La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 19 de agosto de 2018

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»


Domingo 20° durante el año – Ciclo B

Jn 6, 51 – 59

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra de este domingo sigue presentándonos el capítulo 6 del Evangelio según san Juan; capítulo conocido como el “discurso del pan”. Sin embargo, en la perícopa que hoy leemos y meditamos (Jn 6, 51 – 59), los estudiosos de la Sagrada Escritura nos dicen que se da un movimiento en el texto.

Se pasa del “discurso del pan”, que se refiere a la persona misma de Jesús, al “discurso eucarístico”. Así se produce un cambio de acentuación en relación con los versículos anteriores de este capítulo. “Aquí ya no se habla del pan que es el propio Jesús, sino del pan que «él dará», y ese pan «es mi carne para la vida del mundo».[1]

De a poco se nos vuelve a manifestar que «el pan vivo bajado del cielo» en la Eucaristía es verdaderamente la «carne» de Jesucristo entregada «para la vida del mundo».

Por eso en esta celebración litúrgica queremos verdaderamente «gustar y ver qué bueno es el Señor» (cf. Salmo 33 [34], 9); gustar y saborear su Palabra; gustar y saborear su Cuerpo y Sangre eucarísticos; gustar y saborear su presencia en medio de nosotros y en nosotros.   

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»

            Al inicio del texto evangélico, Jesús vuelve a presentarse como «el pan vivo bajado del cielo». Es decir, se trata del pan que viene de Dios mismo. Jesús vuelve a presentarse a sí mismo como el auténtico enviado de Dios. Por esta razón afirma que «el que coma de este pan vivirá eternamente». Él es “el alimento que contiene la vida misma de Dios y es capaz de comunicarla a quien come de él, el verdadero alimento que da la vida, que nutre realmente en profundidad.”[2]  

Seguidamente el Señor precisa que este pan que Él ofrece es su «carne para la vida del mundo». Es importante notar aquí que a esta altura del discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, ya no se trata de aceptar con fe que Jesús es «el pan bajado del cielo» (Jn 6, 41), pan que es ofrecido por el Padre que «da el verdadero pan del cielo» (Jn 6, 32). Se trata de dar un paso más en el seguimiento de Jesús.

Además de esa fe, unida a esa fe y como expresión de esa fe, se trata ahora de aceptar que el «pan vivo bajado del cielo» que Jesús ofrece es su misma carne. Y que si queremos vivir en plenitud, debemos alimentarnos con fe de su carne.

La insistencia en la expresión “carne”, en lugar de la expresión “cuerpo”, en el Evangelio según san Juan, se explica por la concepción realista de la Encarnación del Hijo de Dios y por lo tanto de la Eucaristía.

Si es verdad que la Palabra Eterna (cf. Jn 1,1) se encarnó en el hombre Jesús y «habitó entre nosotros» (Jn 1,14), viviendo una vida humana; si es verdad que verdaderamente el Hijo de Dios padeció, murió y resucitó para nuestra salvación. Entonces también es verdad y real la Eucaristía del Señor.

Comprendiendo así nuestra fe, la celebración eucarística no se trata de un símbolo desprovisto de realidad; no se trata solamente de un recuerdo o de una representación teatral; se trata de la realidad de la Eucaristía y de la realidad de la Encarnación.

Y porque la Eucaristía es real tiene la fuerza, tiene la virtud de comunicar Vida Eterna ya ahora y de ser semilla de la resurrección: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Precisamente porque la Eucaristía es real, porque es verdadera, el alimentarnos de esta «verdadera comida» y de esta «verdadera bebida» (cf. Jn 6, 55) otorga la potencialidad de la resurrección al creyente. En el fondo, en cada Eucaristía el Señor realiza el proceso misterioso de asimilar nuestro cuerpo mortal a su cuerpo glorioso, a su cuerpo resucitado. «¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!».

«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Para gustar y ver qué bueno es el Señor con nosotros en la Eucaristía, necesitamos la fe. La fe en Dios y en su Hijo, Jesucristo; esa fe por la cual “el hombre se confía libre y totalmente a Dios”[3]; esa fe por la cual creemos como niños y así nos abrimos al don que Dios nos quiere hacer en Cristo.

Y precisamente necesitamos renovar nuestra fe y nuestro asombro ante la Eucaristía, ante la celebración misma y ante el don eucarístico. Sin esa fe sincera ante el don de Dios en Cristo, puede ocurrirnos lo mismo que a los oyentes de Jesús: «Los judíos discutían entre sí diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne”» (Jn 6, 52).

