La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 14 de diciembre de 2013

“¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3)

Queridos hermanos y hermanas:

        En este tiempo de Adviento seguimos caminando hacia el Señor que viene hacia nosotros. Tratamos de salir a su encuentro con nuestras buenas obras (cf. Oración Colecta del Domingo I de Adviento) y así vivimos “la fiel espera del nacimiento”[1] del Hijo de Dios.

           El Adviento es como una síntesis de la vida cristiana, pues el Señor constantemente sale a nuestro encuentro –viene hacia nosotros-, y, simultáneamente, también nosotros constantemente buscamos el rostro de Jesús. Buscamos su mirada, su abrazo, su corazón. Ésta es la vida cristiana: la constante venida del Señor  a nuestras vidas (cf. Ap 22,20) y el insaciable anhelo de su rostro. Venida y búsqueda, anhelo y encuentro: es Adviento, es la vida cristiana.

            Vista así, la vida cristiana es también como un “juego de amor”. Y “¿qué significa juego de amor? Que dos personas que se aman se buscan mutuamente  y no descansan hasta haberse encontrado.”[2] 

Nuestro corazón estará intranquilo hasta que descanse en Ti

            Sí, todos llevamos en el corazón –en lo más íntimo de nuestro ser- el anhelo de Dios, el anhelo de ver su rostro. Lo dice el salmista: “Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.” (Salmo 27 (26), 8-9).

            Cada vez que despertamos ese anhelo y lo cultivamos vivimos un adviento: espera y búsqueda anhelante. San Agustín lo ha expresado magistralmente al invocar a Dios diciendo: “nuestro corazón estará intranquilo hasta que descanse en Ti.” (Confesiones I, 1, 1).

            Sin embargo, cuando ese anhelo se convierte en idealización y pierde realidad, corremos el riesgo de “imaginar” el rostro de Dios a nuestra medida y reducir su presencia salvadora a nuestras exigencias y expectativas.

            Sí, buscamos el rostro de Dios, esperamos a Jesús, pero esperamos que Él se manifieste según nuestros criterios, que Él nos salve de acuerdo con nuestros deseos, que cumpla nuestra voluntad antes que la voluntad del Padre. Muchas veces buscamos a Jesús… O eso pensamos, pero en realidad, nos buscamos sólo a nosotros mismos, buscamos la realización de nuestros deseos y proyectos.

¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Mt 11,3)

            Tal vez algo de eso se refleja en el Evangelio proclamado hoy (Mt 11,2-11). Al momento del inicio de la actividad pública de Jesús, Judea “bullía de inquietudes. Movimientos, esperanzas y expectativas contrastantes determinaban el clima religioso y político”.[3] Cada grupo o movimiento religioso tenía una expectativa, una imagen, una “idealización” del Salvador y de la salvación.

            Los zelotes estaban dispuestos a utilizar la violencia para restablecer la libertad de Israel; los fariseos intentaban vivir la Torá cumpliendo sus prescripciones con esmero y precisión; y los saduceos –en su mayoría pertenecientes a la clase sacerdotal- vivían una religiosidad de élite acomodada con el poder romano…[4] Cada cual espera al Salvador y su salvación, pero, de acuerdo a su mirada, a sus criterios.

            Tal vez Juan el Bautista esperaba en el Salvador, en el Mesías, una irrupción tajante, exigente y definitiva del Reino de Dios… Pero, encuentra a un Salvador, a un Jesús, que con paciencia y cuidado acoge a enfermos, a ciegos, a sordos, a pobres e incluso a pecadores… ¿No es demasiado poco para el Salvador acoger a pobres y enfermos y perdonar pecados? ¿Qué sucede con la situación política y social de Israel?[5] Ante tal desconcierto, Juan el Bautista se atreve a preguntar: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3).

            Es ilustrativo que el Evangelio diga que “Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo” (Mt 11,2). Muchas veces también nosotros “oímos” hablar de Jesús y sus obras desde la “cárcel” de nuestros pre-juicios y exigencias. Y muchas veces, nuestros pre-juicios y exigencias no nos permiten “ver” a Jesús y su obrar en nuestras vidas y en las de los demás.

