La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 30 de marzo de 2014

El camino de la fe: de la ceguera a la visión creyente

El camino de la fe: de la ceguera a la visión creyente

Queridos hermanos:

La Liturgia de la Palabra de hoy (Domingo IV de Cuaresma) nos presenta el texto íntegro del capítulo 9 del Evangelio según San Juan. Si bien existe una forma corta del texto, vale la pena leer y escuchar toda la perícopa evangélica (Jn 9, 1-41) para no perdernos la riqueza de este texto que relata el encuentro entre Jesús y el hombre ciego de nacimiento.

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento

            El inicio del texto es importante: “Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Es Jesús el que ve, el que mira a este hombre que no puede ver… En su ceguera este hombre no percibe a Jesús, no es capaz de ver su rostro, su mirada, sus gestos, su presencia… Y sin embargo, Jesús es quien lo ve, quien le dirige su mirada llena de ternura, respeto y amor.

            ¡Qué consuelo para nosotros! Pues también nosotros somos ciegos a la presencia de Jesús en nuestras vidas… ¡Cuánto nos cuesta ver a Jesús! Tenemos tantos problemas personales, familiares o laborales que nos cuesta ver a Jesús en nuestras vidas. Otras veces sucede que nuestros propios pecados y el de los demás nos impiden ver a Jesús. Y otras veces, simplemente, no sabemos mirar con fe para ver a Jesús en nuestras vidas… Nadie nos lo ha enseñado… Y así, somos como ese hombre ciego del evangelio. ¡Pero Jesús nos ve! Jesús me ve y me mira con amor aunque yo no lo vea a Él.

Para que se manifiesten las obras de Dios

            Y la mirada de Jesús -esa mirada de ternura, respeto y amor- es una mirada distinta a las demás, una mirada que puede transformar la realidad porque percibe en ella la acción de Dios.

            Mientras sus discípulos preguntan “¿quién ha pecado (…) para que haya nacido ciego?”, Jesús responde: “ni él ni sus padres han pecado, nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios”.

            Donde los discípulos ven pecado, Jesús ve una oportunidad para que se manifiesten las obras de Dios… Donde nosotros vemos una dificultad, Jesús ve una puerta abierta; donde vemos un castigo, Jesús ve una oportunidad para crecer; donde vemos pecado, Jesús ve un camino de conversión y perdón.

            Es la mirada del Hijo que siempre nos ve como hermanos. Es la mirada del Hijo que siempre ve la acción del Padre por medio del Espíritu en los corazones de los creyentes.

            Cuando miramos nuestra propia vida, y la de los demás, ¿miramos como Jesús o como los discípulos?

El camino de la fe: de la ceguera a la visión creyente

            Finalmente queridos hermanos y hermanas, el hermoso y dramático relato que hemos escuchado nos muestra que hay un “camino de la fe”, una peregrinación podríamos decir, en la cual peregrinamos desde la ceguera de  estar encerrados en nosotros mismos y nuestro mundo a la visión creyente que es capaz de percibir con fe y con esperanza la presencia de Dios en la realidad cotidiana.

            Es la peregrinación que ha hecho el hombre ciego de nacimiento: él fue mirado por Jesús… Jesús lo miró, lo tocó, se hizo cargo de su ceguera, realizó una obra por él y así lo alivió.[1] Y una vez mirado por Jesús, tocado por su amor, tuvo que aprender a dar testimonio de su encuentro con el Señor: primero dirá “ese hombre”, luego lo reconocerá como “un profeta” y finalmente ante Jesús mismo dirá “creo Señor”…

            Cuando el hombre dice: “creo en ti Señor”, deja atrás su ceguera y recibe la  plena visión de la fe que lo hace capaz de ver a Jesús, el Señor, en todas las situaciones de la vida –sean estas de tristeza o alegría- y con ello encuentra el sentido de su propia existencia, pues, “quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso”.[2]

            Señor Jesús, enséñanos a mirar como tú miras –como Hijo- , y a ver lo que tú ves: el amor. Amén.



