La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 3 de enero de 2016

Epifanía del Señor – 2016: Descubrir la estrella

Epifanía del Señor – 2016

Descubrir la estrella
Queridos hermanos y hermanas:

            En el primer domingo de enero celebramos la Solemnidad de la Epifanía del Señor. En nuestro país esta solemnidad litúrgica se ha arraigado profundamente en nuestros corazones y en nuestra cultura como “el día de los reyes magos”; ¡cuántos niños preparan pasto y agua para los camellos de los reyes magos, con la esperanza de recibir un regalo! Incluso hay  comunidades cristianas que veneran a uno de estos reyes magos como santo: San Baltazar.

            Pero ¿qué significa la Epifanía del Señor? Epifanía significa manifestación; y por lo tanto, la Epifanía del Señor es la manifestación del Señor. Al contemplar el pesebre y ver allí la representación de los tres magos de Oriente, tomamos conciencia de que el pequeño Niño nacido en Belén de Judea es no solo «pastor del pueblo de Israel» (cf. Mt 2,6), sino que es también la salvación para todos los pueblos: «luz para iluminar a las naciones paganas y gloria del pueblo de Israel» (cf. Lc 2,32).

            Sí, hoy se manifiesta esa salvación para todos en el Niño que la estrella señala.

«Unos magos de Oriente»

            Hemos escuchado el texto tomado del capítulo segundo del Evangelio según san Mateo (Mt 2, 1-12). Solo aquí se contiene el relato de la visita de los magos de Oriente al niño Jesús.

            Vale la pena que nos preguntemos ¿quiénes eran estos “magos” de Oriente? El evangelio que hemos escuchado no menciona que estos hombres hayan sido reyes, sino que el evangelio se refiere a ellos como «magos venidos de Oriente» (Mt 2,1).

           
           ¿Cómo es que estos “magos” llegaron a ser “reyes magos”? La explicación se encuentra en la primera lectura que hemos escuchado, tomada del libro del profeta Isaías (Is 60, 1-6). Muy pronto los cristianos han aplicado este pasaje profético al acontecimiento de la visita de los magos de Oriente: «Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora. Te cubrirá una multitud de  camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Todos ellos vendrán desde Sabá, trayendo oro e incienso, y pregonarán las alabanzas del Señor» (Is 60, 3. 6).

            Así, los magos de Oriente han llegado a convertirse en reyes magos, y han entrado también al pesebre los camellos que portan los dones que estos soberanos de tierras lejanas traen al verdadero Rey.[1] En el fondo, los “reyes magos” representan también la universalidad de la salvación en Cristo; por eso en la antigüedad cristiana cada uno de estos reyes magos representaba a cada uno de los continentes conocidos en ese entonces: África, Asia y Europa.[2]

            Pero probablemente estos magos de Oriente eran “sabios”, astrónomos, hombres que se dedicaban a observar los cielos para estudiar el curso de los planetas y de las estrellas. Y en ese sentido estos tres sabios de Oriente representan también a las distintas religiones del mundo y a la ciencia humana; las cuales, en último término, encuentran su verdad definitiva en Cristo Jesús.[3]

            Pero sobre todo los magos de Oriente representan al hombre que está constantemente en búsqueda, al hombre que constantemente está en camino, en búsqueda de algo, pero sobre todo de “Alguien”. El hombre y la mujer que están despiertos, que están atentos y vigilantes. Y por eso es que los magos dicen: «vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo» (Mt 2,2).

«Vimos su estrella en Oriente»

            La estrella que los magos han visto en Oriente y que les ha guiado hasta Belén de Judea es un signo. Pero no basta solamente un signo para ponerse en camino. Hay muchas estrellas en el firmamento. ¿Por qué estos tres hombres se pusieron en camino al ver esta estrella en particular?

            Porque no solamente han visto la estrella, sino que han reflexionado y orado sobre el signo que han visto. Han interpretado este signo y han entendido que debían ponerse en camino.