A veces “imaginamos” un Jesús que nos libre de nuestros defectos, cuando en realidad Él nos ama así como somos en nuestra fragilidad y lo único que nos pide es confianza;

a veces “imaginamos” un Jesús que corrige los errores de los demás y olvidamos que Él nos pide ser mansos y humildes de corazón;

a veces “imaginamos” un Jesús que siempre nos da la razón y olvidamos que Él nos pide ampliar nuestros criterios mentales y ensanchar nuestro corazón;

a veces “imaginamos” un Jesús “dulzón” y “buena onda” que no nos exige y olvidamos que Él nos amó hasta el extremo de la cruz;

a veces “imaginamos” un Jesús “a mi medida” tomando de sus palabras lo que me gusta, y olvidamos que no hay cristianismo en solitario, sin Iglesia;

a veces “imaginamos” un Jesús tan íntimo, tan espiritual, que olvidamos amarlo en la persona que tenemos al lado; y,

a veces “imaginamos” un Jesús revolucionario y olvidamos que la gran revolución se inicia con la conversión del corazón.

          Resuena entonces en nuestros corazones la pregunta de Juan el Bautista a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. ¿Es el Jesús del Evangelio el que esperamos o debemos esperar al de nuestra imaginación, al de nuestras exigencias?

            Queridos amigos… Anhelemos la venida de Jesús, anhelémosla profundamente, pero siempre dejemos abierta la posibilidad de que Él nos sorprenda. Salgamos de la “cárcel” de nuestros pre-juicios y exigencias, y animémonos a escuchar y a ver con el corazón lo que Él realiza en la vida de los demás y en  nuestras propias vidas.

            Y cuando nos liberemos de nuestros pre-juicios y exigencias, entonces estaremos abiertos, entonces estaremos en condiciones de esperar y seguir buscando al Salvador, porque en realidad Él nos habrá ya encontrado y podremos decirle: “sí, Tú eres el que yo tanto esperaba, el que yo tanto anhelaba; Tú, sacias y superas todos los anhelos de mi corazón”. Amén.  


[1] Oración Colecta del Domingo III de Adviento
[2] J. KENTENICH, En las manos del Padre (Editorial Patris S.A., Santiago 21999), 144.
[3] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta, Santiago 32007), 34.
[4] Cf. Ibídem
[5] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús (Planeta, Buenos Aires 2012), 48-51.

sábado, 7 de diciembre de 2013

La Inmaculada Concepción de la Virgen María

¿Qué celebramos los cristianos cuando celebramos
la Inmaculada Concepción de la Virgen María?

Tal vez, pueda ayudarnos a responder esta pregunta el reflexionar a partir del hermoso Prefacio de la Misa del 8 de diciembre (El misterio de María y de la Iglesia):

“Tú preservaste a la Virgen María de toda mancha del pecado original
y la enriqueciste con la plenitud de tu gracia,
preparándola para que fuera la Madre digna de tu Hijo
y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo,
llena de juventud y limpia hermosura.”

En esta oración está bellamente resumida la fe de la Iglesia con respecto a la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Una fe, que por estar expresada en palabras un tanto complejas y a veces desconocidas, pareciera referirse a un hecho lejano y distante, pero que en realidad expresa un acontecimiento salvífico que está llamado a tocarnos a cada uno de nosotros.

Inmaculada Concepción: ¿qué significa?

           
Alguna vez, cuando he preguntado, para saber cuánto comprendemos las palabras en las que está expresada nuestra fe: ¿qué significa la Inmaculada Concepción de María? Muchas personas me han dicho que esta expresión  se refiere al hecho de que la Virgen María habría sido concebida en una madre virgen por obra del Espíritu Santo… En realidad nos encontramos aquí con una gran confusión… Se confunden la concepción virginal del Señor Jesús, de la cual dan testimonio los Evangelios (cf. Lc 1, 31. 34. 35; Mt 1, 20), y la concepción de su madre la Virgen María, la cual según una antigua tradición de la Iglesia nació de la unión de sus padres: San Joaquín y Santa Ana. Por lo tanto, la concepción de María no fue virginal, sino una concepción, por decirlo de alguna manera, natural. Entonces, ¿qué significa que la concepción de María haya sido inmaculada?


