La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 8 de agosto de 2022

El laico, el bien común y la dignidad humana

 

Arquidiócesis de la Santísima Asunción

Parroquia San Juan María Vianney

Fiesta Patronal 2022

Solemne Víspera

“El laico en la búsqueda y promoción del bien común,

en la defensa de la dignidad humana”

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Celebramos esta Eucaristía en la Solemne Víspera de la fiesta de San Juan María Vianney, el santo cura de Ars, patrón de todos los sacerdotes[1] y en especial de aquellos a quienes se ha encomendado el oficio pastoral de párrocos.

            San Juan María Vianney, a cuya patrocinio está dedicada esta hermosa comunidad parroquial, nos decía: “Si comprendiéramos bien lo que es un sacerdote en la tierra, moriríamos: no de miedo, sino de amor”. Sintetizaba así su íntima experiencia y comprensión de la vocación sacerdotal. Él nos ayuda a comprender que “el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor.”[2]

Año del laicado

             Así también, a lo largo de este Novenario, con la presencia espiritual del Santo Cura de Ars y animados por nuestros Pastores, hemos querido comprender en profundidad la vocación del laico cristiano. De eso se trata este Año del laicado que estamos viviendo como Iglesia en el Paraguay: redescubrir “el ser y la misión de los laicos”[3].

            Incluso podríamos parafrasear al Santo Cura de Ars y decir: “si comprendiéramos bien el misterio del laico cristiano, viviríamos con el corazón lleno de alegría y de amor”.

            Para descubrir en profundidad el misterio del laico cristiano, la grandeza de la dignidad y vocación laical, debemos centrarnos en el sacramento del Bautismo; el sacramento que es como “«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia (…). Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22).”[4]

            Sí, el Bautismo es la puerta de entrada a la vida de comunión con Dios y con los hermanos; es el sacramento fundamental y fundante de la vida cristiana, pues, nos une íntima y verdaderamente a Cristo Jesús; y al hacerlo nos hace hijos del Padre, nos perdona el pecado original, nos dona el Espíritu Santo y nos hace Pueblo de Dios.

            Tal como lo expresa la Primera Carta de san Pedro: «Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz: ustedes, que antes no eran un pueblo, ahora son el Pueblo de Dios; ustedes que antes no habían obtenido misericordia, ahora la han alcanzado.» (1 Pe 2, 9 – 10).

            En el gran don del Bautismo está enraizada la vocación del laico cristiano, aquí está su grandeza, su dignidad; su identidad más auténtica y profunda; y por lo tanto, desde el Bautismo –y la Confirmación- brota su misión: anuncia a todos la dignidad humana y promover incansablemente el bien común.

Dignidad humana

            Los textos bíblicos proclamados en la Liturgia de la Palabra hoy, nos ayudan a comprender dónde radica la dignidad humana que como bautizados estamos llamados a anunciar, cultivar y defender.

            En primer lugar nuestra Fe nos ensaña que somos creación predilecta de Dios: «Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo». Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.» (Gn 1, 26 – 27).

           

"Este es el Cordero de Dios..."
Eucaristía en la Parroquia San Juan María Vianney
Arquidiócesis de la Santísima Asunción
Al hecho de ser creación, se une también el gran don del Bautismo en Cristo. ¡Somos valiosos a los ojos de Dios! En primer lugar porque hemos salido de sus manos, de su corazón, de su pensamiento, de su voluntad creacional. Ninguno de nosotros es fruto del azar o la casualidad; ninguno de nosotros es un error; todos y cada uno hemos sido queridos, pensados y amados. Cada uno es creación predilecta. Y este hecho nadie nos lo puede arrebatar; esta dignidad creacional, nadie nos la puede arrebatar. Somos imagen y semejanza de Dios.

            Unida a la dignidad creacional, se encuentra la dignidad bautismal: «Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo.» (Ga 3, 26 – 27).

