La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 31 de diciembre de 2016

Familia: don y tarea - Sagrada Familia 2016

Sagrada Familia 2016

Familia: don y tarea

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de nuestra fe nos presenta en la Fiesta de la Sagrada Familia, el evangelio de la “huida a Egipto y retorno a Nazaret” (Mt 2, 13-15. 19-23). En este texto evangélico, José aparece como cabeza de la Sagrada Familia: a Él se dirige el Ángel del Señor (cf. Mt 2,13. 19-20. 22); es Él quien “toma al niño y a su madre”, tanto para huir a Egipto como para volver a Israel; es Él quien decide establecer la residencia de la Sagrada Familia en Nazaret (cf. Mt 2,23).
           
           Contemplando a san José en el ámbito de la Sagrada Familia, comprendemos mejor lo que san Pablo dice en la Carta a los Efesios: «el marido es la cabeza de la mujer, como Cristo es la cabeza de la Iglesia» (Ef 5,23).

            Por lo tanto, ser “cabeza de la familia” es una vocación y un servicio de amor. Es vocación, porque José fue llamado por el Ángel del Señor para asumir este servicio de amor como misión de vida. Es servicio, porque todo lo que José realiza en el Evangelio está orientado al bienestar del niño Jesús y su madre María. Podríamos decir que José encuentra su vocación y plenitud de vida en el ámbito de la Sagrada Familia.



Ámbito familiar

            En realidad, cada persona, cada uno de nosotros, encuentra su vocación de vida en el ámbito de la familia. Vocación que por un lado es don, y, por otro lado es tarea.

            La misma familia es un don: allí somos “tomados”, somos recibidos, acogidos y cuidados; en ella encontramos el lugar existencial en el cual “establecernos”; en el cual arraigarnos para poder crecer, desarrollarnos, fructificar y florecer.

            Pero también es cierto que la familia es una tarea. Una tarea cotidiana, exigente y concreta. A eso se refiere san Pablo en la Carta a los Colosenses cuando dice: «Mujeres, respeten a su marido, como corresponde a los discípulos del Señor. Maridos, amen a su mujer, y no le amarguen la vida. Hijos, obedezcan a sus padres, porque esto es agradable al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, para que ellos no se desanimen» (Col 3, 18-21).

La familia como tarea

Sí, en el ámbito familiar cada miembro tiene una tarea. Un don que entregar y una tarea que realizar. El marido, la mujer, los hijos y los padres. Todos tienen una tarea. Y esta tarea está siempre en relación a los otros miembros de la familia. Es por ello una tarea de amor, de amor concreto y efectivo.

            Según la Sagrada Escritura, la tarea concreta del esposo es amar a su mujer. En la Carta a los Efesios, san Pablo incluso dice: «maridos, amen a sus mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a la muerte por ella para santificarla» (Ef 5, 25-26a).

            Si soy esposo: ¿estoy viviendo mi vocación, mi tarea concreta? ¿Amo a mi esposa, muriendo a mí mismo por ella? ¿Mi amor la hace santa? Si es así, entonces se cumple la otra petición de san Pablo: «no le amarguen la vida» (Col 3,19).

            La tarea concreta de la mujer es el respeto al esposo. Es decir, otorgarle valoración y reconocimiento, y con ello, dignidad. El hombre que es amado, a su vez, puede amar.

            En este sentido, es hermoso el ejemplo de María en el Evangelio. Si bien, ella es la Madre del Hijo de Dios, sabe darle a José un lugar de autoridad y respeto: así José puede tomar la iniciativa y asumir responsabilidades. Si soy esposa: ¿confío en mi esposo y sus capacidades? ¿Dejo que tome iniciativa y asuma responsabilidad? ¿Me comporto como su compañera o como su niñera?

           
            Ambos, el marido y la mujer, viven su vocación matrimonial y familiar en relación a sus hijos. Y san Pablo les da un consejo muy sabio: «Padres, no exasperen a sus hijos, para que ellos no se desanimen» (Col 3,21).

