La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 15 de julio de 2018

«El Señor promete la paz para su pueblo»


Domingo 15° durante el año – Ciclo B

Mc 6, 7 – 13

«El Señor promete la paz para su pueblo»

Queridos hermanos y hermanas:

            En este domingo el Evangelio nos presenta el envío de los Doce a la misión (Mc 6, 7- 13). ¡Qué providencial terminar –por este año- las Misiones Familiares Schoenstattianas en Villa Oliva con este texto!

            De alguna manera el Evangelio nos ayuda a recoger las experiencias de estos días, a evaluarlas según los criterios de Jesús y a proyectar la misión en nuestra vida cotidiana.

«Jesús llamó a los Doce»

            Los primeros versículos del texto evangélico de hoy nos recuerdan que toda misión tiene su origen en el corazón de Jesús. Él es quien llama y envía. No estamos aquí por propia iniciativa; no estamos aquí por nosotros mismos, por nuestra propia voluntad o idea.

            El misionero es en primer lugar alguien que ha sido llamado. Alguien que en su vida y en su corazón escuchó la llamada, la voz de Jesús. Y reconociendo esa voz, escuchándola y obedeciéndola, se puso a disposición del Señor. Como dice el profeta Isaías: «Yo oí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?”. Yo respondí: “¡Aquí estoy: envíame!”.» (Is 6, 8).

            En realidad, todo cristiano, todo bautizado, es llamado por el Señor. No sólo el misionero, el diácono, el sacerdote o la religiosa. Todos somos llamados por Jesús de forma única, original y personal. Cada uno de nosotros es elegido y llamado. Está en nosotros creer en esa elección y en ese llamado.

            Y como el llamado del Señor es único y personal para cada uno, espera también una respuesta única y personal. Cada uno de nosotros debe responder al Señor, nadie puede hacerlo por nosotros. Y si no respondemos al Señor, una misión, una vocación quedará sin ser realizada.

            Jesús sigue llamando hoy: llama en su Evangelio; llama en las necesidades de nuestra comunidad y de nuestros hermanos; llama  en los anhelos que llevamos en el corazón; llama en nuestro deseo de hacer algo bueno por los demás. ¿Estamos dispuestos a escuchar el llamado de Jesús? ¿Estamos dispuestos a responderle: «Aquí estoy: envíame»?

«El Señor promete la paz para su pueblo»

            Cuando el Señor nos elige y nos llama es para enviarnos a anunciar su palabra a su pueblo. Es lo que vivió el profeta Amós: «El Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: “Ve a profetizar a mi pueblo Israel”» (Am 7, 15).

            Y esta es también la experiencia de muchos misioneros, de muchos cristianos –hombres y mujeres-: Jesús los llama –de diversas maneras- y los saca «de detrás del rebaño», los saca de sus ocupaciones habituales, de sus casas y labores cotidianas, de sus ambientes, y los envía hacia nuevos horizontes para hablar a su pueblo.

            El Señor nos toma por sorpresa, nos sorprende con su elección y envío. Y cuando le decimos que sí de corazón, nos sorprende con lo que puede hacer con nosotros si nos ponemos en sus manos como instrumentos.

            ¿Y cuál es el anuncio que Jesús quiere que como instrumentos comuniquemos a su pueblo tan sediento de sus palabras y tan necesitado de su amor?

            El salmista nos responde: «Voy a proclamar lo que dice el Señor: el Señor promete la paz, la paz para su pueblo y sus amigos, y para los que se convierten de corazón.» (Salmo 84 [85], 9).

            Eso significa que con nuestras palabras y gestos tenemos la capacidad de transmitir la paz que viene del Resucitado, podemos ser anunciadores y constructores de paz y así participar de la promesa de Jesús contenida en las Bienaventuranzas: «Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9).

            Y así, siendo anunciadores y constructores de paz y amistad social nos identificaremos como discípulos y misioneros de Jesús. “No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie”[1] sino que incluye a todos. “Requiere de una gran amplitud de mente y de corazón. (…) Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza.”[2]

            ¿Estoy dispuesto a ser, con Jesús, misionero de paz en el día a día?