            Sí, la dignidad humana radicada en el acto creacional de Dios, en el Bautismo se reviste de la dignidad misma del Hijo de Dios: de Jesucristo. No olvidemos que por el Bautismo somos verdaderamente identificados con Cristo y participamos, cada uno según su vocación y particularidad sacramental, del triple oficio de Cristo: sacerdote, profeta y rey.

            ¡Cuánta dignidad se nos ha regalado y confiado! Cuán apropiadas entonces las palabras de san León Magno: “Reconoce, cristiano, tu dignidad.”[5] Animémonos a creer en nuestra dignidad; animémonos creer en lo valiosos y amados que somos.

            Sólo si reconocemos y creemos en el gran don de nuestra dignidad cristiana, también asumiremos la misión de promover esta dignidad a través de la búsqueda del bien común en la sociedad.

Bien común

            Comprendemos entonces que solamente el auténtico encuentro con Jesús, y la auténtica vivencia del Bautismo, son los que transforman nuestra existencia, pues ese encuentro y esa vivencia “da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[6]

Ese encuentro y esa vivencia nos impulsan a una auténtica búsqueda del bien común, pues como bautizados hemos experimentado que “cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,32).”[7]

Así mismo, al estar íntimamente unidos a Cristo, y entre nosotros como Pueblo de Dios, comprendemos también que “amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad.”[8] Es exigencia de nuestra dignidad y misión de bautizados en Cristo Jesús.

En el Evangelio (Jn 9, 1 – 7) hemos visto  que tanto los discípulos de Jesús como el ciego de nacimiento tomaron consciencia de la dignidad inherente de cada uno, y así mismo hemos percibido cómo han ido comprendiendo que el bien común implica siempre reconocer, cultivar y defender la dignidad de cada persona humana, sin importar su condición. Pues la vida de todos y de cada uno es siempre oportunidad «para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9,3).

Que la Santísima Virgen María y san Juan M. Vianney, nos ayuden a tomar consciencia de nuestra dignidad cristiana, y así, nos muevan a reconocer y promover la dignidad de todos en la consecución del bien común en nuestras familias, comunidades y en nuestra Patria. Que así sea. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

3 de agosto de 2022  

[1] BENEDICTO XVI, Año Sacerdotal.

[2] BENEDICTO XVI, Homilía, Santa Misa, Clausura del Año Sacerdotal, 11 de Junio de 2010.

[3] CEP, Mensaje de los Obispos del Paraguay, Año del Laicado.

[4] BENEDICTO XVI, Porta Fidei, 1.

[5] LEÓN MAGNO, Sermón 1 en la Natividad del Señor 1 – 3.

[6] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 1.

[7] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 1.

[8] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 7.

domingo, 22 de mayo de 2022

“María, Madre y Maestra de la escucha”

 

Celebración en honor a María Auxiliadora

Santuario María Auxiliadora – Asunción

5° día de la Novena

“María, Madre y Maestra de la escucha”

 

Queridos hermanos y hermanas:

            En el contexto del Año del Laicado que estamos viviendo como Iglesia en el Paraguay, y cercarnos espiritualmente al proceso sinodal que vive toda la Iglesia Católica, celebramos este novenario de preparación a la solemnidad de Nuestra Madre, María Auxiliadora de los cristianos.

            En este hermoso Santuario dedicado en su honor la invocamos en estos días también como Madre y Maestra de la Iglesia sinodal. Sin duda María es sobre todo Madre; es el gran don que Jesús nos ha hecho en la cruz al decir al discípulo amado –y en él a todos nosotros-: «Aquí tienes a tu madre» (Jn 19, 26).

            Don Bosco y tantos otros santos y santas de la Iglesia han experimentado a María como Madre, y también como Maestra; Ella es la educadora de nuestra fe, la educadora de nuestra vida, la educadora de nuestros corazones.

