La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

miércoles, 17 de octubre de 2018

La Alianza de Amor, nuestra manera de seguir y abrazar a Jesús


Domingo 28° durante el año – Ciclo B

Mc 10, 17 – 30

Novena a la Madre Tres Veces Admirable de Schoenstatt en Tupãrenda

 La Alianza de Amor, nuestra manera de seguir y abrazar a Jesús

Queridos hermanos y hermanas:

            Hoy estamos invitados a tomar consciencia de que “La Alianza de Amor es nuestra manera de seguir y abrazar a Jesús”.[1] Volvamos a escucharlo –y así interiorizarlo-: la Alianza de Amor con María –lo central de nuestra espiritualidad de Schoenstatt- es la forma original y auténtica en que nosotros seguimos a Jesús.

            Por lo tanto, la Alianza de Amor con María en el Santuario de Schoenstatt no es un “añadido superfluo” a nuestra condición de cristianos. Tampoco se trata de una “devoción accesoria”; y tampoco se trata de una “competencia” al amor y fidelidad que le ofrecemos a Jesús, nuestro Salvador.

            Al contrario, la Alianza de Amor con María es renovación y actualización de nuestro Bautismo en Cristo Jesús. En Alianza con María nos hacemos más cristianos, ésa debería ser nuestra profunda convicción, nuestra profunda alegría y nuestro testimonio. La Alianza de Amor con María nos transforma, de a poco, en otros “Cristos”. [2]

            Y precisamente el Evangelio de hoy (Mc 10, 17 – 30) nos habla del seguimiento de Cristo y todo lo que ese seguimiento implica.

«Tú conoces los mandamientos»

            Si miramos con atención el texto evangélico podemos descubrir al menos tres momentos de crecimiento o de maduración en el seguimiento de Jesús. El seguimiento de Jesús es un camino, es un proceso, y por lo tanto en ese proceso hay momentos de crecimiento y maduración.

            El relato evangélico inicia con un diálogo entre un hombre y Jesús. Ese hombre –cuyo nombre no consigna el Evangelio- tiene un anhelo de Vida eterna: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?» (Mc 10, 17). En el fondo anhela una vida plena, feliz. Y este anhelo de Vida eterna, de vida plena, tiene que manifestarse en un  primer momento en el asumir y cumplir de corazón los Mandamientos de la Ley de Dios. Por eso Jesús ante esta pregunta le dice: «Tú conocer los mandamientos», y cita algunos de los mandamientos (cf. Mc 10, 19).

            Lo que hoy día nosotros conocemos como los “Diez Mandamientos” o las “Diez palabras” de la Ley de Dios, son como el primer paso en el seguimiento de Jesús. Son como el punto de partida, la base sobre la cual nosotros vamos construyendo nuestra madurez humana y cristiana.

Si queremos seguir a Jesús, junto con ese anhelo de Vida eterna, hay un primer paso muy concreto: conocer, asumir y vivir los Mandamientos de la Ley de Dios. Nadie puede decir con sinceridad que sigue a Jesús si no asume los Mandamientos de Dios como estilo de vida. Nadie puede decir que sigue a Jesús si perjudica a sus hermanos: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre». Nadie puede decir que sigue a Jesús si no ama a Dios con un corazón filial (cf. Mc 12, 29 - 31).

            Así los Mandamientos son el mínimo necesario para ponernos en camino de seguir a Jesús. Por lo tanto, debemos descubrir los Mandamientos como un camino de vida. Un camino de vida que vamos asumiendo día a día. Y así, estos Diez Mandamientos son expresión concreta de mi vida en Alianza con Dios y al mismo tiempo son una escuela de vida en Alianza.

            El que quiera aprender a vivir en Alianza con Dios, con los demás e incluso con uno mismo; lea, medite y asuma estos Mandamientos de la Ley de Dios. Por eso, les invito a que nos preguntemos hoy: ¿vivo yo los Mandamientos como expresión de mi Alianza con Dios?

«Ve, vende lo que tienes… …Después, ven y sígueme»

            Sólo si vivo en Alianza con Dios; sólo si he hecho de sus Mandamientos, de su Sabiduría, mi riqueza (cf. Sab 7, 7 – 11); sólo entonces estoy en condiciones de desprenderme libremente de todo lo que me ata e impide mi seguimiento de Jesús. Éste es el segundo paso para seguir a Jesús: el desprendimiento, la libertad, la disponibilidad.