            Tal vez conozcamos la respuesta por lo que hemos aprendido en la catequesis: “desde el momento mismo del inicio de su vida –desde su concepción- María fue preservada –protegida- del pecado original”. Sabemos la respuesta, pero, ¿la comprendemos?

Preservada del pecado original

            ¿Qué significa que María fue preservada del pecado original? ¿Qué significa pecado original?

            Y tal vez tocamos aquí uno de los puntos menos comprendidos de la doctrina católica e incluso, a veces, más resistido debido a su mala interpretación: la doctrina del pecado original.

            No puedo abordar aquí exhaustivamente la cuestión del pecado original, pero sí diré algunas palabras que espero ayuden a su correcta comprensión.

            Lo que la doctrina del pecado original señala en negativo es la honda solidaridad entre todos los hombres y mujeres. Es tan honda esta solidaridad –este vínculo de unión-, que todos los hombres y mujeres de todos los lugares y tiempos estamos de alguna manera unidos, de alguna manera vinculados. Es decir, ninguno de nosotros proviene de sí mismo –nuestra historia nunca parte de un cero absoluto-, hay otros que nos han precedido. Así nuestra historia personal es parte de una historia más grande, de la historia de otros –de nuestra familia, comunidad, nación, Iglesia, humanidad-; historia de amor y de pecado. Así “todo el hombre está marcado profundamente por la pertenencia a toda la humanidad, es decir, al «Adán»”.[1]

            Y esta “solidaridad” se extiende también al pecado… Ya, cuando cada uno de nosotros viene al mundo, participamos de la situación existencial de pecado que sufre la humanidad, aunque no hayamos cometido un “acto personal de pecado”. Así la doctrina del pecado original designa la situación existencial de pecado de toda la humanidad y de cada uno de nosotros. A pesar de que Dios no nos abandona, iniciamos la vida “privados” de esa familiaridad con Dios.

            Formulada positivamente, la doctrina del pecado original nos señala que todos necesitamos ser salvados. Ninguno de nosotros puede salvarse a sí mismo. Todos necesitamos de ese don que es la salvación. Todos necesitamos ser rescatados por Jesús y que Él nos vuelva a regalar aquello que es más propio de cada uno de nosotros: la amistad y el trato familiar con Dios Padre, su gracia, su don. Por eso el Bautismo en Cristo nos rescata de esa situación existencial de separación y nos “injerta” en el Cuerpo viviente de Cristo que es la Iglesia. ¡De la solidaridad del pecado pasamos a la solidaridad del amor, a la comunión de los santos!

            Ahora entonces podemos comprender lo que significa que María fue preservada del pecado original. Sí, María, desde el primer momento de su existencia fue rescatada de la situación existencial de separación de Dios que produce el pecado, y desde ese primer instante de su vida participa de la solidaridad de amor con Dios y con toda la humanidad.

            Como dice el documento papal con el cual en 1854 el Papa Pío IX declara el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (Bula Inneffabilis Deus),

“la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano” (DH 2803);

es la salvación obrada por Jesucristo la que salva a María, la que la preserva de la solidaridad del pecado y la injerta en la solidaridad del amor. La salvación de Jesucristo alcanza a redimir a María ya desde su concepción, ya desde el inicio de su vida. Así, la Inmaculada Concepción es un fruto de la redención operada por Cristo Jesús, es un hermoso don de la Encarnación del Verbo de Dios.

María, comienzo e imagen de la Iglesia

            Si contemplamos el actuar de Dios uno y trino en María, comprendemos entonces por qué María es llamada “comienzo e imagen de la Iglesia”. La salvación de Jesús, que la preservó del pecado original, es la salvación que se ha iniciado en Ella y que el mismo Cristo quiere extender a toda la Iglesia, a toda la humanidad y a toda la creación.

           
La Inmaculada Concepción no es sólo un “privilegio” particular y aislado para la Madre de Jesús, sino que es el “gran signo” que apareció en el cielo (cf. Ap 12,1) y que nos ilustra lo que Dios en Jesucristo y por el Espíritu Santo quiere hacer en cada uno de nosotros y con toda la humanidad: volver a regalarnos su amistad y su presencia en nuestras vidas de tal modo que el pecado ya no tenga dominio sobre nuestros corazones.

