La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

jueves, 2 de marzo de 2017

«Vuelvan a mí de todo corazón»

Miércoles de Ceniza 2017

«Vuelvan a mí de todo corazón»

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma inicia con un apremiante llamado de Dios: «Ahora dice el Señor: Vuelvan a mí de todo corazón» (Jl 2,12). ¿Cómo respondemos a este llamado? ¿Por qué la Iglesia nos propone el ayuno, la limosna y la oración como caminos para responder a este llamado de Dios?

Este tiempo de Cuaresma se trata de “salir” de nuestro ritmo cotidiano, sobre todo, salir de la inercia de la rutina cotidiana.

Salir de la rutina

            Vivimos la vida tan inmersos en nuestras ocupaciones que la rutina puede anestesiar nuestra mente y nuestro corazón. Y esa inercia –ese vivir indiferente y cómodamente en nuestra rutina- puede alejarnos de Dios, de los demás e incluso de nuestro propio corazón, de nuestra propia interioridad y núcleo personal.

            ¡Cuántas veces nuestra rutina nos lleva a una dispersión interior en la cual perdemos nuestro arraigo en Dios! Estamos tan solicitados y distraídos que ya no sabemos encontrarnos con los demás, con Dios y con nosotros mismos. Muchas veces la dispersión interior produce desorden en nuestro ritmo de vida y con ello inconstancia en nuestra vida espiritual y en nuestras relaciones personales.

            Por eso, si queremos responder al llamado de Dios: «Vuelvan a mí de todo corazón» (Jl 2,12), tenemos que aprovechar este tiempo de Cuaresma para salir de nuestra inercia, para salir de la rutina de la dispersión espiritual.

            El ayuno, la oración más intensa y la limosna generosa y desinteresada rompen nuestra rutina, rompen nuestra inercia; rompen nuestra dispersión interior.

Ayuno, oración y limosna

            El ayuno –que consiste en medirse a la hora de ingerir alimentos y en renunciar a hacerlo en las cantidades habituales- nos ayuda a tomar conciencia de la bondad de Dios para con nosotros; nos ayuda a preguntarnos si cuando comemos lo hacemos para alimentarnos o solo para dar gusto a nuestra voracidad. El ayuno también nos solidariza con los que pasan hambre y nos recuerda que «el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).

            Así el ayuno concreto nos ayuda a salir de la dispersión y a volver a orientar nuestro corazón hacia Dios y los demás. Lo mismo ocurre con la oración y la limosna.

           
 ¿Cuánto tiempo le dedicamos verdaderamente al diálogo con el Señor? Nos pasamos el día enviando mensajes por redes sociales a nuestros amigos y conocidos, pero, ¿cuántos mensajes le enviamos al Señor por medio de la oración? ¿Cuántos mensajes recibimos de Él por medio de la lectura orante de los evangelios? La intensa oración cuaresmal puede ser la oportunidad para salir de nuestra rutina de dispersión interior para que así «fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús» (Heb 12,2).

            La limosna, cuando la realizamos de corazón, nos saca también de nuestra cómoda rutina de indiferencia. La limosna, vivida con madurez humana y espiritual; vivida como experiencia de encuentro con los demás, puede ayudarnos a descubrir que el otro “es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios”.[1]

            En el fondo, la limosna, vivida como experiencia de encuentro con los demás y con Dios, nos recuerda la inalienable dignidad de cada persona humana, de cada hombre y mujer. Por eso “la Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo.”[2]

Volver a Dios de todo corazón

            Comprendemos ahora cómo el ayuno, la oración y la limosna nos ayudan a salir de la rutina de la dispersión y a orientar nuestro corazón hacia Dios.

            Se trata de volver a Dios de todo corazón, desde adentro, desde nuestro interior. Por eso Jesús en el evangelio (Mt 6, 1-6. 16-18) nos dice: «Tengan cuidado de no practicar su justica delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario no recibirán ninguna recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo» (Mt 6,1).

            La decisión de salir de nuestra rutina de dispersión e indiferencia para poner nuestros ojos y nuestros corazones fijos en Jesús y en nuestros hermanos, es una decisión que tomamos en el corazón y que la vivimos día a día, en las pequeñas y en las grandes cosas.

            A veces un pequeño gesto o acto de misericordia para con una persona –escucharla con atención, aconsejarla con sabiduría o ayudarla de forma concreta en sus necesidades-; es el inicio de un verdadero “éxodo”, un camino de liberación de nuestro egoísmo hacia la liertad del amor. Gestos pequeños o grandes que el «Padre que ve en lo secreto» recompensará (cf. Mt 6,4).

            ¿Y cómo nos recompensará el Padre del cielo? En primer lugar con el regalo de un corazón nuevo, un corazón renovado. Se hará realidad en nosotros la súplica del salmista: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu» (Sal 50,12). Y en segundo lugar, iremos experimentando, de a poco, un gozo sereno, la alegría de la salvación que se inicia en lo pequeño de la vida cotidiana: «Devuélveme la alegría de tu salvación, que tu espíritu generoso me sostenga» (Sal 50,14).

            Al iniciar la Cuaresma le pedimos a la Santísima Virgen María que interceda para que “el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos.”[3] Amén.   





[1] PAPA FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2017: La Palabra es un don. El otro es un don.
[2] Ibídem
[3] Ibídem

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