacia el Padre, 148).
El camino de la sincera renuncia a aquello que intenta ocupar en mi corazón el lugar de Dios es el camino de la conversión. Es éste el profundo sentido de la Cuaresma. De alguna manera se trata de morir a aquello que nos aparta de Dios, morir a aquello que nos aparta de la sinceridad, de la humildad, de la sencillez, de la autenticidad, del amor y de la verdad. Cuando así vivimos la Cuaresma experimentamos entonces que el tiempo cuaresmal se transforma en un tiempo bautismal, pues “fuimos, (…), con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4).
Bautismo y tiempo pascual
            Así como con Cristo fuimos sepultados en el Bautismo, así como con Él hemos muerto a todo aquello que nos separa de Dios, con Él también hemos resucitado (cf. Col 2, 12). Por eso el Bautismo no es sólo propio del tiempo cuaresmal sino más bien es propio del tiempo pascual, pues la vida nueva en Cristo Señor “ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo »”[3].
            Ya ahora vivimos nosotros de esa vida nueva y en esa vida nueva, es la vida del Resucitado que vino al mundo “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10b). Por eso, luego del tiempo cuaresmal, una vez iniciado el camino de la conversión, debemos vivir no ya de nuestros egoísmos –nuestras ansias de poder y de dominación de los otros- ni de nuestros supuestos méritos y seguridades –que muchas veces son nuestros pequeños ídolos-, sino del don de la vida nueva en Jesucristo Resucitado, ese don que siempre nos supera, que siempre “supera el mérito, y cuya norma es sobreabundar”.[4] Se trata de renovar nuestra conciencia bautismal. Se trata de rescatar nuestro Bautismo del “baúl de los recuerdos” y hacerlo consciente. Lo que me mantiene vivo es la vida de Cristo Jesús, lo que mantiene viva y activa mi esperanza en el día a día es al resurrección de Cristo Jesús, ésta es la gran esperanza cristiana, ésta es la gran esperanza que nos sostiene en nuestro caminar diario, en medio de las tinieblas de nuestras inseguridades, angustias y temores. Nosotros caminamos detrás de la luz de Cristo Resucitado tal y como lo hicimos en la celebración de la Vigilia Pascual.
Bautismo y Alianza de Amor con María
Experimentamos así que el pecado no tiene la última palabra, que el dolor reconocido y asumido puede ser redimido por la cruz y la resurrección de Jesucristo. En último término tomamos conciencia de lo que significa ser cristiano, vivir de la vida de Cristo Resucitado; tomamos conciencia de que “cristiano no es el adepto a un partido confesional, sino el que, mediante su ser cristiano, se hace realmente hombre”[5], se hace realmente humano.
            Queridos amigos, en este caminar cristiano, en este camino por llegar a ser hombres, por llegar a ser plenamente humanos, no estamos solos, María la Madre de Jesús y Madre nuestra, camina con nosotros. Ella nos toma de la mano y nos conduce por el camino cristiano, Ella nos enseña a caminar en esta vida nueva que significa nuestro Bautismo; porque cuando nos entregamos a Ella, cuando confiamos en Ella, María lleva a término la obra buena que Dios inició con nosotros en el día de nuestro Bautismo. María no sólo nos acerca a Cristo y nos hace más cristianos, sino que, por la Alianza de Amor, María nos hace más Cristo.
            Así con la esperanza puesta en la Resurrección del Señor –con la esperanza puesta en el Bautismo de Cristo y en la Alianza de Amor con María- los saludo a cada uno en esta Pascua de Resurrección y deseo de corazón que cada uno experimente en su vida que “Cristo, (…), al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano”[6], Él brilla para nosotros en el camino de la vida, Él brilla en medio de nuestras tinieblas y en último término, cuando nos entregamos totalmente a Jesús, Él transforma nuestras tinieblas en luz. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
Con cariño, Oscar Iván, PMSCP


[1] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011
[2] Mons. Ricardo Ezzati Andrello, Mensaje del Arzobispo de Santiago a los fieles y comunidades de la Arquidiócesis, 2.04.2011.
[3] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011
[4] Cf. Benedicto XVI, Caritas in Veritate 34.
[5] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo (Ediciones Sígueme, Salamanca 21971), pág. 234.
[6] Pregón  Pascual

