La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

martes, 13 de junio de 2023

Corpus Christi 2023

 

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo A – 2023

Jn 6, 51 – 58

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra de este día nos presenta una parte del capítulo 6 del Evangelio según san Juan; capítulo conocido como el “discurso del pan”. En la perícopa que hoy leemos y meditamos (Jn 6, 51 – 58), los estudiosos de la Sagrada Escritura nos dicen que se da un movimiento en el texto.

Se pasa del “discurso del pan”, que se refiere a la persona misma de Jesús, al “discurso eucarístico”. Así se produce un cambio de acentuación en relación con los versículos anteriores de este capítulo. “Aquí ya no se habla del pan que es el propio Jesús, sino del pan que «él dará», y ese pan «es mi carne para la vida del mundo».[1]

De a poco se nos vuelve a manifestar que «el pan vivo bajado del cielo» en la Eucaristía es verdaderamente la «carne» de Jesucristo entregada «para la vida del mundo».

Por eso en esta celebración litúrgica queremos verdaderamente «glorificar al Señor» (Salmo 147, 12); glorificar al Señor por su Palabra; glorificar al Señor por su Cuerpo y Sangre eucarísticos; glorificar al Señor por su presencia en medio de nosotros y en nosotros.   

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»

            Al inicio del texto evangélico, Jesús vuelve a presentarse como «el pan vivo bajado del cielo». Es decir, se trata del pan que viene de Dios mismo. Jesús vuelve a presentarse a sí mismo como el auténtico enviado de Dios. Por esta razón afirma que «el que coma de este pan vivirá eternamente». Él es “el alimento que contiene la vida misma de Dios y es capaz de comunicarla a quien come de él, el verdadero alimento que da la vida, que nutre realmente en profundidad.”[2]  

Seguidamente el Señor precisa que este pan que Él ofrece es su «carne para la vida del mundo». Es importante notar aquí que a esta altura del discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, ya no se trata de aceptar con fe que Jesús es «el pan bajado del cielo» (Jn 6, 41), pan que es ofrecido por el Padre que «da el verdadero pan del cielo» (Jn 6, 32). Se trata de dar un paso más en el seguimiento de Jesús.

Además de esa fe, unida a esa fe y como expresión de esa fe, se trata ahora de aceptar que el «pan vivo bajado del cielo» que Jesús ofrece es su misma carne. Y que si queremos vivir en plenitud, debemos alimentarnos con fe de su carne.

La insistencia en la expresión “carne”, en lugar de la expresión “cuerpo”, en el Evangelio según san Juan, se explica por la concepción realista de la Encarnación del Hijo de Dios y por lo tanto de la Eucaristía.

Si es verdad que la Palabra Eterna (cf. Jn 1,1) se encarnó en el hombre Jesús y «habitó entre nosotros» (Jn 1,14), viviendo una vida humana; si es verdad que verdaderamente el Hijo de Dios padeció, murió y resucitó para nuestra salvación. Entonces también es verdad y real la Eucaristía del Señor.

Comprendiendo así nuestra fe, la celebración eucarística no se trata de un símbolo desprovisto de realidad; no se trata solamente de un recuerdo o de una representación teatral; se trata de la realidad de la Eucaristía y de la realidad de la Encarnación.

Y porque la Eucaristía es real tiene la fuerza, tiene la virtud de comunicar Vida Eterna ya ahora y de ser semilla de la resurrección: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Precisamente porque la Eucaristía es real, porque es verdadera, el alimentarnos de esta «verdadera comida» y de esta «verdadera bebida» (cf. Jn 6, 55) otorga la potencialidad de la resurrección al creyente. En el fondo, en cada Eucaristía el Señor realiza el proceso misterioso de asimilar nuestro cuerpo mortal a su cuerpo glorioso, a su cuerpo resucitado. «¡Glorifica al Señor, Jerusalén!».

«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Para glorificar y alabar al Señor en la Eucaristía, necesitamos la fe. La fe en Dios y en su Hijo, Jesucristo; esa fe por la cual “el hombre se confía libre y totalmente a Dios”[3]; esa fe por la cual creemos como niños y así nos abrimos al don que Dios nos quiere hacer en Cristo.