Madre de la escucha

            Y hoy quisiéramos invocarla como Madre y Maestra de la escucha. ¡Cuánto necesitamos que Ella nos enseñe a escuchar! Que Ella nos ayude a “recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige”[1]; la Palabra de Dios, y la palabra que día a día nos dirigen nuestros hermanos.

            Sí, hoy necesitamos recuperar el silencio. Sobre todo el silencio y la serenidad del corazón. Cuántas veces, aún cuando estamos exteriormente callados, vivimos interiormente inundados por diversidad de ruidos. El ruido de las preocupaciones y frustraciones personales; el ruido de los problemas laborales; el ruido de nuestros pensamientos confusos; el ruido de nuestros sentimientos de tristeza, de incomprensión y de soledad.

            Estamos tan llenos de estos ruidos interiores que no saboreamos ya la serenidad del silencio y así ya no somos capaces de escuchar. “Oímos las palabras pero no escuchamos realmente.”[2]

            Escuchar entonces requiere de ese silencio interior, de ese silencio y esa paz del corazón que caracterizaron a María quien «conservaba las cosas y las meditaba en su corazón» (cf. Lc 2, 19). Sólo quien ha serenado su corazón puede escuchar auténticamente, conservar lo recibido en el corazón y meditarlo.

            El primer paso para aprender a escuchar en la escuela de María es entonces reconocer e identificar todo aquello que hace “ruido” en nuestro interior. Todas aquellas situaciones, preocupaciones y personas, que constantemente generan ese ruido interior, esa cacofonía en el alma, que nos quita serenidad y nos impide escuchar el sonido del paso de Dios en nuestras vidas.

            Identificando lo que hace ruido, el siguiente paso es reconocerlo. Tomar conciencia de ello. Asumir que eso está en mi interior y me pide una respuesta, una decisión. Si no lo encaro, seguirá haciendo ruido y sacándome paz interior.

Finalmente, el tercer paso, es entregar eso que hace ruido. Entregárselo a María. En el diálogo sincero con Ella, esas situaciones y preocupaciones que generan ruido se irán ordenando y serenando hasta que volvamos a encontrar la sintonía entre nuestro corazón, el corazón de María y el corazón de Dios. Tres corazones latiendo en sintonía. Eso nos devuelve la serenidad interior y la paz necesaria para escuchar auténticamente.

            Si hemos perdido esa capacidad de silencio interior, acudamos a María, acudamos a la Madre de la escucha. Ella nos cobijará y nos ayudará a transformar nuestros ruidos interiores en armonía agradable a Dios. Ella nos escuchará y nos devolverá la paz y la esperanza.

            Precisamente en la oración sincera experimentamos que “cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con nadie, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si me veo relegado a la extrema soledad…, el que reza nunca está totalmente solo.”[3]  

  Maestra de la escucha

            Y porque María nos escucha, porque Dios siempre nos escucha; somos capaces también nosotros de escuchar a Dios y a nuestros hermanos.

            En la Iglesia –en esta Iglesia que anhela recuperar una actitud sinodal- aprendemos a escuchar. Podríamos decir que la Iglesia está hecha de escucha. De escucharnos los unos a los otros como hermanos; de escucharnos los unos a los otros con misericordia y ternura. Y de juntos, ponernos a la escucha de la Palabra que Dios nos dirige en las Escrituras y en los signos que realiza en la vida cotidiana.

            Es la experiencia que nos transmite el texto de los Hechos de los Apóstoles (Hch 15, 7 – 21). La Iglesia de Jerusalén se pone a la escucha de Pedro mientras él da testimonio de que tanto los cristianos de origen pagano como los cristianos de origen judío son «salvados por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15, 11).

            Así mismo, en silencio, la asamblea escucha también a Bernabé y a Pablo, «que comenzaron a relatar los signos y prodigios que Dios había realizado entre los paganos por intermedio de ellos» (Hch 15, 12).