            Así tomamos consciencia de que Jesús nos pide algo más sobre el término medio. Jesús nos pide generosidad y magnanimidad en su seguimiento. Lo cual es todo lo contario a la mediocridad. A veces nosotros mismos, hombres y mujeres de Iglesia, estamos acostumbrados a vivir mediocremente nuestra fe. Muchas veces nos preocupamos en cumplir lo mínimo necesario que nos pide nuestra fe.

            Fijémonos en que recién cuando el hombre del relato evangélico le dice a Jesús: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud» (Mc 10, 20), el Señor le responde: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.» (Mc 10, 21).

Una vez que Jesús ve que este hombre está en un camino de vivencia de los Mandamientos, entonces le propone algo más. En el fondo se trata de vivir los Mandamientos, y estar libre, estar disponible para seguir a Jesús. En eso consiste el seguimiento de Jesús.

            ¿Qué tan libre soy para seguir a Jesús? ¿Qué cosas a veces me atan e me impiden seguir a Jesús? ¿Qué tengo que “vender” para ser libre?

«Para Dios todo es posible»

            Conocemos la situación del hombre que se acercó a Jesús. Una vez que escuchó la invitación del Señor, «se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.» (Mc 10, 22). Ante esta situación Jesús dice: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios! Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible.» (Mc 10, 23. 27).

            Así, estas palabras de Jesús nos demuestran que el seguimiento de Cristo es, por un lado, decisión, y, al mismo tiempo, es una gracia. Tenemos que decidirnos por seguir a Jesús, tomar opciones; pero, al mismo tiempo es una gracia de Dios el seguir al Señor. Por eso, es como si el Señor dijera: “Para los hombres es difícil tomar decisiones radicales, pero si tienen un anhelo sincero  de Vida plena en el corazón, la gracia de Dios va a fecundar ese anhelo y lo va a hacer posible.”

            El seguimiento de Jesús es decisión y al mismo tiempo gracia. En el fondo es una Alianza. Si estamos decididos sinceramente, Dios nos concede seguir con generosidad a su Hijo. Y por eso el seguimiento de Jesús podríamos describirlo con tres expresiones: es un estilo de vida –por eso la referencia a los Mandamientos-; es libertad, es disponibilidad para lo que Jesús nos pida; y, es una gracia, un don que Dios hace posible, siempre y cuando nosotros demos nuestro sí sincero y auténtico.

           
Santuario de Tuparenda, Itauguá, Paraguay.
Foto de Joha Goodacre.
Comunicaciones del Santuario de Tuparenda.
Y precisamente María -nuestra querida Mater- nuestra Aliada, es la que nos ayuda y la que nos educa para seguir a su hijo Jesucristo de forma auténtica y plena.

            Ella es la que nos educa en un estilo de vida: la santidad de la vida diaria, la Alianza de Amor hecha concreta en el día a día. Ella es la que nos enseña a estar libres y disponibles para Dios: la Fe práctica en la divina Providencia. Esa capacidad de ver los signos que Dios nos muestra en nuestra vida cotidiana y de animarnos a responderle. Ella es la que implora para nosotros la gracia de vivir nuestro Bautismo con una consciencia de misión, consciencia de que hemos sido elegidos y de que tenemos una tarea que Dios nos confía.

            Por eso, camino al 18 de Octubre, queremos pedirle a María que en esa Alianza de Amor que hemos sellado con Ella, se manifiesta con nosotros como la gran Educadora de los discípulos de Jesús; como la gran Educadora que nos asemeja al Señor. Por eso, con fe le decimos:

“Aseméjanos a ti y enséñanos

            a caminar por la vida tal como tú lo hiciste:

            fuerte y digna, sencilla y bondadosa,

            repartiendo amor, paz y alegría.

            En nosotros recorre nuestro tiempo

            preparándolo para Cristo Jesús.”[3] Amén.