Por un lado, el comentario y la resistencia de algunos de los judíos expresa un mal entendido. ¿Invita Jesús a la antropofagia, es decir, a comer simplemente carne humana? Ciertamente no. Jesús entrega como alimento salvador su carne y su sangre en la cruz. Y este alimento salvador se hace accesible a los creyentes en el cuerpo y sangre eucarísticos. El alimento eucarístico no es carne humana sin más, es ya “la carne de nuestro redentor Jesucristo, carne que padeció por nuestros pecados y que el Padre resucitó en su bondad.”[4]

Por ello, la resistencia de los oyentes en la sinagoga de Cafarnaúm también puede expresar la resistencia a creer en el Misterio Pascual de Jesucristo y en el misterio de la Encarnación. Por la Encarnación el Hijo de Dios toma la carne humana y la asume plena y verdaderamente. Por el Misterio Pascual esa carne humana es resucitada y glorificada, haciéndose así accesible en la Eucaristía.

Por eso, vale la pena que nos preguntemos con sinceridad: ¿Somos conscientes del gran don que Dios nos ha hecho en la Encarnación de su Hijo? ¿Creemos verdaderamente en la eficacia y fuerza salvadora de la Muerte y Resurrección de Jesucristo? ¿Creemos que esa fuerza salvadora puede tocarnos hoy a través de los sacramentos? ¿Creemos verdaderamente en la presencia real de Jesucristo en los dones eucarísticos? ¿Nos abrimos con fe al don de la Eucaristía? ¿Nos preparamos para recibirla y dejar que obre en nosotros? ¿La anhelamos con todo el corazón? «¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!».

«El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él»

Mater Eucharistiae - Madre de la Eucaristía.
Abrirnos con fe al don que nos hace Cristo en la Eucaristía, el don de su «carne para la vida del mundo», nos concede el inicio de la Vida eterna en nosotros y la esperanza de la resurrección. Y todo esto cimentado en la íntima comunión con Cristo Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56).

Precisamente la comunión con Cristo Jesús, la amistad con Cristo Jesús, amistad que se realiza en la Eucaristía y por la Eucaristía[5], es el fundamento para el inicio de la Vida eterna en nosotros y es el fundamento de nuestra esperanza en la resurrección. Por un lado, porque al alimentarnos del Señor vivimos por Él (cf. Jn 6, 57) que vive por el Padre; y por otro lado, porque aquel que ha sido acogido en la amistad de Jesús ya no nunca más estará solo, ni siquiera en el paso a través de la muerte hacia la nueva Vida. Su amistad nos sostiene y no permite que caigamos en el vacío y la nada.   

Así la comunión que Jesús nos ofrece en su Cuerpo y Sangre es en primer lugar un gran y hermoso don: «¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!» Y en segundo lugar es una tarea cotidiana: la tarea cotidiana de creer en Jesús y en su amor y abrirnos con fe a su don para recibirlo y vivirlo en el día a día hasta que lleguemos al banquete de la Vida eterna.

A María, Mater Eucharistiae - Madre de la Eucaristía, de quien el Hijo de Dios tomó carne para entregarla «para la Vida del mundo», le pedimos que nos eduque para que con un corazón creyente y esperanzado nos alimentemos de Jesucristo, Pan de Vida eterna, y así experimentemos ya en la tierra la alegría del cielo y la bondad del Señor. Amén.



[1] J. BLANK, El Evangelio según san Juan. Tomo 1a (Editorial Herder, Barcelona 1991), 406.
[2] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 16 de agosto de 2009 [en línea]. [fecha de consulta: 18 de agosto de 2018]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2009/documents/hf_ben-xvi_ang_20090816.html>
[3] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación, 5.
[4] Ignacio de Antioquía, citado por J. BLANK, El Evangelio según san Juan. Tomo 1a (Editorial Herder, Barcelona 1991), 410.  
[5] Cf. J. BLANK, El Evangelio según san Juan…, 412.

domingo, 5 de agosto de 2018

«Trabajen por el alimento que permanece hasta la Vida eterna»


Domingo 18° durante el año – Ciclo B

Jn 6, 24 – 35

«Trabajen por el alimento que permanece hasta la Vida eterna»

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra nos presenta lo que ocurrió luego de que Jesús alimentara a «unos cinco mil hombres» a partir de los «cinco panes de cebada y dos pescados» que un niño ofreció al Señor (cf. Jn 6, 1 – 15).

