La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 2 de julio de 2012

A propósito de la situación en Paraguay

A propósito de la situación en Paraguay
            
Al iniciar esta reflexión sobre la situación del Paraguay a partir del juicio político a Fernando Lugo y su posterior destitución como Presidente de la República, debo confesar, que para mí, todavía no son claros todos los hechos que en este último tiempo se han vivido en Paraguay. Confieso, que me falta claridad en torno al procedimiento con el cual se llevó a cabo el juicio político, y en torno a la interpretación que se ha hecho del mismo y de sus consecuencias. Sin embargo, sí tengo claridad, de que es un hecho que no me puede dejar indiferente, ni como ciudadano, ni como consagrado. Por eso me aventuro a observar este momento clave de la historia paraguaya, e intento articular una reflexión coherente desde una mirada a la realidad que quiere ser también una mirada de fe.

El hecho y sus interpretaciones

El hecho en cuestión es a estas alturas bastante conocido. Se trata del juicio político y posterior destitución de Fernando Lugo como Presidente de la República del Paraguay. El juicio político, impulsado por la Cámara de Diputados y realizado en la Cámara de Senadores, en un tiempo bastante corto –hecho que genera preguntas en torno a la legitimidad de todo el proceso-, está contemplado en la Constitución Nacional paraguaya en su artículo 225. Una lectura del citado artículo demuestra que el Congreso Nacional actuó de acuerdo a las formalidades requeridas por la Constitución. Sin embargo, dicho artículo no regula tiempos ni procedimientos de dicho juicio. En mi opinión, es certero señalar que dicho procedimiento –tal y como actualmente se encuentra en la Constitución Nacional- es “una herramienta absolutamente discrecional”[1].

Las interpretaciones del juicio político, sus causas y su desarrollo son bastante variadas. Basta con recorrer los artículos y editoriales de los mismos periódicos paraguayos y sudamericanos, como las opiniones que circulan en las redes sociales y blogs.

Ante la pregunta de ¿por qué un juicio político? He recogido al menos tres líneas de respuestas. Un periodista paraguayo señala que la causa del juicio hay que buscarla en la pérdida de apoyo político que sufrió el gobierno de F. Lugo en el Congreso paraguayo: “Fernando Lugo cayó porque se quedó sin respaldo político en el Congreso, es así de simple.”[2] Otro columnista busca una causa más profunda en la misma sociedad paraguaya, y apunta al “conservadurismo paraguayo”: “Fue la resolución dramática de una extraña singularidad nacional: un presidente que se decía socialista, al frente de un país con una matriz social y política extremadamente conservadora.”[3] El juicio sería la reacción de la clase política paraguaya tradicional ante las aperturas progresistas de F. Lugo. La causa sería política, pero motivada por razones ideológicas[4].

Una tercera opinión –o teoría- apunta a preguntarse por los intereses que estaría defendiendo la clase política en el Congreso. Esta opinión, presenta a la clase política como un amplio espectro de partidarios de la derecha política al servicio de empresas transnacionales ligadas a la agroindustria[5].

En medio de todas estas interpretaciones surgen también las más variadas opiniones ciudadanas. Para unos se trata de un “golpe de Estado parlamentario”, para otros, de un “proceso institucional”. Afloran así una serie de epítetos que pretenden descalificar a uno y otro grupo, hacen su aparición –por primera vez desde 1989- las divisiones entre “izquierda” y “derecha”. Me pregunto si muchos de los que utilizan estos adjetivos realmente comprenden lo que estas ideologías pretenden significar y proponer tanto en el campo político y social como económico.

Signos contradictorios

En mi opinión, en este último tiempo, los hechos en Paraguay han estado marcados por una multitud de signos contradictorios. Por un lado el mismo proceso del juicio político: una figura legal, pero cuya concreción pareciera carecer de legitimidad; por otro lado, el mismo Fernando Lugo, quien en un primer momento dijo someterse a la decisión del Congreso, para luego desconocerla y proclamarse como el “legítimo” presidente del Paraguay.

