Fiesta de la Madre tres
veces admirable de Schoenstatt
Santuario de Tupãrenda
Domingo
29° de tiempo durante el año – Ciclo A – 2026
Mt
22, 15 – 21
Con María, Reina de
Tupãrenda, latiendo en el corazón de América
Queridos hermanos y
hermanas:
Un año más hemos peregrinado hasta el Santuario de
Tupãrenda para celebrar el día de la alianza
de amor con María, la alianza con nuestra Madre y Reina de Tupãrenda.
Sabemos
que la familia internacional de Schoenstatt –extendida por tantos países,
continentes y culturas- celebra los 112 años de la primera alianza de amor en
el Santuario Original, en Vallendar, Alemania. Es por eso que este día damos
gracias por María, la Madre tres veces
admirable de Schoenstatt, por la alianza
de amor y por el Santuario.
Y aquí en Tupãrenda, este 18 de octubre es también muy
especial: celebramos los cuarenta y cinco años de bendición de nuestro querido
Santuario. “45 años latiendo en el
corazón de América.” Cuarenta y cinco años irradiando las gracias del cobijamiento, de la transformación interior y del envío
apostólico. Cuarenta y cinco años forjando la Nación de Dios, corazón de América en nuestra patria.
«¿Está permitido pagar el
impuesto al César o no?»
Celebramos este día de alianza en un día domingo, día del
Señor resucitado; y por ello, hemos escuchado las lecturas propias de la Liturgia de la Palabra del Domingo 29° del tiempo durante el año.
Dios, en su providencia, ha querido regalarnos estos textos para que a partir
de ellos meditemos en la vivencia de nuestro bautismo en Cristo, en la vivencia de nuestra alianza de amor con María, y en nuestra misión de forjar la nación de Dios en Paraguay.
En el centro del evangelio de hoy (Mt 22, 15 – 21) se encuentra una pregunta aparentemente poco
importante para nosotros, pero cuya respuesta sigue incumbiéndonos a nosotros: «¿Está permitido pagar el impuesto al César
o no?» (Mt 22, 17).
Si Jesús dice que hay que pagar el impuesto al César
–emperador romano-, los fariseos y herodianos tendrán la oportunidad de
presentarlo como enemigo del pueblo de Israel y de sus tradiciones religiosas;
en cambio, si Jesús responde que no hay que pagar el impuesto al emperador
romano, fariseos y herodianos podrán denunciarlo como enemigo político del
César.
La trampa escondida en la pregunta consiste en
contraponer el poder político con el poder de Dios. En el fondo, fariseos y
herodianos han igualado al emperador romano y a Dios. La pregunta por el pago
del impuesto es la pregunta por la soberanía. ¿Quién tiene verdadera soberanía
sobre la humanidad? ¿Quién debe reinar en el corazón humano? ¿El poder político
de turno o Dios?
La Liturgia de la
Palabra responde a esta pregunta a través de la primera lectura, tomada del
libro del profeta Isaías (Is 45, 1. 4 - 6). Por medio del profeta
se nos explica que el poder político, el poder humano, siempre está por debajo
de la soberanía de Dios. De hecho, Isaías
nos presenta una visión providente de la historia humana y del rol que en la
misma juega el poder político.
Dios ha concedido a Ciro «un título insigne», el título y autoridad de rey; y lo ha hecho
por amor a Israel; ya que Ciro es el que permite el retorno a Jerusalén de las
comunidades judías deportadas en Babilonia. Para acentuar esta soberanía de
Dios sobre toda soberanía humana, el texto insiste: «Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí» (Is 45,5a).
Por lo tanto, no podemos comparar el poder político y la
soberanía de Dios, no podemos equipararlos, y menos aún tratar de delimitar las
esferas de cada uno para luego sugerir una especie de convivencia oportunista.
«Den al César lo que es
del César, y a Dios, lo que es de Dios»
Jesús responde a la pregunta planteada y a la cuestión de
fondo que hay en ella. Y lo hace de una manera inesperada para sus
interlocutores. Dice el Señor: «Den al
César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios» (Mt 22,21).
Pero al responder así, Jesús no está diciendo que hay
partes de la vida humana que pertenecen al poder político y partes de la vida
humana que pertenecen a Dios. Más bien nos recuerda que la vida humana –su
existencia, sentido y totalidad- pertenecen a Dios; por lo tanto, la totalidad
del corazón humano le pertenece a Dios.
Al poder político, al poder humano, pertenecen las
herramientas con las cuales el hombre lleva a adelante su vida social y busca
mejorarla; pero el sentido último de la vida pertenece a Dios; por lo tanto,
desde la relación fundamental con Dios en Cristo, el hombre está llamado a
iluminar todos los ámbitos de su vida, tanto el ámbito privado como el ámbito
de la convivencia social.
Antes de responder a sus interlocutores, Jesús pide que
se le muestre la moneda con la cual se paga el impuesto al César (cf. Mt 22,19). El texto del evangelio dice: «Ellos le presentaron un denario. Y Él les
preguntó: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?” Le respondieron: “Del
César”» (Mt 22, 20 – 21a).
