La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 8 de agosto de 2021

«El que cree tiene Vida eterna»

 

Domingo 19° durante el año – Ciclo B - 2021

Jn 6, 41 – 51

«El que cree tiene Vida eterna»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Continuamos leyendo el Capítulo VI del Evangelio según san Juan, conocido como “el discurso del Pan de Vida”. La Liturgia de nuestra fe nos propone meditar durante varios domingos a partir de este texto evangélico, y ello se debe a que necesitamos profundizar en sus palabras para comprender plenamente a Jesús cuando dice: «Yo soy el pan de Vida» (Jn 6, 48).

«Yo soy el pan bajado del cielo»

            Al inicio de la perícopa evangélica leemos que «los judíos murmuraban de Jesús» (Jn 6, 41), es decir, hablaban entre sí con desconfianza y a escondidas. ¿Por qué lo hacen? Porque están sorprendidos por lo que acaba de declarar Jesús: «Yo soy el pan bajado del cielo» (Jn 6, 41).

La desconfiada sorpresa de los judíos expresa en realidad su incredulidad ante la pretensión de Jesús de remontar su proveniencia a Dios mismo. ¿Cómo puede Jesús decir que Él ha bajado del «cielo»? Nos encontramos aquí ante “la pregunta por el origen de Jesús, como interrogante acerca de su origen más íntimo, y por tanto sobre su verdadera naturaleza.”[1]

             La desconfianza de los judíos se debe a que ellos han comprendido muy bien el alcance de las palabras de Jesús. Que el Señor declare que Él es «el pan bajado del Cielo», significa que el origen último de Jesús, su proveniencia interior está enraizada en el Padre. El verdadero e íntimo origen de Jesús no está en José –su padre en la tierra-, sino en el Padre, en Dios.

            Jesús es el enviado de Dios y el enviado por Dios; es decir, él pertenece completamente al Padre y por lo tanto testimonia esta pertenencia con su obediencia filial a Él.

            Sin embargo los judíos no creen en esto e insisten: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: “Yo he bajado del cielo”?» (Jn 6, 42).  Como los judíos pretenden conocer el origen de Jesús, murmuran, y con ello se hacen sordos a las palabras de Jesús ya que se escuchan solamente a sí mismos, a sus propias ideas, a sus propios preconceptos y prejuicios.

            Mirándolos a ellos, vale la pena que nos preguntemos a nosotros mismos: ¿murmuramos o creemos? ¿Murmuramos o escuchamos con apertura y fe las palabras de Jesús?

«El que cree tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida»

            A pesar de la incredulidad de los judíos, Jesús da un paso más en su auto-revelación en este discurso del pan de Vida. Él mismo declara: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 44).

            La primera prueba de que Jesús es el enviado del Padre consiste en que hay un anhelo, una inquietud interior en cada uno de nosotros. Un anhelo que nos impulsa hacia Él; una inquietud que nos mueve a buscarlo. Anhelo e inquietud que el mismo Padre ha puesto en nuestros corazones. Anhelo que se saciará, e inquietud que se serenará, cuando nos hayamos encontrado verdaderamente con Jesús.

            Como bellamente lo expresa san Agustín: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”[2]

            Prestemos atención a ese anhelo de nuestro corazón, estemos atentos a esa inquietud interior y no tratemos de huir de ella. Es el mismo Padre del Cielo que nos atrae hacia Jesús.

            La segunda prueba de que Jesús es el enviado del Padre es su promesa de resucitarnos: «Yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 44). Sólo quien tiene una íntima comunión con el Padre puede prometer la resurrección, la vida plena, la Vida eterna. Por esta razón Jesús puede decir: «El que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida» (Jn 6, 47 – 48).

            Creer auténtica y verdaderamente en Jesús es ya el inicio de la Vida eterna en nosotros. En este sentido es interesante que el texto se exprese en tiempo presente, «el que cree, tiene Vida eterna», la tiene ahora, no en un futuro indeterminado. El que cree que Jesús proviene de Dios; el que cree en Jesús, tiene ya en sí la Vida eterna, la Vida plena.

            Y el creyente posee este don porque la fe es relación y comunión con Cristo Jesús es “ser con Cristo”[3]. Y esa relación, esa “feliz amistad”[4], es la que ya ahora nos da Vida eterna. Esa relación es Vida plena y verdadera.

