La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

martes, 20 de octubre de 2026

45 años latiendo en el corazón de América - Tupãrenda 2026

 

Fiesta de la Madre tres veces admirable de Schoenstatt

Santuario de Tupãrenda

Domingo 29° de tiempo durante el año – Ciclo A – 2026

Mt 22, 15 – 21

Con María, Reina de Tupãrenda, latiendo en el corazón de América

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Un año más hemos peregrinado hasta el Santuario de Tupãrenda para celebrar el día de la alianza de amor con María, la alianza con nuestra Madre y Reina de Tupãrenda.

Sabemos que la familia internacional de Schoenstatt –extendida por tantos países, continentes y culturas- celebra los 112 años de la primera alianza de amor en el Santuario Original, en Vallendar, Alemania. Es por eso que este día damos gracias por María, la Madre tres veces admirable de Schoenstatt, por la alianza de amor y por el Santuario.

            Y aquí en Tupãrenda, este 18 de octubre es también muy especial: celebramos los cuarenta y cinco años de bendición de nuestro querido Santuario. “45 años latiendo en el corazón de América.” Cuarenta y cinco años irradiando las gracias del cobijamiento, de la transformación interior y del envío apostólico. Cuarenta y cinco años forjando la Nación de Dios, corazón de América en  nuestra patria.

«¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

            Celebramos este día de alianza en un día domingo, día del Señor resucitado; y por ello, hemos escuchado las lecturas propias de la Liturgia de la Palabra del Domingo 29° del tiempo durante el año. Dios, en su providencia, ha querido regalarnos estos textos para que a partir de ellos meditemos en la vivencia de nuestro bautismo en Cristo, en la vivencia de nuestra alianza de amor con María, y en nuestra misión de forjar la nación de Dios en Paraguay.

            En el centro del evangelio de hoy (Mt 22, 15 – 21) se encuentra una pregunta aparentemente poco importante para nosotros, pero cuya respuesta sigue incumbiéndonos a nosotros: «¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?» (Mt 22, 17).

            Si Jesús dice que hay que pagar el impuesto al César –emperador romano-, los fariseos y herodianos tendrán la oportunidad de presentarlo como enemigo del pueblo de Israel y de sus tradiciones religiosas; en cambio, si Jesús responde que no hay que pagar el impuesto al emperador romano, fariseos y herodianos podrán denunciarlo como enemigo político del César.

            La trampa escondida en la pregunta consiste en contraponer el poder político con el poder de Dios. En el fondo, fariseos y herodianos han igualado al emperador romano y a Dios. La pregunta por el pago del impuesto es la pregunta por la soberanía. ¿Quién tiene verdadera soberanía sobre la humanidad? ¿Quién debe reinar en el corazón humano? ¿El poder político de turno o Dios?

            La Liturgia de la Palabra responde a esta pregunta a través de la primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías (Is 45, 1. 4 - 6). Por medio del profeta se nos explica que el poder político, el poder humano, siempre está por debajo de la soberanía de Dios. De hecho, Isaías nos presenta una visión providente de la historia humana y del rol que en la misma juega el poder político.

            Dios ha concedido a Ciro «un título insigne», el título y autoridad de rey; y lo ha hecho por amor a Israel; ya que Ciro es el que permite el retorno a Jerusalén de las comunidades judías deportadas en Babilonia. Para acentuar esta soberanía de Dios sobre toda soberanía humana, el texto insiste: «Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí» (Is 45,5a).

            Por lo tanto, no podemos comparar el poder político y la soberanía de Dios, no podemos equipararlos, y menos aún tratar de delimitar las esferas de cada uno para luego sugerir una especie de convivencia oportunista.

«Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios»

            Jesús responde a la pregunta planteada y a la cuestión de fondo que hay en ella. Y lo hace de una manera inesperada para sus interlocutores. Dice el Señor: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios» (Mt 22,21).

            Pero al responder así, Jesús no está diciendo que hay partes de la vida humana que pertenecen al poder político y partes de la vida humana que pertenecen a Dios. Más bien nos recuerda que la vida humana –su existencia, sentido y totalidad- pertenecen a Dios; por lo tanto, la totalidad del corazón humano le pertenece a Dios.

            Al poder político, al poder humano, pertenecen las herramientas con las cuales el hombre lleva a adelante su vida social y busca mejorarla; pero el sentido último de la vida pertenece a Dios; por lo tanto, desde la relación fundamental con Dios en Cristo, el hombre está llamado a iluminar todos los ámbitos de su vida, tanto el ámbito privado como el ámbito de la convivencia social.

            Antes de responder a sus interlocutores, Jesús pide que se le muestre la moneda con la cual se paga el impuesto al César (cf. Mt 22,19). El texto del evangelio dice: «Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César”» (Mt 22, 20 – 21a).