           
           En el fondo se trata de lo que el P. José Kentenich llama fe práctica en la Divina Providencia. El hombre de fe, el hombre que busca, es un hombre atento a los signos de Dios en el tiempo presente.

            Y en nuestro tiempo presente hay muchos signos, hay muchas estrellas por decirlo de alguna manera; por eso no basta con ver estas estrellas; sino que estos signos, estas estrellas que vemos en nuestra realidad cotidiana tenemos que llevarlas a la reflexión y la oración personal. Y ahí descubrir ¿cuál es el signo que Dios nos quiere reglar?

            Por eso, para ser hombres y mujeres de fe, hombres y mujeres que buscan en la realidad la presencia de Dios, lo primero que tenemos que hacer es observar la realidad. Muchas veces vivimos anestesiados, vivimos distraídos y adormecidos. Las cosas suceden en medio de nosotros y no nos damos cuenta. Las cosas suceden en medio de nuestras familias, en medio de nuestra comunidad, en medio de nuestro país, y a veces,  nosotros nos mostramos distraídos, indolentes e indiferentes.

            Por eso, el primer paso para descubrir el signo de Dios es observar la realidad. Y observar la realidad, observar nuestra vida tal cual es, y no como nos imaginamos que tendría que ser. Sino nuestra vida así como es. El segundo paso, siguiendo el camino que han hecho los magos de Oriente, es meditar esta realidad, meditar en el corazón esos signos que hay en mi vida cotidiana. Llevar esa realidad concreta y cotidiana a mi oración. Preguntarme ¿qué es lo que me está diciendo Dios? ¿Qué es lo que Él me quiere decir a través de estos signos, a través de esta estrella que se aparece en mi horizonte?

            En tercer lugar, el hombre y la mujer de fe se ponen en camino hacia lo que Dios le propone. No basta solamente con descubrir qué es lo que Dios quiere para cada uno de nosotros y para nuestra comunidad, sino que tenemos que ponernos en camino, tomar decisiones concretas y encaminarnos, así como los magos se encaminaron primero a Jerusalén y luego a Belén.

            Finalmente entregar con generosidad y alegría el corazón allí donde Dios lo pide. Así encontramos a Cristo. Cuando el Señor nos marca algo en nuestro camino de vida y nosotros nos animamos a seguir ese camino de vida y entregamos todo nuestro corazón en aquello que hacemos, entonces allí también encontramos a Cristo Jesús. Entonces también allí estamos adorando al Señor. En último término adorar a Dios significa cumplir la voluntad de Dios; adorar significa tratar de vivir en nuestras vidas aquello que creemos Dios nos pide.

Descubrir la estrella

           
             Queridos amigos y amigas, por eso vale la pena que hoy cada uno de nosotros se pregunte ¿dónde está la estrella que hoy nos señala el camino hacia Cristo Jesús?

            Dios siempre pone una estrella delante de nosotros, una estrella que quiere señalarnos el camino. Y para eso tenemos que observar nuestra realidad. Por ejemplo, observar la realidad de nuestro país. En las inundaciones que sufren varios de nuestros compatriotas y hermanos, en esas personas, hay también una estrella que Dios nos pone para encaminarnos hacia Él.

            Orar con la Sagrada Escritura es también una manera de descubrir dónde está esa estrella que Dios pone en nuestro camino para guiarnos. Y finalmente escuchar la voz de Dios en nuestro corazón. Tres caminos para poder descubrir esa estrella que Dios pone en nuestra vida.

            Para todo ello, necesitamos también del silencio y de la soledad que es fecunda. Esa soledad que nos permite tomar conciencia de nuestra vida y así escuchar a ese Dios que nos habla al corazón y quiere mostrarnos una estrella para guiar nuestra vida.

            Por eso esta hermosa solemnidad de la manifestación del Señor debe ser un motivo de alegría para nosotros. Porque así como Él se manifestó a estos magos de Oriente, el Señor sigue manifestándose hoy a nosotros, sigue mostrándonos estrellas en el camino de nuestra vida para guiarnos hacia Él y hacia la felicidad y plenitud de vida.

