La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 14 de enero de 2018

«Habla, Señor, porque tu servidor escucha»

Domingo 2° durante el año – Ciclo B

Jn 1, 35 – 42

«Habla, Señor, porque tu servidor escucha»

Queridos hermanos y hermanas:

            En el evangelio de hoy (Jn 1, 35 – 42) Juan Bautista señala a Jesús como «el Cordero de Dios». Los discípulos de Juan, «al oírlo hablar así, siguieron a Jesús» y «vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día». Con este encuentro, Andrés y el otro discípulo, iniciaron su camino de seguimiento de Jesús, un camino fascinante y exigente, que los llevará a compartir la vida y la misión del Maestro; pero sobre todo, los asemejará a Cristo, de quien a prenderán la actitud fundamental del auténtico discípulo: «Habla, Señor, que tu servidor escucha» (1 Sam 3,9).

«Habla, Señor, que tu servidor escucha»

            La primera lectura, tomada del Libro Primero de Samuel (1 Sam 3, 3b – 10. 19) nos relata el inicio del discipulado de Samuel con el sacerdote Elí y su llamamiento por parte del Señor. El joven Samuel, que de «niño quedó al servicio del Señor junto al sacerdote Elí» (1 Sam 2,11); necesita que alguien le enseñe a escuchar la voz de Dios, necesita de un maestro en la vida espiritual que le ayude a encontrar al “Maestro” que es Dios mismo.

            En el relato veterotestamentario vemos cómo Dios llama insistentemente a sus elegidos. Esto nos recuerda el primado de Dios en la vida del discípulo: siempre es Dios quien ama primero, quien llama primero. “Uno no puede hacerse discípulo por sí mismo, sino que es resultado de una elección, una decisión de la voluntad del Señor.”[1]

            Así mismo, se nos muestra que si Dios toma la iniciativa en el llamado –vocación y elección-, corresponde al discípulo escuchar y responder con prontitud y disponibilidad a ese llamado: «Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven y dijo a Samuel: “Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha”.» (1 Sam 3, 8b – 9).

            También nosotros necesitamos, siempre de nuevo, emprender el camino del discipulado con el Señor. Necesitamos, siempre de nuevo, aprender a escuchar su voz y responderle con generosidad.

«Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»

            Precisamente en el Salmo 39 se desarrolla – en forma de oración- la temática de la escucha y la obediencia. El salmista dice:

            «Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: “Aquí estoy”.» (Salmo 40 [39], 7 – 8a).

Ser discípulo del Señor, seguir el camino de Dios, consiste fundamentalmente en estar atentos a lo que Dios nos pide. Por eso el discipulado implica escucha, implica diálogo, implica comunión de pensamiento y acción con Dios.

«“En el libro de la ley está escrito lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón”.» (Salmo 40 [39], 8b – 9).

Y ese diálogo vivo con Dios se hace a través de su Palabra contenida en la Sagrada Escritura. Allí se expresa su voluntad. Allí está la fuente primordial a través de la cual conocemos la voluntad divina. El discípulo conoce la palabra de su Maestro, la asume y la toma como criterio orientador de su vida. Tan familiar es su trato con la palabra de Dios, que con el tiempo, aquello que está contenido en el libro de la Ley – la Torá – pasa a estar vivo en su corazón.

¿Vive la palabra de Dios en mi corazón? ¿Hay algún pasaje del Evangelio que sea especialmente significativo para mí? ¿Soy capaz de tomar decisiones inspirado por la Sagrada Escritura?

La escucha de Dios y la obediencia a Dios, sólo son posibles si con fe nos acercamos a su Palabra contenida en la Sagrada Escritura.

Familiarizarnos con la Sagrada Escritura, hacerla parte de nuestra rutina cotidiana, puede ser el primer paso en nuestro camino de discipulado cristiano. Allí Jesús nos espera y nos sale al encuentro. En las palabras de la Sagrada Escritura queremos encontrar a la Palabra hecha carne (cf. Jn 1,14).

«Maestro ¿dónde vives?»

            Y precisamente, porque Jesús es la Palabra hecha carne, “la Torá viva de Dios”[2], los discípulos de Juan lo buscan. Esta búsqueda –que nace de la sed de Dios- se expresa en la pregunta: «Maestro ¿dónde vives?» (Jn 1,38). La respuesta de Jesús es paradigmática: «Vengan y lo verán» (Jn 1,39). Para ser discípulos de Jesús no basta solamente con el conocimiento intelectual, no basta con tener algunas noticias sobre él o escuchar algunas anécdotas sobre su vida; es necesario un encuentro con él y experimentar personalmente su estilo de vida.

           
Maestro, ¿dónde vives?
Capilla de la Fraternidad San Carlos.
Roma, Italia. 2010.
«Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él» (Jn 1, 39b). Sí, es necesario hacer la experiencia de convivir con Jesús para ser su discípulo, es necesario asumir su estilo de vida. Los discípulos “tienen que estar con Él para conocerlo, para tener ese conocimiento de Él que las «gentes» no podían alcanzar porque lo veían desde el exterior. Tienen que estar con Él para conocer a Jesús en su ser uno con el Padre y así poder ser testigos de su misterio.”[3] El que quiere ser verdadero discípulo tiene “que pasar de la comunión exterior con Jesús a la interior.”[4]

            Sólo en esa comunión interior con Jesús aprendemos a ser discípulos, aprendemos a escucharle llenos de fe y a obedecerle con alegría. Sólo en esa comunión interior con Jesús nos transformamos en sus discípulos misioneros y encontramos así nuestra identidad más auténtica y plena.

            A María, Madre de la escucha, que supo acoger en su interior el anuncio del Ángel y con su «fiat» permitió la encarnación de la Palabra del Padre, le pedimos que nos eduque y nos inicie en la camino del discipulado cristiano, el camino que nos lleva a vivir con Jesús nuestro Maestro y Señor. Amén.   



[1] J. RATZINGER/BEENDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta, Santiago de Chile 2007), 208s.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 207.
[3] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 210.
[4] Ídem

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