La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 5 de abril de 2014

Yo soy la Resurrección y la Vida… ¿Crees esto? Entonces quita la piedra

Yo soy la Resurrección y la Vida…

¿Crees esto? Entonces quita la piedra

Queridos hermanos y hermanas:

            En este Domingo V de Cuaresma, la Liturgia de la Palabra pone ante nuestros ojos la fe en la resurrección y nos recuerda que “la comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en Él”[1]. Tomamos conciencia así del sentido de nuestra existencia: Dios nos ha creado para la resurrección, para la vida, para la comunión con Él.[2]

Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas

            Sí, Dios –Padre Bueno y Misericordioso- nos ha creado para la comunión con Él, para la vida con Él. Por eso toda nuestra vida, todas nuestras alegrías y tristezas adquieren sentido en la medida en que las vivimos con Él.

            Esta comunión, esta unión de amor con Él que alcanza su plenitud en la resurrección y en la vida eterna, se inicia ya aquí y ahora, en esta vida, en nuestra vida cotidiana. Así, todas nuestras experiencias, y especialmente aquellas que dejan una fuerte impresión en nuestra alma, deberían ser caminos que nos lleven a unirnos más a Él, el Dios bueno y tierno, el Dios que a cada uno nos conoce y ama personalmente.

            También el dolor, la cruz y el sufrimiento debemos vivirlos como caminos que nos conducen a Dios. Es el sentido que quisiera dar a las palabras que escuchamos en la primera lectura (Eze 37,12-14): “Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas”.

            Dios nos promete que Él mismo nos sacará de nuestras tumbas, de nuestros sepulcros, de nuestros encierros. Y quisiera que pensemos en las tumbas en que frecuentemente nos encerramos nosotros mismos: el aislarnos de los demás, la desconfianza en los otros, el rencor que impide el perdón, la indiferencia, el egoísmo y el pecado… Piedras pesadas que cierran nuestros corazones a Cristo y los demás. Sepulcros en los que yacemos como muertos en vida.

            “No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros –a menudo joven- tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! (…) En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente.”[3]

            ¿Cuáles son esas piedras pesadas que cierran mi corazón y ahogan mi vida? ¿Cuáles son los sepulcros que Jesús tiene que abrir para hacernos salir de ellos?

            En la oración constante y confiada pidámosle a Jesús que Él nos saque de nuestras tumbas, de nuestros encierros y hagamos nuestras las palabras del Salmo de hoy: “Desde lo más profundo te invoco, Señor. ¡Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria” (Sal 129, 1-2).

Yo soy la Resurrección y la Vida… ¿Crees esto? Entonces quita la piedra

            Jesús escuchará nuestro clamor, Él escuchará nuestra oración y nos responderá: “Yo soy la Resurrección y la Vida”… Frente a todo aquello que en vida nos hace morir y nos quita alegría y esperanza, Jesús se presenta con su rostro sereno y lleno de amor y nos dice: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn 11,25-26).

            Si nuestra respuesta es: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo” (Jn 11,27); entonces, confiando en que Jesús puede sacarnos de nuestros sepulcros –ya ahora y en el día final- debemos quitar esas piedras que cierran nuestros corazones (cf. Jn 11,39); quitar la desconfianza, el rencor, la indiferencia y la pesada piedra del pecado.

            A nuestra fe en Jesús debemos unir un gesto sencillo pero profundo: mover las piedras que cierran nuestros corazones para que Jesús nos regale la vida nueva, la vida del Hijo Resucitado.

            Cada pequeña o gran piedra que quitamos, cada pequeña o gran resurrección que Jesús nos concede en esta vida, nos preparan para la gran Resurrección al final del tiempo donde nos presentaremos ante Dios como “santos entre los santos del cielo, con María, la Virgen Madre de Dios, con los apóstoles y con todos los santos, y con nuestros hermanos difuntos.”[4] Que así sea. 




[1] BENEDICTO XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011. Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado (cf. Col 2,12).
[2] Cf. Ídem
[3] PAPA FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2014. Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8,9).
[4] MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística de la Reconciliación I.

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