La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 2 de junio de 2019

«Serán mis testigos hasta los confines de la tierra»


La Ascensión del Señor – Ciclo C

Lc 24, 46 – 53

Hch 1, 1 – 11  

«Serán mis testigos hasta los confines de la tierra»

Queridos hermanos y hermanas:

            En el libro de los Hechos de los Apóstoles –en el pasaje que hemos leído hoy- se nos dice que: «Después de su Pasión, Jesús se manifestó a los Apóstoles dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios» (cf. Hch 1, 3).

            Por lo tanto, el Resucitado se manifestó varias veces a los Apóstoles y los instruyó. Sin embargo, en una de esas ocasiones, cuando les hablaba de la «promesa del Padre», es decir, del envío del Espíritu Santo, ellos todavía le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» (Hch 1, 6).

«¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

            Pareciera ser que a pesar de que están en contacto con el Resucitado todavía tienen categorías muy mundanas al pensar la realidad. Pareciera ser que todavía siguen con la expectativa de un Mesías de liderazgo político que restaure el reino de Israel.

            Sin embargo, la resurrección y la ascensión superan todas las categorías intra-mundanas de espacio y tiempo, y todas las fronteras políticas y culturales. El Mesías resucitado no restaura el reino político de Israel sino que instaura el Reino de Dios, es decir, la soberanía de Dios, la cual consiste en “asumir su voluntad como criterio”[1] último de la vida. Por lo tanto, este Reino de Dios que se manifiesta plenamente en la resurrección de Jesucristo es necesariamente universal, “abarca toda la tierra”[2].

            Lo cual nos permite comprender la profundidad de las palabras siguiente de Jesús y todo lo que ellas implican para nosotros: «Recibirán la fuerza el Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

«Serán mis testigos hasta los confines de la tierra»

           
La Ascensión de Cristo. 1510 - 1520.
Benvenuto Tisi. Óleo sobre panel.
Galleria Nazionale d´Arte Antica. Roma, Italia.
Wikimedia Commons.
Precisamente porque Jesucristo ha resucitado y “subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”[3] puede Él enviar constantemente a su Iglesia y a la humanidad el Espíritu Santo, «la fuerza que viene de lo alto» (Lc 24, 49).

            Esta efusión del Espíritu que se anuncia en el día de la Ascensión del Señor es lo que capacita a los Apóstoles, a los discípulos, a la Iglesia toda y a cada bautizado a ser testigos del Resucitado.

            Por eso, esta solemnidad litúrgica no se trata solamente de intentar penetrar el misterio de la Ascensión del Señor al Cielo, sino de tomar consciencia del nuevo orden de cosas que Jesús inaugura con su resurrección y ascensión. Por eso los ángeles preguntan a los Apóstoles –y a nosotros- : «¿ por qué siguen mirando al cielo?» (Hch 1, 11). La Ascensión marca el inicio del tiempo del apostolado y la misión, el tiempo de dar testimonio alegre y fervoroso de Jesús resucitado y la vida nueva que nos otorga por medio del Espíritu Santo.

            Por supuesto que cada tanto necesitamos mirar hacia el Cielo en la oración y la meditación del Evangelio, en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos; pero lo hacemos para ser «revestidos con la fuerza que viene de lo alto» (Lc 24, 49) y así, siempre de nuevo, ser enviados para ser sus «testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

«Recibirán la fuerza del Espíritu Santo»

            Digamos todavía algo más sobre el Espíritu Santo. En esta solemnidad litúrgica de la Ascensión del Señor y en el texto evangélico que se ha proclamado, el Espíritu Santo se nos revela no solamente como la «promesa del Padre» y la «fuerza que viene de lo alto» y nos capacita para ser testigos del Resucitado.

            Sino también y sobre todo, el Espíritu Santo se revela como vínculo vivo y permanente entre el Jesús glorificado a la derecha del Padre y su Iglesia que, misionando y dando testimonio de Él, peregrina hacia el Cielo, hacia el Padre.

            Ahora comprendemos plenamente el misterio salvífico de la Ascensión: el mismo consiste en la glorificación de Jesús resucitado que asciende al Padre y así causa la perpetua efusión del Espíritu que anima interiormente a la Iglesia obrando la íntima comunión con el Resucitado, el testimonio auténtico y creíble y la predicación con palabras y obras. Ascensión del Señor; efusión del Espíritu y misión de la Iglesia. He ahí las tres dimensiones del misterio que hoy celebramos.

            Jesús está en tu corazón precisamente porque ha ascendido al Padre y por la fuerza del Espíritu Santo habita en ti. ¿Dónde te envía hoy a dar testimonio de su presencia en tu vida? ¿A qué confines existenciales te envía hoy? ¿Qué fronteras te invita a traspasar?

            A María, Madre del Resucitado, a quien la felicidad de su Hijo en la ascensión a su Padre la hace dichosa, le pedimos que nos enseñe a ser auténticos testigos de Jesús resucitado llevando a todos los confines de nuestra patria y de nuestra existencia la alegría de su presencia constante en nuestros corazones y en nuestras vidas. Que así sea. Amén.

P. Oscar Iván Saldívar F., I.Sch.



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007), 180s.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, 109.
[3] MISAL ROMANO, Símbolo de los Apóstoles.

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