Meditación Pascual 2009

Sión del Padre, 14 de abril de 2009
Resurrectio Domini, spes nostra!
Queridos hermanos y amigos:
¡Feliz Pascua de Resurrección! “¡La resurrección del Señor es nuestra esperanza!” Luego de una Semana Santa en misiones con el grupo platense Adsum Pater, quisiera tratar de sintetizar mi vivencia de la Cuaresma y de estos días santos como un pequeño saludo pascual para compartir con aquellos a quienes siempre llevo en el corazón.
Adsum Pater
Sin duda este año mi Cuaresma y mi Semana Santa estuvieron marcadas por la misión Adsum Pater. Desde marzo, un grupo de chicos y chicas de La Plata, han venido reuniéndose para preparar un tiempo de misión en Semana Santa. Cada uno quería “vivir una Semana Santa diferente”, cada uno quería dar todo de sí, cada uno quería decir como Jesús: Aquí estoy Padre.
La preparación para los días de misión nos llevó a centrarnos en dos misterios que queríamos vivir, celebrar y compartir durante la Semana Santa con el pueblo de Caseros: por un lado el misterio de la Pascua de Cristo; y por otro lado, el misterio de la Alianza de Amor. Estas dos corrientes de vida, de espiritualidad, marcaron nuestra Cuaresma. A medida que nos acercábamos a la Semana Santa se nos fue haciendo claro que si queríamos vivir profundamente el misterio de la Pascua de Cristo, debíamos hacerlo de la mano de María, en Alianza de Amor con Ella. Si queríamos regalar Schoenstatt a la Iglesia en Caseros, debíamos volver a lo esencial, a lo fundamental de nuestra vivencia espiritual: la Alianza de Amor con María.
Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Les aseguro que el que no acepta el reino de Dios como un niño, no entrará en él. (Mc 10,13-15)
Al centrar mis propias meditaciones personales sobre la Alianza de Amor con María para poder acompañar a los misioneros, volví a descubrir algo de la infancia espiritual… El camino de la conversión cuaresmal, puede a veces ser un camino doloroso, sobre todo cuando nos confrontamos con nuestras caídas –viejas y nuevas- que muchas veces nos pesan y nos desalientan. Sin embargo al experimentar esas caídas, esas debilidades, nos experimentamos también pequeños.
En verdad somos niños –Puer-, pues si no nos tomamos de la mano de Jesús y de María nos perdemos, como los niños pequeños… Necesitamos tomarnos de las manos de Mamá, para no perdernos en el camino, para poder levantarnos de nuevo. Así, a la luz de la presencia maternal de María, a la luz de la Alianza de Amor, comprendemos por qué Jesús, nos invita a aceptar el Reino de Dios como niños. Si tratamos de entrar a ese Reino por nuestros propios medios, es probable que nos cansemos de intentar una y otra vez, es probable que nos dejemos caer. Se trata por eso de ser niños, y de alegrarnos por nuestras debilidades, pues ellas nos recuerdan que en verdad somos niños.
Vivir la Alianza de Amor para los demás
Sin embargo, este ser niños de María, este vivir en una íntima y tierna Alianza de Amor con Ella, no significa un intimismo, un encerrarse en uno mismo y sus inquietudes, pues, “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará” (Mc 8,35). Por ello, se trata de vivir esta Alianza de Amor para los demás. Vivirla a fondo, en las alegrías y en las tristezas, en los momentos de cielo y en aquellos que experimentamos nuestras miserias, sabiendo que esta vivencia, si la compartimos, si la regalamos –y no la guardamos sólo para nosotros mismos- será fecunda. Si María nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, es para comprender a otros, para ayudar a otros, para caminar con otros.
De eso se trata justamente la Semana Santa, de eso se trata justamente el Viernes Santo de Jesús; de no guardarse la vida, sino de entregarla, de perderla por los demás y en los demás para paradojalmente así ganarla. La muerte tiene que ver con “perder la vida”… Sin embargo este perder la vida significa para nosotros, cristianos, paradojalmente encontrarla. Es perdiéndola que la encontramos. Pero perdiéndola en Cristo y en los que Él pone a mi lado. Si trato de guardarme mi vida para mí mismo, en una actitud egoísta, en realidad, no gano mi vida, sino que la pierdo… Sin embargo si la doy a Cristo, si la doy a otros, entonces gano mi vida, entonces siento y experimento que estoy vivo. Así, aprender a morir como Jesús en el Viernes Santo, es aprender a salir de nosotros mismos, aprender a amar. De eso se trata; aprender a morir como Jesús, es a la larga, aprender a vivir (cf. Hacia el Padre, 631).

