La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 25 de abril de 2016

«Les doy un mandamiento nuevo»

Domingo 5° de Pascua – Ciclo C - 2016

Jn 13, 31 – 33a. 34 – 35

«Les doy un mandamiento nuevo»

Queridos hermanos y hermanas:

            El evangelio de hoy (Jn 13, 31-33a. 34-35) pone ante nuestros ojos el “mandamiento nuevo”: «Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también los unos a los otros» (Jn 13, 34).

«Les doy un mandamiento nuevo»

            ¿En qué consiste la novedad de este mandamiento de Jesús? ¿No se nos manda ya en el Antiguo Testamento el amor al prójimo (cf. Lv 19, 18)?

            San Agustín también se pregunta en qué consiste esta novedad, y, reflexionando responde:

            Os doy –dice- el mandato nuevo: que os améis mutuamente. ¿Es que no existía ya este mandato en la ley antigua, en la que hallamos escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué, pues, llama nuevo el Señor a lo que nos consta que es tan antiguo? ¿Quizá la novedad de este mandato consista en el hecho de que nos despoja del hombre viejo y nos reviste del nuevo? Porque renueva en verdad al que lo oye, mejor dicho al que lo cumple, teniendo en cuenta que no se trata de un amor cualquiera, sino de aquel amor acerca del cual el Señor, para distinguirlo del amor carnal, añade: Como yo os he amado.”[1]

            Sí, el mandamiento de amarnos los unos a los otros como Jesús nos amó es nuevo porque nos renueva en lo más íntimo de nuestro ser cuando lo vivimos.

Amor pascual

            En ese sentido podríamos decir que el amor con que Jesús nos amó es un “amor pascual”. Un amor que ha sido «amor hasta el fin», hasta el extremo (Jn 13,1). Un amor que ha pasado por la entrega de la cruz y ha vencido a la muerte en la resurrección.

            Cuando el amor se entrega hasta el fin y vence la muerte del egoísmo entonces renueva al que ama. Entonces es “amor pascual”.

            Comprendemos entonces la petición que le hicimos a Dios en la oración colecta de este día: “realiza plenamente en nosotros el misterio pascual”.[2]

            El misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo debe realizarse todavía en cada uno de nosotros. Y se realiza precisamente en la medida en que nuestro amor a Dios y a los demás madura en la entrega de la cruz.

            En ese sentido interpreto las palabras de los Hechos de los Apóstoles que hoy hemos escuchado: «Pablo y Bernabé… …Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hch 14, 22).

            Entrar en el Reino de Dios es amar como Jesús nos amó: “hasta el fin”; “despojándose de sí mismo”; “haciéndose siervo de los demás”; “haciendo el bien a los demás”; sin egoísmos, sin fingimientos, sin esperar retribución o reconocimiento alguno, sino amando sincera y desinteresadamente.

            Muchas veces nuestro amor está teñido por el egoísmo y por la búsqueda del propio yo. Si somos sinceros nos daremos cuenta de que muchas veces amamos sólo a los que nos aman. Y, a veces, en realidad no amamos, sino más bien “queremos”; es decir, sentimos afecto por alguien que nos hace bien, pero olvidamos pensar en su propio bien.

Así, saludamos a los que nos saludan, ayudamos a los que nos ayudan o lo hacemos esperando algún reconocimiento; buscamos amistades que nos convienen u ofrecemos cariño esperando recibir una retribución a cambio. Si somos sinceros nos daremos cuenta que nuestro amor todavía es pequeño y muchas veces es más búsqueda del propio yo que camino de encuentro con el tú.

Por eso las “tribulaciones” purifican nuestro amor y nuestro corazón. Si vivimos nuestras dificultades unidos al misterio pascual de Jesucristo, entonces las dificultades, obstáculos y crisis se volverán camino de maduración para nuestro amor. Cuando el amor entra en crisis, es un llamado a la madurez de ese amor, a la madurez de las personas que lo viven: “Aquello que era terreno en el pensar o demasiado humano en la entrega, quiso Dios orientarlo hacia las alturas y sumergirlo enteramente en su corazón.”[3]

Sí, vivir el mandamiento nuevo del amor, el mandamiento pascual del amor, nos purifica de todo egoísmo y nos libera de nuestras ataduras y  encierros, y por eso nos renueva.

