Domingo de Ramos en la
Pasión del Señor – Ciclo A – 2026
Mt
21, 1 – 11
Mt
26, 3 – 5. 14 – 27, 66
El Señor los necesita – El
Señor nos necesita
Queridos hermanos y
hermanas:
Con la Conmemoración
de la entrada del Señor en Jerusalén y la solemne proclamación de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san
Mateo hemos iniciado la gran semana de nuestra fe, la Semana Santa.
Durante estos días santos queremos adentrarnos en el Misterio Pascual de Cristo Jesús -en su pasión, muerte y resurrección-; se trata
del acontecimiento central de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Este es
el centro de nuestra fe, el fundamento de nuestra esperanza y la fuente de
nuestro amor.
Como dice san Pablo: «Si
Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido
perdonados. Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para
esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima. Pero no, Cristo resucitó
de entre los muertos, el primero de todos.» (1 Cor 15, 17. 19 – 20).
Sí, verdaderamente Cristo murió y resucitó para salvarnos
y liberarnos “del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del
aislamiento.”[1]
Camino de liberación
Precisamente al conmemorar la entrada del Señor en
Jerusalén contemplamos el inicio de lo que podríamos llamar un camino de
liberación. Es cierto que el camino de Jesús hacia Jerusalén inició ya en los
comienzos de su vida pública y su ministerio, cuando anunciaba: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos
está cerca» (Mt 4, 17).
Sí, la liberación que nos quiere traer Jesús inicia con
la escucha de su palabra y con la acogida sincera de la llamada a la
conversión. De eso se trató la Cuaresma,
de eso se trata la vida cristiana: de convertirnos hacia el Señor Jesús; de dejarnos
convertir hacia Él y su amor. Convertirnos desde nuestros egoísmos y pecados
hacia su amor, ternura y misericordia.
Toda conversión es siempre un camino. Y muchas veces en
el camino de la conversión daremos pasos confiados hacia adelante, y luego,
retrocederemos con tristeza y frustración. Pero no debemos perder la esperanza.
A todos el Señor nos llama siempre de nuevo a convertirnos hacia Él, a caminar
con Él hacia el Reino que está cerca: en medio de nosotros, en medio de la
comunidad y en nuestro propio corazón cuando con sinceridad nos abrimos al amor
de Dios y de nuestros hermanos.
Pero este camino de conversión que iniciamos hoy tiene un
horizonte que no podemos eludir: la
Pasión. La misma asamblea que hoy aclama «¡Hosanna al Hijo de David!» es la que, pocos días después, gritará
«¡Crucifícalo!» (cf. Mt 27, 22). Este contraste no es un
accidente del relato; es el corazón de este domingo. Jesús entra en Jerusalén
sabiendo lo que le espera. Entra libremente, en paz, montado sobre una humilde
asna. La conversión que Él nos propone no nos ahorra el paso por la cruz; nos
acompaña en él.
Así todo camino de conversión, para que pueda ser constante
y auténtico –además de ser sostenido por la gracia
de Dios- debe ir acompañado del servicio sincero a los demás. Pues ahí se
manifiesta concretamente la conversión: en el paso que damos desde el egoísmo de
buscar sólo nuestro propio bien hacia el amor generoso y creativo que busca el
bien de los demás.
Ahí
se manifiesta la cruz y la resurrección en nuestra vida cotidiana: morir al
egoísmo y vivir con Jesús para los demás.
El Señor los necesita – El
Señor nos necesita
Con este anhelo de convertirnos hacia el amor que hace el
bien a los demás, volvamos nuestra mirada hacia el texto evangélico que se
proclamó en la conmemoración de la
entrada del Señor en Jerusalén (Mt 21, 1 - 11) y fijémonos en un personaje al
cual no solemos prestarle mucha atención y que sin embargo cumple una
importante misión el día de los Ramos:
el burrito; o como dice el texto, la «asna
atada» (Mt 21, 2).
Jesús da instrucciones a sus discípulos para que desaten
a la asna y su cría y los traigan junto a Él, y agrega: «si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a
devolver enseguida”.» (Mt 21, 3).
