La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 21 de abril de 2019

«Él también vio y creyó»


Pascua de la Resurrección del Señor – Misa del día – Ciclo C

Jn 20, 1 – 9

«Él también vio y creyó»

Queridos hermanos y hermanas:

            En este Domingo de Resurrección hemos escuchado un pasaje del Evangelio según san Juan (Jn 20, 1 – 9). En el mismo se nos relata que «el primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.» (Jn 20, 1).

            Este hecho desata una serie de acontecimientos intensos y rápidos que concluirán con la afirmación de la fe en la resurrección de Cristo por parte del discípulo al que Jesús amaba (cf. Jn 20, 8).

            Volvamos al texto evangélico para mirar con detenimiento cómo se desenvuelven los acontecimientos, y también para descubrir en medio de ellos el movimiento y la dinámica de la fe pascual.

«Vio que la piedra había sido sacada»

            Cuando María Magdalena llega al sepulcro ve «que la piedra había sido sacada». Podemos suponer que María Magdalena iba al sepulcro para -de alguna manera- velar el cuerpo de Jesús y acompañarlo. Sin embargo, la Magdalena se percata de que el sepulcro está vacío. En un primer momento, ella no interpreta este hecho como un signo de la resurrección de Jesús. De hecho, dice a Pedro y al otro discípulo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» (Jn 20, 2).

            Ante el sepulcro vacío, en ese momento, no surge en ella la fe sino más bien el temor y el desconcierto: «Se han llevado al Señor… No sabemos dónde lo han puesto».

            «Se han llevado al Señor». Estas palabras bien podrían aplicarse a la muerte misma. Luego de los dramáticos acontecimientos ocurridos en Jerusalén, parecía que efectivamente la muerte se había llevado a Jesús, y con Él, las esperanzas y anhelos de cuantos creyeron en Él y en su palabra.

            «No sabemos dónde lo han puesto». Son también palabra de desconcierto. Si la muerte se ha llevado a Jesús: ¿dónde buscarlo? Si la muerte o el fracaso se han llevado nuestras fuerzas y esperanzas: ¿dónde buscarlas?

«Pedro y el otro discípulo fueron al sepulcro»

            
Ante esta situación «Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro» (Jn 20, 3). Así, ante las preocupantes noticias que trajo María Magdalena, Pedro y el otro discípulo – que la tradición identifica con Juan- se ponen en camino raudamente para llegar al lugar de los hechos. Ante el temor y el desconcierto no se esconden, no niegan ni evaden la situación, sino que se confrontan con ella: miran la realidad tal cual es, tal y como se presenta.

            Hay aquí una primera actitud de fe sumamente importante: observar la realidad, incluso cuando ella se presenta con dificultades y adversidades. Observar la realidad, no huir de ella; no huir de los problemas; no huir de las cruces; no huir del vacío del sepulcro.

            Hoy nos cuesta aceptar y soportar el vacío. Por eso llenamos nuestra vida de ruidos, imágenes y actividades. Constantemente estamos distraídos. Constantemente huimos del vacío de la soledad y del silencio. Y por eso nos cuesta observar con detenimiento y escuchar con atención.

            Sin embargo, Pedro y Juan se animan a confrontarse con el sepulcro vacío y observar la realidad que allí se les presenta. ¿Qué han visto? ¿Qué han encontrado?

            Nos dice el texto evangélico que tanto Juan como Pedro vieron «las vendas en el suelo, y también el sudario» que había cubierto la cabeza de Jesús (cf. Jn 20, 6 – 7). Se nos precisa además, que dicho sudario «no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte» (Jn 20,7).

            Es decir, en el silencio y soledad del sepulcro vacío, estos discípulos se encontraron con los signos de la resurrección. No son testigos del acontecimiento mismo de la resurrección, “ésta es un proceso que se ha desarrollado en el secreto de Dios, entre Jesús y el Padre, un proceso que nosotros no podemos describir y que por su naturaleza escapa a la experiencia humana.”[1] Sin embargo, son testigos de los signos de la resurrección; son capaces de percibir los rastros del Resucitado.

«Él también vio y creyó»

           
La Resurrección de Cristo.
El Greco, 1597 - 1600. Óleo sobre tela.
Museo del Prado, Madrid, España.
Wikimedia Commons.
Y precisamente porque han observado la realidad y han percibido los signos de la resurrección, son capaces de creer en el Resucitado. Observar, percibir y creer parecieran ser los pasos del proceso de la fe pascual. Pareciera ser ésta la dinámica de la fe a la cual se nos sigue invitando hoy para descubrir al Resucitado en nuestras vidas.

            Animarnos a observar nuestra realidad –personal, familiar, eclesial y social-, con toda su riqueza y complejidad, con todos sus desafíos y posibilidades; para así descubrir en ella los signos de la resurrección. Siempre, en todo lugar y en toda vida, hay signos de resurrección, hay vendas blancas que nos dicen que el Resucitado no está en el sepulcro, y que, por lo tanto, nuestra esperanza no está muerta.

            Animémonos a observar, percibir y creer; y que también a nosotros se apliquen las palabras que el Evangelio refiere sobre el discípulo al que Jesús amaba: «Él también vio y creyó» (Jn 20, 8).

            A María, Mater fidei paschalis – Madre de la fe pascual, suplicamos:

            “¡Madre, ayuda nuestra fe!

            Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús,

            para que él sea luz en nuestro camino.”[2]

            Enséñanos a observar la vida con detenimiento,

            para descubrir en ella los signos de la resurrección, y así,

            creyendo contemplemos al Resucitado que está presente en medio de nosotros

            y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.
Santuario de Tupãrenda, 21 de abril de 2019


[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011),304
[2] PAPA FRANCISCO, Lumen Fidei, 60.

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