La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

miércoles, 19 de octubre de 2016

Alianza de Misericordia - 18 de octubre de 2016

Alianza de Misericordia

18 de octubre de 2016

Queridos hermanos y hermanas;

Querida Familia de Schoenstatt:

            A lo largo de este Año Santo de la Misericordia, unidos a toda la Iglesia, hemos reflexionado, meditado y contemplado el hermoso misterio de la misericordia divina. En Jesús, “rostro de la misericordia del Padre”[1], hemos contemplado este misterio que para nosotros “es fuente de alegría, de serenidad y de paz”.[2]

Sobre todo hemos intentado vivir este misterio de la misericordia de Dios; hemos intentado vivir de la misericordia de Dios  -recibiéndola en nuestras vidas- y para la misericordia de Dios -regalándola a los demás-. Hemos intentado hacer realidad el llamado del Papa Francisco a asumir la misericordia de Jesús como nuestro estilo de vida.[3]

Y hoy, en esta celebración del 18 de octubre, en esta celebración de la Alianza de Amor, queremos también celebrar y vivir la misericordia divina. ¡Cuánta misericordia nos ha hecho Dios al entregarnos a María como madre y aliada en el Santuario! ¡Cuánta misericordia hemos recibido al sellar una Alianza de Amor con María! ¡Cuántas misericordias hemos recibido de María en su Santuario! ¡Cuántos milagros de misericordia han ocurrido en este lugar santo! Sin dudar podemos decir que María se manifiesta aquí como Madre de Misericordia.

Madre de Misericordia

            María se manifiesta como Madre de Misericordia para nosotros porque Ella misma ha recibido misericordia: «el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas» dice en su cántico a la misericordia divina (Lc 1, 49). María se manifiesta como Madre de Misericordia porque ha recibido en sus entrañas a la misericordia divina hecha carne: Jesucristo, su hijo y nuestro Señor. “Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne.”[4]

Sí, Ella misma como persona fue plasmada por la misericordia de Dios, de modo que Ella pueda plasmarnos a cada uno de nosotros, pueda educarnos y formarnos a imagen de Jesucristo, misericordia viva del Padre. Dios la plasmó para que Ella nos plasme. Como dice la Carta a los Efesios: «Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos» (Ef 2,10).

            Por su parte, el P. José Kentenich nos dice: “Dios en su sabiduría creó a su madre. Ella no solo participa de esa misericordia de Dios, sino que en razón de su ministerio tiene la tarea de hacer llegar a los hombres esa misericordia de Dios. (…) Dios Padre y Cristo han reservado para sí el juicio sobre la humanidad; y quieren hacerles llegar a los hombres la misericordia a través de las manos de la Santísima Virgen.”[5]

            Vemos así que María tiene un verdadero ministerio de misericordia en la Iglesia y en la humanidad. Lo contemplamos en el evangelio de la Visitación (Lc 1, 39-56): «María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá» (Lc 1,39). Algunas traducciones del mismo texto dicen «se puso en camino».

            María se pone en camino con prontitud para acompañar y ayudar a su anciana pariente Isabel (cf. Lc 1,7) que lleva ya seis meses de embarazo. Con ello nos muestra que la misericordia “se identifica con tener un corazón solidario con aquellos que tienen necesidad”[6]; pero sobre todo, nos muestra que la misericordia se identifica con la acción concreta en favor de los demás. Sí, la misericordia siempre es concreta, como el amor de una madre.

            Así, con sus obras y palabras, María testimonia la misericordia de Dios que se derrama sobre los hombres «de generación en generación» (Lc 1,50). Pero al realizar la misericordia con Isabel, María misma recibe a su vez misericordia. María se pone en camino para ayudar y acompañar a Isabel; e Isabel la proclama «bendita entre todas las mujeres» y «feliz por haber creído» en el Señor (Lc 1, 42. 45). Es entonces cuando María entona su cántico: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él  miró con bondad la pequeñez de su servidora» (Lc 1, 46b-48).

            Las dos realidades van unidas: realizar misericordia y recibir misericordia.[7] Así lo enseña el mismo Jesús: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). Así lo experimentamos nosotros cuando realizamos la misericordia ayudando con sinceridad: al dar un don, o al dar de nuestro propio tiempo y capacidades, aunque recibamos apenas una sonrisa como muestra de gratitud, experimentamos que como seres humanos necesitamos de esa sonrisa, de esa muestra de cariño y humanidad; y así, también nosotros recibimos misericordia.

