La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 7 de abril de 2018

«Al atardecer del primer día de la semana»


Domingo 2° de Pascua – Ciclo B

Jn 20, 19 – 31

«Al atardecer del primer día de la semana»

Queridos hermanos y hermanas:

            Celebramos el Domingo 2° de Pascua o de la Divina Misericordia. Como sabemos, san Juan Pablo II ha querido dedicar este domingo a la Misericordia divina ya que, el Hijo de Dios “en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte.”[1]

            Precisamente, en el evangelio de hoy (Jn 20, 19 – 31) vemos que el mismo Jesús Resucitado, junto con el don de la paz, concede a los apóstoles –y a través de ellos a la Iglesia- el ministerio de la misericordia al soplar sobre ellos y decirles: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.» (Jn 20, 22 – 23).   

«Al atardecer del primer día de la semana»

            De acuerdo con el texto evangélico, «al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.» (Jn 20, 19).

            Así como en la Vigilia Pascual escuchábamos que en la «madrugada del primer día de la semana» (Mc 16, 2) tres mujeres se encaminaban hacia el sepulcro, donde recibirían el anuncio de la resurrección; así también, escuchamos hoy que «al atardecer del primer día de la semana» (Jn 20, 19) Jesús Resucitado se manifiesta a los suyos.

            Claramente, desde los inicios de la comunidad cristiana el “primer día de la semana” tiene un valor especial, ¿a qué se debe esto? Lo sabemos, lo hemos escuchado en los textos evangélicos proclamados durante la octava de Pascua. “El primer encuentro con el Resucitado se produjo la mañana del primer día de la semana –el tercer día después de la muerte de Jesús-, por tanto, la mañana del domingo. Por eso, la mañana del primer día se convirtió espontáneamente en el momento de la liturgia cristiana, en el domingo, el «día del Señor».”[2]

               ¿Qué significado tiene este hecho para nosotros hoy? En primer lugar debemos tomar conciencia de la magnitud del cambio operado en la práctica religiosa de la primera comunidad de discípulos, comunidad formada por hombres y mujeres de fe judía.

            El domingo como “«día del Señor», es el día de la asamblea, de la comunidad cristiana que se reúne para su culto propio, es decir la Eucaristía, culto nuevo y distinto desde el principio del judío del sábado. De hecho, la celebración del día del Señor es una prueba muy fuerte de la Resurrección de Cristo, porque sólo un acontecimiento extraordinario y trascendente podía inducir a los primeros cristianos a iniciar un culto diferente al sábado judío.”[3]

«Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes»

            En segundo lugar, tomamos conciencia de que “la Eucaristía se celebra como un encuentro con el Resucitado”[4] y que en la Eucaristía dominical se nos ofrece “la presencia viva del Resucitado en medio de los suyos.”[5] Así lo experimentaron los discípulos que «se llenaron de alegría cuando vieron al Señor» (Jn 20, 20).

           
Cristo resucitado soplando el Espíritu.
Catedral de San Sebastián.
Bratislava, Eslovaquia. 2011.
De acuerdo con el evangelio, en el encuentro con el Resucitado los discípulos recibieron –y también nosotros recibimos en cada Eucaristía dominical- los siguientes dones: la alegría pascual (v. 20), la paz que proviene del Resucitado (v. 19. 21. 26), el envío misionero (v. 21) y el don del Espíritu Santo (v. 22 – 23) que opera la reconciliación con Dios y entre los hombres.

            Por lo tanto, si bien es cierto que “el domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa”[6]; nosotros queremos asistir y celebrar la Eucaristía dominical no porque un precepto eclesiástico nos obligue a ello, sino, porque “la Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana.”[7]

            Sí, el encuentro con Jesús Resucitado en la Eucaristía dominical fundamenta nuestra vida de fe. Nos llena de alegría al volver a encontrarnos con Aquel que nos «amó hasta el fin» (Jn 13, 1) y nos vivifica con el don del Espíritu Santo que nos capacita para compartir esta alegría por medio del envío que nos hace el  mismo Señor: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Jn 20, 21).

            ¡Qué hermoso vivir nuestras eucaristías como encuentros con el Resucitado! Qué hermoso imaginar -mientras nos preparamos para asistir a Misa- que somos como las mujeres que «a la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro» (Mc 16, 2); o como Pedro y Juan, que también en «el primer día de la semana» (Jn 20, 1), corrieron al sepulcro para comprobar que estaba vacío y que las vendas que cubrían el cuerpo de Jesús estaban en el suelo (cf. Jn 20, 1 – 9). Todos ellos se dirigieron presurosos y llenos de fervor al encuentro del Resucitado.      

«¡Hemos visto al Señor!»  

Finalmente, al participar con fe en la Eucaristía dominical recibimos la misión de testimoniar a los demás la presencia de Cristo Resucitado. Al igual que los discípulos de ese entonces, también nosotros podemos y debemos proclamar: «¡Hemos visto al Señor!» (Jn 20, 25).

            En efecto, en la comunidad de fe reunida para la celebración; en la proclamación litúrgica del Evangelio, y en el Cuerpo y Sangre de Cristo, “vivimos lo que experimentaron los discípulos, es decir, el hecho de ver a Jesús y al mismo tiempo no reconocerlo; de tocar su cuerpo, un cuerpo verdadero, pero libre de ataduras terrenales.”[8]

            Por eso, la celebración del «primer día de la semana» como día del Señor, como domingo, nos otorga nuestra identidad cristiana más profunda: somos discípulos del Resucitado, y encontrándonos con Él recibimos siempre de nuevo los dones de salvación que nos obtuvo a través del Misterio Pascual de su muerte y resurrección.


            A María, a quien en el tiempo pascual saludamos como Regina Coeli – Reina del Cielo, le pedimos que nos enseñe a vivir como cristianos, según «el día del Señor», de modo que recibiendo cada domingo los dones del Resucitado, renovemos nuestra vocación bautismal y compartamos con los demás la alegría y la paz que brotan de la Pascua del Señor. Amén.




[1] JUAN PABLO II, Carta encíclica Dives in Misericordia sobre la misericordia divina, 8.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Editorial Encuentro S.A., Madrid 2011), 169.
[3] BENEDICTO XVI, Regina Caeli, Domingo de la Divina Misericordia, 15 de abril de 2012 [en línea]. [fecha de consulta: 7 de abril de 2018]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2012/documents/hf_ben-xvi_reg_20120415.html>
[4] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 170.
[5] JUAN PABLO II, Carta apostólica Dies Domini sobre la santificación del domingo, 31.
[6] CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO, 1247; Dies Domini, 47.
[7] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 2181.
[8] BENEDICTO XVI, Regina Caeli, Domingo de la Divina Misericordia, 15 de abril de 2012.

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