            A veces, hay padres o madres de familia que creen que educar a los hijos consiste en denigrarlos: constantemente les reprochan sus errores o los comparan consigo mismos sin brindarles reconocimiento alguno. Lo único que consiguen es desanimarlos y minar su autoestima.

            Sin duda que la educación de los hijos implica ejercer autoridad y corregir. Pero, ser padre, ser madre, es fundamentalmente corregir entregando confianza a los hijos. Haciéndoles saber que si hay algo que se proponen en serio pueden conseguirlo, y que estaremos allí para acompañar.

            Finalmente, a los hijos corresponde obedecer. Se trata de la obediencia filial. Aquella obediencia que a través de los padres llega a Dios mismo. Y el fruto de la obediencia a Dios es la vida plena. Nuevamente san Pablo en su Carta a los Efesios nos dice: «hijos, obedezcan a sus padres, como lo quiere el Señor, pues esto es justo: «Honra a tu padre y a tu madre». Éste es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: «Para que te vaya bien y vivas muchos años sobre la tierra»» (Ef 6, 1-3).

Ambiente familiar

            Y toda esta tarea de vida que se realiza en el ámbito familiar, debe hacerse cultivando un ambiente familiar: «Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: Hagan ustedes lo mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones… Y vivan en acción de gracias. Que la Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza» (Col 3, 12-15a. 16a).

            Al celebrar hoy la Fiesta de la Sagrada Familia, renovemos cada uno nuestra vocación y tarea al interior de nuestras familias; y, por intercesión de Jesús, María y José, digámosle a Dios:

            “Concede Padre,
            una mesa y un hogar,
            amor para trabajar,
            padres a quienes querer
            y una sonrisa que dar. Amén.”[1]  



[1] Cf. LITURGIA DE LAS HORAS, Himno de Laudes de La Sagrada Familia de Jesús, María y José.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado

Solemnidad de la Natividad del Señor – 2016

Misa del día de Navidad

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado

Queridos hermanos y hermanas:
            
        Con esta eucaristía dominical celebramos la Solemnidad de la Natividad del Señor; celebramos el hecho de que «un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5). El niño que nos ha nacido es el niño de María, «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). El hijo que se nos ha dado es el Hijo de Dios, «que está en el seno del Padre» (Jn 1,18).

¿Qué celebramos en la Navidad?

            Al aplicar las palabras del profeta Isaías al nacimiento de Jesús en Belén, tomamos conciencia de lo que celebramos en la Navidad: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado».

            Por un lado, «un niño nos ha nacido»; es decir, Dios se nos regala en este pequeño, frágil y necesitado niño recién nacido. “Precisamente así Dios se ha hecho realmente “Enmanuel”, Dios-con-nosotros, de quien no nos separa ninguna barrera de excelencia o lejanía: siendo niño se ha hecho tan cercano que podemos hablarle tranquilamente de tú y acceder directamente a su corazón infantil”.[1]

            Siendo niño se ha hecho tan cercano. Sí. La cercanía de Dios en este Niño es lo que celebramos en la Navidad. Parte del gran misterio de la Navidad consiste en que Dios, a quien «nadie ha visto jamás» (Jn 1,18), se muestra ahora como niño.

            Pero debemos ahondar en nuestra meditación, en nuestra oración y reflexión. ¿Qué significa que Dios se nos da como niño? No podemos quedarnos en el sentimentalismo momentáneo. El sentimiento de ternura que nos embarga en estos días de Navidad, debe volverse admiración y contemplación de este Dios que se hace Niño y nace para nosotros.

           
           Que Dios haya elegido hacerse niño y darse como niño pequeño, frágil y necesitado nos lleva a replantear nuestra imagen de Dios y nuestra relación con Él. Muchas veces imaginamos un Dios majestuoso y lejano; tan lejano que pareciera no tener tiempo para las pequeñeces de nuestra vida; tan majestuoso, que pareciera que no somos dignos de ponernos en su presencia y abrirle el corazón.