            Y en este escuchar con apertura de corazón a Pedro, a Bernabé y a Pablo, la Iglesia hace experiencia de que está escuchando Dios mismo, quien habla a través del testimonio, de los signos y de la comunidad.

            Dios quiere hacerse escuchar también por medio de nuestros hermanos; sobre todo por medio del testimonio y de las experiencias vividas. Y en la medida en que abrimos el corazón a nuestros hermanos, en la medida en que escuchamos con sinceridad, vamos percibiendo en los signos y en las palabras humanas, la voz de Dios que se dirige a nuestros corazones.

           

María, Auxilio de los cristianos
Santuario de María Auxiliadora
Arquidiócesis de Asunción
Aquí está el desafío auténtico de la actitud sinodal en la Iglesia, en nuestras comunidades, parroquias, santuarios y grupos. Escucharnos con sinceridad los unos a los otros creyendo que en las palabras y experiencias humanas se hace presente la voz de Dios que quiere tocar nuestro corazón y guiar nuestras vidas.

            La escucha creyente llega a su plenitud en la obediencia. En decidir y actuar según lo que en la fe hemos escuchado y discernido. Así lo entendió la primera Iglesia: no hay que imponer la Ley Mosaica a los cristianos de origen pagano, sino recibirlos en la Iglesia como Dios lo ha hecho al enviarles el Espíritu Santo (cf. Hch 15, 8).

            Y por ello, escuchar auténticamente y cumplir con sinceridad los mandamientos de Dios es permanecer en el amor tal como nos lo pide Jesús en el Evangelio: «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor.» (Jn 15, 9 – 10a).

            Comprendemos ahora la importancia de la auténtica escucha cristiana. En último término, escuchar es permanecer en el amor. El que escucha con sinceridad al otro, lo ama. El que escucha con sinceridad a Jesús, lo ama y se deja amar por Él. En efecto, “la escucha de la fe tiene las mismas características que el conocimiento propio del amor: es una escucha personal que distingue la voz y reconoce la del Buen Pastor (cf. Jn 10, 3 – 5).”

María Auxiliadora

             Por ello, una vez más invocamos a María Auxiliadora como Madre y Maestra de la escucha. A Ella que supo escuchar el anuncio del Ángel en Nazaret; a Ella que escucha las peticiones y oraciones de todos sus hijos; a Ella le decimos:

           

Madre y Maestra de la escucha,

            “haznos comprender

que el silencio no es desinterés por los hermanos

sino fuente de energía e irradiación;

no es repliegue sino despliegue;

y que, para derramar riquezas,

es necesario acumularlas.”[4]

 

Madre y Maestra de la escucha,

 Haznos comprender que en un mundo sordo y lleno de tanto ruido

el que escucha con sinceridad ama profundamente.

Enséñanos a escucharnos los unos a los otros.

Que nadie se sienta solo ni abandonado en la Iglesia.

 

Madre y Maestra de la escucha,

enséñanos la escucha del amor, esa escucha personal

que reconoce y distingue la voz de tu hijo, el Buen Pastor.

Esa voz tierna que nos concede el gozo que nada ni nadie nos podrá arrebatar.

Esa voz que una y otra vez nos dice:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.»  

 

Madre y Maestra de la escucha,

Auxilio de los cristianos,

ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,

para que seamos auténticos discípulos

y un día alcancemos las promesas, la gracia y la misericordia,

de Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

19/05/2022



[1] FRANCISCO, Misericordiae Vultus, 13

[2] P. NESTOR LEDESMA, SDB, Novena a María Auxiliadora, Día 5

[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 32

[4] IGNACIO LARRAÑAGA, Señora del Silencio

jueves, 31 de marzo de 2022

«Es justo que haya fiesta y alegría»

 Domingo 4° de Cuaresma – Ciclo C – 2022

Lc 15, 1-3. 11-32

«Es justo que haya fiesta y alegría»

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos viviendo todavía el tiempo litúrgico de la Cuaresma, tiempo que quiere prepararnos, que quiere disponernos, para vivir intensamente la celebración de la Pascua del Señor: su muerte y resurrección. En ese sentido la Cuaresma es un camino que quiere ayudar al corazón a participar de la Pascua de resurrección de Jesús, de la alegría de la resurrección.  

