La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

jueves, 18 de agosto de 2016

La puerta estrecha

21° Domingo durante el año –Ciclo C

La puerta estrecha

Queridos hermanos y hermanas:

            El evangelio de este domingo (Lc 13, 22-30) nos presenta la imagen de la «puerta estrecha» en el contexto de un diálogo del todo singular entre una persona y Jesús. Dice el texto referido: «Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”. Él respondió: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.”» (Lc 13, 23-24).

            ¿Cómo comprender esta imagen utilizada por Jesús? ¿Cómo interpretar sus palabras? “¿Qué significa esta “puerta estrecha”? ¿Por qué muchos no logran entrar por ella? ¿Acaso se trata de un paso reservado sólo a algunos elegidos?”.[1]

La salvación es un don ofrecido a todos

            Pienso que para comprender mejor las palabras de Jesús en este evangelio debemos iniciar la reflexión de este domingo a partir de la primera lectura tomada del libro del profeta Isaías (Is 66, 18-21). Volvamos a escuchar lo que nos dice Dios por boca del profeta: «Yo mismo vendré a reunir a todos las naciones y a todas las lenguas, y ellas vendrán y verán mi gloria» (Is 66,18).

            Isaías nos anuncia que Dios mismo vendrá y reunirá a todas las naciones, a todos los pueblos, a todas las personas, para que vean su gloria, su amor. Esto significa que la salvación de Dios se ofrece a todos, sin exclusión; por lo tanto, no está reservada a unos pocos elegidos, porque, como dice el salmo, «es inquebrantable su amor por nosotros, y su fidelidad permanece para siempre» (Sal 116,2).

            Sin embargo, esta salvación que se ofrece “gratuitamente” debe ser aceptada, debe ser recibida y asumida. El don ofrecido debe convertirse en don aceptado y asumido.

            Esta necesidad de recibir y acoger el don de Dios la vemos ilustrada en varias páginas del Evangelio. Numerosas parábolas expresan cómo la iniciativa salvífica de Dios puede ser rechazada por los hombres. Pensemos en la parábola de los “viñadores homicidas” (Mt 21, 33-43): en ella vemos cómo los viñadores –a quienes se confió la viña de la cual no eran propietarios- se negaron a entregar los frutos al dueño e incluso mataron al heredero para quedarse con ella (cf. Mt 21, 34-35. 38). De modo similar en la parábola “del banquete de bodas” (Mt 22, 1-14), los invitados a la boda no quisieron venir y se excusaron con distintas razones despreciando así todos los preparativos previos (cf. Mt 22,3-6). Incluso entre los que sí llegaron al banquete uno fue expulsado por no estar debidamente preparado para la fiesta (cf. Mt 22, 11-13). Todavía en la conocida parábola “del padres y sus dos hijos” (Lc 15, 11-32), vemos cómo el hijo mayor se resiste a entrar en la casa para unirse a la fiesta por su hermano a pesar de los ruegos de su padre (cf. Lc 15, 25-30).

           
           
        Sí, nuestra libertad puede rechazar el don de la salvación, el don de la amistad con Dios. O a veces sucede que nuestra voluntad no está lo suficientemente preparada para acoger este don en toda su plenitud. Por eso necesitamos educar nuestra libertad y nuestra voluntad para abrirnos al don de Dios y así asumir plenamente la salvación que Él nos ofrece.

            Comprendemos ahora las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: «Traten de entrar por la puerta estrecha» (Lc 13,24). Otras versiones del mismo texto evangélico dicen «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha»[2] e incluso «Pelead para entrar por la puerta estrecha».[3]

¿Misericordia divina o esfuerzo humano?

            Si debemos esforzarnos e incluso pelear para ingresar por la «puerta estrecha», esto podría llevar a preguntarnos: ¿no se anula así la gratuidad de la salvación? ¿No reemplazamos la misericordia de Dios con el esfuerzo humano?

            Aquí conviene recordar que desde sus inicios la espiritualidad cristiana conoce la práctica de la vida ascética; es decir, la práctica disciplinada y metódica de ciertos ejercicios físicos y espirituales para la maduración moral y el progreso en la vida espiritual. Se trata de la autoeducación.

Y en referencia al tema que hoy estamos meditando debemos decir que la vida ascética está al servicio de la vida mística; es decir, nuestros esfuerzos concretos de autoeducación están al servicio de nuestra vida de comunión con Dios. La autoeducación no reemplaza la gracia, el don de Dios, simplemente la anhela y prepara el corazón para recibirla y asumirla plenamente. Como dice san Pablo: «Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí» (1Co 15,10a).

Por eso, no despreciemos «la corrección del Señor» (Hb 12,5) que hoy nos invita a entrar por la «puerta estrecha», a educarnos a nosotros mismos, a luchar contra nosotros mismos: contra nuestros egoísmos, contra nuestra indiferencia, contra nuestro afán de comodidad, contra la búsqueda enfermiza de placer sin sentido; contra todo aquello que insufla nuestra soberbia a tal punto que ya no nos permite entrar por la puerta del amor a Dios y al prójimo.

Ahora comprendemos que el «entrar por la puerta estrecha» no implica un negar la misericordia de Dios, sino un anhelarla y predisponerse a recibirla para asumirla como estilo de vida[4], pues, “ser cristiano es ante todo un don, pero que luego se desarrolla en la dinámica del vivir y poner en práctica este don.”[5]

María, puerta del cielo

           
Al finalizar nuestra reflexión, dirigimos nuestra mirada y nuestro corazón hacia la Santísima Virgen María. Ella, Madre de Jesús y madre nuestra, fue la primera que siguió a su Hijo recorriendo el camino de la humildad, de la abnegación y de la entrega generosa, por eso fue asunta a la gloria celestial y se convirtió para todos sus hijos en Puerta del cielo. Pidámosle que en el día a día Ella nos ayude a entrar por la «puerta estrecha» para que un día podamos atravesar el umbral de la puerta del cielo. Amén.



[1] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 26 de agosto de 2007 [en línea]. [fecha de consulta: 17 de agosto de 2016]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2007/documents/hf_ben-xvi_ang_20070826.html>
[2] Lc 13,24 en la Biblia de Jerusalén (DESCLÉE DE BROUWER, Bruselas 1967).
[3] Lc 13,24 en Biblia del Peregrino (EGA-MENSAJERO, Bilbao 1995).
[4] Cf. PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 13.
[5] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), 83.

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