La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 1 de noviembre de 2021

«¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

 

Domingo 31° del tiempo durante el año – Ciclo B – 2021

Mc 12, 28b – 34

«¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            “El Evangelio de hoy (Mc 12, 28-34) nos vuelve a proponer la enseñanza de Jesús sobre el mandamiento más grande: el mandamiento del amor, que es doble: amar a Dios y amar al prójimo.”[1] El texto evangélico inicia con la pregunta de un escriba a Jesús: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?» (Mc 12, 28).

Comentaristas de la Sagrada Escritura señalan que había “613 preceptos de la ley del AT”[2]; probablemente estos preceptos pretendían ayudar al cumplimiento fiel de los mandamientos de Dios codificados en la Ley de Moisés.

Sin embargo, se trataba de una gran cantidad de preceptos, y en la multitud de los mismos se corría el peligro de olvidar el sentido profundo de los mandamientos de Dios. Por lo tanto, es comprensible la pregunta del escriba. De hecho, el intercambio que se desarrolla en la perícopa evangélica pareciera ser un auténtico diálogo entre maestros sobre la cuestión del «mandamiento más grande» (Mc 12, 31).

«¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

            Ante la pregunta del escriba y su sincero deseo de aprender, Jesús responde uniendo en una respuesta dos citas del Antiguo Testamento, Deuteronomio 6, 4 – 5: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas»; y, Levítico, 19, 18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

            Por lo tanto, la novedad de Cristo consiste en señalar lo que podríamos llamar la “organicidad del amor”; es decir, la íntima unión y correlación entre el amor a Dios y el amor al prójimo.

           

Visita de la Virgen de Caacupé
31 de octubre de 2021
Foto: Equipo de Comunicaciones del Santuario 

En efecto, el amor a Dios brota del amor que Dios nos tiene a nosotros. “Puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro.”[3]  

Es decir, el amor que Dios nos tiene –al amor que Dios nos ha mostrado en Jesús- es la fuente de todo amor. Y esta fuente nos lleva a responder al amor de Dios con amor: amor a Él, manifestado en la vida de oración y en la Liturgia; amor al prójimo, manifestado en la misericordia y en la ternura; amor a nuestras tareas y ocupaciones, manifestado en el fiel cumplimiento de nuestros deberes de estado; amor  a uno mismo, expresado en una sana autoestima y valoración.

Así contemplado el mandamiento del amor, su fuente y su alcance, podríamos decir que se trata de la santidad de la vida diaria, es decir, de “la armonía agradable a Dios entre la vinculación hondamente afectiva a él, al trabajo y al prójimo en todas las circunstancias de la vida.”[4]

Por lo tanto, la tarea de nuestra vida es aprender a amar. Pero el secreto está en percibir primeramente el amor que Dios nos tiene. Sólo quien se cree y se sabe amado, puede a su vez amar, puede responder al amor recibido, donando amor a su vez.

Cada día deberíamos examinarnos en el amor, en dos sentidos: en primer lugar preguntándonos en oración: “¿Dónde me amó Dios hoy? ¿En qué persona o circunstancia de la vida, Dios me manifestó su amor?”; y, en segundo lugar, preguntándonos: “¿Dónde amé hoy? ¿En qué circunstancia concreta, a qué persona concreta amé? ¿Dónde puedo amar más y mejor?”.

Pero no olvidemos que este “examen del amor” parte del tomar conciencia de que Dios nos ama, y que por ello queremos amarle en el corazón y en nuestros hermanos.

Así, el gran mandamiento del amor se convertirá para nosotros, en primer lugar en una experiencia de amor, y por ello, en segundo lugar, en una constante que nos impulsa a amar siempre, en todo y en todos a Dios, que en Cristo Jesús nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1).

A María, que hoy nos visita como Tupãsy Caacupé, a Ella que es la Madre del amor hermoso, le pedimos que nos enseñe percibir el amor de Dios en nuestras vidas, de tal modo que en todo y en todos, respondamos con amor al amor que nos ha sido dado en Cristo, Nuestro Señor. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.P.