Un don  nuevo

           
Mater Divini Amoris
Madre del Amor Divino
Así el “mandamiento nuevo” se revela verdaderamente como un “don nuevo” de la misericordia de Dios en Cristo Jesús. “Puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor con el cual viene a nuestro encuentro.”[4]

            Sí, con este mandato nuevo, con este don nuevo del amor pascual en Cristo, Dios, que está sentado en el trono vuelve a decir: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).


            A María, Mater Amoris Paschalis - Madre del amor pascual, que supo atravesar con la luz de la fe y el amor la oscuridad de la muerte en cruz para llegar al amanecer de la resurrección, le pedimos que nos eduque para que nuestro amor llegue a ser también amor pascual y así se nos reconozca como discípulos de su hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.




[1] SAN AGUSTÍN, Sobre el Evangelio de San Juan, Tratado 65, 1.
[2] MISAL ROMANO, Domingo V de Pascua, Oración colecta.
[3] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 616.
[4] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 1.

domingo, 10 de abril de 2016

«¡Es el Señor!»

Domingo 3° de Pascua – Ciclo C – 2016

Jn 21, 1 – 19

«¡Es el Señor!»

Queridos hermanos y hermanas:

            El evangelio que acabamos de escuchar (Jn 21, 1-19) nos relata cómo «Jesús resucitado se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades» (Jn 21, 1). Según el Evangelio de Juan «ésta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos» (Jn 21, 14).

            Quisiera invitarles a que meditemos juntos esta perícopa del Evangelio que la Liturgia de la Palabra nos presenta hoy. Para hacerlo quisiera señalar tres momentos del texto: el reconocer al Resucitado, el compartir con Él y el amarlo en el seguimiento cotidiano. Descubramos cómo estos tres momentos se van desarrollando en el diálogo entre el Resucitado y sus discípulos.

«¡Es el Señor!»

            Encontramos a los discípulos «a orillas del mar de Tiberíades». El Evangelio según san Juan recoge al menos dos apariciones precedentes del Resucitado a sus discípulos (cf. Jn 20, 19-29); en la primera aparición Jesús Resucitado dona el Espíritu Santo a sus discípulos y con ello les transmite el don de la reconciliación y los envía a la misión; en la segunda aparición el Resucitado se manifiesta a Tomás y declara felices a los que creen sin haber visto.

            Sin embargo, luego de estas dos manifestaciones del Resucitado, los discípulos parecen volver a la vida cotidiana, a su vida de pescadores, y por eso los encontramos «a orillas del mar de Tiberíades», probablemente en el mismo lugar en el cual una vez Jesús los llamó a ser «pescadores de hombres» (cf. Lc 5, 1-11).

            Sí, vuelven a su cotidianeidad, a sus ocupaciones y preocupaciones: «Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada» (Jn 21, 3). Sin embargo, al amanecer –cuando vuelve la luz del sol- «Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él» (Jn 21, 4). Y nuevamente Jesús les indica dónde echar las redes, las cuales se llenaron de peces. En ese momento «el discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”»(Jn 21, 7).

           
El milagro de la Pesca de 153 peces.
Duccio, Siglo XIV.
Wikimedia Commons.
En medio de la vida cotidiana «el discípulo al que Jesús amaba» reconoce a Jesús Resucitado como su Señor. Y es interesante que el Evangelio nos diga que el primero en reconocer al Resucitado no es Pedro –el primero de los apóstoles- sino «el discípulo al que Jesús amaba». La tradición de la Iglesia ha reconocido en este “discípulo amado” a Juan.