Por ello este tiempo cuaresmal tiene un domingo especialmente dedicado a la alegría. Hoy el sacerdote no usa la vestimenta litúrgica de color morado, sino una vestimenta de tono más claro, rosado;  porque si bien estamos todavía en este tiempo de preparación, en este tiempo penitencial, queremos ya pregustar la alegría de la resurrección del Señor.

El nombre litúrgico de este: Domingo Laetare, proviene de la antífona de entrada de la Misa, formulada en latín: Laetare Ierusalem – Alégrese Jerusalem. Dicha antífona está tomada del Profeta Isaías (cf. Is 66, 10-11). Esta invitación profética a la alegría es una invitación dirigida también a nosotros hoy.

Y por eso creo que precisamente hoy estamos llamados a meditar en la alegría, a meditar en torno a este bien más tan preciado para el tiempo actual, este bien de tan difícil acceso. ¿Cuáles son las fuentes de nuestra alegría?

Al iniciar esta meditación les invito a que contemplemos la hermosa parábola del hijo pródigo o del Padre misericordioso (Lc 15,11-32) a la luz de esta búsqueda tan humana, tan nuestra de la alegría.

«Padre, dame la parte de herencia que me corresponde»

                Al adentrarnos en la parábola, notamos con cierta sorpresa tal vez la actitud del hijo menor. Pareciera ser que casi de la nada le reclama a su padre los bienes que él espera recibir luego de la muerte del padre. En la cultura judía de ese entonces y en nuestra cultura y tiempo actual, se trata no sólo de una falta de respeto, sino también de una falta de amor. Ya que en realidad el hijo menor está matando en vida a su padre, y así  reclama los bienes que él espera recibir cuando su padre muera. El texto no nos trasmite la reacción del padre, y simplemente nos dice que efectivamente el mismo dividió sus bienes entre ambos hijos y entregó al hijo menor lo que le correspondía, lo que le pedía.

            ¿Por qué el hijo menor hace este pedido? ¿Por qué esta actitud y esta acción de este hijo para con su padre? A la luz del tema de la alegría, creo que este joven buscaba fuentes de alegría, fuentes de felicidad, fuentes de realización. Y en su inmadurez llegó a pensar que la felicidad, la alegría y la realización que él buscaba, las lograría apropiándose de los bienes de su padre y alejándose de él y de su familia. En efecto, el texto evangélico nos dice que el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano.

           

Domingo 4° de Cuaresma
Domingo Laetare
Iglesia Santa María de la Trinidad 
La actitud del hijo menor, si bien nos sorprende y tal vez incluso nos escandaliza, no es muy distinta muchas veces de nuestra propia actitud  para con nuestros padres, nuestros mayores, nuestros hijos, nuestros hermanos y hermanas, o para con nuestra comunidad. A veces, también nosotros tenemos esos momentos no solamente de egoísmo, sino de egocentrismo, donde pensamos solamente en nuestra propia felicidad,  sola y exclusivamente en nuestra propia realización, sola y exclusivamente en nuestra propia alegría. Buscamos la realización y la alegría cortando vínculos con nuestro hogar, cortando vínculos con nuestros ideales, con los anhelos del corazón; y todo por una equivocada búsqueda de alegría.

Estoy convencido de que cuando nosotros tenemos este tipo de actitudes, o incluso cuando pecamos, lo hacemos por buscar equivocadamente fuentes de alegría. Ninguno peca por el pecado mismo, sino que muchas veces, pecamos pensando que haciendo eso u omitiendo esto otro, vamos a encontrar alegría, vamos a encontrar felicidad. En ese sentido, el pecado siempre es la búsqueda equivocada de la alegría o dicho de otra manera, es una alegría parcial y pasajera, que luego se revela en el fondo como tristeza y vacío interior.