Tal vez el signo contradictorio más indignante provenga de la actuación del MERCOSUR y de la UNASUR ante todo esto. Por un lado el MERCOSUR ha reclamado que se ha faltado al debido proceso durante el juicio político, y por ello, ha decidido suspender al Paraguay hasta las elecciones generales del 2013; y, por otro lado, no ha escuchado al gobierno de Federico Franco y ha propiciado la entrada de Venezuela al bloque.

En lo personal, tan poco me merecen confianza las expresiones de los exponentes de la UNASUR. Gobiernos como el de Venezuela y Ecuador, donde la vigencia de la libertad de expresión y de prensa es seriamente cuestionada, ¿pueden presentar credenciales democráticas? Parecieran notarse aquí contradicciones y “discrepancias (…) entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración de los pueblos a la paz y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de la propia ideología”[6].

A toda la problemática de la legalidad/legitimidad del juicio político y de la pérdida de confianza del pueblo paraguayo en su Congreso, se suma la temática de la soberanía nacional, lo cual hace más complicado el panorama.

El intento de una mirada de fe

La situación descrita presenta numerosas y complejas aristas, por lo cual hay que dejar de lado simplificaciones y reacciones viscerales ante el presente estado de cosas. Me parece que se nos hace patente que la realidad es más compleja que simplemente “blanco o negro”. Más que nunca debemos reconocer que en la realidad hay trigo y cizaña (cf. Mt 13,24-30), por lo cual necesitamos tiempo para sopesar responsablemente los hechos y tomar las decisiones correspondientes.

Debemos comprender sincera y profundamente lo procesual de nuestra realidad, la historia nuestra –configurada por nuestras acciones, por nuestras elecciones con sus aciertos y desaciertos- es una historia abierta y por lo mismo una llamada a nuestro compromiso y nuestra responsabilidad. Como cristianos no podemos delegar nuestra responsabilidad en otros, ni siquiera en el mismo  Dios.

Sinceramente creo que esta situación nos interpela y nos invita –o más bien nos reclama- dar una respuesta como creyentes. No podemos olvidar que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.”[7] En este momento particular, las esperanzas, las tristezas y angustias del Paraguay, de tantos paraguayos, deben ser nuestras propias esperanzas, tristezas y angustias. La primera respuesta es dejarse tocar sinceramente por lo que ha acontecido y por lo que acontece. Dejarse afectar, interpelar, pues, “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.”[8]

Dejarse tocar por la realidad es también el paso previo para “escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio”[9], se trata de, muy sinceramente, tratar de escuchar la voz de Dios –que espera una respuesta- en los acontecimientos del tiempo. Esa voz de Dios espera una respuesta de parte de cada uno de nosotros y de toda la sociedad. Una respuesta en Alianza, en alianza con el Dios vivo y con todos los hombres y mujeres que sinceramente buscan el bien común.

Creo que los hechos acontecidos en Paraguay –y que se siguen desarrollando- marcan el momento de un compromiso cívico serio. “El curso de la historia presente es un desafío al hombre, que le obliga a responder.”[10] Me parece que es ésta una oportunidad que no podemos dejar pasar. Es el momento de hacer una seria reflexión en torno a nuestras instituciones democráticas y en torno a los presupuestos de una democracia: educación, participación responsable y seria en los procesos cívicos, y justicia social, entre otros. Se trata de interrogarnos –y respondernos a nosotros mismos- seriamente sobre ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo? ¿Qué país queremos construir y legar a los que vendrán después de nosotros? ¿Cuáles son los valores que queremos que rijan nuestra vida en sociedad? A esta reflexión debe seguir la acción constante y perseverante, confiando en que es posible construir una sociedad mejor. “Todo actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto.”[11]