Por lo tanto, “el tributo al César se debe pagar, porque
la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo
otra imagen, la de Dios y, por tanto, a él, y sólo a él, cada uno debe su
existencia. Los Padres de la Iglesia, basándose en el hecho de que Jesús se
refiere a la imagen del emperador impresa en la moneda del tributo,
interpretaron este pasaje a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de
Dios, contenido en el primer capítulo del libro del Génesis. Un autor anónimo
escribe: «La imagen de Dios no está impresa en el oro, sino en el género
humano» (Anónimo, Obra incompleta sobre Mateo, Homilía 42).”[1]
Porque
somos «imagen de Dios», porque llevamos impresa su imagen en nuestro corazón,
le pertenecemos a Dios. Somos su «moneda» más preciada, más valiosa. Y por eso
la vida humana, en su dimensión personal y social está llamada a encontrar su
sentido y su realización plena en Dios.
¿Quién
debe reinar en el corazón humano? ¿Quién debe reinar en mi corazón? «Den a Dios, lo que es de Dios».
María, Reina de Tupãrenda
Y precisamente eso es lo que hacemos
al sellar una alianza de amor con María:
darle a Dios lo que le pertenece a Dios, nuestro corazón, nuestra vida. La alianza de amor con María, que es una
renovación del Bautismo en Cristo Jesús,
consiste en un mutuo intercambio de corazones entre el aliado y la Santísima
Virgen María.
Y al entregarle a Ella nuestro corazón se lo estamos
entregando nuevamente a Dios. Por la alianza
de amor con María recibimos un conocimiento vital de Cristo, la experiencia
transformadora del Espíritu Santo y renovamos nuestra filialidad ante Dios
Padre. La alianza de amor con María,
cuando es auténtica, lleva nuestro corazón consagrado “hasta el corazón mismo
de Dios Trino”[2].
Y por ello, al coronar a María como Reina de Tupãrenda, como Reina
de nuestras vidas y de nuestros corazones, ponemos nuestros corazones –el
núcleo de nuestra personalidad- bajo la soberanía de Dios y nos disponemos para
ser sus instrumentos. Para que Él, a través de nuestras capacidades y límites,
obre en la historia humana; obre en nuestra historia personal, obre en nuestra
historia familiar, obre en nuestra historia nacional e incluso más allá.
Reconocer a María como Reina es reconocer libremente la
soberanía de Dios; es reconocer libremente a Jesucristo, Rey del Universo y de
nuestra vida; es reconocer nuestra pequeñez y desvalimiento, y al mismo tiempo,
con confianza, reconocer el poder maternal de educación y conducción de María.
Y porque nos dejamos conducir por Ella, libremente nos ponemos a su disposición para ser instrumentos en sus manos para construir la Nación de Dios en Paraguay. En el fondo, Ella reinará en Paraguay, en la medida en que de a poco vaya reinando en nuestros corazones. La Nación de Dios dibuja su mapa no sobre un espacio geográfico, sino en los corazones de los hijos y aliados de María. Va creciendo, silenciosamente allí donde cada día nos decimos por la verdad, la justica y el amor. Sus luminosas fronteras se van extendiendo en la medida en que nuevos corazones se entregan a María en el Santuario.
Por esa razón, la Nación
de Dios no se puede identificar ni confundir con ningún proyecto político
ni partidario. Sólo se puede identificar allí donde los corazones se deciden
concretamente por el bien común de todos, sin excluir a nadie. «Den a Dios, lo que es de Dios».
Recibe la corona, recibe
mi corazón
Por ello, 45 años
después de aquel 18 de octubre de 1981, hoy queremos volver a darle a Dios lo
que es de Dios: nuestros corazones, y con ello toda nuestra vida. Nos olvidemos
que el corazón es el núcleo de nuestra personalidad, allí nacen nuestros anhelos
más auténticos, nuestros sentimientos, deseos y decisiones. En el corazón se
encuentran de manera original las capacidades de nuestro intelecto, voluntad y
afectos.
Por ello, como hace 45 años y como cada día de nuestra
vida, hoy le decimos a María, Reina de
Tupãrenda:
“María de la
Trinidad,
Madre mía, me pides el corazón.
Lo necesitas para construir un nuevo
Paraguay.
¡Si, te lo doy! Que ya no sea mío,
sino tuyo.
Que sea de mi familia, de mi Iglesia,
de mi Patria.
Que te pertenezca y se asemeje al corazón santo
de Roque González de Santa Cruz.
María, remolino de amor del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo
lleva mi corazón consagrado
hasta el corazón mismo de Dios Trino,
para que nazca Cristo de nuevo
en todos lo paraguayos.
María de la Trinidad: ruega por
nosotros, te damos el corazón.”
María,
Reina de Tupãrenda, recibe la corona,
recibe mi corazón. Amén.
P. Óscar Iván
Saldívar, I.Sch.
Rector del Santuario de
Tupãrenda – Schoenstatt
18 – 10 - 2026
[1]
BENEDICTO XVI, Santa Misa para la Nueva
Evangelización, Homilía del 16 de octubre de 2011 [en línea]. [fecha de consulta: 17 de
octubre de 2026]. Disponible en: <https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2011/documents/hf_ben-xvi_hom_20111016_nuova-evang.html>
[2] MONS.
FRANCISCO PISTILLI, Oración a María de la
Trinidad
