La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

viernes, 20 de febrero de 2026

Miércoles de Ceniza – 2026

 

Miércoles de Ceniza – 2026

Mt 6, 1 - 6. 16 – 18

Convertir el corazón al bien común

Queridos hermanos y hermanas:

            Iniciamos el tiempo de Cuaresma con la celebración de esta Eucaristía y con el rito de la imposición de la ceniza.

Sabemos que “la Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia (…) nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.”[1]

Sí, la Cuaresma, es el tiempo de convertir el corazón hacia Dios; es la oportunidad convertir nuestro corazón desde el egoísmo hacia el amor. Como dice la Escritura: «este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Cor 6, 2).

            En el Paraguay, a través del Año dedicado al Bien Común, la Iglesia nos llama a convertir nuestros corazones hacia el bien común, hacia el bien de todos nosotros.

Convertir el corazón

            Dice el libro del profeta Joel: «Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios» (Jl 2, 12 – 13).

            Al leer este texto bíblico siempre me impresiona la fuerza de la imagen: «desgarren su corazón y no sus vestiduras». Se trata de la llamada apremiante a volver al propio corazón, a la propia interioridad. Podríamos decir que la primera conversión necesaria es la conversión hacia el corazón, hacia la propia interioridad.

           

Esta conversión hacia nuestro mundo interior no busca ser un intimismo cómodo ni una indiferencia ante el prójimo. Al contrario, es una peregrinación hacia lo profundo, con la certeza de que allí nos encontraremos con nuestro ser más auténtico y con Dios, que siempre dirige su Palabra al corazón.

San Agustín expresa la experiencia de la presencia de Dios en el propio corazón en sus Confesiones al decirle al Señor: “Tú me eras más íntimo que mi propia intimidad.”[2]

De allí la necesidad de volver al propio corazón. Se trata de la conversión hacia la interioridad; pasar de la superficialidad, de la indiferencia y de la negligencia espiritual al cultivo de nuestra interioridad, para desde allí, volver a encaminarnos hacia Dios, volver a convertirnos a Él.   

El bien común, el bien de todos nosotros

            Esta conversión no es un simple deseo, una buena intención o un sentimiento. Se trata de pasos concretos, de decisiones, de actitudes. Se trata de responder a una llamada.

            Y Dios -el Dios de la vida y de la providencia- nos llama hoy a convertirnos hacia el bien común. ¿Pero qué es el bien común? Lo intuimos. Entendemos que se trata de un bien que abarca a todos y que desafía a la tendencia egoísta de buscar solamente el propio bien, la propia realización sin referencia alguna a los demás.

“Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social.”[3]

Sí, el bien común es el bien de todos nosotros. Ese «nosotros» formado no solamente por mi familia o mis amigos y seres queridos; ese «nosotros» formado no solamente por los de mi grupo social o partido político. Si no, ese «nosotros» formado por todos los hombres y mujeres; por toda la humanidad. Y en nuestro caso concreto, el «nosotros» formado por todos los paraguayos y por todos los que habitamos esta tierra guaraní en el corazón de América.

Por lo tanto, se trata de un «nosotros» que no excluye ni rechaza a nadie, se trata de un «nosotros» que no olvida a nadie ni lo deja desamparado. Es un «nosotros» amplio como el corazón de Jesús «que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mt 20, 28). Es un «nosotros» amplio como el corazón de nuestra querida Mater, en cuyo santuario nos sentimos en casa, ya que “en un santuario los hijos nos encontramos con nuestra Madre y entre nosotros recordamos que somos hermanos.”[4]

Es un «nosotros» que nace de la conversión del corazón, fruto del amor de Jesús por cada uno y por todos. Es en nuestro corazón donde día a día podemos decidirnos, no solo por nuestro propio bien, sino por el bien común, el bien de todos nosotros. Es en nuestro corazón donde –con ayuda de la gracia- podemos decidirnos a convertirnos desde el egoísmo hacia el bien común.

Cultura de alianza, cultura de solidaridad

            Y esa conversión del corazón hacia el bien común puede generar una verdadera cultura de alianza y solidaridad. Pero inicia en el propio corazón. Para que una sociedad cambie –para que un país llegue a ser una Nación de Dios-, son las personas las que deben cambiar primero. Son los corazones los que deben convertirse para generar nuevas relaciones personales y sociales.

Por ello, al iniciar esta Cuaresma, queremos acoger en nuestros corazones la llamada de Dios. Queremos volver al propio corazón para renovar nuestro encuentro personal con Dios, y así hacernos instrumentos del bien común, del bien de ese «nosotros» conformado por todos los hombres y mujeres de nuestra tierra. Que nadie sea excluido en nuestro corazón de ese «nosotros».

Siempre podemos hacer el bien a los demás, incluso a aquellos que nos han lastimado; siempre podemos orar por ellos y dejar que Jesús toque y sane los corazones. Siempre podemos encauzar nuestras fuerzas y capacidades en el servicio sincero y concreto de los demás, sean cercanos o lejanos. Siempre podemos hacer el bien, por pequeño que sea, y así, cooperar al bien común, al bien de todos.

María, Madre de todos nosotros

            A María, que al pie de la Cruz fue constituida Madre de todos nosotros (cf. Jn 19, 26 - 27), le pedimos que en esta Cuaresma nos ayude a dar los pasos necesarios para volver a nuestro interior. Que, desde el corazón, sepamos ponernos al servicio del bien común y de ese amor que no excluye a nadie, sino que a todos acoge. Amén.           

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

18 de febrero de 2026



[1] LEÓN XIV, Mensaje para la Cuaresma de 2026

[2] SAN AGUSTÍN, Confesiones 3. 6. 11

[3] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 7

[4] FRANCISCO, Homilía, Explanada del santuario mariano de Caacupé, Paraguay, 11 de julio de 2015.

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