El actuar a su vez debe suponer necesariamente la verdad. En estos días en que he pensado constantemente sobre Paraguay, han venido a mi mente las palabras de Benedicto XVI en Cuba: “Cuba y el mundo necesitan cambios, pero éstos se darán si cada uno está en condiciones de preguntarse por la verdad y se decide a tomar el camino del amor, sembrando reconciliación y fraternidad”[12]. Creo que lo mismo podemos decir de Paraguay. Paraguay necesita de un sincero cambio, pero esto sólo será posible si estamos dispuestos a abrirnos a la verdad: a la verdad de los hechos, a la verdad de las necesidades de nuestro pueblo, a la verdad del estado de derecho, a la verdad que antepone el bien común a la ganancia personal de la corrupción, a la verdad que es capaz de sacarnos de nuestros fanatismos, y finalmente a la verdad que es Jesucristo, quien “en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.”[13]

Finalmente, como creyentes, a la par del actuar no debemos olvidar la oración, a nuestros cotidianos esfuerzos debemos unir la súplica a Dios Padre por Cristo y con María, para que Paraguay sea una tierra donde “siempre allí reinen amor, verdad y justicia, y esa unión que no masifica, que no conduce al espíritu de esclavo.”[14]


[1] LUIS BAREIRO, Perjuicio político [en línea]. [fecha de consulta: 2 de julio de 2012]. Disponible en: ˂http://blogs.ultimahora.com/post/5782/94/perjuicio-politico.html˃
[2] Ibídem
[3] ALFREDO BOCCIA, El conservadurismo paraguayo [en línea]. [fecha de consulta: 2 de julio de 2012]. Disponible en: ˂http://blogs.ultimahora.com/post/5826/50/el-conservadurismo-paraguayo.html˃
[4] Cf. Ibídem
[5] Cf. IDILIO MENDEZ GRIMALDI, Monsanto golpea en Paraguay: los muertos de Curuguaty y el juicio político a Lugo [en línea]. [fecha de consulta: 2 de julio de 2012]. Disponible en: ˂http://ea.com.py/monsanto-golpea-en-paraguay-los-muertos-de-curuguaty-y-el-juicio-politico-a-lugo/˃
[6] CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 8.
[7] Ibídem, 1.
[8] Ibídem, 34.
[9] Ibídem, 4.
[10] Ibídem, 4.
[11] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 35.
[13] CONCILIO VATICNO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
[14] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 496.

domingo, 17 de junio de 2012

Mi experiencia mariana. Testimonio y reflexiones

Hoy quisiera compartirles simplemente mi experiencia con María, la Santísima Virgen, y desde allí, proponerles caminos de encuentro con María y explicarles por qué, en mi opinión, lo mariano no es un camino paralelo a lo cristiano, sino más bien, un camino de asemejamiento a Cristo.

Mi experiencia personal

Creo que mi experiencia mariana inicial, no es muy diferente de la de muchas personas al interior de la Iglesia. Por decirlo de alguna manera, María siempre fue una “figura” o “imagen” presente en mi vida. A veces de forma más consciente, otras veces de forma más inconsciente o silenciosa.
         
Recuerdo de niño, sobre todo el haber aprendido con mi tía abuela a rezar el Avemaría y el Rosario. Muchas veces durante el rezo del Rosario me quedaba dormido repitiendo avemaría tras avemaría. Y sin embargo era toda una experiencia estar allí con mi tía, prender una vela ante la imagen de la Virgen María y rezar juntos el Rosario.

También el haber asistido a un colegio salesiano durante mi educación primaria, me llevó a tomar contacto con la imagen de María, en especial con la advocación de María Auxilio de los cristianos. Siempre estaba allí presente, con una sonrisa serena y el Niño Jesús en sus brazos.