Resurrectio Domini, spes nostra
Esta muerte de Jesús, su entrega en la Cruz y su Resurrección son en verdad nuestra esperanza (cf. Mensaje de Pascua 2009 de Benedicto XVI).  Porque nos señalan que si amamos, si con su ayuda logramos salir de nosotros mismos a su encuentro y al encuentro de los demás, entonces por fin perderemos nuestra vida para encontrarla, para encontrar esa felicidad que tanto anhelamos.
Por su muerte y resurrección Él ya salió y sale constantemente a nuestro encuentro, así en cada persona, en especial en cada amigo, nos vuelve a decir: Resurrexi et adhuc tecum sum, “He resucitado, y aquí estoy contigo”. En cada Eucaristía Él nos vuelve a decir: “Aquí estoy contigo”. Y por el misterio pascual que vivimos en la Eucaristía nosotros le podemos decir: “Estás enteramente con tu ser en el santuario de mi corazón, así como reinas en el cielo y habitas glorioso junto al Padre” (Hacia el Padre, 143).
Si Él está con nosotros, Él nos enseñará a vivir, a perder la vida en Él y en nuestros hermanos -en nuestros amigos- para encontrarla. Él nos enseñará a amar, Él nos enseñará a vivir nuestra Alianza de Amor con María para los demás.
¡Feliz Pascua de Resurrección para cada uno!
Con cariño
Oscar Iván - PMSCP

Meditación Pascual 2008

Llega a Simón Pedro; éste le dice: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde.” Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás.” Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.”
Jn 13, 6 – 8

Sión de la Trinidad, Santiago de Chile, 23 de marzo de 2008

Querida Familia y Amigos:

¡Feliz Pascua de Resurrección!
En la alegría de la Resurrección de Jesús quisiera compartir con ustedes unas breves reflexiones de estos días santos…

Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.”
La cita del Evangelio según San Juan, corresponde a la lectura evangélica leída durante la celebración de la Misa de la “Cena del Señor”, la Misa del “lavado de los pies”, con la cual se abre el Triduo Pascual.
Es tal vez, una de los gestos más fuertes el del lavado de los pies. En nuestras iglesias y comunidades si hemos tenido la oportunidad de celebrar esta Misa, hemos visto una y otra vez al sacerdote retirarse la casulla y empezar a lavar los pies de todos los presentes o de un grupo elegido de personas que representan a toda la comunidad.
En lo personal, durante el lavado de pies de este Jueves Santo que pasó, volví a recordar todas las veces en que he participado de esta liturgia y en la que el sacerdote, en nombre de Cristo, lavó mis pies… Volví a recordar y a maravillarme por este gesto, por este regalo. Y allí resonaron en mis oídos las palabras de Jesús a Pedro: “Si no te lavo no tienes parte conmigo” – “Si non lavero te, non habebis partem mecum.”

“Si non lavero te, non habebis partem mecum.”
La reacción primera de Pedro ante el gesto de su Maestro, lavar los pies sucios por el polvo del camino a sus discípulos, aunque hoy nos parezca una reacción extraña, es en realidad una reacción muy humana creo, y una reacción que también a veces nosotros experimentamos ante ese Dios que quiere lavar nuestros pies.
Lavar los pies a los discípulos es un gesto de servicio, de amor… Pero Pedro ve en ello un gesto de humillación, gesto que no desea que su Maestro realice, por eso dice asombrado: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?”, para luego agregar con resolución: “No me lavarás los pies jamás.”

“No me lavarás los pies jamás.”
Creo que también nosotros a veces reaccionamos así ante Dios, reaccionamos así ante Jesús… Él quiere “lavar nuestros pies”, Él quiere lavar nuestros corazones, nuestras vidas. Y sin embargo nosotros nos avergonzamos ante Él de nuestros pies sucios por el polvo del caminar diario que puede hacerse pesado, nos avergonzamos del polvo de nuestras caídas, nos avergonzamos de nuestros pies heridos. Y así preferiríamos nosotros mismos lavar nuestros pies, nosotros solos sacarnos la polvareda de la vida, quisiéramos a veces presentarnos “ya limpios” ante Jesús nuestro Dios.
Y ¡qué paradojal es este Dios! Justamente Él nos invita a que nos presentemos ante Él tal y cual somos, Él nos invita a que les mostremos nuestros pies, que lo dejemos a Él limpiar el polvo de nuestras vidas y de nuestros corazones, pues si no dejamos que Él lave nuestros pies no podremos tener parte con Él.