   Aquello que Dios obró tan misericordiosamente en la concepción de María, lo quiere obrar día a día en nuestras vidas con nuestra cooperación a través de la fe, la oración, los sacramentos y el amor al prójimo. Lo que María es por gracia, nosotros llegaremos a serlo un día en el cielo.

            Así comprendida, María no está separada de la Iglesia y de la humanidad, Ella es “imagen y comienzo” de ambas realidades, pues las simboliza y las realiza plenamente aceptando el don de Dios y dándole su sí libre y personal (cf. Lc 1,38). En María se hace patente el destino original y final de toda la humanidad. María es la Compañera (socia, cf. Lumen Gentium 61) de Cristo, porque en realidad, la Iglesia, la humanidad, la creación –y cada uno de nosotros- está llamada a ser compañera de Jesucristo, quien justamente ha venido al mundo –y sigue viniendo- para ser “Dios-con-nosotros” (Mt 1, 22-23).

P. Oscar Iván Saldívar F.
Parroquia – Santuario de Ñandejara Guasu, Piribebuy,
en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María,
Fiesta de la Virgen de los Milagros de Caacupé.     




[1] Cf. RATZINGER J., Introducción al Cristianismo (Sígueme, Salamanca 21971), Pág. 211.

martes, 9 de julio de 2013

Lumen Fidei: un acontecimiento luminoso

Un acontecimiento eclesial que ilumina

Hace poco hemos recibido la primera carta encíclica del Papa Francisco, un acontecimiento eclesial del todo particular, porque se trata de “una encíclica a cuatro manos”[1] como el mismo Obispo de Roma ha comentado.

Al leer la Lumen Fidei no puedo evitar escuchar en mi mente la voz de Benedicto XVI y percibir sus expresiones y temáticas teológicas en el texto. Los cronistas vaticanos confirman que se trata de “una encíclica muy ratzingeriana (en cuanto al lenguaje, la estructura, las citas…) que lleva la firma del primer Papa latinoamericano”[2]. El mismo Papa Francisco dice en la carta que Benedicto XVI ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (LF 7).


Aun teniendo claro que estamos ya ante un texto del magisterio de Papa Francisco, podríamos decir que Benedicto XVI habla en las palabras de esta carta encíclica y que Francisco habla en el gesto humilde de hacer suyo parte importante del trabajo de su predecesor. Tal vez este gesto de Francisco nos ayude a comprender más vivamente que “la fe es una porque es compartida por toda la Iglesia, que forma un solo cuerpo y un solo espíritu”, a mi juicio, este gesto ilustra que “en la comunión del único sujeto que es la Iglesia, recibimos una mirada común(LF 47). Es la misma lumen fidei –la misma luz de la fe- la que nos entregan tanto Benedicto XVI como Francisco, porque ambos la han recibido de la Iglesia, Madre de nuestra fe, de Ella “que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe” (LF 38).

Una mirada a la dinámica del texto

En la introducción a la carta encíclica –los primeros siete parágrafos- domina la imagen de la fe como luz que regala al hombre una nueva visión. “Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso” (LF 1). Así, la imagen de la luz “ilumina” todo el texto y el basto  campo semántico asociado a la fe como luz estará muy presente a lo largo de la encíclica. La riqueza simbólica de la luz y la visión es fundamental para comprender lo que Francisco nos ha querido transmitir sobre la fe cristiana. Por así decirlo, esta carta hay que leerla con los ojos de la mente y de la imaginación para dejar que el corazón capte su mensaje.

La fe también es asociada al escuchar y con ello al sentido auditivo: “Para el cuarto Evangelio, creer es escuchar (…).La escucha de la fe tiene las mismas características que el conocimiento propio del amor: es una escucha personal, que distingue la voz y reconoce la del Buen Pastor(LF 30). Y dando todavía un paso más la fe es asociada al tacto, pues, “con su encarnación, con su venida entre nosotros, Jesús nos ha tocado y, a través de los sacramentos, también hoy nos toca” y “con la fe, nosotros podemos tocarlo, y recibir la fuerza de su gracia” (LF 31).

