La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 17 de julio de 2016

Aprender a hospedar

Aprender a hospedar

Domingo 16° durante el año – Ciclo C

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra hoy nos presenta el tema de la “hospitalidad”, tanto en la primera lectura tomada del Génesis (Gn 18, 1-10a), como en el evangelio tomado de San Lucas (Lc  10, 38-42). El mismo tema resuena en la respuesta litúrgica al Salmo 14: «Señor, ¿quién entrará en tu casa?».

La hospitalidad de Abraham

            El tema de la hospitalidad marca “toda la historia de Israel. En efecto, el huésped que pasa y pide el techo que le falta recuerda a Israel su condición pasada de forastero y extranjero de paso sobre la tierra.”[1] Así lo expresa el texto bíblico de Levítico 19,34: «Al forastero que reside entre ustedes, lo mirarán como a uno del pueblo y lo amarás como a ti mismo; pues también ustedes fueron forasteros en la tierra de Egipto».

            Abraham es presentado como el modelo de toda hospitalidad. Lo vemos en el texto que hemos escuchado. Abraham no se limita a ofrecer hospitalidad en respuesta a un pedido; sino que, Abraham toma la iniciativa y ofrece hospitalidad antes de que se la pidan.

           
        Dice el texto de Génesis: «Alzando los ojos, divisó a tres hombres que estaban parados cerca de él. Apenas los vio, corrió a su encuentro desde la entrada de la carpa» (Gn 18, 2). Apenas ve a estos tres hombres cerca de su tienda, sale a su encuentro, se inclina y ofrece hospitalidad. Ver, salir al encuentro, inclinarse y hospedar: cuatro actitudes y acciones de hospitalidad.

            El hombre que ve es aquel que no está encerrado en sí mismo –en sus egoísmos e indiferencias-; y porque ve es capaz de percibir la realidad que le rodea y notar la necesidad de sus hermanos. Ante esta necesidad sale al encuentro, se involucra con el otro, hace propia su necesidad. Pero lo hace de tal manera que se inclina  con respeto ante el otro, ante el necesitado. Así la ayuda que ofrece no hace sentir al otro menospreciado sino dignificado. Y así lo acoge, lo hospeda, lo recibe en su hogar.

            Es interesante que el texto del Génesis señale que fruto de ese encuentro entre Abraham y estos hombres forasteros, se le anuncie que él y su esposa Sara recibirán un hijo (cf. Gn 18, 10a). El que se anima a acoger, a hospedar; el que se anima a encontrarse con el otro, siempre recibe un don, una nueva vida.

La hospitalidad de Marta y María

            El evangelio (Lc 10, 38–42) nos presenta el conocido episodio de Marta y María. Mirándolo desde la perspectiva de la hospitalidad, podríamos decir que ambas mujeres –cada una según su estilo- ofreció hospitalidad a Jesús. Por un lado Marta, que «lo recibió en su casa» (Lc 10,38); y por otro lado, María, que «sentada a los pies del Señor escuchaba su palabra» (Lc 10,39).

            Sin embargo ante el reproche de Marta sobre las tareas de la casa y la respuesta de Jesús: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10, 41-42); vale la pena que volvamos a preguntarnos ¿qué significa hospedar? ¿Qué significa brindar hospitalidad?


            Pareciera que la respuesta de Jesús nos indica que hospedar no se trata simplemente de acoger a una persona en nuestra casa, sino que hospedar significa primeramente acoger a una persona en nuestro corazón.

            Hospedamos, acogemos, brindamos hospitalidad sobre todo cuando regalamos hogar en nuestro corazón. Cuando los demás experimentan el cobijamiento en nosotros. Y como fruto de ese cobijar a los demás en nuestro corazón nacen las atenciones concretas de la hospitalidad.

            Comprendemos entonces por qué una de las obras de misericordia corporal es el “acoger al forastero”. Y cuando acogemos de corazón a una persona que necesita un techo, un descanso o compañía, estamos acogiendo al mismo Cristo que se hace peregrino y necesitado de hospitalidad en nuestros hermanos: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

Aprender a hospedar

            Esta meditación en torno a la hospitalidad me recuerda a las palabras que el Papa Francisco pronunció durante la Misa que celebró en el campo de Ñu Guasu, durante su visita al Paraguay. Nos decía el Papa: “cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar”.[2]

            Mirando la Sagrada Escritura –tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento-, podemos deducir que aprender a hospedar tiene una doble dimensión, un doble sentido.

            En primer lugar, aprender a hospedar se trata de aprender a ser “huésped”. Aprender a depender de la bondad de los demás, aprender a depender de la bondad de Dios y de su providencia. Dejarnos cobijar, acoger. Dejarnos hacer misericordia; lo cual, requiere de humildad y de que renunciemos a la pretensión de auto-suficiencia y de control.

            En segundo lugar, aprender a hospedar significa a prender a ser “hospedero”; aprender a acoger a otros. Aprender a recibir a otros, a cuidar, a tratar bien, a respetar y valorar. En definitiva dar hogar. “Cuántas heridas, cuánta desesperanza se puede curar en un hogar donde uno se pueda sentir recibido.”[3]

            El aprender a hospedar se trata de un estilo de vida: recibir cobijo y regalar cobijamiento. Ese es el camino de los discípulos de Jesús, el camino de los que siguen al Señor que todavía hoy sigue buscando un hogar donde ser acogido, un corazón donde habitar.

            Por eso, aquí en el Santuario de Tupãrenda, le pedimos a María, Madre de la misericordia y de la hospitalidad, que nos eduque: que nos enseña a dejarnos hospedar por Dios para que también nosotros brindemos hospitalidad a nuestros hermanos que sufren y así nos encaminemos juntos para entrar en la casa del Señor. Amén.     



[1] PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN, Las obras de misericordia corporales y espirituales (San Pablo, Buenos Aires 2015), 57s.
[2] PAPA FRANCISCO, Santa Misa, Campo Grande de Ñu Guasu, Paraguay, 12 de julio de 2015. [en línea]. [fecha de consulta: 16 de julio de 2016]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2015/documents/papa-francesco_20150712_paraguay-omelia-nu-guazu.html>
[3] Ibídem

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