            Por eso, el relato evangélico de hoy (Jn 6, 24 – 35) inicia diciendo: «Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús» (Jn  6, 24).

            Si bien la multitud busca al Señor, “Jesús llama la atención sobre el hecho de que no han entendido la multiplicación de los panes como un «signo» -como era en realidad-, sino que todo su interés se centraba en lo referente al comer y saciarse (cf. Jn 6, 26). Entendían la salvación desde un punto de vista puramente material, el del bienestar general, y con ello rebajaban al hombre y, en realidad, excluían a Dios.”[1] ¿Cómo comprendemos nosotros la salvación? ¿Desde qué perspectiva comprendemos nuestra relación con Jesús y qué esperamos de ella? ¿Comprendemos a Jesús cuando nos dice «Yo soy el pan de Vida»?

«Trabajen por el alimento que permanece hasta la Vida eterna»

            Luego de que Jesús llama la atención de sus oyentes sobre las motivaciones que tienen para buscarlo con tanto esfuerzo, les señala en qué deben poner todas sus energías y fuerzas: «Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre.”» (Jn 6, 27). Vale la pena que meditemos con cuidado en este versículo.

            Por un lado Jesús nos exhorta a “trabajar” por el alimento que permanece hasta la Vida eterna, y por otro lado, nos dice que ese alimento nos será dado como don por Él mismo. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo es posible trabajar por algo que se nos da como don, como regalo?

            Por propia experiencia sabemos que alimentarnos física y espiritualmente implica trabajo. Los padres y madres trabajan para proporcionar alimento a sus hijos; los campesinos trabajan con esfuerzo la tierra para sacar de ella lo necesario para la subsistencia; los trabajadores hacen lo propio en sus labores esperando obtener una remuneración justa y digna con la cual alimentarse y alimentar a los suyos. Hay un esfuerzo concreto por el alimento. Así mismo, el alimentarnos espiritualmente con el estudio implica un serio y constante trabajo de lectura, investigación y reflexión.

            Jesús conoce y comprende este trabajo. Es por ello que nos invita a que así como ponemos en acción nuestras capacidades para obtener el alimento perecedero, pero necesario para nuestra vida temporal, pongamos el mismo empeño en obtener el alimento que proporciona Vida eterna, Vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).   

«La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que él ha enviado»

            ¿Cómo trabajar por este alimento «que permanece hasta la Vida eterna» y que nos será dado por Él mismo? ¿En qué consiste este “trabajo”? Es lo mismo que le preguntaron sus oyentes a Jesús: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Y el Señor responde: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que él ha enviado» (Jn 6, 29).

            La respuesta de Jesús es importante, ya que nos señala en qué consiste el “trabajo” que debemos realizar para recibir el alimento que permanece hasta la Vida eterna y que Él nos donará. Nuestro trabajo consiste en creer en Él, en mantener viva y despierta la fe en Él.

            Por lo tanto, si bien la fe es un don de Dios, también es una tarea que debemos realizar día a día. Así para el cristiano “la fe es ante todo adhesión personal del hombre a Dios”[2] y a su Hijo, Jesucristo.[3] Y este adherirse personalmente a Jesús es la tarea que debemos realizar día a día.

            Adherirnos a Él, entregarnos a Él con nuestro intelecto, nuestra voluntad y nuestros sentimientos. En una palabra con todo nuestro ser, con todo nuestro corazón. Y esta tarea la realizamos por medio de la lectura del Evangelio, la oración personal y en común, la celebración de los sacramentos, la formación en la doctrina de la Iglesia y el servicio a los hermanos. ¿Vivimos nuestra vida de fe como una hermosa y gozosa tarea cotidiana? ¿O más bien experimentamos nuestra vida de fe como conjunto de costumbres y obligaciones? ¿Ponemos nuestras capacidades y nuestro tiempo al servicio del crecimiento de nuestra fe? ¿Somos conscientes de que cultivar nuestra fe es cultivar nuestra amistad con Jesús y así alimentarnos de su vida y de su amor?

            A veces queremos saciarnos rápidamente con los frutos de la fe pero no la cultivamos ni cuidamos. Queremos que el Señor responda a nuestros pedidos, nos conceda su gracia, que escuche nuestra oración; pero no perseveramos en la “obra de Dios”, en el creer en Aquel que Él envió. Queremos recibir las gracias y dones de Jesús pero no nos esforzamos lo suficiente por entrar en una relación personal con Él, por buscarlo y encontrarlo, o al menos, por dejarnos encontrar por Él.[4]      

«Yo soy el pan de Vida»

           
Milagro de los panes y los peces.
Giovanni Lanfranco. Óleo sobre tela, 1620 - 1623.
Galería Nacional de Irlanda. Wikimedia Commons.
Solamente conociendo a Jesús, encontrándonos con Él y entrando en una relación personal con Él, recibiremos el alimento que Él nos promete y comprenderemos lo que nos dice en el evangelio de hoy: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed» (Jn 6, 35).

