La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 25 de septiembre de 2016

Construir un puente o cavar un foso

Domingo 26° durante el año – Ciclo C

Construir un puente o cavar un foso

Queridos hermanos y hermanas:

            Un vez más nos encontramos ante una parábola tomada del Evangelio según san Lucas; se trata de la conocida parábola del “rico Epulón y el pobre Lázaro” (Lc 16, 19-31). En ella se nos presentan “dos figuras contrastantes: el rico, que lleva una vida disipada llena de placeres, y el pobre, que ni siquiera puede tomar las migajas que los comensales tiran de la mesa, siguiendo la costumbre de la época de limpiarse las manos con trozos de pan y luego arrojarlos al suelo.”[1]

Jesús dijo a los fariseos

            Esta vez la parábola, que es un relato construido con situaciones e imágenes de la vida cotidiana, parece estar dirigida a los fariseos, en el Leccionario el texto evangélico inicia diciendo: «Jesús dijo a los fariseos»[2]. Este aparente detalle puede llevarnos a pensar que Jesús dirige su enseñanza –y su crítica- a un tipo determinado de persona religiosa; un prototipo de persona, presente en el aquel tiempo y en el de hoy.

            Sabemos que el fariseísmo era un grupo religioso al interior del judaísmo del siglo I. Formaban parte de este grupo los escribas y doctores de la Ley. Es decir, se trataba de personas con conocimientos religiosos –con capacidad de leer y escribir-, que se esforzaban por una observancia fervorosa de la Ley de Moisés. Todo esto hace suponer que tenían un cierto nivel cultural, social y económico.

           
        Según la parábola, el rico –cuyo nombre desconocemos, pero que ha recibido el nombre de Epulón, término que deriva del latín epulabatur, es decir “el que banqueteaba”- «vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes» (Lc 16, 19), mientras que «a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico» (Lc 16,20).

A diferencia de lo que sucede con el hombre rico, el texto evangélico sí nos proporciona el nombre del hombre pobre, se llama “Lázaro, abreviatura de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente «Dios le ayuda». A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor.”[3]

¿Qué se le reprocha al hombre rico de la parábola? Su indiferencia e indolencia ante la situación de su prójimo. Su indiferencia e indolencia ante una situación tan cercana: mientras él banqueteaba «a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre».

Una comodidad indiferente

¿Será que Jesús reprocha a los fariseos de entonces y de hoy el hecho de llevar una vida cómoda, material y espiritualmente, sin interesarse por la vida de los demás?

Pienso que a veces, puede suceder que llevemos una vida cómoda materialmente y que nos desentendamos de los que pasan necesidad ante nuestras puertas, ante nuestros ojos. Pero también, a veces, puede suceder que llevemos una vida espiritual cómoda y nos desentendamos de los demás.

Llevamos una vida espiritual cómoda e indiferente a los demás cuando reducimos la vida espiritual a momentos de búsqueda de nuestro propio confort o bienestar. Así transformamos la vida espiritual en “consumismo religioso”. Y confundimos vida interior con algunos momentos de auto-complacencia, de búsqueda de sensaciones espirituales o interiores sin referencia alguna al prójimo o a Cristo y su Evangelio.

Cuando eso nos sucede, entonces para nosotros también vale el reproche que se hace al rico de la parábola. A él se le reprocha en primer lugar su egocentrismo; el culto al propio yo. Y en segundo lugar la indiferencia y la indolencia ante el prójimo. Esa cerrazón ante el prójimo que deviene en cerrazón ante Dios mismo.

Y aquí se muestra el drama del fariseo como prototipo religioso: mientras se ocupa sólo de sí mismo, de cuidarse a sí mismo corporal y espiritualmente; mientras se ocupa de cumplir preceptos olvidando el sentido de los mismos; mientras realiza ritos sin alma y sin referencia alguna hacia los demás, piensa que va construyendo su camino hacia la vida eterna, cuando en realidad lo que hace es cavar «un gran abismo» (cf. Lc 16,26).

Ese «gran abismo» que separa el «seno de Abraham» de la «morada de los muertos», es el foso que el mismo hombre rico ha cavado en vida, “un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed ardiente ya irremediable.”[4]

El Papa Francisco también nos advierte del riesgo del encerrase cómodamente en uno mismo: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya  no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”[5]

Despertar nuestra conciencia

            Queridos hermanos y hermanas, esta parábola “no se trata de una condena mezquina de la riqueza y de los ricos nacida de la envidia”[6]; sino de un despertar nuestra conciencia, nuestro corazón.

            Muchas veces nuestra conciencia se aísla, se cierra a la vida y a las necesidades de los demás. Y esto suele suceder cuando obsesivamente miro mis propias heridas y necesidades  no satisfechas. Otras veces, nuestra conciencia se adormece o se acostumbra a la pobreza material y espiritual. Ya no nos sobresalta la miseria de los demás. Es una noticia más entre otras.

            Aunque sea fiel cumplidor de mis prácticas religiosas, si mi conciencia es ciega a mis hermanos y sus necesidades, se hará ciega también ante Dios mismo. Hoy, Jesús quiere despertar nuestra conciencia, nuestro corazón, nuestro amor.

            Despertar nuestra conciencia, despertar nuestro corazón, pasa por cuestionarnos a nosotros mismos, cuestionar nuestra vida cristiana, nuestra vida de oración y de amor al prójimo. Despertémonos a nosotros mismos y preguntémonos: ¿Qué bienes materiales y espirituales poseo? ¿Cómo uso esos bienes materiales y espirituales? ¿Los uso para construir puentes o fosos? ¿Puentes de alianza, encuentro y solidaridad? ¿O fosos de egoísmo, aislamiento e indiferencia?

            Hagamos nuestra la súplica del salmo: «El Señor abre los ojos de los ciegos y endereza a los que están encorvados. El Señor ama a los justos» (Salmo 145,8). Sí, pidámosle sinceramente al Señor Jesús que abra nuestros ojos y nuestro corazón a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas; que abra nuestros ojos y nuestro corazón para reconocerlo presente en nuestros hermanos y sus necesidades, así él enderezará nuestro camino, y en alianza con Él, con María y con nuestros hermanos, construiremos un puente hacia el Cielo, un puente hacia la vida eterna. Amén.


[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007), 253s.
[2] En la Biblia, esta parábola está situada luego de unos dichos dirigidos a los fariseos. Lc 16,14 dice: «Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que son amigos del dinero y se burlaban de él». Probablemente por esta razón el Leccionario agrega al inicio de esta parábola: «Jesús dijo a los fariseos».
[3] BENEDICTO XVI, Ángelus del domingo 30 de septiembre de 2007. [en línea]. [fecha de consulta: 25 de septiembre de 2016]. Disponible en: < http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2007/documents/hf_ben-xvi_ang_20070930.html>
[4] BENEDICTO XVI, Spe Salvi 44.
[5] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 2.
[6] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 257.

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