[1] Lema del sexto día de la Novena en preparación a la fiesta del 18 de Octubre de 2018 en el Santuario de Tupãrenda, Paraguay.
[2] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Mi vida en Alianza de Amor (Schoenstatt Nazaret, Florencio Varela 2014), 12.
[3] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, estrofa 609.

sábado, 29 de septiembre de 2018

«El que no está contra nosotros está con nosotros»


Domingo 26° durante el año – Ciclo B

Mc 9, 38 – 43. 45. 47 – 48

«El que no está contra nosotros está con nosotros»

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio que acabamos de escuchar (Mc 9, 38-43. 45. 47-48) vemos cómo “alguien, que no era de los seguidores de Jesús, había expulsado demonios en su nombre. El apóstol Juan, joven y celoso como era, quería impedirlo, pero Jesús no lo permite; es más, aprovecha la ocasión para enseñar a sus discípulos que Dios puede obrar cosas buenas y hasta prodigiosas incluso fuera de su círculo, y que se puede colaborar con la causa del reino de Dios de diversos modos.”[1]

También nosotros, que vivimos en un contexto social cada vez más heterogéneo, tenemos que aprender a discernir las maneras siempre nuevas en las que el Espíritu del Señor resucitado actúa en la Iglesia y más allá de ella. ¿Qué implicancias tiene esto? ¿Cómo ser auténticos discípulos de Jesús y al mismo tiempo ser capaces de dialogar con las inquietudes y necesidades del tiempo actual?

«Nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí»

            El texto evangélico inicia con un diálogo entre Juan y Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros.» (Mc 9, 38). ¿Qué hay detrás de las palabras de Juan?

            Por un lado, tal vez haya algo de celo e inmadurez; un afán de distinguir entre aquellos que pertenecen al círculo íntimo de Jesús y aquellos que no pertenecen al mismo. Tal vez se pueda ver en ello un anhelo de “poseer” exclusivamente a Cristo y su gracia.

Por otro lado, es también posible pensar que el discípulo está auténticamente preocupado por la identidad del naciente movimiento en torno a Jesús. Es la preocupación por la identidad y por lo tanto por las formas concretas que identifican y distinguen a la comunidad cristiana y el espíritu que ella quiere vivir.

Sea cual fuere la motivación de Juan la respuesta de Jesús es clara y orientadora para los discípulos de entonces y de hoy: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros está con nosotros.» (Mc 9, 39-40).

La primera parte de la respuesta de Jesús apunta no primeramente a la pertenencia formal a la comunidad de los discípulos, sino más bien al espíritu que anima a dicha comunidad y a cada creyente: «Nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí.»

Invocar el nombre de Jesús supone la fe en él como Hijo de Dios y como Mesías. Y por lo tanto esta persona que no pertenecía al grupo de los discípulos supo captar el espíritu que los animaba y abrirse a él con tanta fe que fue capaz de realizar un signo en el nombre de Jesús. Lo cual nos lleva a comprender que el Espíritu de Dios actúa no sólo en los creyentes sino que más allá de ellos.

Y si esto es así, entonces los discípulos de Jesús estamos llamados a discernir con humildad y apertura la acción del Señor más allá de la Iglesia visible. Y cuando descubrimos esa acción, entonces con gozo comprendemos que los católicos no estamos solos en el empeño por hacer presente en el día a día el Reino de Dios.

El Concilio Vaticano II habla de los hombres de buena voluntad, “en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible” y “en la forma de sólo Dios conocida” se asocian al Misterio Pascual de Cristo.[2] Éste es el sentido de la segunda parte de la respuesta de Jesús: «El que no está contra nosotros está con nosotros.»    

«¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor!»

            La actitud a la que nos invita Jesús en este pasaje del Evangelio implica madurez espiritual y humana; es decir, una intensa vida de oración en el Espíritu Santo y una humildad y libertad de espíritu.

            Sólo la madurez espiritual nos permitirá en primer lugar apropiarnos –por decirlo así- del mensaje y del espíritu cristianos de tal modo que tengamos la certeza interior de estar viviendo y obrando según el carisma de Jesús; es decir, según la vida de gracia, la vida del Espíritu Santo que Dios done en Cristo y a través de Cristo.

            El mismo Jesús lo dice en un pasaje del Evangelio según san Juan: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.» (Jn 15, 5). En la medida en que permanecemos en Jesús bebemos de su Espíritu, nos nutrimos de su savia –como los sarmientos de la vid- y nos asemejamos a Él. Lo que nos hace cristianos es el contacto vivo, íntimo y fecundo con Él. Y desde ese contacto, desde esa relación, somos capaces de descubrir su presencia en distintas circunstancias, incluso en aquellos lugares donde aparentemente Dios está ausente.

            Así la madurez espiritual acompaña, motiva y sostiene la madurez humana. Esa capacidad de tener certeza y serenidad en la propia identidad pero al mismo tiempo apertura, humildad y sabiduría ante los demás y sus pensamientos y opciones.