            Lo que sacia nuestra hambre y sed de sentido para nuestra vida es la amistad con Jesús. Desde esa relación todo en nuestra vida adquiere sentido y un nuevo significado. Con Él las alegrías son signo del amor providente de Dios y las tristezas y dolores son camino de maduración, liberación y santificación.

            Jesús es el pan de Vida que nos alimenta con su Evangelio y con su Cuerpo Eucarístico. Alimentados de esta forma crecemos, nos desarrollamos y maduramos como cristianos y como personas humanas. Saciados por la amistad con Jesús los bienes temporales adquieren su verdadero lugar y valor en nuestra vida: nos damos cuenta de que son medios que sostienen nuestra vida presente en el camino hacia la Vida eterna.

            También nosotros queremos hacer nuestra la súplica: «Señor, danos siempre de ese pan», y llenos de fe escuchar en nuestro corazón la hermosa respuesta de Jesús: «Yo soy el pan de Vida».

            Por eso, con María, Mater fidei – Madre de la fe, le decimos a Jesús:
            “Eres pan de los hijos de Dios,
            vino del que nacen almas virginales,
            alimento que reverencian los mártires,
            [y] manantial para alegres heraldos de la Redención.”[5] Amén.



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago – Chile, 32007), 315.
[2] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 150.
[3] Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 151.
[4] Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 3: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. (…) Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos.”
[5] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, estrofa 134.

domingo, 15 de julio de 2018

«El Señor promete la paz para su pueblo»


Domingo 15° durante el año – Ciclo B

Mc 6, 7 – 13

«El Señor promete la paz para su pueblo»

Queridos hermanos y hermanas:

            En este domingo el Evangelio nos presenta el envío de los Doce a la misión (Mc 6, 7- 13). ¡Qué providencial terminar –por este año- las Misiones Familiares Schoenstattianas en Villa Oliva con este texto!

            De alguna manera el Evangelio nos ayuda a recoger las experiencias de estos días, a evaluarlas según los criterios de Jesús y a proyectar la misión en nuestra vida cotidiana.

«Jesús llamó a los Doce»

            Los primeros versículos del texto evangélico de hoy nos recuerdan que toda misión tiene su origen en el corazón de Jesús. Él es quien llama y envía. No estamos aquí por propia iniciativa; no estamos aquí por nosotros mismos, por nuestra propia voluntad o idea.

            El misionero es en primer lugar alguien que ha sido llamado. Alguien que en su vida y en su corazón escuchó la llamada, la voz de Jesús. Y reconociendo esa voz, escuchándola y obedeciéndola, se puso a disposición del Señor. Como dice el profeta Isaías: «Yo oí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?”. Yo respondí: “¡Aquí estoy: envíame!”.» (Is 6, 8).

            En realidad, todo cristiano, todo bautizado, es llamado por el Señor. No sólo el misionero, el diácono, el sacerdote o la religiosa. Todos somos llamados por Jesús de forma única, original y personal. Cada uno de nosotros es elegido y llamado. Está en nosotros creer en esa elección y en ese llamado.

            Y como el llamado del Señor es único y personal para cada uno, espera también una respuesta única y personal. Cada uno de nosotros debe responder al Señor, nadie puede hacerlo por nosotros. Y si no respondemos al Señor, una misión, una vocación quedará sin ser realizada.

            Jesús sigue llamando hoy: llama en su Evangelio; llama en las necesidades de nuestra comunidad y de nuestros hermanos; llama  en los anhelos que llevamos en el corazón; llama en nuestro deseo de hacer algo bueno por los demás. ¿Estamos dispuestos a escuchar el llamado de Jesús? ¿Estamos dispuestos a responderle: «Aquí estoy: envíame»?

«El Señor promete la paz para su pueblo»

            Cuando el Señor nos elige y nos llama es para enviarnos a anunciar su palabra a su pueblo. Es lo que vivió el profeta Amós: «El Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: “Ve a profetizar a mi pueblo Israel”» (Am 7, 15).