            Por eso nosotros queremos ser hombres y mujeres que buscan, como los magos de Oriente. No queremos ser distraídos ni indiferentes o conformistas. Aquel que vive constantemente distraído no va a poder encontrar la estrella del Señor que marca su vida. Aquel que es indiferente a las necesidades de los demás no va a encontrar la estrella que nos lleva al encuentro con Cristo Jesús. Y aquel que se ha resignado y ya no lucha por mejorar, ya no lucha por la santidad, tampoco va a ser capaz de ver la estrella de Cristo Jesús.

            A María, nuestra madre, que es la estrella que guía nuestro caminar, le pedimos que nos lleve hacia «el sol que nace de los alto» (Lc 1,78), Jesucristo nuestro Señor. Amén.


[1] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús (Planeta, Buenos Aires 2012), 102.
[2] Ibídem
[3] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús…, 101.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Maternidad de María: un nuevo comienzo

Santa María, Madre de Dios – Solemnidad

1° de enero de 2016


Queridos hermanos y hermanas:

            Al iniciar este nuevo año, la Liturgia de nuestra fe nos propone celebrar la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Al hacerlo pone ante nuestros ojos la maternidad divina de María; es decir, nos recuerda que confesamos a Jesucristo como “verdadero Dios y verdadero hombre”[1], y por lo tanto, reconocemos a la Santísima Virgen María, su madre, como “Madre de Dios”[2].

            Con esta celebración culmina la Octava de la Navidad del Señor, los ocho días que litúrgicamente se celebran como un solo día: “el día santo en que la Virgen María dio a luz al Salvador del Mundo.”[3]

            El contexto litúrgico de esta solemnidad nos muestra la relación que hay entre el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios y el dogma de la maternidad divina de María (Concilio de Éfeso, año 431): el Verbo de Dios, el Hijo unigénito del Padre, realmente se hizo carne (cf. Jn 1, 14), se hizo hombre, y de tal forma que María es realmente Madre de Dios, “no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, [es de ella] de quien se dice que el Verbo nació según la carne.”[4]

            Sí, la maternidad de María con respecto al Hijo de Dios es verdadera; y si su maternidad es verdadera, la humanidad del Hijo de Dios es verdadera. El Hijo no aparenta ser humano; en Jesús el Hijo de Dios es verdaderamente humano. Él comparte nuestra naturaleza humana, nuestra realidad; Él comparte nuestras alegrías y tristezas, nuestros cansancios y límites; Él se hizo «en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4,15); Él comparte nuestras esperanzas y así nos salva. Él nació «de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos» (Ga 4, 4-5).

Un nuevo comienzo

            La maternidad divina de María es la razón por la cual Ella tiene un lugar privilegiado en la Historia de Salvación.

Su presencia en el Nuevo Testamento da testimonio de que desde los inicios se la reconoció como madre de Jesús: Isabel la saluda preguntándose «¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?» (Lc 1,43); cuando los pastores fueron a ver lo que el ángel le había anunciado, «encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre» (Lc 2,16); también los magos de Oriente que siguieron la estrella, «al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre» (Mt 2,11).

            A lo largo del ministerio de Jesús se ve esta relación especial e íntima entre madre e hijo (cf. Jn 2, 1-12), relación que llega a su culmen al pie de la cruz de Jesús, junto a la cual «estaba su madre» (Jn 19,25).

           
           De esta relación materno-filial, del reconocimiento de la maternidad divina de María, brotan todos los demás dogmas marianos: la virginidad perpetua, la inmaculada concepción y la asunción en cuerpo y alma a los cielos. Se trata de la íntima relación entre Cristo y María.

            Pero también se trata de la íntima relación entre María y la Iglesia. Y con esta solemnidad se pone de manifiesto esta relación. La maternidad divina de María es el “comienzo nuevo y absoluto en carne y espíritu”[5]. El comienzo nuevo de la humanidad, porque con Jesucristo, nacido de María, comienza nuevamente la humanidad, comienza la salvación.