            De hecho, en otro pasaje evangélico, Jesús nos explica en qué consiste la Vida eterna: «Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3).

            Y a partir de este versículo evangélico, dice Benedicto XVI: “La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida eterna es relación con quien es fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces “vivimos”.”[5]            

«El pan que yo daré es mi carne»

           


¿Cómo accedemos a esta Vida? ¿Dónde la encontramos? En la humanidad del Hijo de Dios, en la humanidad del Enviado del Padre, en la carne de Jesús de Nazaret. Esa carne crucificada y resucitada. Esa carne humillada y glorificada, presente para nosotros en la Eucaristía y en el Evangelio.

            ¿Creemos verdaderamente en la presencia del Señor en su Palabra y en su Eucaristía o murmuramos distraídamente en cada Misa?

            Es como si el Señor nos dijese hoy: “Yo soy el pan de Vida en la Eucaristía”. ¿Creemos verdaderamente esto? ¿Cómo tratamos la Eucaristía? ¿Cómo celebramos y vivimos la Eucaristía? ¿Cómo me preparo para la Eucaristía?

            “Yo soy el pan de Vida en la Palabra”. ¿Creemos esto? ¿Cómo trato la Palabra de Dios? ¿La leo con fe y reverencia? ¿La escucho y medito? ¿Me nutro de ella? ¿La comparto?

              Como discípulos de Jesús queremos aprender a creer verdaderamente en Jesús; queremos aprender a abrir nuestros corazones a su palabra y a su vida. Queremos aprender a alimentarnos y nutrirnos del «pan bajado del cielo» que se nos ofrece en cada Eucaristía, de modo que ya desde ahora vivamos la Vida eterna, vivamos en relación con Jesús.

            Por ello, a Santa María, Madre de Dios y Madre de los discípulos, le pedimos que nos enseñe a creer, que nos enseñe a entrar en una auténtica relación con su Hijo, pan de Vida, y que a lo largo de nuestra vida Ella camine con nosotros hasta la prometida resurrección del último día (cf. Jn 6, 44). Amén.



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La Infancia de Jesús (Editorial Planeta, Buenos Aires 2012), 10.

[2] SAN AGUSTÍN, Las Confesiones, Libro Primero, Capítulo Primero, 1.

[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 13.

[4] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 8.

[5] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 27.

lunes, 28 de junio de 2021

«Dios no se complace en la perdición de los vivientes»

 

Domingo 13° del tiempo durante el año – Ciclo B – 2021

Sab 1, 13-15; 2, 23-24

Mc 5, 21-43

«Dios no se complace en la perdición de los vivientes»

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos escuchado textos muy hermosos en la Liturgia de la Palabra hoy. Y no quisiera dejar de insistir en lo que nos dice la primera lectura, tomada del Libro de la Sabiduría: «Dios no se complace en la perdición de los vivientes» (Sab 1, 13). Ojalá grabemos esta frase, esta palabra, en nuestra mente y sobre todo en nuestro corazón.

«Dios no se complace, no se alegra en la perdición de los vivientes». La palabra que hemos recibido hoy, no solo debemos guardarla en el corazón, sino que debemos aplicarla a nosotros mismos. La Escritura se refiera a nosotros; nosotros somos esos vivientes de los cuales Dios se preocupa y se ocupa.

«Dios no se complace en la perdición de los vivientes»

Qué hermoso que la Liturgia de la Palabra hoy nos traiga este texto. Dios creó a cada persona humana, nos hizo a su imagen y semejanza (cf. Sab 2, 23), hemos salido de sus manos y de su corazón.

Así, el Dios creador es un Dios que ama, valora y cuida todo lo que ha creado; y por ello, tenemos la certeza de que la creación no es fruto del azar. Ninguno de nosotros es fruto de la casualidad, ninguno de nosotros está en la vida simplemente porque sí. Cada uno de nosotros ha sido pensado desde la eternidad. La creación es fruto de la voluntad de Dios, de su voluntad positiva de llamar a la existencia a toda la realidad, y sobre todo, de llamar a la vida al hombre -varón y mujer- hecho a su imagen (cf. Sab 2, 23).