[1] Cf. PAPA FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2014. Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8,9).
[2] PAPA FRANCISCO, Carta Encíclica Lumen Fidei sobre la fe, N° 1.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Cuaresma, camino y tiempo de conversión

Cuaresma, camino y tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

Nuevamente como pueblo de Dios, como Iglesia, nos ponemos en camino y queremos vivir un tiempo especial, un tiempo fuerte: un tiempo de conversión, de gracia y del Espíritu. La Cuaresma es ese tiempo y ese camino de conversión que anhelamos.

Camino de conversión, camino al corazón
            
          Todo camino –toda peregrinación- tiene una meta, y esa meta da forma al camino y orienta el caminar. También nuestro caminar cuaresmal tiene una meta -un sentido-: el participar plenamente de la Pascua de Cristo Jesús.

Cuando en nuestro peregrinar cristiano olvidamos la meta, dejamos de ser peregrinos y nos convertimos en errantes y así quedamos “existencialmente huérfanos, desamparados, sin un hogar donde retornar siempre” y terminamos girando en torno a nosotros mismos sin llegar a ninguna parte.[1]

Por eso, al inicio de nuestro camino cuaresmal conviene que recordemos que la Cuaresma tiene como meta la Pascua, el “revivir los misterios máximos de la fe en el Triduo Pascual”.[2] Queremos participar de la muerte y resurrección de Cristo, queremos participar de la nueva vida del Hijo Resucitado… Queremos morir a nuestros pecados, a nuestros egoísmos, a nuestra indiferencia y a nuestros dolores… Y queremos resucitar al amor, a la plenitud, al compartir, a la felicidad. Pero, ¿cómo lo hacemos?

Necesitamos hacer este camino de conversión que es la Cuaresma. Y todo camino de conversión es siempre un encaminarse hacia el propio corazón, hacia nuestra interioridad, hacia el núcleo de nuestra personalidad: allí donde somos auténticos y no caben ya las apariencias y las máscaras, las excusas y las justificaciones.

La palabra de Dios nos pide que peregrinemos a nuestro propio corazón cuando nos reclama: “desgarren su corazón y no sus vestiduras” (Jl 2,13). Desgarrar el corazón… La imagen es fuerte, incluso dolorosa. Si desgarramos nuestras vestiduras queda al desnudo nuestro cuerpo. Si desgarramos nuestros corazones quedan al desnudo nuestros pensamientos, deseos, sentimientos e intenciones. Queda al desnudo la fuente misma de donde brotan nuestras acciones. Quedan al desnudo nuestros egoísmos, nuestros pecados: nuestro encerrarnos en nosotros mismos despreciando a los demás y a Dios.

Personalmente pienso que debemos tomar muy en serio las palabras de Jesús en el Evangelio cuando nos dice que “de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,21). A veces quisiéramos excusarnos y responsabilizar a otros por nuestros dolores y pecados, o tal vez minimizarlos. Quisiéramos no responsabilizarnos por nuestras propias acciones y sus consecuencias, o no tomar conciencia de las huellas que dejan en nosotros. Pero eso sería inmaduro, y a la larga nos privaría de ser ayudados, de ser perdonados y sanados.

El inicio de nuestra conversión radica en reconocer sinceramente que somos pecadores -que muchas veces hemos elegido libre y conscientemente el hacernos daño a nosotros mismos y a los demás-, que tenemos un corazón pecador y por ello necesitado del amor de Jesús, de su misericordia, de su perdón, de su sanación.

Sin duda este reconocimiento puede ser doloroso, puede “desgarrar el corazón”, pero el encuentro sincero con Jesús es salvación, “ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser nosotros mismos. (…) Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad está nuestra salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación”.[3]

Peregrinar a nuestro corazón y reconocerlo con sinceridad como un corazón pecador, nos debe llevar a hacer nuestra la súplica del salmista: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro” (Sal 50,12). Sólo Dios, nuestro Padre bueno y misericordioso, puede obrar el gran milagro de nuestra transformación. Sólo Él puede tocarnos allí donde nadie más tiene acceso, sólo Él puede regalarnos un corazón nuevo.