            Sí, para toda la humanidad y para toda la Iglesia, la maternidad divina de María es señal de un nuevo inicio “en carne y en espíritu”, es decir, en la totalidad de lo humano. La salvación que se realiza por la Encarnación del Hijo de Dios en María es un comienzo nuevo que abarca todas las dimensiones de la vida humana. Y al recordar esta maternidad, al recordad el nacimiento de Jesús en Belén, recordamos que siempre podemos empezar de nuevo. “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.[6]

            ¡Qué bien nos hace, al iniciar un nuevo año, tomar conciencia de que con Jesús y con María se da un nuevo inicio! Que con ellos siempre cada uno de nosotros puede empezar de nuevo. Siempre podemos dejarnos salvar por el Señor.

«El Señor te conceda la paz»

            Y en este nuevo año, en este nuevo inicio que nos ofrece la Salvación en Cristo siempre disponible para nosotros por su misericordia, la Sagrada Escritura nos ofrece la bendición del Señor sobre su pueblo:

            «Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz» (Nm 6, 24-26).

            Invoquemos al Señor para que Él nos bendiga. A eso nos invita la Sagrada Escritura: «invoquen mi nombre sobre los israelitas, y Yo los bendeciré» (Nm 6,27). Sí, cuando los sacerdotes invocamos el nombre de Dios sobre su pueblo, Él bendice a su pueblo; cuando los padres invocan el nombre de Dios sobre sus hijos, Él bendice el fruto de sus entrañas; cuando invocamos con fe el nombre de Dios sobre las personas que amamos, Él bendice a los que se confían a nuestra oración.

            Al iniciar este nuevo año, con sus desafíos y esperanzas, invoquemos sobre este nuevo tiempo el nombre de Dios para que Él bendiga el caminar que hoy iniciamos como personas, como familias, como país y como Iglesia.

            Pero invocar el nombre del Señor para que Él nos conceda su paz es también trabajar por la paz. Por eso hoy también invocamos el nombre del Señor sobre nuestros hermanos damnificados por las inundaciones y nos comprometemos también a solidarizarnos con ellos. La paz de Dios es un don de lo alto, pero también una tarea cotidiana para el hombre en la tierra.[7]

            En ese sentido, la paz que desea concedernos Dios en este nuevo inicio es la paz que se consigue venciendo la indiferencia, el egoísmo y la comodidad que no se compromete con los demás.

            A María, Madre de Dios y Madre de la paz, se dirige nuestra súplica al iniciar un nuevo año, un nuevo tiempo, un nuevo comienzo:

            “Bajo tu amparo nos acogemos,

            Santa Madre de Dios;

            no deseches las súplicas

            que te dirigimos en nuestras necesidades;

            antes bien, líbranos de todo peligro,

            ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!”. Amén.    




[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n° 464.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n° 466.
[3] Misal Romano, Plegaria Eucarística II: «Acuérdate, Señor» propio de la Natividad del Señor y su octava.
[4] Concilio Ecuménico de Éfeso (DS 251), citado del Catecismo de la Iglesia Católica, n°466.
[5] K. RAHNER, «Virginitas in partu. En torno al problema de la Tradición y de la evolución del dogma», en K. RAHNER, Escritos de Teología, Tomo IV (Taurus Ediciones, Madrid 1962), 201-202.
[6] PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 1.
[7] Cf. PAPA FRANCISCO, «Vence la indiferencia y conquista la paz», Mensaje para la celebración de la XLIX Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2016, n°1 [en línea]. [fecha de consulta: 31 de diciembre de 2015]. Disponible: <http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/peace/documents/papa-francesco_20151208_messaggio-xlix-giornata-mondiale-pace-2016.html>

domingo, 27 de diciembre de 2015

Sagrada Familia - 2015

Sagrada Familia

Vínculos naturales, filialidad y santidad cotidiana

Queridos hermanos y hermanas:

            Todavía están frescas en nuestras mentes y en nuestros corazones las vivencias de la Noche Buena y de la Navidad. Y precisamente en este tiempo de Navidad, la Liturgia nos propone celebrar hoy la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

            La Navidad nos permite tomar conciencia de la gran misericordia de Dios hacia nosotros. Ante nuestros ojos se manifiesta el misterio de la Palabra  hecha carne. Como lo expresa el prólogo del Evangelio según san Juan: «En el principio existía la Palabra, la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 1. 14a).