            Pero en realidad, cada uno de nosotros está llamado a ser ese “discípulo amado”. El discípulo amado es el primero en reconocer al Resucitado, porque a lo largo del caminar terreno de su Maestro ha estado siempre a su lado, en la fidelidad y en la intimidad del amor. En el amor lo ha conocido verdadera y profundamente, porque el amor es fuente de conocimiento.[1] El que ama de verdad, conoce de verdad.

            Durante la última cena, «el discípulo al que Jesús amaba, estaba reclinado muy cerca de Jesús»[2], incluso «se reclinó sobre Jesús» (Jn 13, 23. 25). Sí, el discípulo amado es aquél que descansa sobre el pecho de Jesús –descansa en su seno, en sus entrañas-, y así escucha el latir de su corazón, participa de su intimidad, escucha sus palabras y las guarda en su propio corazón para vivirlas. Así como el Hijo Unigénito está en el seno del Padre, así el discípulo amado está en el seno de Jesús (cf. Jn 1, 18).  

«Vengan a comer»

            Una vez que los discípulos han reconocido a Jesús Resucitado, Él los invita a comer, los invita a compartir el pan y los peces: «Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado» (Jn 21, 13).

            En el fondo se trata de una comida post-pascual, de una comida con el Resucitado. Allí, el Maestro vuelve a reunir a los suyos alrededor de sí para alimentarlos con su presencia, con su palabra y con su pan. Los discípulos vuelven a recordar tantas comidas con Jesús, tantas mesas compartidas con Él, con los demás discípulos e incluso con los pecadores perdonados. La mesa eucarística se vuelve así signo eficaz de la presencia del Resucitado.

«¿Me amas más que éstos?»

            Y después de comer, después de alimentar a los suyos, Jesús Resucitado toma a Pedro e inicia con él uno de los diálogos más conmovedores del Evangelio:

            «Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”» (Jn 21, 15).

            Sabemos que tres veces Jesús interroga a Pedro sobre su amor. Y la tercera vez, conociendo Jesús que su discípulo debía todavía madurar, le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» (Jn 21, 17). Ya no pregunta a su discípulo si lo “ama”, sino, pregunta si lo “quiere”.[3] Y Pedro, entristecido porque era interrogado por tercera vez responde: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero» (Jn 21, 17).

            Sí, Pedro “quiere” a Jesús, pero con el tiempo aprenderá a “amar” a Jesús, y sobre todo aprenderá, en el seguimiento a su Maestro Resucitado (Jn 21, 19), a amar hasta el fin como Jesús (cf. Jn 13, 1), dando su vida en el martirio.

            Queridos hermanos y hermanas; también nosotros, luego de los intensos días de la Semana Santa, hemos vuelto a nuestra vida cotidiana, como los discípulos. Pero en nuestra vida cotidiana estamos llamados a reconocer a Jesús Resucitado. En la medida en que descansemos en el corazón de Jesús lo reconoceremos en nuestro día a día, y podremos decir con el discípulo amado: «¡Es el Señor!».

            Reconociendo al Resucitado, nos sentaremos con Él y con nuestros hermanos a la mesa eucarística, donde Él nos alimentará con su palabra, con su cuerpo y su sangre. Así fortalecidos por estos dones, podremos madurar nuestro amor como Pedro, y siguiendo los pasos de Jesús llegaremos también a decir: «Señor, tú lo sabes todo, sabes que te amo».

            Sí, la vida con Jesús Resucitado podemos sintetizarla en estas tres palabras: reconocer al Señor, compartir con Él y amar como Él a nuestros hermanos. Si así vivimos nuestra vida cristiana, ella será testimonio de que lo que Dios ha hecho en Jesús de Nazaret al resucitarlo, sigue siendo fecundo en nuestra vida por la acción constante del Espíritu Santo. Sí, la Resurrección de Jesús es el inicio de nuestra propia resurrección, de nuestra nueva vida en el amor.