            Sin embargo, el nacimiento de Jesús en Belén, su manifestarse como «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre»; corrige nuestra imagen de Dios. Sin dudas que Dios es un Dios todo poderoso y majestuoso. Dios es Dios, y no hay otro Dios fuera de Él (cf. Is 45,5). Sin embargo, el  misterio de la Navidad nos muestra en qué consisten su poder y majestad.

            El poder de Dios consiste en su capacidad de renunciar al poder; en su capacidad de asumir la fragilidad, pequeñez y necesidad humanas. La majestad de Dios consiste en su capacidad de sencillez y humildad. Como lo expresa la Carta a los Hebreos, Jesús «es el resplandor de su gloria», de la gloria de Dios (Heb 1,3). Sí, en el pequeño Niño resplandece la gloria de Dios.

            Por lo tanto, podemos acercarnos con confianza a Dios. Él se ha acercado a nosotros con entera confianza. Tanto confía Dios en nosotros, en la humanidad, que como niño se pone en manos de dos humanos: María y José. Tanto confía Dios en la humanidad, que como niño se pone en nuestras manos. Él se hace pequeño, frágil y necesitado, para que nosotros podamos hacernos ante Él, pequeños, frágiles y necesitados.

“En el Niño Jesús se evidencia al máximo el amor indefenso de Dios: Él viene sin armas, porque no pretende conquistar desde fuera sino ganar y transformar desde dentro.”[2] No en vano dice Jesús: «Les aseguro que si ustedes no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3).

Un hijo se nos ha dado

            Y este Niño recién nacido es «el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre» (Jn 1,18). El misterio de la Navidad, alcanza toda su plenitud cuando comprendemos que el Niño nacido en Belén es el mismo del cual dice el evangelista Juan: «Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1,1).

            «Un hijo se nos ha dado» para que aprendamos nosotros mismos a ser hijos de Dios. “No olvidemos que el máximo título de Jesucristo es el de “Hijo”, Hijo de Dios. La dignidad divina viene indicada con un término que presenta a Jesús como el niño perenne. Su condición de niño corresponde de manera única a su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”. Por eso ahí hallamos una indicación de cómo llegar hasta Dios, a ser divinizados.”[3]

            De eso se trata la Navidad. Recibir al Niño para hacernos niños y así llegar a ser hijos. Ambas cosas van unidas: la filialidad y la filiación divina. Por eso, el hermoso y profundo prólogo del Evangelio según san Juan dice: «La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre… …a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios» (Jn 1, 9. 12-13).

            Cada vez que con Jesús nos hacemos niños, llegamos a ser plenamente hijos de Dios con Cristo. Este es el misterio de la Navidad, este es el camino del cristiano: hacerse niño para llegar a ser plenamente hijo. Este es el corazón de la celebración navideña. No lo olvidemos.

            Ante el pesebre volvamos a mirar con los ojos y el corazón a este Niño que nos ha nacido, a este Hijo que se nos ha dado. Volvamos a hacernos niños ante Él para llegar a ser hijos de Dios con Él. Entonces habremos comprendido el misterio de la Navidad, entonces lo habremos celebrado y vivido.

            Ante María, Madre del Niño, nos ponemos con nuestras propias pequeñeces, fragilidades y necesidades, para que Ella nos eduque; para que Ella nos envuelva en los pañales de la ternura y nos recueste en el pesebre de la misericordia de Dios. Que por su intercesión nos transformemos desde dentro en niños e hijos. Amén.



[1] BENEDICTO XVI/JOSEPH RATZINGER, El amor se aprende. Las etapas de la familia (Librería Editrice Vaticana – Romana Editorial, Madrid 2012), 133.
[2] Ídem, 133s.
[3] Ibídem

domingo, 13 de noviembre de 2016

Vivir en esperanza

33° Domingo durante el año – Ciclo C

Clausura del Año Santo de la Misericordia en Tupãrenda

Vivir en esperanza

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra orienta nuestra mirada hacia el final del tiempo litúrgico. El próximo domingo, con la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, concluye el año litúrgico, y, en Roma, el Papa Francisco clausurará solemnemente el Año Santo de la Misericordia.