De eso se trata la Semana Santa, de eso se trata toda la vida cristiana, de dejar con confianza que Jesús, que es Maestro y Señor, limpie nuestros pies, nuestros corazones y nuestras vidas. Si nos dejamos lavar por Él con confianza podremos tener “parte con Él”, podremos participar de su vida, de su resurrección, de su alegría, de su misión.

Y pienso que Jesús lava nuestros pies, nuestras vidas, no sólo en la noche del Jueves Santo, sino que a lo largo de toda la vida… Ya desde el Bautismo nos ha lavado con el agua bautismal; cada vez que acudimos a la Reconciliación Él vuelve a “lavar nuestros pies” y a besarlos con ternura; en la Eucaristía vuelve a lavar mi corazón y así también a través de tantas personas que a lo largo de nuestra vida nos han regalado algo de Jesús… Por eso queridos amigos les invito a que recordemos en estos días todas las veces en que Jesús “lavó nuestros pies” a lo largo de nuestra vida, agradezcamos por ello y recordemos que Él lava nuestros pies para que también nosotros podamos lavar los pies de nuestros hermanos y hermanas… En la medida en que yo me deje lavar, en que yo me deje amar por Jesús, podré también lavar y amar a otros, y así también en la medida en que yo imite a Jesús y lave los pies de otros y ame a otros estaré lavando los pies de Jesús y amando a Jesús.

Resurrexi, et adhuc tecum sum (Salmo 138, 18b)
Resucité, y aquí estoy contigo. Con estas palabras inició hoy el Papa Benedicto su mensaje pascual Urbi et orbe.
Luego de la entrega de Jesús en la Cruz, entrega que realizó por todos aquellos a quienes día a día lava los pies, el corazón y la vida; resucita con alegría y nos dice a cada uno de nosotros: “Resucité, y aquí estoy contigo”. ¡Qué alegría más grande puede haber que esta! Jesús resucitó; Aquel que me ama, Aquel que lava mi vida y entrega su vida por la mía ha resucitado y está aquí conmigo.
Especial experiencia de esto hemos hecho en la Vigilia Pascual en la cual volvimos a recibir a Jesús en la Eucaristía, a ese Jesús Resucitado que me dice estoy aquí contigo.

Querida familia y amigos, Jesús ha resucitado, Aquel que lava con cariño nuestros pies y nuestra vida toda, Aquel que quiere estar con nosotros, en nosotros… Vivamos con esta conciencia durante el tiempo pascual que hoy se inicia, Él está conmigo, Él quiere estar conmigo. Y si en el día a día nuestros pies, nuestra vida, vuelve a llenarse de polvo, no dudemos en presentarnos ante nuestro Dios, Él nos volverá a lavar, Él nos volverá amar y así tendremos parte con Él, así tendremos parte en su vida y misión, así tendremos parte en su Resurrección.

Que la Mater, Madre de Confianza y Reina del Cielo, nos eduque siempre como discípulos que confían ciegamente en el amor de su Maestro, su hijo Jesús.

¡Feliz Pascua de Resurrección!
Con cariño

Oscar Iván

Meditación Pascual 2007


Sión de la Trinidad, 8 de abril de 2007

Querida familia y amigos:
Quisiera escribir algunas líneas, fruto de mis meditaciones en esta Semana Santa, como un pequeño saludo pascual.
Algo que pensaba en estos días santos era que podía decir que tuve dos compañeros fieles en estos días; por un lado la Mater, que siempre está dispuesta para escuchar y dialogar, y por otro lado el Papa Benedicto, de cuyos textos pude sacar mucha inspiración para mis meditaciones y oración.
Justamente de su mensaje para la Cuaresma 2007 “Mirarán al que traspasaron”, saqué mucho alimento espiritual…