Y así, de nuestro corazón reconciliado y renovado, podrán brotar el ayuno, la limosna y la oración como expresión externa de un corazón amante.

Si con confianza y sinceridad nos acercamos a Dios, nuestro Padre del cielo que  “ve en lo secreto” (Mt 6,4) –que ve en el corazón- sabrá darnos aquello que anhelamos: un corazón nuevo, un corazón de hijos y hermanos, un corazón semejante al de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, “éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (2 Co 6,2), aprovechemos esta Cuaresma y transformemos, desde nuestro interior, este tiempo que estamos iniciando en tiempo del corazón, en tiempo de conversión. Que así sea.  



[1] PAPA FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, N° 170.
[2] CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Misal Romano Cotidiano. Versión castellana de la 3ª edición típica latina y los Leccionarios I-IV, página 230.
[3] BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, N° 47.

sábado, 14 de diciembre de 2013

“¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3)

Queridos hermanos y hermanas:

        En este tiempo de Adviento seguimos caminando hacia el Señor que viene hacia nosotros. Tratamos de salir a su encuentro con nuestras buenas obras (cf. Oración Colecta del Domingo I de Adviento) y así vivimos “la fiel espera del nacimiento”[1] del Hijo de Dios.

           El Adviento es como una síntesis de la vida cristiana, pues el Señor constantemente sale a nuestro encuentro –viene hacia nosotros-, y, simultáneamente, también nosotros constantemente buscamos el rostro de Jesús. Buscamos su mirada, su abrazo, su corazón. Ésta es la vida cristiana: la constante venida del Señor  a nuestras vidas (cf. Ap 22,20) y el insaciable anhelo de su rostro. Venida y búsqueda, anhelo y encuentro: es Adviento, es la vida cristiana.

            Vista así, la vida cristiana es también como un “juego de amor”. Y “¿qué significa juego de amor? Que dos personas que se aman se buscan mutuamente  y no descansan hasta haberse encontrado.”[2] 

Nuestro corazón estará intranquilo hasta que descanse en Ti

            Sí, todos llevamos en el corazón –en lo más íntimo de nuestro ser- el anhelo de Dios, el anhelo de ver su rostro. Lo dice el salmista: “Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.” (Salmo 27 (26), 8-9).

            Cada vez que despertamos ese anhelo y lo cultivamos vivimos un adviento: espera y búsqueda anhelante. San Agustín lo ha expresado magistralmente al invocar a Dios diciendo: “nuestro corazón estará intranquilo hasta que descanse en Ti.” (Confesiones I, 1, 1).

            Sin embargo, cuando ese anhelo se convierte en idealización y pierde realidad, corremos el riesgo de “imaginar” el rostro de Dios a nuestra medida y reducir su presencia salvadora a nuestras exigencias y expectativas.

            Sí, buscamos el rostro de Dios, esperamos a Jesús, pero esperamos que Él se manifieste según nuestros criterios, que Él nos salve de acuerdo con nuestros deseos, que cumpla nuestra voluntad antes que la voluntad del Padre. Muchas veces buscamos a Jesús… O eso pensamos, pero en realidad, nos buscamos sólo a nosotros mismos, buscamos la realización de nuestros deseos y proyectos.

¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Mt 11,3)

            Tal vez algo de eso se refleja en el Evangelio proclamado hoy (Mt 11,2-11). Al momento del inicio de la actividad pública de Jesús, Judea “bullía de inquietudes. Movimientos, esperanzas y expectativas contrastantes determinaban el clima religioso y político”.[3] Cada grupo o movimiento religioso tenía una expectativa, una imagen, una “idealización” del Salvador y de la salvación.