            Dios ha querido que su Hijo, su Palabra, se encarnara; es decir, se hiciese hombre para compartir nuestra condición humana. Y este encarnarse se dio en el seno de una Virgen Madre. Pero quiso Dios, no sólo que su Hijo se encarnara, sino que naciese en medio de una familia y compartiera su vida cotidiana.

            Hay aquí un mensaje de Dios para nosotros. Contemplar a la Sagrada Familia de Nazaret es más que una bella devoción; se trata de descubrir las implicancias existenciales que este misterio cristiano tiene para nosotros, para nuestra vida cristiana.

            Para iniciar nuestra meditación quisiera citar una breve oración que escribió el P. José Kentenich:

            “Tu Santuario es nuestro Nazaret, donde el Sol de Cristo irradia su calor.
            Con su luz clara y transparente da forma a la historia de la Sagrada Familia;
y, en la venturosa unión familiar, suscita una santidad cotidiana, fuerte y silenciosa” 
(Hacia el Padre, 191 -192).

Jesús, el sol de misericordia, va dando forma a la vida y a la historia de la Sagrada Familia. Por eso, contemplando a la Sagrada Familia de Jesús, María y José creo que podemos tomar para nuestra propia espiritualidad al menos tres elementos: la relación entre los vínculos naturales y sobrenaturales; la santidad de la vida diaria, y la infancia espiritual.

Los vínculos naturales y los vínculos sobrenaturales
        
    Contemplando a la Sagrada Familia podemos comprender –o al menos empezar a descubrir- lo unidos que están los planos natural y sobrenatural.

            La mayoría de los teólogos coincide en que aquella invocación tan íntima con que Jesús se dirige a Dios: Abbá[1]; tiene su raíz en la experiencia del contacto diario con José y María… El mismo Jesucristo hizo un desarrollo de su auto-comprensión como Mesías y de todo lo que ello implicaba. Jesucristo hizo también un camino humano en su desarrollo como persona y en el de su conciencia de misión. Necesitó comprenderse a la luz de su pertenencia al pueblo de Israel, a su familia, para comprender su propia identidad, la identidad del Hijo que siempre está en relación íntima con el Padre. Si Jesucristo se siente y se sabe el “Hijo amado” del Padre[2], es porque ha tenido esa experiencia también a nivel humano.

           
    La experiencia del amor incondicional y misericordioso del Padre le ha llegado primeramente a través de los transparentes humanos de Dios: papá y mamá, María y José. La filialidad, no es un concepto que se aprehende teóricamente, es sobre todo una experiencia de vida.

            Al ir desarrollando estos pensamientos nos adentramos en la pregunta de ¿cómo accedemos a la realidad de Dios? ¿Cómo lo hacemos de manera viva y no sólo teórica? Y es allí donde se nos hace clara la relación del orden natural con el orden sobrenatural, la relación –e incluso la interrelación- de los vínculos naturales con los sobrenaturales.

            Se trata en el fondo de aquellas palabras de la primera carta de San Juan: “Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). Sin embargo no se trata aquí de una dimensión moral del amor a Dios y al prójimo. No. Se trata más bien de una condición previa o concomitante para el amor vivo y personal a Dios.

            Los vínculos humanos –nuestras relaciones personales, sean éstas paterno-filiales, de fraternidad, de pareja o de amistad- son un camino, una expresión y un seguro de los vínculos sobrenaturales, del vínculo a Dios, a Cristo y a María. En la medida en que aprenda a relacionarme, en la medida en que aprenda a amar y a dejarme amar por las personas humanas, en esa medida experimentaré también una relación personal con Dios.