Mirarán al que traspasaron (Jn 19,37) es una invitación justamente a volver los ojos y sobre todo el corazón hacia Jesús y volver a contemplar, a mirar en serio a ese hombre, a ese Dios crucificado… Pero no solo mirarlo superficialmente – tal vez estamos muy acostumbrados a ver un crucifijo y lo tomamos por obvio – sino a mirarlo enserio y a mirarlo desde la perspectiva del amor, pues Deus caritas est. Me serviré de algunas líneas del mensaje papal…

El amor de Dios: ágape y eros. El amor con el que Dios nos envuelve es sin duda ágape…
El amor con que Jesús nos ama y nos envuelve es sin duda ágape, dice el Papa. Es ese amor que quiere exclusivamente nuestro bien, anhela nuestra plenitud. La primera gran constatación que vale la pena hacer es que Dios mismo me ama, Jesús mismo me ama a mí, con un amor que quiere y anhela mi bien.

Pero el amor de Dios es también eros
Pero Jesús no solamente anhela mi bien, mi plenitud, sino que él también anhela estar conmigo… De eso se trata el amor eros, del anhelo de estar con lo amado, con la persona amada, incluso el deseo profundo de estar con él… ¡Qué impresionante pensar que Dios quiere estar conmigo! Jesús quiere estar conmigo… fue en este punto donde me detuve a “mirar al que traspasaron”, a mirar la Cruz y tratar de ver y escuchar lo que ella me quiere decir a mí, incluso gritar… Jesús quiere estar conmigo, de eso se trata la Cruz, de eso se trata la Eucaristía.
La Eucaristía es el anhelo de Jesús de estar con nosotros, el anhelo de Jesús de estar conmigo.
Si tan sólo pudiésemos grabarnos en el alma y el corazón esta verdad que la Cruz y la Eucaristía nos revelan… El mismo Dios quiere estar conmigo, ¡cómo decirle que no!

En la Cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros
Podría incluso decir que en la Cruz Jesús espera cada día mi sí, en la Cruz y en la Eucaristía Jesús espera paciente, fiel y cariñosamente mi sí… Mi sí a aquello que es lo único importante y fundamental, mi sí a su amor; todo  lo demás vendrá por añadidura.

La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor…
Ya al comprender que Jesús en la Cruz espera mi sí, nace el anhelo de darle ese sí, dárselo desde el corazón… Creo que la misa, la Eucaristía, ese momento de encuentro y diálogo íntimo con Jesús es la oportunidad para decirle cada día sí a su amor. Ese amor que a cada uno se manifiesta de muchas formas, en una persona que me pide que confíe en ella, en un amigo que se preocupa por mí, en mis inseguridades que piden hallar seguridad más allá de mí mismo, en Dios. Esa fue la experiencia de Jesús, encontrar seguridad en Dios, su Padre, darle su sí en la confianza del Amor, lo dice la misma Escritura: “Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia” (Heb 5,8).

Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia
En la Semana Santa recordamos justamente los sufrimientos de Cristo, eso que él sufrió por amor a cada uno de nosotros, por amor a su Padre. Y sufriendo aprendió a ser obediente, obediente por amor, por confianza.
También nosotros muchas veces tendremos que aprender a ser obedientes, o más que aprender a ser obedientes, aprender a amar… Y aprender a amar nos va a hacer sufrir a veces; porque amar es salir de uno mismo, de sus seguridades, de sus “castillos interiores” para mostrarse al amado tal y cual  uno es, para mostrarse a los demás y a Dios tal y cual uno es. Un gran desafío, dejarse sorprender por uno mismo y por Dios. Un gran desafío confiar en el amor de Dios Crucificado y responderle sí… Pero no estamos solos, así como al pie de la Cruz estaba su Madre, María, al pie de nuestras cruces diarias está Ella, Madre, Amiga, Compañera y Reina.

Finalmente queridos amigos Jesús ha resucitado y es para nosotros alegría y esperanza de que diciéndole sí a su amor, aún cuando implique sufrimiento o desafíos también nosotros resucitaremos… Resucitaremos en las alegrías de la vida diaria y en sus esperanzas – cuando menos lo esperemos, porque a Dios le gusta sorprendernos - y algún día resucitaremos a la eternidad. La Resurrección es la prueba de que el amor vence, de que aquello que es lo único fundamental vencerá a la larga, y no puede ser de otra manera Dios es amor, Dios quiere estar con cada uno de nosotros por toda la eternidad. Que la Mater, en cuyo corazón encontramos refugio y fuerza, nos anime a perseverar en la fe y en la confianza del amor divino.