Rector del Santuario Tupãrenda – Schoenstatt

 

 



[1] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 4 de noviembre de 2012.

[2] R. E. BROWN, Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo (Editorial Verbo Divino, Navarra, España 2010), pág. 55.

[3] BENDICTO XVI, Deus caritas est, 1.

[4] P. JOSÉ KENTENCIH en J. NIEHAUS (Ed), Santidad, ¡Ahora! (Editorial Patris S.A., Santiago de Chile 2005), pág. 31.

sábado, 23 de octubre de 2021

Víspera de la Fiesta de Tupãrenda 2021

 

Domingo 29° del tiempo durante el año – Ciclo B – 2021

Novenario Tupãrenda 2021

9° día: La Eucaristía y la Nación de Dios

 

Queridos hermanos y hermanas:

            El inicio del evangelio que acabamos de escuchar (Mc 10, 35 – 45) nos presenta un particular pedido de los hijos de Zebedeo a Jesús: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria».

«Concédenos sentarnos...»

            «Uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Se trata de la tentación siempre presente de buscar los primeros puestos, de buscar posiciones de poder, prestigio y privilegio. Se trata de ese impulso tan arraigado de pensar sólo en uno mismo: la conciencia que se aísla de los demás, “la vida interior que se clausura en los propios intereses, y ya no tiene espacio para los demás”.[1]

            Ante tal pretensión el Señor responde: «no saben lo que piden». Sí, ni los discípulos de ese entonces, ni nosotros, discípulos de hoy, sabemos lo que pedimos cuando obsesivamente buscamos poder, prestigio y privilegio.

            No sabemos porque no tomamos conciencia de que la búsqueda enfermiza del propio yo y sus caprichos a la larga genera una “tristeza individualista”[2] que deja vacío nuestro corazón. Y sobre todo, no terminamos de comprender que las dinámicas del Evangelio y del Reino de Dios son muy distintas de las dinámicas egoístas de la búsqueda de poder a cualquier precio.

            Jesús lo vuelve a decir claramente: «aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así.»

            Los cristianos, aún cuando estemos en posiciones de gobierno o autoridad, no debemos ni podemos comportarnos como dueños de nuestros hermanos ni como dominadores de los mismos.

            La autoridad, el gobierno y el poder están llamados a ser un servicio, no un atributo que nos pertenece y del cual podemos simplemente usar y abusar en beneficio propio. La auténtica autoridad es siempre servicio a los demás; en cambio, la autoridad y poder corrompidos, consisten en servirse de los demás. «Entre ustedes no debe suceder así».

La Eucaristía y la Nación de Dios

            El camino que Jesús nos traza para salir de la dinámica del egoísmo y la corrupción comienza con nosotros mismos, con nuestra conversión, con nuestra transformación interior: «el que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos».

            La verdadera grandeza está en el servicio a los demás, en el servicio auténtico al bien común; es decir, al bien que abarca a todos y no a unos pocos: a un grupo, a un partido, a un clan familiar.

            Jesús nos llama a servir a todos, sin distinción, porque Él mismo vino «para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

           

Misa del 17 de octubre de 2021
Iglesia Santa María de la Trinidad
Transmitida por C9N
Este es el camino, la actitud y el estilo de vida que tenemos que asumir si en verdad queremos ser forjadores de la Nación de Dios en Paraguay. Si en verdad queremos desde nuestra fe, desde nuestro encuentro con Jesús Eucaristía, plasmar una sociedad más humana, más fraterna, más solidaria.

            La justicia, la verdad y el amor –los pilares de la Nación de Dios- reinarán en Paraguay el día en que cada uno de nosotros se decida por vivir estos valores de forma concreta, constante y coherente en todas las dimensiones de la vida: personal, familiar, laboral, social y política.