            Y esta es también la experiencia de muchos misioneros, de muchos cristianos –hombres y mujeres-: Jesús los llama –de diversas maneras- y los saca «de detrás del rebaño», los saca de sus ocupaciones habituales, de sus casas y labores cotidianas, de sus ambientes, y los envía hacia nuevos horizontes para hablar a su pueblo.

            El Señor nos toma por sorpresa, nos sorprende con su elección y envío. Y cuando le decimos que sí de corazón, nos sorprende con lo que puede hacer con nosotros si nos ponemos en sus manos como instrumentos.

            ¿Y cuál es el anuncio que Jesús quiere que como instrumentos comuniquemos a su pueblo tan sediento de sus palabras y tan necesitado de su amor?

            El salmista nos responde: «Voy a proclamar lo que dice el Señor: el Señor promete la paz, la paz para su pueblo y sus amigos, y para los que se convierten de corazón.» (Salmo 84 [85], 9).

            Eso significa que con nuestras palabras y gestos tenemos la capacidad de transmitir la paz que viene del Resucitado, podemos ser anunciadores y constructores de paz y así participar de la promesa de Jesús contenida en las Bienaventuranzas: «Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9).

            Y así, siendo anunciadores y constructores de paz y amistad social nos identificaremos como discípulos y misioneros de Jesús. “No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie”[1] sino que incluye a todos. “Requiere de una gran amplitud de mente y de corazón. (…) Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza.”[2]

            ¿Estoy dispuesto a ser, con Jesús, misionero de paz en el día a día?

«Los envió de dos en dos»

            Finalmente, el anuncio del mensaje de Jesús se realiza no sólo con palabras, gestos y acciones. Este anuncio se realiza también en el modo en cómo lo hacemos, en el estilo de nuestro anuncio, de nuestra misión. Por eso Jesús envía a los suyos de dos en dos (cf. Mc 6, 7).

           
Imágenes de la Virgen Peregrina de la Campaña del Rosario
del Movimiento Apostólico de Schoenstatt.
Misiones Familiares Schoenstattianas, Villa Oliva, Ñeembucú. Julio 2018.
Foto de Joha Goodacre.
Jesús envía en comunidad, en familia, en Iglesia, porque la comunidad desafía nuestros egoísmos e impaciencias; la comunidad exige amor concreto y educa nuestra capacidad de perdón y ternura; la comunidad nos permite desarrollarnos, crecer y poner nuestras capacidades al servicio de los demás. Por todo ello, la comunidad misionera es testimonio vivo de la verdad del Evangelio. Si podemos vivir juntos; si podemos perdonarnos los unos a los otros; si podemos amar y servir juntos a los demás, entonces el Evangelio es verdad. Entonces, verdaderamente el Espíritu Santo nos ha marcado con su sello (cf. Ef 1, 13) y está en nuestros corazones y obra a través de nosotros.

            Jesús nos llama a cada uno de nosotros; nos envía para anuncia su paz a nuestros hermanos y nos hace comunidad familiar en su Iglesia. En esto consiste la alegría de la misión, la alegría del Evangelio. ¡Vivámosla y compartámosla!

            A María, Madre de los discípulos misioneros, le pedimos que nos siga animando y educando para vivir como misioneros de paz en el día a día allí donde el Señor Jesús nos envíe. Amén.


[1] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 89.
[2] Ibídem

sábado, 7 de julio de 2018

«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos»


Domingo 14° durante el año – Ciclo B

Mc 6, 1 -  6a

«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos»

Queridos hermanos y hermanas:

            En el Evangelio de hoy (Mc 6, 1 – 6a), vemos que «Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos»; además, se nos dice que «cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?”» (Mc 6, 1 – 2).

«La multitud que lo escuchaba estaba asombrada»

            En un primer momento podría parecer que la visita de Jesús a su pueblo de origen fuera exitosa. Podemos imaginar la escena: Jesús vuelve a su pueblo, a la casa donde fue criado y creció, a los vecinos y conocidos que lo vieron desarrollarse y con los cuales ha compartido muchos momentos de la vida cotidiana.

            Llegado el día del culto judío, el sábado, entra a la sinagoga, y ante los suyos comienza a enseñar. Al comienzo, los que lo escuchan se asombran y se preguntan: «¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?» (Mc 6, 2).

            Sus oyentes lo escuchan con gusto y se maravillan ante su sabiduría y ante los signos milagrosos que realiza. Sin embargo, muy pronto el asombro y aprobación iniciales dan paso a cierta desconfianza, al punto que llegan a decir: «¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» (Mc 6, 3).