Alianza de misericordia
       
     Por eso, al renovar hoy nuestra Alianza de Amor con María, queremos renovarla como Alianza de Misericordia. Ella, que a lo largo de su vida ha recibido misericordia, nos la regala generosamente en el Santuario y en la Alianza. De hecho, nuestro Fundador dice que “nuestra Alianza de Amor es un desposorio entre la misericordia de Dios y la miseria personal”.[8] Es decir, que al sellar Alianza de Amor con María, acudimos al Santuario con nuestros dones y anhelos, pero también con nuestras necesidades, fragilidades y debilidades para ponerlas en sus manos y en su corazón.

           
Y así, cuando le entregamos a María nuestra fragilidad, debilidad y miseria, le permitimos a Ella que sea para nosotros Madre de Misericordia y experimentamos profundamente que la Alianza de Amor con Ella es una Alianza de Misericordia.

            Estoy seguro de que muchos de nosotros podemos dar testimonio de que la Alianza de Amor con María es una de las misericordias más grandes que Dios nos hizo en la vida.

            En esta Alianza de Misericordia hemos recibido en primer lugar un hogar: el corazón de María. Encontramos hogar allí donde somos aceptados incondicionalmente, donde somos comprendidos. Allí donde somos acogidos con nuestras capacidades y limitaciones, con nuestras virtudes y defectos. Allí donde podemos entregarnos totalmente sin temor. En esta Alianza de Misericordia somos transformados: de huérfanos nos convertimos en hijos de una Madre; de heridos en sanados; de solitarios en hermanos. Sobre todo volvemos a recuperar  nuestra identidad más auténtica: hijos amados del Padre. En esta Alianza de Misericordia somos enviados a entregar lo que hemos recibido: la misericordia del Padre y de Cristo por manos de María. Así nos convertimos en sus instrumentos, y con Ella hacemos cercana y concreta la misericordia de Dios.

            En este día 18 de octubre, antes de la clausura del Año Santo de la Misericordia, les invito a que renovemos nuestra Alianza de Amor como Alianza de Misericordia, y que nos comprometamos a llevar esta Alianza a muchas personas, para que también ellas experimenten la cercanía del Padre Dios en sus vidas. Así contribuiremos a hacer de la misericordia el estilo de vida característico de los cristianos.

            A María, Madre de Misericordia, que en sus entrañas portó la misericordia de Dios hecha carne, le pedimos que desde el Santuario nos envíe como portadores de esta Alianza de Misericordia  y como testigos de que “la misericordia de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno”.[9] Amén.


[1] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 1.
[2] PAPA FRANCISCO, Idem 2.
[3] Cf. PAPA FRANCISCO, Idem 13.
[4] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 24.
[5] P. JOSÉ KENTENICH en P. WOLF (Ed.), La mirada misericordiosa del Padre. Textos escogidos del P. Kentenich (Nueva Patris, Santiago de Chile 2015), 227s.
[6] PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PROMOCIÓN DE LA  NUEVA EVANGELIZACIÓN, Las obras de misericordia corporales y espirituales (San Pablo, Buenos Aires 2015), 17.
[7] Cf. JUAN PABLO II, Dives in misericordia 14.
[8] P. JOSÉ KENTENICH en P. WOLF (Ed.), La mirada misericordiosa del Padre…, 224.
[9] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 24.

sábado, 15 de octubre de 2016

Levantar los brazos con Cristo

29° Domingo durante el año – Ciclo C

Levantar los brazos con Cristo

Queridos hermanos y hermanas:

            Así como «Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse» (Lc 18,1), también la primera lectura –tomada del libro del Éxodo (Éx 17, 8-13)- nos habla sobre la constancia y el sentido de la oración.

La oración de Moisés

            El Éxodo nos relata una batalla entre los amalecitas e Israel, pero sobre todo nos muestra el rol orante de Moisés durante la batalla que libra su pueblo: «Moisés dijo a Josué: “Elige a alguno de nuestros hombres y ve mañana a combatir contra Amalec. Yo estaré de pie sobre la cima del monte, teniendo en mi mano el bastón de Dios”» (Éx 17,9).