Ante la imagen sagrada de Nuestra Señora
de los Milagros de Caacupé.
Diciembre de 2019.
Una experiencia mariana muy bonita se la debo también a mi país, el Paraguay. Se trata del Santuario de la Virgen de los milagros de Caacupé. En medio de los verdes cerros del departamento de la Cordillera, se alza el Santuario de Caacupé, al cual, cada 8 de diciembre, peregrinan miles de paraguayos. Se trata de una experiencia muy viva de la religiosidad popular y del cariño de miles de personas hacia la Madre de Dios. Yo mismo hice una vez la peregrinación a Caacupé desde la ciudad de Luque. Se trató, en ese momento, de una peregrinación hacia el Santuario para pedir su favor a la Santísima Virgen. Lo fuerte fue sobre todo la experiencia de la peregrinación misma[1]. Sin embargo, en otra ocasión fui hasta el Santuario de Caacupé y me ubiqué en el “camarín” de la Virgen, el lugar donde se encuentra la imagen mariana que se venera en Caacupé, y luego de un intenso momento de oración, me dediqué a mirar, a contemplar a las personas que llegaban a los pies de la Virgen. Sobre todo sus rostros eran impactantes. Hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y ancianos, todos miraban con una intensidad única a esta mujer, a María. Mirando a María volvían a hacerse niños… Resonaron entonces en mi interior las palabras de Jesús: “Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Mc 10,15).

Hasta aquí, creo que he compartido experiencias marianas que son patrimonio común de toda la Iglesia.

Desde estas primeras experiencias marianas quisiera señalar un par de puntos sobre la devoción mariana:

Muchas veces lo mariano en nuestras vidas está relacionado con experiencias y vivencias de nuestra niñez, de nuestra infancia. Lo cual a mi parecer tiene una ventaja  y una desventaja.

Ventaja. La ventaja de esto, radica en que las experiencias marianas, son experiencias que tienen un hondo arraigo afectivo; es decir, son experiencias que están arraigadas en el corazón y no solo en el intelecto y la voluntad. Así, la experiencia mariana nos vincula a momentos significativos de nuestra vida, a personas y a lugares queridos para nosotros. Y sobre todo, muchas veces, la piedad mariana nos recuerda a nuestra niñez, a esa etapa de la vida que tiene algo de ingenuidad, de confianza ante la vida, de apertura a lo religioso y de serena pequeñez. Y en este sentido, las experiencias marianas de nuestra vida, nos vuelven a recordar que ante Dios todos somos pequeños, ante el Padre todos somos niños.

Desventaja. Sin embargo, creo que la experiencia mariana así vivida tiene al menos una “desventaja”. Muchas veces nuestra experiencia y nuestra espiritualidad marianas permanecen en una “edad y dinámicas infantiles”. No ha crecido muchos más, no se ha desarrollados a la par de nuestro crecimiento personal y espiritual. A veces la devoción mariana no pasa del estadio de la dinámica “pedir-dar” (cuando la devoción mariana se reduce a mandas o promesas) o queda reducida a actos externos de piedad que no sabemos integrar del todo a nuestra vida cristiana.

Entonces cuando vamos creciendo en nuestro encuentro y compromiso con Jesucristo y nuestros hermanos, no sabemos cómo integrar nuestra devoción mariana. Así la arrinconamos en alguna oración esporádica o renunciamos a ella considerándola como algo superfluo.

María, una persona viva

Retomando mi testimonio sobre María, quisiera ahora compartir con ustedes algo más. Mi gran experiencia con María vino al conocer el Movimiento Apostólico de Schoenstatt. Cuando conocí Schoenstatt, de a poco me fui acercando al Santuario y sobre todo a la vida que surgía en torno a él. Desde el comienzo, algo que llamó mucho mi atención, fue ver a muchos jóvenes “hablar” con María en el Santuario. Yo percibía su oración como un verdadero “diálogo” con María. No se trataba de una oración formal ni exterior, sino que se trataba de una verdadera relación personal. Allí fue que descubrí que María es una persona viva.

Santuario de la Madre, Reina y Victoriosa
Tres Veces Admirable de Schoenstatt.
Tuparenda,  Paraguay.
Y si María es una persona viva, entonces puedo dialogar con Ella, puedo confiarle mi vida, puedo confiarle las personas que llevo en el corazón, puedo confiarle mis miedos y alegrías… Con esta convicción yo me entregué totalmente a María. Sellé mi Alianza de Amor con Ella el 16.IX.2001[2]. Mi gran experiencia con María es el haberme entregado totalmente a Ella. Haberme confiado totalmente a Ella y seguir haciéndolo en el día a día.

