La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 31 de marzo de 2013

Misericordia y resurrección - Meditación pascual 2013


Sión de la Trinidad, Santiago de Chile, 31 de marzo de 2013

Queridos amigos y amigas,
hermanos todos en Cristo:

Como cada año, desde el 2007[1], quisiera compartir con ustedes unas breves reflexiones sobre la vida eclesial de este tiempo y el eco de la misma en mi corazón. Ofrezco estas reflexiones como saludo pascual, como saludo de alegría y esperanza.

Renuncia de Benedicto XVI

Sin duda esta Cuaresma 2013 estuvo marcada por el sorpresivo e impactante gesto de Benedicto XVI de renunciar “al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro” –tal como él lo expresó el 11 de febrero de 2013 ante los padres cardenales presentes en Roma-.[2] 

Luego de este inesperado anuncio, pudimos todavía ver a Benedicto XVI introducir a la Iglesia en el tiempo de Cuaresma –tiempo de conversión- por medio de la celebración del Miércoles de Ceniza en la Basílica de San Pedro. Esta significativa y emotiva celebración eucarística se convirtió en la última misa pública de Benedicto XVI como Papa en ejercicio del ministerio petrino.

Luego del “shock” inicial, del desconcierto, de las primeras reacciones y reconocimientos agradecidos por su decisión “por el bien de la Iglesia”[3], y de la avalancha de noticias, me parece que es tiempo de una serena contemplación y reflexión.

Hay aquí sin duda una voz de Dios para la Iglesia y para toda la humanidad, un paso de Dios por nuestra vida que es necesario acoger en la fe y en la oración. Al impacto exterior de la noticia debe seguir la brisa suave del Espíritu en el corazón (cf. 1 Reyes 19, 9-18).

Conversión de la Iglesia y en la Iglesia

Tal vez el primer significado de esta decisión –tomada en conciencia y ante Dios-[4] es que Jesús mismo es el que guía a su Iglesia. Benedicto XVI nos ha recordado que el Sumo Pastor de la Iglesia es Jesucristo. La barca es del Señor. El Papa es solamente su vicario, es decir, es aquel que busca hacer presente a Cristo -no a sí mismo-, el que busca hacerlo presente en su Iglesia por medio del oficio pastoral de santificar, enseñar y gobernar.

Y todavía Benedicto XVI nos ha recordado a muchos católicos que el Papa –al igual que los demás obispos, al igual que los sacerdotes y los diáconos- es un ministro de la Iglesia y para la Iglesia. El papado es sobre todo un ministerio, un servicio a la Iglesia y a la humanidad. Un servicio de amor, un servicio para el bien de la Iglesia y no para el bien o el prestigio de quien lo ejerce. Lo ha recordado con palabras sencillas y claras el Papa Francisco en el inicio solemne de su pontificado: “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz.”[5]

Así podríamos decir que esta Cuaresma ha sido el inicio de la conversión de la concepción del papado que muchos católicos tenemos.

Pero creo que todavía hay algo más en este tiempo de gracia que como Iglesia estamos viviendo. En torno al inicio del cónclave que eligió como Obispo de Roma –y por ello Papa, es decir, pastor con una responsabilidad por la Iglesia universal- a Francisco, muchos cardenales fueron acusados de proteger a sacerdotes abusadores o de velar más por el prestigio de la institución eclesial que por el bien de las personas abusadas. Muchas personas pidieron que varios cardenales se abstuvieran de participar en el cónclave… Unido a esto se percibía también una fuerte crítica a los pastores de la Iglesia, una crítica –si bien necesaria y justa- hecha con enojo e incluso con ira.

¿De dónde nace esta ira de la sociedad ante la Iglesia, en particular hacia sus obispos y sacerdotes? Me parece que nace sobre todo de la frustración ante obispos y sacerdotes que muchas veces se han presentado ante la sociedad como personas “perfectas”, sin debilidades ni límites… Y como tales, en lugar de anunciar el Evangelio, la Buena Noticia de Jesucristo, han anunciado sobre todo exigencias y obligaciones. Muchas veces, como Iglesia, hemos pretendido una perfección que no es real. Y pienso que en parte de ahí nace ese enojo, esa ira. El mundo de hoy nos pide no perfección sino misericordia, y sobre todo, esa misericordia que nace del Evangelio de Jesucristo.