            Dejemos de lado los sectarismos y abracemos juntos el ideal y el proyecto de hacer de Paraguay una Nación de Dios. Sólo así la Nación de Dios se irá manifestando en lo cotidiano, e irá creciendo y fortaleciéndose, para hacer frente a esa otra nación, a ese otro proyecto que constantemente nos amenaza a todos: la nación de la corrupción, la violencia, el secuestro y el narcotráfico.

            Que Jesucristo, buen Pastor, y María, Madre y Reina de la Nación de Dios, nos tomen como sus instrumentos y nos ayuden a ponernos al servicio de todos nuestros hermanos, de modo que gastemos nuestra vida forjando la Nación de Dios en nuestra patria. Que así sea. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.

Rector del Santuario Tupãrenda – Schoenstatt

17 de Octubre de 2021    



[1] Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 2

[2] Ibídem

domingo, 10 de octubre de 2021

Novenario Tupãrenda 2021 - Día 1

 

 Domingo 28° del tiempo durante el año – Ciclo B – 2021

I Vísperas

Mc 10, 17 – 30

Novena a la Madre, Reina y Victoriosa Tres veces Admirable de Schoenstatt

Santuario de Tupãrenda

Primer día: La Eucaristía y la Palabra de Dios

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Con gran alegría e ilusión iniciamos hoy el novenario de preparación a la Fiesta del 18 de Octubre en Tupãrenda. Sabemos que este 18 de Octubre será especial pues nuestro querido Santuario de Tupãrenda cumplirá 40 años de bendición, 40 años de ser un lugar bendecido por la presencia maternal de María y por su acción educadora. Desde aquí Ella nos envía a forjar la Nación de Dios en Paraguay.

            Como Santuario y como Familia de Schoenstatt nos unimos a la Iglesia en el Paraguay en la celebración del Año de la Eucaristía. Por ello, en cada día de nuestro novenario iremos meditando juntos a partir de los temas propuestos para el Año de la Eucaristía y los tomaremos como impulso para nuestra misión de forjar la Nación de Dios, con María, nuestra Madre y Reina.

La Eucaristía y la Palabra de Dios

            En este primer día del novenario meditamos juntos en torno al tema de la Eucaristía y la Palabra de Dios. Pienso que es muy adecuado iniciar este caminar del novenario tomando consciencia de la íntima unión entre Palabra de Dios y Eucaristía.

           

Proclamación litúrgica de la Palabra de Dios
Iglesia Santa María de la Trinidad
Foto: Equipo de Comunicaciones,
Santuario Tup
ãrenda. 
De hecho, sabemos por propia experiencia que toda celebración eucarística tiene dos partes fundamentales: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística. “La  proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza.”[1] Se trata del “momento más alto de diálogo entre Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental.”[2]

            ¡Qué gran riqueza! ¡Qué gran don vivir así la Liturgia de la Palabra dentro de la Eucaristía! Como momento privilegiado del diálogo con Dios, un diálogo que ya está entablado entre Dios y su pueblo, entre Dios y cada uno de nosotros en nuestro corazón.[3]

Sí, antes de la comunión sacramental, estamos invitados a entrar en un diálogo de comunión. De hecho, este diálogo de comunión nos prepara a la auténtica comunión sacramental. Comprendemos entonces que la Liturgia de la Palabra no es un momento accesorio de la Eucaristía, sino más bien, un momento fundamental de la misma, parte integral de la celebración que nos abre al encuentro con el Dios de la vida y con Jesucristo Resucitado, presente y actuante en cada Eucaristía.

«¿Qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»

Precisamente la Liturgia de la Palabra de la eucaristía dominical nos presente el diálogo entre Jesús y un hombre que busca el camino para «heredar la Vida eterna» (Mc 10, 17 – 30).

Ante la inquietud de este hombre, Jesús responde en primer lugar señalando hacia los mandamientos de Dios contenidos en la Sagrada Escritura: «Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre» (Mc 10, 19).