Cuando domingo a domingo renovamos nuestra fe en el Credo y decimos: “Creo en Dios, Padre todopoderoso. Creador del cielo y la tierra”; también estamos renovando la fe, la confianza, en que cada uno de nosotros ha sido creado por Dios, ha sido querido por Dios,  ha sido pensado por Dios.

El Libro de la Sabiduría nos dice que toda la creación es saludable (cf. Sab 1, 14), que la realidad humana en sí es buena, lo cual nos recuerda también el libro del Génesis donde se nos dice que luego de cada uno de los días de la creación, vio Dios todo lo que había hecho y vio que era muy bueno (cf. Gn 1, 31).

Por lo tanto, digámoslo claramente, cuánto bien le hace a nuestra autoestima el renovar la conciencia de haber sido creados por Dios, de haber sido pensados y queridos por Él, cada uno de nosotros puede decir en su corazón: “Yo he sido creado por Dios, soy amado por Dios en mi originalidad y lo que Él ha hecho en mí es bueno.”

Estamos llamados a creer en nuestra propia bondad porque Dios cree en lo bueno que hay en cada uno de nosotros. A veces, somos nosotros mismos los que no creemos en nuestra bondad y nos fijamos demasiado en nuestro egoísmo, en nuestro pecado. Eso está presente, es cierto. La envidia hace también su entrada en esta creación que es fundamentalmente buena (cf. Sab 2, 24). Pero no queremos quedarnos pegados en nuestros defectos y pecados, sino que queremos volver a escuchar con un corazón abierto la buena noticia de que Dios nos ha creado, de que Dios nos ama y Él ha puesto algo bueno en cada uno de nuestros corazones.

«Con sólo tocar su manto quedaré sanada»

Él es el Dios creador, el Dios que ama, el Dios que cuida todo lo creado. Y este Dios que ama y cuida toda vida que ha creado se manifiesta en Jesús, su Hijo, nuestro hermano, nuestro amigo, nuestro Señor.

Es lo que vemos en el evangelio de hoy (Mc 5, 21 – 43). En Jesús se manifiesta este Dios que ama y cuida toda vida. El texto evangélico de hoy es un texto hermoso, es un texto relativamente largo y con mucha riqueza.

Contiene el relato de dos encuentros. Porque empieza con el relato del pedido de Jairo en favor de su hija, pero entre medio aparece también el encuentro entre Jesús y la mujer que padecía hemorragias. En estos dos encuentros el texto nos presenta por un  lado a Jesús, que manifiesta la presencia del amor de Dios; y por otro lado la vida humana que es buena, pero débil y frágil.

Curación de la hemorroísa
Roma, Catacumbas de Marcelino y Pedro
Siglo IV
Wikimedia Commons
Quisiera que nos detengamos especialmente en el encuentro entre Jesús y la hemorroisa (cf. Mc 5, 25 - 34), como la llaman algunos comentaristas bíblicos. Esta mujer tiene mucho para enseñarnos.

Según el evangelio, Jesús estaba rodeado por una multitud. Eran tantos los que lo necesitaban, los que lo buscaban. Eran tantos aquellos que pedían alguna sanación, alguna bendición, algún consuelo.  

Además, el texto nos dice que esta mujer oyó hablar de Jesús. Y porque oyó, creyó. Y porque creyó,  ella buscó a Jesús. Y porque lo buscó y encontró, lo tocó. Me parece que hay aquí un proceso que nosotros también tenemos que realizar. Es el proceso de la fe, es el proceso del encuentro con Jesús. Nosotros también escuchamos sobre Jesús, pero tenemos que hacer como esta mujer. Aquello que escuchamos, tenemos que animarnos a creerlo. Por ello, la fe es audacia. Porque la fe nos mueve a confiar y a creer más allá de nuestros miedos, más allá de nuestros temores.

En esta mujer vemos que la fe no es pasiva, sino activa, porque está constantemente buscando ese encuentro con Jesús, anhelando ese encuentro, y, cuando de alguna forma percibe que el Señor está cerca,  la fe nos anima a tocarlo y a dejarnos tocar por Él.