El capítulo primero –Hemos creído en el amor (cf. 1 Jn 4,16)- nos dice que “si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido, el camino de los hombres creyentes” (LF 8). Así, el texto parte desde la fe de Abraham y recorre el camino de la fe de Israel hasta llegar a la plenitud de la fe cristiana que es “fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo” (LF 15). Pero todavía la encíclica avanza un paso más –un paso decisivo-, pues “la plenitud a la que Jesús lleva a la fe tiene otro aspecto decisivo. Para la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver” (LF 18). La vida de fe es también “existencia filial” que “consiste en reconocer el don originario y radical, que está a la base de la existencia del hombre” (LF 19).

El segundo capítulo de la Lumen FideiSi no creéis, no comprenderéis (cf. Is 7,9)- aborda una temática eminentemente ratzingeriana: la relación entre fe y verdad, entre fe y razón (moderna). “Recuperar la conexión de la fe con la verdad es hoy aún más necesario, precisamente por la crisis de verdad en que nos encontramos” (LF 25).

A mi juicio, este segundo capítulo es lo más “sabroso” de la encíclica. En particular el desarrollo de la relación entre amor y conocimiento de la verdad (parágrafos 26-28). “La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad” (LF 26). En definitiva amor y verdad se entrelazan porque sólo logramos comprender –conocer verdaderamente, con el corazón- cuando somos amados. Esto se hace realidad sobre todo cuando se trata de conocer el sentido de nuestras vidas. Así, del amor nace la verdad, y por eso la verdad es siempre don y no una construcción auto-referente. “La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca” (LF 27).

Así, si el amor que percibimos en la fe es fuente de conocimiento (cf. LF 28) entonces podemos comprender que “la fe lleva a una visión más profunda” (LF 30). La fe es entonces mirada profunda de la realidad y así se convierte en interpretación de la propia realidad personal que nos lleva a decisiones de vida.

El don de la fe (capítulo I) que es verdadero (capítulo II), es don que se ha de transmitir –capítulo tercero: Transmito lo que he recibido (cf. 1 Co 15,3)-. Y “la fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama” (LF 37). En este acto de transmisión de la fe, “mediante una cadena ininterrumpida de testimonios llega a nosotros el rostro de Jesús” (LF 38). Y así comprendemos que “la Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe” (LF 38) y que por lo tanto la fe no es sólo “opción individual” sino que “se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia” (LF 39) y “por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros” (LF 39).

Los parágrafos 40 al 46 al hablar de “los cuatro elementos que contienen el tesoro de memoria que la Iglesia transmite: la confesión de fe, la celebración de los sacramentos, el camino del decálogo [y] la oración” (LF 46) nos señalan que “lo que se comunica en la Iglesia, lo que se transmite en su Tradición viva, es la luz nueva que nace del encuentro con el Dios vivo” (LF 40).

Finalmente el don de la luz de fe que se transmite en la Iglesia está llamado a servir al bien común –capítulo cuarto: Dios prepara una ciudad para ellos (cf. Hb 11,16)-: “La fe no sólo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás” (LF 50), pues “la fe revela hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos” (LF 50). “Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz” y así “nos ayuda a edificar nuestras sociedades” pues “las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios” (LF 51).

La luz de la fe además ilumina la vida en sociedad al mostrarnos “la verdadera raíz de la fraternidad” (LF 54) y al afirmar “la posibilidad del perdón, que muchas veces necesita tiempo, esfuerzo, paciencia y compromiso” (LF 55).

En las líneas que más iluminan muchos de los gestos de Papa Francisco –pensemos en su reciente visita a los inmigrantes en la isla de Lampedusa[3]-, Lumen Fidei dice: “La luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los sufrimientos del mundo. ¡Cuántos hombres y mujeres de fe han recibido luz de las personas que sufren! San Francisco de Asís, del leproso; la Beata Madre Teresa de Calcuta, de sus pobres. Han captado el misterio que se esconde en ellos. Acercándose a ellos, no les han quitado todos sus sufrimientos, ni han podido dar razón cumplida de todos los males que los aquejan. La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz(LF 57).

