La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 11 de marzo de 2017

«Éste es mi Hijo muy querido: escúchenlo»

Domingo 2° de Cuaresma – Ciclo A

«Éste es mi Hijo muy querido: escúchenlo»

Queridos hermanos y hermanas:

            En este Domingo 2° de Cuaresma  el evangelio (Mt 17, 1-9) nos dice que: «Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17, 1-2). Se trata del episodio conocido como “la Transfiguración”. ¿Cuál es el sentido profundo de este relato? ¿Cuál es el mensaje de este texto evangélico para nuestro camino cuaresmal?

La Transfiguración
           
La Transfiguración.
Rafael Sanzio, 1517-1520.
Wikimedia Commons.
La Transfiguración es una revelación de la persona de Jesús, de su realidad profunda. De hecho, los testigos oculares de ese acontecimiento, es decir, los tres Apóstoles, quedaron cubiertos por una nube, también ella luminosa —que en la Biblia anuncia siempre la presencia de Dios— y oyeron una voz que decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17, 5). Con este acontecimiento los discípulos se preparan para el misterio pascual de Jesús: para superar la terrible prueba de la pasión y también para comprender bien el hecho luminoso de la resurrección.”[1]

            También es importante señalar que “en la Transfiguración no es Jesús quien tiene la revelación de Dios, sino que es precisamente en él en quien Dios se revela y quien revela su rostro a los Apóstoles. Así pues, quien quiera conocer a Dios, debe contemplar el rostro de Jesús, su rostro transfigurado: Jesús es la perfecta revelación de la santidad y de la misericordia del Padre.”[2]

            Pero todavía hay algo más. Los Apóstoles no solo contemplan el rostro transfigurado de Jesús, sino que además escuchan una voz, la voz del Padre que desde la nube luminosa dice: «Escúchenlo». “La voluntad de Dios se revela plenamente en la persona de Jesús. Quien quiera vivir según la voluntad de Dios, debe seguir a Jesús, escucharlo, acoger sus palabras y, con la ayuda del Espíritu Santo, profundizarlas.”[3]

            Así el acontecimiento de la Transfiguración se nos presenta como un acontecimiento de revelación. En primer lugar se trata de una revelación de la persona de Jesús: ante los ojos del discípulo, el rostro de Jesús resplandece como el sol y sus vestiduras se vuelven luminosas. Y en su misma revelación, Jesús revela el rostro santo y misericordioso del Padre. La revelación implica también la escucha: «Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo» (Mt 17,5).

«Escúchenlo»

            La Cuaresma  es un tiempo privilegiado para nutrirnos de la Palabra de Dios. En efecto, el Domingo 1° de Cuaresma escuchábamos en el evangelio (Mt 4, 1-11) que «El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4); y hoy, escuchamos lo que el Padre dice en lo alto del monte: «Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo» (Mt 17,5).

            Pero, ¿qué significa escuchar a Jesús? ¿Por qué es importante escucharlo? ¿Cómo aprendemos a escucharlo, y así, a entrar en diálogo con Él?

            Ya al inicio del Año de la Misericordia nos decía el Papa Francisco que “para ser capaces de misericordia, (…), debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.”[4]

            Escuchar a Jesús significa tomar conciencia de que la Palabra de Dios es una palabra que se nos dirige personalmente a cada uno de nosotros. En la Sagrada Escritura, y en especial durante la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios en la Eucaristía,  Dios habla a su pueblo, a toda la Iglesia, pero también a cada uno de sus hijos e hijas: “es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la Alianza.”[5]

            Se nos dirige una palabra, se nos dirige la Palabra. Y esa palabra quiere tocar nuestro corazón, el núcleo de nuestra personalidad. Por eso escuchar es hacer un espacio en nuestro interior para que esa Palabra entre, se arraigue y obre en nosotros y con nosotros.

            Por eso el silencio interior va asociado a la escucha atenta de la Palabra. Para escuchar de verdad no basta con dejar de hablar. Se trata de serenar nuestro mundo interior: nuestros pensamientos y sentimientos; nuestra imaginación y nuestra memoria; nuestras preocupaciones y urgencias. Sólo entonces, cuando hacemos la experiencia del silencio interior, estamos en condiciones de escuchar de verdad, estamos en condiciones de dejar que la Palabra de Dios entre en nuestro interior, se arraigue y obre en nosotros.

Parte de la experiencia auténtica del escuchar es la obediencia a esa Palabra que se nos ha dirigido. Es interesante ver cómo en el Génesis,  luego de que el Señor le dirige su palabra a Abrám, se nos dice con sencillez y contundencia: «Abrám partió, como el Señor se lo había ordenado» (Gn 12,4a). Así la escucha atenta y orante de la Palabra de Dios nos lleva a acogerla en nuestro interior para asumirla, ponerla en práctica y vivirla en nuestra vida cotidiana.

La fe como escucha

            Comprendemos entonces la importancia del escuchar para nuestra vida cristiana, para nuestra vida como discípulos de Jesús. La auténtica escucha es una dimensión irrenunciable de la vida de fe; es más, la escucha es el inicio de la fe, así lo dice san Pablo en la Carta a los Romanos: «la fe nace del mensaje que se escucha» (Rm 10,17). Lo característico del discípulo es escuchar a su Maestro. No podemos llamarnos discípulos si no escuchamos a nuestro Maestro, si no dejamos que sus palabras nos configuren y sostengan interiormente.

            Así la escucha propia del discípulo lo va capacitando para entrar en un conocimiento personal de su Maestro porque “el conocimiento asociado a la palabra es siempre personal: reconoce la voz, la acoge en libertad y la sigue en obediencia.”[6] Por ello “la escucha de la fe tiene las mismas características  que el conocimiento propio del amor: es una escucha personal, que distingue la voz y reconoce la del Buen Pastor (cf. Jn 10, 3-5);  una escucha que requiere seguimiento, como en el caso de los primeros discípulos, que «oyeron sus palabras y siguieron a Jesús» (Jn 1,37).”[7]

            En este tiempo de Cuaresma queremos aprender a escuchar a Jesús. Queremos subir con Él al monte elevado de la oración, el silencio y la escucha. Por eso, les propongo que en esta segunda semana de Cuaresma, tomemos la decisión de leer con atención y en oración el Evangelio cada día. Subamos con Jesús al monte de la lectura orante del Evangelio. Encaminémonos hacia ese monte buscando momentos de silencio interior y de intimidad con Jesús. Y allí, en la intimidad con Él, saboreemos la Palabra de Dios, ese palabra que Dios nos dirige personalmente, esa palabra que espera una respuesta de nuestra parte.

            A María, Mujer del silencio y la escucha, le pedimos que nos enseñe a ser como Ella que “recibía hambrienta y fervorosa cuanto brotaba del corazón y de los labios de Jesús”[8]; y así, lleguemos a ser verdaderos discípulos de Jesús en el caminar del día a día. Amén.



[1] BENEDICTO XVI, Homilía del 20 de marzo de 2011 [en línea]. [fecha de consulta: 10 de marzo de 2017]. Disponible en: < http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2011/documents/hf_ben-xvi_hom_20110320_san-corbiniano.html>
[2] Ibídem
[3] Ibídem
[4] PAPA FRANCISCO, Bula Misericordiae Vultus 13.
[5] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Dies Domini 41.
[6] PAPA FRANCISCO, Carta Encíclica Lumen Fidei 29.
[7] PAPA FRANCISCO, Ídem 30.
[8] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 202.

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