La esperanza de la misericordia, la esperanza de la resurrección

Nuestro Papa Francisco, con su actitud sencilla y sus gestos nos recuerda esta misericordia que nace del Evangelio. Su lema como Obispo de Roma dice: Miserando atque eligendo – Mirándolo con amor y eligiéndolo.[6] Se trata del llamado de Mateo, un publicano –un pecador público, alguien en la “periferia” de la vida religiosa judía-, a quien Jesús mira con amor y elige para seguirlo (cf. Mt 9,9).



Y se trata también de la vocación cristiana de cada uno de nosotros. También nosotros hemos sido mirados con misericordia y hemos sido elegidos. También nosotros experimentamos esa conversión al amor cuando alguien –un amigo, un hermano, nuestros padres o un desconocido- nos mira con amor. Y al percibir esa mirada de amor la esperanza vuelve a renacer en nuestro corazón, es como si escuchásemos una voz en nuestro interior que nos dice: “sí, yo soy amado y puedo amar”, ·”soy amado en mi fragilidad y puedo vivir y amar con mi fragilidad”.

Entonces, cuando experimentamos la misericordia, experimentamos ya ahora algo de la resurrección de Jesucristo. Y cada vez que regalamos misericordia a un hermano, a un hombre o a una mujer que se hace mi prójimo, Jesús vuelve a resucitar en su corazón.

La misericordia, el amor gratuito, prefigura y preanuncia la resurrección universal al final de la historia cuando Cristo lleve a plenitud su obra salvadora.

Si ya hoy nos miramos los unos a los otros con misericordia, entonces con María podremos contemplar a Cristo Resucitado, y podremos experimentar la alegría del amor, y podremos decir con el corazón y con nuestra vida esta oración:

“Llena de júbilo, Madre,
lo ves transfigurado y hermoso,
con el resplandor que tendremos al resucitar en el cielo”[7]

Queridos hermanos y hermanas, a cada uno le deseo una feliz Pascua de Resurrección, y  deseo que todos podamos experimentar la mirada misericordiosa del Resucitado.

Con cariño,

Oscar Iván




[1] La primera meditación pascual que escribí en el año 2007 estuvo inspirada por las palabras de Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma 2007: Mirarán al que traspasaron (Jn 19,37). Disponible en: http://vidaescamino.blogspot.com/2011/08/meditacion-pascual-2007.html
[2] BENEDICTO XVI, Mensaje al Consistorio de Cardenales del 11 de febrero de 2013. Disponible en: http://www.news.va/es/news/benedicto-xvi-anuncio-que-por-la-edad-avanza-renun
[3] BENEDICTO XVI, Audiencia General del miércoles 13 de febrero de 2013. Disponible en: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2013/documents/hf_ben-xvi_aud_20130213_sp.html
[4] Cf. BENEDICTO XVI, Audiencia General del miércoles 13 de febrero de 2013. Disponible en: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2013/documents/hf_ben-xvi_aud_20130213_sp.html
[5] FRANCISCO, Homilía en el Solemne inicio del ministerio petrino del Obispo de Roma. Disponible en: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130319_omelia-inizio-pontificato_sp.html
[6] Explicación del escudo del Papa Francisco. Disponible en: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/elezione/stemma-papa-francesco_sp.html
[7] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 351.

jueves, 14 de marzo de 2013

¡Tenemos Papa Francisco!


¡Tenemos Papa Francisco!
Queridos amigos y amigas:

El día de ayer (13 de marzo), día de la elección del nuevo Papa ha sido un intenso y emocionante día.

Desde el Colegio Mayor P. José Kentenich –en Santiago de Chile- lo vivimos como un momento de sorpresa, de alegría y de gran esperanza. Para ser sinceros no esperábamos que la fumata de la tarde de ayer fuese blanca, sin embargo, a las 15:05 hora de Chile la famosa chimenea de la Capilla Sixtina nos sorprendía al despedir grandes bocanadas de humo blanco que anunciaban a Roma y al mundo la elección de un nuevo Papa, de un nuevo Obispo de Roma y Vicario de Cristo.

Con emoción sonó también la campana de nuestro Santuario Sión de la Trinidad, había que compartir esta gran alegría –gaudium magnum-. De a poco fuimos reuniéndonos en torno al televisor para conocer a nuestro nuevo Papa y escucharlo.