            Es la sorprendente y elogiable actitud de Moisés ante el celo de Josué: «¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!». (Nm 11, 29). Si el Señor nos concedió su Espíritu en bien de los demás, ¿por qué no lo puede dar también a otros para edificación de su Reino en medio de la humanidad?   

«Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe»

Y precisamente porque como cristianos hemos recibido el gran don del Evangelio y del Espíritu Santo, el Señor Jesús también nos exige estar a la altura de estos dones y de nuestra vocación cristiana.

XV Asamblea General Ordinaria 
del Sínodo de los Obispos.
Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. 
Sello Postal.
Oficina de Filatelia y Numismática 
de la Gobernación de la Ciudad del Vaticano.
Cristian Ceccaroni. 2018. 
Así como el Señor comprende que el Espíritu puede actuar más allá de sus discípulos, y el bien que puede sacarse de la mutua colaboración entre creyentes y hombres de buena voluntad; el Señor comprende también el gran mal que los creyentes hacemos cuando no vivimos según el Espíritu que hemos recibido y la misión encomendada: «Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.» (Mc 9, 42).

En el fondo, antes de acusar a otros y buscar si son o no de Cristo, lo primero que debemos hacer es tomar consciencia de nuestras propias fragilidades e incoherencias; corregirnos, luchar con nosotros mismos y renovar siempre de nuevo nuestra pertenencia al Señor. Miremos nuestro propio corazón antes de juzgar las acciones de los demás. Entonces permitiremos que el Señor nos renueve por dentro y nos capacite para seguirlo más plena y libremente. Entonces seremos capaces de dialogar con las inquietudes del tiempo actual como auténticos cristianos.

A María, Mater Christi et Mater discipulorum – Madre de Cristo y Madre de los discípulos, que “vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”[3], compendio del espíritu cristiano, le pedimos que una y otra vez nos eduque como auténticos discípulos de su Hijo para que comprendamos de corazón que «el que no está contra nosotros está con nosotros» (Mc 9, 40). Amén.



[1] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 30 de septiembre de 2012 [en línea]. [fecha de consulta: 29 de septiembre de 2018]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2012/documents/hf_ben-xvi_ang_20120930.html>
[2] CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
[3] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, 176.

domingo, 19 de agosto de 2018

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»


Domingo 20° durante el año – Ciclo B

Jn 6, 51 – 59

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra de este domingo sigue presentándonos el capítulo 6 del Evangelio según san Juan; capítulo conocido como el “discurso del pan”. Sin embargo, en la perícopa que hoy leemos y meditamos (Jn 6, 51 – 59), los estudiosos de la Sagrada Escritura nos dicen que se da un movimiento en el texto.

Se pasa del “discurso del pan”, que se refiere a la persona misma de Jesús, al “discurso eucarístico”. Así se produce un cambio de acentuación en relación con los versículos anteriores de este capítulo. “Aquí ya no se habla del pan que es el propio Jesús, sino del pan que «él dará», y ese pan «es mi carne para la vida del mundo».[1]

De a poco se nos vuelve a manifestar que «el pan vivo bajado del cielo» en la Eucaristía es verdaderamente la «carne» de Jesucristo entregada «para la vida del mundo».

Por eso en esta celebración litúrgica queremos verdaderamente «gustar y ver qué bueno es el Señor» (cf. Salmo 33 [34], 9); gustar y saborear su Palabra; gustar y saborear su Cuerpo y Sangre eucarísticos; gustar y saborear su presencia en medio de nosotros y en nosotros.   

«El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»

            Al inicio del texto evangélico, Jesús vuelve a presentarse como «el pan vivo bajado del cielo». Es decir, se trata del pan que viene de Dios mismo. Jesús vuelve a presentarse a sí mismo como el auténtico enviado de Dios. Por esta razón afirma que «el que coma de este pan vivirá eternamente». Él es “el alimento que contiene la vida misma de Dios y es capaz de comunicarla a quien come de él, el verdadero alimento que da la vida, que nutre realmente en profundidad.”[2]  

Seguidamente el Señor precisa que este pan que Él ofrece es su «carne para la vida del mundo». Es importante notar aquí que a esta altura del discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, ya no se trata de aceptar con fe que Jesús es «el pan bajado del cielo» (Jn 6, 41), pan que es ofrecido por el Padre que «da el verdadero pan del cielo» (Jn 6, 32). Se trata de dar un paso más en el seguimiento de Jesús.