La mujer del evangelio lo toca, pero claramente -y esto es lo que más llama mi atención- no se trata de un contacto meramente exterior, sino que, de alguna forma, ese contacto exterior es un tocar interior. La mujer toca a Jesús no solamente con sus manos, sino sobre todo con su corazón, con su vida, con su fragilidad. Y porque ella toca al Señor con su corazón, ella permite que Jesús la toque. Y cuando se da ese contacto, ese encuentro, se produce en ella la sanación, la transformación. De eso se trata nuestra vida: de animarnos a buscar a Jesús, de animarnos a tocarlo a Él con el corazón y dejar qué Él toque nuestro interior.

¿Dónde podemos tocar a Jesús y dejar que Él nos toque a nosotros? En la celebración de los sacramentos. Si vivimos con sinceridad y con fe los sacramentos, podemos dejar que Él nos toque interiormente, que Él toque nuestra vida, que Él toque nuestra fragilidad.

Debemos notar también que la mujer del evangelio no escondió su miseria y su desvalimiento ante Jesús. El texto dice que hace doce años sufría de hemorragias. Esta mujer es muy consciente de eso, sabe que está necesitada; y porque está necesitaba se acerca Jesús, y porque le muestra a Jesús esa necesidad, ella comienza a ser sanada. También nosotros necesitamos mostrarle a Jesús nuestra fragilidad y nuestro desvalimiento.

También nosotros necesitamos mostrarle nuestra pequeñez a Jesús. Dejar que el toque nuestra pequeñez, porque Él siempre toca nuestra fragilidad con respeto y con ternura.

El Papa Francisco, cuando nos habla de San José, en su carta Patris Corde, nos dice: “Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realiza a través y a pesar de nuestra debilidad. (…) Debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con inmensa ternura. (…) La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros.”[1]

“La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros”. Todos tenemos fragilidades, todos tenemos heridas en nuestra historia de vida, en nuestro corazón, todos tenemos dolores por los pecados cometidos. Por ello todos necesitamos aprender a tratarnos a nosotros mismos y a los demás con ternura.

Porque ternura significa respeto y cuidado frente a nuestra fragilidad y la de los demás. El Señor Jesús tiene esa ternura y ese respeto. Él sabe como tocar y acoger nuestra fragilidad. Y eso lo vemos también en el evangelio que hemos escuchado. Hagamos una referencia al otro encuentro, al encuentro entre Jesús y Jairo. En determinado momento le avisan a Jairo que su hija ha muerto. La gente se reúne para hacer el duelo, pero les falta precisamente esa ternura, esa delicadeza.

Y a pesar de esta falta de delicadeza, de ternura, de las personas hacia Jairo, Jesús le dice: «No temas, basta que creas» (Mc 5, 36). Jesús no hace caso a los gritos, a los llantos, a las dudas  y burlas. Él se acerca con los padres y sus discípulos a esa niña frágil y le devuelve la vida. Esto nos enseña que no tenemos que prestar atención a las burlas, a los prejuicios y a la recriminación; sino que debemos escuchar esa voz de Jesús que nos dice: “No temas, basta que creas en mí, que creas en mi amor, que creas que yo estoy contigo.”

«Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad»

No sabemos qué sucedió después con la mujer hemorroisa del evangelio. El texto no nos dice cómo siguió su vida. Pero creo que es lícito pensar que luego de este encuentro con Jesús su vida fue transformada y cambiada. No volvió a la cotidianeidad de la misma manera. Ella volvió llena de paz y capacitada para transmitir esa paz que proviene de Jesús.

Algo similar puede ocurrir con nosotros. Cuando dejamos descansar en el corazón de Jesús nuestra pequeñez y fragilidad, podemos estar serenos y podemos sumarnos a Él para regalar esa paz, esa ternura, a los que nos rodean. En el fondo, se trata de la dinámica de la Alianza de Amor con María.

Ella, al igual que Jesús, o más bien con Jesús, nos da cobijamiento en su corazón y acoge toda nuestra historia de vida; y así, nos transforma, o más bien nos va transformando y nos va sanando, para enviarnos a compartir eso que hemos recibido: el envío y la fecundidad apostólica.