«Comenzó a sufrir privaciones»

Precisamente esa es la experiencia que va a hacer el hijo menor. Tal vez encontró una alegría parcial en los bienes, en el dinero, en el prestigio; tal vez encontró alegrías pasajeras en este país lejano del cual habla el evangelio. Así mismo, encontró una alegría pasajera en el placer superficial. Pero el placer superficial y sin compromiso es siempre alegría pasajera. En el momento nos proporciona un contento y casi que nos llena de energía; pero al pasar, vuelve a demostrarse como algo vacío y sin sentido.

Las alegrías pasajeras y superficiales en el fondo no llenan el alma, no sacian el corazón, y por eso este hijo menor vuelve a experimentar, no solamente el hambre física -es lo que nos dice el texto cuando señala que deseaba llenarse con el alimento que recibían los cerdos- sino que experimenta el hambre existencial y el hambre espiritual. Allí recapacita y piensa en  volver a casa de su padre y pedirle que lo trate ya no como hijo, sino simplemente como un jornalero, como un funcionario de su campo.

Lo que nos enseña hoy este hijo pródigo, este hijo menor hoy es que en el fondo también nosotros muchas veces buscamos alegrías y la felicidad en lugares equivocados,  y por eso esa alegrías detrás de las cuales nos afanamos no sacian nuestro corazón, sino que nos dejan en soledad y vacíos por dentro.

Por eso, la primera pregunta de esta mañana tal vez nos pueda ayudar a tomar conciencia ¿de dónde he buscado yo equivocadamente  la alegría que no ha saciado mi corazón? ¿En qué situaciones, en qué acciones u omisiones he buscado esa alegría que se ha mostrado como pasajera? Y que no ha saciado mi corazón, sino que me ha dejado vacío interiormente.

Los pecados y las faltas son esas alegrías aparentes y pasajeras. Y por eso nos hace bien, en este tiempo de Cuaresma, reconocer que sí, que  hemos pecado -como dice el texto- contra el Cielo; es decir, contra Dios, y también contra nuestros hermanos e incluso contra nosotros mismos, cuando nos hemos conformado con esas alegrías pasajeras que no llenan el corazón y el alma.

¿Qué es lo que hace el hijo menor? Por un lado tiene la valentía, y también la gracia, de volver a la Casa del Padre. Sin embargo el desea  volver no como hijo, sino que pide ser admitido como jornalero, como funcionario. Sin embargo,  el padre de la parábola, que es imagen del Padre bueno y misericordioso, lo sorprende. Porque en primer lugar lo estaba esperando, en segundo lugar sale a su encuentro, y En tercer lugar, le devuelve la dignidad de hijo entregándole nuevamente un anillo, calzado y vestimenta. Y ahí se da esa alegría auténtica,  ahí se da la alegría plena.

«Es justo que haya fiesta y alegría»

            ¿Cuál es entonces la fuente más auténtica de alegría? Nuestro corazón comienza a saciarse de alegría cuando hacemos el camino de retorno, cuando hacemos el camino de retorno hacia los nuestros, hacia nuestra comunidad, hacia nuestros ideales, en el fondo hacia nuestra propia identidad más auténtica: cuando volvemos a la Casa del Padre. En segundo lugar, la segunda fuente de alegría es la reconciliación con los hermanos. El corazón se sacia de alegría también cuando perdonamos a otros y nos dejamos perdonar por otros. La reconciliación es siempre fuente de auténtica alegría, mientras que mantener el rencor, mantener la distancia es siempre una fuente de tristeza. Finalmente la tercera fuente alegría es el compartir de la fiesta, del re-encuentro.