«Los envió de dos en dos»

            Finalmente, el anuncio del mensaje de Jesús se realiza no sólo con palabras, gestos y acciones. Este anuncio se realiza también en el modo en cómo lo hacemos, en el estilo de nuestro anuncio, de nuestra misión. Por eso Jesús envía a los suyos de dos en dos (cf. Mc 6, 7).

           
Imágenes de la Virgen Peregrina de la Campaña del Rosario
del Movimiento Apostólico de Schoenstatt.
Misiones Familiares Schoenstattianas, Villa Oliva, Ñeembucú. Julio 2018.
Foto de Joha Goodacre.
Jesús envía en comunidad, en familia, en Iglesia, porque la comunidad desafía nuestros egoísmos e impaciencias; la comunidad exige amor concreto y educa nuestra capacidad de perdón y ternura; la comunidad nos permite desarrollarnos, crecer y poner nuestras capacidades al servicio de los demás. Por todo ello, la comunidad misionera es testimonio vivo de la verdad del Evangelio. Si podemos vivir juntos; si podemos perdonarnos los unos a los otros; si podemos amar y servir juntos a los demás, entonces el Evangelio es verdad. Entonces, verdaderamente el Espíritu Santo nos ha marcado con su sello (cf. Ef 1, 13) y está en nuestros corazones y obra a través de nosotros.

            Jesús nos llama a cada uno de nosotros; nos envía para anuncia su paz a nuestros hermanos y nos hace comunidad familiar en su Iglesia. En esto consiste la alegría de la misión, la alegría del Evangelio. ¡Vivámosla y compartámosla!

            A María, Madre de los discípulos misioneros, le pedimos que nos siga animando y educando para vivir como misioneros de paz en el día a día allí donde el Señor Jesús nos envíe. Amén.


[1] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 89.
[2] Ibídem

sábado, 7 de julio de 2018

«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos»


Domingo 14° durante el año – Ciclo B

Mc 6, 1 -  6a

«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos»

Queridos hermanos y hermanas:

            En el Evangelio de hoy (Mc 6, 1 – 6a), vemos que «Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos»; además, se nos dice que «cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?”» (Mc 6, 1 – 2).

«La multitud que lo escuchaba estaba asombrada»

            En un primer momento podría parecer que la visita de Jesús a su pueblo de origen fuera exitosa. Podemos imaginar la escena: Jesús vuelve a su pueblo, a la casa donde fue criado y creció, a los vecinos y conocidos que lo vieron desarrollarse y con los cuales ha compartido muchos momentos de la vida cotidiana.

            Llegado el día del culto judío, el sábado, entra a la sinagoga, y ante los suyos comienza a enseñar. Al comienzo, los que lo escuchan se asombran y se preguntan: «¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?» (Mc 6, 2).

            Sus oyentes lo escuchan con gusto y se maravillan ante su sabiduría y ante los signos milagrosos que realiza. Sin embargo, muy pronto el asombro y aprobación iniciales dan paso a cierta desconfianza, al punto que llegan a decir: «¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» (Mc 6, 3).

            En lugar de que las palabras de Jesús y los signos que Él realiza susciten la fe de sus oyentes, suscitan en cambio desconfianza. ¿A qué se debe esto? Da la impresión de que los contemporáneos de Jesús no pueden comprender que alguien que ellos creen conocer muy bien, tenga la capacidad para transmitir con palabras y hechos la sabiduría de Dios.

«¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?»

            Es importante señalar el hecho de que los contemporáneos de Jesús creen conocerlo bien, creen conocer su origen. De hecho es lo que expresa la pregunta: «¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón?». Para los que lo rodean “se sabe muy bien quién es Jesús y de dónde viene: es uno más entre los otros. Es uno como nosotros. (…) La normalidad de Jesús, el trabajador de provincia, no parece tener misterio alguno. Su proveniencia lo muestra como uno igual a todos los demás.”[1]

            Este considerar a Jesús como uno igual que nosotros, nacido entre nosotros, criado junto a nosotros y formado como nosotros, parece ser que produce cierta envidia entre sus conocidos y coterráneos. Pareciera ser que el razonamiento envidioso se expresara de la siguiente manera: “¿Cómo es posible que alguien como yo, formado en mi mismo ambiente, se presente ahora con semejante sabiduría y realizando tales signos? ¿Cómo es posible que Dios se manifieste a través de él y no a través mío?”.