De alguna manera en Ella encontré un lugar, un hogar donde poder descubrirme, desplegarme y darme… Yo me animé a seguir a Jesucristo en el sacerdocio gracias a Ella, gracias a María. Desde el momento en que me decidí por el sacerdocio, supe que lo haría tomado de la mano de María. Sinceramente puedo decir que hoy no tendría una relación personal con Jesucristo si no fuese por María. Yo fui conociendo a Jesús gracias a María.

Caminos de encuentro con María
            
Quisiera ahora proponerles algunos posibles caminos de encuentro con María. Sobre todo quiero volver a insistir en un presupuesto fundamental: María, es una persona viva. Y como tal, tiene un rostro, una mirada e incluso, una voz. Se trata entonces de buscar ese rostro, esa mirada. Se trata entonces de buscar “experiencias marianas”. Aquí quisiera proponerles cinco posibles experiencias, cinco posibles caminos de encuentro con María.

Los santuarios marianos. Una primera experiencia que cualquiera de nosotros puede realizar es el visitar un santuario mariano. Los santuarios marianos son lugares donde de alguna manera experimentamos la presencia de María a través del cobijamiento que allí encontramos, a través de la belleza natural de estos lugares o  de su sencillez. La experiencia del silencio y la oración podemos también vivirlas como experiencias marianas.

Comunidades y personas. También las personas pueden transmitirnos algo de la presencia de María. Podemos buscar personas o comunidades marianas que nos regalen algún rasgo mariano[3]. Incluso podríamos animarnos a “descubrir” a María en las personas que nos rodean. ¿Qué rasgos marianos veo en las personas que conozco? Podría ser un lindo ejercicio de “contemplar” a las personas con las cuales vivo mi cotidianeidad a luz de María.

Una imagen de María. Un camino que puede resultar creativo es el de buscar cuál es mi imagen de María. Y por “imagen” me refiero a dos cosas. Por un lado, me refiero a la imagen mental, por así decirlo, que tengo de María. ¿Quién es María para mí? ¿Es la Madre de Jesús, es María de la Anunciación, es la que visita a Isabel, es la que está al pie de la Cruz? ¿Es una persona cercana a mi vida, o tal vez alguien que está lejos, pero que anhelo se acerque? Por otro lado, por imagen, entiendo también la imagen plástica, concreta que puedo tener de la Virgen María. Sería bueno que cada uno pudiera encontrar su imagen personal de María, esa imagen que toca su sensibilidad, que de alguna manera lo identifica y que le ayuda a dialogar con María. ¿Cómo es mi imagen de María? ¿Por qué busco a María? ¿Qué dimensión de mi vida necesita de su presencia maternal, de su presencia femenina y educadora?

La vida de Jesús, el Evangelio. Otro posible camino de encuentro con María es el contemplar con Ella la vida de Jesús[4]. Orar el Evangelio en compañía de María, se trata de contemplar el rostro de Cristo a través de los ojos de María. Pero también podríamos hacer el ejercicio de contemplar el rostro de María a través de los ojos de Cristo. Si recorro los pasajes del Evangelio, ¿cómo habrá mirado Jesús a su Madre?

La oración personal. Finalmente hay un camino que es insustituible. Se trata de la oración personal a María, se trata del diálogo con Ella. Y aquí quisiera recordarles que el corazón necesita tiempo. No se trata de forzar las cosas. Más bien se trata de abrirle las puestas del corazón a María, invitarla a pasar, invitarla a vivir en mi interior, hacer también la experiencia de Juan, quien, luego de que Jesús en la cruz le entregase a María como Madre, “desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”, la hizo suya, la hizo parte de su vida (cf. Jn 19,27b).

¿Por qué María?