Un momento de sorpresa

A medida que veíamos cómo la gente se acercaba a la plaza de San Pedro en Roma, crecía también nuestra expectación. “¿A quién habrán elegido?”, “¿será italiano o norte americano?”, “¿de Milán, Boston, Sao Paulo, o de la Curia?”. Como lo eligieron relativamente rápido –en la quinta votación del Cónclave- muchos pensamos que podría ser alguno de los “papables” que tanto habían mencionado los medios de comunicación.

Grande fue nuestra sorpresa, cuando un anciano cardenal proto-diácono hizo el anuncio con la conocida fórmula en latín: “Annuntio vobis gaudium magnum; Habemus Papam: Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum Georgium Marium Sanctae Romanae Ecclessiae Cardinalem Bergoglio, qui sibi nomen imposuit Franciscum”.[1]


“¡Es Bergoglio!”, “¡es argentino!”, “¡es latino americano!”. Estos fueron algunos de los gritos llenos de sorpresa y de alegría. Sinceramente no lo esperábamos, no lo podíamos creer. Para nuestra gran sorpresa Latino América ofrecía a la Iglesia universal un Sucesor de Pedro.

Un momento de alegría

A la sorpresa sucedió pronto la alegría al ver salir por el balcón de la logia de la basílica de San Pedro al nuevo Papa, a nuestro Papa, vestido sencillamente con la sotana blanca, característica de los Romanos Pontífices.

Fue una gran alegría escuchar su voz y sus primeras palabras: “Hermanos y hermanas, buenas tardes. Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos Cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo..., pero aquí estamos. Os agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo. Gracias.”[2] Aquí tenemos a un hombre que sencillamente saluda al pueblo de Roma –y al mundo- presentándose como Obispo de Roma, como pastor de aquellos que lo esperan. Su actitud en esta primera aparición pública impresiona, denota ya la llaneza y la sencillez que ya la elección del nombre papal anuncia.
Un gesto que personalmente agradezco muy sinceramente fue el recuerdo a “nuestro Obispo emérito, Benedicto XVI”, pidió que “oremos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo proteja.”[3] También nosotros, en casa, a través de la televisión -pero sobre todo a través de una profunda comunión- nos unimos a Él y a tantos en San Pedro y el mundo, en ese momento de oración. ¡Qué impresionante! Ésta es la Iglesia viva: la Iglesia se orienta por la oración, por el ponerse en la presencia de su Señor.
Un momento de esperanza
Finalmente un gesto impresionante de nuestro Papa Francisco. Antes de dar la bendición Urbi et Orbi, Él, Obispo de Roma, pide a los fieles que oren por él y se inclina con sencillez para recibir la oración del pueblo de Dios por su pastor: “Y ahora quisiera dar la Bendición, pero antes, antes, os pido un favor: antes que el Obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para el que Señor me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo.”[4]
Cuando rezamos por Él, en mi corazón le pedí a Cristo -quien nos ha regalado este pastor para este tiempo- que le infundiera valentía para su ministerio, que le hiciera sentir su cercanía y sobre todo que todos los cristianos le demos nuestro afecto, colaboración  y obediencia.
Empezamos con él una nueva etapa del camino multisecular de la Iglesia, un camino que Él ha descrito como “un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros”[5].
La esperanza vuelve una vez más a renacer, porque esperamos y confiamos, en que con ayuda de nuestro Papa Francisco podremos una vez más ponernos en camino para aprender a vivir el Evangelio. Personalmente pienso que este Papa querrá enseñarnos no sólo con sus palabras sino sobre todo con sus gestos y opciones, tendremos que estar atentos y abiertos. El Señor Jesús nos sorprende nuevamente y nos invita a ponernos en camino.
Finalmente, aquí en el Colegio Mayor, todos acudimos a nuestros Santuario para poner en manos de María, nuestra Madre, Madre de Dios y de la Iglesia, a Francisco, nuestro Obispo de Roma, nuestro Papa. Papa Francisco, rezamos por ti, rezamos por vos.



[1] FRANCISCO, Bendición Urbi et Orbi del 13 de marzo de 2013. Disponible: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/elezione/index_sp.htm
[2]Ídem
[3] Ídem
[4] Ídem
[5] Ídem

martes, 12 de febrero de 2013

Benedicto XVI me ha enseñado que el cristianismo es un don


-“Benedicto XVI renuncia al ministerio de Obispo de Roma…”  -“¡¿Qué?!”…

Fue lo único que atiné a decir cuando un hermano de comunidad me daba esta impactante noticia. Luego fui corriendo a conectarme a internet para ver por mis propios ojos lo que sucedía. Me sentía desconcertado… No lo esperaba, no lo imaginaba.