María, Madre de nuestra fe

Papa Francisco termina su primera encíclica con un hermoso colofón mariano –Bienaventurada la que ha creído (Lc 1,45)-, colofón que en cuatro párrafos ilustra magistralmente por qué “la Madre del Señor es ícono perfecto de la fe”. En Ella “la fe ha dado su mejor fruto, y cuando nuestra vida espiritual da fruto, nos llenamos de alegría, que es el signo más evidente de la grandeza de la fe” (LF 58).

Luego de leer esta encíclica –de leerla y releerla, de reflexionarla y meditarla- vale la pena mirar nuestra vida a la luz de la fe y en un sincero momento de oración hacer nuestra la súplica confiada que Francisco le dirige a María, madre de la Iglesia y madre de nuestra fe:
“¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.”[4] Amén.
Oscar Iván Saldivar, I.Sch.P.



[1] ANDREA TORNIELLI, El Papa: «Saldrá una encíclica a cuatro manos» [en línea]. [fecha de consulta: 9 de julio de 2013]. Disponible en: ˂http://vaticaninsider.lastampa.it/es/noticias/dettagliospain/articolo/papa-el-papa-pope-vaticano-vatican-25611/˃
[2] ANDREA TORNIELLI, La humildad de Francisco [en línea]. [fecha de consulta: 9 de julio de 2013]. Disponible en: ˂http://vaticaninsider.lastampa.it/es/noticias/dettagliospain/articolo/papa-el-papa-pope-bergoglio-ratzinger-enciclica-26229/˃
[3] ANDREA TORNIELLI, Un viaje emblemático a la extrema periferia de Europa [en línea]. [fecha de consulta: 9 de julio de 2013]. Disponible en: ˂http://vaticaninsider.lastampa.it/es/noticias/dettagliospain/articolo/lampedusa-papa-el-papa-pope-26313/˃
[4] FRANCISCO, Lumen Fidei, 60. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Soy amado y escogido, por eso soy apóstol, testigo del Resucitado

Soy amado y escogido, por eso soy apóstol, testigo del Resucitado

Queridos amigos:

La Liturgia de hoy (14.V.2013, fiesta de San Matías) nos regala un evangelio riquísimo en contenido. Una perícopa del Evangelio de Juan (Jn 15,9-17) que vale la pena leer y releer, una y otra vez, hasta que las palabras de Jesús se graben en nuestro corazón, hasta que las palabras de Jesús den forma a nuestra vida.

Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama a mí

Me impresionan las palabras iniciales de este evangelio: “Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama a mí” (Jn 15,9). Son las palabras del Maestro a sus discípulos en un contexto del todo especial… No olvidemos que el capítulo 15 del Evangelio según San Juan está inserto en la “cena pascual”, aquella que nosotros conocemos como “la última cena”. Es la hora de Jesús, “la hora de salir de este mundo para ir al Padre” (Jn 13,1).

Son palabras decisivas de Cristo en un momento decisivo. ¿Y qué les dice a sus discípulos antes de entregarse en la cruz? Les dice: “Yo los amo…”. A cada uno de sus discípulos –a los que entonces compartieron su cena pascual y a los que hoy compartimos su mesa eucarística- Jesús les dice: “Yo te amo”.

Me pregunto si dejamos que estas palabras de Cristo Jesús resuenen en nuestro corazón… Yo te amo. ¿Le tomamos el peso a estas palabras?

Permanezcan en mi amor

El Señor todavía nos hace un pedido más: “Permanezcan en mi amor” (Jn 15,9). Es como si Jesús nos dijese: “no se olviden de que los amo, no duden, no teman…”. Permanezcan en mi amor. Pero este permanecer en el amor de Jesús no es una mera idea ni tampoco sólo sentimentalismo religioso. Hay un camino, una manera muy concreta de permanecer en el amor de Cristo: “Si guardan mis mandatos permanecerán en mi amor” (Jn 15,10). Y ¿cuál es el mandato de Cristo?: “Ámense unos con otros, como yo los amo a ustedes” (Jn 15,12).