            Los zelotes estaban dispuestos a utilizar la violencia para restablecer la libertad de Israel; los fariseos intentaban vivir la Torá cumpliendo sus prescripciones con esmero y precisión; y los saduceos –en su mayoría pertenecientes a la clase sacerdotal- vivían una religiosidad de élite acomodada con el poder romano…[4] Cada cual espera al Salvador y su salvación, pero, de acuerdo a su mirada, a sus criterios.

            Tal vez Juan el Bautista esperaba en el Salvador, en el Mesías, una irrupción tajante, exigente y definitiva del Reino de Dios… Pero, encuentra a un Salvador, a un Jesús, que con paciencia y cuidado acoge a enfermos, a ciegos, a sordos, a pobres e incluso a pecadores… ¿No es demasiado poco para el Salvador acoger a pobres y enfermos y perdonar pecados? ¿Qué sucede con la situación política y social de Israel?[5] Ante tal desconcierto, Juan el Bautista se atreve a preguntar: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3).

            Es ilustrativo que el Evangelio diga que “Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo” (Mt 11,2). Muchas veces también nosotros “oímos” hablar de Jesús y sus obras desde la “cárcel” de nuestros pre-juicios y exigencias. Y muchas veces, nuestros pre-juicios y exigencias no nos permiten “ver” a Jesús y su obrar en nuestras vidas y en las de los demás.

A veces “imaginamos” un Jesús que nos libre de nuestros defectos, cuando en realidad Él nos ama así como somos en nuestra fragilidad y lo único que nos pide es confianza;

a veces “imaginamos” un Jesús que corrige los errores de los demás y olvidamos que Él nos pide ser mansos y humildes de corazón;

a veces “imaginamos” un Jesús que siempre nos da la razón y olvidamos que Él nos pide ampliar nuestros criterios mentales y ensanchar nuestro corazón;

a veces “imaginamos” un Jesús “dulzón” y “buena onda” que no nos exige y olvidamos que Él nos amó hasta el extremo de la cruz;

a veces “imaginamos” un Jesús “a mi medida” tomando de sus palabras lo que me gusta, y olvidamos que no hay cristianismo en solitario, sin Iglesia;

a veces “imaginamos” un Jesús tan íntimo, tan espiritual, que olvidamos amarlo en la persona que tenemos al lado; y,

a veces “imaginamos” un Jesús revolucionario y olvidamos que la gran revolución se inicia con la conversión del corazón.

          Resuena entonces en nuestros corazones la pregunta de Juan el Bautista a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. ¿Es el Jesús del Evangelio el que esperamos o debemos esperar al de nuestra imaginación, al de nuestras exigencias?

            Queridos amigos… Anhelemos la venida de Jesús, anhelémosla profundamente, pero siempre dejemos abierta la posibilidad de que Él nos sorprenda. Salgamos de la “cárcel” de nuestros pre-juicios y exigencias, y animémonos a escuchar y a ver con el corazón lo que Él realiza en la vida de los demás y en  nuestras propias vidas.

            Y cuando nos liberemos de nuestros pre-juicios y exigencias, entonces estaremos abiertos, entonces estaremos en condiciones de esperar y seguir buscando al Salvador, porque en realidad Él nos habrá ya encontrado y podremos decirle: “sí, Tú eres el que yo tanto esperaba, el que yo tanto anhelaba; Tú, sacias y superas todos los anhelos de mi corazón”. Amén.  


[1] Oración Colecta del Domingo III de Adviento
[2] J. KENTENICH, En las manos del Padre (Editorial Patris S.A., Santiago 21999), 144.
[3] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta, Santiago 32007), 34.
[4] Cf. Ibídem
[5] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús (Planeta, Buenos Aires 2012), 48-51.

sábado, 7 de diciembre de 2013

La Inmaculada Concepción de la Virgen María

¿Qué celebramos los cristianos cuando celebramos
la Inmaculada Concepción de la Virgen María?