Finalmente, quisiera responder todavía a una última pregunta, ¿por qué María? Y para ello quisiera volver al punto de partida de estas reflexiones. Las experiencias de encuentro con María nos remiten a nuestra propia infancia, y desde allí podemos remitirnos a la infancia espiritual, al ser niños ante Dios[5]. Vuelvo a recordar las palabras de Jesús en el Evangelio: “Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Mc 10,15).


Ante María volvemos a ser niños, ante su imagen, ante su rostro maternal se despierta en nuestro corazón la pequeñez del niño que llevamos dentro. Y este despertar del “niño interior” me parece muy sano. Porque nos recuerda en último término algo central del cristianismo: Jesucristo es profundamente hijo, es el Hijo unigénito del Padre. Jesucristo pasó su vida haciendo el bien y se entregó por nosotros en la cruz amándonos hasta el extremo, porque siempre se supo y se sintió el Hijo amado del Padre. Ser cristiano es ser profundamente hijo, es hacer la experiencia de ser profundamente amado. Y si somos amados, entonces podemos amar también nosotros. Aquel don que se nos ha dado por el Bautismo, el ser hijos en el Hijo, la espiritualidad mariana lo despierta y vivifica a nivel vital por medio de la filialidad. La gracia bautismal de la filiación, se desarrolla en la vida por medio de la espiritualidad de la  filialidad. Y así, puedo ahora compartir finalmente mi más profunda convicción con ustedes. ¿Por qué María? Porque María nos hace más cristianos, porque María, incluso nos hace más Cristo.



[1] Cf. CELAM, Aparecida. Documento conclusivo, 259: “…Destacamos las peregrinaciones, donde se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Allí, el creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual.”

[2] Por Alianza de Amor con María, se entiende en Schoenstatt el intercambio de corazones entre María y su aliado, se trata de una relación personal con Ella que abarca todas las dimensiones de la vida. “La Alianza de Amor consiste en un intercambio de corazones, de bienes y de intereses con María”, P. J. Kentenich, citado en P. RAFAEL FERNÁNDEZ DE A., La Alianza de Amor con María (Editorial Patris, Chile 2000), 37.

[3] Cf. JUAN PABLO II, Redemptoris Mater 28: “En este tiempo de vela María, por medio de la misma fe que la hizo bienaventurada especialmente desde el momento de la anunciación, está presente en la misión y en la obra de la Iglesia que introduce en el mundo el Reino de su Hijo. Esta presencia de María encuentra múltiples medios de expresión en nuestros días al igual que a lo largo de la historia de la Iglesia. Posee también un amplio radio de acción; por medio de la fe y la piedad de los fieles, por medio de las tradiciones de las familias cristianas o «iglesias domésticas», de las comunidades parroquiales y misioneras, de los institutos religiosos, de las diócesis, por medio de la fuerza atractiva e irradiadora de los grandes santuarios, en los que no sólo los individuos o grupos locales, sino a veces naciones enteras y continentes, buscan el encuentro con la Madre del Señor, con la que es bienaventurada porque ha creído; es la primera entre los creyentes y por esto se ha convertido en Madre del Emmanuel.”

[4] Cf. JUAN PABLO II, Rosarium Virginis Mariae 3: “Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo.” Cf. También el número 10  y todo el Capítulo I de la mencionada Encíclica.

[5] Niño en el sentido de la infancia espiritual a la cual Jesús nos invita. Así en el Evangelio según San Mateo (Mt 18,3) nos dice: “Si no os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos”. El P. J. Kentenich al presentarnos la infancia espiritual (cf. Niños ante Dios) nos dice que la misma se funda no primero en un “hacer”, sino en un “ser” filial; en el asumir una nueva forma de ser, la de ser niños. La salvación no se trata de “hacer cosas” sino más bien de recibir un nuevo “ser”: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5). Este asumir una nueva manera de ser se refiere a una manera de ser relacional, es decir, este nuevo ser se verifica en la relación con Dios. Se trata de ser “hijos adoptivos” del Padre de los Cielos. Así este nuevo ser es el fundamento del actuar del hombre que se experimenta y sabe hijo de Dios. En la infancia espiritual no se trata primeramente de presentar exigencias éticas al hombre, no se trata primero de actuar como “debería” actuar un hijo de Dios, sino que, se trata primeramente de experimentarse hijo de Dios, profundamente amado por el Padre, y, como consecuencia de ese amor, de ese nuevo ser, surgirá un nuevo actuar. Por lo tanto, aquí el ser conducirá al actuar; un actuar fundado en un ser de amor.