También nosotros, en este día, clausuramos el Año Santo aquí en Tupãrenda. Todo nos habla del tiempo final; y por eso, queremos dejarnos guiar por la Palabra de Dios para comprender el significado de ese tiempo final y así aprender cuál es la actitud adecuada para afrontarlo.
  
El día del Señor

            El profeta Malaquías nos dice: «Llega el día abrasador como un horno» (Mal 3,19a). Se trata del “día del Señor”, día de Juicio. Día en que se descubren las acciones e intenciones de los hombres, las acciones e intenciones del corazón. La profecía nos ayuda a mirar hacia adelante, hacia el momento escatológico en que el Señor juzgará a su pueblo y a toda la creación. Se trata del día del Juicio.

Normalmente, ante la perspectiva del Juicio tememos. En la cultura popular se ha instalado una visión pesimista, lúgubre y caótica del Juicio: el llamado “fin del mundo”.

Sin embargo este texto profético nos dice otra cosa. Es cierto que para «los arrogantes y los que hacen el mal (…); el día que llega los consumirá» (Mal 3,19). Pero, para aquellos que han sido fieles al Señor, para aquellos que temen su Nombre, es decir, lo respetan y viven invocándolo con sus labios, corazón y obras; para ellos, ese día «brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos» (Mal 3,20).

            Así, el día del Juicio, el día del Señor, es día de esperanza para los que creen en Él. La Sagrada Escritura nos presenta el Juicio de Dios fundamentalmente como un acontecimiento de esperanza para sus fieles.

Juicio como lugar de esperanza

Esta esperanza del Antiguo Testamento fue asumida por la fe cristiana. En concordancia con esto, Benedicto XVI nos dice que “ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios” (Spe Salvi 41).

Pienso que podemos comprender que el Juicio final –tal como lo expresamos cada domingo en el Credo diciendo: “ha de venir a juzgar a vivos y muertos”- sea criterio que ordena nuestra vida y llamada que despierta nuestra conciencia. Pero, ¿comprendemos por qué el Juicio es esperanza para nosotros?

            En primer lugar no debemos olvidar que el Juicio es de Dios. Es Dios quien  juzgará nuestra vida. Él, que nos conoce y nos ama personalmente, es el que nos juzgará. Él, que comprende las acciones de nuestro corazón, es el que nos juzgará. Es Dios quien nos juzgará en Cristo; por lo tanto, seremos juzgados por el Amor. No debemos temer, sino confiar.

            En segundo lugar, el Juicio es encuentro cara a cara con el Señor, con Cristo que nuestro Salvador y Juez. “El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mimos” (Spe Salvi 47).

            Sí, seremos juzgados por el Amor y ese juicio será encuentro decisivo con Él. Y en ese encuentro todo lo que sea falso o malsano se consumirá. Nuestra falsedad se consumirá, en eso consiste el Juicio. Pero gracias a ese Juicio, brotará en nuestro ser la autenticidad. Llegaremos a ser plenamente quienes estamos llamados a ser. Llegaremos a ser plenamente lo que hemos tratado de ser en nuestra peregrinación terrena. En ello consiste el Juicio. Seremos “por fin totalmente nosotros mismos y con ello, totalmente de Dios” (Spe Salvi 47).

            Vemos así cómo, en el Juicio de Dios, justicia y misericordia se unen y se realizan plenamente. Comprendemos entonces por qué para el cristiano el Juicio de Dios es fundamentalmente esperanza. Y se nos hacen claras las palabras del profeta Malaquías: «para ustedes, los que temen mi nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos». Sí, brillará el Sol de Justicia que es Cristo mismo.

            Por esa razón la Liturgia hoy nos invita a rezar y a cantar jubilosos con el salmo: «Griten de gozo delante del Señor, porque él viene a gobernar la tierra; él gobernará el mundo con justicia y a los pueblos con rectitud» (Sal 97,9).

Vivir en esperanza

            También el evangelio (Lc 21, 5-19) desarrolla el tema del “día del Señor”, aunque con una imagen distinta: la de la destrucción del Templo de Jerusalén (Lc 21, 5-6).