            Los vínculos personales poseen un aspecto de trascendencia. Así como el hombre despliega todas sus fuerzas en el encuentro vivo, cálido y profundo con el tú humano; así mismo, cuando el yo se encuentra con el tú humano lo hace también, en ese mismo momento e instancia, con el Tú divino.

Esta estrecha relación entre el amor al hombre y el amor a Dios está expresada en la fe cristiana; pues, Jesús ha hecho del amor a Dios, contenido en el Libro del Deuteronomio (Dt 6, 4-5), y del amor al prójimo, contenido en el Libro del Levítico (Lv 19, 18), un único precepto (Mc 12, 28-34). Por lo tanto el amor a Dios está íntimamente unido al amor al prójimo, al amor a los hombres, y viceversa, el amor a los hombres está unido al amor a Dios[3].

¿Por qué hago hincapié en la experiencia que nos pueden regalar los vínculos naturales sanos? Porque por medio de estas experiencias conocemos con el corazón –y no sólo con la mente- a Dios como Padre… A través de estas experiencias nos abrimos a un Dios personal, siempre presente, vivo y actuante en la historia, me abro al Dios de la vida, al Dios de mi vida.

Muchas personas perciben a Dios no como un Dios vivo y amante, sino más bien como una idea… Muchas veces cuando nos vinculamos a Dios, nos vinculamos en realidad a una idea de Dios…

Se trata entonces de buscar una relación personal con Dios… Si quiero entrar en una relación personal con Él debo entrar en una relación personal con aquellos que me rodean. Y en ellos animarme a descubrir a Dios… Animarme a descubrir a Dios presente en quienes me rodean, en los acontecimientos de mi vida y en la voz de mi corazón.  

Así detrás del tú humano al que nos vinculamos siempre tendremos presente –algunas veces más conscientemente y otras veces menos- al Tú divino. Aquí el orden de los vínculos naturales personales funciona como expresión, medio y protección de los vínculos sobrenaturales. Sin embargo siempre será necesario que el orden superior –el orden sobrenatural- a su vez proteja el orden inferior: nuestro modelo de amor está en el amor de Cristo.
       
La infancia espiritual – La filialidad
           
           Así este experimentar a Dios como un Dios vivo, personal, presente y amante deriva en nosotros los hombres en la “infancia espiritual”… Si Dios es Padre, entonces cada uno de  nosotros está llamado a saberse y sentirse profundamente hijo.

            Se trata de aquella gracia que ya nos fue dada en la fuente bautismal, la gracia de la filiación adoptiva en Cristo. La gracia de ser hijos en el Hijo. Sin embargo aquello que poseemos por la gracia sacramental (filiación) debe convertirse en profundo sentimiento de vida (filialidad).

            Cuando experimentamos a Dios presente en nuestras vivas, presente en lo más pequeño y en lo más grande, entonces nos experimentamos profundamente amados, entonces sabemos –no sólo con la cabeza, sino con el corazón- que somos hijos. Y si somos hijos nada hay que no podamos afrontar en la vida. La seguridad del hijo no está en sí mismo; sino que, paradojalmente la seguridad del hijo está en el Padre. El hijo puede caminar no porque puede hacerlo solo, sino porque lo hace acompañado del Padre.

            La verdadera filialidad, la verdadera infancia espiritual –la de Cristo, nacido en Belén para todos nosotros- es la raíz de vigorosas personalidades, tanto masculinas como femeninas. La filialidad es raíz de paternidad y maternidad. Cuando yo me sé amado, cobijado y acompañado; entonces puedo amar, cobijar y acompañar.