Así el Señor nos señala que un primer paso en el camino hacia la Vida eterna, la Vida plena, es el conocer la voluntad de Dios contenida en la Sagrada Escritura. ¿Cuánto conocemos la Palabra de Dios? ¿Cuánto la leemos y meditamos? ¿Cuánto nos esforzamos por llevarla a la práctica en la vida cotidiana? «Tú conoces los mandamientos». También a nosotros está dirigida esa respuesta de Jesús. Conocemos los mandamientos, pero, ¿los meditamos, profundizamos y vivimos?

¿Comprendemos esos mandamientos como dirigidos a nosotros? ¿Los comprendemos como orientación de Dios para hacer de nuestra vida una vida plena y en camino hacia la Vida eterna?

Ante esta palabra de Jesús, el hombre responde: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud» (Mc 10, 20). Sin duda su respuesta impresiona. Porque nos habla de un hombre con un anhelo sincero de Vida eterna, de trascendencia. Un hombre que desde su juventud ha hecho un camino.

«Ven y sígueme»

            Tal vez el mismo Jesús quedó impactado por su respuesta, por eso, «lo miró con amor y le dijo: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”.» (Mc 10, 21).

            Lastimosamente, el diálogo entre Jesús y este hombre quedó trunco. Ya que «al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes» (Mc 10, 22).

            Por un lado, resalta el drama de un hombre que tenía un anhelo pero no supo transformar ese anhelo en decisión. Y así, su vocación juvenil quedó truncada. Por otro lado, se nos muestra que el camino hacia una vida plena implica el conocer los mandamientos de Dios, contenidos en la Sagrada Escritura, y el vivirlos con generosidad en el seguimiento cotidiano de Jesús. El camino hacia la Vida eterna, el cual se inicia en nuestra vida presente, implica ambas cosas: conocer los mandamientos y vivirlos en el seguimiento de Jesús.

            Si le tomamos el peso a esto, sin duda nos damos cuenta de que se trata de un camino exigente. «¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios!» (Mc 10, 24). Tal vez, surja en nosotros el cuestionamiento de los discípulos: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» (Mc 10, 26).

            Una vez más Jesús nos ofrece una respuesta y con ello una esperanza y un camino: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible» (Mc 10, 27); es decir, vivir auténticamente los mandamientos de Dios en el seguimiento de Jesús, confiando sólo en nuestras propias fuerzas, es imposible. Pero, vivirlos y seguir a Jesús, confiando en su gracia y misericordia, es posible. Es un camino que podemos realizar con Él. Un camino de alianza.

            Así, la Eucaristía se transforma en compañía concreta de Jesús; en alimento que nos nutre, fortalece y capacita para hacer vida lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios.

            Viviendo auténticamente la Eucaristía podemos responder al llamado de Jesús: «ven y sígueme», con la certeza de que en medio de las dificultades y desafíos de este tiempo, recibiremos los consuelos de Dios «y en el mundo futuro la Vida eterna» (cf. Mc 10, 29 – 30).

Decidámonos por vivir los mandamientos de Dios Padre; decidámonos por seguir a Jesús confiando en su gracia; decidámonos, con María Reina, a forjar la Nación de Dios en nuestro día a día. Amén.    

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.



[1] Cf. JUAN PABLO II, Carta ap. Dies Domini, 41.

[2] PAPA FRANCISCO, Exhortación ap. Evangelii Gaudium, 137.

[3] Cf. Ibídem

domingo, 19 de septiembre de 2021

«Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos»

 

Domingo 25° del tiempo durante el año – Ciclo B – 2021

«Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos»

Mc 9, 30 – 37

 

Queridos hermanos y hermanas:

            En el evangelio de hoy leemos que «Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera» (Mc 9, 30). Me parece importante señalar que Jesús busca un momento de intimidad con sus discípulos, busca un momento a solas para estar con ellos y enseñarles, formarles.