Ante la pregunta: «“Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto y cuál será la señal de que va a suceder?”» (Lc 21,7); Jesús no responde dando una datación o tiempo preciso de cuándo sucederá el “día del Señor”. Más bien, Jesús enseña a vivir el tiempo presente orientados por la certeza de que el Señor volverá y transformará la realidad presente. No se trata de saber cuándo ocurrirá, sino de cómo vivir el tiempo presente esperando el día del Señor.

            Si seguimos el discurso de Jesús nos daremos cuenta de que el “día del Señor” está precedido por varios procesos. Guerra y revoluciones, señalan la crisis de la sociedad humana; terremotos y señales en el cielo, nos hablan de la crisis del cosmos; y las persecuciones nos hablan de la crisis de fe. Toda la realidad humana entra en crisis, y al entrar en crisis demuestra su provisionalidad, y por ello, su apertura a la plenitud definitiva que solo Cristo puede darle.

            Pero todavía debemos desarrollar cuáles son las actitudes que Jesús enseña a sus discípulos para afrontar los tiempos de crisis con esperanza. Primeramente el Señor nos dice: «No se dejen engañar» (Lc 21,8). «Muchos se presentarán en mi nombre diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan» (Lc 21,8).

            Impresiona cómo tantos hombres y mujeres se dejan engañar y atemorizar por personas o, incluso, por simples mensajes anónimos, que anuncian que «el tiempo está cerca», que ya llega el fin del mundo, el final de los tiempos. Los que anuncian solamente temor y no señalan un camino de esperanza, no provienen de Cristo Jesús.

No nos dejemos engañar, no nos dejemos atemorizar. Si nos dejamos llevar por estas cosas, en el fondo, es señal de que nuestra fe es débil y de que no vivimos en un constante diálogo con el Señor. No olvidemos que Él es el Resucitado que nos dice: «No teman» (Mt 28,10).

La segunda actitud a la que nos invita Jesús para vivir en esperanza, es el tomar conciencia de que todo tiempo de crisis tiene un sentido. ¿Y cuál es ese sentido? «Esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí» (Lc 21, 13). Sí, sea que experimentemos la crisis social, sea que experimentemos la crisis del cosmos, sea que experimentemos la crisis de fe; ello es oportunidad para dar testimonio de nuestra confianza en el Señor Jesús.

Ante las crisis e inseguridades del tiempo actual, estamos llamados a dar testimonio, con nuestras palabras y obras, de nuestra fe y confianza en Cristo Jesús.

Finalmente Jesús nos invita a la constancia: «Gracias a la constancia salvarán sus vidas» (Lc 21,19). El Señor nos invita a ser constantes en nuestra fe, en nuestra relación personal y comunitaria con Él. Solo la constancia en medio de la crisis y de la adversidad nos permite mirar con esperanza hacia adelante, hacia la venida del Señor.

No dejarse engañar, dar testimonio de Cristo y ser constantes. Tres actitudes características del cristiano. Tres actitudes para vivir momentos de crisis personal, familiar o social. Tres actitudes que transforman el tiempo presente en tiempo de esperanza, y nos abren a anhelar el encuentro con el Señor que viene.

Al clausurar el Año de la Misericordia, miramos con gratitud todo lo que hemos vivido y experimentado en este tiempo de gracia; y, sobre todo, miramos con esperanza el tiempo que viene. Es el Señor de la Misericordia el que volverá; es el Señor de la Misericordia el que nos invita a perseverar en el amor. Es el Señor de la Misericordia el que nos envía a seguir practicando misericordia con nuestros hermanos.