Es cierto que el Santo Padre había dicho en una ocasión que si tomaba conciencia de que las fuerzas necesarias para guiar a la Iglesia lo abandonaban, él renunciaría a su ministerio como Sucesor de San Pedro. Sin embargo no lo esperaba…

Les confieso que todavía no salgo de mi asombro y de cierta tristeza por esta suerte de “partida”… Es un Papa que me ha marcado mucho… Prácticamente ha sido Obispo de Roma durante todo mi tiempo de formación al sacerdocio (2005-2013).

Dios es amor

Personalmente lo descubrí al leer su primera carta encíclica Deus caritas est –Dios es amor- y su Mensaje para la Cuaresma de 2007: Mirarán al que traspasaron.
¿Cómo olvidar sus palabras sobre lo que significa ser cristiano, sobre lo que significa el inicio del cristianismo en nuestras vidas?

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[1]

Sus palabras habían puesto palabras a mi propia experiencia, a mi propia búsqueda, o mejor dicho, a cómo Dios me encontró a mí aquel 18 de octubre del 2000 en Tuparenda cuando conocí Schoenstatt. “El encuentro con un acontecimiento, con una Persona…”. Sí, es el encuentro con Jesucristo, misericordia del Padre, lo que abre un horizonte nuevo a la vida, el horizonte inmenso del amor.

Luego de su primera encíclica fui descubriendo diversos escritos suyos: “Introducción al Cristianismo”, “El camino pascual”, “Jesús de Nazaret”, y tantas homilías, discursos y enseñanzas. Sí, definitivamente Benedicto XVI es el Papa Teólogo, el Papa de la razón y de la palabra. De hecho, el mismo Benedicto XVI nos recordaba que el hombre puede aprender a “a percibir entre las palabras la Palabra”[2], es decir, a Cristo mismo la Palabra hecha carne (cf. Jn 1, 1.14).

Detrás de las palabras el hombre
Pero detrás de las palabras fui descubriendo también al hombre… Un hombre de una lucidez impresionante pero de una sabiduría serena y sencilla. Sus palabras, las que yo tanto disfruto en sus escritos, son las palabras de un hombre claro pero al mismo tiempo cordial, prudente y al mismo tiempo determinado.

Y creo sinceramente que si durante estos años de pontificado ha logrado transmitirnos a Jesús con sus palabras y tímidos gestos –una sonrisa, una mirada, un saludo con las manos-, eso se debe a que sus palabras y gestos nos transmitían lo que lleva en su corazón, pues, “el hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno (…). Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca” (Lc 6,45).

Y el corazón habla al corazón. Este anciano Pontífice ha logrado llegar al corazón de muchos hombres y mujeres, incluso de los más jóvenes –cómo no maravillarse ante el testimonio de los jóvenes que han estado con él en el campo de Cuatro Vientos en la JMJ 2011-. Ha intentado incluso llegar al corazón del hombre digital aventurándose a llevar a la Iglesia y el Evangelio de Jesucristo a Facebook, Youtube y Twitter.

Y es justamente al tomar conciencia de las posibilidades y exigencias de la era digital –que acorta distancias y tiempos pero exige una reacción casi inmediata a los sucesos cotidianos- que con humidad y lucidez nos dice:

"En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado."[3]

Signos de los tiempos

Este gesto, esta decisión, nos hablan de un hombre que en el sagrario de su conciencia y ante Dios, hace un esfuerzo por leer e interpretar los signos de los tiempos, tal como nos lo 
piden el mismo Jesucristo (Lc 12,54-56) y el Concilio Vaticano II.

Finalmente Benedicto XVI nos enseña que la Iglesia no es nuestra, sino de Jesucristo. Y si la Iglesia de Jesucristo está en nuestras manos es porque el Señor nos la ha confiado como don precioso para la humanidad.

La vocación que cada uno de nosotros ha recibido por el Bautismo es un don, y la vocación que cada uno de nosotros vive en la Iglesia, sea la del ministerio episcopal o sacerdotal, la del matrimonio, la de la vida consagrada o laical, es un don. Y es un don para vivirlo con toda la alegría y la belleza que ello implica, así como con toda la seriedad de la misión que se nos ha confiado.


