La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 8 de abril de 2012

Meditación Pascual 2012

Sion Trinitatis, Santiago de Chile, 8 de abril de 2012
Queridos amigos:
A lo largo de la Cuaresma, en comunión con toda la Iglesia, hemos intentado acompañar a Jesús en su “subida” a Jerusalén, en su peregrinar desde Galilea a Jerusalén, en su peregrinar hacia su Pascua.
“La última meta de esta «subida» de Jesús es la entrega de sí mismo en la cruz, una entrega que reemplaza los sacrificios antiguos; es la subida que la Carta a los Hebreos califica como un ascender, no ya a una tienda hecha por mano de hombre, sino al cielo mismo, es decir, a la presencia de Dios (9,24). Esta ascensión hasta la presencia de Dios pasa por la cruz, es la subida hacia el «amor hasta el extremo» (cf. Jn 13,1), que es el verdadero monte de Dios.”[1]
Si bien sabemos que la Cuaresma “es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario”[2], quisiera volver a resaltar el sentido profundo de este tiempo “marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno en espera de vivir la alegría pascual.”[3]
Cuaresma: camino de disponibilidad y entrega
La Iglesia nos propone vivir más intensamente en la Cuaresma el ayuno, la limosna y la oración, como expresión de nuestro camino de conversión. Estas prácticas cuaresmales tienen el sentido profundo de hacernos más disponibles para Dios y para nuestros hermanos. En los tres casos se trata de un verdadero “éxodo” desde nuestro propio yo hacia el de Dios y el de nuestros hermanos.
Sabemos que el ayuno tiene que ver sin dudas con el abstenerse de los alimentos. Se trata de la renuncia voluntaria a los alimentos. Pero, detrás de esta renuncia se esconde un sentido espiritual profundo que vale la pena recordar. Cuando ayunamos hacemos la misma experiencia que Jesús hizo cuando fue conducido en el desierto por el Espíritu (cf. Lc 4, 1-13). El Evangelio nos relata que en el desierto Jesús fue  tentado por el diablo. Cuando Jesús siente hambre –cuando siente la consecuencia del ayuno- aparece el diablo y le tienta diciéndole: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”; y Jesús le responde: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre” (cf. Lc 4, 3-4).
            La tentación del hambre hace referencia a la preocupación por el sustento vital, ¿de qué viviremos? “No sólo de pan vive el hombre”, dice Jesús. Lo cual nos recuerda que nosotros no vivimos solamente de pan, nosotros no nos alimentamos exclusivamente de pan. Para vivir necesitamos de algo más, necesitamos del encuentro con los otros, necesitamos del encuentro con Jesucristo, necesitamos del encuentro con el Dios vivo. “No sólo de pan vive el hombre”. En el fondo el ayuno apunta a que hagamos la experiencia de la “primacía de Dios” en nuestras vidas[4]. Apunta a que comprendamos que en lo más profundo nuestra vida se alimenta del encuentro con el Dios vivo. Por eso, el ayuno cuaresmal no es solamente ayuno de alimentos, sino más profundamente es ayuno de nuestro ego, ayuno de nuestro egoísmo.
De la misma manera la limosna y la oración vividas en el tiempo de Cuaresma apuntan a que hagamos esta experiencia de la “primacía de Dios” en nuestras vidas. La limosna nos permite desprendernos de nuestros bienes –y muchas veces de nuestro tiempo y de nuestros intereses- para compartirlos con los demás. Sin embargo, tampoco la limosna se agota en el compartir nuestros bienes, en el entregar nuestros bienes. Más bien, la limosna apunta a que nos entreguemos nosotros mismos a los demás, que seamos nosotros quienes nos “compartirnos” con los demás. Cuando vivimos en esta dinámica experimentamos que el bien más profundo que “poseemos” es Dios mismo, y así hacemos nuestros los sentimientos y las palabras del salmista: “yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.» El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.” (cf. Salmo 15 (16), 2.5-6).  
La oración, cuando es un verdadero diálogo con Dios, y sobre todo cuando es oración en favor de otros –y no sólo en favor de mis propios intereses- se hace también un camino hacia el de Dios y hacia el de nuestros hermanos.
  En este sentido, la imagen del Éxodo, como camino, como salida de la esclavitud hacia la liberación, es una imagen sugerente para la Cuaresma (cf. Ex 14, 15-31). El ayuno, la limosna y la oración pueden ser vividos como verdaderos caminos de liberación del egoísmo, como verdaderos caminos de salida desde el yo hacia el tú. Sin embargo, como cristianos, debemos saber que este camino de salir de nosotros mismos hacia el encuentro de los otros, es un camino que debemos hacer toda la vida, un camino que debemos recorrer siempre de nuevo.