            Durante la batalla de su pueblo, Moisés sube al monte; es decir, sube al lugar de la oración, del encuentro con Dios. La oración misma es como una peregrinación a la cima de un monte, cima en la cual –luego de un arduo caminar- nos encontramos con Dios.

           
          La primera enseñanza que nos deja este relato es que en medio de nuestras batallas y dificultades; en medio de las batallas y dificultades de los nuestros, debemos hacer la peregrinación hacia el monte de la oración.

            En la cima, «mientras Moisés tenía los brazos levantados, vencía Israel; pero cuando los dejaba caer, prevalecía Amalec» (Éx 17,11). Es decir, Moisés no solo debe subir al monte de la oración, sino permanecer en oración implorando por su pueblo.

            También nosotros debemos aprender a permanecer en oración; es decir, orar concretamente con nuestros pensamientos, palabras y gestos; pero también, aprender a mantener una actitud orante a lo largo del día, aun cuando no podamos rezar en todo momento. La actitud orante consiste en cultivar la conciencia de que vivimos en la presencia de Dios, vivimos bajo su mirada bondadosa.

            Muchas veces nos proponemos hacer oración –tomamos propósitos, nos comprometemos con el rezo del santo Rosario o con la celebración eucarística-, y al inicio lo hacemos con entusiasmo. Pero a medida que pasan los días, ese entusiasmo decae, y vamos perdiendo fuerza y constancia en la oración. Nos dejamos llevar por nuestras múltiples ocupaciones, distracciones y cansancios. O simplemente sentimos que no somos escuchados en nuestras peticiones. Estamos lejos del ejemplo de la viuda insistente del evangelio (cf. Lc 18, 1-8).

            Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿Qué es la oración? ¿Cómo vivirla y expresarla? ¿Cómo ser perseverantes en ella?

Los brazos levantados

            Volvamos al relato del Éxodo. Allí se nos dice que: «mientras Moisés tenía los brazos levantados vencía Israel; pero cuando los dejaba caer prevalecía Amalec» (Éx 17,11). ¿Qué significa el gesto de los brazos levantados durante la oración?

            En primer lugar hay que decir que el gesto de los brazos levantados en oración es expresión exterior de la actitud interior del orante. Todo “gesto corporal tiene, en sí mismo, un sentido espiritual, (…) y el acto espiritual, por su parte, tiene que expresarse necesariamente, en virtud de la unidad corpóreo-espiritual del hombre, en el gesto corporal.”[1] Así, la oración, que comprende un reconocer a Dios, adorarle y suplicarle, es un acto humano que implica al hombre en su totalidad: espíritu y cuerpo.

            Así, los brazos levantados en oración expresan al hombre que eleva su mente y su corazón a Dios: es el orante. Pero también expresan su apertura a recibir de Dios su misericordia; “el hombre abre sus manos y, con ello, se abre al otro.”[2] Se trata de búsqueda y apertura.

           
            Pero en el caso de la oración de Moisés hay algo más. No se trata solamente de búsqueda y apertura; se trata de la oración de intercesión en favor de su pueblo. Los Padres de la Iglesia han visto en los brazos extendidos de Moisés, una prefiguración de Cristo en la cruz, el cual, con sus brazos “extendidos entre el cielo y la tierra”[3] intercede por la humanidad ante Dios.[4]

            Por eso los cristianos comprendemos la oración como búsqueda, respuesta y apertura a Dios; la entendemos también como intercesión constante en favor de nuestros hermanos y sus necesidades; pero, sobre todo, entendemos nuestra oración personal y eclesial como una participación en la gran oración de Cristo al Padre.

            Por esta razón, para nosotros el gesto de “los brazos extendidos tiene al mismo tiempo un significado cristológico: nos recuerdan las manos extendidas de Cristo en la cruz. (…) Extendiendo los brazos queremos orar con el crucificado, hacer nuestros sus «sentimientos» (Flp 2,5).”[5] Con Cristo abrimos nuestros brazos y manos al Padre y a los hermanos: se trata del amor a Dios y al prójimo. Ese es el sentido profundo la oración cristiana y su ley interior.[6]

La fe de Cristo

            Esta profunda comprensión de la oración cristiana nace de la fe en Cristo Jesús y en su testimonio de la paternidad misericordiosa de Dios. Solo el auténtico creyente es un auténtico orante. Y Jesús lo sabe.

