La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 12 de junio de 2016

Volver a despertar el amor

Volver a despertar el amor

Domingo XI del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Queridos hermanos y hermanas:

            La primera lectura del día de hoy (2 Sam 12, 7-10. 13) nos muestra la seriedad del pecado; es decir, nos ayuda  a tomar conciencia de lo que es el pecado: «despreciar la palabra del Señor», «hacer lo que es malo a sus ojos». En el fondo se trata del desprecio a Dios, del desprecio de su amor por nosotros.

Conciencia de pecado

            Es interesante que cuando el profeta Natán denuncia a David su pecado, primero le hace tomar conciencia del gran amor que Dios le ha mostrado en su vida: «Así habla el Señor, el Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel y te libré de las manos de Saúl… …te di la casa de Israel y de Judá, y por si esto fuera poco, añadiría otro tanto y aún más» (2 Sam 12, 7-8).

            Ante el gran amor de Dios, manifestado en tantos dones, se nos muestra la seriedad del pecado: despreciar ese amor, despreciar esos dones, despreciar al Dador de esos dones.

            Pareciera ser que David necesita que vuelvan a despertar su conciencia. Sobre todo necesita volver a tomar conciencia del gran amor de Dios para tomar conciencia de su pecado. Muchas veces, también nosotros tenemos poca conciencia de pecado porque tenemos poca conciencia del amor que Dios nos tiene. Tenemos poco conciencia de que faltamos al amor de Dios, porque tenemos poca conciencia de su amor por nosotros.[1]

           
Ante el gran amor de Dios, David responde con sinceridad: «¡He pecado contra el Señor!» (2 Sam 12, 13a). Sí, David se da cuenta que al pecar contra su prójimo ha pecado contra el Señor, ha pecado contra su amor.

            Pero así también, este pasaje de la Sagrada Escritura nos muestra la grandeza del arrepentimiento. Tomar conciencia de nuestros actos, de nuestra responsabilidad, de nuestra libertad. Tomar conciencia de que hemos fallado al gran amor de Dios y por ello decidirnos a volver a responder a su amor. De eso se trata el arrepentimiento: volver a amar, volver a vivir en comunión con Dios, en alianza con Dios. Volver a encaminarnos hacia Dios.

            Ante el sincero arrepentimiento de David, el profeta Natán responde: «El Señor, por su parte ha borrado tu pecado; no morirás» (2 Sam 12, 13b). El sincero arrepentimiento y la confesión de nuestros pecados nos devuelve a la vida con Dios.

Arrepentimiento: sanación del alma

            El arrepentimiento tiene todavía una dimensión más, una fuerza sanadora para el alma. En palabras del P. José Kentenich, el arrepentimiento “es una regeneración del alma; un nuevo llegar a ser del hombre moral, del hombre de fe; significa un volver a encontrarse después de haber estado perdido espiritualmente; significa un volver a tomar en cuenta las fuerzas más profundas del alma; es un nuevo nacimiento.”[2]

            ¿Cómo nos sana el arrepentimiento? En primer lugar el arrepentimiento “desprende mi alma del apego a aquello carente de valor, me desprende de ese actuar que me desvaloriza”[3]; es decir, me libera, me desprende del apego a la acción mala que realicé, me desprende del anti-valor que abracé al pecar. En segundo lugar, “la fuerza santificante del arrepentimiento tiene un efecto hacia el futuro: el bien que yo he negado por mi acción carente de valor, nuevamente es reafirmado con todas las fuerzas de mi alma por el arrepentimiento.”[4] En tercer lugar “el arrepentimiento quita al mal la fuerza engendradora que tiene”, quita al mal la capacidad de engendrar nuevos pecados.[5]

            Finalmente el arrepentimiento despierta en nosotros esa conciencia filial que nos mueve a dirigirnos a Dios en oración para implorar su perdón y así restablecer la comunión de vida con Él. Desapego del mal. Afirmación del bien. Fuerza para obrar el bien. Filialidad ante Dios. He ahí el camino sanante de un arrepentimiento sincero.

Despertar del amor

            Por último, el evangelio (Lc 7,36 – 8,3) nos muestra que el arrepentimiento de nuestra alma y el perdón misericordioso de Jesús despiertan en nosotros el amor. Mirando a la mujer pecadora y arrepentida, Jesús dice al fariseo –quien nos sabe arrepentirse, no sabe reconocerse pecador y necesitado de misericordia-: «sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor» (Lc 7, 47).

           
Sí, aquel que ha sido perdonado demuestra mucho amor. Aquel que ha sido perdonado despierta de la muerte del pecado, del egoísmo y de la indiferencia. Y ha sido despertado al amor, por eso, vuelve a amar, vuelve a responder al amor de Dios amando a sus hermanos.

            En el perdón es como si el alma arrepentida escuchase la voz de Jesús que le dice: «¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía! Porque ya pasó el invierno, cesaron y se fueron las lluvias. Aparecieron las flores sobre la tierra… …¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía!» (Cant 2, 10b-12a. 13b).

            En este Año Santo de la misericordia busquemos ese sincero arrepentimiento que sane nuestra alma y vuelva a despertar nuestro amor por Jesús y por los demás. Que María, Madre de Misericordia y Refugio de los pecadores, nos ayude a despertar en nuestra alma ese amor que es fruto del perdón. Amén.    




[1] Cf. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica post-sinodal Reconciliatio et Paenitentia sobre la Reconciliación y la Penitencia en la misión de la Iglesia de hoy, 18: “El ofuscamiento o debilitamiento del sentido del pecado deriva (…), finalmente y sobre todo, del oscurecimiento de la idea de la paternidad de Dios y de su dominio sobre la vida del hombre”. 
[2] P. JOSÉ KENTENICH, «Culpa y Reconciliación» en Desafíos de nuestro tiempo. Textos escogidos del P. J. Kentenich, fundador de Schoenstatt (Editorial Patris S.A., Santiago de Chile 41998), 104s.
[3] P. JOSÉ KENTENICH, Desafíos de nuestro tiempo…, 106.
[4] Ibídem
[5] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Desafíos de nuestro tiempo…, 107. Cf. PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 22: “Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados”. 

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