domingo, 6 de mayo de 2012

¿Qué significa amar a la Iglesia?


¿Qué significa amar a la Iglesia?

El mes pasado se cumplieron siete años de la elección del Papa Benedicto XVI a la Cátedra de San Pedro.  Con motivo de este aniversario varios observadores de la vida eclesial han intentado realizar una síntesis de estos años de pontificado.

Uno de ellos, Andrea Tornielli, señala que el actual Papa lleva sobre sí la “cruz” de la incomprensión. Tanto la “derecha” como la “izquierda” se demuestran descontentos con Benedicto XVI, y pareciera ser que ni siquiera sus más cercanos colaboradores atinan a ayudarlo a transmitir lo esencial de su mensaje.[1]

Personalmente pienso que una buena síntesis del pensamiento y mensaje de Benedicto XVI se encuentra al inicio de su primera carta encíclica Deus Caritas est: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[2] Creo que es a la luz de estas palabras que hay que comprender el actuar de Benedicto XVI. En ellas se encuentra la clave hermenéutica para interpretar sus homilías, discursos, decisiones y gestos. Se trata de “lo cristiano” y su presencia en el mundo de hoy, se trata de la relevancia del cristianismo para los hombres y mujeres de hoy. Sinceramente creo que no hay que buscar segundas intenciones en este hombre.

La Iglesia

            Teniendo como marco referencial los años de pontificado de Benedicto XVI me interesa reflexionar sobre la situación actual de la Iglesia y la respuesta que cada uno de nosotros puede dar.

            Retomo palabras de Andrea Tornielli. En su diagnóstico de la situación eclesial actual nos señala lo siguiente: “En una Iglesia donde siguen resonando diariamente tanto referencias éticas como insistentes llamamientos a descubrir de nuevo los valores cristianos, en una Iglesia atravesada por una profunda crisis, flagelada por el escándalo de la pederastia, por el cisma silencioso de los llamamientos a la desobediencia firmados por sacerdotes en varios países europeos, por el afán de carrera penosamente difundido entre los eclesiásticos, por las fugas de documentos y por las grietas en la organización del aparato de la curia, el anciano Papa alemán sigue llamando a la conversión, a la penitencia y a la humildad.”[3]

            Personalmente estas palabras me parecen duras y me duelen… Sin embargo describen con lucidez la situación de la Iglesia. Se trata del dolor del “silencio cisma” que en muchos ámbitos se da al interior de la Iglesia de Jesucristo, al interior de nuestra Iglesia. Se trata de la división al interior de la Iglesia que con el Credo confesamos ser “una, santa, católica y apostólica”. La situación muestra toda su seriedad si nos dejamos interpelar por las palabras de Jesucristo, quien en el Evangelio según San Juan implora la unidad de aquellos que creen en Él: “No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Cómo tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21). Me pregunto cuál será la situación en la Iglesia Latinoamericana, ¿qué diagnóstico arrojaría una lúcida mirada a la Iglesia que peregrina en nuestros países?

Amar a la Iglesia

            El diagnóstico está planteado, ¿qué nos dice a cada uno de nosotros? ¿Cómo nos dejamos afectar por este “signo de los tiempos”? ¿Qué respuesta podemos dar? Los schoenstattianos nos sentimos particularmente comprometidos por las palabras que se encuentran sobre la tumba de nuestro Fundador, P. José Kentenich: Dilexit Ecclesiam – Amó a la Iglesia.