Y precisamente necesitamos renovar nuestra fe y nuestro asombro ante la Eucaristía, ante la celebración misma y ante el don eucarístico. Sin esa fe sincera ante el don de Dios en Cristo, puede ocurrirnos lo mismo que a los oyentes de Jesús: «Los judíos discutían entre sí diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne”» (Jn 6, 52).

Por un lado, el comentario y la resistencia de algunos de los judíos expresa un mal entendido. ¿Invita Jesús a la antropofagia, es decir, a comer simplemente carne humana? Ciertamente no. Jesús entrega como alimento salvador su carne y su sangre en la cruz. Y este alimento salvador se hace accesible a los creyentes en el cuerpo y sangre eucarísticos. El alimento eucarístico no es carne humana sin más, es ya “la carne de nuestro redentor Jesucristo, carne que padeció por nuestros pecados y que el Padre resucitó en su bondad.”[4]

Por ello, la resistencia de los oyentes en la sinagoga de Cafarnaúm también puede expresar la resistencia a creer en el Misterio Pascual de Jesucristo y en el misterio de la Encarnación. Por la Encarnación el Hijo de Dios toma la carne humana y la asume plena y verdaderamente. Por el Misterio Pascual esa carne humana es resucitada y glorificada, haciéndose así accesible en la Eucaristía.

Por eso, vale la pena que nos preguntemos con sinceridad: ¿Somos conscientes del gran don que Dios nos ha hecho en la Encarnación de su Hijo? ¿Creemos verdaderamente en la eficacia y fuerza salvadora de la Muerte y Resurrección de Jesucristo? ¿Creemos que esa fuerza salvadora puede tocarnos hoy a través de los sacramentos? ¿Creemos verdaderamente en la presencia real de Jesucristo en los dones eucarísticos? ¿Nos abrimos con fe al don de la Eucaristía? ¿Nos preparamos para recibirla y dejar que obre en nosotros? ¿La anhelamos con todo el corazón? «¡Glorifica al Señor, Jerusalén!».

«El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él»

Abrirnos con fe al don que nos hace Cristo en la Eucaristía, el don de su «carne para la vida del mundo», nos concede el inicio de la Vida eterna en nosotros y la esperanza de la resurrección. Y todo esto cimentado en la íntima comunión con Cristo Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56).

Corpus Christi 2023
Santuario de Tuparenda - Schoenstatt

Precisamente la comunión con Cristo Jesús, la amistad con Cristo Jesús, amistad que se realiza en la Eucaristía y por la Eucaristía[5], es el fundamento para el inicio de la Vida eterna en nosotros y es el fundamento de nuestra esperanza en la resurrección. Por un lado, porque al alimentarnos del Señor vivimos por Él (cf. Jn 6, 57) que vive por el Padre; y por otro lado, porque aquel que ha sido acogido en la amistad de Jesús ya no nunca más estará solo, ni siquiera en el paso a través de la muerte hacia la nueva Vida. Su amistad nos sostiene y no permite que caigamos en el vacío y la nada.   

Así la comunión que Jesús nos ofrece en su Cuerpo y Sangre es en primer lugar un gran y hermoso don: «¡Glorifica al Señor, Jerusalén!» Y en segundo lugar, es una tarea cotidiana: la tarea cotidiana de creer en Jesús y en su amor y abrirnos con fe a su don para recibirlo y vivirlo en el día a día hasta que lleguemos al banquete de la Vida eterna.

A María, Mater Eucharistiae - Madre de la Eucaristía, de quien el Hijo de Dios tomó carne para entregarla «para la Vida del mundo», le pedimos que nos eduque para que con un corazón creyente nos alimentemos de Jesucristo, Pan de Vida eterna, y así experimentemos ya en la tierra su íntima cercanía y el inicio de la Vida plena en nosotros. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

Corpus Christi 2023



[1] J. BLANK, El Evangelio según san Juan. Tomo 1a (Editorial Herder, Barcelona 1991), 406.

[2] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 16 de agosto de 2009 [en línea]. [fecha de consulta: 7 de junio de 2023]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2009/documents/hf_ben-xvi_ang_20090816.html>

[3] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación, 5.

[4] Ignacio de Antioquía, citado por J. BLANK, El Evangelio según san Juan. Tomo 1a (Editorial Herder, Barcelona 1991), 410.  

[5] Cf. J. BLANK, El Evangelio según san Juan…, 412.