La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 1 de octubre de 2016

Aumenta mi fe para perdonar de corazón

Domingo 27° durante el año – Ciclo C

Aumenta mi fe para perdonar de corazón

Queridos hermanos y hermanas:

            La perícopa evangélica de hoy (Lc 17, 3b-10) inicia con una enseñanza sobre el perdón: «Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo.» (Lc 17, 3b-4).

            Se trata de una enseñanza para la vida comunitaria, es más, se trata de “una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano”.[1] Siguiendo a su Maestro y creyendo en el Dios “que no se cansa nunca de perdonar”[2], el cristiano sabe reconocer el arrepentimiento sincero de su hermano y otorga de corazón el perdón con el cual él mismo ha sido perdonado por Cristo (cf. Mt 18,33).

«Auméntanos la fe»

           
          Las palabras de Jesús nos ofrecen “una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. (…) Estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia.”[3]

            Sin embargo, por nuestra experiencia sabemos que es difícil perdonar de corazón. Sobre todo cuando hemos sido ofendidos por personas en quienes confiamos o cuando hemos sido heridos en nuestros sentimientos más íntimos. También los apóstoles lo saben. Por eso, confrontados con el estilo de vida cristiano, el estilo de la misericordia y el perdón, responden: «Auméntanos la fe» (Lc 17,5).

            Sí, necesitamos que el Señor aumente en nosotros el don de la fe para poder mirar con sus ojos la realidad humana y comprenderla según su corazón. Necesitamos los ojos y el corazón de Jesús para poder perdonar a los demás como Él nos perdona.

            Así la fe en Cristo Jesús es “una luz que ilumina todo el trayecto del camino”[4] humano, del camino de la vida. Esta fe que se expresa tan bellamente en las palabras de la Primera Carta de san Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1Jn 4,16), debe convertirse en el criterio fundamental de nuestra vida y de nuestras relaciones humanas.

¿Qué es la fe?

            Todo esto nos lleva a preguntarnos con sinceridad: ¿qué es la fe? ¿La comprendemos en toda su amplitud? ¿La vivimos en todas sus dimensiones?

            Llamativamente, luego de la petición de los apóstoles y de la sentencia referida a la fe del tamaño de un grano de mostaza (cf. Lc 17,6), el Señor Jesús pronuncia una pequeña parábola que podríamos llamar la parábola de los servidores humildes (cf. Lc 17, 7-10).

            En ella Jesús describe la tarea cotidiana de los servidores en el campo: arar, cuidar del ganado y servir la mesa de sus amos. Luego de todo este trabajo, el amo «¿deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?» (Lc 17,9). La respuesta a esta pregunta es no. Simplemente ha hecho lo que debía hacer: su tarea.

           
        No se trata de una falta de cortesía, sino simplemente del hecho que los servidores no han hecho nada extraordinario. Han cumplido con su tarea, con su cometido, con lo que les corresponde.

            Y esto Jesús lo aplica a sus discípulos: «Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.» (Lc 17,10).

«Somos simples servidores»

            No estamos acostumbrados a concebir nuestra vida de fe como una vida de servicios al Señor. Muchas veces entendemos la fe como el asentimiento dado a un conjunto de verdades, como se expresan en el Credo, por ejemplo (fe en la cual creemos). Otras veces, acentuamos en la fe la dimensión de entrega y confianza en Cristo Jesús (fe que cree), pero no alcanzamos a deducir sus consecuencias para nuestra vida.

            Sin duda que la dimensión principal de la fe cristiana es fe en una persona, se trata de un creo en ti. Pero si creemos y confiamos en Cristo Jesús y sus palabras, entonces tenemos que aprender a obedecerle, tenemos que aprender a servirle con nuestra vida.

            Si somos sinceros reconoceremos que muchas veces tratamos de servirnos de nuestra fe, tratamos de hacer de Dios mismo nuestro siervo. Como dice una oración del Hacia el Padre:
            “Hasta ahora tuve yo el timón en las manos;
            en el barco de la vida tan a menudo te olvidé;
            me volvía desvalido hacia ti [Padre], de vez en cuando,
            para que la barquilla navegara según mis planes.”[5]

            En mi vida de fe, en mi oración, ¿cómo me posiciono ante Dios? ¿Trato de ser un “simple servidor” o me presento como señor? ¿Me abro a la voluntad de Dios o rezo para que se haga mi voluntad?

            «Somos simples servidores» dice el Evangelio. Y la fe que nos entrega y enseña Cristo tiene que ver con esa conciencia de ser servidores de Dios. Servidores obedientes y generosos, y por eso hijos.

            Por ello, cuando percibimos el querer de Dios le ofrecemos “la obediencia de la fe”, por la cual nos confiamos libre y totalmente a Él entregándole nuestro entendimiento y nuestra voluntad.[6] Es decir, porque creemos en Dios, nos entregamos a Él con amor y le obedecemos por amor.

            «Hemos creído en el amor» (cf. 1Jn 4,16) y por eso estamos llamados a vivir el amor viviendo el perdón. «Hemos creído en el amor» y por eso estamos llamados a ser simples y sencillos servidores de Dios en el día a día.

            A María, Madre de la misericordia y de la fe, le pedimos que nos enseñe a creer en Dios y a entregarle  nuestra obediencia filial. Con Ella, que ante el ángel de Dios se presentó como «la servidora del Señor» (Lc 1,38), le suplicamos a Jesús: “Señor, aumenta mi fe en ti para que pueda perdonar de corazón a mis hermanos”. Amén.



[1] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 9.
[2] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 3.
[3] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 9.
[4] PAPA FRANCISCO, Lumen Fidei 1.
[5] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 398.
[6] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Divina Revelación, 5.

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