Además de esa fe, unida a esa fe y como expresión de esa fe, se trata ahora de aceptar que el «pan vivo bajado del cielo» que Jesús ofrece es su misma carne. Y que si queremos vivir en plenitud, debemos alimentarnos con fe de su carne.

La insistencia en la expresión “carne”, en lugar de la expresión “cuerpo”, en el Evangelio según san Juan, se explica por la concepción realista de la Encarnación del Hijo de Dios y por lo tanto de la Eucaristía.

Si es verdad que la Palabra Eterna (cf. Jn 1,1) se encarnó en el hombre Jesús y «habitó entre nosotros» (Jn 1,14), viviendo una vida humana; si es verdad que verdaderamente el Hijo de Dios padeció, murió y resucitó para nuestra salvación. Entonces también es verdad y real la Eucaristía del Señor.

Comprendiendo así nuestra fe, la celebración eucarística no se trata de un símbolo desprovisto de realidad; no se trata solamente de un recuerdo o de una representación teatral; se trata de la realidad de la Eucaristía y de la realidad de la Encarnación.

Y porque la Eucaristía es real tiene la fuerza, tiene la virtud de comunicar Vida Eterna ya ahora y de ser semilla de la resurrección: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Precisamente porque la Eucaristía es real, porque es verdadera, el alimentarnos de esta «verdadera comida» y de esta «verdadera bebida» (cf. Jn 6, 55) otorga la potencialidad de la resurrección al creyente. En el fondo, en cada Eucaristía el Señor realiza el proceso misterioso de asimilar nuestro cuerpo mortal a su cuerpo glorioso, a su cuerpo resucitado. «¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!».

«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Para gustar y ver qué bueno es el Señor con nosotros en la Eucaristía, necesitamos la fe. La fe en Dios y en su Hijo, Jesucristo; esa fe por la cual “el hombre se confía libre y totalmente a Dios”[3]; esa fe por la cual creemos como niños y así nos abrimos al don que Dios nos quiere hacer en Cristo.

Y precisamente necesitamos renovar nuestra fe y nuestro asombro ante la Eucaristía, ante la celebración misma y ante el don eucarístico. Sin esa fe sincera ante el don de Dios en Cristo, puede ocurrirnos lo mismo que a los oyentes de Jesús: «Los judíos discutían entre sí diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne”» (Jn 6, 52).

Por un lado, el comentario y la resistencia de algunos de los judíos expresa un mal entendido. ¿Invita Jesús a la antropofagia, es decir, a comer simplemente carne humana? Ciertamente no. Jesús entrega como alimento salvador su carne y su sangre en la cruz. Y este alimento salvador se hace accesible a los creyentes en el cuerpo y sangre eucarísticos. El alimento eucarístico no es carne humana sin más, es ya “la carne de nuestro redentor Jesucristo, carne que padeció por nuestros pecados y que el Padre resucitó en su bondad.”[4]

Por ello, la resistencia de los oyentes en la sinagoga de Cafarnaúm también puede expresar la resistencia a creer en el Misterio Pascual de Jesucristo y en el misterio de la Encarnación. Por la Encarnación el Hijo de Dios toma la carne humana y la asume plena y verdaderamente. Por el Misterio Pascual esa carne humana es resucitada y glorificada, haciéndose así accesible en la Eucaristía.

Por eso, vale la pena que nos preguntemos con sinceridad: ¿Somos conscientes del gran don que Dios nos ha hecho en la Encarnación de su Hijo? ¿Creemos verdaderamente en la eficacia y fuerza salvadora de la Muerte y Resurrección de Jesucristo? ¿Creemos que esa fuerza salvadora puede tocarnos hoy a través de los sacramentos? ¿Creemos verdaderamente en la presencia real de Jesucristo en los dones eucarísticos? ¿Nos abrimos con fe al don de la Eucaristía? ¿Nos preparamos para recibirla y dejar que obre en nosotros? ¿La anhelamos con todo el corazón? «¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!».

«El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él»

Mater Eucharistiae - Madre de la Eucaristía.
Abrirnos con fe al don que nos hace Cristo en la Eucaristía, el don de su «carne para la vida del mundo», nos concede el inicio de la Vida eterna en nosotros y la esperanza de la resurrección. Y todo esto cimentado en la íntima comunión con Cristo Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56).