Dios quiere estar conmigo. Jesús mismo quiere estar conmigo… Eso es lo importante, todo lo demás vendrá por añadidura.

Oscar Iván    

jueves, 25 de agosto de 2011

Meditación Pascual 2010

Berg Sion, Alemania, 4 de abril de 2010

“Ser cristiano significa considerar el camino de Jesucristo como el camino correcto para el ser humano, como ese camino que conduce a la meta, a una humanidad plenamente realizada y auténtica. (…)…ser cristiano es un camino, o mejor: una peregrinación, un caminar junto a Jesucristo.”
S.S. Benedicto XVI, Domingo de Ramos 2010
Queridos hermanos y amigos:
            En esta Pascua de Resurrección de nuestro Señor quisiera acercarme a cada uno de ustedes con un afectuoso saludo y compartir unas breves reflexiones en torno a estos días santos. Reflexiones que surgen del pensar y del orar, pero por sobre todo del anhelo de estar con Jesús, de acompañarlo, de tratar de descubrir en la vida el misterio de su amor. Reflexiones que en el compartir quieren ser saludo, cercanía y oración por cada uno de ustedes.
Ser cristiano es un camino
            Tal vez podría empezar compartiendo con ustedes lo que más me llegó en esta Semana Santa… Este año en particular pude gustar, pude vivenciar con mayor intensidad, la procesión del Domingo de Ramos. Mientras me acercaba al Santuario con mi ramo en las manos y con mis hermanos cantando – ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!-, tomé conciencia de lo que hacíamos, de lo que yo estaba haciendo… Yo también durante esa celebración “subía a Jerusalén” (Lc 19,28) como Jesús. De repente se me hizo tan claro –al menos por un momento- lo que allí sucedía.
            Yo estaba subiendo a Sión –cuando vi el Santuario me dije: “yo estoy subiendo con Jesús a Jerusalén”-, con mi ramo acompañaba a Jesús… Lo acompañaba a Él en su entrada a Jerusalén, en su entrada a su Semana Santa, en su entrada a su Pasión.
            Queridos hermanos y amigos, a veces –tal vez muchas- los cristianos –y en especial, nosotros, los católicos- no somos conscientes de lo que las celebraciones y gestos de estos días santos significan…
            Acompañar a Jesús en la procesión de los ramos, reconocerlo como nuestro Salvador, como Mesías y como Rey, implica en nuestra propia vida hacer el camino que Él hizo. La celebración no se agota en el momento, sino que está llamada a plasmar, a conformar nuestra vida a la de Cristo Jesús. Se trata de acompañarlo en su camino, de hacer su camino, su camino de filialidad.
Un camino de filialidad
            Una experiencia similar tuve en el Vía Crucis. Allí con mi propia cruz –la cruz de mis propias fragilidades, de mis egoísmos, la cruz de nuestros dolores- en las manos y en el corazón, volví a recordar las palabras de Jesús: “Quien quiera seguirme… niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24).
            Quien quiera seguirme. Se trata de nuevo de un camino. La vida cristiana, nuestra propia vida, la vida de cada uno, es un camino –un proceso de vida-. Y como en todo camino, tenemos que aprender a caminar, aprender a dar nuestros pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Aprender a andar ese camino. Aprender a vivir. Y aprender una y otra vez sin perder la esperanza, sin dejar de caminar. Se trata de caminar detrás de Cristo, detrás de Él… No según mis ideas o según mi voluntad primeramente, no según mis temores o la moda del momento… Sino detrás de Jesús… Detrás de Él y con Él.
            Niéguese a sí mismo. De eso se trata el amor. Amar de verdad, aprender a amar, significa pasar del “yo quiero” al “lo que Tú quieres”, se trata de hacer vida lo que en Schoenstatt conocemos como Poder en Blanco[1]. Incluso en nuestras relaciones humanas a veces nos conformamos con decir a los que amamos “yo te quiero”; y si bien, lo decimos sinceramente, con el tiempo vamos descubriendo que amar significa no tanto querer poseer a la persona amada, sino más bien querer lo mejor para ella y querer lo que ella quiere. ¡Cuánto más en nuestras relaciones con Cristo y María! ¡Cuánto nos falta aprender! Pero debemos reconocer esto con sinceridad y serenidad, la buena nueva es que si la vida es un camino, siempre de nuevo podemos aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar.
