Vigilia Pascual en la Noche
Santa – Ciclo A – 2026
Mt
28, 1 – 10
«Jesús salió a su
encuentro»
Queridos hermanos y
hermanas:
Luego de haber vivido los intensos días de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, celebramos esta Vigilia Pascual en la Noche Santa. En
ella, a través de palabras y símbolos nos adentramos en el misterio de la
resurrección de Jesús. Tal como lo canta el solemne Pregón Pascual: “¡Noche
verdaderamente feliz! Sólo ella mereció saber el tiempo y la hora en que Cristo
resucitó del abismo de la muerte.”[1]
Si bien es cierto que no podemos ser testigos del
acontecimiento único, inaudito e íntimo de la resurrección del Señor; sí
podemos ser –y lo somos- testigos del Resucitado; testigos del efecto que su
resurrección tiene en la historia universal y en nuestra historia personal. Testigos
de cómo la luz del bien, y la búsqueda sincera del mismo, triunfan sobre la
oscuridad del egoísmo, de la indiferencia y de la corrupción.
«Buscan
a Jesús, el Crucificado»
En el texto evangélico proclamado hoy hemos escuchado que
«María Magdalena y la otra María fueron a
visitar el sepulcro.» Sin duda se trata de un acto de amor y de fidelidad
hacia el Maestro que vieron morir crucificado. Se trata del amor que busca
hacer el bien a la persona amada incluso en medio de dificultades; incluso en
medio de la muerte.
Este gesto de las mujeres del evangelio nos muestra que
se trata de personas inquietas en el amor; con la capacidad de dejar de lado la
propia comodidad para ponerse al servicio del otro. Mujeres inquietas que
buscan; que anhelan; que aman.
¿Tenemos nosotros esa misma actitud? ¿Somos todavía
hombres y mujeres inquietos que anhelan y buscan? ¿O nuestro corazón se ha
adormecido y hemos dejado de buscar? “Cuando la vida interior se clausura en
los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los
pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su
amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”[2]
«Jesús
salió a su encuentro»
En esa
búsqueda de hacer el bien al otro, estas mujeres del «amanecer del primer día de la semana» fueron sorprendidas por el
anuncio de la resurrección y luego por el mismo Resucitado.
«El Ángel dijo a las mujeres: “No teman, yo
sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha
resucitado como lo había dicho.”»
Las palabras del Ángel contienen la clave de la actitud
de las mujeres, y la clave que nos permite encontrar –o más bien dejarnos
encontrar- por el Resucitado.
«Ustedes buscan a
Jesús». Esta es la clave. Cuando sinceramente nos ponernos al servicio de
los demás dejamos de buscarnos a nosotros mismos, y nos ponemos en camino de
buscar y encontrar a Jesús en cada hermano y hermana; en cada situación de
vida.
Al ponernos sinceramente al servicio del otro se cumplen
en nosotros las bellas palabras del salmista:
«Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi
rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.» (Salmo 27, 8 – 9).
En cambio, cuando solamente nos buscamos a nosotros
mismos buscando exclusivamente nuestro bien, nuestra comodidad, nos perdemos. Así
dejamos de ser hombres y mujeres que buscan y anhelan y nos convertimos en “errantes,
que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte.”[3]
Nosotros no queremos perdernos en el camino de la vida;
no queremos ser errantes, sino constantes buscadores del bien y por eso del
mismo Cristo Resucitado.
«No
teman»
Habiendo escuchado el anuncio de la resurrección las mujeres
«llenas de alegría, se alejaron
rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos».
En el servicio, en la búsqueda del bien, reciben el
anuncio de la resurrección y no se lo guardan para sí, sino que salen a
compartirlo, salen a anunciar la buena noticia de la resurrección.
Y es en ese anunciar a otros, en ese hacer el bien a otros, el mismo Resucitado sale a su encuentro y les dice: «Alégrense».
Y no puede ser de otra manera; cuando nos ponemos al
servicio de los demás; cuando nos animamos a compartir nuestra fe, somos nosotros
mismo los que recibimos “la alegría del Evangelio [que] llena el corazón y la
vida entera de los que se encuentran con Jesús.”[4]
Es lo que simbólicamente nos muestra el Cirio Pascual, el cual, “aunque
distribuye su luz no disminuye su claridad al repartirla.”[5]
También nosotros debemos distribuir la luz y la alegría de la resurrección en
el servicio a los demás, en la búsqueda sincera del bien común de todos, sin excluir a nadie.
Solo así participaremos plenamente de la resurrección de
Cristo, auténtico bien común de toda
la humanidad.
María, Madre del bien
común
A María, a quien
hoy invocamos con alegría y luminosidad como Regina Coeli – Reina del Cielo, le pedimos que como Madre y Educadora del bien común nos
siga formando en sus manos como instrumentos de bien para nuestros hermanos, de
modo que con nuestro servicio compartamos la luz que proviene de “Jesucristo,
que resucitado de entre los muertos brilla sereno para el género humano, y vive
y reina por los siglos de los siglos. Amén.”[6]
P. Óscar Iván
Saldívar, I.Sch.
Rector del
Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

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