            Sin embargo esto nos plantea una pregunta importante: ¿qué significa amar a la Iglesia? Responder lúcidamente a esta pregunta es de capital importancia, sobre todo en este tiempo. La situación actual no deja espacio para sentimentalismos ingenuos ni para críticas fáciles sin corresponsabilidad. Se trata de nuestra Iglesia, de la Iglesia de Jesucristo.

            ¿Qué amamos cuando amamos a la Iglesia? No pretendo dar una respuesta exhaustiva ni definitiva, pero sí intento un camino de respuesta.

            Cuando amamos a la Iglesia no amamos en primer lugar sus ritos, sus instituciones o enseñanzas… Éstas son expresión de una realidad más profunda, son expresión de su misterio[4], son medios y no fines en sí mismos. Sin embargo, quiero señalar que tomar en serio la realidad sacramental de la Iglesia, implica valorar y respetar sus sacramentos y ministerios, pues ellos están al servicio de la “unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”[5]. Yo, personalmente, amo y respeto al Papa, creo en su ministerio y en el ministerio pastoral de nuestros obispos; amo el sacerdocio ministerial y creo en él; creo en los sacramentos y confío en que la estructura eclesial –con sus limitaciones- es capaz de canalizar la gracia y la vida de Dios en Jesucristo, es capaz de darla a todos aquellos que se abren a este don.

            Pero insisto, cuando amamos a la Iglesia amamos algo más… Amamos su misterio, su vocación más íntima, amamos el designio salvador del Padre: la “unión íntima con Dios”, la “unidad de todo el género humano”, la esperanza fundada en Cristo de que llegará el día en que todos los hombres y mujeres, “desde Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido, serán congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre.”[6]

            Por eso,  amar a la Iglesia es amar no una institución u organización –la Iglesia es más que eso-, sino amar su vocación más profunda –la vocación más profunda de la humanidad-, la íntima unidad de todos los hombres a partir del encuentro con Jesucristo. Si así comprendemos a la Iglesia, entonces ella se nos presenta como colaboradora de Jesucristo en su obra de salvación. La Iglesia es compañera de Cristo.

            Hay todavía una dimensión más que nos sale al encuentro en esta reflexión. Si la Iglesia es fundamentalmente el designio amoroso de Dios para con la humanidad, la Iglesia misma es entonces un don para nosotros. Y si es don, debemos reconocer con humildad que antes que ser nuestra, la Iglesia es de Jesucristo, quien “se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5,25-27).

            La Iglesia es un don que se nos ha confiado tal como Cristo nos confió a su Madre desde la cruz: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,27). Y si es don, entonces es amor, y al amor sólo se puede responder con amor.

            Amar a la Iglesia, ésta es la respuesta que creo podemos dar en el día a día –con nuestra vida-, para que se cumpla el anhelo de Cristo: “que todos sean uno”; y así se manifieste a los hombres y mujeres de este tiempo la luz de Cristo “que resplandece sobre la faz de la Iglesia”[7].

Oscar Iván Saldivar F., ISchP     


[1] Cf. ANDREA TORNIELLI, Benedicto XVI, «un mensaje incómodo» [en línea]. [fecha de consulta: 6 de mayo de 2012]. Disponible en: ˂http://vaticaninsider.lastampa.it/es/homepage/vaticano/dettagliospain/articolo/benedetto-xvi-benedict-xvi-benedicto-xvi-14293/˃
[2] BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus Caritas est 1.
[3] ANDREA TORNIELLI, Benedicto XVI, «un mensaje incómodo» [en línea]. [fecha de consulta: 6 de mayo de 2012]. Disponible en: ˂http://vaticaninsider.lastampa.it/es/homepage/vaticano/dettagliospain/articolo/benedetto-xvi-benedict-xvi-benedicto-xvi-14293/˃
[4] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium 1.
[5] Ibídem.
[6] CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium 2.
[7] CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium 1.