            A María, Regina Coeli - Reina del Cielo y Mujer de la Pascua, encomendamos nuestra vida para que sea testimonio creíble y misericordioso de la resurrección de su hijo, Jesucristo nuestro Señor. Amén.


[1] Cf. PAPA FRANCISCO, Carta encíclica Lumen Fidei sobre la fe, 28.
[2] La versión latina de Jn 13,23 dice: «Erat ergo recumbens unus ex discipulis eius in sinu Iesu, quem diligebat Iesus.» Es decir, «en el seno de Jesús», en sus entrañas.
[3] El texto original griego distingue entre “me amas” (agapas me - agapas me) y “me quieres” (fileis me - fileis me).

domingo, 27 de marzo de 2016

Triduo de Misericordia - Meditación Pascual 2016

Domingo de Pascua 2016

Triduo de Misericordia

Queridos hermanos y hermanas:

“El Señor resucitó verdaderamente, aleluia”[1]. Con esta antífona, inspirada en las palabras de los discípulos: « ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34), la Liturgia de nuestra fe nos invita a celebrar y vivir la Resurrección de Cristo, inicio de nuestra propia resurrección.

Todavía no habían comprendido…

            El Evangelio que hemos proclamado en esta celebración (Jn 20, 1-9) nos relata los primeros momentos de aquel «primer día de la semana» en que María Magdalena y lo discípulos encontraron el sepulcro vacío.

            Pedro y Juan vieron «las vendas en el suelo, y también el sudario» que había cubierto la cabeza de Jesús (Jn 20, 6-7). Ante sus ojos se encontraban los signos de que efectivamente el Crucificado había resucitado: el sepulcro vacío y las vendas y el sudario enrollados. Sin embargo «todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20, 9).

            En realidad, para los discípulos de Jesús, todos los acontecimientos que se desarrollaron en torno a su Maestro desde la “cena pascual” resultaban difíciles de asimilar y comprender en toda su profundidad. Era difícil comprender que Aquél que «pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio» (Hch 10,38) había sido colgado en un madero. Era difícil comprender que Aquél que había regalado misericordia a los hombres no recibiera misericordia en el momento de su pasión y muerte en cruz. Sí, «todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20, 9).

Triduo de misericordia

            También a nosotros muchas veces se nos hace difícil comprender el Misterio Pascual de Cristo. En estos días santos hemos celebrado el Sagrado Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

            Si hacemos memoria de las celebraciones que hemos vivido, recordaremos cómo el Jueves Santo vimos a Jesús pasar en medio de nosotros lavando nuestros pies y nuestras heridas, recordaremos cómo Jesús quiso quedarse en medio de nosotros, y de nuestra vida, en el Pan y el Vino consagrados: «es la Pascua del Señor», Pascua de misericordia (Ex 12,11b).

            El Viernes Santo tomamos conciencia de que en la cruz «Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias» (Is 53,4), y al hacerlo nos ha liberado, nos ha sanado, nos ha salvado. «Por sus heridas fuimos sanados» (Is 53,5). Así, la Cruz de Cristo volvió a brillar ante nuestros ojos con toda su luz y se nos manifestó como lo que realmente es: signo de misericordia que sana, misericordia que es amor hasta el fin (cf. Jn 13,1), misericordia que es capaz de asumir la muerte.

            Pero precisamente, asumiendo nuestra muerte Jesús nos ha mostrado el alcance de la misericordia de Dios: se trata de “una potencia especial del amor, que prevalece sobre el pecado”[2] y la muerte. “El Hijo de Dios en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte.”[3] Sí, la misericordia que Jesús nos ha donado a nosotros al entregar su vida en la cruz, la ha recibido de vuelta de manos del Padre en la resurrección.

            A la luz del Misterio Pascual de Jesucristo cobran un nuevo sentido las palabras del sermón de la montaña: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). Felices los que entregan su vida por los demás, porque recibirán  “la plenitud de la vida en la resurrección.”[4] Así todo este Triduo Pascual que hemos vivido se nos revela como Triduo de misericordia y la Pascua como plenitud de la misericordia divina.