            La filialidad implica también dar un sí a la cruz, y muy concretamente a nuestras cruces de vida. Jesús mismo nos dice: «El que quiera seguirme, (…), que cargue con su cruz y me siga» (cf. Mt 16, 24). Se trata, queridos amigos, de darle un sí confiado y alegre a nuestro propio camino de vida. Aceptar quiénes somos, aceptar nuestro camino de vida, nuestros dones y nuestras limitaciones, nuestra vida toda y las personas con las cuales hacemos este camino. Se trata especialmente de darle un sí alegre y confiado a la cruz que cada uno de nosotros lleva en su vida y en su corazón. Un  sí que damos confiando como niños. Confiando que esa cruz esconde para cada uno de nosotros un camino de filialidad, y por ello, un camino de santidad y de plenitud de vida. Cargar con nuestras propias cruces y caminar con ellas por la vida siguiendo a Cristo con María es un camino de filialidad, un camino de aprender a ser hijos, un camino de plenitud.

La infancia espiritual se trata de experimentarse hijo de Dios, profundamente amado por el Padre, y, como consecuencia de ese amor, de ese ser y sentir, surgirá un nuevo actuar; un actuar fundado en un ser de amor.

La santidad de la vida diaria

            Y este actuar fundado en el amor se transforma por ello mismo en “santidad de la vida diaria”, en la fe de que en lo más pequeño puedo y debo colaborar en Cristo con el Padre. Se trata de que por amor me anime a hacer lo ordinario, lo cotidiano (vinculación a las personas, al trabajo, a las cosas, al sufrimiento), de forma extraordinaria, con una profunda conciencia de misión, con una profunda conciencia de estar participando de la vida y de la misión de Cristo. Una vez más se trata de unir lo natural y lo sobrenatural, como hijos estar constantemente unidos al Padre.

            Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a contemplar a la Sagrada Familia; aprendamos a recibir de este misterio de la vida de Cristo las gracias necesarias para descubrir en nuestras relaciones personales, un camino de encuentro con Dios; aprendamos a recibir de este misterio cristiano la gracia de la filialidad, el sabernos y sentirnos hijos amados del Padre; aprendamos a recibir de este misterio cristiano la fortaleza para vivir la santidad en lo pequeño de nuestra vida cotidiana.

            Que el Sol de Cristo irradie su calor sobre nuestras familias, y que con su luz misericordiosa de forma al camino y a la historia de nuestras familias. Que así sea. Amén.


[1] Cf. Mc 14,36: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.”
[2] Mc 1,11: “Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.»”
[3] Cfr. Benedicto XVI, Deus caritas est, 1.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Peregrinos de la Misericordia

Peregrinos de la Misericordia

Domingo III de Adviento – Ciclo C

Apertura de la Puerta Santa en Tupãrenda – Jubileo de la Misericordia

Queridos hermanos y hermanas:

            Con la apertura de la “Puerta Santa” en la iglesia Santa María de la Trinidad y la celebración de esta Eucaristía, damos inicio al Año Santo de la Misericordia aquí en el Santuario de Tupãrenda.

            Nos unimos así a nuestro obispo diocesano, Monseñor Joaquín Robledo, quien hoy abre la “Puerta Santa” en la iglesia catedral de San Lorenzo. Nos unimos también a nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, quien el 8 de diciembre abrió solemnemente la “Puerta Santa” de la Basílica de San Pedro en Roma. Nos unimos a toda la Iglesia que en este tiempo de gracia quiere peregrinar hacia el Señor que viene a nuestro encuentro.

Peregrinos de la Misericordia

            Precisamente uno de los gestos que hoy realizamos ha sido el de la peregrinación. Desde la “Casa del Peregrino” hemos peregrinado hacia la iglesia Santa María de la Trinidad. ¿Qué quiere simbolizar este gesto?

            “La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada.”[1]

            Sí, cada uno de nosotros es un peregrino en el camino de la vida. Pero no cualquier caminar es una peregrinación.

            El peregrino reconoce que debe encaminarse hacia una meta; reconoce que debe salir de sí mismo: de su cotidianeidad, de su rutina, de su comodidad; y a veces, de su encerrase en su propio “yo”, en su ego. El peregrino se pone en camino con una actitud interior: aligerar la carga para poder caminar con libertad; dejar atrás lo superfluo y sobre todo aligerar el corazón y la mente.