            Esa es la verdadera alegría cristiana, estas son las fuentes de alegría que están al alcance de cada uno de nosotros: retornar siempre de nuevo a la Casa del Padre, a nuestros ideales y anhelos; reconciliarnos los unos con los otros, y compartir con los demás.

El texto nos cuenta también del hermano mayor que no supo participar de la alegría de su Padre, que no supo ver en el retorno, en la reconciliación y en el compartir con su hermano menor, una fuente de alegría.

Esta parábola, como dicen los estudiosos de la Sagrada Escritura, tiene un final abierto, es decir, no sabemos cómo siguió el diálogo entre el padre y sus hijos, entre el hijo menor y el hijo mayor. Los estudios dicen que la parábola tiene un final abierto porque está llamada a interpelarnos a cada uno de nosotros para que nos identifiquemos con alguno de los protagonistas. A veces nos va a tocar ser como el Padre, esperar el retorno, salir al encuentro, perdonar y abrazar. Otras veces nos sentiremos como el hijo menor, buscando egoístamente sólo nuestra felicidad y cortando todo vínculo con los demás. Otras veces vamos a identificarnos con el hijo mayor: sentimos que cumplimos día a día con todas  nuestras obligaciones, pero que no somos reconocidos por los demás.

La parábola está abierta, nos toca a nosotros decidir cómo a terminar la misma en nuestras vidas, en nuestra situación espiritual, existencial y vital. ¿Terminará en la fuente de la auténtica alegría, la de la reconciliación y del compartir? o ¿va a terminar en la fuente de tristeza que es el rencor y el aislarse de los demás y él no saber perdonar?

Todos nosotros anhelamos ser felices, anhelamos la auténtica alegría. Por eso pidámosle con fe a Jesús que Él nos enseña a participar de su alegría, esa alegría que proviene de la conversión, esa alegría que proviene de la reconciliación, del perdonar y dejarse perdonar, esa alegría que proviene de compartir la nueva vida.

A María, nuestra querida Mater, Madre de la misericordia, Refugio de los pecadores y Madre de la alegría, le pedimos que desde el Santuario nos siga acompañando en este camino cuaresmal y que Ella nos ayude a beber de las fuentes de la auténtica alegría, esa alegría que sacia nuestro corazón y que se irradia hacia los demás. Que así sea.

 

P. Óscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

Domingo 4° de Cuaresma, Domingo Laetare - 2022

«Belén de Judea, la ciudad de David» - Natividad del Señor 2021

 

La Natividad del Señor – 2021

Misa de la Noche

Lc 2, 1 – 14

«Belén de Judea, la ciudad de David»

Hermanos y hermanas:

            “«En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero» (2, 1). Lucas introduce con estas palabras su relato sobre el nacimiento de Jesús, y explica por qué ha tenido lugar en Belén. Un censo cuyo objeto era determinar y recaudar los impuestos es la razón por la cual José, con María, su esposa encinta, van de Nazaret a Belén. (…) Y así, aparentemente por casualidad, el Niño Jesús nacerá en el lugar de la promesa.”[1]

«Belén de Judea, la ciudad de David»

            Belén de Judea era una pequeña ciudad, aparentemente sin importancia ni relevancia política o religiosa. Es cierto que era «la ciudad de David» (Lc 2, 4); pero para el tiempo del nacimiento de Jesús ya no había un descendiente de David en el trono de Israel, sino un rey idumeo, es decir, extranjero, sostenido por el poder romano: Herodes.

            Y en ese lugar signado por la pequeñez, brota «una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.» (Lc 2, 10 – 11). Una gran alegría brota en un lugar pequeño, «una gran luz» (Is 9, 1) que serenamente se irá difundiendo por todos los lugares y tiempos de la humanidad.

            No debemos dejar de notar esta paradoja: cómo lo grande brota de lo pequeño. Pareciera ser que se trata de una constante del Reino de Dios; por lo tanto, esta paradoja debe convertirse para nosotros en un criterio de orientación y de discernimiento. En lo pequeño se ha manifestado la gracia de Dios (cf. Tit 2, 11).