            Esta envidia finalmente hace que el corazón se cierre al mensaje que Dios quiere entregar a través de Jesús. Así, por un lado, Jesús experimenta en su propia vida la suerte de los profetas de Israel: «Yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí» (Ez 2, 3); y, por otro lado, sus oyentes consideran a Jesús «un motivo de escándalo» (Mc 6, 3); es decir, de tropiezo.

            Pues cuando nos cerramos a la voz de Dios que nos llega por medio de Jesús y por medio de tantos pequeños profetas que Dios suscita alrededor nuestro, desobedecemos a Dios y nos apartamos de sus caminos y así andamos errantes por la vida.

«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos»

            Los coterráneos de Jesús creen conocerlo muy bien, y por lo tanto creen tener la capacidad de negar que Dios pueda actuar a través de Él. ¿No nos sucede lo mismo a nosotros? Tal vez no neguemos que Dios sigue actuando hoy a través de Jesús Resucitado, pero cuántas veces negamos que Jesús Resucitado se manifiesta a través de nuestros hermanos.

            Muchas veces, por envidia u orgullo no somos capaces de descubrir en los que nos rodean una palabra de Dios que se nos dirige a nosotros. Puede que al principio admiremos el trabajo, el apostolado o las capacidades de una persona cercana, pero luego, la envidia o el orgullo hace que rápidamente nos cerremos ante esa persona y ante el mensaje que Dios quiere entregarnos a través de ella.

           
Cristo Pantocrátor. Mosaico de la Deisis.
Santa Sofía, Estambul, Turquía. Siglo XIII.
Wikimiedia Commons.
En lugar de reconocer el bien que hacen nuestros hermanos, nos fijamos en sus errores, en sus incoherencias e inconsistencias, tratando así de desacreditar esa profecía que Dios quiere dirigirnos en la vida diaria. Por eso es bueno escuchar lo que nos dice el Papa Francisco sobre los santos y tratar de aplicarlo a aquellos que nos rodean: “Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. (…) Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona.”[2]

            Animándonos a mirar a nuestros hermanos a la luz de Jesús, lo descubriremos a Él dirigiéndonos su palabra e invitándonos a seguirlo en el camino de una vida de fe y servicio. Entonces reconoceremos que hay un Profeta en medio de nosotros, el mismo Jesucristo que sigue hablándonos a través de su Evangelio y a través de la vida de nuestros hermanos.

            Y con esa mirada de fe comprenderemos el verdadero origen de Jesús y de su sabiduría y poder salvador: su íntima relación como Hijo Unigénito con el Padre. Y con esa misma mirada de fe nos abriremos a la posibilidad de que cada persona, cada hermano nuestro, tenga, en Cristo, una íntima relación con el Padre.


            A María, Madre de Jesús y Madre de los discípulos, le pedimos nos conceda un corazón manso y humilde para poder reconocer la profecía de Cristo presente en las palabras y acciones de nuestros hermanos, y así el asombro ante las buenas obras de los demás nos lleve a profundizar nuestra fe y compromiso cristianos. Amén.




[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús (Planeta, Buenos Aires 2012), 11.
[2] PAPA FRANCISCO, Gaudete et Exsultate, 22.

sábado, 9 de junio de 2018

«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»


Domingo 10° durante el año – Ciclo B

Mc 3, 20 – 35

«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»

Queridos hermanos y hermanas:

            En el Evangelio de hoy (Mc 3, 20 – 35) vemos que ya desde el inicio de su ministerio público Jesús experimenta la incomprensión e incluso la oposición de sus parientes y de los referentes religiosos de su pueblo. Sus familiares dicen: «Es un exaltado» (Mc 3, 21), y los escribas de Jerusalén: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los demonios» (Mc 3, 22).