            Finalmente el peregrino se dirige hacia una meta, y eso lo distingue del vagabundo, de aquel que “se convierte en errante, que gira siempre en torno a sí mismo sin llegar a ninguna parte.”[2]

            Nosotros no queremos ser vagabundos errantes, queremos ser “peregrinos de la misericordia”, queremos que nuestra vida sea una “peregrinación con Cristo hacia el Padre”.[3]

            Por eso, al iniciar este Año Santo, esta peregrinación de la misericordia, vale la pena que nos preguntemos: “¿De dónde tengo que salir yo? ¿De qué situaciones, de qué pecados, de qué egoísmos y rencores debo salir?”. Y no solo preguntarnos, sino también animarnos a dar los pasos necesarios para iniciar esta peregrinación.

            A lo largo de este año, el recurrir al sacramento de la confesión nos permitirá aligerar el corazón, descargarnos de pesos y lastres que no nos permiten avanzar en el camino del amor.

            Parte de nuestro peregrinar es el caminar con otros, caminar juntos, ayudándonos mutuamente. Cada vez que hagamos el bien a los demás, cada vez que realicemos una obra de misericordia habremos avanzado un trecho del camino de la misericordia.

            Nuestra meta es el Padre, bueno y misericordioso, que siempre nos espera (cf. Lc 15,20), que siempre está dispuesto a recibirnos, perdonarnos y sanarnos; el Padre que siempre se alegra con nuestra presencia y transforma nuestra vida en una alegre fiesta (cf. Lc 15, 22-24).

Puerta de la Misericordia

            Hoy la meta de nuestra peregrinación ha sido la “Puerta Santa”, la “Puerta de la Misericordia”. En toda iglesia, la puerta es en primer lugar un símbolo cristológico, un símbolo de Jesucristo. En el Evangelio según san Juan, Jesús dice de sí mismo: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará alimento» (cf. Jn 10,9).

            Jesús es la puerta que está siempre abierta para que entremos a la casa del Padre. Jesús es la puerta siempre abierta al corazón de Dios. Jesús es la puerta siempre abierta del perdón y del amor.

            Por eso el atravesar la “Puerta Santa” simboliza entrar a través de Jesús, a través de su vida y de su palabra, al encuentro con el amor de Dios. Así, cada vez que a lo largo de este año de la Misericordia atravesemos “la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros.”[4] “Misericordioso como el Padre” es el lema de este Año Santo.

«Viene uno que puede más que yo»

           Sabemos también que toda peregrinación requiere esfuerzo. “También la misericordia es una meta por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio.”[5]
      
         Puede suceder que en el camino de la misericordia aparezca la tentación del “cansancio del corazón”: a veces nos cansamos de pedir perdón o de perdonar; a veces nos cansamos de volver a empezar; a veces nos cansamos de amar y de volver a confiar y ayudar.
            
           Cuando ese cansancio aparezca en nuestro camino nos hará bien escuchar en el corazón la palabra que hoy nos dirige Juan Bautista: «viene uno que puede más que yo» (cf. Lc 3,16). Viene Jesús, cuya misericordia y amor puede más que nuestros cansancios y pecados.
            
                Cuando cueste perdonar: «viene uno que puede más que yo».
                Cuando cueste volver a empezar: «viene uno que puede más que yo».
              Cuando la lucha contra nuestro propio egoísmo y pecado nos canse: «viene uno que puede más que yo».

            Sí, lo que nosotros solos no podemos, lo puede la misericordia de Jesús. Y esa es la razón de nuestra esperanza y alegría. Esta esperanza sostiene nuestro caminar, nuestro peregrinar.

            Que a lo largo de este Año Santo, María, Madre de Misericordia nos acompañe y sostenga nuestro peregrinar, y que “la dulzura de su mirada”[6] nos ayude a redescubrir la alegría y la hermosura de la misericordia de Dios. Amén.


[1] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 14.
[2] Cf. PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium 170.
[3] PAPA FRANCISCIO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium 170.
[4] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 14.
[5] Ídem
[6] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 24.