Tal vez, pueda ayudarnos a responder esta pregunta el reflexionar a partir del hermoso Prefacio de la Misa del 8 de diciembre (El misterio de María y de la Iglesia):

“Tú preservaste a la Virgen María de toda mancha del pecado original
y la enriqueciste con la plenitud de tu gracia,
preparándola para que fuera la Madre digna de tu Hijo
y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo,
llena de juventud y limpia hermosura.”

En esta oración está bellamente resumida la fe de la Iglesia con respecto a la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Una fe, que por estar expresada en palabras un tanto complejas y a veces desconocidas, pareciera referirse a un hecho lejano y distante, pero que en realidad expresa un acontecimiento salvífico que está llamado a tocarnos a cada uno de nosotros.

Inmaculada Concepción: ¿qué significa?

           
Alguna vez, cuando he preguntado, para saber cuánto comprendemos las palabras en las que está expresada nuestra fe: ¿qué significa la Inmaculada Concepción de María? Muchas personas me han dicho que esta expresión  se refiere al hecho de que la Virgen María habría sido concebida en una madre virgen por obra del Espíritu Santo… En realidad nos encontramos aquí con una gran confusión… Se confunden la concepción virginal del Señor Jesús, de la cual dan testimonio los Evangelios (cf. Lc 1, 31. 34. 35; Mt 1, 20), y la concepción de su madre la Virgen María, la cual según una antigua tradición de la Iglesia nació de la unión de sus padres: San Joaquín y Santa Ana. Por lo tanto, la concepción de María no fue virginal, sino una concepción, por decirlo de alguna manera, natural. Entonces, ¿qué significa que la concepción de María haya sido inmaculada?


            Tal vez conozcamos la respuesta por lo que hemos aprendido en la catequesis: “desde el momento mismo del inicio de su vida –desde su concepción- María fue preservada –protegida- del pecado original”. Sabemos la respuesta, pero, ¿la comprendemos?

Preservada del pecado original

            ¿Qué significa que María fue preservada del pecado original? ¿Qué significa pecado original?

            Y tal vez tocamos aquí uno de los puntos menos comprendidos de la doctrina católica e incluso, a veces, más resistido debido a su mala interpretación: la doctrina del pecado original.

            No puedo abordar aquí exhaustivamente la cuestión del pecado original, pero sí diré algunas palabras que espero ayuden a su correcta comprensión.

            Lo que la doctrina del pecado original señala en negativo es la honda solidaridad entre todos los hombres y mujeres. Es tan honda esta solidaridad –este vínculo de unión-, que todos los hombres y mujeres de todos los lugares y tiempos estamos de alguna manera unidos, de alguna manera vinculados. Es decir, ninguno de nosotros proviene de sí mismo –nuestra historia nunca parte de un cero absoluto-, hay otros que nos han precedido. Así nuestra historia personal es parte de una historia más grande, de la historia de otros –de nuestra familia, comunidad, nación, Iglesia, humanidad-; historia de amor y de pecado. Así “todo el hombre está marcado profundamente por la pertenencia a toda la humanidad, es decir, al «Adán»”.[1]

            Y esta “solidaridad” se extiende también al pecado… Ya, cuando cada uno de nosotros viene al mundo, participamos de la situación existencial de pecado que sufre la humanidad, aunque no hayamos cometido un “acto personal de pecado”. Así la doctrina del pecado original designa la situación existencial de pecado de toda la humanidad y de cada uno de nosotros. A pesar de que Dios no nos abandona, iniciamos la vida “privados” de esa familiaridad con Dios.

            Formulada positivamente, la doctrina del pecado original nos señala que todos necesitamos ser salvados. Ninguno de nosotros puede salvarse a sí mismo. Todos necesitamos de ese don que es la salvación. Todos necesitamos ser rescatados por Jesús y que Él nos vuelva a regalar aquello que es más propio de cada uno de nosotros: la amistad y el trato familiar con Dios Padre, su gracia, su don. Por eso el Bautismo en Cristo nos rescata de esa situación existencial de separación y nos “injerta” en el Cuerpo viviente de Cristo que es la Iglesia. ¡De la solidaridad del pecado pasamos a la solidaridad del amor, a la comunión de los santos!

