La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 25 de noviembre de 2017

«El Señor es mi pastor»

Último domingo del tiempo durante el año – Ciclo A

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Mt 25, 31 – 46

«El Señor es mi pastor»

Queridos hermanos y hermanas:

            “En este último domingo del año litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar al Señor Jesús como Rey del universo. Nos llama a dirigir la mirada al futuro, o mejor aún en profundidad, hacia la última meta de la historia, que será el reino definitivo y eterno de Cristo.”[1] Sin embargo, este reino definitivo y eterno, se manifiesta ya en el tiempo presente, y precisamente en este tiempo –el tiempo de nuestra vida cotidiana- tenemos que decidir concretamente si participamos o no del reino de Cristo.

«Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él»

            En la Liturgia de la Palabra predomina la imagen del pastor. Esta imagen “alude a la época nómada del pasado de Israel, cuando era básicamente un pueblo de pastores.”[2] Dicha imagen se aplicaba sobre todo a los líderes políticos y religiosos del pueblo y expresaba el amor, el cuidado y la fidelidad de pastor que se esperaba de los responsables de la comunidad.

            La imagen del pastor sigue siendo válida para nosotros hoy en día. Por un lado, también hoy esperamos que nuestros pastores –sean éstos ministros ordenados o laicos- hagan suyas las palabras y actitudes expresadas por el profeta Ezequiel: «buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y sanaré a la enferma» (Ez 34, 16). Y por otro lado, cada uno de nosotros experimenta que el Señor mismo busca a su rebaño y se ocupa de él (cf. Ez 34, 11), nos experimentamos como «su pueblo y ovejas de su rebaño» (Salmo 99, 3); es lo que bellamente canta el Salmo 22:

            «El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

Él me hace descansar en verdes praderas.

Me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas;

me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.» (Salmo 22, 1-3).

«El Señor es mi pastor»

            Sí, cada uno de nosotros en algún momento concreto de su vida ha experimentado ese cuidado de pastor que nos brinda Jesús. Él nos busca cuando nos perdemos; Él nos hace volver al recto sendero cuando nos confundimos; Él venda nuestras heridas y sana nuestras dolencias.

            A través de la Iglesia, a través de sus ministros, de nuestros hermanos y hermanas; y, a través de los sacramentos, experimentamos el cuidado y la solicitud de pastor del Señor Jesús para con nosotros. En los sacramentos de la Reconciliación y Unción de los enfermos, Él nos «hace descansar en verdes praderas». En el Bautismo y la Confirmación, Jesús nos «conduce a las aguas tranquilas y repara nuestras fuerzas». En la Eucaristía, Él mismo «prepara ante nosotros una mesa». En el sacramento del Matrimonio su «gracia acompaña a lo largo de toda la vida» a los esposos y su familia; y, en el sacramento del Orden sacerdotal «unge con óleo» de alegría las manos y los corazones de aquellos que apacentarán su rebaño.

            Verdaderamente el Señor nos ha dado tanto y nos ha cuidado –y nos cuida- con amor, fidelidad y ternura. Por todo esto, “la Iglesia, enriquecida con los dones de Jesucristo y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino”[3]: “reino eterno y universal, reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz.”[4]

«Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos»

            Y precisamente porque el Señor Jesús nos ha cuidado y nos cuida, nos apacienta y nos guía, también nosotros estamos llamados a apacentar, cuidar y guiar a nuestros hermanos. De eso se trata el evangelio que hoy hemos escuchado (Mt 25, 31 – 46).

           
"Tuve sed y me dieron de beber".
Iglesia de todos los santos.
Lubliana, Eslovenia. 2009.
Al final del año litúrgico contemplamos a Jesús como rey y pastor glorioso que «rodeado de todos sus ángeles» (Mt 25, 31) viene «a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y chivos» (Ez 34, 17). En efecto, en la imagen del juicio final se nos presenta cuál es la manera concreta y auténtica de anuncia e instaurar el reino de Cristo: «tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me alojaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso y me vinieron a ver» (Mt 25, 35 – 36).