 ¿Y cuál es el envío que hoy nos hace Jesús? Nos envía también a tratar con ternura a los demás, así como hemos sido tratados con ternura por Jesús con María. Nuestra misión es tratar con ternura a las personas que nos rodean, especialmente a los tristes, a los necesitados, a los enfermos, incluso a aquellas personas que a veces se nos hacen muy difíciles en el trato cotidiano. Allí hay una oportunidad de ser tiernos, de practicar la ternura, es decir, de ser respetuosos y delicados como Jesús lo ha sido y lo es con nosotros.

A María de la Alianza, la Madre de la ternura, le pedimos que Ella nos eduque a semejanza de su Hijo y que también nos enseñe a tratar con ternura nuestra propia fragilidad, para tratar con la ternura de Dios, la fragilidad de los demás. Que así sea. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.P.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

27 de junio de 2021



[1] PAPA FRANCISCO, Patris Corde, 2.

domingo, 6 de junio de 2021

Admirable Sacramento - Corpus Christi 2021

 

El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo B – 2021

Admirable Sacramento

Mc 14, 12 – 16. 22 – 26

Queridos hermanos y hermanas:

            Celebramos hoy la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, una celebración que pone en el centro de nuestra vida, de nuestra experiencia  y de nuestra reflexión de fe el “sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía [que] es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre.”[1]

            Lo hacemos en el contexto eclesial del Año de la Eucaristía en el Paraguay, y en el contexto exigente de la situación sanitaria provocada por la pandemia de COVID-19.

            Por ello, con más fuerza queremos centrar nuestra mirada y nuestro corazón en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, porque “en el Sacramento Eucarístico Jesús sigue amándonos «hasta el extremo», hasta el don de su cuerpo y de su sangre.”[2]

Y si así somos amados, «hasta el extremo» (Jn 13, 1) y de forma incondicional, entonces somos redimidos, pues “si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es «redimido», suceda lo que suceda en su caso particular.”[3]

Admirable sacramento

            La oración colecta de la Misa del día de hoy nos dice que la Eucaristía es un “admirable sacramento”[4], ya que el mismo es memorial de la Pasión salvadora de Jesús y actualización de la misma para nosotros.

            Esta Pasión salvadora se trata de un verdadero sacrificio de comunión (cf. Ex 24, 5). Jesús está dispuesto a darse por nosotros para entrar en comunión con nosotros. Se da a sí mismo para que consumiéndolo nos alimentemos de Él, y  así seamos transformados por el don que recibimos.

            En esto consiste la comunión eucarística: reconocer el sacrificio de amor que Jesús ha hecho por nosotros; venerarlo, admirarlo; y, recibiéndolo, dejarnos transformar por Él, para que nuestra propia vida se transforme en comunión con Dios y con los demás.

            Verdaderamente se trata de una Alianza, una Alianza de Amor; Alianza nueva y eterna. Nada puede romperla de parte del Señor, de nuestra parte, estamos llamados a renovarla cada día, con la actitud que expresa el salmista al decir: «Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo» (Salmo 115, 14).

«Obteniéndonos una redención eterna»

            Por su sacrificio de comunión, por su sacrificio de amor, Jesús nos redime, es decir, nos libera “del pecado, de la tristeza, del vació interior, del aislamiento”[5] y de la muerte eterna.

            Digámoslo con toda claridad: “el hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de «redención» que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es «redimido», suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha «redimido». Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana «causa primera» del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí» (Ga 2,20).”[6]

            Esta redención, esta liberación, Jesucristo la realizó en su entrega en la cruz y en su resurrección. Y en cada Eucaristía se hace presente para nosotros esa gracia, ese amor, esa redención. Por ello, se trata de un admirable sacramento, por ello, se trata de un sacramento de la caridad.

            Recibir esta redención consiste en dejarnos redimir por el Señor; dejar que su amor hasta el extremo nos libere de nuestros pecados y egoísmos, que Él sane nuestras heridas  y carencias; y así nos dé un nuevo horizonte de sentido. Con ello incluso la enfermedad y la muerte son transformadas; porque al unirlas a la Eucaristía de Jesús, a la entrega de Jesús, la enfermedad y la muerte pueden encontrar un sentido de entrega por amor. Enfermedad y muerte adquieren sentido al unirlas a la cruz del Señor, y así adquieren un valor redentor en Cristo Resucitado.    