Benedicto XVI me ha enseñado que el cristianismo es un don, un don para vivirlo con alegría y compartirlo, y por eso quiero hoy expresarle mi gratitud con estas palabras, con mi oración y con mi continuo compromiso de seguir amando con él a la Iglesia de Jesucristo, seguir amando con él y con Cristo a los hombres y mujeres que buscan un hogar en este don que es el cristianismo.

Oscar Iván Saldivar F., I.Sch.P.





[1] BENEDICTO XVI, Deus caritas est: carta encíclica sobre el amor humano, Nº 1.
[2] BENEDICTO XVI, Discurso al mundo de la cultura en el colegio de los Bernardinos. Disponible en: http://www.zenit.org/es/articles/discurso-de-benedicto-xvi-al-mundo-de-la-cultura
[3] BENEDICTO XVI, Mensaje al Consistorio de Cardenales del 11 de febrero de 2013. Disponible en: http://www.news.va/es/news/benedicto-xvi-anuncio-que-por-la-edad-avanza-renun

domingo, 6 de enero de 2013

¿Qué significa ser cristiano?


¿Qué significa ser cristiano? Esta pregunta viene a mi mente cada tanto, y sobre todo, a mi corazón, cuando experimento que el don de la amistad de Jesús es siempre mayor a mis propios esfuerzos por corresponder a su amor. Pero también hay otros motivos para hacernos esta pregunta, para cuestionarnos seriamente sobre nuestra fe. Por un lado pienso en el Año de la fe (11 de octubre de 2012 al 24 de noviembre de 2013) convocado por el Papa Benedicto XVI el cual quiere ser “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor”[1]. Por otro lado, pienso también, en tantas personas -en tantos amigos- que sinceramente se han embarcado en la búsqueda de la felicidad y de la plenitud en filosofías y tradiciones no cristianas. También frente a sus preguntas y anhelos no respondidos me pregunto ¿qué significa ser cristiano? ¿Qué significa vivencialmente ser cristiano? ¿Qué significa para nosotros hoy?

La fe cristiana

Tal vez podamos encaminarnos a responder a la pregunta por el cristianismo considerando la fe cristiana. Pero ¿qué entendemos por fe cristiana? Aquí, por fe cristiana, no me refiere en primer lugar a los contenidos de la fe cristiana –la fe en la cual creemos, como se expresa en el Credo- sino al acto de fe que hacemos al declararnos cristianos –la fe que cree-. No pretendo sin embargo separar ambas dimensiones, pues una alimenta a la otra. Pero sí quisiera centrarme en el acto de fe, en la fe que cree.

Así, la pregunta que habría que plantear ahora es la siguiente: la fe que cree, ¿en qué cree, en quién cree? O si queremos desde ya personalizar esta cuestión, ¿en qué creo, en quién creo? El acto personalísimo y libre de la fe se realiza no en primer lugar en contenidos doctrinales –aunque estos son necesarios para expresar nuestra fe, para comprenderla, para compartirla y para dar razón de ella (cf. 1 Pe 3,15)- sino en una persona, en Jesús de Nazaret, el Cristo.

La fe cristiana es entonces fe en una persona, se trata de un creo en ti. “Su fórmula central reza así: «creo en ti», no «creo en algo». Es encuentro con el hombre Jesús (…). En su vivir mediante el Padre, en la inmediación y fuerza de su unión suplicante y contemplativa con el Padre, es Jesús el testigo de Dios, por quien lo intangible se hace tangible, por quien lo lejano se hace cercano. (…) Él mismo es la presencia de lo eterno en este mundo.”[2]

Entonces la fe cristiana es actitud vital, una actitud ante la vida y ante toda la realidad que nos rodea. Y esta actitud vital es una opción, “una decisión por la que afirmamos que en lo íntimo de la existencia humana hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible”[3]; hay un punto en nuestra propia existencia que no se sostiene en nada de lo que podemos ver, que no se sostiene en nosotros mismos, sino en Cristo Jesús, en su amor.

Aparece entonces ante nosotros una primera respuesta a nuestra pregunta: ser cristianos significa que nuestra vida, nuestra existencia más íntima no está sostenida en nosotros mismos –en nuestros logros, en nuestros esfuerzos ni en nuestras caídas- sino en aquel que nos “amó hasta el extremo” (Jn 13,1), en Jesús de Nazaret.