            Por lo tanto, también nosotros, si hemos experimentado en nuestra vida que el Señor es nuestro pastor, debemos con Él convertirnos también en pastores para los demás, ahí donde nos toque: nuestra familia, nuestro barrio, nuestro grupo, nuestra parroquia; nuestro lugar de trabajo y de estudio. No nos faltarán lugares y oportunidades para hacer el bien al más pequeño de los hermanos del Señor (cf. Mt 25, 40).

            Instaurar el reino de Cristo y dar testimonio de que Él pastorea nuestra vida, pasa precisamente por luchar contra el egoísmo, la indiferencia y la comodidad que anidan en nuestros corazones. El primer lugar en el cual debe instaurarse el reinado de Cristo es en nuestros propios corazones, sólo entonces podremos trabajar para instaurarlo en nuestra sociedad.

¿Cómo lograr abrir nuestros corazones de par en par al reino de Jesús? Sin duda que hay dos caminos privilegiados para que el reino de Jesús venga a nosotros: la oración -la cual implica la oración cotidiana personal así como la celebración de la Eucaristía y la lectura orante del Evangelio- y el apostolado en favor de los demás. Por medio de la oración constante, vigilante y creativa; y, por medio del apostolado alegre y generoso, nuestro corazón se transforma en un “corazón que ama, que entra en comunión de servicio y de obediencia con Jesucristo”[5], y así se abre al advenimiento del reino de Cristo Jesús.


           Al final de este año litúrgico, miramos con confianza y anhelo hacia el futuro y aliados a María, Mater Spei – Madre de la esperanza, nos comprometemos una vez más para que por medio de nuestro ser y nuestro obrar se manifieste el Reino de Cristo, el Reino de Dios. Amén.



[1] BENEDICTO XVI, Homilía del domingo 25 de noviembre de 2012 [en línea]. [fecha de consulta: 25 de noviembre de 2017]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2012/documents/hf_ben-xvi_hom_20121125_nuovi-cardinali.html>
[2] J. RATZINGER, Servidor de vuestra alegría. Reflexiones sobre la espiritualidad sacerdotal (Editorial Herder, Barcelona 22007), 69.
[3] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 5.
[4] MISAL ROMANO, Prefacio de Jesucristo, Rey del Universo.
[5] J. RATZINGER/BENDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta, Santiago de Chile 2007), 125.

domingo, 19 de noviembre de 2017

«A quien tiene, se le dará y tendrá de más»

Domingo 33° del tiempo durante el año – Ciclo A

Mt 25, 14 – 30

«A quien tiene, se le dará y tendrá de más»

Queridos hermanos y hermanas:

            Finalizando el año litúrgico, la Liturgia de la Palabra nos propone hoy reflexionar a partir de la conocida parábola “de los talentos” (Mt 25, 14-30). En ella el Señor nos dice que «el Reino de los Cielos es como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes, a cada uno según su capacidad» (cf. Mt 25, 14-15).

            Conocemos el desarrollo de esta parábola y su desenlace. Sin embargo es bueno que meditemos cuidadosamente en ella para desentrañar su mensaje y enseñanza para nosotros.

«Llamó a sus servidores y les confió sus bienes»

            Claramente esta parábola se sitúa dentro del discurso “escatológico” de Jesús; es decir, forma parte de las palabras y enseñanzas de Jesús que hacen referencia al final de la historia. Al poner nuestra mirada en el final escatológico, la fe cristiana abre ante nosotros el horizonte de la segunda venida del Señor, el juicio universal y la vida eterna.

            Por eso, el hombre que sale de viaje y confía sus bienes a sus servidores «según su capacidad», es una referencia al Señor Jesús, quien a cada uno de nosotros nos ha confiado bienes, habilidades y desafíos de acuerdo con nuestra propia capacidad.

            ¿Qué espera el Señor de sus servidores? ¿Qué espera el Señor de cada uno de nosotros?

            El texto evangélico nos dice que «a uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad» (Mt 25,15). ¿A qué se refiere este evangelio cuando utiliza el término “talento”? “El talento, más que unidad monetaria, era una medida de peso: en el siglo I, un talento de plata equivalía aproximadamente a unos 23,16 kg de plata.”[1]

           
Parábola de los talentos.
Andrey Mironov, 2013.
Wikimedia Commons.
Por lo tanto, el hombre de la parábola ha confiado a sus servidores grandes cantidades de dicho metal precioso. Incluso el que recibió un solo talento de plata, ha recibido mucho. Impresiona la confianza del señor en sus servidores. Él ha confiado sus bienes no sólo para que sus servidores los custodien y conserven, sino para que trabajen con ellos y los multipliquen.