«Jesús tomó el pan»

            En cada Misa Jesús realiza la obra de redención, en cada Misa Jesús realiza lo que nos relata el Evangelio según san Marcos: «Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos» (Mc 14, 22).

            En cada Misa se actualiza, se hace presente para nosotros, su entrega de amor: «Tomen, esto es mi cuerpo»; «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos» (Mc 14, 22. 24). Y cada Misa, verdaderamente Él bebe con nosotros el «vino nuevo en el Reino de Dios» (Mc 14, 25).

            Y así,  alimentados con su Cuerpo y su Sangre, sabemos que no estamos solos, ni en la alegría, ni en la tristeza; ni en la salud, ni en la enfermedad; ni en la vida, ni en la muerte. No estamos solos; Él está “enteramente con su ser en el santuario del corazón, así como reina en el Cielo y habita glorioso junto al Padre”.[7]

            Con ello tomamos conciencia de que “la verdadera alegría está en reconocer que el Señor se queda entre nosotros, compañero fiel de nuestro camino.”[8].

           

Corpus Christi -2021
Iglesia Santa María de la Trinidad
Y esa alegría es certeza de fe que nos sostiene, nos anima y nos permite seguir caminando en el día a día. Caminar como redimidos, con la certeza de que somos amados, y con la misión de comunicar ese amor a todos los hombres y mujeres de este tiempo. A todos el Señor nos dice: «Tomen, esto es mi cuerpo»; «esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos».

            Con María, Mujer eucarística, volvemos suplicarle hoy al Señor Jesús: “concédenos venerar de tal  manera los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que podamos experimentar siempre en nosotros los frutos de tu redención.” Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.P.

Rector del Santuario Tupãrenda- Schoenstatt



[1] BENEDICTO XVI, Sacramentum Caritatis, 1.

[2] Ibídem

[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 26.

[4] MISAL ROMANO, El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Solemnidad, Oración colecta.

[5] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1.

[6] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 26.

[7] J. KENTENICH, Hacia el Padre, 143.

[8] BENEDICTO XVI, Sacramentum Caritatis, 97.

domingo, 2 de mayo de 2021

«Yo soy la vid, ustedes los sarmientos»

Domingo 5° de Pascua – Ciclo B – 2021

Jn 15, 1 – 8

«Yo soy la vid, ustedes los sarmientos»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra nos ofrece hoy el texto evangélico tomado de Juan 15, 1 – 8. Claramente la imagen que domina esta perícopa evangélica es la de la vid y todo el conjunto de palabras y realidades que con ella están relacionadas. Junto a la vid encontramos al viñador, los sarmientos y los frutos.

            Una vez más Jesús utiliza imágenes del ámbito de la naturaleza y de la agricultura para introducirnos en la realidad del Reino de los Cielos y sus dinámicas.

            Ante tal imagen y ante tal conjunto de ideas, es bueno que en un primer momento nos detengamos en el significado más básico y fundamental de cada palabra, para desde allí avanzar hacia las ideas que representan, y cómo éstas nos introducen en un conocimiento y experiencia del Reino de los Cielos.

«Yo soy la verdadera vid»

            «Yo soy la verdadera vid» dice el Señor. La vid no es otra cosa que la planta que produce como fruto la uva. En nuestro entorno puede que la conozcamos como parra o que hayamos escuchado hablar de los viñedos, es decir, el terreno plantado de vides.

            
"Yo soy la vid, ustedes los sarmientos"
Foto de la página web Cathopic
Como decía anteriormente, a la planta de la vid pertenecen los sarmientos, los frutos y el viñador.

            Los sarmientos no son otra cosa que las ramas que nacen desde el tronco principal y se extienden flexibles y nudosas dando hojas y frutos. El fruto es la uva, y el viñador, aquel hombre de campo que cultiva y guarda con esfuerzo y fidelidad la viña.