Precisamente la comunión con Cristo Jesús, la amistad con Cristo Jesús, amistad que se realiza en la Eucaristía y por la Eucaristía[5], es el fundamento para el inicio de la Vida eterna en nosotros y es el fundamento de nuestra esperanza en la resurrección. Por un lado, porque al alimentarnos del Señor vivimos por Él (cf. Jn 6, 57) que vive por el Padre; y por otro lado, porque aquel que ha sido acogido en la amistad de Jesús ya no nunca más estará solo, ni siquiera en el paso a través de la muerte hacia la nueva Vida. Su amistad nos sostiene y no permite que caigamos en el vacío y la nada.   

Así la comunión que Jesús nos ofrece en su Cuerpo y Sangre es en primer lugar un gran y hermoso don: «¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!» Y en segundo lugar es una tarea cotidiana: la tarea cotidiana de creer en Jesús y en su amor y abrirnos con fe a su don para recibirlo y vivirlo en el día a día hasta que lleguemos al banquete de la Vida eterna.

A María, Mater Eucharistiae - Madre de la Eucaristía, de quien el Hijo de Dios tomó carne para entregarla «para la Vida del mundo», le pedimos que nos eduque para que con un corazón creyente y esperanzado nos alimentemos de Jesucristo, Pan de Vida eterna, y así experimentemos ya en la tierra la alegría del cielo y la bondad del Señor. Amén.



[1] J. BLANK, El Evangelio según san Juan. Tomo 1a (Editorial Herder, Barcelona 1991), 406.
[2] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 16 de agosto de 2009 [en línea]. [fecha de consulta: 18 de agosto de 2018]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2009/documents/hf_ben-xvi_ang_20090816.html>
[3] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación, 5.
[4] Ignacio de Antioquía, citado por J. BLANK, El Evangelio según san Juan. Tomo 1a (Editorial Herder, Barcelona 1991), 410.  
[5] Cf. J. BLANK, El Evangelio según san Juan…, 412.

domingo, 5 de agosto de 2018

«Trabajen por el alimento que permanece hasta la Vida eterna»


Domingo 18° durante el año – Ciclo B

Jn 6, 24 – 35

«Trabajen por el alimento que permanece hasta la Vida eterna»

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra nos presenta lo que ocurrió luego de que Jesús alimentara a «unos cinco mil hombres» a partir de los «cinco panes de cebada y dos pescados» que un niño ofreció al Señor (cf. Jn 6, 1 – 15).

            Por eso, el relato evangélico de hoy (Jn 6, 24 – 35) inicia diciendo: «Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús» (Jn  6, 24).

            Si bien la multitud busca al Señor, “Jesús llama la atención sobre el hecho de que no han entendido la multiplicación de los panes como un «signo» -como era en realidad-, sino que todo su interés se centraba en lo referente al comer y saciarse (cf. Jn 6, 26). Entendían la salvación desde un punto de vista puramente material, el del bienestar general, y con ello rebajaban al hombre y, en realidad, excluían a Dios.”[1] ¿Cómo comprendemos nosotros la salvación? ¿Desde qué perspectiva comprendemos nuestra relación con Jesús y qué esperamos de ella? ¿Comprendemos a Jesús cuando nos dice «Yo soy el pan de Vida»?

«Trabajen por el alimento que permanece hasta la Vida eterna»

            Luego de que Jesús llama la atención de sus oyentes sobre las motivaciones que tienen para buscarlo con tanto esfuerzo, les señala en qué deben poner todas sus energías y fuerzas: «Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre.”» (Jn 6, 27). Vale la pena que meditemos con cuidado en este versículo.

            Por un lado Jesús nos exhorta a “trabajar” por el alimento que permanece hasta la Vida eterna, y por otro lado, nos dice que ese alimento nos será dado como don por Él mismo. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo es posible trabajar por algo que se nos da como don, como regalo?

            Por propia experiencia sabemos que alimentarnos física y espiritualmente implica trabajo. Los padres y madres trabajan para proporcionar alimento a sus hijos; los campesinos trabajan con esfuerzo la tierra para sacar de ella lo necesario para la subsistencia; los trabajadores hacen lo propio en sus labores esperando obtener una remuneración justa y digna con la cual alimentarse y alimentar a los suyos. Hay un esfuerzo concreto por el alimento. Así mismo, el alimentarnos espiritualmente con el estudio implica un serio y constante trabajo de lectura, investigación y reflexión.