            Tome su cruz y sígame. Se trata, queridos hermanos y amigos, de darle un sí confiado y alegre a nuestro propio camino de vida. Aceptar quienes somos, aceptar nuestro camino de vida, nuestros dones y nuestras limitaciones, nuestra vida toda y las personas con las cuales hacemos este camino. Se trata especialmente de darle un sí alegre y confiado a la cruz que cada uno de nosotros lleva en su vida y en su corazón. Un  sí que damos confiando como niños. Confiando que esa cruz, que ese Vía Crucis, esconde para cada uno de nosotros un camino de filialidad, y por ello, un camino de santidad y de plenitud de vida. Cargar con nuestras propias cruces y caminar con ellas por la vida siguiendo a Cristo con María es un camino de filialidad, un camino de aprender a ser hijos, un camino de plenitud.
Un camino de filialidad y un camino de fidelidad
            Pero nuestro camino de filialidad, nuestro camino de aprender a ser más hijos, de aprender a vivir, no es un camino solitario. Al camino de filialidad que cada uno de nosotros realiza, se corresponde un camino de fidelidad que el Padre Dios hace con cada uno de nosotros. A pesar de nuestras infidelidades, de nuestros egoísmos e ingratitudes Él no nos abandona. A pesar de que pareciera ausente, Él está más que presente.
            Al contemplar –si en serio nos tomamos el tiempo para hacerlo- los sufrimientos de Jesucristo en la cruz podríamos preguntarnos: ¿por qué? ¿Por qué Dios permite algo así? ¿Qué clase de Dios, qué clase de Padre permite algo así? Y muchas veces podemos olvidarnos que no es Dios quien inflige sufrimiento, sino que somos nosotros mismos quienes lastimamos a nuestros hermanos, somos nosotros quienes nos lastimamos a nosotros mismos, quienes seguimos martirizando a Jesús… Para nosotros valen las palabras del Salmo: “Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor, amaréis la falsedad y buscaréis el engaño? (Salmo 4, 3). Y en el mismo salmo Jesús nos dice confiando en su Padre: “Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor, y el Señor me escuchará cuando lo invoque” (Salmo 4, 4).
            Y este mismo Señor que hizo milagros en su favor, que ha escuchado a su Hijo, que nos escucha a nosotros, es el que lo acompaña tan de cerca en su camino de cruz, en su camino de filialidad. El Hijo recorre un camino de filialidad y el Padre recorre un camino de fidelidad. Tal como lo hiciera Abrahán con su hijo Isaac (Gn 22, 1-18). Tal como Abrahán, Dios dice: “yo y el muchacho iremos hasta allí” (Gn 22, 5); “yo y mi hijo haremos este camino juntos, no lo hará solo”. Lo mismo nos dice a cada uno de nosotros. Así como para Abrahán su hijo Isaac era el más querido, así también para Dios, su Hijo es el más querido. Lo que Él no le pidió a Abrahán, lo realiza al entregar a su Hijo por amor a nosotros.
            Y este camino de filialidad y de fidelidad, si bien pasa por la cruz – ¡cuánto nos queda todavía por aprender para ser hijos plenamente!- no termina allí. La verdadera filialidad termina en la Resurrección, por que el Padre es fiel, por que Él no abandona a su Hijo, Él no abandona a sus hijos… Aquellos que se animan a hacer este camino de filialidad, este camino de vida, este camino de confianza heroica en Dios en toda circunstancia, podrán finalmente cantar un día con Jesús, el Hijo Resucitado: “Me enseñarás el camino de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (Salmo 16 [15], 11).
            Queridos hermanos y amigos, pidamos a María, nuestra Madre y Reina, que nos conceda vivir cada día de nuestras vidas como un camino de filialidad, como un camino de ser más hijos, de ser más niños, de ser más como Cristo Jesús.
            ¡Feliz Pascua de Resurrección para todos! Desde el Santuario Sión imploro para cada uno la gracia de la filialidad y la bendición de Dios, Padre Bueno, Fiel y Misericordioso.
            Con cariño,
            Oscar Iván
PMSCP      


[1] Con este término se quiere expresar una disposición de apertura total al querer divino. En octubre de 1939, a instancias del Fundador –P. José Kentenich- la Familia de Schoenstatt selló una consagración de “Poder en Blanco” con  la Santísima Virgen María.