            Ahora entonces podemos comprender lo que significa que María fue preservada del pecado original. Sí, María, desde el primer momento de su existencia fue rescatada de la situación existencial de separación de Dios que produce el pecado, y desde ese primer instante de su vida participa de la solidaridad de amor con Dios y con toda la humanidad.

            Como dice el documento papal con el cual en 1854 el Papa Pío IX declara el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (Bula Inneffabilis Deus),

“la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano” (DH 2803);

es la salvación obrada por Jesucristo la que salva a María, la que la preserva de la solidaridad del pecado y la injerta en la solidaridad del amor. La salvación de Jesucristo alcanza a redimir a María ya desde su concepción, ya desde el inicio de su vida. Así, la Inmaculada Concepción es un fruto de la redención operada por Cristo Jesús, es un hermoso don de la Encarnación del Verbo de Dios.

María, comienzo e imagen de la Iglesia

            Si contemplamos el actuar de Dios uno y trino en María, comprendemos entonces por qué María es llamada “comienzo e imagen de la Iglesia”. La salvación de Jesús, que la preservó del pecado original, es la salvación que se ha iniciado en Ella y que el mismo Cristo quiere extender a toda la Iglesia, a toda la humanidad y a toda la creación.

           
La Inmaculada Concepción no es sólo un “privilegio” particular y aislado para la Madre de Jesús, sino que es el “gran signo” que apareció en el cielo (cf. Ap 12,1) y que nos ilustra lo que Dios en Jesucristo y por el Espíritu Santo quiere hacer en cada uno de nosotros y con toda la humanidad: volver a regalarnos su amistad y su presencia en nuestras vidas de tal modo que el pecado ya no tenga dominio sobre nuestros corazones.

   Aquello que Dios obró tan misericordiosamente en la concepción de María, lo quiere obrar día a día en nuestras vidas con nuestra cooperación a través de la fe, la oración, los sacramentos y el amor al prójimo. Lo que María es por gracia, nosotros llegaremos a serlo un día en el cielo.

            Así comprendida, María no está separada de la Iglesia y de la humanidad, Ella es “imagen y comienzo” de ambas realidades, pues las simboliza y las realiza plenamente aceptando el don de Dios y dándole su sí libre y personal (cf. Lc 1,38). En María se hace patente el destino original y final de toda la humanidad. María es la Compañera (socia, cf. Lumen Gentium 61) de Cristo, porque en realidad, la Iglesia, la humanidad, la creación –y cada uno de nosotros- está llamada a ser compañera de Jesucristo, quien justamente ha venido al mundo –y sigue viniendo- para ser “Dios-con-nosotros” (Mt 1, 22-23).

P. Oscar Iván Saldívar F.
Parroquia – Santuario de Ñandejara Guasu, Piribebuy,
en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María,
Fiesta de la Virgen de los Milagros de Caacupé.     




[1] Cf. RATZINGER J., Introducción al Cristianismo (Sígueme, Salamanca 21971), Pág. 211.

martes, 9 de julio de 2013

Lumen Fidei: un acontecimiento luminoso

Un acontecimiento eclesial que ilumina

Hace poco hemos recibido la primera carta encíclica del Papa Francisco, un acontecimiento eclesial del todo particular, porque se trata de “una encíclica a cuatro manos”[1] como el mismo Obispo de Roma ha comentado.

Al leer la Lumen Fidei no puedo evitar escuchar en mi mente la voz de Benedicto XVI y percibir sus expresiones y temáticas teológicas en el texto. Los cronistas vaticanos confirman que se trata de “una encíclica muy ratzingeriana (en cuanto al lenguaje, la estructura, las citas…) que lleva la firma del primer Papa latinoamericano”[2]. El mismo Papa Francisco dice en la carta que Benedicto XVI “ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (LF 7).