Por eso, luego de la parábola del “juez inicuo y la viuda insistente” (Lc 18, 2-5), Jesús dice: «Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 7-8).

Sí, la oración insistente, la oración de intercesión y la espera en la oración, requieren fe. La fe en Cristo y la fe de Cristo. Confiar como Él y con Él en que el Padre bueno y misericordioso escuchará nuestra oración y responderá a ella a su debido tiempo y en la manera adecuada. La oración filial vive de la fe y de la confianza filial.

           A María, Madre creyente y orante, le pedimos que en el Santuario nos eduque en la fe y en la oración, para que con Cristo levantemos nuestros brazos en oración “desde donde sale el sol hasta el ocaso”[7]. Amén.


[1] J. RATZINGER, Obras Completas. Tomo XI: Teología de la Liturgia (BAC, Madrid 2014), 109.
[2] J. RATZINGER, Obras Completas..., 117.
[3] MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística de la Reconciliación I.
[4] Cf. J. ALDAZÁBAL, Gestos y Símbolos (Agape Libros, Buenos Aires 2007), 134.
[5] J. RATZINGER, Obras Completas..., 117.
[6] Cf. Ibídem
[7] MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística III.

viernes, 14 de octubre de 2016

Jesucristo, el buen samaritano

Novenario en preparación al 18 de octubre de 2016 – Santuario de Tupãrenda

4° día: Jesucristo, el buen samaritano

Queridos hermanos y hermanas:

            Con la celebración eucarística en la memoria de la Virgen María, Nuestra Señora del Pilar, estamos viviendo el cuarto día de nuestra novena en preparación a la fiesta del 18 de octubre en Tupãrenda.

            Sin duda que nuestro camino hacia el 18 de octubre está marcado por la gran corriente de vida eclesial que es el Año Santo de la Misericordia. Así lo expresamos en el lema de nuestro novenario: “María, Madre de Misericordia, acércanos al Padre”.

Jesucristo, el buen samaritano

            Nos dice el Papa Francisco: “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación.”[1]

           
            En el texto del evangelio que hemos escuchado hoy (Lc 10, 25-37) contemplamos de una forma muy gráfica y accesible a  nosotros el misterio de la misericordia de Dios.

            Al contemplar al Samaritano, ¿no contemplamos acaso al mismo Jesucristo que se ha puesto en camino para salir al encuentro de la humanidad que yace herida en el camino de la historia? “Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vino nuestras heridas (…) y nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear los cuidados.”[2]

¿Quién es mi prójimo?

            Y si Jesucristo es buen samaritano para nosotros, también nosotros estamos llamados a ser buenos samaritanos para los demás, para nuestros prójimos.

            De hecho, si prestamos atención al texto evangélico nos daremos cuenta que en su respuesta al doctor de la Ley Jesús ha cambiado la perspectiva de la cuestión planteada, y con ello ha dado plenitud a la Ley.

            Luego de que Jesús responda a la pregunta por la Vida eterna uniendo dos preceptos de la Ley –Dt 6,5 y Lv 19,18- diciendo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo» (Lc 10,22); el doctor de la Ley le pregunta: «“¿Y quién es mi prójimo?”»; es decir, ¿a quién debo amar como me manda la Ley de Dios?

            Jesús no entra en la discusión de si hay que amar o no a los que no pertenecen al pueblo de Israel. Jesús no reduce el horizonte del amor como muchas veces nosotros sí lo hacemos. A veces pensamos en nuestros adentros: “amo a los que son como yo; a los que piensan, sienten y hablan como yo”; “estoy dispuesto a amar, pero hasta un límite, no sea que se aprovechen de mí”, o, “me hago amigo de aquellos que me convienen, por prestigio o posición social”. No, este no es el camino de Jesús.

            Jesús cambia la perspectiva de la cuestión y no define quién es el prójimo. Sino que nos invita a transformarnos nosotros en prójimos de los demás. Es el sentido de la pregunta final de Jesús: «“¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por 
ladrones?”. “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor.»

            Sí, Jesús se hizo prójimo de cada uno de nosotros para que nosotros nos hagamos prójimos de los demás: de nuestros familiares y amigos; de los que piensan como nosotros y de los que piensan distinto; de los cercanos y lejanos.

            Hacernos prójimos los unos de los otros es el camino del cristiano y es el camino de la vida plena para la humanidad.

¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

El evangelio sobre el cual estamos meditando todavía nos presenta una dimensión más sobre la cual vale la pena reflexionar. Hemos descubierto con Jesús que nuestro camino de vida es hacernos prójimos los de los otros a partir de una pregunta: «“Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”».

Ante esta pregunta, el camino que Jesús señala es el del amor: el del amor a Dios, al prójimo y a uno mismo. Y señala ese camino porque en el fondo la Vida eterna es amor: es continua relación de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. Es participar en la constante relación de amor que es la Trinidad.

“Jesús, que dijo de sí mismo que había venido para que tengamos vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. Jn 10,10), nos explicó también qué significa “vida”: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación.”[3]

Comprendemos ahora que la misericordia es el camino hacia la Vida eterna, la vida plena. Comprendemos ahora que el hacernos prójimos los unos de los otros nos prepara para la vida del mundo futuro. Y comprendemos finalmente que la misericordia “es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad” y que “es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida.”[4]

            A María, Madre de Misericordia, que se hace prójima nuestra en el Santuario le pedimos que con Cristo nos cobije, nos transforme y nos envíe como buenos samaritanos que acercan la misericordia de Dios a todos los hombres. Amén.


[1] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 2.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Santiago 2007), 242.
[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi 27.
[4] PAPA FRANCISCO, Misericordiae Vultus 2.

domingo, 9 de octubre de 2016

Adorar al Señor con un canto nuevo

Domingo 28° durante el año – Ciclo C

Adorar al Señor con un canto nuevo

Queridos hermanos y hermanas:

            La Liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta textos que nos llevan a meditar en torno a la gratitud para con Dios. Tanto el relato de la curación de Naamán (cf. 2Rey 5, 10. 14-17) como el relato de la curación de los diez leprosos en el evangelio (cf. Lc 17, 11-19) apuntan en esa dirección.

Ahora reconozco a Dios

            Iniciemos nuestra meditación a partir del texto de la primera lectura, tomada del Segundo libro de los Reyes (2Rey 5, 10. 14-17). Allí se nos muestra cómo Naamán, que era «jefe del ejército del rey de Aram» (2Rey 5,1), acude al profeta Eliseo buscando ser curado de su lepra. El profeta lo envía a bañarse en el río Jordán y como resultado de ello «su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio» (2Rey 5,14b).

           
Ante esta situación, Naamán el sirio (cf. Lc 4,27), vuelve a la presencia del profeta Eliseo para reconocer la acción de Dios: «”Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel.”» (2Rey 5,15). Pero todavía Naamán da un paso más. El reconocer la acción de Dios en su vida lo lleva a ofrecerle culto: «Tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses, fuera del Señor» (2Rey 5,17).

            Me parece importante que nos detengamos a reflexionar en esto. El texto del Segundo libro de los Reyes nos presenta a un extranjero, es decir, a alguien que no es miembro del pueblo de Israel reconociendo al Señor como Dios. Y por ello, se compromete a ofrecerle culto exclusivo a Él. En el mundo de la antigüedad, el politeísmo era corriente. Cada pueblo, cada nación tenía su propia divinidad a la cual rendía culto.

            Sin embargo, aquí nos encontramos con un extranjero, que al recibir una bendición del Dios de Israel lo reconoce como verdadero Dios y se compromete a rendirle culto de forma exclusiva. ¿A qué se refiere Naamán con ofrecer holocaustos y sacrificios solo al Señor?

El culto litúrgico

            Sin duda podemos pensar que Naamán se refiere al culto litúrgico propiamente tal; es decir al culto que se ofrece por medio de la oración y de las acciones y gestos rituales. De hecho, si seguimos leyendo en el Segundo libro de los Reyes encontraremos que Naamán dice al profeta Eliseo: «Que el Señor Dios perdone a su siervo por esto: cuando mi señor entra en el templo de Rimón para postrarse allí en adoración, se apoya en mi brazo de manera que yo tengo que postrarme en el templo de Rimón. Así que, cuando me postro en el templo de Rimón, que el Señor Dios perdone a su siervo por ello.» (2Rey 5,18).

Naamán tendrá que seguir a acompañando a su rey en el culto a sus deidades nacionales, pero sabe que no son Dios, ya que ha conocido que no existe Dios fuera del Dios de Israel (cf. 2Rey 5,15). Por más que se postre en el templo de Rimón su actitud interior no será la de dar culto a los ídolos, porque el culto corresponde solo al Dios vivo.

