La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 9 de diciembre de 2017

«Hablen al corazón de Jerusalén»

Domingo 2° de Adviento – Ciclo B

Mc 1, 1 – 8

«Hablen al corazón de Jerusalén»

Queridos hermanos y hermanas:

            Una vez más, como Iglesia peregrina, nos encontramos transitando los caminos del tiempo litúrgico del Adviento. Sabemos que con el Adviento se inicia un nuevo año litúrgico; además, durante este tiempo litúrgico nos preparamos “para la santa Navidad, cuando él, el Señor, que es la novedad absoluta, vino a habitar en medio de esta humanidad decaída para renovarla desde dentro.”[1]

            Sí, el Señor quiere renovar a la humanidad desde dentro, quiere renovarnos a cada uno de nosotros desde dentro. Por eso, a través del profeta Isaías dice: «¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo! Hablen al corazón de Jerusalén» (Is 40, 1. 2a).

«Hablen al corazón de Jerusalén»

            A través de estas palabras del profeta Isaías, el tiempo de Adviento se nos presenta como tiempo de consuelo y esperanza; como tiempo donde Dios quiere hablarnos al corazón.

            En la Sagrada Escritura el corazón designa no solamente la sede de los sentimientos y afectos en el hombre, sino que refiere al núcleo de la personalidad humana. Hablar al corazón del hombre es dirigirse al núcleo de su personalidad, a la raíz de sus pensamientos, decisiones y acciones.

            ¿Y cuál es el mensaje que Dios quiere hacernos llegar hoy al corazón, al núcleo de nuestra personalidad, al lugar íntimo y auténtico donde somos nosotros mismos? Se trata de un mensaje de consuelo y esperanza, pero también de un llamado a la conversión.

            Lo vemos claramente en la primera lectura tomada del libro del profeta Isaías: «¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagada.» (Is 40, 1-2). Inmediatamente después del mensaje de consuelo y esperanza, se anuncia también el llamado a la conversión: «Una voz proclama: “¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies!”» (Is 40, 3-4).

            Cuando Dios nos habla al corazón, o más bien, cuando permitimos que Dios nos hable al corazón, percibimos el anuncio gozoso y esperanzado de la salvación: «¡Aquí está tu Dios!» (Is 40,9); pero también percibimos nuestra propia fragilidad y necesidad de conversión.

Y no puede ser de otra manera, pues, precisamente para poder percibir ese anuncio y esa presencia salvadora de Dios en medio de nosotros, debemos también aprender a percibir con sinceridad nuestra propia necesidad de conversión. Esperanza y conversión van unidas; salvación y conversión van juntas.

«La verdad brotará de la tierra y la justicia mirará desde el cielo»

Es lo que expresa el salmista al decir: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán; la verdad brotará de la tierra y la justicia mirará desde el cielo» (Salmo 84 [85], 11-12).

Durante este tiempo de Adviento, en nuestros corazones deben darse cita el amor y la verdad; la justicia y la paz. ¿Qué significa esto? ¿Cómo sucede este encuentro misterioso y salvífico en nuestros corazones?

Si queremos prepararle en nuestros corazones un camino al Señor, un sendero a nuestro Dios (cf. Is 40,3), debemos comenzar por reconocer nuestra propia verdad. Eso significa reconocer nuestras capacidades, pero también, reconocer nuestros límites, fracasos y pecados. Cuando permitimos que Dios vea toda nuestra verdad, entonces su amor misericordioso puede salir a nuestro encuentro: «al amor y la verdad se encontrarán».

Juan Bautista.
Capilla del Seminario.
Maribor, Eslovenia. 2001.
Así cuando nos dejamos justificar por el mismo Señor; es decir, cuando dejamos que por su misericordia Él nos transforme de pecadores en justos, «la justicia y la paz se abrazan». En este sentido, el P. José Kentenich enseñaba que “ese sencillo reconocer y confesar nuestra debilidad generará a la larga en nosotros paz interior, nos impulsará a remontarnos hacia el mundo sobrenatural.”[2] Es por ello que cuando la verdad brota de la tierra de nuestro corazón, la justicia mira con misericordiosa alegría desde el cielo (cf. Salmo 84 [85], 12).

Bautismo de conversión

Comprendemos ahora porqué en este Domingo 2° de Adviento el texto evangélico (Mc 1, 1-8) destaca la figura y predicación de Juan el Bautista, quien se presentó «en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Mc 1,4).

El Bautista sabe que él es la voz que grita en el desierto: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos» (Mc 1,3); sabe que él debe preparar los corazones del pueblo de Dios para que puedan recibir plenamente el don de la salvación. En definitiva, el Bautista sabe que es necesaria la conversión sincera para que el corazón pueda escuchar las palabras que Dios le dirige en Cristo Jesús.

La predicación del Bautista –ayer y hoy- está vinculada “a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculada sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan.”[3] El Bautista sabe que debe realizar un bautismo de conversión para que luego, Aquél que puede más que él, bautice en el Espíritu Santo (cf. Mc 1, 7-8).

También nosotros queremos caminar los senderos del Adviento, reconociendo nuestros pecados y nuestra pequeñez con sinceridad y esperanza, para disponer el propio corazón a recibir la palabra divina de consuelo y salvación que es Cristo mismo.

         A María, Mater Adventus – Madre del Adviento, que supo escuchar la palabra de consuelo y salvación con un corazón totalmente abierto a Dios, le pedimos que nos guíe por los caminos de la conversión para que preparemos nuestros corazones para Aquél que vino, que viene y que ha de venir, Jesucristo, el Señor. Amén.



[1] BENEDICTO XVI, Ángelus, II Domingo de Adviento, 7 de diciembre de 2008 [en línea]. [Fecha de consulta: 9 de diciembre de 2017]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2008/documents/hf_ben-xvi_ang_20081207.html>
[2] P. WOLF, La mirada misericordiosa del Padre. Textos escogidos del P. José Kentenich (Nueva Patris, Santiago, Chile 2015), 172.
[3] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta, Santiago, Chile 2007), 36.

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