La disponibilidad y la entrega de Jesús   
            Nuestro camino cuaresmal está inspirado en el mismo camino de Jesús, en su subida hacia Jerusalén para su Pascua (cf. Lc 20, 17-19). Este camino de Jesús llega a un momento culmen en su oración en el huerto de Getsemaní (Mc 14, 32-42). Allí vemos a Jesús orar al Padre diciendo: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36). El mismo Evangelio nos relata que Jesús hacía esta súplica con el rostro en tierra (Lc 26,39); es decir, hacía esta oración postrado en tierra.
            El gesto de postrarse en tierra para orar significa la total disponibilidad para con Dios, la total entrega a Él. Nunca estamos más vulnerables que cuando nos postramos en tierra, nunca somos tan pequeños como cuando nos encontramos así. Aquel que se postra en tierra –pensemos en el gesto realizado en las ordenaciones sacerdotales- expresa su total confianza, su total entrega y disponibilidad para con Dios.
Aquello que nosotros anhelamos vivir en el tiempo de Cuaresma, Jesús lo vive plenamente en Getsemaní. Se trata de la total disponibilidad para con Dios, se trata de la total apertura hacia el Padre, de la total entrega a Él. Nunca Jesús se ha mostrado tan Hijo como en su oración de Getsemaní. En una impresionante lucha consigo mismo, Jesús logra salir de sí mismo para ponerse totalmente en manos del Padre: “no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. Es la lucha que él ha hecho para rescatarnos de nuestro propio egoísmo. Es el éxodo desde el yo hacia el del Padre.
            Esta total disponibilidad y entrega de Jesús en Getsemaní tiene un paralelo impresionante con aquel “sí” de María en Nazaret. Al final de la escena de la “Anunciación”, María responde al ángel: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). También en la vida de María se trata de la total entrega a Dios y de la total disponibilidad para sus planes: “hágase en mí según tu palabra”.
            En este sentido, Getsemaní y Nazaret están unidos por la misma paradoja. La paradoja de que el yo encuentra su plena realización no encerrado en sí mismo, sino en la entrega llena de fe al del Padre Dios. “Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22).”[5]      
El don de la Resurrección
            Si bien sabemos que luego de Getsemaní vino la Crucifixión (Lc 23, 33-43) y la Muerte de Jesús (Lc 23,44-46); la entrega de Jesús no es estéril, como tampoco lo es la entrega de cada uno en la vida cotidiana. A esa total disponibilidad para con nuestros hermanos, que nace de la total disponibilidad y entrega a Dios; el Padre siempre responde con un amor sobreabundante, un amor que sobrepasa siempre nuestros méritos, un amor que es don[6].  Así lo experimentamos cada vez que salimos al encuentro de nuestros hermanos. Cuántas veces no hemos experimentado que cuando nos dimos nosotros mismos a un hermano; cuando nos dimos el tiempo para encontrarnos y regalarnos mutuamente, algo sucedió allí, algo que es más grande que la simple suma de nuestras capacidades y voluntades. Se trata del don del Espíritu del Resucitado, el don de la presencia del Espíritu, que nos regala más de lo que nosotros mismos podemos.
            Por eso a la disponibilidad y entrega del Hijo, el Padre responde con el don sobreabundante de la resurrección. Y así lo hemos experimentado también nosotros en estos días santos. Somos testigos del don del Espíritu, del don de la resurrección. Y ese don que se nos ha entregado queremos compartirlo con todos aquellos que nos rodean.
            Por eso queridos amigos en esta Pascua de la Resurrección del Señor les saludo a cada uno con gran alegría y esperanza.
Así como la Iglesia canta a María con la hermosa antífona de la oración Regina Coeli:
Gaude et latere, Virgo Maria, Alleluia,         Gózate y alégrate, Virgen María, Aleluya,
Quia surrexit Dominus vere, Alleluia            Porque el Señor resucitó verdaderamente, Aleluya.
Así también a cada uno de nosotros la Iglesia nos dice: “Gózate y alégrate, porque el Señor Jesús resucitó verdaderamente, y tú también has recibido el don sobreabundante de la resurrección”.
            ¡Feliz Pascua de Resurrección!
Oscar Iván Saldivar F. - PMSCP


[1] JOSEPH RATZINGER – BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 12.
[2] BENEDICTO XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012
[3] Ídem
[4] Cf. JOSEPH RATZINGER, El camino pascual. Ejercicios espirituales dados  en el Vaticano en presencia de S.S. Juan Pablo II, 19-23.
[5] BENEDICTO XVI, Caritas in Veritate 1.
[6] Cf. BENEDICTO XVI, Caritas in Veritate 34.

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