Testigos de la resurrección, testigos de la misericordia

            Solamente creyendo en la misericordia comprenderemos el Misterio Pascual de Jesucristo y podremos ser testigos de su resurrección, testigos de su misericordia. Solamente creyendo en la misericordia podremos entregar nuestras vidas en el día a día a pesar de todos los cansancios y de todos los obstáculos, sabiendo que quien entrega su vida en el amor la recuperará plenamente en la resurrección. Solamente creyendo en la misericordia podremos siempre de nuevo volver a empezar, sabiendo que la resurrección de Jesús nos permite siempre un nuevo inicio. Solamente creyendo en la misericordia podremos vencer al rencor con el perdón, sabiendo que la misericordia es amor que prevalece sobre el pecado y la infidelidad.

           
                Así, para nosotros los cristianos, “el Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente”[5] y su fuente. Y luego de estos días santos estamos llamados a ser testigos de su resurrección, testigos de su misericordia. Lo que hemos celebrado debemos ahora vivirlo con alegría y confianza.

            A María, Mater Misericordiae, le pedimos que la misericordia que hemos experimentado en la Pascua de Jesucristo nos dé las gracias necesarias para que en nuestra vida cotidiana podamos ser «misericordiosos como el Padre» (Lc 6,36). Amén.
              
           
              




[1] Antífona inicial de la Misa del Domingo de Pascua
[2] JUAN PABLO II, Dives in misericordia 4.
[3] JUAN PABLO II, Dives in misericordia 8.
[4] MISA ROMANO, Plegaria Eucarística para diversas circunstancias I.
[5] JUAN PABLO II, Dives in misericordia 8.

jueves, 24 de marzo de 2016

La cruz: misericordia que sana - Viernes Santo 2016

La cruz: misericordia que sana

Viernes Santo 2016 - Ciclo C

Queridos hermanos y hermanas:

            El texto tomado del libro del profeta Isaías (Is 52,13-53,12) nos ayuda a interpretar y comprender el alcance de los hechos que Jesús vivió por nosotros. En efecto, hecho y palabra se necesitan mutuamente para transmitir con profundidad el misterio salvífico que estamos celebrando y recordando en esta Acción Litúrgica de la Pasión del Señor.

«Todo se ha cumplido»

            Por un lado, Jesús cumple la Sagrada Escritura, vive de ella y desde ella: «Todo se ha cumplido» (Jn 19,30) dice, precisamente en el culmen de su obra mesiánica en la cruz y antes de entregar su espíritu. Por otro lado, la Sagrada Escritura encuentra su cumplimiento en Jesús. En la vida, pasión y muerte de Jesucristo, la Escritura cobra vida y se hace comprensible su sentido salvífico: «Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias… Él fue traspasado y triturado por nuestras iniquidades» (Is 53, 4.5).

Si miramos con ojos de fe la Pasión del Señor, si miramos con detenimiento al Crucificado en la cruz, comprenderemos que «Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias» (Is 53,4). De eso se trata la Pasión de Jesús, de eso se trata su cruz, que en realidad es nuestra cruz. La cruz de cada uno y de todos.

En este día santo queremos mirar con ojos de fe la Pasión del Señor, no por un afán masoquista o por una curiosidad morbosa ante el sufrimiento de un inocente; sino, para tomar conciencia de que Jesús, “que es el único Justo, se entregó a sí mismo a la muerte, aceptando ser clavado en la cruz por nosotros”.[1] Para tomar conciencia de que Él ha soportado nuestros sufrimientos y dolencias. Para tomar conciencia de que Él ha cargado sobre sí nuestro pecado y nuestro dolor. Y al hacerlo nos ha liberado, nos ha sanado, nos ha salvado. «Por sus heridas fuimos sanados» (Is 53,5).

Éste es el sentido salvífico de la cruz, y en realidad, de toda la vida de Jesucristo: cargar sobre sí nuestras dolencias, nuestras heridas, nuestros pecados, nuestras cruces. Comprendemos así que la cruz es la misericordia más grande que Jesucristo ha hecho con nosotros.