Aun teniendo claro que estamos ya ante un texto del magisterio de Papa Francisco, podríamos decir que Benedicto XVI habla en las palabras de esta carta encíclica y que Francisco habla en el gesto humilde de hacer suyo parte importante del trabajo de su predecesor. Tal vez este gesto de Francisco nos ayude a comprender más vivamente que “la fe es una porque es compartida por toda la Iglesia, que forma un solo cuerpo y un solo espíritu”, a mi juicio, este gesto ilustra que “en la comunión del único sujeto que es la Iglesia, recibimos una mirada común” (LF 47). Es la misma lumen fidei –la misma luz de la fe- la que nos entregan tanto Benedicto XVI como Francisco, porque ambos la han recibido de la Iglesia, Madre de nuestra fe, de Ella “que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe” (LF 38).

Una mirada a la dinámica del texto

En la introducción a la carta encíclica –los primeros siete parágrafos- domina la imagen de la fe como luz que regala al hombre una nueva visión. “Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso” (LF 1). Así, la imagen de la luz “ilumina” todo el texto y el basto  campo semántico asociado a la fe como luz estará muy presente a lo largo de la encíclica. La riqueza simbólica de la luz y la visión es fundamental para comprender lo que Francisco nos ha querido transmitir sobre la fe cristiana. Por así decirlo, esta carta hay que leerla con los ojos de la mente y de la imaginación para dejar que el corazón capte su mensaje.

La fe también es asociada al escuchar y con ello al sentido auditivo: “Para el cuarto Evangelio, creer es escuchar (…).La escucha de la fe tiene las mismas características que el conocimiento propio del amor: es una escucha personal, que distingue la voz y reconoce la del Buen Pastor” (LF 30). Y dando todavía un paso más la fe es asociada al tacto, pues, “con su encarnación, con su venida entre nosotros, Jesús nos ha tocado y, a través de los sacramentos, también hoy nos toca” y “con la fe, nosotros podemos tocarlo, y recibir la fuerza de su gracia” (LF 31).

El capítulo primero –Hemos creído en el amor (cf. 1 Jn 4,16)- nos dice que “si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido, el camino de los hombres creyentes” (LF 8). Así, el texto parte desde la fe de Abraham y recorre el camino de la fe de Israel hasta llegar a la plenitud de la fe cristiana que es “fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo” (LF 15). Pero todavía la encíclica avanza un paso más –un paso decisivo-, pues “la plenitud a la que Jesús lleva a la fe tiene otro aspecto decisivo. Para la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver” (LF 18). La vida de fe es también “existencia filial” que “consiste en reconocer el don originario y radical, que está a la base de la existencia del hombre” (LF 19).

El segundo capítulo de la Lumen Fidei –Si no creéis, no comprenderéis (cf. Is 7,9)- aborda una temática eminentemente ratzingeriana: la relación entre fe y verdad, entre fe y razón (moderna). “Recuperar la conexión de la fe con la verdad es hoy aún más necesario, precisamente por la crisis de verdad en que nos encontramos” (LF 25).

A mi juicio, este segundo capítulo es lo más “sabroso” de la encíclica. En particular el desarrollo de la relación entre amor y conocimiento de la verdad (parágrafos 26-28). “La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad” (LF 26). En definitiva amor y verdad se entrelazan porque sólo logramos comprender –conocer verdaderamente, con el corazón- cuando somos amados. Esto se hace realidad sobre todo cuando se trata de conocer el sentido de nuestras vidas. Así, del amor nace la verdad, y por eso la verdad es siempre don y no una construcción auto-referente. “La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca” (LF 27).

Así, si el amor que percibimos en la fe es fuente de conocimiento (cf. LF 28) entonces podemos comprender que “la fe lleva a una visión más profunda” (LF 30). La fe es entonces mirada profunda de la realidad y así se convierte en interpretación de la propia realidad personal que nos lleva a decisiones de vida.