            La parábola nos dice que tanto el primer servidor, como el segundo servidor, supieron interpretar correctamente la confianza y deseo de su Señor. «En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos  y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos» (Mt 25, 16-17). Sin embargo, «el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor» (Mt 25,18). ¿Por qué este hombre enterró el bien que su señor le confió? En el momento de comparecer ante su señor dice el servidor: «tuve miedo y fui a enterrar tu dinero» (Mt 25,25).

            La respuesta de su señor es dura: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses» (Mt 25,26-27).

«Una buena ama de casa, ¿quién la encontrará?»

            La crítica del señor a su servidor radica sobre todo en su pereza. No se trata solamente de la ganancia que no se ha percibido, sino de la actitud del servidor: se dejó paralizar por el temor y no fue capaz de poner a buen uso los bienes que se le habían confiado.

            Esta situación me recuerda al Papa Francisco cuando habla de la acedia que paraliza; es decir, de la pereza espiritual que nos hace estériles: “Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. (…) Algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal.”[2]

            Por eso, en la primera lectura (Prov 31, 10-13. 19-20. 30-31), tomada del Libro de los Proverbios, se alaba a la mujer hacendosa. Si nos fijamos detenidamente en el texto, precisamente se alaba la laboriosidad de la buena ama de casa: «Ella hace el bien, y nunca el mal, todos los días de su vida. Se procura la lana y el lino, y trabaja de buena gana con sus manos. Aplica sus manos a la rueca y sus dedos manejan el huso. Abre su mano al desvalido y tiende sus brazos al indigente». A la mujer laboriosa corresponde que se le entrega el fruto de sus manos y que sus obras la alaben públicamente.

            La laboriosidad es una manera concreta de poner a buen uso las dones que hemos recibido del Señor; a demás, el hombre y la mujer que trabajan día a día, sirven a sus hermanos, evitan el ocio estéril y con ello las ocasiones de pecado.

            Por lo tanto, el Señor Jesús espera de nosotros una fecundidad creativa. En la parábola que hemos escuchado, el señor confía “a sus criados determinados encargos para el tiempo de su ausencia. Lo que importa es que cumplan fielmente la voluntad de su señor.”[3] Sin embargo, también se añade otra dimensión: “No sólo se deben llevar a cabo determinados encargos, sino que los criados deben trabajar con independencia de acuerdo con el deseo de su señor. (…) No basta llevar a término un encargo de trazos muy concretos, sino que es preciso estar deseoso de aumentar los bienes con la iniciativa y el riesgo personal.”[4]      

«A quien tiene, se le dará y tendrá de más»

            Finalmente puede llamarnos la atención el final de la respuesta del señor al servidor perezoso: «Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene» (Mt 25, 28-29). ¿Cómo interpretar estas palabras?

            Como hemos visto, el acento de la parábola no está en la crítica por la ganancia no recibida, sino en la actitud de pereza, acedia e indiferencia. Por lo tanto, se nos advierte que parte del juicio final será tomar conciencia de que todo aquello que pretendimos guardar egoístamente para nosotros mismos nos será quitado.

            Sin embargo, aquello que con generosidad, pro-actividad y creatividad pusimos al servicio de los demás no lo perderemos sino que lo recibiremos de vuelta transformado y plenificado. Aquél que ha amado mucho recibirá plenamente el amor que ha donado. Y el que ha intentado guardar para sí su tiempo, sus bienes y capacidades, quedará privado de eso poco que tiene y aún de la alegría del compartir.

            A María, Virgen laboriosa y Madre generosa, le pedimos que nos eduque en el Santuario para que sepamos hacer fructificar con alegría y creatividad los dones que su hijo Jesucristo ha puesto en nuestras manos, y así un día, podamos participar del gozo de nuestro Señor. Amén.