Sabemos que Jesús quiso necesitar de ese sencillo animal
para realizar su entrada mesiánica en Jerusalén y así cumplir la profecía:
«Digan a la hija de
Sion:
Mira que tu rey viene hacia ti,
humilde y montado sobre un asna,
sobre la cría de un animal de carga.»
(Mt 21, 5).
| El Señor de las Palmas Tupãrenda, Marzo 2026 |
¡Cuán sencillo el instrumento que el Señor se escogió! ¡Cuán pequeño y cuán grande fue su misión! «El Señor los necesita». Esta es la frase clave sobre la cual quisiera que meditemos.
Por más humilde, por más sencillo que sea el instrumento:
«El Señor lo necesita». Y así como
Jesús quiso necesitar de la humilde asna y de su cría; así también, el Señor
nos necesita a cada uno de nosotros para llevarlo a Él, su Palabra y su
testimonio a otros.
Pensando
en esto, viene a mi mente el Siervo de
Dios João Luiz Pozzobon, “diácono permanente y padre de familia brasileño,
conocido como el “burrito de la Mater” por su incansable labor de
evangelización con la imagen de la Virgen Peregrina.”[2]
Sí, en su sencillez Pozzobon se consideraba a sí mismo
como un “burrito de la Mater”, un pequeño instrumento con una gran misión de
evangelización, una misión original que llevó a cabo con sus capacidades y
límites. Él comprendió que el Señor nos necesita. Él comprendió que “para un
cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla
como un camino de santidad.”[3]
El bien común
Así, a través del apostolado y del servicio, nuestro
camino de conversión se va haciendo un camino de santidad; un camino único y
original donde volvemos a creer –una y otra vez- que el Señor Jesús nos ama,
nos llama, y nos necesita para caminar con Él y llevarlo a los demás.
No debemos pasar por alto que cuando la pequeña asna
cumplió su misión, no lo hizo para sí misma. Lo que cargó sobre su lomo
benefició a toda Jerusalén y más allá: «toda
la ciudad se conmovió» (Mt 21, 10).
El servicio auténtico nunca es privado. Tiene siempre una dimensión
comunitaria, social, que los teólogos llaman bien común.
No importa cuán pequeñas sean nuestras capacidades; no
importa cuánto experimentemos nuestra propia fragilidad y limitación. Lo
importante es dejarnos liberar por el Señor Jesús y creyendo en su llamado,
ponernos en camino para servir a los demás.
Y este camino de conversión –que es camino de santidad-
nos pondrá al servicio del bien común,
ese bien que no buscamos sólo para nosotros mismos, sino para los demás, para
toda nuestra comunidad, para toda nuestra sociedad, para “todos nosotros” sin
excluir a nadie.[4]
Iniciemos hoy –una vez más- un camino de conversión y
santidad. Sigamos a Jesús, quien entregando su vida en la cruz y resucitando,
abrió el camino del auténtico bien común
para todos los hombres y para todo el hombre.
En
este camino no estamos solos: María estuvo al pie de la cruz cuando todos
habían huido (cf. Jn 19, 25); Ella
conoce el peso del camino y nos acompaña en él.
Como pequeños instrumentos de María, portemos en el día a
día al Salvador, a quien aclamamos con nuestros labios y nuestras vidas:
«¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito
el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna
en las alturas!».
A Él sea la gloria por los
siglos de los siglos. Amén.
P.
Óscar Iván Saldívar, I.Sch.
Rector del Santuario de Tupãrenda –
Schoenstatt
29/03/2026
[1] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1
[2] ADN CELAM, João Luiz Pozzobon, “burrito de la Mater”, más cerca de los altares [en línea]. [Fecha de consulta: 28 de marzo de 2026]. Disponible en: < Brasil: João Luiz Pozzobon, “burrito de la Mater”, más cerca de los altares - ADN Celam>
[3] FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 19
[4] Cf. BENEDICTO XVI, Caritas in Veirtate, 7
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