El don de la fe (capítulo I) que es verdadero (capítulo II), es don que se ha de transmitir –capítulo tercero: Transmito lo que he recibido (cf. 1 Co 15,3)-. Y “la fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama” (LF 37). En este acto de transmisión de la fe, “mediante una cadena ininterrumpida de testimonios llega a nosotros el rostro de Jesús” (LF 38). Y así comprendemos que “la Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe” (LF 38) y que por lo tanto la fe no es sólo “opción individual” sino que “se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia” (LF 39) y “por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros” (LF 39).

Los parágrafos 40 al 46 al hablar de “los cuatro elementos que contienen el tesoro de memoria que la Iglesia transmite: la confesión de fe, la celebración de los sacramentos, el camino del decálogo [y] la oración” (LF 46) nos señalan que “lo que se comunica en la Iglesia, lo que se transmite en su Tradición viva, es la luz nueva que nace del encuentro con el Dios vivo” (LF 40).

Finalmente el don de la luz de fe que se transmite en la Iglesia está llamado a servir al bien común –capítulo cuarto: Dios prepara una ciudad para ellos (cf. Hb 11,16)-: “La fe no sólo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás” (LF 50), pues “la fe revela hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos” (LF 50). “Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz” y así “nos ayuda a edificar nuestras sociedades” pues “las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios” (LF 51).

La luz de la fe además ilumina la vida en sociedad al mostrarnos “la verdadera raíz de la fraternidad” (LF 54) y al afirmar “la posibilidad del perdón, que muchas veces necesita tiempo, esfuerzo, paciencia y compromiso” (LF 55).

En las líneas que más iluminan muchos de los gestos de Papa Francisco –pensemos en su reciente visita a los inmigrantes en la isla de Lampedusa[3]-, Lumen Fidei dice: “La luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los sufrimientos del mundo. ¡Cuántos hombres y mujeres de fe han recibido luz de las personas que sufren! San Francisco de Asís, del leproso; la Beata Madre Teresa de Calcuta, de sus pobres. Han captado el misterio que se esconde en ellos. Acercándose a ellos, no les han quitado todos sus sufrimientos, ni han podido dar razón cumplida de todos los males que los aquejan. La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz” (LF 57).

María, Madre de nuestra fe

Papa Francisco termina su primera encíclica con un hermoso colofón mariano –Bienaventurada la que ha creído (Lc 1,45)-, colofón que en cuatro párrafos ilustra magistralmente por qué “la Madre del Señor es ícono perfecto de la fe”. En Ella “la fe ha dado su mejor fruto, y cuando nuestra vida espiritual da fruto, nos llenamos de alegría, que es el signo más evidente de la grandeza de la fe” (LF 58).

Luego de leer esta encíclica –de leerla y releerla, de reflexionarla y meditarla- vale la pena mirar nuestra vida a la luz de la fe y en un sincero momento de oración hacer nuestra la súplica confiada que Francisco le dirige a María, madre de la Iglesia y madre de nuestra fe:
“¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.”[4] Amén.
Oscar Iván Saldivar, I.Sch.P.



[1] ANDREA TORNIELLI, El Papa: «Saldrá una encíclica a cuatro manos» [en línea]. [fecha de consulta: 9 de julio de 2013]. Disponible en: ˂http://vaticaninsider.lastampa.it/es/noticias/dettagliospain/articolo/papa-el-papa-pope-vaticano-vatican-25611/˃
[2] ANDREA TORNIELLI, La humildad de Francisco [en línea]. [fecha de consulta: 9 de julio de 2013]. Disponible en: ˂http://vaticaninsider.lastampa.it/es/noticias/dettagliospain/articolo/papa-el-papa-pope-bergoglio-ratzinger-enciclica-26229/˃
[3] ANDREA TORNIELLI, Un viaje emblemático a la extrema periferia de Europa [en línea]. [fecha de consulta: 9 de julio de 2013]. Disponible en: ˂http://vaticaninsider.lastampa.it/es/noticias/dettagliospain/articolo/lampedusa-papa-el-papa-pope-26313/˃
[4] FRANCISCO, Lumen Fidei, 60.