[1] Parábola de los talentos. (2017, 13 de noviembre). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 22:02, noviembre 19, 2017 desde https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Par%C3%A1bola_de_los_talentos&oldid=103371337
[2] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 81.
[3] W. TRILLING, El Evangelio según san Mateo. Tomo segundo (Herder, Barcelona 1980), 286.
[4] Ibídem

viernes, 10 de noviembre de 2017

El aceite del amor y la lámpara de la fe

32° Domingo del tiempo durante el año – Ciclo A

Mt 25, 1 – 13

El aceite del amor y la lámpara de la fe
Queridos hermanos y hermanas:

            En la proclamación del Evangelio hemos escuchado “una célebre parábola, que habla de diez muchachas invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino de los cielos, de la vida eterna (cf. Mt 25, 1-13)”.[1] En esta parábola se nos dice que «cinco de ellas eran necias y cinco prudentes» (Mt 25,2). Además se nos dice que las jóvenes prudentes pudieron entrar con el esposo a la sala nupcial, mientras que las necias quedaron fuera (cf. Mt 25, 10-12).

¿Qué significa esta parábola? ¿Cuál es el sentido de las imágines que Jesús utiliza en este relato? ¿Cómo podemos aplicar su enseñanza a nuestra vida?

«Diez jóvenes fueron con sus lámparas al encuentro del esposo»

            Para comprender mejor esta parábola es bueno que tomemos conciencia de que la Liturgia de la Palabra a punta ya hacia el final del año litúrgico. Celebramos hoy el 32° Domingo del tiempo durante el año; eso significa que en un par de domingos el año litúrgico llega a su fin con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Por ello, se nos invita a mirar hacia el final del tiempo, el final de la historia, cuando Jesucristo “vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”.[2]

            Así, la parábola de “las diez jóvenes” es una invitación a mirar nuestra vida cristiana, evaluarla y ponerla en la perspectiva del encuentro definitivo con el Señor Jesús.

            En ese sentido, así como las diez jóvenes «fueron con sus lámparas al encuentro del esposo» (Mt 25,1), también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de Jesús en el día a día. Salimos a su encuentro a través de la oración personal diaria, la lectura orante del Evangelio, la celebración de los sacramentos en comunidad y el servicio generoso a los hermanos en el apostolado.

            Todos estamos en camino hacia el encuentro con Jesús, que también viene hacia nosotros “en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y para que demos testimonio por el amor de la espera dichosa de su reino”.[3]

            Sin embargo, a veces, en este caminar esperanzado hacia el Señor nos distraemos. Precisamente de eso trata esta parábola. El texto señala la oposición entre las jóvenes necias y las jóvenes prudentes; entre los cristianos necios y los cristianos prudentes.

            ¿Quién es quién? “Son prudentes los que oyen y ponen por obra las palabras del Evangelio, son necios los que oyen las palabras, pero no proceden de acuerdo con ellas. Unas jóvenes traen consigo el aceite, las otras sólo traen vasijas vacías. El aceite es el Evangelio realizado en la vida.”[4]     

«Mientras tanto, llegó el esposo»

            Tal vez, nos llama la atención la actitud de las jóvenes prudentes ante el pedido de las jóvenes necias: «“¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?”. Pero éstas les respondieron. “No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado”.» (Mt 25, 8-9).

            ¿No deberían haber compartido el aceite necesario para encender las lámparas? ¿No es egoísta la actitud de las jóvenes prudentes? ¿Por qué no pueden compartir su aceite? “San Agustín (cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras.”[5]

           
Las vírgenes prudentes. Detalle. Mosaico.
Basílica de Santa María en Trastevere, Roma. 
El aceite que mantiene encendida la lámpara de la fe es el amor que se recibe como don en el encuentro personal con Jesucristo; se conserva en lo íntimo del corazón y se cultiva y demuestra con las obras de misericordia. Por eso, este aceite del amor es intransferible. Cada acto personal y libre de amor forma y ensancha el corazón del cual nace; y así también, cada acto de egoísmo deja una huella en el corazón y lo va empequeñeciendo y oscureciendo.     

Las jóvenes que tienen aceite en sus lámparas son llamadas prudentes porque con sabiduría supieron “aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia”.[6] En cambio las llamadas necias han “malgastado tiempo y oportunidades”[7] de hacer el bien a los demás y así ensanchar sus corazones y multiplicar el aceite del amor. El amor está siempre atento a los demás; el egoísmo nos distrae y fija nuestra mirada sólo en nosotros mismos.

«Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora»

            Al no haber estado preparadas, los jóvenes necias deben ir al mercado a buscar este aceite, pero «mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, Señor, ábrenos”. Pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.» (Mt 25, 10-12).

            El egoísmo nos centra en nosotros mismos y nos hace indiferentes a los demás y por lo tanto incapaces de percibir la llegada del Señor. Muchas veces nuestra conciencia se aísla, adormece o distrae por la dinámica de consumo en la que vivimos y por la búsqueda enfermiza de placeres superficiales.[8] Malgastamos el aceite del amor en la búsqueda insaciable y estéril del propio yo.  Así, “cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”[9]

            Por eso, al escuchar hoy la advertencia de Jesús: «Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25,13); queremos renovarnos en nuestra decisión por responder a su amor con nuestro amor; queremos volver a decidirnos por hacer lo ordinario de cada día de forma extraordinaria, y así, custodiar el aceite del amor que alimenta la lámpara de la fe.

            A María, Virgo prudens – Virgen prudente, le pedimos que nos eduque en el amor cotidiano que alimenta la fe y le decimos:

            “Transforma todo mi ser

            en tabernáculo predilecto de la Trinidad,

            donde siempre arda una lámpara perpetua

            y nunca se apague el fuego del amor.”[10] Amén.


[1] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 6 de noviembre de 2011 [en línea]. [fecha de consulta: 10 de noviembre de 2017]. Disponible en: <https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2011/documents/hf_ben-xvi_ang_20111106.html>
[2] Credo Niceno-Constantinopolitano
[3] MISAL ROMANO, Prefacio de Adviento II. Cristo, Señor y Juez de la historia.
[4] W. TRILLING, El Evangelio según san Mateo. Tomo segundo (Editorial Herder, Barcelona 1980), 283.
[5] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 6 de noviembre de 2011.
[6] BENEDICTO XVI, Ibídem.
[7] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 370.
[8] Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2.
[9] PAPA FRANCISCO, Ibídem.
[10] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 640.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La cátedra de Moisés

31° Domingo del tiempo durante el año – Ciclo A

Mt 23, 1 – 12

La cátedra de Moisés

Queridos hermanos y hermanas:

            Hoy la Liturgia de la Palabra está especialmente dirigida a quienes en la comunidad cristiana desempeñan el papel de maestros. Sin duda, los primeros destinatarios de las palabras de hoy somos los ministros ordenados –obispos, presbíteros y diáconos-; sin embargo, también los consagrados y laicos que de distintas maneras ejercen una tarea de pastores a través del apostolado, están llamados a evaluar su misión a la luz de la palabra de Dios.

«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés»

            El evangelio (Mt 23, 1-12) inicia con las siguientes palabras de Jesús: «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen» (Mt 23, 2-3).

El Papa Francisco, de pie ante su cátedra,
en la Basílica de San Juan de Letrán, Roma.
Es fácil comprender la seriedad de la denuncia que Jesús realiza respecto de los maestros de la comunidad judía. Por un lado, «ocupan la cátedra de Moisés»; es decir, tienen la autoridad y el encargo de enseñar la interpretación fiel y auténtica de la Ley de Dios; pero por otro lado, no cumplen con su vida –con sus acciones, opciones y actitudes- aquello que enseñan con sus palabras. Se trata del drama de la separación entre verdad y vida; entre pensamiento y acción; entre fe enseñada y fe vivida.

Esta dramática separación entre fe enseñada y fe vivida, incluso puede recibir el nombre de ateísmo práctico. Si bien “no se niegan las verdades de la fe”[1], éstas no tienen incidencia alguna en la vida cotidiana, por lo que a menudo ocurre que los creyentes terminamos viviendo nuestra vida diaria como si Dios no existiera. Así nuestro testimonio se convierte en anti-testimonio, pues nuestros hechos destruyen “lo que, con palabras, habíamos predicado y anunciado”[2].