Un encuentro

Demos todavía un paso más. Si ser cristianos significa vivir sostenidos por el amor de Jesús, entonces ser cristiano es más que practicar una religión y más que la pertenencia eclesial.

Sin embargo, paradojalmente, el cristianismo no se da sin la religión –como expresión de amor filial a Dios y de búsqueda de amistad con Cristo- ni sin la Iglesia, donde Cristo sigue actuante, vivo y presente en su Palabra, en los sacramentos y en las personas. No existe el cristianismo en el aislamiento, no existe el cristianismo sin referencia a Dios y a los hombres. Ahora bien, siempre es necesario convertir nuestra religión y nuestra pertenencia eclesial a Jesucristo, pues “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[4]

San Pablo ha expresado la primacía del amor de Cristo en la vida del cristiano al señalar en la Carta a los Romanos que tanto los judíos y los griegos –que no poseían la Ley de Moisés- son salvados por la gracia de Cristo. Para él, el Evangelio “es fuerza de Dios para salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego” (Rm 1,16). En dicha carta, San Pablo señala que el judío, aun conociendo la voluntad de Dios expresada en la Ley mosaica, no la cumple y sin embargo juzga al gentil por sus pecados pensando que las “obras de la ley” lo justificarán (cf. Rm 3,20).

Pienso que la advertencia de San Pablo es válida para todos nosotros, para los cristianos, y en particular para los que nos hemos comprometido a vivir en la Iglesia. San Pablo nos recuerda que, si bien nuestro cristianismo se expresa en nuestra pertenencia eclesial y en nuestro esfuerzo por llevar una vida conforme al querer de Dios, lo esencial del cristianismo no es nuestro hacer, nuestro esfuerzo moral y ético, sino la salvación recibida por el amor de Jesús una y otra vez. El cristianismo no se trata de perfección moral, sino de la humildad de conocer y reconocer nuestra pequeñez –nuestros pecados y limitaciones- y de dejarnos amar en esa pequeñez para así aceptarla con esperanza filial e incluso gratitud, pues Dios ha revelado el Evangelio de su Hijo no a los sabios e inteligentes sino a los pequeños (cf. Mt 11,25-26).

El cristianismo: un don

Finalmente se nos va haciendo claro que el cristianismo es un don. El pertenecer a Cristo, el vivir con Él y seguirlo es un don. Y si el cristianismo es un don, ser cristiano significa entonces acoger ese don, acoger el don del amor de Cristo Jesús. Dejarnos salvar por Él, dejarnos amar por Él y así comenzar a vivir y a amar con Él y desde Él.

Entonces si en nuestra vida experimentamos que “ser cristiano es ante todo un don, (…) que luego se desarrolla en la dinámica del vivir y poner en práctica este don”[5], comprenderemos –con el corazón- que el cristianismo es un camino de vida, un caminar con Cristo, y que por ello, ser cristiano es estar siempre en camino -más allá de nuestras caídas- en camino hacia el amor, hacia la plenitud de vida que nos es dada en Cristo Jesús.


[1] BENEDICTO XVI, Carta Apostólica Porta Fidei, Nº 6.
[2] J. RATZINGER, Introducción al cristianismo (Ediciones Sígueme, Salamanca 21971), 57.
[3] J. RATZINGER, Introducción…, 32.
[4] BENEDICTO XVI, Deus caritas est: carta encíclica sobre el amor humano, Nº 1.
[5] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jesrusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), 83.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Like the shepherds


"When the angels went away from them into heaven, the shepherds said to one another: 'Come to Bethlehem and see what has happened, which the Lord has told us." Lk 2:15

Dear friends:

Today is Christmas Eve, and as the shepherds, to whom it was announced a great joy: the birth of a Savior, who is Christ the Lord (cf. Lk 2:10-11), we too can go to Bethlehem and see with our hearts what has happened, what God has manifested.

Like the shepherds, we too are in the open watching our flocks (cf. Lk 2:8). That is, we are in the current night of our time concerned with our responsibilities and occupations, watching our everyday affairs. Those affairs, that sometimes leave us no time to sleep, no time to rest. But amid all this, a messenger of God tells us: "To you is born this day in the city of David a Savior, who is Christ the Lord" (Lk 2:11). In the midst of our daily lives, breaks God's love for us and tell us: "I am here with you, I'm here for you."

Like the shepherds, we too must be on our way to Bethlehem to the manger, towards home, towards that small and intimate space where God wants to give himself to us.