A María, Madre de la esperanza y de la misericordia, confiamos el peregrinar de la Iglesia en este nuevo tiempo; y le pedimos, que nos ayude a caminar hacia el encuentro con Jesucristo, Sol de Justicia, que con sus rayos de luz nos sana y nos llena de esperanza. Amén. 

domingo, 30 de octubre de 2016

El camino de Zaqueo

31° Domingo durante el año – Ciclo C

El camino de Zaqueo

Queridos hermanos y hermanas:

            Hemos escuchado en el evangelio de hoy (Lc 19, 1-10) el relato del encuentro entre Jesús y Zaqueo. Pero sobre todo hemos escuchado los pasos que Zaqueo tuvo que dar para poder encontrarse con el Señor, para poder encontrarse con Jesús. Les invito a que meditemos sobre este camino de Zaqueo y que nos dejemos inspirar por él.

«Quería ver quién era Jesús»

            El evangelio nos dice que «Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad»; nos dice también que «allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos.» Pero el dato más importante que nos proporciona el evangelio sobre Zaqueo, es que «Él quería ver quién era Jesús».

           
En ese sentido, Zaqueo es imagen del hombre inquieto, del hombre que busca, del hombre que anhela. Zaqueo anhelaba ver a Jesús; anhelaba –probablemente- verlo no sólo con los ojos sino sobre todo con el corazón.

            Es importante que tomemos conciencia del anhelo de Zaqueo. Sobre todo, teniendo en cuenta que Zaqueo «era un hombre muy rico», «jefe de publicanos». Se trata de un hombre que posee muchas riquezas materiales, un hombre con un estilo de vida cómodo, un hombre ocupado en muchas tareas, trabajos y cálculos. En este sentido, ¿no es también Zaqueo imagen del hombre exitoso? Posee riquezas, y con ello, poder económico, comodidad e influencia social.

            Y sin embargo, a pesar de todo esto, sigue buscando algo más. Por eso «quería ver quién era Jesús». A pesar de sus riquezas, de su comodidad e influencia, Zaqueo anhela algo más. Algo que ni la riqueza, ni el poder, ni la comodidad puedan dar.

            Zaqueo anhela, busca, no se deja contentar o conformar con los bienes de este mundo. Tal vez en su corazón resuenen las palabras del Salmo 15 (16): «Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen». Sí, el consumo, la comodidad y la avaricia, y la búsqueda enfermiza de placeres[1] no satisfacen el corazón humano, no lo sacian. Estamos hechos para algo más.

«Subió a un sicómoro para poder verlo»

            Zaqueo convierte su anhelo en búsqueda concreta. No se queda en la buena intención o en la mera idea, sino que toma una decisión. La decisión de adelantarse a Jesús y subir a un árbol para verlo al pasar. El anhelo que llega a ser decisión se transforma en propósitos concretos para buscar al Señor, y buscándolo dejarse encontrar por Él.

            En esta misma línea nos dice el Papa Francisco: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso.”[2]

            Sí, anhelar el encuentro con Jesús implica una decisión concreta por buscarlo y por dejarse encontrar por Él. Implica una decisión concreta por cultivar nuestra vida espiritual. Implica opciones concretas por favorecer el cultivo del espíritu.

            ¿Cuánto tiempo concreto le dedico a la oración día a día? ¿Cuánto tiempo le dedico al diálogo íntimo, personal y auténtico con Jesús? ¿Cuánto tiempo le dedico a la lectura consciente y orante del Evangelio? ¿Me dejo encontrar por Jesús en el Evangelio? ¿Hago una opción por la Eucaristía dominical? ¿Busco a Jesús en los distintos ámbitos de mi vida personal, familiar y laboral? ¿Dejo que Él atraviese mi ciudad y mi vida? (cf. Lc 19,1).

«Lo recibió con alegría»

            “Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con brazos abiertos.”[3]

            Es la experiencia que ha hecho Zaqueo. Él arriesgó, Él se decidió por buscar a Jesús y dejarse encontrar por Él. Subido al árbol, Jesús lo miró y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa»; y «Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría» (Lc 19, 5. 6).