Comprendemos entonces la dureza de las palabras proféticas dirigidas a los sacerdotes de la antigua alianza: «Ustedes se han desviado del camino, han hecho tropezar a muchos con su doctrina, han pervertido la alianza con Leví, dice el Señor de los ejércitos. ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos ha creado un solo Dios? ¿Por qué nos traicionamos unos a otros, profanando así la alianza de nuestros padres?» (Mal 2, 8. 10).

«A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial»

            Cuando los sacerdotes –obispos y presbíteros- y los demás agentes pastorales se desvían del camino de Dios, hacen tropezar a muchos y pervierten el sentido auténtico del ministerio sacerdotal y del apostolado laical. Tanto el ministerio sacerdotal como el apostolado de los bautizados es un don recibido del Señor Jesús para ejercerlo en favor del Pueblo de Dios.

            La incoherencia entre fe y vida; la falta de disponibilidad para el servicio; el autoritarismo con que ejercemos nuestros encargos pastorales; la falta de ternura y misericordia; y la búsqueda de comodidad, poder y prestigio, son las actitudes que hacen tropezar a nuestros hermanos, los confunden, lastiman y alejan de la Iglesia de Dios.

            En último término el ateísmo práctico que se manifiesta en la perversión del encargo pastoral desemboca en la pretensión de suplantar a Dios. En lugar de conducir hacia Dios, el sacerdote o pastor laico, busca conducir a las personas hacia sí; y en lugar de servirlas, se sirve de ellas.

            Por esta razón Jesús dice: «En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías» (Mt 23, 8–10).

              Tanto los pastores sagrados como los fieles laicos debemos recordar que somos Pueblo de Dios, y como tal le pertenecemos a Cristo y a Dios Padre. Todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos, todos estamos en camino, guiados por Cristo. Esta conciencia de ser hijos del Padre y discípulos de Cristo, puede ayudarnos a realizar nuestra vocación y nuestras tareas pastorales con la actitud adecuada.

«El mayor entre ustedes será el que los sirve»

            ¿Y cuál es la actitud adecuada para ejercer el ministerio pastoral en la Iglesia de Dios? Jesús nos ofrece una respuesta clara: «El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado» (Mt 23, 11–12).

            Por eso, el problema no es la “cátedra de Moisés”; el problema no es llamar a los ministros con el título de “padre”, “maestro” o “doctor”. Jesús no busca abolir los ministerios pastorales en la Iglesia. Jesús busca que los comprendamos y vivimos adecuadamente: «el mayor entre ustedes será el que los sirve».

            Aquél que vive adecuadamente su vocación y ministerio, sabe que cuando su pueblo lo llama con el apelativo de “padre” lo hace porque espera de él un servicio auténtico y desinteresado a la vida de las personas que acompaña, guía y sirve como pastor. Sabe que su paternidad no es originaria y absoluta; sino que está siempre en dependencia y en relación con Jesucristo que ha dicho: «El que me ha visto ha visto al Padre» (Jn 14,9).

            Finalmente, el pastor –ordenado o laico- sigue el ejemplo de san Pablo, quien se dirige a los cristianos de Tesalónica diciéndoles: «Ya saben cómo procedimos cuando estuvimos allí al servicio de ustedes. Fuimos tan condescendientes, como una madre que cuida y alimenta a sus hijos. Sentíamos por ustedes tanto afecto, que deseábamos entregarles, no solamente la Buena Noticia de Dios, sino también nuestra propia vida: tan queridos llegaron a sernos» (1 Ts 1,5b; 2, 7b-8).

            A María, Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles, le pedimos que en nuestros distintos ministerios y apostolados nos eduque como pastores según el corazón de su hijo Jesús. Que por intercesión de Ella, al realizar nuestras tareas pastorales, las llevemos a cabo con la serena alegría que transmiten las palabras del Salmo 130:

«Mi corazón no se ha enorgullecido, Señor,

ni mis ojos se han vuelto altaneros.

No he pretendido grandes cosas

ni he tenido aspiraciones desmedidas.


Yo aplaco y modero mis deseos:

como un niño tranquilo en brazos de su madre,

           así está mi alma dentro de mí». Amén.



[1] BENEDICTO XVI, Audiencia General, miércoles 14 de noviembre de 2012 [en línea]. [fecha de consulta: 31 de octubre de 2017]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20121114.html>
[2] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 369.