"They went with haste and found Mary and Joseph, and the babe lying in a manger." Lk 2:16

The gospel tells us not of the details of the visit of the shepherds to the manger. However, I imagine that by the way they were eager to see what God had told them: a savior was born! How would this savior be? They may have asked... And upon arriving, they found Mary and Joseph, and the babe lying in the manger... What an amazing image, and what a tender moment.

The shepherds came to the manger, came to see this Savior, this Child, who is Christ the Lord... They came and they saw; and probably were there for a good time with Mary, Joseph and the baby. And probably not only contemplated the Child, but were contemplated by the Child, were loved by him through his eyes.

We also, on this Christmas Eve can approach to the manger and let that Child, who is God-with-us, look to us and love us. Also we can let ourselves be loved by those around us: our families, our friends, and the people with whom we walk along this year.

Let ourselves be loved… Maybe this is the best attitude with which we can live this Christmas Eve and receive the Lord. Rather than to do much, most importantly, let ourselves be loved, because when we allow ourselves to be loved by God and by those around us, our heart is renewed and is free to live and love.

If today we allow ourselves to be loved by the Child and His Mother, then we will be like the shepherds, who "returned, glorifying and praising God for all they had heard and seen" (Luke 2:20), because we will have seen and heard how loved we are.

I desire that today each of you experience that love, and live a happy and blessed Christmas.

With love, Oscar Ivan

Como los pastores en Noche Buena


Santiago, 24 de diciembre de 2012

“Cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.» Lc 2,15

Queridos amigos y amigas:

Hoy es Noche Buena, y como los pastores, a quienes les fue anunciada una gran alegría: el nacimiento de un salvador, que es el Cristo Señor (cf. Lc 2,10-11), también nosotros podemos ir a Belén y ver con los ojos del corazón lo que ha sucedido y que Dios nos ha manifestado.

Como los pastores, también nosotros estamos al raso –a cielo abierto- vigilando nuestros rebaños (cf. Lc 2,8). Es decir, estamos en la noche del tiempo actual preocupados de nuestras responsabilidades y ocupaciones, vigilando nuestros asuntos cotidianos que a veces no nos dejan dormir, no nos dejan descansar. Pero en medio de todo eso, un mensajero de Dios nos dice: “os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc, 2,11). En medio de nuestra cotidianeidad, irrumpe el amor de Dios para decirnos: “aquí estoy contigo, aquí estoy para ti”.

Como los pastores, también nosotros tenemos que ponernos en camino hacia Belén, hacia el pesebre, hacia el hogar, hacia aquel espacio pequeño e íntimo en donde Dios se nos  quiere regalar.

“Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.” 
Lc 2,16

El evangelio no nos relata los pormenores de la visita de los pastores al pesebre. Sin embargo, me imagino, que por el camino iban anhelantes a ver aquello que Dios les había anunciado: ¡un salvador! ¿Cómo será este salvador? Se habrán preguntado… Y al llegar encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre… Cuánto se habrán asombrado y cuánto se habrán enternecido…

Los pastores llegaron al pesebre, llegaron a contemplar a este Salvador, a este Niño, que es el Cristo Señor… Llegaron, contemplaron y probablemente se quedaron un buen rato en compañía de María, José y el niño. Y probablemente, no solamente contemplaron al Niño, sino que se dejaron contemplar por Él, se dejaron mirar por Él, se dejaron amar por Él.

También nosotros, en esta Noche Buena podemos acercarnos al pesebre y dejar que ese Niño, que es Dios-con-nosotros, nos mire y nos ame. También nosotros podemos dejarnos amar por aquellos que nos rodean: nuestras familias, nuestros amigos y amigas, las personas con las cuales caminamos a lo largo de este año.

Dejarnos amar… Tal vez esta sea la mejor actitud con la cual podemos vivir esta Noche Buena y recibir así la Navidad del Señor. Más que hacer mucho, lo más importante es dejarnos amar, pues cuando nos dejamos amar por Dios y por aquellos que nos rodean, nuestro corazón se renueva y ganamos libertad para vivir y amar.

Si hoy nos dejamos amar por el Niño y su Madre, entonces seremos como los pastores, quienes “se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto” (Lc 2,20), pues habremos visto y oído cuán amados somos.

A cada uno deseo que hoy experimente ese amor, y viva así una feliz y bendecida Navidad.

Con cariño, Oscar Iván