            El Señor busca esta intimidad con sus discípulos para hablarles con claridad y profundidad: «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará» (Mc 9, 31).

«No quería que nadie lo supiera»

            Jesús quiere que sus discípulos comprendan qué significa que Él sea el Mesías; qué implicancias tiene su misión mesiánica, y por lo tanto, en qué consiste el discipulado. Y para ello necesita de la soledad e intimidad con sus discípulos.

            Dicho de otra manera: para conocer auténticamente a Jesús como Mesías, para comprender su misión que implica el camino de la cruz, y para seguirlo como auténticos discípulos, necesitamos de la soledad e intimidad con el Señor.

            Sin esa soledad e intimidad, no hay encuentro, no hay maduración personal y espiritual, no hay auténtica decisión por Cristo.

            Nuestra vida religiosa carece de frescura y energía porque nos falta soledad, intimidad y profundidad con el Señor. Nuestra vida religiosa no despliega la fuerza transformadora de una espiritualidad porque le falta profundidad.

            Confundimos emotividad con oración, confundimos activismo con apostolado, confundimos grandes eventos o manifestaciones con forjar el Reino de Dios. Y olvidamos que «el Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en un campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.» (Mt 13, 31- 32).

            En medio de nuestro caminar con Jesús por la Galilea de la vida cotidiana necesitamos detenernos y buscar la soledad e intimidad con Él para escucharlo en nuestro corazón, y así empeñarnos en realizar cada día “un trabajo en lo pequeño”, la “labor silenciosa en el área del espíritu”.[1]

            Sin ese encuentro con Jesús, sin ese trabajo en lo pequeño en el área del espíritu, ocurre lo que el P. José Kentenich señalaba ya en el año 1919: “la resistencia al espíritu negativo del tiempo es relativamente escasa en nuestros ambientes cultos, incluso en aquellos donde la religión está aun presente en el pensamiento y la vida (…). A todas esas personas, más aun, a todo nuestro cristianismo actual, les falta interioridad. La vida interior se está extinguiendo.”[2]

«Habían estado discutiendo sobre quién era el más grande»

            Precisamente ese espíritu negativo del tiempo había logrado penetrar en el interior de los discípulos quienes por un lado, «no comprendían» lo que Jesús les había dicho sobre su entrega, muerte y resurrección (cf. Mc 9, 32); y por otro lado, en el camino «habían estado discutiendo sobre quién era el más grande» (Mc 9, 34).

            Cuando falta interioridad, cuando falta auténtica espiritualidad –diálogo constante con Jesús y vida según ese diálogo que no es otra cosa que feliz amistad-, entonces no comprendemos las palabras y gestos de Jesús, y nos desenfocamos de los importante y necesario, para prestarle atención a lo superfluo y pasajero.

            Incluso nos enredemos con nuestros propios temas y preocupaciones, con nuestras carencias y heridas. Los discípulos, luego de haber escuchado que «el hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará» (Mc 9, 31); se preocupan por quién es el más grande entre ellos, quién es el más importante, quién es el primero.

No logran captar –en ese momento- la entrega de Jesús en la cruz, no logran captar la primacía de la entrega, del amor, del servicio y de la misión. No logran captar que lo que nos hace grandes, felices y plenos, es el sincero servicio a los demás. No logran captar que seguir a Jesús significa morir con Él para resucitar con Él. 

«El que quiere ser el primero»

            Sin embargo Jesús no se desalienta. Vuelve a buscar un espacio de soledad, intimidad y encuentro con sus discípulos: «sentándose, llamó a los Doce y les dijo: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.» (Mc 9, 31).

           

"El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre,
me recibe a mí" (Mc 9, 37).
Iglesia Santa María de la Trinidad,
Santuario Tup
ãrenda. 


En ese espacio de intimidad que Jesús brinda a los suyos, ellos pueden reconocer con sinceridad sus deseos, anhelos y pasiones. Y en el diálogo con Jesús, esos deseos, anhelos y pasiones se orientan hacia el servicio y el amor. De eso se trata el encuentro con Jesús, de eso se trata el auto-conocimiento y la auto-educación en alianza.