           
El anhelo y la decisión desembocan en la alegría del encuentro, en la gran alegría de recibir a Jesús en su casa, en su vida. Y este encuentro marca su vida, este encuentro lo evangeliza y lo convierte en discípulo de Jesús, pues “no se comienza ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[4]

            Sí, “sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro- con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la auto-referencialidad”[5]; somos rescatados de nuestras ataduras y tristezas, de nuestros aislamientos y egoísmos; somos rescatados de la tentación de pensar y sentir que nuestros corazones pueden conformarse con la mediocridad o saciarse con el consumo y el placer egoísta.

«Zaqueo dijo resueltamente…»

            Y ese encuentro que marca la vida, necesariamente deriva en la conversión. Lo vemos en la historia de Zaqueo. El recibir al Señor en su casa y en su vida; el sentirse valorado, respetado y amado por Jesús, lo llevó a abrirse a la capacidad de amar dando de sus bienes a los más pobres y reparando a los que había perjudicado.

            Se nos muestra así la dinámica de la conversión: apertura al amor de Dios que nos muestra nuestra dignidad de amados, y por ello mismo, nos muestra nuestra capacidad de amar. La auténtica conversión al Señor nos lleva también a la conversión hacia los hermanos.

            Y comprendemos así como la misericordia sana las heridas de nuestros pecados y nos lleva a descubrir nuestro yo más auténtico, aquél que se esconde detrás de tantas pretensiones de poder y de auto-satisfacción. Ante la mirada de Jesús, “toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos.”[6]

            Zaqueo vuelve a ser él mismo, recobra su dignidad, su identidad más auténtica: «Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.» (Lc 19, 9-10).

            El camino de Zaqueo es el camino del anhelo que llega a ser realidad en el encuentro con Cristo y la conversión de vida. Anhelo, decisión, encuentro y conversión, son los pasos del camino que también nosotros estamos llamados a recorrer para encontrarnos con Jesús en nuestras vidas, y, encontrándonos con Él, reencontrar nuestra propia autenticidad.

            A María, Madre del camino, le pedimos que mantenga vivo en nuestros corazones el anhelo de su hijo Jesús, para que día a día nos decidamos a buscarlo y a dejarnos encontrar por Él; para que día a día nuestro anhelo se haga decisión, encuentro y conversión. Amén.


[1] Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 2.
[2] PAPA FRANISCO, Evangelii Gaudium 3.
[3] PAPA FRANISCO, Ibídem
[4] BENEDICTO XVI, Deus caritas est 1.
[5] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 8.
[6] BENEDICTO XVI, Spe Salvi 47.

domingo, 23 de octubre de 2016

La súplica del humilde

30° Domingo durante el año – Ciclo C

La súplica del humilde

Queridos hermanos y hermanas:

            Nuevamente la Liturgia de la Palabra nos presenta el tema del culto y de la oración. El domingo 28° meditamos en torno al tema del culto como reconocimiento de Dios y gratitud para con Él; en el domingo 29° escuchamos cómo Cristo nos enseñó que es necesario orar siempre sin desanimarse.

            Y hoy, la Palabra de Dios nos enseña la actitud con la cual debemos presentarnos ante Dios para hacer oración.

Dos hombres subieron al Templo

            Hemos escuchado en el evangelio de hoy la conocida parábola “del fariseo y el publicano” (Lc  18, 9-14). En ella se nos relata que «dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano». Se nos relata también el contenido de la oración de cada uno, el contenido de ese diálogo íntimo con Dios.

            «El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas.”» En cambio, la oración del publicano dice simplemente: «“¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”».

           
                Al detenernos a analizar la oración de cada uno de estos hombres y la actitud que en ella expresa cada uno, nos damos cuenta que la oración del fariseo más que un diálogo con Dios es un monólogo sobre sus logros personales y sus supuestos méritos.

            En el fondo el fariseo no está haciendo oración, porque la oración supone el saberse necesitado ante Dios, supone la conciencia de que ante el Creador somos creaturas, ante el Salvador somos necesitados de salvación y redención.

            Cuando en la oración nos presentamos ante Dios como auto-suficientes y no necesitados de su misericordia, nosotros mismos nos cerramos a Dios y su acción, y nuestra oración, en lugar de ser alabanza a Dios, se transforma en un vano intento de auto-glorificación.  Es por eso que Jesús dice que el fariseo no volvió a su cada justificado (cf. Lc 18,14a), pues, «todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado» (Lc 18,14b).