Sus heridas me han sanado, su misericordia me ha sanado

Y esa misericordia de Jesús en la cruz continúa hoy, pues, “la Pasión de Jesús dura hasta el fin del mundo, porque es una historia de compartir los sufrimientos de toda la humanidad y una permanente presencia en las vicisitudes de la vida personal de cada uno de nosotros.”[2]

Así, la cruz, la que veneraremos solemnemente; la cruz, que llevamos sobre el pecho cerca del corazón; y los crucifijos, que silenciosamente cuelgan en nuestros hogares, no son meros adornos religiosos, recuerdos o amuletos; son más bien signo de la misericordia de Jesús. La Cruz es el signo de la misericordia de Jesús.

Cada vez que contemplemos la cruz susurremos en nuestros corazones: “sus heridas me han sanado; su misericordia me ha sanado”. Cada vez que nuestra propia cruz se haga pesada: “su misericordia me ha sanado”. Cuando tropezamos con nuestras heridas y pecados: “su misericordia me ha sanado”. Cuando me cueste perdonarme a mí mismo: “su misericordia me ha sanado”. Cuando el rencor quiera apoderarse de mi corazón: “su misericordia me ha sanado”. Cuando la soledad y la incomprensión me visiten: “su misericordia me ha sanado”. Cuando me cueste volver a empezar el camino de la conversión: “su misericordia me ha sanado”. Cuando veo la fragilidad de la Iglesia: “su misericordia me ha sanado”. Cuando el sin sentido y la violencia golpean a la humanidad: “su misericordia me ha sanado”.

Solo quien vive de la misericordia que brota de la Cruz de Jesús puede sobrellevar su propia cruz y ayudar a los demás a cargar con la suya. Solo quien vive de la misericordia de la Cruz de Jesús descubre en todas las circunstancias de la vida el sentido salvífico de cada acontecimiento. Solo quien vive de la misericordia de la Cruz de Jesús puede, como Él, entregar confiadamente su vida en manos del Padre (cf. Jn 19,30; Lc 23,46).

Creer en la Cruz de Jesús, “creer en el Hijo crucificado (…) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia.”[3]

Creamos en la misericordia que brota de la Cruz de Jesús; creamos en la presencia maternal de María al pie de la Cruz; y que esta fe nos ayude a vivir la Cruz de Cristo, y nuestras propias cruces, como misericordia que sana. Amén.
             



[1] MISAL ROMANO, Plegaría Eucarística de la Reconciliación I.
[2] PAPA FRANCISCO, El Triduo Pascual en el Jubileo de la Misericordia. Audiencia general del miércoles 23 de marzo de 2016 [en línea]. [fecha de consulta: 23 de marzo de 2016]. Disponible en: <http://www.news.va/es/news/catequesis-del-papa-el-triduo-pascual-en-el-jubile>
[3] JUAN PABLO II, Carta encíclica Dives in misericordia sobre la misericordia divina, 7.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Pascua del Señor, Pascua de misericordia - Jueves Santo 2016

Pascua del Señor, Pascua de misericordia

Jueves Santo 2016 –Ciclo B
Queridos hermanos y hermanas:

            Con la celebración de la Misa vespertina de la Cena del Señor iniciamos el Sagrado Triduo Pascual, “en el que Cristo padece, reposa en el sepulcro y resucita”.[1] Así, esta celebración del Jueves Santo es una introducción, simbólica y efectiva, al misterio pascual de Jesucristo, y por ello, a nuestra propia pascua también.

La Pascua del Señor

            En la Liturgia de la Palabra el libro del Éxodo nos relata los preparativos del pueblo de Israel para «la Pascua del Señor». Luego de dar con precisión las indicaciones para la cena ritual –elección del animal a sacrificar, características del mismo, signación de las puertas, manera de comer la carne, los panes sin levadura y las verduras amargas-, el texto insiste con firmeza: «Es la Pascua del Señor. Esa noche yo pasaré por el país de Egipto… …Yo soy el Señor» (Ex 12, 11b-12).