            En reconocer nuestras capacidades y límites; en reconocer sinceramente nuestros anhelos, deseos y pasiones, y en el diálogo con el Señor, asumirlos, purificarlos y así plenificarlos en el seguimiento sincero de Jesús. Así ocurre ese morir con el Señor a nuestro egoísmo, y resucitar con Él a una vida de entrega y discipulado. Así nos vamos haciendo niños ante Dios, nos vamos transformando en esos pequeños del Evangelio (cf. Mc 9, 36 – 37) cuya sencillez de vida hace presente a Cristo y al Padre que lo envió.

            A María, Madre de los pequeños, le pedimos que en su Santuario nos conduzca a la intimidad con el Señor, para que Él nos transforme desde nuestro interior para llegar a ser uno de esos pequeños enviados en su Nombre para servir a todos. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, I.Sch.P.



[1] P. José Kentenich en P. Locher et allí (Eds.), Kentenich Reader, Tomo1 (Editorial Nueva Patris, Santiago de Chile 2011), pág. 142.

[2] Ídem, pág. 143.

domingo, 8 de agosto de 2021

«El que cree tiene Vida eterna»

 

Domingo 19° durante el año – Ciclo B - 2021

Jn 6, 41 – 51

«El que cree tiene Vida eterna»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Continuamos leyendo el Capítulo VI del Evangelio según san Juan, conocido como “el discurso del Pan de Vida”. La Liturgia de nuestra fe nos propone meditar durante varios domingos a partir de este texto evangélico, y ello se debe a que necesitamos profundizar en sus palabras para comprender plenamente a Jesús cuando dice: «Yo soy el pan de Vida» (Jn 6, 48).

«Yo soy el pan bajado del cielo»

            Al inicio de la perícopa evangélica leemos que «los judíos murmuraban de Jesús» (Jn 6, 41), es decir, hablaban entre sí con desconfianza y a escondidas. ¿Por qué lo hacen? Porque están sorprendidos por lo que acaba de declarar Jesús: «Yo soy el pan bajado del cielo» (Jn 6, 41).

La desconfiada sorpresa de los judíos expresa en realidad su incredulidad ante la pretensión de Jesús de remontar su proveniencia a Dios mismo. ¿Cómo puede Jesús decir que Él ha bajado del «cielo»? Nos encontramos aquí ante “la pregunta por el origen de Jesús, como interrogante acerca de su origen más íntimo, y por tanto sobre su verdadera naturaleza.”[1]

             La desconfianza de los judíos se debe a que ellos han comprendido muy bien el alcance de las palabras de Jesús. Que el Señor declare que Él es «el pan bajado del Cielo», significa que el origen último de Jesús, su proveniencia interior está enraizada en el Padre. El verdadero e íntimo origen de Jesús no está en José –su padre en la tierra-, sino en el Padre, en Dios.

            Jesús es el enviado de Dios y el enviado por Dios; es decir, él pertenece completamente al Padre y por lo tanto testimonia esta pertenencia con su obediencia filial a Él.

            Sin embargo los judíos no creen en esto e insisten: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: “Yo he bajado del cielo”?» (Jn 6, 42).  Como los judíos pretenden conocer el origen de Jesús, murmuran, y con ello se hacen sordos a las palabras de Jesús ya que se escuchan solamente a sí mismos, a sus propias ideas, a sus propios preconceptos y prejuicios.

            Mirándolos a ellos, vale la pena que nos preguntemos a nosotros mismos: ¿murmuramos o creemos? ¿Murmuramos o escuchamos con apertura y fe las palabras de Jesús?

«El que cree tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida»

            A pesar de la incredulidad de los judíos, Jesús da un paso más en su auto-revelación en este discurso del pan de Vida. Él mismo declara: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 44).