¡Qué paradoja! Permanecemos en el amor de Cristo, experimentamos que somos amados, no tanto cuando recibimos muestras de amor sino cuando las damos… Cuando amamos, cuando salimos de nuestro propio yo hacia el encuentro del tú de los que nos rodean, entonces permanecemos en el amor de Cristo. Cuando compartimos las alegrías y tristezas de otros, cuando acompañamos a otros, cuando nos damos, entonces recibimos. “No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Soy yo quien los escogí a ustedes

         Todavía hay algo más que quisiera compartir con ustedes. En este evangelio el Señor no sólo nos vuelve a decir “te amo”, sino que también nos recuerda que Él nos ha escogido, Él nos ha elegido (cf. Jn 15,16).

          Queridos amigos, cada uno de nosotros es amado, cada uno de nosotros es escogido, y cuando en nuestra vida cotidiana vivimos de este amor y de esta elección, entonces somos apóstoles, testigos de que Cristo ha resucitado en nuestras vidas.

           Dejémonos amar por Cristo, para que así amemos a nuestros hermanos. Amén. 

domingo, 31 de marzo de 2013

Misericordia y resurrección - Meditación pascual 2013


Sión de la Trinidad, Santiago de Chile, 31 de marzo de 2013

Queridos amigos y amigas,
hermanos todos en Cristo:

Como cada año, desde el 2007[1], quisiera compartir con ustedes unas breves reflexiones sobre la vida eclesial de este tiempo y el eco de la misma en mi corazón. Ofrezco estas reflexiones como saludo pascual, como saludo de alegría y esperanza.

Renuncia de Benedicto XVI

Sin duda esta Cuaresma 2013 estuvo marcada por el sorpresivo e impactante gesto de Benedicto XVI de renunciar “al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro” –tal como él lo expresó el 11 de febrero de 2013 ante los padres cardenales presentes en Roma-.[2] 

Luego de este inesperado anuncio, pudimos todavía ver a Benedicto XVI introducir a la Iglesia en el tiempo de Cuaresma –tiempo de conversión- por medio de la celebración del Miércoles de Ceniza en la Basílica de San Pedro. Esta significativa y emotiva celebración eucarística se convirtió en la última misa pública de Benedicto XVI como Papa en ejercicio del ministerio petrino.

Luego del “shock” inicial, del desconcierto, de las primeras reacciones y reconocimientos agradecidos por su decisión “por el bien de la Iglesia”[3], y de la avalancha de noticias, me parece que es tiempo de una serena contemplación y reflexión.

Hay aquí sin duda una voz de Dios para la Iglesia y para toda la humanidad, un paso de Dios por nuestra vida que es necesario acoger en la fe y en la oración. Al impacto exterior de la noticia debe seguir la brisa suave del Espíritu en el corazón (cf. 1 Reyes 19, 9-18).

Conversión de la Iglesia y en la Iglesia

Tal vez el primer significado de esta decisión –tomada en conciencia y ante Dios-[4] es que Jesús mismo es el que guía a su Iglesia. Benedicto XVI nos ha recordado que el Sumo Pastor de la Iglesia es Jesucristo. La barca es del Señor. El Papa es solamente su vicario, es decir, es aquel que busca hacer presente a Cristo -no a sí mismo-, el que busca hacerlo presente en su Iglesia por medio del oficio pastoral de santificar, enseñar y gobernar.

Y todavía Benedicto XVI nos ha recordado a muchos católicos que el Papa –al igual que los demás obispos, al igual que los sacerdotes y los diáconos- es un ministro de la Iglesia y para la Iglesia. El papado es sobre todo un ministerio, un servicio a la Iglesia y a la humanidad. Un servicio de amor, un servicio para el bien de la Iglesia y no para el bien o el prestigio de quien lo ejerce. Lo ha recordado con palabras sencillas y claras el Papa Francisco en el inicio solemne de su pontificado: “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz.”[5]

Así podríamos decir que esta Cuaresma ha sido el inicio de la conversión de la concepción del papado que muchos católicos tenemos.

Pero creo que todavía hay algo más en este tiempo de gracia que como Iglesia estamos viviendo. En torno al inicio del cónclave que eligió como Obispo de Roma –y por ello Papa, es decir, pastor con una responsabilidad por la Iglesia universal- a Francisco, muchos cardenales fueron acusados de proteger a sacerdotes abusadores o de velar más por el prestigio de la institución eclesial que por el bien de las personas abusadas. Muchas personas pidieron que varios cardenales se abstuvieran de participar en el cónclave… Unido a esto se percibía también una fuerte crítica a los pastores de la Iglesia, una crítica –si bien necesaria y justa- hecha con enojo e incluso con ira.