            Por eso, san Pablo en la Carta a los Efesios nos recuerda: «Ustedes han sido salvados por gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe» (Ef 2, 8-9). No debemos gloriarnos de nuestras obras, sino gloriarnos de la misericordia de Dios y de nuestra confianza en Él.

La súplica del humilde

            En el mismo sentido se expresa el libro del Eclesiástico cuando dice: «La súplica del humilde atraviesa las nubes» (Ecli 35,17). Sí, cuando con humildad y autenticidad nos presentamos ante el Señor, nuestra súplica llega a su presencia, a su corazón. Entonces nuestra súplica es verdaderamente oración.

            El publicano, que subió al Templo a orar, volvió a su casa justificado porque renunció a toda pretensión de justificarse a sí mismo o de excusarse por los pecados cometidos. Mostrando su fragilidad y su miseria se dejó justificar por Dios, se dejó hacer justicia por Dios; y así experimentó lo que hemos rezado al responder al Salmo de hoy (Sal 33, 2-3. 17-19. 23): «El pobre invocó al Señor, y él lo escuchó».

           
            Se nos muestra así que la actitud fundamental para hacer oración es la humildad y que la humildad siempre es verdad. Y la verdad sin rodeos, la verdad sin excusas, la verdad sin apariencias. En el fondo, la oración más que palabras y gestos es presentarse con sinceridad y confianza ante el Señor. Así como somos: con nuestros logros y fracasos, con nuestras virtudes y defectos, con nuestras miserias y anhelos.

            Sólo entonces se da un verdadero diálogo entre Dios y el hombre. Sólo entonces el hombre experimenta en profundidad su condición humana y con ello la riqueza y ternura de la misericordia de Dios. Sólo entonces le permitimos a Dios ser Dios.

Purificación interior

            Todo esto nos muestra que la oración auténtica nunca es alienación del hombre y fuga de su realidad. Muy por el contrario, en la auténtica oración, en el auténtico diálogo el Dios vivo el hombre se encuentra a sí mismo, encuentra su verdadera identidad: la identidad de hijo.

            Y aceptando esa identidad de hijo, esa dependencia filial de Dios encuentra su 
camino de plenitud. Humildad es aceptar que dependemos de Dios. Y aceptando y asumiendo libremente esa dependencia encontramos nuestra plenitud. Humildad es también aceptar con el corazón que dependemos de los demás y que no podemos tenernos por justos a nosotros mismos y despreciar a los demás (cf. Lc 18,9).

            Comprendemos entonces que la oración “es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás.”[1] Es un proceso de purificación porque en la auténtica oración nos liberamos de las mentiras ocultas con las que muchas veces nos engañamos a nosotros mismos y a los demás. En la oración auténtica, Dios nos ayuda a confrontarnos con nosotros mismos y mirar nuestra propia realidad con sus ojos.[2]

            Así, Dios nos ayuda a descubrir nuestra pequeñez, pero precisamente en esa pequeñez conocida, aceptada y confesada encontramos nuestra grandeza: somos hijos dignos de misericordia. Nuestras miserias nos hacen dignos de misericordia.[3]

            A María, la Madre de Misericordia que en su cántico del Magníficat (Lc 1, 46-55) no tuvo miedo de confesar que Dios «miró con bondad la pequeñez de su servidora» (Lc 1,48), le pedimos que nos enseñe a vivir nuestra oración como súplica auténtica y humilde, como entrega confiada de nuestra pequeñez para encontrar en Dios nuestra auténtica grandeza. Amén.


[1] BENEDICTO XVI, Spe Salvi 33.
[2] Cf. BENEDICTO XVI, Ibídem
[3] Cf. P. JOSÉ KENTENICH en P. WOLF (Ed.), La mirada misericordiosa del Padre. Textos escogidos del P. Kentenich (Nueva Patris, Santiago de Chile 2015), 147-150.