            La primera prueba de que Jesús es el enviado del Padre consiste en que hay un anhelo, una inquietud interior en cada uno de nosotros. Un anhelo que nos impulsa hacia Él; una inquietud que nos mueve a buscarlo. Anhelo e inquietud que el mismo Padre ha puesto en nuestros corazones. Anhelo que se saciará, e inquietud que se serenará, cuando nos hayamos encontrado verdaderamente con Jesús.

            Como bellamente lo expresa san Agustín: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”[2]

            Prestemos atención a ese anhelo de nuestro corazón, estemos atentos a esa inquietud interior y no tratemos de huir de ella. Es el mismo Padre del Cielo que nos atrae hacia Jesús.

            La segunda prueba de que Jesús es el enviado del Padre es su promesa de resucitarnos: «Yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 44). Sólo quien tiene una íntima comunión con el Padre puede prometer la resurrección, la vida plena, la Vida eterna. Por esta razón Jesús puede decir: «El que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida» (Jn 6, 47 – 48).

            Creer auténtica y verdaderamente en Jesús es ya el inicio de la Vida eterna en nosotros. En este sentido es interesante que el texto se exprese en tiempo presente, «el que cree, tiene Vida eterna», la tiene ahora, no en un futuro indeterminado. El que cree que Jesús proviene de Dios; el que cree en Jesús, tiene ya en sí la Vida eterna, la Vida plena.

            Y el creyente posee este don porque la fe es relación y comunión con Cristo Jesús es “ser con Cristo”[3]. Y esa relación, esa “feliz amistad”[4], es la que ya ahora nos da Vida eterna. Esa relación es Vida plena y verdadera.

            De hecho, en otro pasaje evangélico, Jesús nos explica en qué consiste la Vida eterna: «Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3).

            Y a partir de este versículo evangélico, dice Benedicto XVI: “La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida eterna es relación con quien es fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces “vivimos”.”[5]            

«El pan que yo daré es mi carne»

           


¿Cómo accedemos a esta Vida? ¿Dónde la encontramos? En la humanidad del Hijo de Dios, en la humanidad del Enviado del Padre, en la carne de Jesús de Nazaret. Esa carne crucificada y resucitada. Esa carne humillada y glorificada, presente para nosotros en la Eucaristía y en el Evangelio.

            ¿Creemos verdaderamente en la presencia del Señor en su Palabra y en su Eucaristía o murmuramos distraídamente en cada Misa?

            Es como si el Señor nos dijese hoy: “Yo soy el pan de Vida en la Eucaristía”. ¿Creemos verdaderamente esto? ¿Cómo tratamos la Eucaristía? ¿Cómo celebramos y vivimos la Eucaristía? ¿Cómo me preparo para la Eucaristía?

            “Yo soy el pan de Vida en la Palabra”. ¿Creemos esto? ¿Cómo trato la Palabra de Dios? ¿La leo con fe y reverencia? ¿La escucho y medito? ¿Me nutro de ella? ¿La comparto?

              Como discípulos de Jesús queremos aprender a creer verdaderamente en Jesús; queremos aprender a abrir nuestros corazones a su palabra y a su vida. Queremos aprender a alimentarnos y nutrirnos del «pan bajado del cielo» que se nos ofrece en cada Eucaristía, de modo que ya desde ahora vivamos la Vida eterna, vivamos en relación con Jesús.

            Por ello, a Santa María, Madre de Dios y Madre de los discípulos, le pedimos que nos enseñe a creer, que nos enseñe a entrar en una auténtica relación con su Hijo, pan de Vida, y que a lo largo de nuestra vida Ella camine con nosotros hasta la prometida resurrección del último día (cf. Jn 6, 44). Amén.



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La Infancia de Jesús (Editorial Planeta, Buenos Aires 2012), 10.

[2] SAN AGUSTÍN, Las Confesiones, Libro Primero, Capítulo Primero, 1.

[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 13.

[4] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 8.

[5] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 27.