            Es la Pascua del Señor. Se trata de su paso salvador en medio de su pueblo.[2] Su paso es salvación y liberación para los que creen en Él.

            Israel debe estar preparado para ese “paso” del Señor, y debe estar preparado para ir tras Él, tras sus pasos, tras sus huellas. El comer «ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano» (Ex 12,11) demuestra la actitud de los hombres y mujeres que están dispuestos para partir, para seguir a su Señor, para ser “pueblo en salida”, “pueblo peregrino” que sigue la Pascua de su Señor.

La Pascua del Señor en nuestras vidas

            Así como Israel debía estar preparado para la Pascua del Señor, también la Iglesia –nuevo Israel- debe estar preparada para el paso del Señor. Sí, cada uno de nosotros debe estar preparado para percibir el paso del Señor por su vida.

            En la Primera Carta a los Corintios, Pablo nos recuerda: «siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva» (1 Cor 11,26).

            También los cristianos recordamos y celebramos la Pascua de Cristo: su paso por medio de la muerte en cruz hacia la vida plena de la resurrección. La Pascua definitiva, el paso definitivo. Proclamamos su muerte y resurrección esperando su venida gloriosa.

            Así mismo la Eucaristía es el paso de Jesús en medio de nosotros, en medio de nuestra vida. Como bellamente lo expresa una oración del P. José Kentenich: “Padre, has enviado al Hijo como prenda de tu amor. (…) Por amor se entrega como ofrenda y alimento sobre el altar. Allí quiere reinar siempre entre nosotros y habitar en nuestra cercanía.”[3] Sí, en la Eucaristía Jesús pasa en medio de nosotros, habita en nuestra cercanía e incluso en nuestro corazón.[4] «Es la Pascua del Señor».

Pascua de misericordia

           
         Finalmente en «su hora de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1), Jesús nos muestra que la Pascua del Señor es Pascua de misericordia. Sacándose el manto y lavando los pies a sus discípulos (cf. Jn 13, 4-5), Jesús nos muestra que su paso por nuestras vidas es siempre un paso de misericordia. Él se despoja de sí mismo, se inclina ante nosotros y lava nuestros pies.

            Por eso, al iniciar el Triduo Pascual nos hará bien recordar todas las veces que el Señor Jesús pasó por nuestras vidas haciéndonos misericordia. En tantas personas y acontecimientos de nuestra vida ha estado Jesús arrodillado ante nosotros lavando nuestros pies y sanando nuestras heridas: en el sacramento de la Reconciliación; en la visita de un amigo; en una corrección fraterna; en el amor silencioso y cotidiano de nuestros seres queridos; en una palabra del Evangelio; en una moción interior del Espíritu que me trajo paz y misericordia. Cada uno rememore ese momento de misericordia y diga en su corazón: «Es la Pascua del Señor».

            Y si el Señor ha pasado en medio de nuestras vidas con su misericordia, es para que con los pies limpios y el corazón renovado lo sigamos a Él en su Pascua haciendo el bien a los demás: «Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13, 14-15).

            Sí, haciendo lo mismo que hizo Jesús –en esta celebración y sobre todo en nuestra vida cotidiana- vamos siguiendo sus huellas, sus pasos, y caminamos detrás de Él hacia la Pascua definitiva, la Resurrección.

            Que María, Mater Misericordiae, aliente nuestro caminar detrás de su hijo, para que nuestro paso por la vida de nuestros hermanos sea también Pascua del Señor, Pascua de misericordia. Amén.



[1] CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Misal Romano Cotidiano (CEA, Oficina del Libro, Buenos Aires 2011), 470.
[2] X. LÉON-DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, «Pascua» (Herder, Barcelona 1993), 647.
[3] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, estrofas 50-51.
[4] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, estrofa 143.