            Desde el inicio de su vida en medio de nosotros, Jesús nos muestra que lo pequeño puede ser el inicio de lo auténticamente grande. ¿Logramos comprender este mensaje? ¿Nos animamos a creer en ello y vivir según este criterio?

«Acampaban unos pastores»

            El nacimiento de Jesús no solamente ocurre en un lugar pequeño, sino que es anunciado en primer lugar a los pequeños: «En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. El ángel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un salvador, que es el Mesías, el Señor”.» (Lc 2, 8 – 11).

            Los pastores “formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a las que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios (cf. Lc 10, 21s). Ellos representan a los pobres de Israel, a los pobres en general: los predilectos del amor de Dios.”[2]

            Esta pequeñez, esta pobreza de los pastores, nos recuerda además que “cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios (…). Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad.”[3]

            La pequeñez que está abierta al anuncio de la salvación se manifiesta también como mansedumbre ya que esta “es otra expresión de la pobreza interior, de quien deposita su confianza en Dios”[4] y por ello “no necesita maltratar a otros para sentirse importante”[5], al contrario, mira a los demás –y sus defectos- con ternura y sin sentirse más que ellos, dispuesto a dar una mano, pues sabe, que también él necesita de ayuda, de paciencia y ternura.[6]

            No olvidemos que la palabra ternura –en las enseñanzas del Papa Francisco- hace referencia al “modo para tocar lo que es frágil en nosotros”[7] y en los demás.

            Sí, la pequeñez que es pobreza espiritual, austeridad material y tierna mansedumbre ante la fragilidad humana, es la pequeñez abierta a recibir el anuncio de la gran alegría, el anuncio del nacimiento del Salvador.

Nuestra pequeñez

            Por lo tanto, Jesús puede y quiere nacer también en nuestra propia pequeñez: en nuestros límites y miserias; en nuestras debilidades y defectos; en nuestras inseguridades y soledades; en nuestro desvalimiento. La única condición que hace posible este nacimiento, esta gran alegría, es el reconocimiento y aceptación de nuestra pequeñez.

            Cuando le damos un sí sincero a nuestra pequeñez, brota allí una gran alegría para cada uno de nosotros y para todos los que nos rodean. Brota allí la paz que proviene de la certeza de ser amados en nuestra pequeñez, en nuestra verdad. Se cumplen entonces la alabanza del ejército celestial: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» (Lc 2, 14).

            Darle un sí sincero a la propia pequeñez nos capacita también para reconocer todos los pequeños inicios del Reino de Dios en medio de nosotros; ¡cuántas veces el Reino de Dios se ha manifestado en pequeños inicios! En un gesto de ternura, en una mirada de misericordia, en un perdón otorgado o recibido, en un diálogo esperanzador, en una oración sincera, en un encuentro, en un abrazo, en un momento compartido, en un sencillo gozo interior. Sí, en lo pequeño nace el Salvador, en lo pequeño inicia el Reino de Dios, inicia la alegría y la paz como en Belén.

            Aún en medio de los desafíos y exigencias del tiempo actual no dejemos de creer en la grandeza de la pequeñez entregada a Dios. No dejemos de creer en los pequeños inicios del Reino de Dios en nuestra vida. No olvidemos que “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”[8]  

            Que María, Madre de los pequeños a quienes el Padre ha querido revelar los misterios del Reino, nos conceda un corazón pobre y manso para contemplar con los pastores al «al niño recién nacido envuelto en pañales» (Lc 2, 12) alegría para toda la humanidad. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

24/12/2021     



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La Infancia de Jesús, 65.

[2] Ídem, 79.

[3] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 68.

[4] Ídem, 74.

[5] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 288.

[6] Cf. PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 72.

[7] PAPA FRANCISCO, Patris Corde, 2.

[8] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 1.