¿De dónde nace esta ira de la sociedad ante la Iglesia, en particular hacia sus obispos y sacerdotes? Me parece que nace sobre todo de la frustración ante obispos y sacerdotes que muchas veces se han presentado ante la sociedad como personas “perfectas”, sin debilidades ni límites… Y como tales, en lugar de anunciar el Evangelio, la Buena Noticia de Jesucristo, han anunciado sobre todo exigencias y obligaciones. Muchas veces, como Iglesia, hemos pretendido una perfección que no es real. Y pienso que en parte de ahí nace ese enojo, esa ira. El mundo de hoy nos pide no perfección sino misericordia, y sobre todo, esa misericordia que nace del Evangelio de Jesucristo.

La esperanza de la misericordia, la esperanza de la resurrección

Nuestro Papa Francisco, con su actitud sencilla y sus gestos nos recuerda esta misericordia que nace del Evangelio. Su lema como Obispo de Roma dice: Miserando atque eligendo – Mirándolo con amor y eligiéndolo.[6] Se trata del llamado de Mateo, un publicano –un pecador público, alguien en la “periferia” de la vida religiosa judía-, a quien Jesús mira con amor y elige para seguirlo (cf. Mt 9,9).



Y se trata también de la vocación cristiana de cada uno de nosotros. También nosotros hemos sido mirados con misericordia y hemos sido elegidos. También nosotros experimentamos esa conversión al amor cuando alguien –un amigo, un hermano, nuestros padres o un desconocido- nos mira con amor. Y al percibir esa mirada de amor la esperanza vuelve a renacer en nuestro corazón, es como si escuchásemos una voz en nuestro interior que nos dice: “sí, yo soy amado y puedo amar”, ·”soy amado en mi fragilidad y puedo vivir y amar con mi fragilidad”.

Entonces, cuando experimentamos la misericordia, experimentamos ya ahora algo de la resurrección de Jesucristo. Y cada vez que regalamos misericordia a un hermano, a un hombre o a una mujer que se hace mi prójimo, Jesús vuelve a resucitar en su corazón.

La misericordia, el amor gratuito, prefigura y preanuncia la resurrección universal al final de la historia cuando Cristo lleve a plenitud su obra salvadora.

Si ya hoy nos miramos los unos a los otros con misericordia, entonces con María podremos contemplar a Cristo Resucitado, y podremos experimentar la alegría del amor, y podremos decir con el corazón y con nuestra vida esta oración:

“Llena de júbilo, Madre,
lo ves transfigurado y hermoso,
con el resplandor que tendremos al resucitar en el cielo”[7]

Queridos hermanos y hermanas, a cada uno le deseo una feliz Pascua de Resurrección, y  deseo que todos podamos experimentar la mirada misericordiosa del Resucitado.

Con cariño,

Oscar Iván




[1] La primera meditación pascual que escribí en el año 2007 estuvo inspirada por las palabras de Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma 2007: Mirarán al que traspasaron (Jn 19,37). Disponible en: http://vidaescamino.blogspot.com/2011/08/meditacion-pascual-2007.html
[2] BENEDICTO XVI, Mensaje al Consistorio de Cardenales del 11 de febrero de 2013. Disponible en: http://www.news.va/es/news/benedicto-xvi-anuncio-que-por-la-edad-avanza-renun
[3] BENEDICTO XVI, Audiencia General del miércoles 13 de febrero de 2013. Disponible en: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2013/documents/hf_ben-xvi_aud_20130213_sp.html
[4] Cf. BENEDICTO XVI, Audiencia General del miércoles 13 de febrero de 2013. Disponible en: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2013/documents/hf_ben-xvi_aud_20130213_sp.html
[5] FRANCISCO, Homilía en el Solemne inicio del ministerio petrino del Obispo de Roma. Disponible en: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130319_omelia-inizio-pontificato_sp.html
[6] Explicación del escudo del Papa Francisco. Disponible en: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/elezione/stemma-papa-francesco_sp.html
[7] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 351.