            En lugar de que las palabras de Jesús y los signos que Él realiza susciten la fe de sus oyentes, suscitan en cambio desconfianza. ¿A qué se debe esto? Da la impresión de que los contemporáneos de Jesús no pueden comprender que alguien que ellos creen conocer muy bien, tenga la capacidad para transmitir con palabras y hechos la sabiduría de Dios.

«¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?»

            Es importante señalar el hecho de que los contemporáneos de Jesús creen conocerlo bien, creen conocer su origen. De hecho es lo que expresa la pregunta: «¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón?». Para los que lo rodean “se sabe muy bien quién es Jesús y de dónde viene: es uno más entre los otros. Es uno como nosotros. (…) La normalidad de Jesús, el trabajador de provincia, no parece tener misterio alguno. Su proveniencia lo muestra como uno igual a todos los demás.”[1]

            Este considerar a Jesús como uno igual que nosotros, nacido entre nosotros, criado junto a nosotros y formado como nosotros, parece ser que produce cierta envidia entre sus conocidos y coterráneos. Pareciera ser que el razonamiento envidioso se expresara de la siguiente manera: “¿Cómo es posible que alguien como yo, formado en mi mismo ambiente, se presente ahora con semejante sabiduría y realizando tales signos? ¿Cómo es posible que Dios se manifieste a través de él y no a través mío?”.

            Esta envidia finalmente hace que el corazón se cierre al mensaje que Dios quiere entregar a través de Jesús. Así, por un lado, Jesús experimenta en su propia vida la suerte de los profetas de Israel: «Yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí» (Ez 2, 3); y, por otro lado, sus oyentes consideran a Jesús «un motivo de escándalo» (Mc 6, 3); es decir, de tropiezo.

            Pues cuando nos cerramos a la voz de Dios que nos llega por medio de Jesús y por medio de tantos pequeños profetas que Dios suscita alrededor nuestro, desobedecemos a Dios y nos apartamos de sus caminos y así andamos errantes por la vida.

«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos»

            Los coterráneos de Jesús creen conocerlo muy bien, y por lo tanto creen tener la capacidad de negar que Dios pueda actuar a través de Él. ¿No nos sucede lo mismo a nosotros? Tal vez no neguemos que Dios sigue actuando hoy a través de Jesús Resucitado, pero cuántas veces negamos que Jesús Resucitado se manifiesta a través de nuestros hermanos.

            Muchas veces, por envidia u orgullo no somos capaces de descubrir en los que nos rodean una palabra de Dios que se nos dirige a nosotros. Puede que al principio admiremos el trabajo, el apostolado o las capacidades de una persona cercana, pero luego, la envidia o el orgullo hace que rápidamente nos cerremos ante esa persona y ante el mensaje que Dios quiere entregarnos a través de ella.

           
Cristo Pantocrátor. Mosaico de la Deisis.
Santa Sofía, Estambul, Turquía. Siglo XIII.
Wikimiedia Commons.
En lugar de reconocer el bien que hacen nuestros hermanos, nos fijamos en sus errores, en sus incoherencias e inconsistencias, tratando así de desacreditar esa profecía que Dios quiere dirigirnos en la vida diaria. Por eso es bueno escuchar lo que nos dice el Papa Francisco sobre los santos y tratar de aplicarlo a aquellos que nos rodean: “Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. (…) Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona.”[2]

            Animándonos a mirar a nuestros hermanos a la luz de Jesús, lo descubriremos a Él dirigiéndonos su palabra e invitándonos a seguirlo en el camino de una vida de fe y servicio. Entonces reconoceremos que hay un Profeta en medio de nosotros, el mismo Jesucristo que sigue hablándonos a través de su Evangelio y a través de la vida de nuestros hermanos.

            Y con esa mirada de fe comprenderemos el verdadero origen de Jesús y de su sabiduría y poder salvador: su íntima relación como Hijo Unigénito con el Padre. Y con esa misma mirada de fe nos abriremos a la posibilidad de que cada persona, cada hermano nuestro, tenga, en Cristo, una íntima relación con el Padre.


            A María, Madre de Jesús y Madre de los discípulos, le pedimos nos conceda un corazón manso y humilde para poder reconocer la profecía de Cristo presente en las palabras y acciones de nuestros hermanos, y así el asombro ante las buenas obras de los demás nos lleve a profundizar nuestra fe y compromiso cristianos. Amén.




[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús (Planeta, Buenos Aires 2012), 11.
[2] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 22.