            ¿De dónde nace esta incomprensión que puede llegar incluso a ser oposición?

«El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón»

            Si seguimos el diálogo entre Jesús y los escribas veremos que el Señor responde a la acusación de estar poseído por el Príncipe de los demonios con una comparación y luego expone una conclusión a partir de la misma.

            En la comparación dice: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin.» (Mc 3, 23 – 26).

            Sin  embargo, en aquel tiempo –al igual que en el nuestro-, abundaban signos de la presencia del espíritu maligno: el pecado, el egoísmo, la indiferencia, el rencor, la búsqueda enfermiza de placer y de poder, y la cerrazón del corazón a Dios y al prójimo. Satanás no se dividió, ni se levantó contra sí mismo llegando a su fin.

            Lo que pone fin al Maligno, a su obra e influencia, es la presencia y acción del Espíritu de Dios en Jesucristo. Porque Jesús es el Ungido de Dios, el Cristo. Tal como lo señala el mismo Jesús en el pasaje de la predicación en la sinagoga de Nazaret. Luego de leer las palabras del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18 – 19); Jesús dijo a los presentes: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21).

            En Jesús se cumplen plenamente las Escrituras. El Espíritu de Dios está en Él y por eso anuncia la Buena Noticia, libera a los cautivos, da la vista a los ciegos, redime a los oprimidos y proclama la gracia de Dios a todos. Sin embargo, los escribas –estudiosos y conocedores de la Sagrada Escritura- no logran ver este cumplimiento en Jesús, no reconocer la acción del Espíritu a través de Él. De allí la dura conclusión y advertencia de Jesús: «El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre» (Mc 3, 29).

Discernir la presencia y acción del Espíritu

               En este contexto blasfemar contra el Espíritu Santo equivale a no reconocer su presencia y acción en la vida cotidiana. Y al no reconocer su presencia y acción en el día a día nos cerramos a su actuar en nosotros y en los demás. Por esa razón el que blasfema contra el Espíritu no tiene perdón, pues él mismo se cierra a la acción divina.

            Podríamos decir que los escribas de aquel tiempo no supieron discernir la presencia y acción del Espíritu de Dios en Jesús y por eso se negaron a reconocer las obras que Dios hacía a través de Él atribuyéndolas al Maligno.

            Lo mismo nos puede pasar a nosotros. También nosotros podemos caer en la tentación de no reconocer la acción de Jesucristo en los demás y pretender apropiarnos de la gracia de Dios y encerrar al Espíritu Santo en nuestras ideas y criterios. Cuando actuamos así pretendemos mover y orientar nosotros al Espíritu de Dios. Pero en realidad el Espíritu Santo es el alma de nuestra alma[1] y no al revés.

            ¿Cómo evitar caer en esta tentación? ¡Qué pregunta! Trataré de esbozar el inicio de una respuesta. En primer lugar debemos tener la convicción de base de que Dios actúa y guía la historia humana y la vida de las personas. A través de Cristo Dios está presente y actúa en nuestro mundo. Por lo tanto se trata de discernir con humildad y con fe la presencia y acción del Espíritu en nuestra vida y la vida de los demás.

            La fe consiste no sólo en creer en Jesús, sino también en “creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad.”[2]

            ¿Está viva en mí esta dimensión de la fe? ¿Creo que Cristo Resucitado sigue vivo y actuante hoy?

            Y junto con la convicción de la presencia y acción de Cristo, debemos aprender a discernir si nuestras acciones y las de los demás son inspiradas por su Espíritu o por el espíritu mundano. Ante eso podemos preguntarnos en oración: ¿Lo que voy a realizar o he realizado, es acorde a la integridad de mi personalidad? ¿Es acorde a las normas éticas? ¿Concuerda con una imagen sana y auténtica de Dios? Y finalmente, ¿en lo que voy a realizar o he realizado, puedo creer que obra la gracia de Dios?[3]

            Todo esto es fruto de la humildad y la perseverancia en la oración, en el diálogo sincero con Dios. Se trata de un camino. Si queremos seguir a Jesús tenemos que aprender a “percibir y discernir la voz divina en medio de nuestras voces interiores.”[4]

«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»

           
Pentecostés. Detalle.
Capilla en la sede del Obispado.
Tenerife, España. 2010.
Y precisamente, aprendiendo a discernir la presencia y acción del Espíritu Santo en la vida cotidiana, nos iremos convirtiendo en auténticos discípulos de Jesús y así sabremos reconocer su acción salvadora en nosotros y en los demás.