            Jesús conoce y comprende este trabajo. Es por ello que nos invita a que así como ponemos en acción nuestras capacidades para obtener el alimento perecedero, pero necesario para nuestra vida temporal, pongamos el mismo empeño en obtener el alimento que proporciona Vida eterna, Vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).   

«La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que él ha enviado»

            ¿Cómo trabajar por este alimento «que permanece hasta la Vida eterna» y que nos será dado por Él mismo? ¿En qué consiste este “trabajo”? Es lo mismo que le preguntaron sus oyentes a Jesús: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Y el Señor responde: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que él ha enviado» (Jn 6, 29).

            La respuesta de Jesús es importante, ya que nos señala en qué consiste el “trabajo” que debemos realizar para recibir el alimento que permanece hasta la Vida eterna y que Él nos donará. Nuestro trabajo consiste en creer en Él, en mantener viva y despierta la fe en Él.

            Por lo tanto, si bien la fe es un don de Dios, también es una tarea que debemos realizar día a día. Así para el cristiano “la fe es ante todo adhesión personal del hombre a Dios”[2] y a su Hijo, Jesucristo.[3] Y este adherirse personalmente a Jesús es la tarea que debemos realizar día a día.

            Adherirnos a Él, entregarnos a Él con nuestro intelecto, nuestra voluntad y nuestros sentimientos. En una palabra con todo nuestro ser, con todo nuestro corazón. Y esta tarea la realizamos por medio de la lectura del Evangelio, la oración personal y en común, la celebración de los sacramentos, la formación en la doctrina de la Iglesia y el servicio a los hermanos. ¿Vivimos nuestra vida de fe como una hermosa y gozosa tarea cotidiana? ¿O más bien experimentamos nuestra vida de fe como conjunto de costumbres y obligaciones? ¿Ponemos nuestras capacidades y nuestro tiempo al servicio del crecimiento de nuestra fe? ¿Somos conscientes de que cultivar nuestra fe es cultivar nuestra amistad con Jesús y así alimentarnos de su vida y de su amor?

            A veces queremos saciarnos rápidamente con los frutos de la fe pero no la cultivamos ni cuidamos. Queremos que el Señor responda a nuestros pedidos, nos conceda su gracia, que escuche nuestra oración; pero no perseveramos en la “obra de Dios”, en el creer en Aquel que Él envió. Queremos recibir las gracias y dones de Jesús pero no nos esforzamos lo suficiente por entrar en una relación personal con Él, por buscarlo y encontrarlo, o al menos, por dejarnos encontrar por Él.[4]      

«Yo soy el pan de Vida»

           
Milagro de los panes y los peces.
Giovanni Lanfranco. Óleo sobre tela, 1620 - 1623.
Galería Nacional de Irlanda. Wikimedia Commons.
Solamente conociendo a Jesús, encontrándonos con Él y entrando en una relación personal con Él, recibiremos el alimento que Él nos promete y comprenderemos lo que nos dice en el evangelio de hoy: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed» (Jn 6, 35).

            Lo que sacia nuestra hambre y sed de sentido para nuestra vida es la amistad con Jesús. Desde esa relación todo en nuestra vida adquiere sentido y un nuevo significado. Con Él las alegrías son signo del amor providente de Dios y las tristezas y dolores son camino de maduración, liberación y santificación.

            Jesús es el pan de Vida que nos alimenta con su Evangelio y con su Cuerpo Eucarístico. Alimentados de esta forma crecemos, nos desarrollamos y maduramos como cristianos y como personas humanas. Saciados por la amistad con Jesús los bienes temporales adquieren su verdadero lugar y valor en nuestra vida: nos damos cuenta de que son medios que sostienen nuestra vida presente en el camino hacia la Vida eterna.

            También nosotros queremos hacer nuestra la súplica: «Señor, danos siempre de ese pan», y llenos de fe escuchar en nuestro corazón la hermosa respuesta de Jesús: «Yo soy el pan de Vida».

            Por eso, con María, Mater fidei – Madre de la fe, le decimos a Jesús:
            “Eres pan de los hijos de Dios,
            vino del que nacen almas virginales,
            alimento que reverencian los mártires,
            [y] manantial para alegres heraldos de la Redención.”[5] Amén.



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago – Chile, 32007), 315.
[2] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 150.
[3] Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 151.
[4] Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 3: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. (…) Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos.”
[5] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, estrofa 134.