            Por lo tanto, “el tributo al César se debe pagar, porque la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo otra imagen, la de Dios y, por tanto, a él, y sólo a él, cada uno debe su existencia. Los Padres de la Iglesia, basándose en el hecho de que Jesús se refiere a la imagen del emperador impresa en la moneda del tributo, interpretaron este pasaje a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de Dios, contenido en el primer capítulo del libro del Génesis. Un autor anónimo escribe: «La imagen de Dios no está impresa en el oro, sino en el género humano» (Anónimo, Obra incompleta sobre Mateo, Homilía 42).”[1]

Porque somos «imagen de Dios», porque llevamos impresa su imagen en nuestro corazón, le pertenecemos a Dios. Somos su «moneda» más preciada, más valiosa. Y por eso la vida humana, en su dimensión personal y social está llamada a encontrar su sentido y su realización plena en Dios.

¿Quién debe reinar en el corazón humano? ¿Quién debe reinar en mi corazón? «Den a Dios, lo que es de Dios».

María, Reina de Tupãrenda

            Y precisamente eso es lo que hacemos al sellar una alianza de amor con María: darle a Dios lo que le pertenece a Dios, nuestro corazón, nuestra vida. La alianza de amor con María, que es una renovación del Bautismo en Cristo Jesús, consiste en un mutuo intercambio de corazones entre el aliado y la Santísima Virgen María.

            Y al entregarle a Ella nuestro corazón se lo estamos entregando nuevamente a Dios. Por la alianza de amor con María recibimos un conocimiento vital de Cristo, la experiencia transformadora del Espíritu Santo y renovamos nuestra filialidad ante Dios Padre. La alianza de amor con María, cuando es auténtica, lleva nuestro corazón consagrado “hasta el corazón mismo de Dios Trino”[2].

            Y por ello, al coronar a María como Reina de Tupãrenda, como Reina de nuestras vidas y de nuestros corazones, ponemos nuestros corazones –el núcleo de nuestra personalidad- bajo la soberanía de Dios y nos disponemos para ser sus instrumentos. Para que Él, a través de nuestras capacidades y límites, obre en la historia humana; obre en nuestra historia personal, obre en nuestra historia familiar, obre en nuestra historia nacional e incluso más allá.

            Reconocer a María como Reina es reconocer libremente la soberanía de Dios; es reconocer libremente a Jesucristo, Rey del Universo y de nuestra vida; es reconocer nuestra pequeñez y desvalimiento, y al mismo tiempo, con confianza, reconocer el poder maternal de educación y conducción de María.

           

Y porque nos dejamos conducir por Ella, libremente nos ponemos a su disposición para ser instrumentos en sus manos para construir la Nación de Dios en Paraguay. En el fondo, Ella reinará en Paraguay, en la medida en que de a poco vaya reinando en nuestros corazones. La Nación de Dios dibuja su mapa no sobre un espacio geográfico, sino en los corazones de los hijos y aliados de María. Va creciendo, silenciosamente allí donde cada día nos decimos por la verdad, la justica y el amor. Sus luminosas fronteras se van extendiendo en la medida en que nuevos corazones se entregan a María en el Santuario.

            Por esa razón, la Nación de Dios no se puede identificar ni confundir con ningún proyecto político ni partidario. Sólo se puede identificar allí donde los corazones se deciden concretamente por el bien común de todos, sin excluir a nadie. «Den a Dios, lo que es de Dios».

Recibe la corona, recibe mi corazón

            Por ello, 45 años después de aquel 18 de octubre de 1981, hoy queremos volver a darle a Dios lo que es de Dios: nuestros corazones, y con ello toda nuestra vida. Nos olvidemos que el corazón es el núcleo de nuestra personalidad, allí nacen nuestros anhelos más auténticos, nuestros sentimientos, deseos y decisiones. En el corazón se encuentran de manera original las capacidades de nuestro intelecto, voluntad y afectos.

            Por ello, como hace 45 años y como cada día de nuestra vida, hoy le decimos a María, Reina de Tupãrenda:

            “María de la Trinidad,

Madre mía, me pides el corazón.

Lo necesitas para construir un nuevo Paraguay.

¡Si, te lo doy! Que ya no sea mío, sino tuyo.

Que sea de mi familia, de mi Iglesia, de mi Patria.

Que te pertenezca y se asemeje  al corazón santo

de Roque González de Santa Cruz.

María, remolino de amor del Padre,

del Hijo y del Espíritu Santo

lleva mi corazón consagrado

hasta el corazón mismo de Dios Trino,

para que nazca Cristo de nuevo

en todos lo paraguayos.

María de la Trinidad: ruega por nosotros, te damos el corazón.”

María, Reina de Tupãrenda, recibe la corona, recibe mi corazón. Amén.

 

P. Óscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

18 – 10 - 2026



[1] BENEDICTO XVI, Santa Misa para la Nueva Evangelización, Homilía del 16 de octubre de 2011 [en línea]. [fecha de consulta: 17 de octubre de 2026]. Disponible en: <https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2011/documents/hf_ben-xvi_hom_20111016_nuova-evang.html>

[2] MONS. FRANCISCO PISTILLI, Oración a María de la Trinidad

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