Lo cual nos lleva a preguntarnos: ¿Qué significa ofrecer culto a Dios? ¿Qué significa adorar al Señor?

“Antes que una serie de prácticas y de fórmulas”, antes que una serie de actos o de palabras y oraciones; rendir culto a Dios implica reconocerlo como Señor, Creador y Padre; implica reconocer su presencia y acción en mi vida y en la realidad toda; implica un aprender a ponerme en su presencia amorosa. Se trata en primer lugar de una actitud interior y de “un modo de estar frente a Dios”.[1]

Así, esta actitud interior se manifiesta en los actos del culto litúrgico pero implica también el rendirle culto con nuestra vida cotidiana, con nuestras opciones y decisiones cotidianas, con nuestro estilo de vida. Lo que celebramos en el culto litúrgico, debemos vivirlo en la vida cotidiana.

Sí, rendimos culto a Dios, adoramos a Dios cuando lo alabamos en la asamblea litúrgica y cuando lo testimoniamos en la vida cotidiana: “a esta adoración pertenece el culto, la liturgia en sentido propio; pero a ella pertenece también una  vida según la voluntad de Dios, que es una parte imprescindible de la verdadera adoración.”[2]

No en vano dice el salmista: «Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas… …Aclame al Señor toda la tierra, prorrumpan en cantos jubilosos» (Sal 97, 1. 4). Sí, el «canto nuevo» es el canto de la alabanza litúrgica, pero es sobre todo el canto de una vida nueva, el canto de una vida conforme a su voluntad.

Gratitud para con Dios

En el mismo sentido se expresa el evangelio de hoy (Lc 17, 11-19). Diez leprosos se acercan a Jesús implorando el don de su sanación, «al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados.» (Lc 17,14). También ellos experimentaron la presencia y la acción de Dios en sus vidas, pero solo «uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias.» (Lc 17, 15-16).

Se  nos muestran aquí dos aspectos más que pertenecen al culto verdadero. El culto es fundamentalmente alabanza, es decir, reconocimiento de la acción misericordiosa de Dios en favor de su pueblo, y por eso es testimonio. Alabar a Dios en voz alta, significa dar testimonio de su acción salvífica. Y el culto es también gratitud. Gratitud no solamente por el don recibido, sino gratitud por la vida con Dios, gratitud por lo que Él es: nuestro Padre.

Cuando Jesús pregunta «”¿cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”» (Lc 17, 17-18); no reclama reconocimiento para sí mismo; sino reclama aquello que todo hombre, en justicia, debe a Dios: el reconocerlo como Dios y así reconocerse como creatura que vive de su bondad.

Así, cuando el culto y la oración se vuelven gratitud, el hombre se ubica en la relación justa con Dios y con la realidad. La gratitud nos ayuda a reconocer a Dios como fuente bondadosa de todo don, y nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos como beneficiarios de tantos dones y de tanto amor. Así reconocemos a Dios como Padre bueno y misericordioso, y nos reconocemos a nosotros mismos como hijos amados del Padre.

Ahora comprendemos el verdadero sentido del culto a Dios: el culto orienta nuestra vida, nos da nuestra verdadera identidad y con ello el verdadero sentido de nuestra vida. Y así comprendemos el gran don que es para el cristiano el culto litúrgico celebrado en la Eucaristía.

A la Santísima Virgen María, que en su Magníficat (Lc 1, 46-55) entonó un canto nuevo al Señor, le pedimos que  nos enseñe a reconocer a Dios en nuestras vidas y ofrecerle de corazón el culto filial de una vida según su querer. A la Mater le dirigimos nuestra súplica diciendo:

“Haz que la luz del cielo me ilumine,

y mire con fe

cómo el amor del Padre

me acompañó en mi vida.

Fidelidad a la misión

sea mi agradecimiento por sus innumerables dones.”[3] Amén.
           




[1] Cf. PAPA BENEDICTO XVI, Audiencia general del 11 de mayo de 2011, Plaza de San Pedro [en línea]. [fecha de consulta: 8 de octubre de 2016]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20110511.html>
[2] J. RATZINGER, Obras Completas. Tomo XI: Teología de la Liturgia (BAC, Madrid 2014), 9s.
[3] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 214.