Miércoles de Ceniza – 2026
Mt
6, 1 - 6. 16 – 18
Convertir el corazón al
bien común
Queridos hermanos y
hermanas:
Iniciamos el tiempo de Cuaresma con la celebración de esta Eucaristía y con el rito de
la imposición de la ceniza.
Sabemos
que “la Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia (…) nos invita a poner de
nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe
recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y
distracciones cotidianas.”[1]
Sí,
la Cuaresma, es el tiempo de convertir
el corazón hacia Dios; es la oportunidad convertir nuestro corazón desde el
egoísmo hacia el amor. Como dice la Escritura:
«este es el tiempo favorable, este es el
día de la salvación» (2 Cor 6,
2).
En el Paraguay, a través del Año dedicado al Bien Común, la Iglesia nos llama a convertir
nuestros corazones hacia el bien común,
hacia el bien de todos nosotros.
Convertir el corazón
Dice el libro del profeta Joel: «Vuelvan a mí de todo
corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus
vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios» (Jl 2, 12 – 13).
Al leer este texto bíblico siempre me impresiona la
fuerza de la imagen: «desgarren su
corazón y no sus vestiduras». Se trata de la llamada apremiante a volver al
propio corazón, a la propia interioridad. Podríamos decir que la primera
conversión necesaria es la conversión hacia el corazón, hacia la propia
interioridad.
Esta conversión hacia nuestro mundo interior no busca ser un intimismo cómodo ni una indiferencia ante el prójimo. Al contrario, es una peregrinación hacia lo profundo, con la certeza de que allí nos encontraremos con nuestro ser más auténtico y con Dios, que siempre dirige su Palabra al corazón.
San
Agustín expresa la experiencia de la presencia de Dios en el propio corazón en
sus Confesiones al decirle al Señor:
“Tú me eras más íntimo que mi propia intimidad.”[2]
De
allí la necesidad de volver al propio corazón. Se trata de la conversión hacia
la interioridad; pasar de la superficialidad, de la indiferencia y de la
negligencia espiritual al cultivo de nuestra interioridad, para desde allí,
volver a encaminarnos hacia Dios, volver a convertirnos a Él.
El bien común, el bien de
todos nosotros
Esta conversión no es un simple deseo, una buena intención
o un sentimiento. Se trata de pasos concretos, de decisiones, de actitudes. Se
trata de responder a una llamada.
Y Dios -el Dios de la vida y de la providencia- nos llama
hoy a convertirnos hacia el bien común.
¿Pero qué es el bien común? Lo
intuimos. Entendemos que se trata de un bien que abarca a todos y que desafía a
la tendencia egoísta de buscar solamente el propio bien, la propia realización
sin referencia alguna a los demás.
“Amar
a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien
individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el
bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos,
familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien
que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la
comunidad social.”[3]
Sí,
el bien común es el bien de todos
nosotros. Ese «nosotros» formado no solamente por mi familia o mis amigos y
seres queridos; ese «nosotros» formado no solamente por los de mi grupo social
o partido político. Si no, ese «nosotros» formado por todos los hombres y mujeres;
por toda la humanidad. Y en nuestro caso concreto, el «nosotros» formado por
todos los paraguayos y por todos los que habitamos esta tierra guaraní en el
corazón de América.
Por
lo tanto, se trata de un «nosotros» que no excluye ni rechaza a nadie, se trata
de un «nosotros» que no olvida a nadie ni lo deja desamparado. Es un «nosotros»
amplio como el corazón de Jesús «que no
vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una
multitud» (Mt 20, 28). Es un
«nosotros» amplio como el corazón de nuestra querida Mater, en cuyo santuario nos sentimos en casa, ya que “en un
santuario los hijos nos encontramos con nuestra Madre y entre nosotros
recordamos que somos hermanos.”[4]
Es
un «nosotros» que nace de la conversión del corazón, fruto del amor de Jesús
por cada uno y por todos. Es en nuestro corazón donde día a día podemos
decidirnos, no solo por nuestro propio bien, sino por el bien común, el bien de todos nosotros. Es en nuestro corazón donde
–con ayuda de la gracia- podemos
decidirnos a convertirnos desde el egoísmo hacia el bien común.
Cultura de alianza,
cultura de solidaridad
Y esa conversión del corazón hacia el bien común puede generar una verdadera
cultura de alianza y solidaridad. Pero inicia en el propio corazón. Para que
una sociedad cambie –para que un país llegue a ser una Nación de Dios-, son las personas las que deben cambiar primero.
Son los corazones los que deben convertirse para generar nuevas relaciones
personales y sociales.
Por
ello, al iniciar esta Cuaresma,
queremos acoger en nuestros corazones la llamada de Dios. Queremos volver al
propio corazón para renovar nuestro encuentro personal con Dios, y así hacernos
instrumentos del bien común, del bien
de ese «nosotros» conformado por todos los hombres y mujeres de nuestra tierra.
Que nadie sea excluido en nuestro corazón de ese «nosotros».
Siempre
podemos hacer el bien a los demás, incluso a aquellos que nos han lastimado;
siempre podemos orar por ellos y dejar que Jesús toque y sane los corazones.
Siempre podemos encauzar nuestras fuerzas y capacidades en el servicio sincero
y concreto de los demás, sean cercanos o lejanos. Siempre podemos hacer el
bien, por pequeño que sea, y así, cooperar al bien común, al bien de todos.
María, Madre de todos
nosotros
A María, que al pie de la Cruz fue
constituida Madre de todos nosotros (cf.
Jn 19, 26 - 27), le pedimos que en
esta Cuaresma nos ayude a dar los
pasos necesarios para volver a nuestro interior. Que, desde el corazón, sepamos
ponernos al servicio del bien común y
de ese amor que no excluye a nadie, sino que a todos acoge. Amén.
P. Óscar Iván
Saldívar, I.Sch.
Rector
del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt
18 de febrero de 2026

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