            Discernir la presencia y acción del Espíritu Santo nos fortalece y «por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día» (2 Cor 4, 16).

            Finalmente, discernir la presencia y acción del Espíritu Santo nos lleva a dejarnos guiar por Él, seguir sus mociones –internas y externas- y así cumplir en nuestra vida la voluntad de Dios, lo cual nos une íntimamente a Jesús, ya que Él mismo, mirando a sus discípulos –su nueva familia que es la Iglesia-, dijo: «el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3, 35).

            A María, Madre de Jesús y de los discípulos, le pedimos que nos eduque con paciencia y ternura para que aprendamos a discernir la presencia y acción del Espíritu Santo en nuestra vida para que nuestra existencia se transforme en “un continuado y perpetuo sí a los deseos y al querer del eterno Padre Dios. Amén.”[5]



[1] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 639.
[2] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 278.
[3] Cf. H. KING, El Dios de la vida. Huellas religiosas en los procesos psíquicos (Editorial Patris Argentina, Córdoba – Argentina 2003), 56s.
[4] H. KING, El Dios de la vida…, 56.
[5] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 639.

sábado, 26 de mayo de 2018

«Los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios»


Santísima Trinidad – Ciclo B

Mt 28, 16 – 20

«Los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios»

Queridos hermanos y hermanas:

Al celebrar la solemnidad litúrgica de este día “contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia”: es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final.”[1]    

A través de Jesucristo y del envío del Espíritu Paráclito, se nos revela la intimidad de Dios como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y al darnos a conocer este misterio, Dios se nos entrega a nosotros, se confía a nosotros. ¿Cómo recibimos este misterio de fe? ¿Lo recibimos como información intelectual, como conocimiento teológico? ¿O lo recibimos como realidad viva que da forma a nuestra fe y con ello a toda nuestra existencia?

«¿Qué pueblo oyó la voz de Dios?»        

La primera lectura está tomada del Libro del Deuteronomio (Dt 4, 32 – 34. 39 – 49). De acuerdo con el texto bíblico, Moisés se dirige al pueblo diciéndole: «Pregúntale al tiempo pasado, a los días que te han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable o se oyó una cosa semejante. ¿Qué pueblo oyó la voz de Dios que hablaba desde el fuego, como la oíste tú, y pudo sobrevivir?» (Dt 4, 32 – 33).

¿Qué es lo admirable que Moisés constata? Lo admirable e inaudito es que el pueblo de Israel «oyó la voz de Dios», es decir, el pueblo de Israel fue el primer destinatario de la revelación de Dios. Y al ser el primer destinatario de la revelación, Dios lo constituye como interlocutor suyo, lo capacita para entrar en diálogo con Él. ¡Qué dignidad más grande otorga Dios a Israel y a toda la humanidad! Somos capaces de Dios[2], somos capaces de percibir su presencia, de acoger en nosotros su palabra y así entrar en una relación de amor y confianza con Él.

Por esta revelación de Dios a Israel –que progresivamente fue extendiéndose a toda la humanidad-, sabemos que Dios “no es una fuerza anónima.”[3] De hecho, en la teofanía de la zarza ardiente (cf. Ex 3, 14), Dios llega a comunicar su Nombre a Moisés. “Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente.”[4]

La revelación de Dios -y con ello la revelación de su Nombre, es decir, la posibilidad de entrar en relación con Él-, “que comenzó en la zarza que ardía en el desierto del Sinaí se cumple en la zarza ardiente de la cruz. Ahora Dios se ha hecho verdaderamente accesible en su Hijo hecho hombre. Él forma parte de nuestro mundo, se ha puesto, por decirlo así, en nuestras manos.”[5]

«Los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios»

            Por lo tanto, se nos va haciendo claro que Dios se nos revela –nos revela su presencia, su palabra, su amor y su intimidad- no para que tomemos esta revelación simplemente como un conjunto de conocimientos intelectuales o doctrinales, sino para que asumamos un nuevo estilo de vida a partir de la relación que Él establece con nosotros. El misterio de la Santísima Trinidad debe conformar nuestra vida de fe y con ello toda nuestra existencia.