            La vid, la viña y por supuesto el vino, son imágenes, ideas y realidades muy presentes en la Sagrada Escritura, pues estaban muy presentes en la vida cotidiana del pueblo de Israel. “Hay pocos cultivos que dependan tanto como la viña a la vez del trabajo ingenioso del hombre y del ritmo de las estaciones. Palestina, tierra de viñedos, enseña a Israel a laborear los frutos de la tierra, a poner todo su empeño en una tarea prometedora, pero también a esperarlo todo de la generosidad divina.”[1]

            Así mismo debemos señalar que a lo largo de la Sagrada Escritura Israel es la viña elegida de Dios. “El Dios de Israel, esposo y viñador, tiene su viña que es su pueblo.”[2]

            Por ello, la imagen que utiliza Jesús está enraizada no sólo en la experiencia cotidiana de Israel sino en la misma Sagrada Escritura, y, por lo tanto, en la historia de salvación. Jesús retoma todo ese contenido, lo asume, lo renueva y lo aplica a sí mismo, y al hacerlo lo abre para nosotros y nos hace partícipes del mismo.

            Por eso dice Él: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos.» (Jn 15, 1. 5). Jesús es la vid, “es la viña que produce, la cepa auténtica, digna de su nombre. Él es el verdadero Israel. Él fue plantado por su Padre, rodeado de cuidados y podado, a fin de que llevara fruto abundante.”[3]           

«Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes»

            Al participar con Cristo por medio del Bautismo de esta realidad de la vid y los sarmientos, debemos ser conscientes de la mutua pertenencia entre Jesús-vid y sus discípulos-sarmientos.

            Es decir, Jesús es la vid, el tronco principal desde el cual nosotros nacemos, crecemos, subsistimos y fructificamos. De Él recibimos constantemente vida, la savia que recorre toda la planta. De Él, de su amor, nos nutrimos para vivir, crecer y fructificar.

            De la misma manera que vid y sarmientos se pertenecen mutuamente, así Jesús y cada uno de nosotros, nos pertenecemos mutuamente. Estamos íntimamente unidos a Él y Él lo está a nosotros. Por el Bautismo estamos injertos en Él, y Él lo está en nosotros. De allí su pedido: «Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» (Jn 15, 4).

            Esta mutua pertenencia graficada en la relación entre vid y sarmientos, es una mutua pertenencia dinámica, viva, llamada a crecer constantemente. Y lo es porque esta mutua pertenencia es relación con Jesús. La relación que cada uno de nosotros tiene con Él, y la relación que Él tiene con cada uno de nosotros.

            Por ello, esta imagen tomada de la naturaleza, la cual se rige por leyes constantes y necesarias, cuando se traspasa al plano de la relación personal, nos hace tomar consciencia de que el permanecer en Jesús es una decisión libre y voluntaria de cada bautizado. Lo que en la naturaleza se da necesariamente, en nuestra relación personal y eclesial con Jesús debe darse libremente. Debe anhelarse, buscarse y cultivarse cada día.

«Que ustedes den fruto abundante»

            ¿Cómo discernir si permanecemos en Jesús y Jesús permanece en nosotros? El texto evangélico nos da al menos dos criterios.

            El primer criterio es el de la permanencia de la palabra de Jesús en nosotros: «Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán» (Jn 15, 7).

            Por lo tanto, si las palabras del Evangelio de Jesús permanecen en nuestro interior y orientan nuestras decisiones cotidianas, allí tenemos un criterio que nos dice que estamos íntimamente unidos al Señor, como los sarmientos a la vid. De hecho, son sus palabras las que nos nutren y alimentan, cual savia que nutre y alimenta las ramas de una planta.

            El segundo criterio es el de la fecundidad en el amor al prójimo: «La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos» (Jn 15, 8). Dar fruto abundante es dar fruto en obras de amor a Dios y al prójimo. Como lo dice la 1 Carta de Juan: «no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3, 18).

            Así, si las palabras de Jesús permanecen en nosotros y orientan nuestras vidas hacia obras concretas de amor, podremos tener la certeza de estar unidos a Cristo, la vid verdadera, y en la comunión de la Iglesia, la viña elegida del Señor, fructificar en el amor para gloria de Dios nuestro Padre.

            A María, Vitis florigera – Vid florida, le pedimos que nos ayude a permanecer en Jesús, Vid verdadera, y así en la comunión de la Iglesia, dejarnos podar por el Padre para dar frutos en abundancia, frutos que permanezcan hasta la Vida eterna. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.P.

Rector del Santuario Tupãrenda - Schoenstatt



[1] X. LÉON-DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, «Viña».

[2] Ibídem

[3] Ibídem