           
La Trinidad: la mano del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Iglesia de la Santísima Trinidad.
Porto Santo Stefano, Monte Argentario, Italia. 2002.
Así lo expresa san Pablo en su Carta a los Romanos: «Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rm 8, 14). ¿Y en qué consiste el ser conducidos por el Espíritu de Dios? En primer lugar en recibir el don de un «espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios “¡Abbá!”, es decir, “¡Padre!”» (Rm 8, 15). Somos conducidos por el Espíritu porque lo hemos recibido en nuestros corazones. Es decir, el Espíritu Santo se nos dona como “alma de nuestra alma”[6], y desde dentro nos conduce, nos guía, nos inspira.

            Esto significa que la cualidad de hijos de Dios es una realidad íntima que se manifiesta en nuestros pensamientos y sentimientos, en nuestras actitudes y decisiones, y, finalmente, en nuestras acciones concretas.

Ser hijos de Dios es abandonar la esclavitud de la constante auto-referencia y del pecado, cuyo fruto es el temor (cf. Rm 8, 15). Ser hijos de Dios es reconocerlo como Padre con nuestros labios pero sobre todo con nuestras obras. Desde dentro, como hijos, buscamos siempre lo que agrada al Padre (cf. Jn 8, 29), pues «el mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rm 8, 16).

Por todo ello, ser conducidos por el Espíritu de Dios y así ser hijos de Dios, implica también que se nos otorga la fortaleza para sufrir con Cristo y así «ser glorificados con él» (Rm 8, 17). Este sufrimiento, debemos entenderlo como el testimonio diario que en nuestra vida damos de nuestra condición de hijos de Dios y hermanos de Cristo.

«Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo»

            Por lo tanto, si el don de la revelación de Dios es un don para nuestra vida, un don para vivirlo como relación de amor con Dios; comprendemos que el sacramento del Bautismo, en el cual recibimos la filiación adoptiva, es el inicio de “un camino que dura toda la vida.”[7]

            Sí, el cristianismo es un camino que dura toda la vida. “Éste empieza con el Bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22).”[8]

            Y nuestro camino cristiano dura toda la vida porque nos lleva una vida entera aprender a adquirir el sentimiento vital de hijos amados del Padre, hombre y mujeres redimidos por Cristo y testigos enviados a anunciar el Evangelio en la fuerza del Espíritu Santo. Nos lleva una vida entera aprender a amar a Dios y al prójimo como a nosotros mimos (cf. Mc 12, 29 – 31). Nos lleva una vida entera aprender a ser hombres y mujeres auténticamente cristianos y por ello profundamente trinitarios.

            Sin embargo no estamos solos en este camino. El mismo Señor, al enviar a sus discípulos a bautizar a todos los pueblos «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), les ha dicho a ellos –y a nosotros-: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28, 20).

            Animados por estas palabras, con María de la Trinidad, elevamos a Dios nuestra oración confiada diciendo:

            “Gracias, Padre, a ti porque nos llamas,

            a Jesús, que en su sangre nos redime,

            y al Espíritu Santo, luz y guía

           
de este pueblo que al cielo se dirige. Amén.”
[9]


[1] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 7 de junio de 2009 [en línea]. [fecha de consulta: 26 de mayo de 2018]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2009/documents/hf_ben-xvi_ang_20090607.html>
[2] Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLCIA, 36.
[3] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 203.
[4] Ibídem
[5] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago – Chile 32007), 179.
[6] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 639.
[7] BENEDICTO XVI, Porta fidei, 1.
[8] Ibídem
[9] LITURGIA DE LAS HORAS, Tomo III, Himno de la Hora Intermedia de Nona.